Entré y estabas ahí, sentada, platicabas con tu amiga,
sonreías. Podía verte con esa carita angelical que se iluminaba con tu sonrisa.
Tu cabello ondulaba
con tus movimientos, podía adivinar
tu cuerpo a pesar de los jeans que llevabas en fundados sobre tu cuerpo. Se
adivinaban tus formas, yo las adivinaba.
Me sonreíste cuando nos presentaron, tu mano se extendió
como la de una diosa que me invitaba a subir al cielo. Tu imagen se grabó en mi
mente y en mis
sueños eróticos, no pude poner
mayor atención a la charla que nos había reunido. Era como una fuerza que no
podía evadir y yo no quería. Imaginé como te
verías con una falda abierta, que
mostrara tus piernas que sin duda eran hermosas, imaginé tu piel, en esos
momentos casi pude ver como te verías al cruzar
las piernas mostrándome un poco
más. Se adivinaba tu ropa sexy al interior de tus jeans, era un poderoso
sortilegio que me hipnotizaba. Se podía sentir
el pliegue de tu tanguita, casi
lograba sentir el encaje que se alineaba por tu entrepierna, era delicioso
imaginarte así.
Tu personalidad inundaba la sala en la que nos
encontrábamos, era una sensación erótica que cargaba la atmósfera, que me hacía
voltear a verte a cada momento.
Es obvio que para ese momento sabías que ejercías un poder
de atracción especial hacia mí. Tus labios me hacían sospechar los deliciosos
besos que sabrías
dar al hombre que pudiera
sentirlos. Imaginé tu boca junto a la mía, nuestros labios fundidos en uno
solo, nuestras lenguas entrelazadas y compartiendo
la savia de nuestras bocas,
probando del néctar de tu boca. Que hermosa visión al ver como te levantabas de
la silla y te agachabas a tirar las colillas
del cigarro, puede ver la piel de
tu espalda, era maravillosa tu cadera, imaginé entonces como sería tenerte
entre mis brazos y acariciar tu cuerpo, tu
piel.
Era una reunión que se me estaba haciendo insoportable
porque mi cuerpo pedía más, pedía a gritos sentir tu cuerpo, ir bajando
lentamente tus jeans mientras
mi boca buscaba desesperadamente la
tuya. Mis dedos recorriendo tu cuerpo, dibujándolo, reconociendo cada uno de
los puntos sensibles de tu piel. Imaginé
como mi boca recorría desde la
punta de los dedos de tus pies y mi lengua saboreando cada parte de ti,
subiendo poco a poco, por tus piernas, descubriéndote
con mi lengua, hasta llegar a tu
entrepierna, sintiendo el borde de tu tanguita, sintiendo por encima de la
tanga la parte secreta del placer.
Pasar hasta tu vientre, haciendo que tu cuerpo me desee más
y más, subir lentamente hasta tus senos, ricos, endiabladamente seductores,
imaginé como se
sentirían al contacto con mis
manos, con mis labios, con mi lengua. Pude sentir tu excitación, escuchaba tus
pequeños gemidos de placer, esos que me enloquecen,
escuché tu voz pidiendo que te
hiciera mía, que penetrara tu cuerpo y juntos encontráramos el placer del
encuentro de dos cuerpos ardientes y consumido
por el deseo.
Mi cuerpo reaccionaba junto al tuyo, era evidente mi excitación,
el deseo me inundaba y el mundo desaparecía bajo tu cuerpo, sobre tu piel, mi
mundo eras
tú, tus palabras delirantes de
pasión me encendían aún más. Mi ser entraba poco a poco en ti, tu deseo se
mostraba en la gran humedad que tu sexo tenía,
en esos ricos jugos que mostraban
el placer de una mujer que estaba a punto de llegar al clímax. Imaginaba tus
palabras -cógeme, hazme tuya, te deseo dentro
de mi- y esos grititos de placer -
ahg!, más, así, sigue!- esas palabras entrecortadas por el placer de tener algo
más que sexo. Una visión fascinante
la de tu cuerpo dándome las
muestras del deseo de mujer, de hembra en celo, de una completa diosa del
placer.
De pronto la plática terminó, mi deseo se contuvo en la
respiración agitada que por momentos me hacía dudar. Eso había sido sin duda un
gran principio,
¿podría continuar luego?