La señorita bibliotecaria
Tras el mostrador era invisible. Quiero decir,
todos la veíamos, pero en realidad nadie
reparaba en ella. No era fea. Su cabellera negra
y lacia era larga y abundante, pero ella siempre
la recogía en un moño. Las enormes gafas claras
ocultaban la mitad de su rostro. Traje chaqueta
oscuro, maquillaje discreto, las uñas sin
esmalte y los zapatos de tacón bajo. Aquella
distancia cortés, que desplegaba a diario,
estaba acentuada por un aire ausente. Estaba,
pero a la vez no estaba, en esta realidad. Y sin
embargo.
Sin embargo, y a pesar suyo, un aura de
sensualidad incontenible la rodeaba. Una
suavidad femenina, elegante, silenciosa. Algo
había de furtivo, de escondido, en sus pasos.
Una sensación elusiva, una esencia imposible de
capturar, de retener, una cualidad fluida,
acuosa, líquida. Sin enterarse ella, resultaba
deseable, misteriosa, fascinante. Pero estaba
tan lejos que desalentaba con delicadeza
cualquier acercamiento.
La conocí en primer año, como todos, pero a
diferencia de los demás no intenté insinuarme.
Cosa rara: nadie recordaba su nombre. En algún
lugar debía de haber una tarjeta marcadora con
su nombre, pero nadie sabía cuál era. A cada
persona a la que pregunté, le sobrevino el mismo
estupor. Sí, claro, la bibliotecaria. pero nadie
recordaba cómo se llamaba. Tenía años de
trabajar en el mismo sitio. ¿edad? Tampoco la
sabían. Parecía intemporal, inmune al tiempo, a
las telarañas y al polvo de la biblioteca, a la
monotonía de los días, uno tras otro, a la sucia
rutina.
¿Existía realmente? Desmintiendo mis dudas, ella
seguía prístina, quieta, tras el mismo mueble,
colocando sellos. Entre las muchas personas que
llegaban a pedirle alguna cosa, leía. Comencé a
fijarme en sus libros. Arte. Historia.
Literatura. Tenía a la vez conocimiento, gusto y
buen juicio. También una aguda sensibilidad para
captar exactamente qué buscaba cada uno y para
atender las necesidades de todos. Conservé para
mí aquel interés en ella, sin demostrarlo.
Deliberadamente rehuí su mirada, aunque moría
por saber de qué color eran sus ojos.
No me costó cultivar fama de serio y ausente. Lo
he sido toda mi vida. Tampoco supuso un esfuerzo
adicional quedarme a diario hasta la noche en la
biblioteca. No tuve que fingir leer o estudiar,
ya que lo hacía en firme. La asiduidad y la
indiferencia de algún modo me protegieron.
Terminé adoptando el mismo aire de invisibilidad
que ella. Así, supe cuáles eran sus horas de
entrada, de salida, de comer. y me las arreglé
para seguirla.
No cometí la torpeza de ofrecerle un aventón.
Sabía que no iba a caer en una trampa tan burda.
Pero no pude reprimir el impulso que me hizo
seguirla por las noches, al menos una vez a la
semana, noches, y averiguar así dónde vivía.
Quedaba muy lejos, la verdad, pero no me
importó. Me cuidé, eso sí, de que me viera. Y
poco a poco, fui reconstruyendo el revés de la
página. La otra cara de la moneda. Los otros
pasajes de su vida que nadie conocía.
Desalentadoramente, la otra realidad parecía ser
aún más aburrida que la primera. Durante semanas
no hizo más que ir de la biblioteca a su casa, y
por las mañanas de regreso, sin cambio alguno.
Pero no era yo quien iba a desistir a las
primeras de cambio. Algo me decía que aguardara,
que continuara con mis pesquisas. Por fin, una
noche, la vi llegar a su casa, me aposté tras
unos árboles y aguardé. Más de una hora después,
cuando ya desesperaba, salió. Iba vestida de
enfermera. Jamás me pasó por la cabeza que
tuviera ese oficio. Abordó un taxi y la seguí.
El sueldo de bibliotecaria no debía alcanzarle,
pensé, y se dedicaba a ese trabajo en horas
nocturnas. Mi imaginación, como ella, trabajaba
horas extras.
Por fin el taxi se detuvo ante un edificio de
apartamentos. Pagó, y entró. Me quedé oculto,
aguardando. ¿Qué? Lo ignoro. Sólo sabía que
tenía que esperar. Entró en la cabina
transparente y salir al tercer piso. Había una
ventana iluminada. La vi cuando intentó cerrar
la cortina, pero alguien no se lo permitió. Vi
la silueta oscura del hombre apenas un instante,
y escuché su voz grave, llamándola. Ella se
destacaba con claridad en el marco de la ancha
ventana. Se quitó los zapatos y luego la cofia.
El pelo cayó, libre y negro, sobre su espalda.
Sus manos finas zafaron los botones uno a uno,
con estudiada lentitud. Apareció un corsé, un
sostén y un tanga, todos blancos.
Estábamos a punto de entrar al verano, el aire
era cálido, y de hecho, aquella noche hacía
calor, pero a mí de pronto me dio frío. Poco a
poco fue destrozando la imagen de bibliotecaria
que con tanto cuidado había cultivado por años.
En una danza lenta e invitadora se fue
despojando del sostén y de la tanga. Tenía las
tetas cremosas, pesadas, con pezones de un rosa
oscuro, y aunque se había depilado la
entrepierna, dejó un poco de vello negro sobre
el monte de Venus. Ese detalle me elevó el morbo
a mil.
Se arrodilló ante el hombre sentado y comenzó a
lamerle el capullo. Aquello era mejor que estar
en un cine. La veía de costado, mientras la
polla gruesa y larga entraba una y otra vez en
su boquita, como un émbolo. La resistencia del
tipo era admirable, y al parecer ella era una
experta en aquellos menesteres, pero al cabo fue
evidente que él deseaba pasar a otras
actividades. La hizo volverse y brindarle la
grupa. Me llevé la mano a la entrepierna y
comencé a sobarme por encima de la tela,
maquinalmente, sin dejar de mirar cómo aquel
tipo, maldito quién haya sido, la atravesaba de
parte a parte como a un pollo con su espetón,
sin moverse de la silla. La boca de ella se
abrió, en un grito que llegó hasta mí
ralentizado por la distancia.
No podía saber si le daba por el culo o por el
coño, y maldito si importaba. No podía dejar de
mirar, mientras continuaba tocándome. Era ella
quien se clavaba el arma hasta el fondo, una y
otra vez, durante un tiempo que se me antojó
largísimo, pero al cabo lo dejó. Maldito. Era
ella quien hacía todo el trabajo y él gozaba,
sin moverse. Fue ella quien se acercó a la verga
y la puso entre sus pechos. La piel de las tetas
se adivinaba delicada y blanca, perfecta,
contrastando con el moreno de la polla enhiesta.
Frotó el garrote con las dos masas, como si
quisiera sacarle el alma, y al cabo éste comenzó
a salpicarle la cara, la boca entreabierta, las
tetas, y a resbalar sobre su piel,
inconteniblemente.
Ella lamió todo y luego chupó el capullo.
Después se levantó y procedió a vestirse. Él le
entregó un sobre, sentado aún en la silla de
ruedas. Ella lo metió en su bolso sin molestarse
en abrirlo, y bajó de nuevo hasta la calle.
Caminó unos pasos. Inútil: era obvio que no iba
a encontrar un taxi a aquella hora. Sacó el
móvil para llamar, pero yo le salí al paso.
"¿Quieres que te lleve?", pregunté. Ella me
miró. Extrañamente, no parecía sorprendida por
mi aparición. Asintió.
No parecía azorada ni temerosa. Tampoco
arrepentida. Mientras conducía, llevé su mano a
mi entrepierna y tocó mi paquete. No rehuyó el
contacto. Oí cómo abría la bragueta y cerré los
ojos un instante. Enfilé hacia un bosque
cercano, me salí del camino y me detuve. Apagué
los faros y la oscuridad fue completa. Sus
labios tocaron la punta y yo jadeé. Empujé su
cabeza contra mi entrepierna y profundicé la
penetración, con violencia. Su boca experta me
dio un placer inédito. La tomé por el cabello y
se la hundí entonces hasta el paladar.
Ella me dejó hacer con una docilidad que me
sublevó. La aparté brutalmente y la saqué del
vehículo. Mis manos asieron su pelo a la altura
de la nuca y la obligué a seguirme. Entramos a
la espesura y caminamos un rato. Por fin la
apoyé contra un árbol y le abrí el vestido. Sólo
llevaba el corsé. El sostén y el tanga seguro se
los había dejado de recuerdo a su cliente.
Aquello me puso aún más violento. Le quité el
traje de un tirón y la hice dar media vuelta.
"¿Te gusta que te den por culo, eh?" dije,
mordiendo las palabras. Ella gimió, pero guardó
silencio. Le clavé la polla sin ceremonias, y un
grito ahogado se escapó de su garganta. Pero ni
una súplica. Aguantó mis acometidas a pie firme.
Yo ya estaba lanzado, así que la monté con
verdadera furia. Ella jadeaba y gemía de cuando
en cuando, pero no lloró, ni me pidió que parase
ni una sola vez.
Me detuve por fin, y la hice volverse. Tenía la
boca entreabierta y los ojos secos. Su
entrepierna, en cambio, estaba muy húmeda. "Qué
puta eres", exclamé, cuando mi verga sintió los
jugos de su coño goteante. Entré en ella hasta
el tope, dispuesto a partirla en dos. Tanta
distancia, tanta apariencia y en realidad no era
más que una sucia puta. La llamé eso y otras
cosas. Ella cerró los ojos. Aun entonces y ahí,
a mi merced, seguía siendo el mismo ser
inalcanzable. La obligué a abrirlos y a fijar su
mirada en mis pupilas. Quería que me viera
mientras la violaba.
"¿Qué sientes?", pregunté, sin dejar de
follarla. Pero no dijo nada. Frustrado, vencido,
me arrodillé ante ella. Sentí el olor de su sexo
y el del hombre que la había usado. Aquella
humillación elevó aún más mi morbo. Hundí mi
boca en su coño. Mi lengua buscó primero el
canal mojado y la empapé de sus jugos. Luego
exploró su raja y por fin dio con su botón.
Palpitaba en medio de los labios carnosos. Lo
toqué con suma delicadeza y la sentí tensarse.
Quiso liberarse de mis manos, pero la tenía
firmemente agarrada contra el árbol. Mis dedos
se incrustaron en sus caderas y continué
atormentándola con aquel placer que adivinaba
insoportable.
Sus manos entonces asieron mis cabellos y
dirigieron el contacto. Me dejé guiar, hasta que
sentí cómo aquella oleada eléctrica atravesaba
su cuerpo, tensándolo en un espasmo doloroso y
placentero. Estalló por fin en un grito gutural,
sacudida como una hoja al viento, por una oleada
de temblores. Continué acariciándola con mi boca
y hundiéndola más y más en aquella marejada
incontenible, hasta que se quedó quieta,
vencida, con la espalda apoyada en el árbol.
Lentamente su respiración se remansó. Pareció
volver de un sueño o de un país muy lejano. Me
miró incrédula. Al darse cuenta de lo ocurrido,
sin embargo, no intentó cubrirse. Me erguí. Mi
estatura la dominaba, pero no forcé las cosas.
Fue ella quien me dio la espalda, en una
invitación muda. Al notar mi vacilación, me
miró, reafirmando su entrega. Para que no
quedaran dudas, abrió con dos dedos sus nalgas y
me brindó una visión de su raja. Abierta.
Disponible. Ansiosa, incluso. Me arrodillé y
empalé su culo con la lengua. Ella gimió
audiblemente, mientras la empapaba con mi
saliva. Sólo cuando estuvo bien mojada, apoyé el
capullo y lo introduje.
Fue una tortura lenta, insoportable, que intenté
empero prolongar al máximo. Mis acometidas eran
suaves, delicadas, pero hondas y avasallantes.
Dejé muchos besos en su espalda, en su nuca, en
su pelo, hasta que fue ella la que me urgió,
acelerando el ritmo de cada envite, empalándose
a sí misma, moviéndose en un galope demencial,
hasta precipitarme en el abismo de aquella
cascada que se derramó de mí hasta vaciarme por
completo.
Nuestros cuerpos febriles, sudorosos, quedaron
abrazados, exánimes. La solté por fin con pesar.
No deseaba que aquella noche terminara. Con la
misma tristeza la ayudé a vestirse. Arreglé mis
ropas y nos marchamos. Por el camino nadie dijo
nada. A pesar del placer, aún sentía rabia.
Comprendía que no tenía derecho, pero una cólera
irracional nublaba mi mente. La conduje a su
casa y la dejé en el andén. Ninguno habló ni
hubo despedidas.
Al día siguiente volví ante el mostrador. Pensé
que iba a evitarme, pero ahí estaba, como
siempre. Como si nunca hubiera quebrado un
plato. Me atendió igual. Sólo las leves ojeras
denunciaban el desvelo. Pero hasta eso la
embellecía. Tenía un aire lánguido, más lejano
que nunca. Aún así, no rehuyó mis ojos. Lo sabía
todo, se acordaba de todo, lo tenía presente
todo. Y estaba ahí, con su pinta de
bibliotecaria fría y ausente, cuando no era más
que una puta. Sentí ira, la misma ira de la
noche anterior. Le entregué el libro. Ella lo
abrió y notó el sobre. No dijo nada. Se limitó a
guardarlo en su bolso. Yo me alejé y me sumergí
en la lectura mientras pasaba el tiempo.
Virtud del cazador: dejar que transcurra el
tiempo sin impacientarse, sin apresurar las
cosas, hasta que llega el momento oportuno y la
presa cae. A la hora precisa la vi salir. No le
concedí una segunda mirada. "Te espero", decía
el mensaje. A la misma hora. En el mismo árbol.
Y adjuntaba una buena cantidad para pagar los
servicios de la víspera y de esa noche.
Ni qué decir tengo que esa noche la follé con
más rabia que la víspera. No era sólo el morbo
de la situación, sino la ira por su hipocresía.
Tanto tiempo cultivando aquella imagen de mujer
distante para terminar siendo no más que una
sucia puta. No me conformé con obligarla a
recibir mi leche en su coño, sino que la
sodomicé de pie, contra el mismo árbol que la
noche anterior. Lo hice con tanta furia que
supongo que le rompí el culo, a juzgar por cómo
se quejaba, la muy cerda.
Yo estaba fuera de mí. Le di varias nalgadas, y
mi asalto fue tan violento que le rasgué el
vestido. Sin embargo, ella me dejó hacer con una
extraña docilidad; lo que, paradójicamente,
acrecentaba mi rabia y me impulsaba a conducirme
como un verdadero animal. La verdad, no tenía
ningún derecho. Ella era libre de vivir su vida
como le acomodara... ese razonamiento me lo hice
miles de veces en el transcurso de aquellas
horas. Pero extrañamente, a mí me sublevaba su
doble vida, el engaño en que nos mantenía a
todos, la cara de inocente que ponía tras el
mostrador.
Se lo dije mientras la sodomizaba: "Tanta
historia y no eres más que una puta... una sucia
perra viciosa...". Ella sólo cerró los ojos
llenos de lágrimas, y se sometió a mis
violencias con una sumisión completa. Cuando
terminé, la abracé, agotado, y hundí mi cara en
su nuca. Sudorosos, jadeantes, y con aquel olor
a sexo que nos envolvía, nos quedamos inmóviles
un rato hasta recobrar el aliento. Ya más dueño
de mí, la obligué a mirarme cara a cara.
-No te entiendo... -confesé- ¿por qué lo haces?
-al escuchar esto, bajó la vista y calló. Eso no
hizo más que enfurecerme. La abofeteé y ella se
desplomó. Quedó arrodillada sobre el pasto.
Entonces la agarré por la cabellera y le metí la
polla hasta la garganta. Ella no se resistió. Al
contrario: la lamió mansamente, hasta dejarla
limpia. Su actitud humilde me enfurecía aún más.
Me dieron ganas de atizarla en serio y le crucé
el rostro de otra bofetada.
-No me hagas daño... -suplicó. La miré
sorprendido. ¡Como si el tratamiento que le
había dado anteriormente hubiera sido una
caricia! Sollozaba, arrodillada, y yo de pronto
me sentí como lo que era: un verdadero canalla.
No lo pensé mucho. La arrastré hasta el auto y
la conduje a su casa. Cuando llegamos, la
terminé de desnudar y la metí a la ducha. Me
dejó hacer. Luego, la envolví en su bata de
felpa y yo me anudé una toalla a la cintura.
Revisé su cuerpo y la curé. Después me ocupé de
su cara: de la comisura le brotaba un hilillo de
sangre. Le preparé una bolsa de hielo, que
apliqué a su mejilla, y preparé un té bien
cargado. Su turbación era evidente, y yo me
sentía a la vez mosqueado y furioso, lo cual me
ponía muy incómodo y de pésimas pulgas. Cuando
la vi más tranquila, le espeté:
-Pero, vamos a ver, ¿por qué te prostituyes? ¿No
te alcanza lo que ganas como bibliotecaria?
-ella bajó la vista y negó con la cabeza. Me lo
fue explicando con voz balbuciente:
"Antes de ser bibliotecaria, fui enfermera. No
me iba mal. Ganaba más y tenía bastante tiempo
libre, aunque el horario, ya se sabe, es
espantoso... en esa época conocí al hombre que
viste anoche. Era médico, estaba casado y
durante un tiempo fue mi jefe en la clínica
donde trabajábamos juntos. A pesar de sus
constantes insinuaciones, me resistí a
convertirme en su amante. No me atraía en lo más
mínimo sostener una relación clandestina. Bueno,
en realidad, una relación de cualquier tipo...
Yo quería ser independiente, no atarme a
nadie..."
Encogió los hombros, y a mí de pronto me dio
pena. Se veía tremendamente vulnerable. Le
ofrecí un cigarrillo, que aceptó, y la dejé
hablar. Fumó despacio, con cuidado de no
lastimarse. Debía dolerle lo suyo porque le
había atizado con todas mis ganas. Bajó la vista
y continuó: "Pero a pesar de todo, terminé
cediendo... me convertí en su amante. En su puta
exclusiva... Aquella situación me repugnaba. Me
sentía sucia... me convertí precisamente en lo
que me llamaste: una perra viciosa... ". Bajó la
vista y yo no pude más que avergonzarme. No
tenía derecho, me repetía. No tenía derecho a
tratarla así...
"Fuimos amantes durante dos años... yo oscilaba
entre la felicidad y la vergüenza. Llegué a
quererlo sinceramente, aunque con él no gozaba
lo más mínimo... pero al cabo, sucedió lo que
más temía: su esposa se enteró de todo..."
-¿Y él? -la interrumpí- ¿qué hizo entonces?
"Nada. Ella no le dio tiempo. Cuando se enteró,
llegó a la clínica dispuesta a matarme. Estaba
fuera de sí, tenía un arma y disparó, con tan
mala suerte que él se interpuso en ese momento
para defenderme y resultó herido. Ni qué decir
tiene que a su mujer la encerraron de por vida
en un hospital psiquiátrico. Ya estaba
desquiciada, pero aquello terminó de alterar su
frágil equilibrio..."
-¿Y qué ocurrió con ustedes?
"Él salvó la vida, pero quedó reducido a una
silla de ruedas. Su familia tiene medios, y
además, su seguro de vida era lo suficientemente
espléndido para permitirle vivir sin
sobresaltos, pero se negó a que me atara a él...
tampoco puede divorciarse de su mujer... lo
único que me permite es visitarlo una vez a la
semana... y cubre todos mis gastos. De algún
modo, eso es una especie de penitencia que se ha
impuesto por no poder hacerme su esposa..."
Bajó la vista, y yo no me atreví a mirarla. De
pronto me sentía víctima de una burla mortal.
-Y tú sigues follando con él... -observé. Ya no
sentía rabia contra ella, sino contra mí mismo.
La vi encogerse y sentí una súbita piedad.
-Pero, ¿por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no te
defendiste? -balbuceé, perplejo. Me miró a los
ojos y tardó en responder.
-¿Para qué? Eso es lo que soy: una puta...
-¿Lo quieres? -pregunté, a lo tonto. Se encogió
de hombros.
-No lo sé... si lo que me preguntas es si siento
placer, te diré que no. Nunca lo he sentido con
él...
-¿Nunca? -pregunté, incrédulo- ¿Quieres decir
que con otros...?
-Nunca me he acostado con nadie más... hasta
ahora... -me miró por encima de la taza, después
de decirlo, mientras daba un sorbo. Tardé unos
segundos en comprender el sentido total de sus
palabras.
-¿Quieres decir que yo...?
-Eres el único hombre con el que he tenido un
orgasmo... -me aclaró. Y yo la miré,
anonadado... ¿cómo era posible...?
-Él fue el primero... como te dije, jamás quise
atarme a nadie... no deseaba una relación.
Durante el bachillerato, y luego en los cursos
de enfermería, rehuí todo contacto con los
chicos... sencillamente, no me interesaba ligar
con nadie...
-Pero tendrías, no sé, necesidades, apetitos...
-Fui precoz: aprendí a masturbarme desde niña...
pero involucrarme con un tipo, me repelía....
-¿No te habrán gustado las mujeres? -dije, con
intención obviamente aviesa. Pensé que iba a
ofenderse. Como si no la hubiera insultado
bastante... pero, no. Negó con la cabeza, sin
darse por aludida. Bebió el resto del té con
parsimonia, como si no tuviese ninguna prisa. Y
así era, en efecto. La observé desde mi altura.
La mejilla comenzaba a amoratársele. Dentro de
unas horas tendría una coloración inequívoca.
Bajé la vista, avergonzado.
¿Y ahora qué? Había descubierto su secreto, la
había sodomizado, violado, insultado,
golpeado... tenía razones de sobra para enviarme
mil veces a paseo. Y pensé que eso era
precisamente lo que iba a hacer. Pero, no. La
bibliotecaria no había terminado de
desconcertarme. No, aún...
me comió la verga con una sabiduría
desconocida
para mí. Se demoró adrede para darme
el máximo
placer. Y cuando terminó con el tallo,
ya tan enhiesto
que no podía tensarse más,
continuó con
las bolas, lamiéndolas con
verdadero
deleite...
Fue hasta la
nevera y sacó la bandeja de hielo.
Pensé que iba a
usarlo para aplicarse más en la
mejilla, pero
en cambio buscó dos vasos y puso
un par de cubos
en cada uno. Del congelador sacó
la botella de
vodka y eso hizo que la mirara con
adoración.
Encontrar por una vez una mujer que
supiera dónde
se guarda el vodka... eso no es de
todos los días. Ella
ni se fijó. Me tendió un
vaso y tomó el
otro. Bueno aquello. Se estaba
poniendo cómoda
en su propia casa.
Di un trago y
dejé que el líquido helado me
quemara la
garganta. Para mi sorpresa, ella daba
fin al suyo.
Vaya con la bibliotecaria. De su
imagen de
ratoncito tímido no iba quedando nada.
La miré con
atención. Era increíble. La había
abordado
íntimamente (Dios, qué eufemismo más
horrible) dos
veces y sabía muy poco de ella.
Por ejemplo, ¿de
qué color tenía los ojos? Clavé
mis pupilas en
las suyas y ella no me las hurtó.
Grises,
concluí. Muy claros, en todo caso.
Cambiantes. Según les diera la luz.
En todo
caso,
destacaban con fuerza por contraste con su
cabellera
oscura. En ese momento se había
arrebujado en el
sofá, y comenzaba a desenredar
su melena con
un peine de cerdas anchas.
Fui hacia ella,
se lo quité y la sustituí en la
delicada labor.
Me dejó hacer, dócil, después de
abandonar el
vaso vacío sobre la mesa de centro.
Ella aprovechó
que estuviera ocupado con
aquellos menesteres para observarme
con
detenimiento.
Tal se diría que inventariaba los
rasgos de mi
cara. No me importó saberme
observado. Al
contrario. Había un halago mudo en
el barrido
inclemente de sus ojos. Aproveché
para recopilar
los datos que ya tenía sobre su
cuerpo: más
alta que el promedio, de carne
morena y firme,
lo más llamativo era su
cabellera, pero
bajo aquellos trajes tan serios
había unas
curvas rotundas y suaves, de
guitarra. Nada excesivo, ni
mucho menos
grotesco.
Abultaba donde tenía que abultar, y
bien.
Era mayor que
yo. No sé cuántos, pero varios
años. Yo no era lo que se diga un
imberbe.
Alguna andadura
tenía, y aunque a mis diecinueve
no era mucha,
era claro que bastante más que la
suya. Me
acerqué con lentitud. Había casi
terminado de
peinarla y aquella operación había
establecido
entre nosotros una nueva intimidad.
Ya no existía
la rabia ni la agresividad de
antes. Por
primera vez busqué su boca. La besé
con lentitud,
casi con reverencia, y gimió
débilmente.
Recordé la bofetada y me separé con
miedo de
lastimarla, pero ella buscó mis labios
y profundizó el
beso.
Me puse de pie
y la abracé. Bajo la tela de la
bata así su
cintura. Tan breve que la abarcaba
con un brazo.
La estreché con una calidez nueva.
Habría dado
cualquier cosa por borrar lo
anterior y
comenzar de nuevo en ese instante;
¿pero cómo
olvidar la locura que había vivido
desde la
víspera, convertido en un vulgar
violador? Cerré
los ojos y la recordé a mi
merced, mientras mi émbolo
entraba y salía de su
cuerpo
entregado, y el solo recuerdo me la
empalmó. Ella
lo sintió a través de la toalla y
sonrió con
picardía. Me sorprendió aquella
sonrisa, la
primera que contemplaba en su
semblante, y
advertí de golpe lo joven que era.
Cedí a la
tentación de cometer aquella torpeza y
pregunté:
-¿Cuántos años
tienes? -ella rió al oírme.
-Cuatro más que
tú... cumpliré veintitrés dentro
de dos meses...
-sólo había una explicación a
aquella
respuesta: había estado revisando mi
expediente.
-Tú sabías
quién soy... -observé, a lo tonto.
Ella sonrió.
-Y aún así, no
me denunciaste... ¿por qué? -me
miró un
instante y replicó:
-Jamás había
sentido aquello... ¿recuerdas?
-asentí.
-¿Quieres
volver a sentirlo? -pregunté, al
tiempo que mis
dedos abrían la bata y mi boca
golosa asía su
pezón. Lo atormenté con mi lengua
y la escuché
gemir. Mis ojos buscaron los suyos.
Vi cómo sus
largas pestañas entornaban la mirada
complacida y desceñí la
bata. Se abrió,
mostrando
aquella piel morena, suave y lisa. Mi
lengua trazó un
camino mojado hasta el monte de
Venus, donde
aún sobresalía aquel pequeño trozo
de vello negro.
Lo lamí, travieso, y ella gimió.
La cargué en
mis brazos y la llevé al
dormitorio. La
deposité sobre el lecho, pero sus
brazos
siguieron anudados a mi cuello. La besé
con ternura y
me dejó por fin. Se quedó
mirándome a los
ojos, al tiempo que yo me
despojaba de la toalla y
quedaba a la vista el
resultado de
tanto mimo. Iba a tenderme a su
lado, pero ella
acercó sus labios a mi polla y
comenzó a
chuparla con delicadeza.
En sus caricias
había una suavidad nueva, lenta,
perezosa casi,
que a mí me elevó el morbo aún
más que cuando
la follé como un desesperado. No
había ninguna
urgencia entonces. Teníamos todo
el tiempo del
mundo y estábamos dispuestos a
aprovechar para
recorrernos con mayor cuidado y
dulzura.
Me comió la
verga con una sabiduría desconocida
para mí. Se
demoró adrede para darme el máximo
placer. Y
cuando terminó con el tallo, ya tan
enhiesto que no
podía tensarse más, continuó con
las bolas,
lamiéndolas con verdadero deleite.
Tuve que detenerla o me habría
corrido ahí
mismo,
derramándome sobre su cara. Se lo dije, y
ella replicó,
sonriente:
-Me habría
encantado recibir tu leche...
-aquello me
elevó aún más el morbo. La besé en
la boca y
percibí el sabor de mi garrote en sus
labios.
Después, le abrí las piernas y busqué su
raja. Mi lengua la
recorrió con una suavidad
enervante, y yo
noté, satisfecho, cómo su cuerpo
se retorcía de
placer. Luego, intempestivamente,
la coloqué boca abajo y abrí sus
nalgas. Su culo
adolorido
estaba rojo, pero no presentaba ningún
desgarro como
temí. Sin previo aviso, metí mi
lengua como un
ariete y la sentí tensarse.
-Relájate...
-pedí. Supliqué, más bien. Ella me
obedeció.
Continué penetrándola con mi lengua,
mientras mis
dedos entraban y salían
rítmicamente de
su coño. La escuché jadear,
estremecida por
aquella caricia, y supe que la
excitaba.
-¿Te gusta?
-dije, y la miré. Ella se volvió.
Tenía los ojos
húmedos.
-Es la
sensación más perturbadora que he
experimentado...
-¿Te molesta?
-Al contrario...
es... excitante... morboso...
-Transgresor...
-completé. Y ella asintió.
-¿Quieres
sodomizarme de nuevo? -preguntó, y
percibí un aire
de temor en sus palabras.
-No. Estás muy
lastimada... y aunque mi
comportamiento
te haya hecho pensar con razón
que soy un
bruto, no lo soy... no quiero
herirte.
Prefiero, en cambio, atormentarte de
otro modo...
quiero oírte gritar de placer...
-al oír esto,
me miró de modo extraño.
-No sé si
pueda... -dijo con tristeza- sólo he
conseguido
correrme una vez... contigo... y
sospecho que
fue porque me trataste como una
puta... -bajó la vista,
avergonzada, y yo me
maldije por ser
tan bestia. Pero al cabo entendí
que lo creía de
veras.
-¿Te excita que
te trate así? ¿Por qué?
-pregunté,
perplejo.
-No sé... tal
vez porque él me trataba de esa
manera... hasta
ayer mismo, no había conocido a
otro... además, siempre tuve
sentimientos de
culpabilidad
asociados al sexo. Y al ser
abordada de
este modo, siento que no soy
responsable de
lo que ocurra... ¿me entiendes?
-claro que la
entendía. Me inspiró de pronto un
sentimiento de
piedad.
-¿Quieres que
sea tu amante? -pregunté. Ella me
miró absorta y asintió.
-Pero más que
mi amante... quiero que seas mi
amo... -dijo,
de modo raro.
-Seguirás
follando con él... -repuse, sin
énfasis. Calló.
Ambos sabíamos, sin embargo, la
respuesta.
-No tengo
derecho a pedirte, y menos exigirte,
nada... ni
siquiera sé tu nombre -señalé, y ella
sonrió.
-Cristina... me
llamo Cristina... -respondió.
-Supongo que
debería decirte "mucho gusto", si
no me sonara
ridículo... me llamo David...
-repuse.
"David", repitió, como si fuera una
especie de
ensalmo.
-¿Y tú, David,
me deseas? -preguntó a su vez. Yo
asentí. Lo había
dicho con una coquetería muy
femenina, pero
en el fondo los dos sabíamos que
la pregunta iba
en serio.
-¿Alguna ver te
maltrató tu... ya sabes?
-pregunté,
sabiendo que era un atrevimiento de
mi parte. Ella
asintió, y a mí se me revolvieron
las tripas,
pero insistí:
-¿En qué forma?
-Antes de...
del accidente... -respondió,
evidentemente
mosqueada- ...le gustaba atarme...
siempre le
gustó follarme teniéndome atada...
también le
gustaba propinarme azotes... -lo dijo
con evidente
embarazo, pero al ver mi actitud,
se relajó.
-¿Te excitaba?
-inquirí, con verdadero interés.
-La
inmovilidad, sí... los azotes... -"no",
completé. Ella
asintió. Había enrojecido
violentamente y
se veía aún más hermosa, si
cabe, con aquel
rosa nuevo en sus mejillas.
-¿Quieres que
te ate... o prefieres que trate de
llevarte al orgasmo de
otro modo...? -pregunté.
Ella aceptó mi
primera propuesta. Revolvimos la
alacena, pero
al fin nos conformamos con la
cuerda de seda
que cerraba su bata. Le até las
manos a los
barrotes del respaldo de su cama, y
le dejé libres
las piernas... al mirarla me
estremecí. Era
un espectáculo de lo más morboso:
tenía los
brazos sujetos por encima de la
cabeza, y sus
blancos pechos oscilaban al ritmo
de su
respiración jadeante. No quise
inmovilizarla del todo, pero la
amenacé: "Como
me golpees con
las piernas, te atizo, perra...".
Aquella frase
tuvo la virtud de excitarla aún
más. Vi cómo su
mirada glauca brilló, al mismo
tiempo
humillada y complacida.
-Insúltame...
-pidió.
-¿Te gusta?
-Mucho... no sé
por qué, pero cuando me llamas
cosas... me
pones aún más cachonda...
-¿Y te gusta
que te ponga así? -pregunté,
abriéndole las
piernas con intención aviesa.
Bajé mi boca hasta su
raja y mi lengua tocó su
botón. La
escuché gemir y no esperé otra
respuesta.
Entré en su coño, empapándolo de
saliva, y ella
jadeó sin aliento. Mis manos se
apoderaron de
sus caderas y profundicé mi
penetración,
pero al cabo la solté. No quería
que se corriese
aún. La miré. Tenía los ojos
glaucos fijos
en los míos, con aquella expresión
agónica que en
las mujeres me recuerda a la de
las mártires en las iglesias. Esa
idea siempre
me ha parecido
a la vez sacrílega y fascinante.
Es curioso que
el rostro se contorsione del
mismo modo con
el máximo placer y el más
devastador
sufrimiento.
Mis manos
acariciaron sus tetas. Las tenía
pesadas, aunque
no excesivas. No me gustan esas
tías que parece que van a
caerse de bruces
cuando caminan,
con tanto peso delante. Tampoco
eran poca cosa.
Masivas, lechosas, una verdadera
delicia... lamí
ávido uno de los pezones y la
escuché jadear.
De inmediato se puso erecto,
como ya tenía
yo la polla, sólo que procuraba no
acordarme. Como
si eso fuera posible...
-¿Te gustaría
anillártelas? -pregunté. Ella me
miró
sorprendida.
-Nunca se me
había ocurrido... ¿y a ti, te
gustaría que lo
hiciese? -preguntó
-Me dan morbo
las tías anilladas...
-¿Y tú? ¿Te
anillarías los pezones?
-¿Qué? ¿Me
estás retando?
-¿Por qué no? Si me los
anillo, dolerá lo suyo,
¿no?...
-repuso, con un dejo de picardía. Tenía
razón, pero yo
no dejé de estremecerme.
¿Anillarme?
Pues, no. Jamás se me había ocurrido
ese tipo de
cosas. Ni piercings ni tatuajes. No
es que sea un
mojigato, ni mucho menos...
tampoco un
cobarde. En fin... para pensar en eso
estaba yo, que
moría por hincarle la polla hasta
el fondo de
aquel coño depilado, apenas con un
mechón de vello oscuro por
encima. Una delicia.
Eso es lo que era.
...No podía evitar que invadiera su más íntimo
reducto con mi lengua. Bajé luego y penetré en
su culo. Se tensó visiblemente, pero la obligué
a recibir mis lengüetazos y al mirarla, vi
lágrimas en sus ojos. Me conmovió, no lo niego,
pero también sabía que a ella era eso lo que la
ponía cachonda: la humillación, la idea de ser
sometida, vejada, obligada a realizar aquellos
actos inconfesables...
Decidí darle caña durante un rato, pero sin
correrme. De algún modo, ambos queríamos que
aquello durara. Teníamos tiempo, de modo que
podíamos alargar la cosa indefinidamente, y
entre tanto, gozarnos uno al otro a fondo, tal
como me gusta. La abrí de piernas. El coño
goteaba sus jugos sin ningún recato y mojaba la
sábana. Levanté sus pantorrillas y las apoyé
contra mis hombros. Ella me dejó hacer,
obediente. Me miraba a los ojos, al tiempo que
yo dirigía mi polla hacia su abertura húmeda y
dispuesta.
-Te voy a empalar, zorra... -dije, y ella cerró
los ojos. La verga entró limpiamente hasta el
fondo, y cuando la punta tocó el cuello de su
matriz, ella gritó. Estaba a mi merced, y a mí
la idea de estarla violando me elevó aún más el
morbo. Lo mismo debía pasarle a ella, a juzgar
por el manantial de miel que le brotaba de la
entrepierna.
-¡Qué húmeda estás, guarra! ¿Te gusta que te dé
a fondo, no?... eres una puta... me encanta
cuando te monto por el culo... ¿verdad que a ti
también te gusta? ¿No, cerda? -mientras yo
musitaba aquellas lindezas a su oído, la sentí
moverse. Poco a poco su actitud se hizo menos
pasiva. Ya no era una hembra abierta, dispuesta
pero poco cooperadora, a que la montara, sino
que se estaba empalando con mi garrote. Una
perra en celo, deseosa de guerra. La follé
durante largo rato, como un poseso. Me costó
contener mis deseos de derramarme en su
interior, pero valió la pena. Era evidente que
ella necesitaba una mano para correrse. Pero
tampoco deseaba darle ese placer. No tan pronto.
Al cabo, la dejé y la desaté. Me miró
interrogante.
-Descuida, hay tiempo -dije, y me acomodé junto
a ella. A pesar de la excitación, la verdad es
que estaba muy cansado. Había sido un largo día,
y ni qué decir de la noche. Cerré los ojos y no
tardé en quedarme dormido. Supongo que lo mismo
le sucedió a ella, porque desperté cuando ya
había salido el sol y sentí su cuerpo tibio
arrebujado contra el mío.
Fue una de las sensaciones más gratas de mi
vida. Aquella sensación tierna, dulce, de su
cuerpo apenas envuelto por las sábanas me trajo
a la certeza de que lo ocurrido la víspera no
había sido un sueño. Aspiré su perfume y hundí
mi cara entre sus senos. Mi barba incipiente
debió de molestarle, porque se revolvió en
sueños, y se quedó quieta de nuevo, hasta que me
apoderé de uno de sus pezones y comencé a
chuparlo con deleite. Observé cómo entornaba las
pestañas y su mirada glauca finalmente se fijó
en la mía. Sonrió. Y fue como si amaneciera en
ese instante.
No quería despertar. Me imagino que no se sentía
bien. Examiné su mejilla, con temor, y me
avergoncé al notar una sombra violácea. Aquello
debía de doler. Le pregunté si quería que le
aplicara hielo, pero negó con la cabeza. Comencé
a pensar que deseaba que me fuera. Se lo
pregunté.
-Tengo que ir a trabajar... -dijo. Pero al
observarse en el espejo, notó que era imposible.
La hinchazón era demasiado obvia. Llamó a la
biblioteca y pretextó que estaba enferma.
-¿Quieres que te lleve a un médico? -pregunté,
pero ella se negó. ¿Qué íbamos a decirle: qué le
había atizado como un bestia? Al notar mi
turbación, sonrió y repuso:
-Déjalo. Así podemos pasar todo el día en la
cama... -aquella perspectiva me alegró, la
verdad. Me abracé a ella y hundí mi cara en su
cabellera negra. Olía divinamente.
Por fin nos levantamos y nos metimos a la ducha.
Disfruto intensamente cuando tengo la
oportunidad de compartir esos momentos con una
mujer. Y aquella no fue la excepción. Ya la
víspera había pasado unos instantes con ella
bajo la suave cortina líquida, pero aquella
mañana nos demoramos, enjabonándonos uno a otro
y acariciándonos con especial dulzura. Tanto,
que ella no resistió la tentación de
arrodillarse y comenzó a mamarme la verga,
completamente flácida en ese momento. Poco a
poco, empezó a despertar y a erguirse bajo la
hábil caricia de sus labios. La visión de
aquella mujer deliciosa, con su boquita abierta
y la cabellera mojada derramada sobre su
espalda, me puso a mil.
La alcé hasta mis labios y la besé hondo, con
verdadera hambre. Ella me correspondió, y
terminé penetrándola de pie, frente a frente.
Pero ninguno quería concluir de aquella manera,
y menos tan pronto. Nos estuvimos dando placer
durante un rato, hasta que nos acercamos al
punto de no retorno, y la solté. Con pesar,
salimos de la ducha y aprovechamos el momento de
secarnos para continuar con nuestros juegos. Yo
no podía dejar quietas mis manos sobre aquel
cuerpo.
La ayudé a secarse y me demoré en su cabellera.
La tenía abundante, espesa y bruna. Una mata de
pelo saludable y lacia, que olía
maravillosamente. No sólo a su jabón, sino a su
perfume y a aquel olor a mujer sana, sensual,
joven... una delicia. Sus piernas largas, sus
caderas rotundas, el breve puente de su cintura,
y los senos prominentes, temblorosos, de pezones
suaves, eran una maravilla. Me demoré
acariciándola con la toalla, perfumando su piel,
masajeándola con el humectante.
Me enrollé la toalla a las caderas y ella se
puso la bata de felpa. La acompañé a la cocina y
comenzamos a preparar el desayuno. Aquella
familiaridad me encantó. Jamás había vivido nada
semejante. Hice el café y tosté el pan, en lo
que ella cocinaba, y al final, nos sentamos a la
mesa. Estaba muerto de hambre, de modo que
devoré el desayuno con verdadero apetito.
Supongo que lo mismo le ocurría a ella. Cuando
terminamos, fregamos los platos, lavamos mi ropa
en la lavadora y nos fuimos al dormitorio. Entre
nosotros la conversación se había hecho muy
relajada. Me contó algunas cosas de su vida, y
yo hice otro tanto.
Estábamos acostados en la cama, pero no en plan
sexual, aunque era evidente que nuestros cuerpos
jóvenes pedían acción. Me gustaba contemplarla a
mi sabor, mientras hablaba. Tenía una
sensualidad innata, que le brotaba por todos los
poros, de modo natural. Había nacido para gozar
y ser gozada. Se lo dije y sonrió, pero bajó la
vista.
-¿Qué pasa? ¿Te he ofendido?
-No, no... es que... a esta luz, y lejos de lo
ocurrido anteriormente... -la miré interrogante
y la invité a continuar.
-Eres tan distinto... la primera vez, en el
bosque... tenía miedo...
"Claro, preciosa, te estaba violando,
¿recuerdas?", pensé. Pero no lo dije. No soy
así, en realidad, expliqué. No ando por ahí,
violando desconocidas... o medio conocidas, como
era su caso.
-Lo lamento... -dije, y fui sincero. Lamentaba
haberle hecho daño. Observé su mejilla y noté de
nuevo aquella coloración violácea, como una
sombra.
-¿Duele? ¿Quieres que te ponga hielo? -pregunté
solícito, pero ella negó con la cabeza.
-¿Prefieres dormir? -volvió a negar. La observé,
atento, y toda mi actitud era una pregunta muda.
Fue ella la que se acercó y desató la bata. Me
brindó una vista completa de su cuerpo desnudo.
Lo había recorrido antes con mis manos,
aplicándole el suave humectante, y ansiaba
recorrerlo de nuevo. La miré a los ojos y
descubrí aquel brillo inequívoco que gritaba "te
deseo". Fue ella quien me arrancó la toalla y
quien tomó por asalto mi verga.
Bajó su boca hacia mí y sus labios se abrieron
para alojarla completa. Era una experta. Pronto
terminó de crecer gracias a las sabias caricias
de su lengua y se concentró en el tallo. Bajó
aún más y les dio una mamada de lujo a mis
huevos, tanto que al rato debí retirarla ante el
inminente chorro que pugnaba por brotar de mi
interior. La abrí entonces de piernas y le di un
tratamiento semejante al que me había dado. Pero
de improviso, me interrumpió.
-Átame y véndame los ojos... -pidió. Yo la miré
interrogante.
-Sólo puedo alcanzar el orgasmo cuando...
- ...cuando te fuerzan -completé-. Mírame,
Cristina, y responde: ¿alguna vez has alcanzado
el orgasmo con él? -bajó los ojos, pero la
obligué a mirarme.
-Sólo cuando me ordena que me corra... pero casi
nunca lo hace. Dice que es mejor que me quede
caliente, que así complazco mejor a los
hombres... -bajó la vista de nuevo y la obligué
a mirarme.
-¿Te prostituye? -ella asintió.
-¿Y a ti te gusta eso...? -me miró confusa-. Sí,
te gusta... -concluí. Ante su silencio, volví a
preguntar:
-¿Quieres que te trate como a una puta? -dije, y
para mi sorpresa, ella asintió. Y yo empecé a
comprender.
-No quieres que sea tu amante... ¿qué quieres
entonces? -la forcé a mirarme y encarar aquella
pregunta.
-Quiero que seas mi amo... o mi cliente, si mi
amo lo permite... -dijo. Y a mí ya no me cupo
duda. Estaba conflictuada entre su lealtad a
aquel tipo y lo que comenzaba a sentir por mí. Y
mi comportamiento, claro está, no la había
ayudado a decidirse por mí. ¿Qué esperaba,
después de haberla poseído como un obseso?
Me hice entonces a mí mismo la pregunta que me
atormentaba: ¿La quieres? ¿Estás dispuesto a
convertirla en tu puta o tu esclava? Porque era
obvio que otra relación para ella no sería
satisfactoria. No conocía otra forma de
relacionarse, al menos, no a ese nivel.
Y me respondí que sí. Que la deseaba como un
loco. Que ansiaba montarla una y otra vez hasta
que la leche le saliera por las orejas. Ella me
observaba, tensa. Se relajó sólo cuando me
escuchó decir:
-Quiero ser tu amo... si esa es la única forma
de follar contigo regularmente...
-Soy cara... -me advirtió.
-Lo sé, -admití- de otro modo, no valdrías la
pena -entonces mi expresión se endureció y
pregunté, con intención aviesa:
-¿Y cuánto cobras? -al oír aquello, me miró con
súbita tristeza. Pensé que iba a protestar, pero
asumió su papel y dijo una cifra. Era una tarifa
muy alta, aún para una puta de lujo, pero yo ya
sabía de lo que era capaz y estaba dispuesto a
pagarla generosamente. Fui hasta donde había
dejado la cartera, conté los billetes y los dejé
sobre la mesa. "Te pago por adelantado por todo
lo que pienso hacerte hoy", pensé decir. Pero
cuando vi su expresión apesadumbrada, callé. Era
capaz de insultarla, pero herirla de aquel modo
era demasiada bajeza.
"Eres un bruto", me dije, pero ya estaba
lanzado. Aquella mujer me traía loco. Deseaba
follarla como un poseso y no veía la hora de
hincársela hasta el fondo del coño... y del
culo, claro. Era evidente que también a ella le
gustaba por esa vía. Me acerqué. Mi rostro se
había endurecido.
-Voy a tratarte como la puta que eres... -dije.
Tomé sus muñecas y las até adelante. La hice
colocarlas por encima de su cabeza y sujeté el
extremo de la cuerda al respaldo de la cama.
-Como te corras sin mi autorización, te atizo
-le advertí. Me miró en silencio y le di una
palmada en el muslo. Entendió de inmediato y se
apresuró a decir:
-Sí... amo... -musitó, humillada. Me incliné y
hundí mi lengua en su coño. Pero no había nada
de erótico en aquella invasión. Me guiaban de
nuevo la frustración y la ira más que el morbo.
La calenté durante un rato, y bebí con avidez
los jugos que empezaban a manar de su coño. La
verdad es que era deliciosa. Siempre me gustó el
sabor del líquido que brota de la vagina de una
mujer durante la excitación, y aquella vez
ocurrió lo mismo.
No podía evitar que invadiera su más íntimo
reducto con mi lengua. Bajé luego y penetré en
su culo. Se tensó visiblemente, pero la obligué
a recibir mis lengüetazos y al mirarla, vi
lágrimas en sus ojos. Me conmovió, no lo niego,
pero también sabía que a ella era eso lo que la
ponía cachonda: la humillación, la idea de ser
sometida, vejada, obligada a realizar aquellos
actos inconfesables.
Cuando consideré que la había calentado
suficiente, la desaté y la obligué a colocarse
boca abajo sobre la cama. Puse unos almohadones
para levantarle las caderas y le ordené abrir
sus nalgas. Obedeció sin chistar. Vertí un poco
de aceite en el agujero y metí uno de mis dedos.
Ella me dejó hacer. Poco a poco fui agrandando
el esfínter, hasta que cupieron tres dedos, y
luego cuatro. Con los cuatro dentro, forcé aún
más el oscuro pasaje y ella se tensó.
-Mastúrbate... -le dije, y ella comenzó a
hacerlo, mientras yo dilataba lo más posible su
culo para probar hasta dónde podía abrirse.
Aquello debía de dolerle lo suyo, pero no se
quejó. Por fin, puse el capullo contra la
entrada y le ordené:
-Empálate -me quedé quieto mientras ella
obedecía. Se movió con suavidad y firmeza,
abriéndose ante aquella invasión dolorosa como
si su culo fuera el cáliz de una flor. Su cuerpo
me envolvió como un guante cálido y
aterciopelado. Sentí la oleosa textura de aquel
contacto estrecho, y a mi pesar, suspiré. Se
quedó quieta un instante, como aguardando un
movimiento de mi parte, pero permanecí
tranquilo, disfrutando de aquella caricia
intensa.
Al fin, le di una nalgada y eso bastó para que
empezara a moverse hacia delante y atrás. Me
masturbó con su culo, gozando con mis gemidos y
jadeos. Yo me quedé inmóvil y dejé que fuese
ella la que hiciera el trabajo. Pronto cedí a la
tentación de insultarla, y ella aceleró el ritmo
cuando comencé a darle palmadas en sus nalgas y
muslos. Al final se lanzó a galope y yo cedí a
la tentación de cabalgarla como a una potranca
en celo. La detuve, sin embargo, de un brusco
tirón a su cabellera.
-Detente, zorra... no quiero correrme aún...
-dije, ya sin aliento, y ella obedeció. Salí de
su culo y la obligué a volverse boca arriba.
Introduje el garrote entre sus labios y la hice
saborearlo. A pesar de notar el olor y el gusto
de su culo, no demostró su asco y mamó con
deleite.
-¡Qué guarra eres! -dije, sin poderme contener.
E insistí en que se masturbara de nuevo. La miré
hacerlo, mientras me mamaba la verga. Tenía una
vista de su coño rojo y goteante, y moría de
ganas de empalarla.
-No te corras -le recordé. Entonces la puse en
cuatro patas y le ordené que me brindara una
vista de su raja. Abrió sus nalgas con dos dedos
y me permitió mirar la hendidura carnosa entre
sus piernas. Me hundí en ella con más
desesperación que deseo.
-Mastúrbate y córrete -dije. Su mano buscó el
delicado sitio entre los labios y comenzó a
tocarse. Hundí mi garrote hasta el fondo de su
coño y comencé a bombear. Nos lanzamos a un
galope desenfrenado. La cabalgué como jamás he
follado a una perra. Ella gemía y jadeaba sin
control. Por fin la sentí correrse. Con un grito
desatado, se abandonó a las oleadas que la
invadían, una tras otra, hasta que cayó,
exhausta, con mi verga aún clavada en su coño.
Así su cabellera y la obligué a incorporarse. Me
di una paja y me corrí en su cara. Ella cerró
los ojos, abrió la boca y recibió mi leche, que
goteó sobre sus tetas. La visión de aquella
hermosa mujer cubierta de semen fue una de las
cosas más excitantes que he visto.
-Quiero que seas mi puta... -dije, cuando al fin
recuperé el aliento- ...ve y díselo a tu amo...
-ella no dijo nada, pero supongo que estaba
feliz. Tomó el teléfono y marcó un número. Habló
apenas unos segundos y colgó.
-Debo ir a verlo... -dijo- ...enseguida. Ni
siquiera se duchó. Me sorprendió la urgencia con
que se arregló para acudir ante su amo. Sólo se
limpió la cara y se peinó. Se puso un liguero de
encaje blanco, lo mismo que las medias, los
altos tacones y el uniforme de enfermera. Olía a
semen y supe que su amo iba a darse cuenta de
que había sido follada hacía apenas unos
instantes. Llamó un taxi. Cuando éste acudió, se
preparó para salir. Desde la puerta, me miró por
última vez. Yo aún seguía desnudo, con la polla
flácida y goteante.
-Espera aquí... no importa cuánto tarde...
-dijo, y salió. Yo obedecí. Comenzaba la tortura
de la tensa espera.
Cuando mi respiración se aceleró y los jugos
comenzaron a escapar, ella se incorporó y se
hizo a un lado. Emilio ya tenía empalmada la
verga por completo y colocó la punta contra la
entrada de mi coño para desflorarme. Empujó
firme y lentamente. Bajé los párpados y me
encogí, asustada y tensa, pero una bofetada de
Jaime hizo que abriera los ojos. Sabía que al
amo le gustaba mirar a los ojos a quienes estaba
follando, a menos que colocara al elegido o
elegida en cuatro patas, pero yo no quería darle
aquel placer...
Escribo esto por orden de mi amo Jaime. Él
quiere que anote todo. Mi entrega, dice, debe
ser total. No debo tener voluntad ni deseos
propios. Él debe ser el único dueño de mi
cuerpo. Mis agujeros son suyos. Están destinados
única y exclusivamente a darle placer a él y a
quien él me indique. Soy una puta, una zorra
viciosa, una perra. Soy la hembra más guarra, la
más pervertida, la más abyecta, la que con mayor
deleite goza de que la vejen, de que la
humillen, de que la azoten. no tengo otra
finalidad que someterme cada vez que él desea
follarme, sodomizarme o masturbarse en mi boca
hasta dejarme repleta de su leche. Ese es el
alimento que más me deleita, el que con mayor
ansia debo buscar.
Comenzaré contando, tal como él me ha ordenado,
la forma en que me desfloró. Esa primavera
cumplí doce años, y aún no había visto mi
sangre. Trabajaba en el campo, como la mayoría
de los hombres y mujeres al servicio de Emilio,
su padre. Él era un hombre muy poderoso. Un
terrateniente a la antigua usanza. Todos los que
trabajábamos bajo su mando teníamos que
obedecerlo ciegamente. Vivíamos bien, comparados
con los trabajadores de otros pagos, y en
general, el trato era excelente. Emilio, sin
embargo, se distinguía por una cosa: le gustaban
todas las mujeres, y en sus tierras no había una
que se le resistiera.
Había enviudado hacía años, cuando Jaime era muy
pequeño, pero contaban las viejas que aun en
vida de su mujer perseguía a cuanta falda se le
cruzara en su camino. Y cuando enviudó, el rijio
pareció incrementársele, de modo que las mujeres
ya sabíamos lo que nos esperaba tarde o
temprano. Los hacendados de los fundos
circundantes no eran distintos, y trataban peor
a su gente, de modo que pensábamos que no
teníamos opción.
Mi madre era una mujer humilde, poco instruida,
que jamás soñó rebelarse con aquel estado de
cosas. Así había vivido su abuela y antes, las
mujeres todas de su estirpe. Era obvio que lo
lógico era que así viviera también yo. Pero en
mi caso, anhelaba otras cosas. Desde niña quise
irme de ahí, ver lugares diferentes y forjar
para mí una vida distinta. Sabía que tras los
límites de la hacienda estaba el mundo y de
algún modo, ese universo desconocido me estaba
esperando.
Pero no me hacía ilusiones. Sabía que Emilio no
me dejaría ir de buena gana, y mucho menos sin
haberme gozado. Ni soñar con escapar. Las
autoridades estaban en total connivencia con los
terratenientes, sobre todo con Emilio, que
periódicamente les proporcionaba jóvenes para
solazarse con ellas. De modo que no habría ido a
ninguna parte si hubiese intentado la huida.
A principios del verano volvió Jaime. Contaba
diez años más que yo y ya era médico. Iba a
convertirse en el mejor cirujano plástico del
país, y tenía las mismas aficiones que su padre.
Estaba prometido en matrimonio con la hija de un
hacendado vecino, y desde que se anunció el
compromiso, tanto el padre de la muchacha, que
era tan caliente como Emilio, así como éste y
Jaime se turnaban para montarla.
La chica se llamaba Inés, y era un poco mayor
que yo. La boda se celebraría cuando la novia
fuera núbil. Pero entre tanto, los tres se la
repartían en orgías de las que nos enterábamos
cuando oíamos sus desesperados gritos. Nadie
podía ayudarla. Intervenir nos habría acarreado
un castigo terrible. Tal vez incluso la muerte.
Y eso tampoco habría impedido que los tres
hombres la siguieran follando a la primera
oportunidad.
Todas las mujeres conocíamos, tarde o temprano,
las vergas de los amos. Desde niñas. Una de las
diversiones de Emilio desde que pude hacerlo era
hacer que le mamara la polla y se la pusiera
dura antes de montar a mi madre. Aunque aquello
la humillaba indeciblemente, sabía que era mejor
prestarse a tal acción y así evitar que el amo
me tomara antes de tiempo. En cuanto a mí, creo
que nunca fui inocente. Desde muy pronto
comprendí por qué los gallos persiguen a las
gallinas, y contemplé con fascinación a los
toros, potros y burros cuando cubren a sus
hembras. Eso era lo natural. No cabía esperar
otra cosa entre los humanos.
A pesar de la brutalidad salvaje de la cópula,
aquellas visiones me excitaban indeciblemente.
Aprendí a masturbarme sin que nadie me lo
enseñara, viendo aquello, y cada vez que podía,
me escapaba para contemplarlo. Igual me pasaba
cuando los mozos perseguían y tomaban a las
mozas. Pero se cuidaban de llegar a mayores con
las que aún no había estrenado el amo. Sabían
que eso podía acarrearles un castigo serio. En
cuanto a las demás, no perdían ocasión de
meterles mano, y otras cosas, por supuesto donde
se presentara la oportunidad.
Mi madre, que observaba cómo el sexo me atraía
inexorablemente, decía que era increíble cómo
aún era virgen y sin embargo era más guarra que
las chicas mayores. Siempre supo, y me lo dijo,
que estaba destinada a convertirme en una puta.
Y así fue. Pero entonces yo era un animalito
silvestre. A mi modo, aprendí a defenderme. No
me separaba de la honda, con la que tenía una
puntería implacable. El trabajo duro, la
alimentación generosa y la vida al aire libre me
convirtieron en una jovencita sana y fuerte, más
alta de lo que cabía esperar a mis años, y
bastante avispada también.
Emilio controlaba estrictamente la fertilidad de
las hembras. Así nos llamaba. No éramos mujeres
ni personas, sino hembras. Estábamos apenas un
peldaño por encima de las yeguas y las perras de
su jauría de caza. Pero como éstas, estábamos a
su cuidado. Él decidía quién se apareaba con
quién cuando quería crías. A veces organizaba,
con otros hacendados, una especie de ferias,
donde cruzaban a los mejores ejemplares.
Obligaban a follar en público a los hombres y
mujeres más hermosos y fuertes. "Para sacar
raza", afirmaba. Y si la moza no quedaba preñada
en esa ocasión, la prestaba para que fuera
montada durante un mes o por el tiempo
necesario, por el mozo en cuestión. Él mismo y
Jaime preñaron a muy pocas. No les interesaban
los hijos, que podían, tarde o temprano,
convertirse en un problema, sino el placer por
el placer mismo. Y por supuesto, el dominio, la
sumisión, el gozo que provenía de sujetar la
voluntad de otros al goce propio.
Lejos de los campos, en medio de un bosque
escarpado, vivía una mujer a la que el amo
Emilio visitaba al menos una vez al mes. Ella
nunca bajaba a los sembradíos, y menos a la
casa. Se rumoraba que era la madre de Jaime,
pero en realidad, nadie sabía quién era ni de
dónde había venido. Su nombre era Dea, pero
ninguno osaba pronunciarlo.
Me aficioné a ir hasta su casa y descubrí que,
aunque extraña, era una mujer bastante atractiva
y accesible. Dea era la única en aquellos
lugares que sabía leer y escribir, y a cambio de
favores sencillos, como acarrearle el agua y la
leña, me enseñó. Pero no se limitó a darme esos
conocimientos, sino que me hizo comprender
muchas cosas. El deseo, por ejemplo.
Fue ella quien me enseñó la naturaleza de
aquella fiebre desmandada en mi interior, quien
supo despertar la sensualidad de mi cuerpo con
una sabiduría ajena por completo a mis años, y
quien me enseñó también a despertar lo mismo en
otro cuerpo. En muchas ocasiones, después de mi
lección de lectura y escritura, Dea me permitía
entregarme con ella a aquellas caricias en las
que describíamos el número sesenta y nueve y
nuestras lenguas nos llevaban al éxtasis.
Fue ella también quien me explicó qué sucedería
cuando Emilio me montase, qué sentiría y cómo
debería prepararme para recibirlo. Pero, además,
me enseñó cómo utilizar mi cuerpo y el deseo que
despertaba éste para conseguir algo que ninguna
otra mujer tenía en el valle: poder. Eso, por
supuesto, no habría podido enseñármelo mi madre,
que era una mujer dócil y entregada por completo
a su amo.
O más bien, a sus amos, porque desde que tuvo
edad, Jaime la montó a ella y a muchas otras de
las mujeres. Y estaba demostrando que era aun
más aficionado al sexo que su padre. Pero
mientras Emilio azotaba a las mujeres sólo
cuando era necesario, Jaime parecía disfrutar
haciéndolo cada vez que se le ocurría. En varias
ocasiones Emilio tuvo que intervenir cuando se
sobrepasaba.
Pero su peculiaridad tampoco se limitaba a las
mujeres. Tal vez aquella vena desmedida le venía
a Jaime desde la infancia, o tal vez fue el
carácter que tuvo su propia iniciación. Esa
noche, después de la cena y delante de todos,
Emilio ordenó a mi madre que lo mamara, puesta
en cuatro patas, como una perra, al tiempo que
yo mamaba a su hijo. Cuando Jaime tuvo la verga
completamente empalmada, obligó al muchacho a
empalar mi madre.
Mientras Jaime la poseía y llegaba a un sonoro
orgasmo, terminé de chupársela a Emilio. El
jovencito acababa de desplomarse exánime sobre
la grupa de mi madre, cuando el amo se acercó
por detrás y se la clavó hasta el fondo del
culo. Fue inútil que gritara y se revolviera.
Emilio no paró hasta derramarse en el interior
de su hijo, y supongo que Jaime jamás le perdonó
esa humillación.
Emilio era aficionado no sólo a las mujeres,
sino también a los jóvenes. Eso tampoco era
ningún secreto ni se recató jamás para saciar
sus deseos. Cuando le gustaba un chico, lo
tomaba ahí mismo donde se le antojara, sin
importar que los demás miráramos. Así era él y
de ese modo había crecido Jaime. De modo que era
lógico que pensara que el resto de los mortales
estábamos ahí, a su disposición, cuando a él se
le antojara poseernos.
Claro está, el mundo exterior era distinto. Por
eso, tan pronto le era posible, Jaime volvía y
aprovechaba para saciar la sed rezagada en los
cuerpos a su servicio. Otra diferencia entre
Emilio y Jaime era que al primero no le
importaba si llegábamos al orgasmo o no. De
hecho, prefería que nos corriéramos, ya que así
follábamos con más ganas. O al menos, eso creía
él. Jaime nos prohibía ese desahogo, sobre todo
a las mujeres, con quienes era mucho más brutal,
a lo mejor porque sabía que no podíamos
defendernos.
Y sin embargo, a pesar de aquel régimen salvaje
y abusivo, la verdad es que nos moríamos por
follar con ellos, porque tanto su padre como
Jaime nos escogieran para sodomizarnos y
poseernos como les diera en gana. Desde niños, y
aunque parezca absurdo, deseábamos que llegara
el momento en que íbamos a ser desvirgados,
puestos a disposición de los caprichos de los
amos. Vivíamos para ese instante en que por fin
se nos reconociera el derecho a ser objeto de
deseo.
Para mí por fin llegó esa noche. Aunque no era
preciso, ya que había sido educada en la más
estricta obediencia, me ataron sobre una mesa
con las piernas dobladas y bien abiertas. Mi
sexo virgen quedó expuesto y Emilio examinó la
abertura de mi coño para asegurarse de mi
virginidad. Luego, acercó su polla a mi boca y
yo la mamé como estaba enseñada, mientras mi
madre abría mi raja y me acariciaba con su
lengua.
Cuando mi respiración se aceleró y los jugos
comenzaron a escapar, ella se incorporó y se
hizo a un lado. Emilio ya tenía empalmada la
verga por completo y colocó la punta contra la
entrada de mi coño para desflorarme. Empujó
firme y lentamente. Bajé los párpados y me
encogí, asustada y tensa, pero una bofetada de
Jaime hizo que abriera los ojos. Sabía que al
amo le gustaba mirar a los ojos a quienes estaba
follando, a menos que colocara al elegido o
elegida en cuatro patas, pero yo no quería darle
aquel placer.
Guardo clavada en mi memoria los ojos de ese
amo, que también era mi padre, que me desvirgó.
Jamás voy a olvidar su mirada lasciva y la
expresión agónica de su cara cuando finalmente
entró en mi coño. El dolor fue intenso y tuve
que contener con fuerza mis ganas de gritar. No
quería ser débil en aquel momento supremo. Dea
me había aconsejado bien. A diferencia de las
otras mozas, que sollozaban, gemían y se
retorcían como lagartijas bajo los envites
violentos de los hombres, yo me quedé inmóvil,
sin ayudarlo en la tarea de desflorarme.
-Ya no eres virgen -dijo Emilio, con malévola
intención, y comenzó a moverse dentro de mí, a
invadirme, perforarme, empalarme con la verga
enhiesta que yo conocía bien por haberla mamado
desde niña. Yo callé, obstinada, y permanecí
quieta. Mi expresión era dura, pero ausente. Mi
cuerpo estaba ahí, sufriendo aquel ultraje, pero
mi mente voló hasta la cabaña de Dea y recordé
el placer que me había dado tantas veces. Eso me
fue calentando.
-Tócate -me ordenó el amo. Mis dedos buscaron
mis pezones y los acaricié con suavidad,
recordando los besos con que Dea había
despertado mi sensualidad. Clavé mis ojos en los
suyos mientras lo hacía, pero mi rostro era una
máscara inexpresiva. Cuando tuve los pezones
ciegos completamente erectos, mis manos bajaron
hasta mi entrepierna y buscaron el pequeño
botón. Comencé a acariciarme, con los ojos fijos
en él. Creyó que lo veía, pero mi atención
estaba puesta en Dea. Imaginé que era ella la
que me penetraba, tal vez con alguna de las
zanahorias o pepinos con que me había ido
preparando el culo; pero esa vez la sensación
desgarradora era en mi coño.
Mi excitación creció poco a poco. Sonreí e
insensiblemente comencé a moverme, participando
de mi propia violación. Emilio notó el cambio y
comentó: "Eres más guarra de lo que yo pensaba".
Pero yo estaba más allá de sus insultos y de
todo lo que pudiera hacerme. Ni él ni Jaime lo
sabían, pero yo había perdido el miedo. Y al
hacerlo, me había convertido en un peligro.
Porque su dominio descansaba en el miedo.
Me moví con verdadero placer. No estaba
fingiendo. Usé su verga para aumentar las
sensaciones y terminé corriéndome en un sonoro
orgasmo, del cual no le quedó duda a nadie. Los
espasmos de mi coño precipitaron el placer de
Emilio, quien se corrió en mi interior
inconteniblemente. Cuando al fin se recobró, rió
a carcajadas. "Ojalá te preñe pronto, putita.
qué ganas de follarte con esa barriga bien
grande. ". Sin embargo, era poco probable que lo
hiciera. Y yo lo sabía. Un hijo con su hija
podía traer bastantes problemas. Aún así, la
idea de verme preñada me perturbó.
Quien no estaba contento en absoluto era Jaime.
Y yo lo sabía. Cuando su padre me dejó, se
abalanzó encima de mí. El espectáculo de Emilio
follándome se la había empalmado del todo, pero
igual me hizo mamársela. Me asió por los
cabellos y me la clavó con brusquedad hasta el
fondo de la garganta. No alcanzaba a comprender
por qué estaba tan furioso conmigo: si por celos
de su padre o por el descaro con que había
gozado de mi desfloración, habiendo sido tan
traumática la suya. Y maldito si me importaba.
Lo que en ese momento quería era serle de lo más
antipática. En eso, y en muchas cosas, seguía el
plan de Dea.
Jaime entró por primera vez en mi coño con tanta
violencia que no pude reprimir un grito ahogado.
Pero fue el único sonido que salió de mi
garganta. Lo miré durante todo el rato, y los
dos supimos que desde ese momento estábamos
unidos por un sentimiento profundo y amargo, tan
intenso que estaba más allá del odio o del amor.
Me montó como un poseso y yo soporté sus
acometidas con todo el coraje de que era capaz.
Su cólera aumentó cuando se dio cuenta de que, a
pesar de haberme follado durante largo rato, y
de tener la entrepierna cubierta de sangre, él
no conseguía correrse.
Entonces tomó la fusta y la descargó sobre mi
cuerpo hasta que su padre detuvo su brazo. Jaime
aprisionó su propia polla, pero en lugar de
clavármela de nuevo, se masturbó, con la vista
fija en mi cuerpo castigado. Así se corrió,
salpicándome toda con su leche.
Desde ese instante fuimos los enemigos más
encarnizados que imaginarse pueda. Me convertí
en su obsesión, lo sé. Y aunque no me gustara,
también mi mundo comenzó a girar en torno a él.
Aprendí que bastaba que yo diera indicios de
desear algo, para que él de inmediato lo pusiera
fuera de mi alcance. Sólo teníamos algún reposo
cuando se iba a la ciudad, pero durante sus
frecuentes estadías en la hacienda mi vida se
convertía en un infierno cotidiano.
Cuando Jaime no estaba, Emilio hacía uso de sus
derechos. Tal vez porque sabía que su hijo
albergaba aquellos sentimientos tan
conflictivos, me convertí en su favorita. Yo me
entregaba a él sin pesar y sin culpa a
diferencia de las demás mujeres, que a pesar de
que era el amo habrían preferido a un hombre más
joven y menos brutal. Yo aceptaba gustosa porque
estaba segura de que en cuanto volviera Jaime
habría de enterarse del número de veces que su
padre me había montado, y eso lo haría
enfurecerse, enardeciéndolo aún más.
En efecto: en cuanto arribaba, salía a buscarme
y me tomaba en el lugar donde me estuviera. Yo
lo dejaba hacer, invariablemente, pero no
adoptaba nunca una actitud dócil, o sometida.
Más bien, dejaba a las claras que su actuación
me dejaba indiferente. Su furia se estrellaba,
así, contra un muro de hielo. Y entre más
apasionada era su cólera, más fría era mi
actitud. Lo extraño es que él no parecía darse
cuenta de que no me hacía mella su brutalidad.
Me convertí para él en una obsesión. Sólo
azotándome, humillándome y vejándome podía
correrse. El paroxismo de sus agresiones era lo
único que le permitía la liberación del orgasmo.
En cuanto a mí, me ocurrió algo semejante: con
él no podía correrme. Lograba hacerlo después de
que me había poseído, pero siempre recurriendo a
la masturbación, y sólo si durante el proceso,
me había ultrajado. Era la única manera en que
los diques de mi propio placer podían abrirse y
liberar aquella tensión.
El deseo de los amos no me preservó de las
ansias de los otros mozos. Al contrario: me hizo
más apetecible. Todos querían saber qué tenía yo
que enloquecía así a aquel par de machos en celo
que me buscaban insaciablemente. Aprendí mucho,
en esa época, sobre los hombres y sus más
inconfesables caprichos. Me convertí, poco a
poco, en lo que estaba destinada a ser: una
puta. En poco tiempo me habían poseído todos los
hombres del valle, no sólo los mozos, porque mi
fama se extendió entre los hacendados, y pronto
Emilio comenzó a alquilarme por sumas cada vez
más altas. Todos comentaban que yo era la más
guarra de todas las mujeres que habían conocido,
y se asombraba de que a mi corta edad supiera
despertar el deseo de una manera tan intensa.
Yo me presté gustosa a esto y a otras
vejaciones, procurando darle a cada cliente el
máximo placer. Sabía que Jaime iba a enterarse y
eso iba a enloquecerlo de celos, como
efectivamente ocurrió. La noche de su regreso,
cuando supo cómo todos los terratenientes habían
pasado por mí, al igual que sus hijos y los
machos de sus familias, tuvo una de las mayores
rabietas de su vida. No sólo me violó delante de
los que habitaban en sus tierras, que habían
acudido a la fiesta de bienvenida organizada por
su padre, sino que me ató a una de las columnas
de la casa y me azotó sin misericordia hasta
dejarme exánime. Vertió entonces una baldada de
agua sobre mi cabeza y cuando volví en mí, me
miró a los ojos y comprendió por fin lo que
pasaba:
-Quieres morir -reconoció. Yo callé, pero igual
lo supo.
lo descomponía que no fuera capaz de correrme
cuando me montaba él. Sólo era capaz de hacerlo
cuando me ordenaba masturbarme, tras haberme
follado, sodomizado y azotado. Y lo peor fue
constatar que, al menos en eso, yo no fingía: no
podía correrme de otro modo. Igual me pasaba con
los clientes. Sólo me corría con quienes me
utilizaban del modo más brutal y áspero. Quizás
ya estaba condicionada a hacerlo así, no sé. Las
únicas capaces de llevarme al orgasmo de un modo
tierno eran las mujeres. Tal vez por eso le
gustaba vernos a las mozas y a mí en la
piscina...
Mis únicos momentos de paz eran cuando conseguía
escaparme a la cabaña de Dea, quien me curaba
las mataduras, me escuchaba, me daba consejos y
me acariciaba interminablemente, hasta que yo me
hundía en la inconsciencia de aquel placer dulce
y bienhechor que sólo encontraba en sus brazos.
Las demás mujeres parecían odiarme, incluyendo a
mi madre, a quien atormentaban los celos. A
pesar de su aspereza de entonces, nunca la culpé
de nada. Sabía bien que la situación en la que
nos encontrábamos no había sido causada por una
opción suya. Así eran las cosas en la tierra
donde nos había tocado nacer, y lo único que
pretendíamos era sobrevivir.
Por fin llegó el día de la boda de Jaime. Ésta
se celebró por todo lo alto, con invitados de
toda la comarca. Terminó, como era previsible,
en una gigantesca orgía, en la cual la novia fue
follada por todo el que quiso. Pero hasta en esa
ocasión tan importante, yo le robé el show a
Inés. Como mi fama se había extendido, todos los
hombres tenían curiosidad por montarme. Ni Jaime
ni Emilio podían oponerse, de modo que fui usada
por todos mis agujeros durante la noche entera.
Ni qué decir que Jaime ardía de rabia y de
celos, y yo me imaginaba que a todo aquel
desafuero seguiría una sesión de azotes aún más
brutal que las anteriores. Pero por una vez, me
equivoqué. Al amanecer, borrachos y ahítos de
comida y de sexo, la mayoría dormía la mona allí
donde los encontró el sueño.
Estaba muy maltrecha, pero encontré fuerzas para
escabullirme hasta la cabaña de Dea, quien como
siempre me dio un largo baño tibio y me curó con
dulzura. Después, dormí durante varias horas de
un tirón, y al despertar, me urgió a levantarme.
"Debes irte. Ya te buscan.", musitó. Noté la
tristeza en sus ojos y le pregunté qué pasaba.
"Jaime te llevará consigo. es un tanto inusual
que el novio lleve a la amante junto con la
novia a su luna de miel, pero ya sabes cómo
es.", dijo. Y yo me estremecí al escuchar
aquello.
¿Irme? ¿Marcharme de aquel valle? ¿Adónde? ¿A
qué? Al escuchar aquellas preguntas
atropelladas, Dea se encogió de hombros. "Qué se
yo. a lo mismo: a ser su puta. a complacer todos
sus caprichos. pero sólo los suyos. creo que al
fin encontraste lo que a Jaime le duele más que
nada en el mundo: compartirte. si con dificultad
soporta que su padre te monte, el que pases por
las pollas de todos los hombres del valle lo
descompone de celos." y al decirlo, rió. Pero la
suya era la carcajada más triste del mundo.
-¿Qué te pasa? -pregunté, sorprendida.
-Nada. no me pasa nada. será que yo también
tengo celos. -respondió. Entendí que tampoco le
hacía gracia separarse de mí. "No quiero
dejarte", dije. Pero ella y yo sabíamos que
salir de ahí siempre había sido el sueño más
caro de mi vida. Y aquella, también lo sabíamos,
era la única forma.
Con tristeza me alejé de ahí y volví a la casa.
En efecto, ya Jaime andaba buscándome. Al
encontrarme, asió mi cabellera y me arrastró a
la casa. El auto estaba listo, con todo el
equipaje. En el asiento de adelante, junto al
del conductor, Inés permanecía quieta y
somnolienta. Estaba muy maltrecha, pero
sobrellevaba los dolores del cuerpo con más
entereza que la humillación a que la estaba
sometiendo su marido.
En efecto, Jaime no me dejó sacar nada de la
casa. Así, sólo con lo puesto, me empujó dentro
del asiento trasero, ocupó el lugar del
conductor y arrancó. No recuerdo casi nada del
recorrido. Estaba demasiado cansada y adolorida
y me sumergí en un sueño piadoso que duró hasta
que llegamos a la casa de la ciudad.
En principio, Jaime intentó que viviera en la
misma casa con ellos, pero fue inútil. En cuanto
daba la vuelta, Inés descargaba sobre mí toda su
ira y frustración. No se limitaba a humillarme,
sino que literalmente me molía a golpes. Aunque
no la denunciaba, Jaime veía las marcas y
entonces le atizaba en firme. En la última
ocasión en que Inés me pegó, ya fuera de
control, le devolví una bofetada y le dije que
por qué no me mataba de una vez y así
acabábamos.
Se detuvo entonces; pero cuando llegó Jaime,
cometió la cobardía de decir que yo la había
amenazado con un cuchillo y que temía que la
fuera a matar. Esa fue la gota que derramó el
vaso. De ahí en adelante, me puso casa aparte y
comenzó a pasar más tiempo conmigo que con ella.
Yo seguí con el plan trazado por Dea,
atormentándolo con mi indiferencia y alimentando
sus celos. Le hacía creer que en su ausencia
recibía a otros hombres. Me encerraba con llave
al irse, pero me las arreglaba para escaparme.
Pronto se dio cuenta que, para vigilarme todo el
día, tenía que llevarme con él.
Salíamos por la mañana y me llevaba a la
clínica, donde me puso a trabajar como su
sirvienta. Hacía la limpieza, le preparaba el
café y desempeñaba los menesteres más humildes.
La pécora que le servía de secretaria renunció
cuando se dio cuenta que no sólo follaba con
ella, sino también conmigo. En una ocasión en
que quiso tener un trío con ambas, la zorra le
dio una bofetada y se largó. Jaime tuvo que
ascenderme a secretaria, y aquel arreglo fue al
fin del gusto de todos, no sólo porque resulté
más eficiente, sino porque podía follarme a
cualquier hora.
Yo no era tonta, y fui aprendiendo todo lo
necesario para servirlo mejor. Él, comprendiendo
que le resultaba conveniente, me puso a estudiar
enfermería por las noches, que era cuando se
ocupaba de Inés, y yo me hice pronto
indispensable, no sólo en su cama, sino también
en el trabajo. En esa época la naturaleza siguió
su curso y mi cuerpo floreció. Con algunas
pequeñas ayudas de su bisturí, hay que decirlo,
me convertí en una hembra de bandera, según
decían sus amigotes, a quienes de vez en cuando
me entregaba, previo pago, por supuesto. Aquello
no le gustaba, pero luego le daba ocasión de
castigarme, que era lo que en realidad lo ponía
caliente, aunque no necesitara de pretextos para
azotarme cuando le venía en gana.
Me pagaba religiosamente. Creo que le gustaba
recordarme a cada momento que era una puta. Me
lo decía a menudo, y se regodeaba con
satisfacción malsana cada vez que podía vejarme.
Además de continuar prostituyéndome con mayor
frecuencia que antes, Jaime gozaba azotándome
con regularidad. También me obligó a adecuar mi
vestuario a sus necesidades y gustos. No podía
usar vestidos que se abrieran por detrás.
Tampoco prendas difíciles de quitar, o que me
cubrieran por completo. De entrada, los
pantalones estaban prohibidos. Debía usar
uniformes de enfermera muy pegados al cuerpo,
con escotes generosos, que con facilidad
pudieran abrirse y dejar libre acceso a mis
tetas.
Todas las faldas debían ser cortas pero lo
suficientemente holgadas para levantarse con
facilidad y permitir el acceso a mi pubis y
nalgas. Nada de pantis. En su lugar eran
obligatorios los portaligas y las medias.
Quedaban igualmente eliminados los tangas, por
breves que fueran, a menos que él me ordenara
usarlos en ocasiones especiales, y los sostenes.
A veces podía usar unos bustiers que sólo
levantaban las tetas, sin ocultarlas. Su gusto
terminó decantándose por los corsés, que también
servían como portaligas. Los zapatos, como los
uniformes, eran blancos, pero a diferencia del
común de las enfermeras, yo tuve que aprender a
usar tacones de diez centímetros de alto. Me los
compraba él mismo, ya que al parecer tenía un
fetichismo maníaco por mis pies.
Mi piel, de un moreno claro, se volvió dorada al
beso del sol. Los domingos, para mayor INRI de
Inés, me hacía ir a su casa y todos tomábamos el
sol, desnudos a la orilla de la piscina,
incluidas las mozas que se había traído de la
hacienda y que se encargaban de las labores
domésticas. No compadecía a Inés, pero tampoco
la envidiaba. De las dos era la que llevaba la
peor parte, aunque era yo quien soportaba los
azotes y los insufribles celos de su marido. Con
todo, no me costaba entenderla. A pesar de todo
lo que había soportado, o tal vez por eso,
estaba verdaderamente obsesionada con él. Estoy
segura de que muchas veces habría deseado ser la
querida y no la esposa de Jaime. Pero así es la
vida, y esos eran los papeles que nos habían
tocado.
No sólo floreció mi cuerpo. También mi
sexualidad. Mis deseos se intensificaron, como
si mi capacidad de sentir también hubiera
crecido junto con aquel cuerpo, y cada vez me
costaba más fingir una indiferencia que no
sentía. Por eso, aunque aparentaba someterme al
emputecimiento con mucha rabia y disgusto, la
verdad es que lo disfrutaba intensamente. No
importaba que Jaime estuviera observando. Me
entregó a sus amigos primero, y luego a los
hombres con quienes quería quedar bien en los
negocios. A todos procuraba darles el máximo
placer, y ellos lo percibían, de modo que
siempre tuve mucha demanda.
Aunque le resultara conveniente aquella devoción
con la que yo realizaba mi trabajo, Jaime se
enfurecía al verme follar con tanto entusiasmo,
sobre todo porque con él jamás fui ni dócil ni
complaciente. Siempre le daba la impresión de
hacerlo a disgusto, con desgano, como un
sacrificio. Tal se diría que lo odiaba, incluso
cuando me sometía a él y respondía a todo con un
"sí, mi amo". Y eso lo sacaba de sus casillas.
Esa era la razón por la que deseaba emputecerme:
pensaba que así estaba humillándome, y quería
que me volviera dócil, lo cual era lo último que
yo pensaba hacer. Pero me imagino que también
sentía rabia hacia sí mismo por desearme tanto.
Cuando me entregaba a otros sufría
indeciblemente y yo lo sabía.
También lo descomponía que no fuera capaz de
correrme cuando me montaba él. Sólo era capaz de
hacerlo cuando me ordenaba masturbarme, tras
haberme follado, sodomizado y azotado. Y lo peor
fue constatar que, al menos en eso, yo no
fingía: no podía correrme de otro modo. Igual me
pasaba con los clientes. Sólo me corría con
quienes me utilizaban del modo más brutal y
áspero. Quizás ya estaba condicionada a hacerlo
así, no sé. Las únicas capaces de llevarme al
orgasmo de un modo tierno eran las mujeres. Tal
vez por eso le gustaba vernos a las mozas y a mí
en la piscina, los domingos, dedicadas a
complacernos unas a otras. Pero aún de ellas
llegó a tener celos, porque en esas ocasiones
era evidente que yo disfrutaba al máximo. A
Inés, en cambio, la sulfuraba tener que
participar en aquellos escarceos lésbicos. Su
desmedido orgullo sufría al ser rebajada al
mismo nivel que las criadas. Pero hasta ella
descubrió pronto que aquella era su única manera
de gozar. Jaime jamás la dejó correrse con él.
Después de vernos gozando en la piscina, escogía
a una, con la que pasaba la siesta,
sodomizándola y follándola hasta que se quedaba
dormido. En algunas ocasiones invitaba a algún
hombre de toda su confianza y le permitía
escoger también. Nunca se opuso a que su mujer
follara con otros. Al contrario. Le gustaba
imponerle aquella humillación adicional. Y la
hacía cobrar por ello, con lo cual la vejación
era aún más dolorosa para Inés, quien no sólo
era rebajada al nivel de las criadas, sino de
las putas. Gozaba de recordarle que eso era lo
que era: una puta, al igual que todas.
Con este género de vida, no era raro que Inés
sufriera más que nosotras. A las mozas nos
habían criado para servir a los amos, y nunca
había sido un misterio que nuestras abuelas y
madres habían tenido que soportar aquel estado
de cosas. Pero Inés había sido educada de otro
modo, y aunque sabía que su padre era un hombre
brutal, quizá pensó que al casarse, iba a
librarse de ese abuso. Obviamente, no fue así.
Para colmo, su marido no la prefería a ella,
sino a mí. Eso debía ser un baldón insoportable.
Pasó el tiempo, pero Jaime no mudó de vida. Le
iba bien como cirujano plástico. Amasó un buen
capital, y lo invirtió sabiamente. De vez en
cuando rotaba a las mozas, a fin de gozar de
chicas más jóvenes y frescas, pero a mí siempre
me mantuvo en aquel lugar especial en que me
había colocado. A veces me enviaba a seducir a
alguna joven a quien había echado el ojo y que
pasaba luego a engrosar su harén particular. A
diferencia del padre, no demostró demasiada
predilección por los jovencitos, aunque en el
marco de los escarceos de los domingos no
desdeñara algún encuentro homosexual. Hasta que
sucedió lo que ya sabemos: Inés perdió la razón
y se apareció un día en la consulta de Jaime.
Pero su idea no era matarlo a él. sino a mí:
quería quitarme de en medio de una vez por
todas. Y fue Jaime quien se interpuso.
Inés fue recluida en una institución
siquiátrica, mientras Jaime se debatía entre la
vida y la muerte. Fue afortunado: no sólo salvó
la vida, sino que la bala no segó del todo su
capacidad de sentir. No puede caminar, pero
tiene erecciones y es capaz de correrse. Qué
tanto placer siente, lo ignoro. Aunque
conociéndolo, creo que disfruta mucho más del
morbo que otra cosa. Continúa atendido por las
jóvenes que se trae de la hacienda y por las
chicas que me ordena que seduzca para él.
También sigue, como no, prostituyéndome. Le
gusta ver cómo me follan y sodomizan en su
presencia los clientes a los cuales me vende
periódicamente, pero más le gusta azotarme
después. En eso no ha cambiado. Me presto a todo
porque de otro modo no consigo correrme, ya lo
he dicho. Y quizá también porque siento algo de
culpa por lo que hizo Inés. Pero sobre todo
porque esta situación me resulta satisfactoria.
Nunca he creído en el amor, ese espejismo, y
jamás soñé con esa fábula siniestra de: "Se
casaron, vivieron felices y comieron perdices".
A mí me gusta el sexo puro y duro, y lo demás
son pamplinas. No me atrae ninguno de los mitos
burgueses, aunque vivo en forma razonablemente
cómoda como puta de lujo, protegida por la
sombra poderosa de Jaime y su familia. Es lo
menos que pueden hacer por mí, después de todo
lo que han hecho conmigo y lo que obtienen aún
de mí, que no es poco.
Jaime se negó a preñarme. Supongo que tal
decisión obedece al temor que le inspira tener
un hijo mío. Sé perfectamente que Jaime es mi
hermano. Comprendí hace tiempo que fue Emilio
quien preñó a mi madre. Tengo sus ojos. Los
mismos ojos glaucos de Jaime. Y la cabellera
negra de mi madre y de Dea, su hermana. Así que
Jaime también es mi primo. Con tal relación de
parentesco, un hijo probablemente nacería con
problemas, por eso prefiere sodomizarme, o
follarme y luego derramarse sobre mis tetas o mi
boca, pero jamás en mi coño.
En otras ocasiones ha escogido follarme y
derramarse luego en alguna de las otras sumisas
que posee. Hasta ahora ha engendrado tres hijas.
En cada caso me ha hecho escoger a la madre y
seducirla hasta convertirla en su esclava. Por
supuesto, he tenido que presenciar cómo las
preña. Me ha montado primero, y cuando ha estado
a punto de correrse, me deja y eyacula en el
coño de la elegida. Antes he debido mamarlos a
él y a ella. Todo eso, lo sé bien, le eleva el
morbo indeciblemente. Supone que para mí es una
gran humillación. Pero yo no soy Inés.
A cada chica la he elegido con cuidado. Han sido
todas de origen muy humilde, pero bellísimas.
También tienen carácter dócil. Esto es
fundamental, porque Jaime es muy difícil. Por
eso deben tener, además, mucho morbo e
imaginación. Esto les ha cambiado la vida a
todas. Ahora pueden estudiar o dedicarse a lo
que quieran, con la seguridad de que sus
necesidades y las de sus hijas están
completamente cubiertas. No hay celos entre
nosotras, y la existencia de esas sumisas ha
contribuido a que mi relación con Jaime sea
menos tirante. Además, todas nos turnamos para
atenderlo debidamente, con ayuda de las mozas
que siempre están a su servicio.
Cuando Inés disparó contra Jaime, los medios se
quisieron dar un banquete. Por supuesto, el
escándalo era mayúsculo y el juicio suponía una
publicidad indeseable que caería sobre él y su
familia. Pero como tienen muchas conexiones,
consiguieron mantener las cosas a un nivel
bastante bajo. Tampoco al padre de Inés le
convenía la cosa. De todos modos, Jaime no pudo
continuar ejerciendo como cirujano plástico. El
seguro lo dejó en una situación financiera
inmejorable, de modo que desapareció
discretamente. Vendió la casa que había
compartido con Inés y se compró un piso en una
zona aislada y poco vistosa. Es un inválido
pensionado al que, visto desde fuera, cuidan
varias sirvientas, amén de su madre. Dea radica
en la ciudad y lo cuida, a raíz del accidente.
Esto también ha servido para que yo reanude mi
relación con ella cuando sus nuevas pupilas le
dejan tiempo.
También tuve que desaparecer, es claro. Me alejé
sin dolor del mundo en el que se movía Jaime.
Aunque siempre continúo follando con él y con
quien me ordena, tomé un curso y me convertí en
bibliotecaria. Procuro no llamar la atención,
pero a pesar del cuidado que he puesto en
mantener un perfil bajo, ha aparecido otro
hombre en mi vida. Me ha montado varias veces y
me ha tratado como la perra que soy. Es más
joven y menos experimentado que Jaime, pero sé
que puede usarme para su placer y de ese modo
satisfacer algunas necesidades que mi amo ya no
está en capacidad de cubrir. Sé que Jaime no me
dejará ir sin antes extraer de mí todo el placer
que pueda. Sé también que deseará imponerme
fuertes pruebas. De antemano las acepto. Y por
último, sé que mi nuevo amo deberá emputecerme
aún más, a fin de que le pague el dinero que
tendrá que dar por mí. Estoy dispuesta a ser
vendida y entregada. También aceptaré cualquier
marca a fuego, tatuaje, anillo o piercing que mi
nuevo amo decida imponerme como prueba de que le
pertenezco.
Escribo después de haber sido follada,
sodomizada y azotada hasta sangrar por mi amo
Jaime. Él ha querido que lo haga para que el
candidato a ser mi nuevo amo esté consciente de
la clase de puta que soy. También este documento
sirve de prueba de todo lo que he hecho en
calidad de esclava de mi amo Jaime y de nuestro
padre, Emilio, quien ha hecho también uso de mi
cuerpo en esta oportunidad, llenándome de leche
por todos mis agujeros.
Asimismo, este documento establece mi estado de
sumisión total, como esclava de David, si Jaime,
mi amo, decide cederme a él y si quedan
satisfechas todas las condiciones que nos
plantea a David y a mí para aceptar y consumar
la cesión completa, las cuales nos comunicará
Jaime, mi amo, esta noche.
mientras alguno me sodomizaba o me follaba,
me hacían chuparle la verga a otro. Entre tanto,
llovían los bofetones y las nalgadas. Así me
tuvieron durante largo rato, hasta que me
gozaron uno por uno por todos mis agujeros.
Terminé hecha un asco, claro está, toda
salpicada de leche y con mis aberturas en carne
viva. Al fin, las sumisas me desataron y me
ayudaron a ponerme en cuatro patas, como una
perra...
Después de haberme usado a fondo, tanto Emilio
como Jaime, quienes me llenaron de semen la
boca, el culo, el coño y las tetas, de haberme
azotado con verdadera saña, y de obligarme a
escribir aquel texto de doce folios para David,
decidieron dejarme marchar. Pero para ello sólo
me concedieron ponerme el uniforme de enfermera.
No me permitieron ni asearme, peinarme o
arreglarme el maquillaje. No había llevado ropa
interior ya que, como dije, Jaime mi amo me
tenía prohibido usar bragas y sostén, salvo que
dejaran accesible toda parte de mi cuerpo para
posibles penetraciones.
Durante la sesión había permanecido vestida sólo
con el liguero, el par de medias y los altos
tacones. Inicialmente eran todos blancos, pero
en ese momento estaban hechos un asco por la
sangre de los azotes y el semen que salpicaba mi
cuerpo. Ni siquiera dejaron que me abotonase el
uniforme, así que bajé por el ascensor y salí al
andén con mi cuerpo desnudo a la vista de todos.
Era mediodía y la calle estaba transitada. Paré
un taxi y se detuvo. El chofer dirigió una
mirada lasciva a mi cuerpo. La ignoré y le di la
dirección. Llegamos, bajé, pagué y entré a mi
casa.
David me esperaba, pero al entrar me miró
sorprendido. Estaba muy maltrecha, lo sé. Me
abrazó y sin dejarme hablar, me desnudó y me
cargó hasta la tina. La caricia del agua tibia
me escoció en los trallazos. Sólo cuando me hubo
bañado y curado, y después de servirme un vodka
doble, tomó la carta y la leyó de un tirón. Él
también se sirvió un vodka y lo apuró a sorbos,
mientras leía. Al final, dejó las hojas y me
miró a los ojos.
-¿Eso quieres, que me convierta en tu amo?
-preguntó. Yo así el vaso con ambas manos.
Temblaba, pero asentí. Apuré de golpe el resto
del líquido, y luego me derrumbé, sollozando por
primera vez en años.
Supongo que David nunca había tenido una sumisa.
Tampoco tenía experiencia en ninguna de las
actividades de bdsm que eran habituales para
Jaime y sus allegados. No sólo era él y su
padre, sino un grupo de hombres que habían
constituido una especie de hermandad de amos y
que se reunían con frecuencia para compartir los
servicios de sus esclavas, a quienes también
emputecían en beneficio propio. De vez en cuando
ocurría que un amo cedía permanentemente la
propiedad sobre una sumisa, pero no era
frecuente. De entrar a ese círculo, David
tendría que someterse a un rito de iniciación.
Había visto algunos, y no eran agradables. ¿No
iría a arrepentirse David de haberse metido en
aquel problema por causa mía? Se lo pregunté,
pero él me tranquilizó. Estaba dispuesto a todo.
Contra lo que yo esperaba, no intentó follarme.
Descansé durante el resto del día, tal como me
ordenó, y dormí varias horas. Por fin llegó la
hora de prepararnos para lo que nos esperaba.
Nos duchamos y aseamos a conciencia. Escogí uno
de mis abrigos, una gabardina ligera, negra. Me
limité a amarrarla al frente, sin abrochar los
botones, de tal modo que era evidente que debajo
estaba desnuda. Me puse el liguero, las medias y
calcé los altos tacones. Mi maquillaje fue un
tanto dark y otro poco gótico: los labios muy
rojos y sombras color humo. Me perfumé y me
presenté ante él para que examinara mi arreglo.
Se mostró complacido.
Él siguió mi consejo y escogió un pantalón y una
especie de túnica con mangas, de algodón blanco.
El pantalón se anudaba al frente y podía
quitarse con facilidad, lo mismo que la túnica.
Le aconsejé que no llevara ropa interior.
Vestido de ese modo, salimos. Ya era bien
entrada la noche y había poco tráfico. David
condujo hasta la residencia donde nos esperaban.
Entramos y de inmediato nos hicieron pasar a una
sala donde había un grupo de amos. Todos
llevaban unas batas largas, de terciopelo, y era
evidente que debajo estaban desnudos. Un par de
sumisas me despojaron de la gabardina y quedé
expuesta ante todos, vestida sólo con el
liguero, las medias y los zapatos. Pero a pesar
del aspecto tan atrayente que tenía, me quitaron
también esas prendas y me dejaron totalmente
desnuda
Después tocó el turno a David. Las sumisas lo
despojaron de todo y lo presentaron ante los
amos, completamente desnudo. Jaime estaba
sentado en una silla y su padre a su lado, de
pie. Mi amo se abrió entonces la bata y de algún
modo, David supo lo que pretendía y se acercó.
Se puso en cuatro patas delante de él, bajó la
cabeza y comenzó a mamarlo. Cerré los ojos,
conmovida por lo que estaba dispuesto a hacer
con tal de tenerme. Entonces las sumisas me
guiaron y me arrodillé detrás de David. Abrí sus
nalgas e introduje mi lengua en su culo. Supe
que tenía que lubricarlo bien. No quería que
sufriera, pero sabía que el primer envite sería
terrible, sobre todo para él, que no estaba
habituado a aquello. Lo lamí y lo llené de mi
saliva hasta que Jaime estuvo completamente
empalmado y lo apartó.
Me levanté y David volvió grupas. Se colocó de
espaldas a Jaime y comenzó a descender, hasta
empalarse con la verga enhiesta. Fue él quien
tuvo que hacer todos los movimientos. Utilizó su
culo para masturbar la polla de Jaime. El
espectáculo fue intenso y turbador. Yo lo
observaba con la mirada alucinada e incrédula.
Por si fuera poco, Emilio se desnudó y se paró
delante de David, que entendió el mensaje y se
inclinó a mamarlo. Por fin, Jaime asió las
caderas de David, acelerando el ritmo frenético
de aquella cópula salvaje, y se derramó en su
culo. Caminando en cuatro patas, David se alejó
un tanto, y entonces las sumisas me hicieron
arrodillarme delante de Jaime y lamer su verga
hasta dejarla limpia.
Para cuando terminé, David recibía a Emilio en
su culo y chupaba al mismo tiempo las vergas de
los presentes quienes, uno a uno, comenzaron a
sodomizarlo. Lubricado por el semen de Jaime,
las penetraciones fueron más fáciles, pero aún
así, sabiendo lo que implicaba ser sodomizada
por todas esas pollas, no me resultaba difícil
imaginar lo que sentía, agravado por el hecho de
ver su hombría vulnerada por aquella humillación
insoportable. Cerré los ojos de nuevo, pero las
sumisas me obligaron otra vez a mirar. Algunos
se derramaron dentro de él, pero otros me
obligaron a arrodillarme y a recibir su leche
sobre mi cara, tetas y boca, y a David a lamer
hasta beberla toda. Aquella nueva vejación le
afectó, podía notarlo, pero aguantó a pie firme.
Cuando todos terminaron de poseerlo, fue mi
turno. Me ataron las manos por encima de la
cabeza y las sujetaron de un gancho que colgaba
del techo. Las sumisas volvieron a colocarme los
zapatos a fin de que los altos tacones
proyectaran mis pantorrillas y mis nalgas,
además de elevar mi pelvis, y facilitaran la
penetración. Comprendí que iban a follarme y
sodomizarme de pie y me preparé mentalmente para
aguantar. Pero nada habría podido prepararme
para aquel ataque en masa. A David lo habían
montado y humillado en silencio. A mí me
cubrieron de insultos desde el principio.
La polea que tiraba del gancho podía regularse,
y a veces me hacían agacharme, con mi cuerpo
describiendo un ángulo recto, y mientras alguno
me sodomizaba o me follaba, me hacían chuparle
la verga a otro. Entre tanto, llovían los
bofetones y las nalgadas. Así me tuvieron
durante largo rato, hasta que me gozaron uno por
uno por todos mis agujeros. Terminé hecha un
asco, claro está, toda salpicada de leche y con
mis aberturas en carne viva. Al fin, las sumisas
me desataron y me ayudaron a ponerme en cuatro
patas, como una perra.
A una orden de Jaime, David me mostró su polla y
lo mamé hasta empalmársela toda. Una vez que la
tuvo lista, me enculó a fondo. Jaime entonces me
ordenó masturbarme y correrme con la verga de
David en mi culo. Esa fue la parte que más me
gustó. Me corrí como una cerda, sin reprimir mis
gemidos y jadeos, aunque sin exagerarlos
tampoco, y aquello me imagino que le cayó muy
mal, no sólo a Jaime sino a todos los presentes,
porque cuando David se corrió por fin, y me
soltó, Jaime le ordenó a las sumisas que
elevaran la polea.
Mi cuerpo quedó tenso, con los brazos por encima
de mi cabeza, y los amos se turnaron para
azotarme. Ni qué decir que los muy bestias
disfrutaron intensamente con la sesión, mientras
David era obligado a presenciarlo todo. Descansé
por fin cuando la lluvia de azotes cesó, y
entonces Jaime y David comenzaron a negociar mi
venta. Me trataban como un vulgar saco de papas
o lentejas. Emilio no intervino. Estaba claro
que aunque fuese su hija, desde hacía mucho me
había cedido a Jaime. Este pretendía venderme
muy cara, pero David era un negociador astuto y
al fin consiguió un precio bastante menor al que
mi amo deseaba. Una vez acordado el precio,
David tomó una maleta que había llevado y la
abrió. Sacó un fajo de billetes y lo depositó en
el regazo de Jaime.
-Cuenta -dijo. Así lo hizo y al advertir que
cubría la cantidad fijada, asintió.
-Muy bien. es tuya. Como decidas recuperar el
importe es tu problema. -afirmó Jaime.
-En efecto, así es. -dijo David. Sacó entonces
un collar de perra de la maleta y me lo puso.
Sujetó el collar a una traílla y tiró de él. Lo
seguí tal como estaba: completamente desnuda, y
así también caminó hacia la salida y condujo
hasta mi casa, sin importarle que nos vieran. A
mí aquel paseo me pareció de lo más liberador.
Mi corazón estaba henchido de sentimientos
encontrados: tenía un amo nuevo y no sabía qué
iba a hacer conmigo. Pero intuía que David iba a
conducirme a alturas de morbo inéditas aún para
mí, y el reto de ser digna de él me inyectaba
una energía vibrante y vigorizadora. Pensando en
esto lo seguí cuando tiró de la traíllla y me
hizo entrar a su casa por vez primera. Pero esa
es otra historia.
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