No quiero correrme.", dije. "¿Por qué?",
preguntaste, en un hilo de voz. "No quiero
correrme sin ti", respondí. "Chúpamela",
ordenaste por toda respuesta, y yo obedecí. A
pesar de lo movida que había sido la noche, la
tenías a media asta. Supongo que todo aquello te
ponía a
mil. Yo continué mamando como la puta
que ya era. La puta que no sabía que era y en la
que tú me habías convertido con tu
inconmensurable morbo...
"¿Por
dónde quieres que te la meta?",
preguntaste. El dilema me partió en dos: por un
lado, tenía el culo en carne viva, pero sabía
que a ti
por aquella vía te encantaba más que
nada; por el coño me gustaba más, pero por el
culo el morbo era mil veces mayor. "Por donde tú
quieras.",
respondí. Y la respuesta te
satisfizo.
Te acercaste a
mi grupa y yo cerré los ojos,
esperando la brutal acometida que iba a abrirme.
Apoyaste el capullo en la entrada de
mi coño y
empujaste. No te costó metérmela a fondo al
primer envite. Me sorprendió porque no era lo
que yo esperaba. Creí que ibas a sodomizarme,
pero me alegré de aquella sorpresa. Estuviste
así durante un rato. Me ordenaste acariciarme y
yo lo hice con muchas ganas de correrme, pero
conteniéndome para hacerlo durar. Tus envites
eran cada vez más brutales y a tope. Comencé a
gemir. Entonces sacaste tu verga y preguntaste:
"¿Duele?". Yo negué con la cabeza y tú apoyaste
el garrote contra la entrada de mi culo.
"Ahora va
a dolerte", dijiste, "pero sé que para
ti será más
intenso". Lubricada por la pomada y
por el semen de las tres vergas que se habían
corrido en mi interior, te recibí. Mi esfínter,
ya más habituado, se abrió y fue admitiéndote
poco a poco. Te condujiste con una lentitud
enervante. "Dame tu culo, perra", dijiste, y yo
me estremecí de morbo al escuchar estas
palabras. "Voy a convertirte en una puta de
lujo. vas a ser la más guarra de
todas.", y al
hacerlo, profundizaste las penetraciones.
Continué acariciando mi botón
hasta que de
pronto sentí aquel espasmo, doloroso de tan
placentero, que recorrió toda mi espina y fue a
estallar dentro de mi coño como un juego de
luces de bengala.
Grité y jadeé
como una hembra en celo. "Una
cerda, una perra es lo que eres", dijiste, antes
de
soltarme. Me derrumbé hacia delante. Aún los
espasmos me recorrían con un temblor
incontenible. Tus manos dieron vuelta a mi
cuerpo y quedé boca arriba, mirándote, mientras
tú, desnudo entre mis piernas, continuabas
acariciando tu garrote. Aún temblante, acerqué
mi boca a la punta y en ese momento la nieve
tibia contenida en tus huevos se derramó, y me
tocó el paladar. La bebí con una avidez
desesperada. La visión de mis labios llenos de
aquella miel, te turbó y te abalanzaste sobre
mí. Besaste mi boca húmeda de tu leche con
reverencia. Con devoción casi, y yo me derrumbé.
Los sollozos estallaron en mi pecho y
tú me
acunaste en un abrazo muy dulce: Estaba
destinada a ser tu puta y los dos lo sabíamos.
De las semanas
siguientes guardo un recuerdo
inconexo y vago. Esa noche me quedé en tu
apartamento. Me cargaste en brazos hasta tu cama
y nos dormimos abrazados. Despertamos cuando el
sol ya estaba muy alto. Después de una ducha, me
puse una camiseta tuya, blanca, muy holgada, que
me llegaba a medio muslo y un par de sandalias.
Sujeté la camiseta con
un cinturón ancho de los
tuyos. El atuendo era perturbador, porque era
evidente que debajo no llevaba nada y los
pezones se dibujaban claramente bajo la tela. Tú
te pusiste un par de shorts hechos a partir de
un pantalón vaquero muy viejo, una camiseta que
dibujaba estrictamente los músculos de tu torso
y un par de sandalias.
Bajamos al
parqueo y subimos al descapotable. Me
llevaste a un lugar que no se anunciaba en
ninguna
parte. Ni siquiera tenía rótulo a la
entrada. Estaba en un barrio lejos del centro,
en una calle desierta y silenciosa. Abriste con
tu llave y entramos. Después de atravesar un
patio lleno de grandes macetas con flores, al
que daban numerosos balcones de hierro forjado,
subimos una escalera al fondo y llegamos ante
una puerta que abriste con otra llave. Dentro
nos recibió un tipo con una pinta
definitivamente gótica. Me examinó de pies a
cabeza y pareció complacido.
Pero entonces
dijo: "Desnúdate" y yo te miré,
interrogante. Asentiste y yo me relajé. Zafé el
cinturón y me saqué la camiseta por la cabeza.
Quedé ante él
completamente desnuda. Sopesó mis
tetas con su mano enguantada y luego dio la
vuelta
y examinó mis nalgas. Las abrió y exploró
el agujero entre ellas. Yo di un respingo pero
no me atreví a protestar, ni siquiera cuando me
dio la vuelta y me
empujó contra el mostrador.
Me asió por la
cintura y me sentó encima de
éste. Sin decir palabra, abrió mis piernas y su
dedo enguantado entró en mi coño. Su otra mano
sujetaba mi abdomen y yo te miré, sorprendida.
Pero tu mirada
me tranquilizó y lo dejé hacer.
"Buena
elección", ponderó por fin. "Es fuerte,
tiene buenos músculos perineales y con el
entrenamiento adecuado estrechará a tus clientes
que es una delicia.", dijo. Yo me sentí tratada
de
nuevo como una res pero no dije nada. El tipo
en cuestión no era apuesto: Alto, huesudo,
pálido, vestía una túnica negra, larga hasta los
pies y cerrada en el cuello, con largas mangas.
Sus facciones
se parecían a las de Nosferatu.
Estaba
completamente rapado y no tenía bigote ni
barba. Después supe que tenía todo el cuerpo
cuidadosamente depilado, tal vez por eso carecía
de cejas y sus únicos remanentes pilosos eran
las
pestañas. Y sin embargo, de tu cuerpo se
desprendía un aura de lujuria. Era
perturbadoramente atractivo a pesar, o tal vez
precisamente por, ser tan feo.
Sobre el
mostrador, como si fuera una
improvisada mesa de exploración, me introdujo
dos dedos en el coño y me palpó como el más
eficiente de
los ginecólogos. Después, examinó
mis tetas y por último me tomó una muestra de
sangre. "¿Lo de siempre?", preguntó. Tú lo
miraste con intención, pero asentiste. ¿No
era
yo la primera? Debí suponerlo. Pero no dije
nada. Seguro habías sabido antes que yo misma
que era una puta precisamente porque tenías
mucha experiencia con ellas. En todo caso, ¿qué
derecho tenía yo a preguntarte nada?
Del mismo modo,
me bajó del mostrador y nos hizo
pasar a
un cuarto aledaño. En barras
horizontales paralelas a las paredes había miles
de prendas cuidadosamente ordenadas por colores:
corsés, tangas, sostenes, ligueros, vestidos.
todos de los más variados materiales:
terciopelo, cuero, raso, brocado, gasa, tul,
encaje, látex, lycra, gamuza, seda. con
el ojo
certero de un mago, Hiperión escogió una serie
de prendas y te las presentó. Las examinaste una
a una y las aprobaste todas. Te miré
interrogante: ¿no era preciso que me las
probara? No, el ojo de Hiperión era infalible.
Entre tanto,
siguió escogiendo: blusas, faldas,
túnicas,
capas, medias, guantes, capuchas,
antifaces, altos tacones de aguja, de
plataforma, botas. parecía ya tener
decidido de
antemano lo que me iba bien. ¿Cómo era posible?
Entonces mis
ojos se fijaron en un rincón. Sobre
una mesa había un conjunto de fotos ampliadas.
No me costó
reconocerme: Era yo, con liguero y
medias negras, y tú me estabas follando. las
habían tomado en el hotel de paso, y por el
ángulo concluí que había sido a través del
espejo.
Cerré los ojos, impactada, y tuve que
hacer un enorme esfuerzo para conservar la
calma. Hiperión nos había fotografiado mientras
tú estrenabas mi culo.
Si alguno se
dio cuenta de lo que yo había
visto, no lo demostró. Maldito si les importaba.
Sobre un
tablero vi una ampliación de una de las
fotos.
Destacaban mi cara, mis pechos y mi
pubis. También mi cabellera negra. Había
anotaciones a lápiz rojo en una caligrafía
imposible de entender. Parecían letras griegas,
árabes o rusas. y al lado una serie
de
acuarelas. Me quedé atónita: era yo, pero
realzada por aquellos modelos que Hiperión había
seleccionado. Lo miré, sorprendida, pero él
charlaba animadamente contigo.
Había diseñado
toda una nueva imagen para mí.
Más mujer, más
lujuriosa, más. excitante.
Destacaba todos
mis puntos buenos y disimulaba
algunas pequeñas imperfecciones. Mi larga
cabellera
negra destacaba en varios de los
diseños. También mis ojos azules. Pero la imagen
era definitivamente gótica. La mayor parte de
las prendas eran negras, ocres o rojo sangre.
Nada de colores
pastel. También había un esquema
de mi rostro con diversos colores y zonas
cuidadosamente delimitadas para aplicar el
maquillaje.
En la siguiente
hora, Hiperión se dedicó a
explicarme cómo debía arreglar mi cabello, cómo
ponerme un tanga (siempre, SIEMPRE después de
ponerme las medias y el liguero, porque de
hacerlo antes sería imposible de quitar, a menos
que lo hiciera pedazos) y qué clase de
maquillaje
debía usar con qué ropa. También
mencionó que debía recibir un tratamiento
completo de depilación permanente, y un
delineado de cejas y ojos. Me pondría en manos
de Morgana, indicó, y tú asentiste. Luego
pasamos a las joyas y ahí me quedé al borde del
desmayo cuando abrió un portafolio y puso encima
del tablero sus diseños.
Había aretes,
pulseras, broches para el pelo,
esclavas para el tobillo, grilletes, cadenas,
collares de perra, traíllas y, sobre todo,
muchos anillos y broches de diferente tipo para
piercings. Tú escogiste muchas de aquellas
maravillas
y luego Hiperión abrió una gaveta.
Las piezas
escogidas relucían sobre el
terciopelo negro. También escogiste varios
collares con grandes bolas de diversos
materiales: carey, coral, madreperla, cristal.
todas montadas en plata. "Bolas chinas", las
llamaron ustedes. Y yo ya sabía para qué
servían.
Cuando
terminamos ahí, Hiperión nos condujo a
otra habitación. Ahí nos atendió Morgana. Yo
seguía totalmente desnuda. Me sumergió primero
en una tina abierta en el suelo mismo de la
habitación, una enorme losa de mármol blanco. Me
aplicó aquel baño tibio y humectante. Luego
abrió el
desagüe y cuando la tina se hubo
vaciado, lo cerró. La llenó de un líquido espeso
y cálido, que me cubrió por completo desde el
cuello a los pies. Me sacó de ahí con mucho
cuidado y esperó a que la sustancia se
endureciera. Hecho esto, la desprendió y en ella
quedó adherido todo el vello de mi cuerpo. La
operación fue totalmente indolora y yo no podía
creerlo. Mi piel estaba lisa y suave como la de
un bebé, pero completamente lívida, como mi
nombre.
Me recostó en
un sofá de cuero y se dedicó a mi
rostro. Me aplicó una mascarilla y después, con
un láser, eliminó todo el vello superfluo. Mis
cejas fueron delicadamente delineadas. Tatuó
también un delineado permanente sobre mi párpado
superior.
Luego se concentró en mi cabello, al
que dio un tratamiento revitalizante que
realzaría su color natural: negro como la noche.
Hecho esto,
Morgana, Hiperión y tú me sujetaron
a los grilletes metálicos que tenía el sillón
reclinable. Me abrieron de piernas y se
concentraron en los agujeros del área perineal.
Introdujeron un
condón en cada uno de mis
agujeros y los llenaron a presión de yeso
húmedo, primero uno y luego el otro. Con esto
obtuvieron
impresiones de mis cavidades
dilatadas al máximo. Después repitieron la
operación en forma simultánea. El proceso no fue
muy doloroso (bueno, dolió algo, pero lo soporté
sin problemas) ni especialmente desagradable,
aunque sí extraño y muy perturbador. El yeso
estaba cálido y me dejó una sensación excitante
en la entrepierna.
"Tiene una
elasticidad deliciosa. mira todo lo
que le cabe", dijo Hiperión, mostrándote las
impresiones, y tú asentiste. "Tienes que
entrenarla para que admita dos vergas. además,
su coño es una fábrica de jugo. mira
cómo se ha
puesto con la prueba". Avergonzada, noté cómo
los tres metían sus dedos y comprobaban la
humedad de mi estrecho pasaje al paraíso.
Morgana abrió con dos de sus
enguantados dedos
mi raja y tocó mi botón. Era una mujer con un
físico impresionante, de esas que hacen muchos
aeróbicos y pesas. A sus casi cuarenta años no
tenía un gramo de grasa.
Vestía un body
de látex rojo, con una cremallera
negra al frente, que terminaba detrás, al final
de
su grupa, después de haber recorrido toda su
entrepierna, lo que dejaba a las claras que una
vez abierta la cremallera, todos sus agujeros
eran
practicables. La prenda no tenía tirantes,
pero sí un escote que sostenía perfectamente sus
tetas sin ocultarlas lo más mínimo. Las
aberturas para las piernas eran tan altas que
dejaban al aire la mitad de sus nalgas y
terminaban casi en su cintura. Tenía teñido el
pelo de un color rojo furioso, del mismo tono
exacto que su lápiz labial, y sus ojos verdes
brillaban como un par de esmeraldas sobre un
trozo de terciopelo blanco.
Tenía una
belleza a la vez exótica e
inquietante. Y de improviso me descubrí
deseándola. Jamás había sentido nada semejante
por una mujer y la constatación de ese deseo me
golpeó con una intensidad inmensa. Por una vez,
cedí a mis impulsos. Estaba muy cerca y me
apoderé de su boca. Para mi sorpresa, ella no
sólo correspondió a mi beso, sino que me
introdujo su lengua y profundizó la caricia de
un modo lascivo e insolente. Mmm. exquisito. Los
dos
hombres se nos quedaron mirando,
sorprendidos.
"Vaya par
de putas.", exclamó Hiperión. Pero no
estaba disgustado. Abrió la cremallera del body
y
sacó las tetas de Morgana. Estaban anilladas.
"Algún día
tú tendrás un par de estas, si tu amo
lo permite.", dijo, de modo raro. "Y también
esto, si
eres digna". Me mostró un signo bajo la
teta derecha, enhiesta y blanca: una estrella de
cinco puntas. Tú te desprendiste del trozo de
piel falsa y apareció el mismo signo bajo la
tetilla derecha, y lo mismo hizo Hiperión. ¿Qué
era aquello? ¿Una secta secreta?
"Algo
así", respondió el mago. Porque Hiperión,
lo comprendí, era una especie de mago, y
Morgana, claro
está, era una bruja. Y tú, mi
querido, putísimo Antonio, eras su aprendiz. Uno
muy
aventajado, por cierto. Y mi iniciación,
supe entonces sin que me lo dijeran, apenas
estaba comenzando.
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