DOBLE, TRIPLE...

   Susan Sontag

Puesto que mi situación es intolerable, he decidido tomar medidas para resolverla. En vista de ello he construido un doble enteramente
como un ser humano, hecho de diversas marcas de plástico japonés, imitando la carne, el pelo, las uñas y todo lo demás. Un ingeniero electrónico al que
yo conocía montó el mecanismo interno del doble por un precio asequible; éste sería capaz de hablar, comer, trabajar, pasear y cohabitar. Contraté a un
importante artista de la vieja escuela realista para que pintara las facciones; después de doce sesiones, el trabajo quedó concluido a mi entera satisfacción.
Ni que decir tiene que el parecido del doble conmigo era perfecto. Allí estaban mi nariz ancha, mi pelo castaño, las arrugas a cada lado de la boca. Ni
siquiera yo podría distinguir al doble de mí mismo, si no fuese por el hecho de que para mi especial provecho, es evidente que él es él y que yo soy yo.
Todo lo que resta es instalar al doble en el centro de mi vida. Irá a trabajar en mi lugar, y recaerán sobre él la aprobación y censura de mi jefe. Hará
reverencias y será diligente. Todo lo que le pido es que me traiga el cheque un miércoles sí y otro no; yo le daré los billetes del autobús y dinero para
los almuerzos, pero nada más. Haré los cheques para el alquiler y demás gastos, y me embolsaré el resto. El doble será también el que esté casado con mi
mujer. Le hará el amor los martes y sábados por la noche, verá la televisión con ella todas las tardes, tomará sus bien hechas comidas y se peleará con
ella por la manera de educar a los niños. (Mi mujer, que trabaja también, paga de su sueldo las facturas de la tienda de comestibles). Le asignaré también
al doble la partida de bolos, los lunes por la noche, con el equipo de la oficina; la visita, los viernes por la noche, a mi madre; la lectura del periódico
todas las mañanas y quizá la compra de mi ropa (por partida doble, un surtido para él y otro para mí). Le asignaré otras obligaciones, según vayan surgiendo,
ya que deseo deshacerme de ellas, y quedarme solo con lo que me agrada.

Un plan fabuloso, dirá usted. Pero, ¿por qué no? Los problemas de este mundo se resuelven en realidad sólo de dos maneras: por aniquilación o por duplicación.
En épocas anteriores, menos avanzadas que la nuestra, sólo existía la primera opción. Pero no veo razón alguna para no aprovechar las maravillas de la
ciencia y la tecnología modernas en la liberación del hombre. Yo puedo escoger, y puesto que no soy del tipo de los que se suicidan, he decidido duplicarme.

En una espléndida mañana de un lunes, pongo al fin, a punto al doble y le dejo ir, después de haberme asegurado que sabe exactamente lo que tiene que hacer,
es decir, que sabe cómo me comportaría yo en cualquier situación familiar. (Las situaciones sin precedente dejo que las resuelva por su cuenta). Suena
el despertador. Se da la vuelta, da un empujón a mi mujer que se levanta de la cama doble, con aire enojado, y para el despertador. Se pone las zapatillas
y la bata, y se va renqueando, con los tobillos entumecidos, al cuarto de baño. Cuando ella sale y se encamina hacia la cocina, él se levanta y coge el
sitio en el cuarto de baño. Orina, se lava la boca, se afeita y saca su ropa de los cajones del ropero, vuelve al cuarto de baño, se viste y luego se reúne
con mi mujer en la cocina. Los niños están ya sentados a la mesa. La niña más pequeña no terminó sus deberes la noche pasada, y mi mujer está escribiendo
una nota de disculpa para el profesor. La niña mayor está sentada muy tiesa, mascando una tostada fría. «Buenos días, papá», le dicen al doble. El doble
les contesta con un pellizco en la mejilla.

Observo con alivio que el desayuno transcurre sin ningún incidente. Las niñas se van. No han notado nada. Comienzo a sentirme seguro de que mi plan va a
marchar. Solamente ahora me doy cuenta, en mi excitación, que había sentido un miedo enorme que no fuera así... de que hubiera habido algún fallo mecánico
por parte del doble, de forma que no reconociera sus claves. Pero no, todo va estupendamente, incluso la manera cómo hojea The New York Times es correcta;
reproduce exactamente la cantidad de tiempo que yo empleo en las noticias del extranjero, y la lectura de las páginas de deporte le ocupa tanto como a
mí.

El doble le da un beso a mi mujer, sale a la puerta y entra en el ascensor (¿se reconocerán las máquinas una a otra?, me pregunto). Una vez en el vestíbulo
sale por la puerta echando a andar sin prisa el doble ha salido con tiempo suficiente y no tiene que preocuparse y se mete en el «metro». Seguro, tranquilo,
limpio (lo limpié yo mismo el domingo por la noche), sin turbarse, va llevando a cabo las tareas fijadas. El estará contento mientras yo esté satisfecho
con él y así estaré, haga lo que haga, siempre que los demás estén satisfechos con él. Mientras tanto, yo me tengo para mí mismo.

Nadie nota nada diferente en la oficina. La secretaria le saluda y él responde con una sonrisa, tal como yo hago siempre; luego va a mi despacho, cuelga
el abrigo y se sienta ante mi mesa. La secretaria le trae el correo. Después de leerlo, llama para dictar algunas cosas. A continuación hay una pila de
papeles los asuntos que yo dejé sin terminar desde el viernes pasado a los que tiene que atender. Llama por teléfono varias veces, y concierta una cita,
para la hora de almorzar, con un cliente de fuera de la ciudad.

Solamente noto una irregularidad: el doble fuma siete cigarrillos durante la mañana, y yo, en cambio, suelo fumar de diez a quince. Pero lo atribuyo al
hecho de que es nuevo en el trabajo, y aún no ha tenido tiempo de acumular las tensiones que yo siento después de haber trabajado seis años en esta oficina.
Se me ocurre que tampoco tomará probablemente dos «martinis» durante el almuerzo como hago yo siempre, sino sólo uno; y no me equivoco. Pero estos no son
más que meros detalles que redundarían en crédito del doble, si alguien los notase, lo cual dudo mucho.

Su comportamiento con el cliente de fuera de la ciudad es plenamente correcto, quizá un punto con exceso nervioso y deferente, pero también esto lo atribuyo
a la inexperiencia. Gracias a Dios, ni un solo asunto le hizo dar un traspiés. Sus modales en la mesa fueron como debían ser; no picó de los platos con
desgana, sino que comió con apetito. También supo que debía firmar un cheque, mejor que pagar con dinero en efectivo, ya que la firma tiene cuenta en el
restaurante que él eligió.

Por la tarde hay una conferencia de ventas. El vicepresidente está explicando una nueva campaña de promoción en el Centro-Oeste. El doble hace un par de
sugerencias a las que el patrón asiente. El doble da golpecitos con el lápiz sobre la larga mesa de caoba y mira pensativo. Noto que está fumando demasiado.
¿Podrá estar sintiendo la tensión tan pronto? Por un momento, me siento solícito para con él. ¡Qué vida tan dura llevaba yo! Después de menos de un día
de esa vida, incluso un doble muestra cierto cansancio y desgaste. El resto de la tarde transcurre sin ningún incidente. El doble vuelve a casa junto a
mi mujer y mis hijos, toma la cena apreciándola, juega al Monopol durante una hora con los niños, ve un western en la televisión con mi mujer, se baña,
se hace un bocadillo de jamón en la cocina y después se retira a la cama. No sé qué sueños soñaría, pero espero que fueran tranquilos y agradables. Si
mi aprobación pudiera darle un sueño sin ninguna inquietud, la tiene desde luego. Estoy totalmente satisfecho de mi creación.

El doble lleva ya en el trabajo varios meses. ¿Qué puedo contar? ¿Un grado mayor de perfeccionamiento? Pero esto es imposible: estuvo perfecto desde el
primer día. No podía ser más como yo, que lo que fue al comienzo mismo. Así que no tiene que mejorar en su trabajo, sino únicamente persistir en él con
resignación, sin rebeldía y sin ningún fallo mecánico. Mi mujer es feliz con él, o al menos no más infeliz que lo era conmigo. Mis hijos le llaman papá
y le piden el dinero de la semana. Mis compañeros de trabajo y mi jefe continúan confiándole mi antiguo trabajo en la oficina.

Últimamente, sin embargo justamente la semana pasada, en realidad, he notado algo que me preocupa. Sólo levemente. Es el caso que le hace a la nueva secretaria,
la señorita Amor. Espero que no sea su nombre lo que le exalta, en alguna parte de las profundidades de esta maquinaria complicada; me imagino que las
máquinas pueden ser horriblemente literales.

Sea como sea, no es nada serio. Tan sólo una mirada prolongada hacia su mesa cuando llega ella por la mañana, una pausa de un segundo, no más, cuando ella
le saluda; mientras que yo y él hasta hace poco solía pasar por delante de esa mesa sin interrumpir la marcha. Y también parece que está dictando más cartas
últimamente. ¿Podría ser un aumento de celo respecto a la firma? Ahora recuerdo que incluso el primer día habló en la conferencia de ventas. ¿O podría
ser el deseo de retener a la señorita Amor unos minutos más? ¿Son todas esas cartas realmente necesarias? Podría jurar que él lo cree así. Pero luego nunca
sabe uno qué hay detrás de esa cara imperturbable de doble que tiene. Francamente, me asusta preguntarle. ¿Es porque no quiero saber lo peor? ¿O porque
tengo miedo de que se enfade por la violación de su intimidad? En cualquier caso, he decidido esperar basta que él me lo cuente.

El día esperado llega; las noticias que yo había temido. A las ocho de la mañana el doble me arrincona en la ducha, donde yo estaba espiándole mientras
se afeitaba realmente maravillado de cómo se acordaba de cortarse de vez en cuando como hago yo. Se desahoga en mí, confiesa todo. Yo estoy atónito de
hasta qué punto está conmovido. Atónito y un poco envidioso. Nunca soñé que un doble pudiera tener un sentimiento tan profundo, que vería llorar a un doble.
Trato de tranquilizarle, le amonesto, y por último le riño. No sirve de nada. Sus lágrimas se vuelven sollozos. El, o más bien su pasión cuyo mecanismo
no puedo sondear, comienza a irritarme. Estoy también aterrorizado de que mi mujer y mis hijos le oigan, que corran al cuar-to de baño y encuentren allí
esta criatura fuera de sí, que será incapaz de respuestas normales. (¿Podrían encontrarnos a ambos aquí, en el cuarto de baño? Esto también es posible).
Suelto la ducha, abro los dos desagües, y lleno de agua el lavabo para sofocar los afligidos ruidos que él está haciendo. ¡Todo ello por amor! ¡Todo ello
por el amor de la señorita Amor! Apenas ha hablado con ella, salvo en lo concerniente al negocio. Sin duda no ha dormido con ella, de eso estoy seguro.
Y sin embargo, está locamente, desesperadamente, enamorado. Quiere abandonar a mi mujer. Le hago ver que eso es imposible. En primer lugar, tiene ciertos
deberes y responsabilidades; es el marido y padre de mi mujer e hijos, respectivamente. Estos dependen de él; sus vidas quedarían destrozadas por un acto
de egoísmo. Y en segundo lugar, ¿qué es lo que sabe de la señorita Amor? Ella es por lo menos diez años más joven que él, no ha dado ninguna muestra especial
de haber reparado en él, y probablemente tiene un novio encantador de su propia edad, con el que proyecta casarse. El doble se niega a escuchar. Es inconsolable.
Tendrá a la señorita Amor o en este punto hace un gesto amenazador se destruirá a sí mismo. Se golpeará la cabeza contra un muro o se arrojará desde una
ventana, haciendo pedazos su delicada maquinaria. Ahora estoy realmente alarmado. Veo que se viene abajo todo el maravilloso esquema, que me ha permitido
estar estos últimos meses tan a mi gusto y en paz. Me veo de nuevo en el trabajo, haciendo otra vez el amor a mi mujer, peleándome por encontrar un sitio
en el metro durante las horas punta, viendo la televisión, dando una azotaina a los niños. Si esto era intolerable para mí antes, imagínese usted qué inconcebible
me resulta ahora. Si supiera tan sólo cómo he pasado estos últimos meses mientras el doble estaba administrando mi vida. Sin una sola preocupación en el
mundo, salvo en unos momentos fortuitos de curiosidad a propósito de la suerte del doble, me había escabullido al fondo del mundo. Ahora dormía en cualquier
lugar, en casas ruinosas, en el metro (al que sólo me acercaba muy tarde por la noche), en avenidas y portales. No me molestaba ya en cobrar el cheque
del doble, porque no había nada que quisiera comprar. Mi ropa estaba hecha pedazos y sucia. ¿Suena todo esto muy lúgubre? Pues no lo era, ni mucho menos.
Por supuesto, al principio, cuando el doble me quitó de encima el peso de mi propia vida, tenía yo grandes planes de vivir las vidas de otros. Quería ser
un explorador del Ártico, un pianista, una estupenda cortesana, un hombre de Estado. Intenté ser Alejandro Magno, después Mozart, Bismarck, Greta Garbo,
Elvis Presley... en mi imaginación, por supuesto. Me imaginaba que no siendo ninguna de estas personas durante largo tiempo, podría obtener sólo las satisfacciones
de sus vidas y ninguna de sus incomodidades; porque podría escaparme, transformarme a mí mismo siempre que lo quisiera. Pero el experimento fracasó por
falta de interés, o por agotamiento, llámenlo ustedes como quieran. He descubierto que estoy cansado de ser una persona, no sólo cansado de ser la persona;
no sólo cansado de ser la persona que era, sino cualquier persona. Me gusta observar a las gentes, pero no me gusta hablarlas, tratar con ellas, agradarlas
u ofenderlas. Ni siquiera me gusta hablar al doble. Estoy cansado, me gustaría ser una montaña, un árbol, una piedra. Si es que tengo que continuar siendo
una persona, la vida del solitario abandonado es la única que puedo soportar. Así que pueden ustedes darse cuenta de que estaba fuera de discusión el que
yo permitiera al doble que se destruyera a sí mismo, para tener que ponerme en su lugar y vivir de nuevo mi antigua vida.

Continúo mis esfuerzos de persuasión. Consigo que se seque las lágrimas y salga a enfrentarse con el desayuno familiar, prometiéndole que continuaremos
la conversación en la oficina, después de que él dicte a la señorita Amor el montón de cartas de la mañana. Accede a hacer ese esfuerzo y hace su aparición
en la mesa, con los ojos enrojecidos como de una mala noche. «¿Un catarro, querido?», dice mi mujer, solícita. El doble se pone colorado y murmura algo.
Pido a Dios se dé prisa porque tengo miedo de que rompa a llorar de nuevo. Noto alarmado que apenas puede comer, y deja llenas las dos terceras partes
de la taza de café.

El doble sale con aire triste del apartamento, dejando a mi mujer algo perpleja y aprensiva. Le veo parar un taxi en vez de dirigirse al metro; las cosas
están realmente en un momento crítico. En la oficina le espío, mientras dicta las cartas, suspirando entre una frase y otra. La señorita Amor también lo
nota y le dice jovialmente: «¿Qué le ocurre?». Hay una larga pausa. Miro a hurtadillas desde el ropero, y ¡qué veo!: el doble y la señorita Amor en un
cálido abrazo. El le está acariciando el pecho, los ojos de ella están cerrados, sus bocas se unen. El doble se apercibe de que estoy mirándole fijamente
desde detrás de la puerta del armario. Le hago señas alborotado, tratando de hacer entender que tenemos que hablar, que estoy de su parte, que le ayudaré,
«¿Esta noche?», dice él en un susurro, poco a poco soltando a la embelesada señorita Amor. «Te adoro», murmura ella. «Te adoro», dice el doble en una voz
apenas por encima del susurro, y «tengo que verte». «Esta noche», le contesta ella en un susurro. «Mi casa. Aquí tienes las señas». Un beso más y la señorita
Amor se marcha. Salgo del armario y cierro con llave la puerta del pequeño despacho. «Bien dice el doble, es Amor o muerte». «Muy bien digo yo tristemente,
no trataré de disuadirte ya más. Parece una buena chica, después de todo. Y muy atractiva. Quién sabe si hubiera trabajado en la oficina cuando yo estaba
aquí...». Veo que el doble frunce el ceño enfadado y no termino la frase. «Pero tendrás que darme tiempo», digo. «¿Qué vas a hacer? Por lo que veo, no
hay nada que puedas hacerdice él.«Si crees que voy a volver a casa junto a tu mujer y las niñas, después de que he encontrado a Amor». Le suplico que me
dé tiempo. ¿En qué estoy pensando? Simplemente esto. El doble después de todo está ahora en mi posición de origen. El arreglo actual de su vida le resulta
intolerable, pero teniendo una apetencia por una vida real y singular mayor de la que yo jamás he tenido, no quiere desaparecer por completo del mundo.
Tan sólo quiere remplazar a mi mujer, que es sin duda de segunda mano, y a mis dos ruidosas hijas, por la señorita Amor, deliciosa y además sin hijos.
Entonces, ¿por qué no podría servir mi solución duplicación también para él? Cualquier cosa es mejor que el suicidio. Le necesitaba aún el tiempo que tardara
en hacer otro doble, uno que se quedara con mi mujer e hijas y fuera al trabajo, mientras que este doble (el doble verdadero, debo llamarle ahora) se fugaba
con la señorita Amor.

Quedamos de acuerdo en concluir nuestra conversación ese mismo día, un poco más tarde. Le pido prestado algo de dinero para ir a un baño turco y asearme,
para darme un corte de pelo y afeitarme en la barbería y para comprarme un traje como el que él lleva puesto. Por sugerencia suya quedamos en encontrarnos
para el almuerzo en un pequeño restaurante de Greenwich Village, donde es imposible que encuentre a alguien que pueda reconocerle. No sé con seguridad
de qué se asusta. ¿De almorzar solo y ser visto hablándose a sí mismo? ¿De ser visto conmigo? Pero ahora yo estoy perfectamente presentable. Y si somos
vistos como dos, ¿qué puede haber más normal que un par de gemelos adultos idénticos, vestidos igual, que están almorzando juntos y están enfrascados en
una conversación muy seria?

El almuerzo tiene lugar. Los dos pedimos spaghetti al burro y almejas al horno. Después de tres copas, viene derecho a mi punto de vista. En consideración
a los sentimientos de mi mujer dice, no de los míos insiste varias veces en un tono de voz más bien áspero, esperará. Pero sólo unos meses, nada más. Señalo
que en este intervalo no le pediré que no duerma con la señorita Amor, sino únicamente que sea discreto en su adulterio.

El hacer el nuevo doble fue un poco más difícil que el primero. Todos mis ahorros volaron. Los precios del plástico humanoide y los demás materiales, el
sueldo del ingeniero y del artista habían subido en el espacio de un año. En cambio, debo añadir que el salario del doble no había subido nada, a pesar
de que era evidente que el jefe apreciaba cada vez más el valor que representaba el doble para la firma.

El doble está fastidiado de que insista en que sea él, mejor que yo, el que pose para el artista, cuando se moldean y se pintan los rasgos faciales. Pero
yo le hago ver que si el segundo doble es de nuevo sacado de mí, sería una copia algo descolorida o borrosa. Sin duda hay alguna disparidad entre la apariencia
del primer doble y la mía, a pesar de que no puedo apreciarla. Quiero que el segundo doble sea como él, dondequiera que haya la menor diferencia entre
él y yo. Tendré únicamente que correr el riesgo de que el segundo doble pueda también reproducir la inesperada pasión humana que me privó de la utilidad
que tenía para mí el primero.

Al fin el segundo doble está listo. También por insistencia mía, el primer doble, aunque con desgana, ya que quería tener todo el tiempo libre para pasarlo
con la señorita Amor, se ocupó del período de adiestramiento y endoctrinamiento del segundo doble durante varias semanas. Llega el gran día. El segundo
doble es instalado en la vida del primero en medio de un partido de baseball un sábado por la tarde, justamente en la pausa del séptimo turno del batman.
Había quedado decidido que el primer doble saldría para comprar perritos calientes y Coca-Cola para mi mujer y mis hijos. El primer doble es el que sale,
el segundo el que vuelve cargado con la comida y las bebidas. El primer doble se mete a toda prisa en un taxi y corre hacia los brazos de la señorita Amor,
que le están esperando.

Esto ocurrió hace nueve años. El segundo doble vive con mi mujer de un modo no más exaltado o más deprimido de lo que yo solía.

La niña mayor está en la Universidad, la segunda en el colegio, y hay un nuevo niño, un chico, que ahora tiene seis años. Se han mudado a un nuevo apartamento
de copropiedad en Forest-Hills, mi mujer ha dejado de trabajar, y el segundo doble es vicepresidente asistente de la firma. El primer doble asistió a las
clases nocturnas de la Universidad mientras trabajaba como camarero durante todo el día; la señorita Amor también volvió a la Universidad y sacó su licenciatura
de maestra. El es ahora arquitecto con una clientela cada vez mayor, y ella enseña inglés en el colegio Julia Richmond. Tienen dos niños, un chico y una
chica, y son notablemente felices. De cuando en cuando, visito a mis dos dobles. Nunca sin arreglarme primero, pueden ustedes imaginarse. Me considero
como un pariente, y el padrino, a veces el tío, de todos sus niños. Noto que ninguno de los dos se siente nunca demasiado contento de verme, quizá a causa
de mi aspecto desaseado, pero no tienen el valor de echarme. Nunca me quedo mucho rato, pero les deseo que les vaya todo bien y me felicito a mí mismo
por haber resuelto los problemas de esta vida, pobre y corta, que me ha tocado en suerte, en una forma tan equitativa y responsable...

 

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