El pollo americano

El pollo americano

A mi padre, que era un buen guajiro, le oí decir desde mi niñez que todo cristiano debía descansar después del almuerzo y no lanzarse de sopetón al trabajo luego de haber comido.

Tal vez por eso siempre que puedo duermo la siesta. Me refiero a ese lapso que media entre la 1 y las 2 de la tarde, cuando se aplaca un poco el bullicio del pasillo aledaño al hogar.

Pero aquel día mi descanso se vio interrumpido por la voz clara y chillona de Carmen, la vecina de enfrente:

- ¡Oscar Mario, vino el pollo americano!

Sin pérdida de tiempo me levanté de la cama y, tarjeta de racionamiento en mano, dirigí mis pasos hacia la carnicería, no sin antes darle a mi esposa la buena noticia.

En el comercio esperaban unas 15 personas, casi todas de la tercera edad, ya que los jóvenes, por lo general, no se ocupan de estos menesteres. Tan fastidiosa tarea parece haber quedado reservada a los más viejos de la casa.

Confieso que aunque estuve una hora y media de pie, el tiempo se fue volando, pues tuve la suerte de conocer a un señor pasado de la media rueda, bien aficionado al ejercicio de la sin hueso, que me relató todas las desventuras de sus cuatro matrimonios anteriores y su actual felicidad al lado de Rita quien, según él, es una baracoense fiel y abnegada como pocas mujeres. Con igual destreza, Rita zurce un par de medias, prepara un tamal de hojas o cocina una caldosa.

Así pues, sin darme cuenta, me vi con la libra y media de pollo en la mano (tres cuartos de libra por mi esposa y otro tanto por mí). Todo lo cual deposité sobre la mesa del comedor, al tiempo que me sentaba en la sala a leer el periódico.

Esta vez la quietud de mi lectura se quebraba ante la voz alterada de mi esposa:

- Mira esto, viejo, faltan cuatro onzas. Este carnicero es un descarado. Ahora mismo voy a reclamarle.

Efectivamente, mi esposa, que todo lo pesa y comprueba haciendo uso de nuestra pequeña pero exacta balanza de platillo, había sometido la supuesta libra y media de pollo a la prueba de la duda.

Considerándome más dada a la negociación y la diplomacia que ella, aunque no exponiéndoselo como razón, le dije que iría personalmente a hablar con Jorge el carnicero.

De nuevo en la carnicería y llamándolo discretamente, le informé de la irregularidad en el pesaje y le expresé mis deseos de que corrigiera el "error". Su respuesta, lejos de ser reconciliadora y discursiva fue concisa y cortante:

- La empresa me tiene prohibido que corte los muslos. Dicen que hay que darlos enteros y anotar la diferencia a fin de reintegrársela o rebajársela a los compañeros en el próximo envío. La vez anterior les di, aquí lo tengo anotado, dos onzas de más y ustedes no me dijeron nada.

Le contesté que yo no quería convertir aquello en una discusión inútil, y que si estaba de acuerdo, me diera las dos onzas que en este caso me faltaban. Mi voz tuvo un efecto persuasivo sobre Jorge el carnicero.

En su tostada diestra brillaba el filo justiciero del hacha que, al caer sobre el pollo congelado, cortó el ala derecha produciendo un ruido seco, agudo, de rabia o derrota, o ambas cosas a la vez.

Ya en la casa meditaba si valía la pena o no haberse molestado yendo y viniendo de la carnicería. Si aquel pedazo de pollo, cuyo contenido de carne era insignificante, merecía tan desagradable incidente. En medio de esta reflexión oía la voz de mi esposa, triunfal:

- Tú ves, viejo, así hay que hacer. Viste cómo tuvo que darte el pedazo de pollo que te había robado. Aquí hay que defenderse y reclamar porque niño que no llora no mama.

Finalmente, desde el portal observaba cómo el vecino de al lado, con un cincel, iba perforando el muro de su casa, tratando de abrir un hueco por donde se fuera el agua mala que no dejaba crecer las rosas de su jardín. ... …

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