MI PROFESORA
La empujé nuevamente contra la pared y comencé a bajarle la
falda con prisas, echándole una mano a unas braguitas negras que dejaban
entrever cierto volumen
de vello.
Aquella mañana había acabado de trabajar tarde y decidí
comer en el restaurante de al lado como solía hacer en estas ocasiones. Al
entrar, una vez saludado
el dueño del local, me di cuenta de
que allí, en una mesa individual se encontraba una antigua profesora de inglés.
Se llamaba Marga y debía estar en los
60 años de edad. Parecía mentira pero había pasado el tiempo
desde la última vez que la vi, entonces tenía yo 18
años. Habían pasado ya casi 10 desde entonces.
Yo tenía un aire juvenil, siempre inferior a mi edad, por lo
que las mujeres mayores siempre habían estado fuera de mi ambición, aunque
dentro de mis fantasías
como es natural. Ella había
engrosado una parte de las mismas, pero no pensaba en ello mientras me acerqué
a saludarla
Marga siempre se había caracterizado por no llevar sujetador
y si unas camisas de vivos colores. En mi época de estudiante, todos los
compañeros se sentían
atraídos por la circunstancia de
que llevase muy abiertas las camisas, siempre con uno o dos botones
desabrochados, de modo que el divertimento general
era llamarla en cada ocasión que se
pusiera a nuestro alcance para preguntarle dudas, lo que sucedía de modo
evidente en los exámenes y demás ejercicios,
en época estival de modo que al
atendernos personalmente, solía proporcionarnos una fenomenal vista del
comienzo de sus pechos; el resto ya nos lo imaginábamos.
Aquélla vista volvió a mi ese día cuanto ante su mesa la
llamé por su nombre y al volver la vista hacia arriba y reconocerme, se
incorporó para darme dos
cariñosos besos. De nuevo había
resurgido en mi la fantasía de joven pero la oculté
dado que el cariño que mostraba era el propio de profesora - antiguo
alumno.
Me preguntó que hacia por allí y le expliqué que solía ir a
comer, así que como ella no había comenzado aún decidimos compartir mesa y
hablar de lo que
habíamos hecho en esos años.
Me explicó que había quedado viuda hacia dos años y que la
vida le había cambiado mucho, pues apenas salía, salvo para sus clases y se
mostró más interesada
porque le contase lo que había
hecho yo. A medida que hablamos la conversación se fue haciendo más amena y
sincera, entre risas y carcajadas recordando
antiguos compañeros y alumnos y las
anécdotas que vivimos durante los tres años de su magisterio. El paso del
tiempo había hecho mella en su cara y sus
manos, pero a veces al inclinarse
sobre la mesa, la abertura de su camisa fucsia dejaba entrever el canalillo de
lo que debían haber sido unos estupendos
pechos dorados siempre por el sol.
En realidad era muy morena lo que contrastaba con el verde de sus ojos. Mi
inexperiencia fue una ayuda en este caso
cuando ante la sinceridad de la
conversación y las animadas confidencias sobre los años de colegio, me atreví a
contarle lo que nos divertía de sus clases.
Según lo contaba me daba cuenta de que estaba metiendo la
pata, pero sin embargo no fue así en realidad puesto que pareció causarle
gracia el asunto.
Me comentó, que siempre le había molestado llevar sujetador
por que no le gustaba excesivamente la ropa y siempre había tenido unos pechos
firmes, así que
se acostumbró pero en cualquier
caso tenía que reconocer que a veces se daba cuenta de esa circunstancia, sobre
todo en los alumnos más descarados, y que
no obstante tenía su gracia. Nos
reímos del asunto un buen rato entre picardías, cuando se interesó por mi
situación sentimental. En realidad le dije que
no estaba mucho mejor que ella,
pues no estaba con nadie desde hacia dos años, y aquello derivó en una
conversación más filosófica sobre el paso del tiempo
y la necesidad de disfrutar del que
teníamos. En un par de ocasiones no evitó cogerme la mano cariñosamente hasta
que en un momento dado se percató de
que de nuevo yo miraba la abertura
de su camisa. Sonrió risueña y me preguntó si aún me atraía esa circunstancia.
No pude por menos que sonreírle asistiendo
con una mirada directa; era
inevitable, yo también había deseado ver esos pechos en su momento. Para ese
momento yo tenía una erección descomunal de sólo
imaginar que tuviera una reacción
positiva. Mi pene quedaba absolutamente doblado intentando buscar un lugar más
cómodo donde extenderse del todo, y busqué
una postura más cómoda. Ella
estalló en una carcajada y observó que hacía tiempo que no se sentía tan
halagada. Me preguntó que si quería tomar el café
en su casa y contándonos cosas. Que
podía decir!
Era increíble lo bien que se conservaba para su edad. Sus
caderas se contoneaba entre su falda negra de lino cuando salió delante de mi
del local. Agradecía
llevar vaqueros ese día pero aún
así ya iba suficientemente mojado de sólo pensar lo que podía pasar. Y pasó. Al
subir al coche junto a ella, paramos en
un semáforo y pude ver como me miró
por primera vez con una sonrisa cómplice que me enardeció del todo. Me preguntó
que en que estaba pensando, le contesté
que estaba asombrado de estar allí,
y que el resto prefería ni comentarlo. Volvió a reír, y en el siguiente
semáforo, me acarició la pierna. Sentía los
anillos de su mano recorrer firmes
mi muslo izquierdo hasta que tocaron sus yemas la punta de mi pene aún
absolutamente comprimido entre el vaquero. Sonrió
y exclamo, veo que estas a punto
eh; solo acerté a acariciarle la mano y apretarla mientras la retiraba.
Estaba decidido a no mostrarme inmaduro con ella y pensaba
en hacerla ver las estrellas si podía quedarme toda la tarde a su lado. Cuando
llegamos a su
casa, cerró la puerta dejó la
cartera en el salón y se volvió hacia mi. Me dijo que pasara, me acerqué a
ella, me tomó de las manos y me las puso en sus
pechos sonriendo. Los acaricié por
encima de la blusa sintiendo como los pezones se endurecían al tacto y se
acercó a mi, besándome lentamente. De repente
metió su lengua y comenzó a moverla
con fruición contra la mía,, era una situación más excitante de lo que había
experimentado nunca, aquella mujer me
sacaba treinta años y yo estaba
excitadísimo. Me aparté y le abrí la blusa con habilidad y allí estaba el
objeto del deseo durante aquellos años de colegio.
Se conservaban bien pese al tiempo. Las manchas del sol
salpicaban su contorno hasta llegar a cada uno de los pezones, morenos,
amplios, y erectos como
no podía imaginar. Me arrojé sobre
ellos, sobre cada uno, a lengüetazos cortos y seguidos en ocasiones, largos y
pausados en otras, para volver a aumentar
el ritmo mientras los exprimía con
fuerza.
Aquello la entusiasmó y soltaba suspiros entrecortados
mientras apoyaba su cabeza contra la pared del salón a la que fuimos a dar. Me
metió las manos por
debajo de mi camisa y comenzó a
acariciarme la espalda mientras me aparte de sus pechos con cierto recelo para
besarla de nuevo. La empujé nuevamente contra
la pared y comencé a bajarle la
falda con prisas, echándole una mano a unas braguitas negras que dejaban
entrever cierto volumen de vello. Aquello estaba
muy mojado, debía de haber estado
deseándolo desde la comida y eso alimento mis ganas. Aparté las braguitas con
delicadeza y metí la cabeza de mi pene
para entonces liberado, haciendo
círculos lentos al principio mientras ella retenía la respiración para soltarla
sobre mi cuello. De repente no aguanté
más e introduje todo el miembro
comenzando una serie de arremetidas constantes y casi violentas, mientras ella
destrozaba mi espalda con sus uñas hasta
mi trasero entornando una de sus
piernas sobre mi.
El deseo era enorme y restregábamos nuestros cuerpos a cada
acometida participando de una fuerza inusual hasta que ella descansó su cabeza
contra mis hombros
y emitió un jadeo constante
abriendo sus labios contra mi cuello, con lo que no aguanté más, y me corrí
dentro de su cavidad. No paraba de salir fluido,
y tuve que dar varios achuchones
más hasta que aquello dejo de salir entre el ruido propio de la humedad. Nos
quedamos abrazados sin decir nada, contra
la pared, jadeando. Me aparté
lentamente, con miedo a perderla; quería más. Pude ver como caía algo de mi
semen de su vagina, y no pude resistirme a no
dejarla descansar, me arrodillé, le
acaricié los muslos con mis manos, bajando hasta sus tobillos y comencé a
besarle las piernas lentamente, subiendo,
hasta que me detuve frente a su vagina. Tenía abundante vello púbico
pero no me importó demasiado, comencé a trazar círculos alrededor de la zona.
Ella
se reclinó sobre la pared y huyó
hacia el sofá, y allí se sentó. Acudí entendiendo la sumisión de su deseo y me
abalancé sobre sus labios, presionándolos
y estirando, hasta que alcancé su
clítoris. Presionaba sin parar, lo dejaba descansar y de nuevo introducía mi
lengua confrontando la mezcla de sabores
que había.
De nuevo comenzaron los gemidos al llevar su mano hacia mi
nuca apretándome contra ella, su vientre palpitaba a cada lengüetazo, mientras
presionaba mi
cara con sus muslos, y de nuevo
subí mi boca hacia sus pechos, extendidos por su tórax con la amplitud de la
edad, mientras sentía como se producía una
nueva erección .Me instalé sobre
ella goteando de nuevo líquido pre seminal, estaba
enardecido y la besé con pasión mientras me devoraba con sus manos.
Estuvimos así durante cinco minutos hasta que apretando sus
manos con un gesto suave, volví abajo, y me centré en su ano por primera vez.
Mojé toda la
entrada observando su reacción
mientras lamía. Cerró su mano derecha sobre mi pelo, elevando los gemidos así
que apoyé mi pene contra su ano con una ligera
presión. Reaccionó, apartándome
ligeramente, la besé y le sisee al oído si era la primera vez, y asintió, la
dije que no tenía nada que temer que ya era
hora de que lo disfrutara con su
edad, volvió a asentir ligeramente y antes de cualquier duda, volví a bajar,
retiré mi pene, y le agarré los dedos de
su mano llevándolos a mi boca
deseosa. Los lamí y lleve su dedo corazón a su abertura anal, introduciéndoselo
poco a poco. Respiró con fuerza al sacarlo
tras una serie de movimientos de
relajación que aumentaron mi deseo, y aproveché el momento de su salida para
presionar con mi pene introduciéndolo poco
a poco.
Se quedó mirándome con sus ojos verdes, y con la boca
entreabierta, jadeante, y comencé a sacarlo e introducirlo muy lentamente,
cerró los ojos y comenzaron
poco a poco gemidos de placer
mientras su cara se contraía con aspavientos cerrando sus manos contra mi culo,
y comenzando a pedir más, estaba como una
loca cuando empezó a dar gritos
entrecortados elevando el ritmo de las acometidas. El pene entraba y salía con
facilidad, y a cada golpe jadeábamos entre
sudores desbocados, hasta que de
nuevo me corrí dentro de ella.
Nos quedamos un tiempo allí echados. Mi cuerpo joven y
apenas sin vello, contrastaba con el moreno de sus años, pero nada importaba.
Cuando hubimos descansado
trajo de la cocina un par de
manzanas que comimos allí sentados con las piernas entrecruzadas con miradas
cómplices. Al finalizar su manzana llevó el hueso
hacia mi pecho lentamente y comenzó
a restregarlo sobre él. Ante mi sorpresa insinuó gustarle el olor a manzana y
que esa tarde iba a comerse una buena,
dejó los restos sobre la mesa y
comenzó a lamerme todo el torso. De nuevo tuve una erección, y me llevó a su
cama instalándose a horcajadas sobre mi. Llevaba
sus pechos hacia mi boca sin dejar
que llegara a rozarlos en una macabra agonía cuando sus pezones se acercaban
certeros, trabaza círculos en torno a mi
pene y volvía a ponerme sus pechos
delante. Así hasta que dejó de nuevo que cerrara mi boca sobre ellos
estrechando su espalda hasta sentirlos muy dentro.
Se escapó de nuevo y bajó hasta mi pene introduciéndoselo
hábilmente en la boca mientras apretaba mis testículos. Decía que iba a dejarme
seco esa tarde
y comenzó a subir y bajar
centrándose en el extremo con gran presión. Notaba como se la introducía hasta
dentro chocando contra la humedad de su boca,
dejándome casi sin fuerzas. Se
instaló sobre mi y se introdujo en la vagina el
miembro comenzando a moverse como una máquina, mientras le acariciaba los
pechos, se la sacó y se la
introdujo de nuevo en el culo ajustando el condón primero, y finalmente con un
grito constante cayó sobre mi. Sin darme cuenta
se dio media vuelta y se sentó en
la cama. Me dijo que me pusiera de pie, yo no podía más, me quitó el condón y
me dijo que lo iba a recordar siempre,
se puso el miembro entre los pechos
y comenzó a frotar besando de vez en cuando la punta del mismo, hasta que no
pude mas y me fui sobre ella con grandes
espasmos. No contenta con eso se
introdujo de nuevo el miembro entero, tragando los restos que aún quedaban con
gran satisfacción.
Aquella noche la pasé en su casa, hicimos el amor tres veces
más y disfrutamos del calor cómplice del dormir abrazados desmadejados por el
placer sin peros.
No la he vuelto a ver, se acabó instalando en Mallorca pero su recuerdo aún permanece en mi con más fuerza si cabe…