En Cuba hay muchos profesionales universitarios, pero también es verdad que la mayoría de ellos sobrevive trabajando en ocupaciones disímiles y hasta antagónicas al nivel social y cultural que ostentan. Además, están aquellos que siempre han visto en las misiones internacionalistas un escape más amplio a sus vicisitudes económicas.
Hay abogados que después de su horario laboral con el Estado cosen zapatos y hornean dulces caseros para subsistir y mantener decorosamente a su familia. Asimismo, médicos que ingresan en el mundo subterráneo del comercio ilícito vendiendo paqueticos de maizena, canela, comino o bijol. Otros que laboran al pie de un torno luego de concluida su guardia médica, y muchos que alquilan un dormitorio de su vivienda por un puñado de dólares a un pariente o amigo venido de Miami para que pernocte con cualquier jovencita prostituta.
Maestros que venden de contrabando ropas recicladas a los padres de sus propios alumnos; bibliotecarios que ofertan café y cigarros al menudeo; ingenieros convertidos en choferes de alquiler.
La cultura de la supervivencia en la Isla ha llegado allende los mares, pues en la actualidad los proxenetas cubanos manejan un negocio más lucrativo: la oleada de trabajadoras internacionalistas desatada hacia Venezuela.
Es cierto que en Cuba hay un por ciento mayor de profesionales universitarios, técnicos e intelectuales con relación a los demás países latinoamericanos, pero también es cierto que debido al desastre económico y sociopolítico, producido por el régimen de Castro, estos médicos, abogados, maestros, ingenieros, periodistas, escritores, han tenido que prostituir de una manera u otra su condición de profesionales en aras de la supervivencia. …