No estaba previsto que aquella noche de Noviembre el
sambódromo de Rio registrara ese ambiente.
Los 700 metros de La Avenida Marquês de Sapucaí, la
passarela do samba, no deberían haber estado ocupados por gentes en fiesta,
pero lo estaban.
Destacaban por todas partes bellas mujeres ataviadas con
poca ropa. Las más recatadas, en minúsculos tangas y biquinis. La mayoría en
top-less con tangas
casi invisibles que no consistían más que en hilos de tela
de colores, con un triangulito que tapaba... la verdad es que casi nada, apenas
los labios vaginales.
Un buen número había decidido prescindir por completo de la
molesta ropa (debía ser por el calor) y, con el sólo complemento de zapatos de
tacones imposibles
que añadían 20 cm de altura a sus esbeltos cuerpos paseaban
como sus madres las habían traído al mundo.
Bandas de música, sus miembros vestidos con coloridos trajes
que también alegraban la vista y el espíritu, aunque de otro modo, se repartían
a lo largo
de la avenida.
La mayoría de los turistas, como yo mismo, estábamos allí
por casualidad. Para ver el lugar dónde cada año, durante los carnavales más
famosos del planeta,
hasta cien mil personas se concentraban celebrando la fiesta
donde la música, el baile y la sensualidad eran reyes.
Entre la población local, durante los días previos a aquella
fecha había circulado con insistencia un rumor que, pese a que nadie había sido
capaz de confirmar
de primera mano, había acabado tomando cuerpo de noticia: Se
decía que un millonario español había querido recrear en Noviembre el desfile
de las escuelas
de samba y que puesto que de forma oficial no le había sido
posible, había decidido que iba a pagar 100 dólares de su bolsillo a todas las
chicas que acudieran
desvestidas para la ocasión y a cada uno de los músicos que
participaran en el sarao.
Llegado el día, allí nadie repartía billetes. Hubo instantes
de confusión entre los primeros mientras seguían llegando el resto de
bailarinas y músicos
que buscaban hacer su noche. Los turistas mirábamos sorprendidos
y encantados por el espectáculo.
Pronto quedó claro que dinero no iban a recibir. Que se le
iba a hacer. Pues ya que estaban... montar una fiesta, claro. Un grupo de
músicos cerca de dónde
yo estaba se puso a tocar. Otros se les fueron añadiendo y su
ritmo y el volumen de su música se empezó a escuchar por encima de los
murmullos de la gente.
Las bailarinas a su alrededor empezaron a sacudir sus
cuerpos con energía. Poco a poco más músicos se sumaron a la fanfarria y más
bailarinas pusieron sus
cuerpos en movimiento.
A los dos minutos todo el sambódromo era una fiesta. La
samba empezaba a apoderarse también de los turistas que torpemente intentábamos
imitar los movimientos
de las bailarinas.
Nuestra torpeza se vió pronto recompensada. Las bellas
brasileñas; rubias bronceadas, morenas de piel blanca, mulatas color café con
leche y negras de piel
oscura como la noche y brillante como la luna, nos acogieron
en sus grupos y con sus sonrisas y su energía intentaban, sin mucho éxito en la
mayoría de
los casos, transmitirnos algo de su ritmo. Lo que si nos
transmitían era la alegría de aquella fiesta improvisada.
Bailábamos casi todos. Sólo un señor maduro, bien
conservado, de aspecto distinguido y aire confíado, vestido con una floreada
camisa y unos pantalones
blancos miraba a su alrededor con una ligera sonrisa y
expresión satisfecha.
Myren, preciosa morena de cuerpo de escándalo me distrajo.
Sus manos intentaban darle ritmo a mis movimientos. Katia, rubia belleza de
playa sin un pelo
en su cuerpo aparte de la larguisima melena que llegaba a
rozarle las nalgas, intentaba ayudarla. Yo era uno de los casos perdidos a los
que el duende
del ritmo no iba a poseer nunca, pero recordé el adagio y
decidí bailar como si nadie me estuviera mirando y disfrutar del momento.
En realidad, aparte de mis dos maestras y sus amigas, poca
gente me iba a mirar a mi entre aquél gentío de cuerpos nacidos para fundirse
en una danza que
los unía.
A nuestro alrededor otros grupos compuestos en general por
uno o dos turistas y varias bailarinas locales reproducían imágenes parecidas.
Justo a nuestro
lado, dos chicos ingleses que apenas debían llegar a la
veintena, bailaban samba como si estuvieran en una disco maquinera...¿Y a quién
le iba a importar?
Rodeados por cinco o seis mulatas, ellos con su ritmo y
ellas a lo suyo, habían alcanzado una armonía perfecta.
Un poco más allá un hombre calvo, barbudo y corpulento
bailaba abrazado a dos negras de bandera que incluso sin tacones de palmo
serían más altas que él.
Llevaba una camisa blanca desabrochada que permitía ver su
tronco peludo. El único sitio donde no tenía pelo parecía ser la cabeza. Era
como un oso. Las
bellezas de ébano parecían gustar de tanto vello y le
pellizcaban los rizos negros del pecho mientras él no las soltaba. Esa foto,
los tres bailando abrazados,
si alguién se la hizo, la enseñará a los amigos del asilo
cuándo llegue y no me sorprendería que en su testamento pidiera que fuera la
que colocaran en
su tumba.
Una pareja jovencita, ella con boca de chupona y él con aire
de poquita cosa pero ambos con más ritmo que todos los otros turistas que en
que me había fijado
hasta el momento juntos, se movían entre un grupo numeroso
de bailarinas que se turnaban bailando con los dos.
Cerca de ellos, una cuarentona un poco entrada en carnes
pero de buen ver, que tenía un aire con la jovencita de la boca chupona, se
movía con buen ritmo
frente a tres músicos que parecían estar tocando sólo para
ella.
Aquél señor maduro que no bailaba antes, ahora también se
movía, a otro ritmo, más pausado. Me pareció que hacía señas a alguien, pero
una preciosa negra
de cabeza casi rapada me abrazó por detrás y me hizo seguir
el ritmo de su cuerpo, pegada a mi como una lapa. Creo que consiguió que por
fín mi cuerpo
se moviera siguiendo la música. Cualquier cosa por no dejar
que aquella piel se separara de mi.
De ninguna parte empezaron a aparecer caipirinhas. La bebida
helada, dulce y ligeramente ácida entraba divinamente.
Vaya, parecía que el madurito distinguido debía haber tomado
dos o tres de golpe porque ahora estaba pegado a aquella cuarentona de buen ver
y sus manos
le desabrochaban la blusa dejando al descubierto unos
grandes pechos, de pezones abultados.
Debía ser su esposa. Ya son ganas entre tanta bailarina
escultural que no rehuye el cuerpo a cuerpo, enrollarse con la esposa. Muy
enamorados debían estar,
pero aquello era pura lujuria. Acabó de desnudar a la mujer.
Una más entre tantas que desvestían igual aquella noche.
Lo que hizo a continuación me sorprendió y no fui el único
en darse cuenta: Empujó suavemente a la rotunda hembra hacia los tres músicos y
ella empezó a
besarlos y a sobarlos. Si eso era lo que quería la turista,
ellos se lo iban a dar. Se despojaron de sus coloridas vestimentas. Tres
trancas de distintos
tamaños y distintas tonalidades de negro quedaron expuestas.
Una mujer con menos tablas habría quedado desbordada por aquél material, pero
ella no. Con
una sonrisa satisfecha, sin prisas, como si supiera el
placer que iba a sentir durante aquella noche, se arrodilló frente a los tres
hombres. Engulló la
polla más grande casi hasta el fondo y empezó a masturbar
las otras dos.
Desde el grupo de los dos jovencitos con ritmo llegó un
grito burlonamente escandalizado de la niña de la boca de chupona
"Mamá!". La madre apenas la miró,
hizo un guiño y siguió a lo suyo. La jovencita buscó al
novio, pero vió que este ya estaba ocupado en un baile a tres lenguas con una
morena y una mulata.
A falta de músicos, decidió que las otras tres bailarinas
del grupo también valían una aventura y con un ritmo apasionado se entrelazaron
las cuatro.
Aquello iba extendiéndose. A los dos ingleses maquineros
tampoco les había pasado por alto la que se estaba montando y sus samberas
estaban igual de bien
dispuestas que los músicos. Cayeron ropas y se juntaron
humedades.
En pocos minutos, igual que había empezado la fiesta y el
baile, por el sambódromo se extendió el calor del sexo en grupo al aire libre,
en una enorme orgía.
Con mis tres bailarinas gozé de lo lindo. Myren me comió la
polla tan despacio que pensaba que me iban a caducar los espermatozoides, pero
el orgasmo que
me produjo me recompensó sobradamente. Con Katia y Ez, la
negra de piel brillante y cabello casi rapado, hicimos un triángulo casi
equilátero donde nuestras
bocas gozaron de los jugos de los cuerpos de todos. Myren
estaba sentada en mi boca mientras sus dos amigas se turnaban lamiéndome el
pene y los huevos
al ritmo justo para mantenerme a punto de explotar, cuándo
un músico de sonrisa enorme y rabo aún mayor me preguntó si le permitía
llevarse a Myren.
Desconocedor del protocolo de las orgías y no queriendo
parecer ni egoista ni mal educado y aunque reconozco que pensé que con tanta
mujer disponible y
bien dispuesta ya eran ganas de tocar las narices venir a
buscar la mía (bueno, una de las que yo tenía en usufructo en aquél momento),
dije que sí poniendo
la mejor cara de que fui capaz. En intercambio, como si de
parejas de baile se tratara, me dejo a Lia, una jovencita de cara de angel,
cuerpo de adolescente
y sonrisa de diablesa, de piel clara, cabello rizado y
rasgos de mulata que pronto sentó su coñito depilado en la boca que había
dejado huérfana Myren.
De reojo vi al Oso follando el culo de una de sus compañeras
de baile mientras la otra, con un dedo en su culo peludo, le comía los huevos.
La noche continúo con inacabables cambios de parejas, de
grupos y de razas. Lo hice con turistas, con mulatas, creo recordar que en un
momento dado intenté
tocar algun instrumento de viento con el ano y bebí no se
cuántas caipirinhas, que debían llevar algo dentro, porque si no no me explico
que pasara todo
aquello.
Me desperté en la calle cuándo ya amanecía. Cuerpos desnudos
yacían a mi alrededor y hasta donde me llegaba la vista (que con la resaca y el
sol en los
ojos no era muy lejos). Me levanté. Vi a Lia abrazada al Oso
unos grupos más allá. Busqué con los ojos a Myren, Ez y Katia, pero ni rastro.
Agarré un colorido conjunto amarillo y verde del que algún
músico se había despojado en ardores eróticos unas horas antes y me lo puse.
Esa foto, si alguién
la hizo... le rompo las piernas.
Caminando en busca de transporte vi que aquél señor maduro
que lo había iniciado todo al desnudar a su mujer seguía observando un poco
distante todo el
panorama. Por lo menos el hecho de que él ahora vistiera un
colorido conjunto naranja y amarillo me indicaba que tampoco había sido inmune
al festejo general.
Me acerqué a él con curiosidad. Su mirada era amable, un
poco socarrona, cómo si supiera lo que le iba a decir.
"Bom dia" le dije. "Buenos días ¿has pasado
una buena noche?" me respondió.
"Vaya, es Vd. Español. Si. La verdad es que lo he
pasado muy bien. Lo que no se muy bien es lo que ha sucedido aquí".
"Bueno. Son cosas que pasan a veces en las
circunstáncias adecuadas".
"¿Orgías de más de catorce mil personas?" pregunté
incrédulo.
"Te sorprendería saber que son más habituales de lo que
parece. En Junio del año pasado se montó una parecida en Barcelona, aunque aquí
hay como quinientas
personas más. Le he tomado el gusto a la cosa. Es como un
hobby".
"Entonces lo del millonario Español que había
organizado el carnaval hoy... ¿era Vd?"
Se puso a reir con ganas. "¿Yo millonario? En ideas y
en ganas de vivir, que es lo que importa. En dinero... no hay dinero en el
mundo para organizar algo
así"
El brillo de sus ojos apenas ocultaba una sonrisa burlona
que me dejaba claro que ni me lo iba a aclarar ni, si lo hiciera, yo sería
capaz de entenderlo.
Decidí aceptar la situación como se me presentaba. Sonreí y
le ofrecí mi mano. La estrechó con energía. Me pareció que sus ojos tomaban por
un momento
una expresión cálida pero enseguida recuperaron el brillo
inteligente del que sabe algo más.
"¿Y si esto es como un hobby para Vd., donde va a ser
la próxima orgía multitudinaria?" me atreví a preguntarle.
"Ya veremos" contestó enigmático. "A mi me gustaría
que fuera en la cima del Everest, pero no se si vamos a poder llevar a tanta
gente".
Por lo que pudiera ser le dejé mi teléfono para que me avisara.