La mayor parte de las familias nativas conocen la experiencia de un cambio de vivienda o permuta, como le decimos acá. Ante todo reconozcamos que la permuta es una elucubración inherente al totalitarismo marxista. Como tal apareció en nuestro país después de 1959, acompañando a otras tantas desgracias domésticas, como la improvisación de "barbacoas", instalación de "ladronas" (bombas para llevar el agua a los hogares), conversión de garajes en dormitorios, y un sinnúmero de aberraciones propias de un sistema marcado por la ineficiencia y la irracionalidad.
En la Cuba de siempre, me refiero a los años precastristras, el fenómeno de la permuta era desconocido. El vocablo como tal estaba ausente del habla cotidiana, confinado a los libros de texto y obras literarias. Porque la permutano es más que un trueque. Es decir, un tipo de intercambio de bienes propio de las sociedades primitivas o comunidades atrasadas, ajeno al quehacer del hombre moderno.
Como cualquier otro trueque, la permuta tiene su mayor dificultad en la búsqueda. Es decir, usted tiene que encontrar una casa que se ajuste a sus necesidades, y el dueño de la vivienda encontrada ha de querer la suya por iguales razones. En fin, ambas familias han de concordar en el intercambio de sus respectivos inmuebles.
Cuando el hombre antiguo requería una vaca, le resultaba fácil cambiarla por un caballo. Tratándose de la vivienda, la cuestión no es tan sencilla.
El hogar es otra realidad. Está sujeta, como pocas cosas en la vida, a ese complejo mundo de las necesidades, preferencias y hasta caprichos del ser humano. De aquí que existen personas con intención de permutar y, pese a llevar años enfrascados en la tarea, no logran cristalizar sus propósitos. Cuando encuentran algo ajustado a sus deseos, lo suyo no se aviene a los intereses del otro. Por el contrario, a veces lo nuestro llena las exigencias ajenas, pero a nosotros no nos satisface la propuesta.
Mas, cuando dos familias logran ponerse de acuerdo en asunto tan espinoso, tienen ante sí todo un largo y sinuoso camino que transitar, lleno de embrollos y dificultades; toda una pelota de enredos y marañas burocráticas.
Porque realmente el cubano no es dueño de nada, excepto de su miseria y sus cadenas, y el ejercicio del derecho a cambiar su vivienda no puede hacerse efectivo sin el consentimiento estatal. Tal acción no la decide él sino el Estado, a través de una entidad llamada Dirección de la Vivienda. Son los hilos burocráticos que mueven sus funcionarios los que deciden si se puede o no hacer una permuta.
El mismo nombre de la entidad revela la naturaleza injusta y descabellada del sistema que lo sustenta. Porque, ¿cómo se ha de dirigir lo que me pertenece? Aquello que por ser mío sólo ha de estar sujeto a mi voluntad, incluyendo mi decisión de venderlo, cambiarlo o regalarlo a quien quiera y cuando me venga en ganas.
Al fin llega ese día promisorio en que ambas familias, luego de salvar diferencias y desacuerdos, convienen en permutar sus hogares y concurren a la Dirección Municipal de la Vivienda. Previamente, tuvieron que buscar y rebuscar todos los documentos recabados por la entidad municipal, entre ellos, aunque parezca irónico, los títulos de propiedad. Porque en esto de otorgar títulos el sistema es pródigo y bondadoso: y claro, la mudez del papel aguanta todo lo que le pongan.
Así pues, el día señalado de antemano ambos solicitantes se levantan bien temprano. Provistos de una botella de agua y algo para comer, porque la cola, sin ser tan larga, es excesivamente lenta. La morosidad de los funcionarios suele ser angustiosa y la amabilidad en el trato está ausente. No obstante, los que solicitan están dispuestos a soportarlo todo, a hacer de tripas corazón, pues van movidos por la bella idea que provocan los nuevos sueños de una nueva casa, cuyas puertas invitan a una nueva vida. …