Ante la imposibilidad de tomar un ómnibus a esa hora de la tarde decidí parar un taxi. Después de varios intentos fallidos, al fin pude lograr que uno se detuviera, y aunque no iba exactamente hacia donde me dirigía, era preferible a estar varado en una parada hasta sabe Dios cuándo.
La sonrisa que se dibujaba en mi rostro por el "gran triunfo obtenido" se esfumó apenas entré al viejo Chevrolet. En la radio, con el volumen más alto de lo normal, estaba sintonizada la "mesa redonda" en su segundo día de ataques dirigidos al jefe de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana, James Cason, y a la oposición interna.
Los diez minutos que transcurrieron desde que abordé el auto hasta que lo abandoné me parecieron una eternidad, pero al fin caminaba libre de aquello que consideraba una diabólica tortura mental, y que no podía imaginar fuera el preámbulo de la más fiera represión dirigida contra la oposición pacífica en los últimos 10 años.
Con dos horas de retraso llegué a mi destino, la casa del líder sindical independiente Pedro Pablo Álvarez, con quien debía coordinar una entrevista en la que Álvarez daría respuesta a las graves acusaciones que se estaban formulando contra algunas figuras de la oposición por parte de la prensa oficialista.
No habían transcurrido ni diez minutos de mi llegada al pequeño apartamento cuando sonaron fuertes golpes en la puerta. Al abrir, ocho miembros de la Seguridad del Estado con dos vecinos del edificio mostraban una orden de registro y detención contra el líder sindical. Eran las 7 y 30 de la noche, exactamente. Treinta minutos antes de que se anunciara oficialmente en el noticiero estelar de la TV el arresto de decenas de opositores, periodistas independientes y activistas de los derechos humanos.
Mientras los agentes de la policía política practicaban el minucioso registro, un camarógrafo filmaba todo lo que se llevaba a cabo. Elizabeth, la esposa de Pedro Pablo, el hijo Pablito y yo permanecíamos en silencio en la pequeña sala. Silencio que sólo era interrumpido por los ladridos de las dos perritas, las que tal vez por ese sexto sentido que poseen para prever el peligro, conocían de antemano el fatal desenlace.
A las 9 y 30 de la anoche el oficial que dirigía el operativo ordenó a un agente que me sacara del apartamento; cuando me conducían, miré hacia la habitación que hasta ese momento funcionaba como biblioteca. Todo estaba "patas arriba", y mantenían a Pedro Pablo sentado en un extremo. Estaba sereno, sin que se apreciara en su rostro ninguna señal de nerviosismo. Cuando intenté despedirme del entrañable amigo, el agente, tomándome fuertemente del brazo, me lo impidió, sacándome del apartamento.
Ya en la calle, se le unió otro agente, y entre ambos fui escoltado hasta un pequeño parque situado en Carlos III y Plasencia, donde fui advertido de no acercarme más al lugar.
Después del registro, que se prolongó hasta las 4 de la madrugada del día 19, Pedro Pablo fue conducido hacia el cuartel general de la Seguridad del Estado, en Villa Marista, donde deberá permanecer hasta que se monte la "farsa" en su contra.
Al día siguiente comenzamos a comprender en toda su magnitud la gravedad de lo ocurrido durante lo que en los medios disidentes se ha bautizado como "la noche de los cuchillos largos", acción con la que se pretende quebrar y dispersar a la oposición pacífica en la Isla.
En estos momentos, al parecer, la ola represiva ha amainado y los arrestos son cada vez más esporádicos. Los que aún estamos en la calle continuamos nuestra labor, ahora doblemente comprometidos, en primer lugar, con nuestro pueblo y en segundo, con nuestros hermanos encarcelados, aunque no sabemos a ciencia cierta cuánto tiempo durará esta inquietante tranquilidad ni cuánto disfrutaremos de esta frágil libertad…