Casa vacía.

Después de tantos años, me encaminé con una moderada expectativa a la casa
vacía. El Abuelo, que llevaba varios años de viudez finalmente asumida, me
la había dejado en su testamento, con la expresa condición de que no la
pusiera en venta; más aún, de que me instalara en ella.

Antes de decidir si iba a obedecer o no esa última voluntad, quise volver,
en una mera visita de inspección, a aquel albergue que en cierto sentido
también había sido mío.

Gracias a la amable gestión de un vecino, que fuera buen amigo del Abuelo,
tan amigo que tenía una llave de la casa, dos laborantes de toda confianza
se habían encargado de una limpieza a fondo, de modo que cuando traspasé el
veteado umbral de mármol, me encontré con una prolija casa vacía. Vacía de
personas, claro, pero no de mobiliario, cuadros, lámparas, apliques.

Me acomodé en un sillón de balance y desde allí empecé mi revisión.
Verdadera calistenia de la memoria. En la

tercera gaveta del armario el Abuelo guardaba celosamente elementos de su
vida en dibujos, apuntes, fotografías. abía una de éstas, cuyo original en
blanco y negro se había transformado con los años en pajizo y sepia. Allí
estaba el Abuelo, cuando niño, rodeado de familiares, en un puerto de
Italia, no sé cuál, todos con expresión de angustia porque habían llegado
tarde y el barco había partido sin ellos. Junto con esa imagen y unida a
ella con un ganchito, había otra foto, tan vetusta como la otra, también con
el Abuelo niño, rodeado de familiares en el mismo puerto, pero esta vez con
caras de satisfacción porque se habían enterado de que aquel barco que
habían perdido meses atrás había naufragado en pleno Atlántico. Alargué un
brazo y las fotos seguían allí, tal vez para que no olvidáramos aquella
indigna euforia.

Frente a mí había un sofá algo apolillado que todavía conservaba un marchito
recuerdo de su verde primario. Allí solía sentarse el Abuelo a leer los
diarios de la mañana. Aquello era un rito tan obligatorio como el mate
amargo. De vez en cuando hacía un alto en la lectura para introducir un
comentario como (no puede ser) o (hijos de puta) o (qué maravilla). Si
advertía mi hasta ese momento ignorada presencia, me apuntaba con el índice
y decía: (Vos no me hagas caso). Pero yo si le hacía caso. Sus esporádicas
aleluyas se me borraban, pero en cambio no se me olvidaba ninguna de sus
imprecaciones, que pasaban a integrar mi diccionario privado.

De pronto sentí necesidad de levantarme para completar el inventario y mis
consiguientes visiones. Allí, a pocos pasos, estaba el dormitorio, con su
gran lecho nupcial,del que yo siempre elogiaba su magnitud, al punto de
crear la siguiente etiqueta: (Cama especial, con verificada capacidad para
marido, esposa y amante).

Como mis padres habían encontrado una muerte prematura en un accidente de
carretera, yo viví toda mi infancia con el Abuelo. Luego me independicé,
alquilé un apartamento más bien minúsculo, y fui estudiante, siempre
sostenido, vigilado y financiado por el Abuelo,que solía estar metido en
negocios más o menos complicados (siempre legales, no piensen mal) y en esos
períodos me pedía que le cuidara su querida vivienda.

Yo estaba terminando el tercer año de Universidad cuando conocí, un poco por
azar, a una guapísima chiquilina alemana que quería practicar español. Y
vaya si lo practicamos, en todas sus ramas y desarrollos. Una tarde le
sugerí que recapituláramos una clase práctica en casa del Abuelo, que
precisamente en esos días estaba en México. Aceptó y allí fuimos. Fue mi
estreno del famoso lecho nupcial, en el que de seguro había sido concebido
mi pobre padre.

La alemana no podía creer que existiera en el para ella ennigmático
Occidente una cama tan amplia y con tantas posibilidades amatorias. Pues
existía. Y la berlinesa y yo la honramos con la más creadora de nuestras
lecciones bilingües.

Ahora, tantos lustros más tarde, cuando ya no está el Abuelo porque el
último de sus viajes fue sin regreso, yo y mi memoria nos tendemos en el
lecho mayúsculo. No puedo dejar de pensar en el artículo alusivo del
testamento del Abuelo. Por fin mido con optimismo erótico mi futuro y tomo
una decisión. Voy a quedarme con este confortable y estimulante lecho. Y de
paso, aunque importe mucho menos, con el resto de la casa vacía.

(El porvenir de mi pasado).

Mario Benedetti.

 

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