MARGARITA DE NAVARRA (1492-1549)

 

  EL HEPTAMERÓN

 

  I

 

  Donde se habla de un sujeto que, habiéndose acostado con su mujer, en

lugar de con su doncella, envió allí a su vecino, que le puso los cuernos

sin que su mujer supiese nada

 

  En el condado de Allez, había un hombre llamado Bornet que se había casado

con una honrada mujer de bien, cuyo honor y reputación tenía en gran estima

como creo ocurre con todos los maridos aquí presentes con respecto a sus

mujeres. Pretendía que su mujer le fuera fiel, pero no que la ley fuese

igual para los dos, y se enamoró de la doncella, no teniendo más temor que

no quisiera aquélla corresponder a su amor.

  Tenía este hombre un vecino con quien le unía tal amistad que ya lo habían

compartido todo, excepto la mujer. El nombre de su vecino era Sandras y su

oficio costurero y sillero. Por estos motivos de amistad le confesó los

proyectos que tenía sobre la doncella, el cual no sólo lo encontró bien,

sino que quiso ayudar a llevar a buen fin la empresa esperando tomar parte

en el festín.

  La doncella, presionada por todas partes, y viendo debilitarse sus

fuerzas, fue a decírselo a su señora, rogándole le diese permiso para volver

con sus padres, pues no podía vivir en este tormento.

  La señora, que quería mucho a su marido y que ya tenía sospechas, se

alegró de haberle ganado esta ventaja y preparó a la doncella: "Escucha,

amiga mía, poco a poco id confiando a mi marido y darle seguridad de

acostaros con él en mi vestidor, y no olvidéis decirme la noche que va a

venir, pero prestad atención para que nadie sepa nada."

  La doncella hizo lo que su señora le había ordenado y el amo se puso tan

contento que fue a decírselo a su compañero, el cual le rogó le reservase lo

que le sobrara.

  Hizo esta promesa, y cuando llegó la hora, el señor fue a acostarse con la

doncella como él esperaba. Pero su mujer, que había renunciado a la

autoridad y a mandar por el placer de servir, se puso en lugar de la

doncella y recibió a su marido, no como esposa, sino como joven extrañada, y

tan bien lo fingió que su marido no se dio cuenta.

  No sabría deciros quien estaba más contento de los dos: si él de engañar a

su mujer o ella de engañar a su marido. Y cuando hubo estado con ella salió

de casa y fue en busca de su amigo, más joven y fuerte que él, y le dijo

haber encontrado la mejor mujer que nunca viera: "¿Recordáis lo que habíais

prometido?", dijo su amigo. "Id pronto -dijo el señor-, no vaya a suceder

que se levante o que mi mujer vaya a darse cuenta."

  El amigo fue y encontró la misma doncella a quien el marido no

reconociera. Ella, creyendo que era su marido, no lo rechazó; de suerte que

él prefirió no hablar no fuera a ser descubierto. Permaneció con ella más

tiempo que su marido, y la mujer se maravillaba, pues no estaba acostumbrada

a tales noches. De todos modos tuvo paciencia, regocijándose sobre la escena

que le haría al día siguiente y de la burla que iba a hacer de él.

  Hacia el alba el hombre se levantó y al separarse de la cama, jugueteando,

le arrancó un anillo que ella tenía en su dedo y era el que el marido le

diera en sus esponsales. Este anillo es para las mujeres del país motivo de

superstición, y son muy honorables las mujeres que guardan el anillo hasta

la muerte y, por el contrario, si por azar se pierde, la mujer es

despreciada como si se hubiera entregado a otro que no fuera su marido. Ella

sintió contento de que se lo llevase, pensando que sería testimonio seguro

del engaño de que su marido había sido víctima.

  Cuando el amigo fue a buscar al marido éste le preguntó: "¿Y bien?"

Respondió el amigo que era de su misma opinión, y que si no hubiera temido

la llegada del día se hubiera quedado allí. Y así se fueron los dos a

descansar.

  Al día siguiente, al levantarse el marido, vio el anillo que su amigo

llevaba en el dedo, igual completamente al que él había entregado a su mujer

en señal de matrimonio, y le preguntó quién se lo había dado. Cuando oyó que

lo había arrancado del dedo de la doncella se extrañó mucho y empezó a darse

golpes con la cabeza en la pared diciendo: "¡Ah Dios mío! ¿Me habré hecho

cornudo a mí mismo sin que mi mujer sepa nada?" Su compañero, para

consolarle, le dijo: "Puede ser que vuestra mujer le diera el anillo anoche

a la doncella."

  El marido cornó a su casa y encontró a su mujer más bella, más contenta y

más radiante que de costumbre, contenta de haber podido salvar el honor de

su camarera y de haber apurado a su marido sin perder nada más que el sueño

de una noche. El marido, al verla de tan buen talante, pensó: "Si supiera mi

suerte no tendria tan buena cara." Y hablando con ella de varias cosas, la

tomó de la mano y notó que no estaba el anillo, que nunca se quitaba.

Entonces, con voz temblorosa, preguntó: "¿Qué habéis hecho del anillo?" Pero

ella, muy contenta de que él sacase esa conversación, le dijo: ";Oh, el más

malvado de todos los hombres!" ¿A quien creéis que se lo habéis quitado?

Pensasteis que fue mi doncella, por cuyo amor habéis malgastado el doble de

los bienes que habéis gastado en mí. Pues la primera vez que habéis venido a

acostaros os he juzgado tan enamorado de ella que era imposible pensar en

más. Pero después que salisteis y volvisteis a entrar parecíais un diablo

sin orden ni

medida. ¡Oh, desgraciado! Pensad en la ceguera que os guiaba a alabar mi

cuerpo y mis carnes, de las que venís gozando vos solo durante tanto tiempo

sin manifestar estimarlos. No es, pues, la belleza y las carnes de mi

doncella las que os han hecho gozar placer tan delicioso; es el pecado

infame y la horrible concupiscencia que quema vuestro corazón y que alteran

vuestros sentidos hasta el extremo que por amor a esta doncella os

trastornasteis tanto que hubierais confundido una cabra con sombrero con una

joven bella. Ahora es el momento, marido mío, de corregiros y confirmaros

conmigo sabiendo que os pertenezco y que soy una mujer de bien, seguro de

que no soy una malvada. Lo que he hecho no ha sido más que para sacaros de

un mal paso, para que a la vejez vivamos en buena amistad y reposo de

conciencia. Pues si queréis continuar con la vida pasada prefiero separarme

de vos que asistir cada día a la ruina de vuestra alma, vuestro cuerpo y

vuestros bienes. Pero si os decidís a

abandonar esto y vivir según la ley de Dios, olvidaré vuestras faltas

pasadas como quiero que Dios olvide mi ingratitud de no amarle como debo."

  El pobre marido se sintió desconcertado y desesperado al ver a su mujer,

tan bella, casta y honesta, abandonada por una que nó le amaba, y lo que era

peor, haberla hecho mala sin saberlo ella y hacer partícipe a otro de un

placer que no era más que suyo. Por estas razones se encontró a sí mismo

cornudo con burla perpetua. Pero viendo a su mujer bastante atormentada con

el amor que había demostrado a la doncella, se guardó muy bien de decirle la

mala pasada que le había jugado y le pidió perdón con la promesa de cambiar

enteramente su mala vida. Le devolvió su anillo, que pidiera a su amigo.

Pero como todas las cosas dichas al oído son pregonadas, algún tiempo

después la verdad fue conocida y le llamaban cornudo, sin vergüenza para su

mujer.

 

  II

 

  De cómo fue descubierta la hipocresía de una dama a causa de la excitación

de sus amores, que ella pensó ocultar muy bien

 

  En un castillo muy bello vivía una noble princesa de gran autoridad y

tenía con ella a una joven llamada Camila, muy audaz, que abusaba de su

señora de tal modo que ésta no hacía nada que no fuera por su consejo,

pensando que era la más juiciosa y virtuosa de su época. La tal Camila

perseguía tanto los locos amores que cuando veía a algún caballero enamorado

de una de sus compañeras lo reprendía tan agriamente y daba tan mal informe

a su señora que llegaba hasta a infamarlos; por lo cual era mucho más temida

que amada por toda la corte; en cuanto a ella, nunca hablaba a ningún hombre

a no ser en voz muy alta y con gran descaro, de tal forma que tenía fama de

ser enemigo mortal de todo amor, aunque la realidad es que en el fondo de su

corazón era todo lo contrario, ya que había un caballero al servicio de su

señora por el que se sentía tan atraída que no podía más. Bien es cierto que

el amor que tenía a su gloria y a su reputación le hacían disimular

totalmente su afecto.

Pero, después de haber llevado esta pasión más de un año, no queriendo

limitarse, como las demás, a miradas y palabras, llegó a quemar tan

ardientemente su corazón que decidió buscar el último remedio y, en

conclusión, decidió que más valía que satisfaciera su deseo y que no había

nadie que conociera su corazón, a no ser Dios, y que éste lo dijera a algún

hombre, a quien algunas veces lo puede revelar.

  Después que tomó esta resolución, un día que estaba en la habitación de su

señora mirando sobre la terraza, vio a aquel que amaba tanto paseando; y

tras mirarlo tanto tiempo que el día, que se ocultaba, se llevaba su vista

con él, llamó a un pequeño paje suyo e, indicándole al caballero, le dijo:

"¿Veis bien a aquel que lleva ese jubón de satén carmesí y la toga forrada

de lobo cerval? Id y decidle que hay uno de sus amigos que quiere hablar con

él, en la galería del jardín de palacio." Y así que el paje se fue, pasó por

la antecámara de la habitación de su señora y se fue a aquella galería,

colocándose su corneta muy baja y un antifaz.

  Cuando el caballero llegó a donde estaba, fue en seguida a cerrar las dos

puertas por las cuales se podía llegar hasta ellos y, sin quitarse el

antifaz, lo abrazó muy fuerte, diciéndole con la voz más baja que pudo:

"Hace mucho tiempo, amigo mío, que el amor que os profeso me hacía desear

encontrar el lugar y la ocasión y poderos ver a solas, pero el temor por mi

honor fue durante algún tiempo tan fuerte que me obligó, mal de mi agrado, a

disimular esta pasión; mas, al fin, la fuerza del amor ha vencido al temor

y, como sé de vuestra honestidad, si me prometéis amarme y no decirlo nunca

a nadie, ni querer averiguar quién soy, os prometo que seré vuestra leal y

buena amiga y que nunca amaré a otro hombre que a vos; mas preferiría morir

a que vos sepáis quién soy."

  El caballero le prometió lo que le pedía, lo que la rindió fácil en

seguirle el compás; y así fue que no le negó nada de lo que él quiso tomar.

Eran las cinco o las seis de una tarde de invierno, lo que le impedía verla;

y tocando sus ropas, halló que eran de terciopelo, que en aquel tiempo no se

llevaban todos los días, a no ser por las mujeres de buena familia y de

importancia, y tocando lo que había debajo, del juicio que podía sacar al

tacto de la mano, encontró que no había nada que no estuviera en muy buen

estado, limpio y muy a punto. Por su parte, se tomó el trabajo de hacerle

las mejores caricias que pudo, no haciendo ella menos por la suya, y así

supo el caballero que ella estaba casada.

  Cuando quiso regresar rápidamente por donde había venido, el caballero

dijo: "Estimo como un gran bien el que, sin mérito de mi parte, me habéis

dado; pero estimaría más todavía el que pudiera tener de vos a mi

requerimiento. Me doy por satisfecho con tal gracia y os suplico me digáis

si puedo esperar tener de nuevo bien semejante y qué debo hacer para

tenerlo, ya que, como no puedo reconoceros, no sé cómo conseguirlo." "No os

cuidéis de ello -dijo la doncella-, pero estad cierto de que todas las

noches, antes de que cene la señora, yo no dejaré de enviaros a buscar; pero

a esa hora os debéis encontrar en la terraza en la que estabais hace poco.

Procurar estar solo y acordaos de lo que habéis prometido. Sabed que os

espera en esta galería; pero si oís hablar de ir a comer, podéis retiraros

por ese día o venir a la estancia de mi señora; y, os ruego, sobre todo, que

no hagáis nada por conocerme, si no queréis que acabe nuestra amistad."

  La doncella y el caballero se marcharon cada uno por un lado y continuaron

durante mucho tiempo en esta vida, sin que él supiera nunca quién era ella,

con lo cual cayó en grandes fantasías, pensando en su interior quién podría

ser, ya que no creía que hubiera mujer en el mundo a quien no le gustara ser

vista y amada y llegó a imaginar que fuera un espíritu maligno, por haber

oído decir a un predicador necio que quien quiera que hubiera visto el

rostro al diablo lo amaría siempre. En tales dudas, deliberó averiguar quién

era la que le presentaba tan buena cara; y otra vez que ella envió a

buscarlo, se llevó un trozo de tiza y, al abrazarla, le hizo una marca en el

trasero sin que ella lo advirtiera; y así que partió, fue el caballero y se

puso tras la puerta a mirar los traseros de las que entraban y, entre otras,

vio entrar a Doña Camila con tal descaro que él temía mirarla como a las

demás, estando seguro de que no podía ser ella; mas, así que se volvió,

divisó la cruz

blanca, lo que le asombró tanto que apenas podía creer lo que veía y, sin

embargo, al reparar bien en su talle, que era semejante al que tocaba, y en

los rasgos del rostro, que por el tacto podían conocerse, supo ciertamente

que se trataba de ella, con lo que se sintió muy contento de que una mujer

que tenía fama de no admitir pretendientes y de haber rechazado a tan

honestos caballeros, se hubiera dirigido a él solo.

  Amor, que nunca puede estar quieto, no quiso soportar que viviera mucho

tiempo en tal tranquilidad y lo inundó de tal gloria y esperanza que se

decidió a hacerle conocer su amor pensando que, cuando ella se supiera

reconocida, tendría motivo para aumentar su amor; y, un día que la señora

había ido a pasear por el jardín, Doña Camila fue a pasear por otra avenida.

El caballero, al verla sola, se acercó para conversar con ella y, fingiendo,

como si no la hubiera visto en otra parte, le dijo: "Señora, hace largo

tiempo que llevo en mi corazón un sentimiento que, por miedo a disgustaros,

no me atrevía revelar; pero me encuentro tan mal que no puedo soportar esta

pena sin morir, ya que no creo que nunca hombre alguno supiera amaros tanto

como yo os amo."

  Doña Camila no le dejó terminar y antes bien le respondió con gran cólera:

"¿Oísteis decir alguna vez que yo tuviera amigo o pretendientes? Estoy

segura de que no; y me asombra westra audacia al declarar tales propósitos a

una mujer de bien como yo; porque vos me habéis tratado aquí lo suficiente

para saber que no amo a otro que a mi marido; así que guardaos de continuar

en vuestras intenciones."

  El caballero, al ver tanta ficción, no pudo evitar el reírse, diciendo:

"Señora, no siempre habéis sido tan rigurosa conmigo como ahora. ¿De qué os

puede servir usar conmigo de tal disimulo? ¿No vale más tener una amistad

perfecta que una imperfecta?" Camila le respondió: "No tengo con vos más

amistad perfecta o imperfecta que con otros servidores de mi señora; mas si

insistís en vuestras pretensiones hacia mí bien podría profesaros tal odio

que os escocerá." El caballero aún persistió en su propósito y le dijo:

"¿Dónde están las caricias que me hacéis cuando no os puedo ver? ¿Por qué me

priváis de vos, ahora que el día me muestra vuestra belleza, acompañada de

tan perfectas y graciosas prendas." Camila, haciendo la señal de la cruz,

exclamó: "Habéis perdido el juicio o sois el mayor embustero del mundo,

porque nunca, en toda mi vida, pensé en haceros mejor ni peor caricia de la

que os hago y os ruego me digáis cómo es que habéis podido pensar eso."

Entonces el infeliz

caballero, pensando en que la ganaría para sí, le contó dónde la había visto

y la marca de la cruz que había hecho para reconocerla, con lo que ella se

sintió tan traspasada de cólera que le dijo que era el hombre más vil del

mundo y había inventado una mentira tan infame contra ella que ya pondría

buen cuidado en hacerlo arrepentir. Él, que sabía el crédito que la dama

tenía con su señora, quiso apaciguarla, lo que no le fue posible, ya que lo

abandonó allí muy furiosa y se encaminó a donde estaba su señora, quien se

separó de la reunión para venir a conversar con Camila, a la que amaba más

que a sí misma, y al hallarla tan enfurecida, le preguntó qué le pasaba;

Camila no quiso ocultárselo y le contó todo lo que el caballero le tlabía

dicho, empeorándolo de tal forma en disfavor del pobre caballero que,

aquella misma noche, la señora le ordenó que saliera incontinente de su

casa, sin hablar con nadie, y que esperara hasta que le fuera ordenado, lo

que hizo con toda premura,

por temor a que le pudiera ocurrir algo peor; y mientca Camila vivió junto a

su señora no volvió nunca el caballero a entrar en aquella casa, y nunca más

volvió a tener noticias de aquella que le jurara que la perdía desde el

momento en que pretendiese saber quién era.

 

  Margarita de Valois, Reina de Navarra: El heptamerón. Barcelona, Ediciones

29, 1969.