EL PAÍS DE LOS CIEGOS

HERBERT GEORGE WELLS

Próximamente a trescientas millas del Chimborazo y a cien de las nieves del
Cotopaxi, en la región más desierta de los Andes ecuatoriales, ábrese el
valle
misterioso donde existe el país de los ciegos. Hace cuatro siglos todavía
era el valle asequible, aun cuando siempre insondables precipicios y
peligrosos
ventisqueros lo rodearon casi totalmente. Y tal vez entonces fue cuando
algunas familias de indígenas peruanos se refugiaron en él para huir de la
tiranía
de los colonizadores españoles. Sobrevino después la terrible erupción del
Mindovamba que hundió durante diecisiete días a Quito en las tinieblas; y
desde
los manantiales hervorosos de Yaguaxi hasta Guayaquil, flotar-on sobre todos
los ríos peces muertos. No hubo parte en la vertiente del Pacifico donde no
se registraran desprendimientos formidables, súbitos deshielos que
originaran inundaciones; y la antigua cúspide montañosa del Arauca rodó por
la vertiente
de la cordillera con ruido infinitamente multiplicado de catarata, cegó los
caminos, y formó para siempre una barrera infranqueable entre el país de los
ciegos y el resto del inundo.

En el momento de producirse este horror geológico, uno de los primeros
colonos del valle había partido hacia las lejanas comarcas habitadas, con
una delicada
misión; y como al regreso no pudiera encontrar el camino ni abrirse ruta
alguna, vióse forzado a dar por muertos a su mujer, a su hijo y a cuantos
había
dejado en la montaña, y a crearse una existencia nueva; pero las dolencias y
la ceguera lo envejecieron en pocos años, y al cabo fue a terminar sus días
obscuramente en una mina. ¿Por qué causa abandonó el refugio adonde fuera
transportado muy niño, envuelto en harapos, sobre el lomo de una llama? La
versión
que dio de su peregrinación y de la vida de sus compañeros en el retiro
inaccesible, constituyó el origen de una leyenda perpetuada hasta nuestros
días
en toda la cordillera andina.

El valle, según él, gozaba de un clima benigno y contenía cuanto puede
necesitar el hombre: agua dulce, jugosos pastos, abundantes repechos de
tierra rica
en materias azoadas y cubierta de coposos frutales. De un lado, contenían
los aludes vastos pinares; y de los otros, altas murallas rocosas, siempre
crestadas
de nieve, defendían el valle. Los torrentes del deshielo no llegaban a él,
precipitándose hacia las llanuras por otros declives; sin embargo, a largos
intervalos, enormes masas arborescentes, desprendidas de las cimas, pasaban
cerca del vallecito donde nunca nevaba ni llovía, a pesar de lo cual su
vegetación
estaba siempre regada por canales dispuestos por el sabio capricho de la
naturaleza. Todo esto hacía que los rebaños se multiplicaran v que los
hombres
vivieran en aquel oasis una vida próspera; pero una honda preocupación
nublaba su dicha: una plaga extraña no sólo hacía nacer sin vista a todos
sus hijos,
sino que se la hacía perder a cuantos niños de edad tierna habían traído con
ellos en su éxodo. Y fue precisamente en busca de un ensalmo o una droga
contra
tan terrible enfermedad, por lo que el viajero a quien se debe la leyenda
afrontó las fatigas, las zozobras y los riesgos de aventurarse por gargantas
y desfiladeros hacia la llanura.

En aquellos tiempos los hombres ignoraban aún la existencia de los microbios
y el poder contagioso de la infección, y creían que sus grandes males eran
castigo a sus pecados. Según el cándido emisario, aquella aflictiva ceguera
provenía de que los primeros fugitivos, privados de la compañía y el consejo
de un sacerdote, omitieron al tornar posesión del valle, erigir un altar a
la divinidad; y el objeto de su viaje era adquirir uno que, no siendo
demasiado
caro, satisficiese la exigencia divina; también quería comprar reliquias,
medallas y cuantos talismanes pudieran contribuir a mitigar el celestial
enojo.
En su bolso de viaje llevaba, para pago del santo remedio contra la ceguera,
una barra de plata virgen, cuyo origen se negó a explicar; y aunque con la
tozudez de un mentiroso torpe aseguró al principio que ni vestigios del
precioso metal existían en el remoto vallecito, acosado, declaró al fin, con
falsía
evidente, que sus compañeros de retiro y él, que para nada necesitaban allá
de las cifras de riqueza tan ambicionadas por los demás hombres, habían
fundido
cuantas monedas les quedaban, para fabricar aquel lingote, a través del cual
debían recibir el favor del cielo.

Basta un leve esfuerzo de imaginación para figurarse al pobre enviado de la
montaña con los ojos ya casi obscurecidos, calcinados del sol y de los
reflejos
de la nieve, inquieto y torpe entre los hombres comunes, extraños y ya casi
nuevos para él, mientras torpemente, volteando entre las manos su sombrero,
contaba la historia a un sacerdote que lo escuchaba con atención en que la
sorpresa iba venciendo a la incredulidad. Nos lo figuramos anheloso de
emprender
otra vez la ascensión hacia su país, lleno el saco de las piadosas panaceas;
y después, cuando estaba ya a medio camino, feliz con el resultado de su
misión,
imaginamos el desencadenamiento de la catástrofe y su horrendo drama al ver
cerrados inexorablemente por el cataclismo cuantos caminos lo podían llevar
al lugar donde sus compañeros lo aguardaban ansiosamente. Nada volvió a
saberse de sus infortunios, a no ser su muerte después de haber rondado en
tentativas
varias y estériles el edén de donde no había sido expulsado por la espada
flamígera del ángel, sino por las nieves infranqueables.

El torrente que antaño que bajaba a la llanura en anchurosa vena desciende
hoy repartido por entre rocosas hendiduras, y el recuerdo, transmitido de
generación
a generación, de las palabras torpes v sugeridoras del desterrado, creó la
leyenda de que una raza de hombres ciegos existía en un lugar arcano de la
montaña;
leyenda que se hubiera convertido en mito si una casualidad milagrosa no la
hubiese, hace poco, revelado en todo su horror. Mientras tanto, la
misteriosa
enfermedad siguió el curso terrible de sus estragos afligiendo a los
habitantes de la aislada colonia.

La vista de los ancianos se debilitó hasta obligarlos a ayudarse con el
tacto para todos sus menesteres; la de los jóvenes fue decreciendo Y
tornándose
confusa, y los recién nacidos vinieron ya al mundo sin vista. Sin embargo,
la vida era fácil en el solitario vallecito: orillado de nieves y
desprovisto
de espinosos arbustos e insectos venenosos, sólo pastaban en él las
apacibles llamas que, traídas por los primeros moradores, se habían
multiplicado y
circunscripto a vivir en la planicie, cercadas por los enhiestos hielos y
asustadas por las insondables torrenteras. La lenta gradación del mal
impedía
casi a los desventurados darse cuenta de su infortunio; y estos primeros
atacados de la plaga sirvieron de guía a los niños ciegos, quienes merced a
ellos
conocieron hasta los más recónditos repliegues del valle. Y cuando, muertos
los ancianos, no quedó ni uno solo que pudiese ver el esplendor del mundo,
la vida de la remota colonia no siguió por eso un curso menos plácido y
laborioso.

El fuego fue conservado y transmitido de padres a hijos en hornillos de
piedra. Aunque al principio los ciegos fueron gentes de tosco entendimiento,
apenas
pulidos con un tenue barniz de civilización ibérica, conservaron puro el
idioma y vivas las tradiciones y el sentido de la inmemorial filosofía
peruana.
Si bien olvidaron muchas costumbres, crearon otras; y en su aislamiento
llegaron por completo a perder la noción del mundo, que pasó a ser un
ensueño cada
vez más borroso, hasta abolirse en su conciencia. Para toda labor que no
exigiese de insustituible modo el sentido de la vista, eran habilísimos; y
al
cabo surgió entre ellos un hombre emprendedor, inteligente y persuasivo, que
impuso las primeras normas de una organización acomodada a la nueva
naturaleza;
más tarde nació y creció otro, que murió también cual su predecesor, y
merced a los continuos esfuerzos de los superiores y a la disciplina de
todos, la
colmena ciega se multiplicó rigiéndose en las cosas fundamentales por
principios justos, de modo que, al comenzar la quincuagésima generación a
contar
desde el antepasado que, habiendo partido hacia las llanuras con una barra
de plata para comprar el socorro de Dios, fue bloqueado por el cataclismo y
no pudo volver, el mundo ignoraba por completo la existencia de aquella
agrupación humana sin vista perdida entre los hielos.

Y fue entonces cuando desde el mundo exterior, por azar, llegó al país de
los ciegos el hombre cuyas aventuras vamos a referir. Núñez era nativo de
los
alrededores de Quito. Andariego y emprendedor, había leído libros y
recorrido todo el país hasta el mar, sacando de viajes y lecturas un caudal
de perspicaz
osadía. Varios ingleses que iban a intentar la excursión a diversos picos de
los Andes lo contrataron para sustituir a uno de sus tres guías suizos que
cayó enfermo; y envalentonados por el éxito de algunas ascensiones bastante
peligrosas, decidieron acometer la del altísimo Parascotopetl, durante la
cual
desapareció Núñez.

El relato del accidente se ha escrito lo menos una docena de veces, y en la
versión de Pointer, superior sin duda a las otras, tiene un acento dramático
y verídico. El narrador dice que, después de una subida casi vertical con
riesgo constante de caer en e abismo, llegaron al borde de la última y más
honda
de las simas que los separaban de la cúspide y edificaron para pasar la
noche una especie de cabaña en un saliente de la roca. De pronto, se dieron
cuenta
de que Núñez no estaba junto a ellos y, llenos de presentimientos pavorosos,
lo llamaron a grandes voces, que se alejaban en el vasto silencio sin hallar
respuesta... Durante toda la noche renovaron sus inútiles tentativas, unas
veces gritando y otras silbando para ser oídos por el ausente; y sólo cuando
la luz del alba les permitió descubrir las huellas de la caída,
comprendieron que toda esperanza era vana. Núñez había resbalado en el
declive de la vertiente
patinando durante una extensión enorme y oblicua, en la cual el peso de su
cuerpo imprimió un hondo surco y suscitó un alud.

La estela iba a perderse en una sima tras la cual la vista ya no podía
distinguir nada; y en el fondo, después de largo y fatigoso escrutar a causa
de las
reverberaciones, creyeron entrever, indeterminadas por la bruma, las copas
de unos árboles emergiendo de una caída angosta: el país de los ciegos. Mas
como ignoraban la proximidad y aun casi la existencia de esta comarca
legendaria, apenas se fijaron en aquel accidente del paisaje y,
decepcionados por
el revés, renunciaron el mismo día a la ascensión.

Pointer hubo de regresar a su patria sin acometer nuevas empresas; todavía
hoy el Parascotopetl yergue hasta el cielo su cabeza inconquistada, y la
choza
edificada por los exploradores debió desaparecer bajo las nieves sin que
jamás ningún otro hombre volviese a refugiarse en ella. Y, sin embargo, el
guía
que todos dieran por muerto, sobrevivió al resbalar, se sintió caer envuelto
en torbellinos de nieve por un plano inclinado de más de mil pies hasta el
borde de un precipicio, desde el cual volvió a rodar por otra pendiente,
aturdido y casi insensible; y de caída en caída llegó al cabo a un lugar
donde
su cuerpo se detuvo, adolorido pero milagrosamente ileso, envuelto en la
bola de nieve que lo habla acompañado y salvado convirtiéndose en su
vehículo.
Cuando recobró el conocimiento, tuvo la ilusión de estar enfermo, acostado
en su cama; pero pronto su larga experiencia de alpinista le impuso, aunque
confusamente, la realidad.

Poco a poco, para reponerse se fue librando de su tutelar envoltura y vio en
lo alto rutilar las estrellas. Durante mucho tiempo quedó inmóvil,
preguntándose
en qué región apartada de la tierra se hallaba; luego continuó sus
investigaciones, y palpándose los miembros comprobó que su chaqueta, algunos
de cuyos
botones hablan saltado en la violencia de la calda, habíasele arrollado al
cuello envolviéndole casi la cabeza. El bolsillo donde guardaba la navaja
estaba
vacío y también había perdido el pico y el sombrero, a pesar, de llevarlo
atado con un barboquejo. Esta última circunstancia le recordó que en el
momento
de resbalar estaba sacando pedazos de roca para construir el techo de la
cabaña. Sólo entonces dióse exacta cuenta de su caída; y alzando la cabeza
miró,
bajo el pálido calor de la luna naciente, que amplificaba las distancias,
parte del largo camino recorrido. Sus ojos extáticos contemplaron la inmensa
y blanca montaña que de instante en instante, según avanzaba la luna hacia
el cenit, destacaba en las tinieblas su masa formidable; y la belleza
fantástica
y misteriosa del paisaje y el recuerdo y la soledad y la desesperanza, le
oprimieron tanto el corazón que un acceso convulso de sollozos y de risa se
apoderó
de él.

Largo rato permaneció así. Después, se dio cuenta de que su cuerpo había
llegado hasta el límite de las nieves; y más abajo, al término de un suave
declive
practicable, percibió espacios obscuros que debían ser herbosas superficies.
A pesar de tener dolorido el cuerpo y anquilosadas las articulaciones, hizo
el esfuerzo de incorporarse trabajosamente, y dejándose deslizar llegó hasta
el lecho vegetal; luego de sacar de su chaleco interior la cantimplora de
agua y vaciarla de un trago, se acostó de nuevo y cayó casi enseguida en un
sueño profundo.

El canto de los pájaros en la arboleda lo despertó muchas horas después, y
trató de orientarse: encontrábase sobre una meseta triangular al pie de un
vasto
precipicio abierto en la última vertiente que había recorrido en su caída;
ante él, una mole rocosa surcada por desfiladeros elevábase a gran altura de
este a oeste; los rayos del sol doraban esa mole en toda su extensión. Del
lado libre abríase un precipicio igualmente abrupto, pero, fijándose bien,
Núñez
descubrió entre las junturas de la roca una especie de túnel cubierto de
nieve a medio deshelar, por el cual, arriesgándose a todo, emprendió el
camino.
El descenso fue menos difícil de lo que supuso v pronto se halló en otra
segunda meseta, desde la cual, tras una corta ascensión, nada peligrosa,
pudo
llegar a una rápida pendiente cubierta de arbolado. Desde allí vio que todos
los desfiladeros desembocaban en anchas y verdes praderas, en cuyo fondo
distinguió
claramente un caserío de extraña forma.

Muy poco a poco, pues su avance, dada la fatiga y las anfractuosidades del
terreno, era lento, siguió avanzando, mas antes de llegar a la planicie el
sol
se ocultó, cesaron los cantos de los pájaros y el aire sopló ruidoso y frío
por la pétrea garganta. Desde la gélida obscuridad, el valle parecía, a lo
lejos, más luminoso con su ondulada fragancia y su grupo de viviendas; unos
pasos después, el terreno aceleraba su descenso en empinados declives, y
entre
las hendiduras de las rocas, Núñez, buen observador, vio una gramínea para
él desconocida.

Impulsado por el hambre, arrancó varias hojas y se puso a masticarlas con
avidez. Seria ya mediodía cuando, reconfortado algo con el jugo de la planta
y
con la esperanza, encontróse al fin en el límite del desfiladero y pudo
dilatar su vista por la llanura inundada de sol. Y como si de casi pronto
todo,
los dolores y las fatigas de su carne, suspensos en la zozobra, resurgiesen
en el instante de salvación, sintió la necesidad de llenar en un manantial
su cantimplora vacía y de acostarse un rato a reposar punto a un árbol,
antes de dirigirse hacia las casas. Aquellas casas tenían un aspecto muy
extraño,
y a medida que Núñez observaba, dábase cuenta de que no eran las casas sólo,
sino el valle entero lo que tenía un aire insólito. Todo él estaba dividido
en parcelas lozanas, recamadas de flores y regadas con un cuidado que
denotaba un método estricto. A media pendiente, rodeando el valle, erguíase
un murallón,
del que partía un canal, subdividido al llegar al llano en numerosas
acequias. Más lejos, rebaños de llamas pastaban pacíficamente y, de tramo en
tramo
de la muralla, veíanse tejadizos que debían servir de refugio a los
animales. Las acequias convergían en el centro del valle, para formar un
canal más
ancho orillado por barandales de piedra casi tan altos como un hombre; y
tanto estos canales como los numerosos caminos de piedras blancas y negras y
estrechas
aceras muy cuidadas, daban en su entrecruzamiento geométrico un carácter
extraordinariamente urbanizado al vallecito.

Las viviendas en nada recordaban las desordenadas aglomeraciones andinas
familiares a Núñez: en fila a ambos lados de la calle central, limpia como
un espejo,
sorprendían por la total ausencia de ventanas y por la falta de armonía
entre sus colores. Ya desde más cerca, pudo ver Núñez que estaban
enjalbegadas
con una especie de cal a veces gris, castaño y hasta de color pizarra y
negro. Y ante esta ornamentación fantástica, acudió por primera vez la
palabra
ciego al pensamiento del extraviado, que se dijo:

-El pobre albañil que revoca aquí las fachadas debe ser más ciego que un
topo. Descendió por el último repecho abrupto y se detuvo a cierta distancia
de
la muralla que circula la ciudadela, cerca del sitio donde las acequias
desaguaban el sobrante de su caudal en una cascada trémula y espumosa que
iba a
perderse en las profundidades. Desde allí distingue en un sitio apartado del
valle un grupo de hombres y mujeres que parecían dormir la siesta al amparo
de altos haces de heno; a la entrada del pueblecillo algunos niños yacían
también acostados sobre el césped; y no lejos del sitio desde donde Núñez
los
observaba, tres hombres cargados con cubos pendientes de una especie de yugo
sujeto a los hombros, seguían un sendero que iba hasta el caserío.

Estos hombres iban vestidos de piel de llama, con botas y cinturones de
cuero, y tocados con gorras de tela burda que les cubría la nuca y las
orejas. Marchaban
uno tras otro, despacio, bostezando, como si hubieran dormido poco; y
producía su aspecto una sensación tan tranquilizadora de prosperidad y
hombría de
bien que, después de un instante de duda, Núñez, irguiéndose para ser mejor
visto, reunió sus fuerzas y lanzó un grito que el eco multiplicó en las
sinuosidades
del valle. Los tres hombres se detuvieron, moviendo en gesto unánime las
cabezas, como si quisieran ver en torno, mas sin detener la atención en el l
ugar
en que Núñez gesticulaba anhelosamente. A pesar de la viveza de su mímica,
no parecían verlo, pues mirando hacia las montañas le respondieron con tales
gritos, que Núñez, sin dejar de llamarlos a su vez y de multiplicar sus
ademanes, sintió que por segunda vez la palabra ciego acudía a su mente.

-Esos idiotas no deben ver -pensó. Y cuando, después de nuevas voces y una
crisis de irritación, traspuso el canal por un puentecillo que daba a una
puerta
abierta en la muralla y se acercó a los tres hombres, comprobó que, en
efecto, no veían. Entonces tuvo la certidumbre súbita de haber llegado al
país legendario
de los ciegos. Y junto con esta convicción penetró en su alma una
irreflexiva alegría: la alegría del aventurero que se siente al principio de
una nueva
aventura. Aun cuando no podían verlo aproximarse, los tres hombres tendieron
hacia él las cabezas, como si percibieran desde lejos el ruido de los pasos
desconocidos, y se juntaron medrosamente.

Núñez contempló sus párpados espesos, cerrados casi, tras los cuales no
debía existir ya el globo ocular, y pudo ver la inquietud pintarse en sus
rostros.

-¡Un hombre! ... Es un hombre o un espíritu que desciende por el
roquedo -dijo uno de ellos en castellano arcaico.

Núñez avanzaba a pasos confiados, como el hombre mozo seguro de sus fuerzas
avanza por la vida. Todas las narraciones dispersas relativas al sepultado
valle
y al país de los ciegos, concentrábanse en su memoria, y como síntesis
jovial acudió a sus labios el refrán: "En tierra de ciegos el tuerto es
rey". Al
llegar junto al grupo saludó con gran cortesía.

-¿De dónde viene, hermano Pedro? -preguntó uno de los ciegos a otro.

-Del lado de allá de las montañas -respondió Núñez-; de las comarcas
distantes donde todos los hombres ven... Vengo de Bogotá, ciudad que tiene
miles y
miles de habitantes; y he cruzado los altos montes que no os dejan ver el
mundo.

-¿Que es eso de ver?. . . -murmuró Pedro-. ¿Qué quiere decir ver?

-Viene de las rocas -dijo el ciego que había interpelado a Pedro.

Estaba Núñez fijándose en la diversidad curiosa de las costuras que unían
las pieles, cuando los tres ciegos tendieron hacia él las manos con un
simultáneo
ademán que, lo hizo retroceder inquieto ante los dedos ávidos.

-Deténgase -ordenó el ciego que no había aun hablado, avanzando hacia él y
sujetándolo para palparle lentamente por todas partes, en silencio.

-¡Cuidado! -dijo Núñez al sentir los dedos apoyarse duramente en uno de sus
ojos. Sin duda este órgano, con sus párpados movibles, debió parecerles algo
anormal, pues lo tocaron de nuevo atentamente, y el llamado Pedro comentó:

-Extraña criatura; fijaos en que tiene el cabello áspero como pelo de llama.

-Conserva aún la rudeza de las rocas de donde sale; pero quién sabe si se
afinará después -respondió el segundo ciego, palpando con mano suave y
viscosa
que se adaptaba a las menores arrugas, la barbilla sin rasurar de Núñez,
quien trataba en vano de esquivar los dedos tenaces.

-¡Cuidado! -volvió a decir.

-¡Y habla! Sin duda es un hombre.

-Sí -murmuró Pedro, luego de examinar la tela de la chaqueta; y volviéndose
solemnemente a Núñez-: ¡Acabas de entrar en el mundo!

-De salir de él -rectificó el guía-. De este lado de los nevados picos se
está fuera de la verdadera tierra y casi a medio camino del sol... Del otro
lado
es donde está el vasto mundo que va hasta el océano después de doce días de
marcha. Los ciegos apenas escuchaban.

-Nuestros padres nos enseñaron que el hombre puede también ser creado por
las fuerzas de la naturaleza -continuó el ciego más viejo-, por el calor, la
humedad
y aun por la podredumbre.

-Llevémoslo a donde están los ancianos -propuso Pedro.

-Gritemos primero -dijo el segundo ciego-, no Vayan los niños a asustarse.
¡Es un acontecimiento tan extraño!

Los tres ciegos comenzaron a gritar y, enseguida Pedro le cogió de la mano y
abrió la marcha hacia el pueblecillo; Núñez, rechazando el ademán tutelar,
indicó.

-No hace falta que me lleven: veo perfectamente.

-¿Qué ves? ...

-Si, veo todo cuanto me rodea -repuso, chocando sin querer al moverse con
uno de los cubos que llevaban a hombros.

-Sus sentidos son todavía rudimentarios -dijo entonces el ciego más joven en
tono de disculpa-. Fijaos como tropieza y dice palabras faltas de sentido.
Vuélvalo a coger de la mano, Pedro.

-Como queráis -respondió Núñez sonriente, dejándose llevar convencido ya de
que carecían hasta de la menor noción del supremo sentido de la vista. Y no
deseando perder nada de la aventura, se dijo: "¡Bah!, cuando llegue la hora
ya les explicaré".

Oyó voces y vio que la gente se agolpaba en la calle principal. A medida que
se acercaba, el pueblecillo le parecía más importante y las fachadas de las
casas se precisaban en toda su arbitrariedad decorativa. El primer contacto
con los habitantes del país de los ciegos puso sus nervios y su paciencia a
prueba. Una multitud de hombres y mujeres lo rodeó, palpándole con manos
suaves y curiosas, oliéndolo, escuchando y repitiendo cada una de sus
frases.
Observó con placer que, a pesar de sus ojos muertos, la mayor parte de las
mujeres tenían rostros agraciados. Los niños y las muchachas, amedrentados
quizás,
no osaban acercarse; y aun cuando él procuraba dulcificar su voz, no podía
igualar las inflexiones cantarinas de los ciegos. Bien pronto el roce de
tantas
manos se le hizo intolerable. Sus tres guías permanecían junto a él como
propietarios conscientes de la responsabilidad de exhibir un ser raro, y
repetían
cada vez que un nuevo ciego se aproximaba.

-Es un hombre salvaje que viene de las rocas.

-De Bogotá -dijo Núñez-; del otro lado de las montañas.

-Un hombre salvaje que dice palabras vacías - explicó Pedro-. ¿No lo oyen?
"¡Bogotá!..." Su inteligencia no está aún formada y sólo posee rudimentos
del
lenguaje.

Un niño travieso lo pellizcó en una mano y dijo burlón. -¡Bogotá! ¡Bogotá!

-Sí, Bogotá. Una ciudad inmensa en comparación a vuestra aldea... Vengo del
vasto mundo de los hombres que tienen ojos y ven.

-Se llama Bogotá -repetían algunos en el grupo.

-Ha tropezado dos veces mientras veníamos.

-Llevémosle a que lo escuchen los ancianos. Y súbitamente lo empujaron hacia
una puerta que daba entrada a una estancia totalmente oscura, en cuyo fondo
brillaba débilmente un hornillo. La multitud agolpóse detrás de él,
obstruyendo por completo la puerta; y antes que pudiera detenerse, Núñez
tropezó con
las piernas de un hombre que debía estar sentado, y sus brazos, al
adelantarse en el movimiento instintivo de proteger el cuerpo en la caída,
fueron a
golpear un rostro en la sombra. Una interjección de cólera siguió al choque,
y durante un momento trató de desasirse de las numerosas manos que lo
aprisionaban.
El combate era desigual y, comprendiéndolo, el viajero permaneció quieto y
explicó: -Es que me he caído; como no se ve nada.

Sus palabras se desvanecieron en el silencio como si todos los seres
invisibles en torno suyo se esforzaran en comprenderle. La voz de su
conocido Pedro
fue la primera en elevarse.

-Está aún tan tierno que tropieza al andar y mezcla a cuanto dice sílabas
sin sentido. Y otras voces dijeron también cosas que no entendió
completamente.
Al fin, en un intervalo del diálogo, preguntó:

-¿Puedo levantarme? os prometo no haceros mal. Después de una corta
deliberación le consintieron levantarse. La voz de uno de los viejos inició
un interrogatorio,
y en poco tiempo Núñez expuso a los ancianos del país de los ciegos,
sentados en la sombra, las maravillas del inmenso mundo: el cielo, las
montañas, las
flores... Mas ellos no quisieron aceptar ninguna de sus verdades,
rechazándolas con obstinada incredulidad, que empezó a exasperar al guía. Ni
siquiera
comprendieron el sentido de gran número de sus palabras: separados por
catorce generaciones del universo visible, cuantos vocablos tenían relación
con
el sentido abolido en ellos, hablan desaparecido de su léxico; y los
recuerdos de la vida externa habíanse atenuado hasta convertirse primero en
consejas
infantiles y desaparecer al fin. El interés de aquellas gentes concluía en
el cinturón de montañas que aprisionaba el valle; y los dos ciegos geniales
nacidos en los primeros siglos de su aislamiento, comprendiendo que los
vestigios de creencias y tradiciones heredadas de los primitivos colonos
sembraban
la duda y la incertidumbre en los espíritus, las reemplazaron con
explicaciones que aunque ilusorias eran, sin embargo, más exactas para sus
posibilidades
de relacionarse con el mundo. Toda la parte de su poder imaginativo habíase
atrofiado con la pérdida de los ojos y, en cambio, nuevos dones adaptados a
su oído y a su tacto habían surgido en ellos.

Lentamente, comprendió Núñez que era necio esperar que su origen y la
superioridad indudable de ver, le granjearan respeto y estimación. Al ver
rechazar
sus tentativas de demostrar que veía, como si fueran balbuceos torpes de un
ser recién nacido, se resignó; y mitad triste, mitad irónico, dispúsose a
escuchar
la lección de los ciegos sin rebatirla. El más anciano explanó una teoría de
la vida, de la filosofía y de la religión, según la cual el mundo, es decir
el valle, sepulto en el anillo de las montañas, no fue en su génesis sino un
hueco vacío entre las rocas, que comenzó a poblarse tras lenta gestación,
primero de seres desprovistos de vida sensorial y luego de llamas y otras
diversas criaturas poco inteligentes; hasta que más tarde los hombres y
después
los ángeles -cuyos cantos y alado paso percibían sin poder alcanzarlos
jamás- aparecieron. Este último detalle intrigó vivamente a Núñez, y tardó
mucho
en comprender que el anciano se refería a los pájaros.

El sabio ciego le enseñó también que el tiempo se dividía en dos grandes
porciones: el calor y el frío - equivalentes, según él coligió, al día y a
la noche-;
y que se debía reposar durante el calor y trabajar durante el frío, de tal
modo que, de no haber él surgido inopinadamente, toda la población dormiría
en aquel momento, mientras el sol flameaba esplendoroso en la altura.
Finalmente, demostró que Núñez había sido creado para adquirir la sabiduría
y observar
sus reglas, por lo cual, a pesar de su incoherencia ideológica y su andar
inseguro, debía no desmayar y tratar de instruirse cuanto antes... Al oír
estas
palabras, subió de la multitud, que había permanecido silenciosa, un
murmullo de simpatía.

Entonces el viejo declaró que ya estaba muy entrado el calor, y que convenía
a todos retirarse a dormir; luego, preguntó a Núñez si sabía dormir. Éste le
respondió que si estaba iniciado en tan reparador misterio, pero que antes
necesitaba comer algo. Trajéronle leche de llama en un cuenco y pan muy
salado,
y lo condujeron a un lugar fuera del caserío en donde pudiera comer y dormir
solo, hasta que el frío, cayendo con la noche de las montañas, despertara
a todos los habitantes del país de los ciegos para empezar la invertida de
trabajo. Pero Núñez no pudo dormir: sentado en el mismo sitio donde lo
dejaron,
se puso, mientras reposaban sus miembros tronchados de fatiga, a meditar en
las imprevistas circunstancias de su llegada; y tan pronto una sonrisa
burlona
entreabría sus labios como una arruga de contrariedad fruncía su ceño.

-¿De modo que inteligencia informe y sentidos sin afinar? -se decía-. ¡No
saben que han insultado al rey y al dominador que el cielo les manda! ... Va
a
ser preciso recabar con un triunfo indiscutible la soberanía...
Reflexionemos, reflexionemos...

Y cuando se puso el sol y empezó a removerse la vida la aldea, reflexionaba
aún.

Núñez era sensible a la belleza de las cosas, y el reflejo de la luz en las
pendientes nevadas y en los audaces picos de hielo que rodeaban el valle
atraía
su mirar como un espectáculo jamás contemplado.

Sus ojos iban, ya a las inaccesibles cumbres, ya al pueblecito y a las
florestas circundantes, rápidamente desvanecidas en la penumbra crepuscular.
Y de
pronto, al totalizarse las sombras, una emoción férvida penetró en su ser y
desde el fondo de su corazón dio gracias al creador, por haberle conservado
el don de la vista. Una voz empezó a llamarle desde el limite del
pueblecillo:

-¡Eh, eh, Bogotá!.. . ¡Acérquese!

Al oírla, Núñez se levantó con burlona sonrisa. De una vez iba a enseñar a
los ciegos la utilidad que los ojos reportan al hombre. Le bastaba
esconderse
para que no dieran con él.

-¿Por qué no se mueve, Bogotá? -insistió la voz. Riendo en silencio, Núñez
anduvo cuatro o cinco pasos de puntillas, y enseguida la voz le advirtió en
tono
acre:

-¡Bogotá, está prohibido andar sobre la hierba! Ni siquiera él mismo había
oído sus propios pasos; así que se detuvo de repente, asustado; y como el
ciego
que, lo interpelaba llegaba ya por el camino adonde también él había vuelto,
le dijo: -Aquí estoy.

-¿Por qué no vino cuando le llamé? -reconvino el ciego-. ¿Va a ser necesario
llevarlo siempre como a un niño? ¿Es que no puede oír el camino cuando anda?
Núñez repuso echándose a reír.

-Puedo verlo.

-Ver, ver... Esa no significa nada. Déjese de tonterías y siga el ruido de
mis pasos.

Núñez obedeció contrariado, diciéndose: "Ya llegará mi hora."

-Poco a poco se corregirá usted -dijo el ciego con benevolencia-. Tiene aún
mucho que aprender en el mundo.

-¿Es que nunca ha oído decir -le preguntó Núñez- que en tierra de ciegos el
tuerto es rey?

-¿Qué es eso de ciego? -preguntó el otro encogiéndose de hombros, con tal
tono de tremenda ignorancia, que a Núñez le dio frío.

Cuatro días transcurrieron así, y todavía al alborear el quinto el titulado
rey de los ciegos permanecía torpe e inútil entre sus súbditos. Ya se había
convencido de que no era tarea fácil imponer su dominio; y mientras urdía un
golpe de Estado para adueñarse del poder, iba sensiblemente habituándose a
recibir y cumplir las órdenes de todos y adaptándose a sus costumbres. Como
para él trabajar durante la noche y dormir de día era un sistema harto
incómodo,
decidió que en cuanto estuviese en el trono ese cambio constituiría su
primer acto de gobierno.

Los "súbditos dominadores" vivían una existencia laboriosa y sencilla,
desarrollando cuantos elementos de dicha y virtud están al alcance del hombr
e. Trabajaban,
pero sin dar al trabajo carácter opresivo; poseían vestiduras y alimentos
bastantes a satisfacer sus necesidades, dividían el tiempo en jornadas
alternativas
de labor y reposo, distraían los ocios con la conversación y el canto, no
ignoraban los tiernos deleites del amor, y atendían al desenvolvimiento
mental
y físico de sus hijos.

Era maravilloso ver la confianza, la precisión con que todos seguían las
normas establecidas; cada cosa se adaptaba en el valle a la idiosincrasia de
aquella
variedad humana que siendo secular era para Núñez tan nueva: los caminos que
surcaban la planicie iban en continuo zig-zag y se diferenciaban por
hendiduras
de diversas formas abiertas en las aceras que los orillaban; los obstáculos
e irregularidades de senderos y prados habían sido suprimidos desde hacía
mucho
tiempo, y los sentidos, agudizados con el uso impuesto por la carencia de la
vista, permitíales a una docena de pasos no sólo oír, sino hasta colegir los
gestos. Las inflexiones de la voz habían reemplazado a las expresiones de la
fisonomía, y la sensibilidad infinita del tacto acrecentaba sus facultades.
Manejaban la azada, la pala y demás instrumentos de labranza con soltura de
expertos jardineros; y su olfato, prodigiosamente sutil, discernía las
diferencias
de olores relativos a personas y a cosas como puede distinguirlos un buen
alano.

Pastoreaban con mucha pericia los rebaños de llamas que bajaban de las rocas
durante la noche en busca de pastos y abrigo. Cuando Núñez decidió
reivindicar
su puesto de ser superior fue cuando se dio cabal cuenta del eficaz orden
que presidía hasta las menores acciones de los ciegos. Antes de realizar
tentativa
alguna de violencia trató de persuadirlos renovando muchas veces sus
fallidos intentos de hacerles comprender el sentido maravilloso y profundo
de la palabra
vista; y, les decía:

-Hay una cosa en mí que ustedes no pueden comprender. Pero no le prestaban
oído. En varias ocasiones algunos parecieron interesarse por sus protestas,
mas
solo con efímera atención, cual si se tratara de un sueño pintoresco.
Sentados, con la cabeza inclinada y vueltos hacia él para oírle mejor,
atendían;
y él entonces se esforzaba en rasgar las inteligencias tenebrosas con un
rayo de luz. Durante una de estas tentativas reparó en una muchacha cuyos
párpados,
menos rojos, espesos y cóncavos que los de los otros, daban la ilusión de
que hubiese bajo ellos ojos capaces aún de despertar del eterno letargo; y a
ella le dedicaba sus mejores descripciones y argumentos, con la esperanza de
convencerla antes. Hablábale de las infinitas bellezas sólo perceptibles
merced
a la vista, del espectáculo de las montañas, de los esplendores del cielo,
de las fiestas fastuosas de colores que el sol realiza al nacer y al
ponerse.
Y los ciegos lo escuchaban con incredulidad divertida, que iba poco a poco
trocándose en desaprobación. Enseguida cualesquiera de ellos, apoyado por
todos,
le explicaba que en realidad no existían esas cosas llamadas por él
montañas, y que los bordes del enorme embudo de rocas donde iban las llamas
a correr,
marcaban el límite del mundo, pues desde allí se elevaba una especie de
tapadera inmensa, techo del orbe, de donde caían el rocío y la lluvia.

Cuando Núñez sostenía exaltado que el universo era infinito, y que ellos no
tenían sino una mezquina idea de él, los ciegos ponían caras tristes o
irritadas,
diciéndole que procurase apartar de sí esas ideas perversas. El cielo, las
nubes y los astros descritos por Núñez, parecíanles incomprensible y
espantoso
vacío: toda su cosmología estribaba en la pequeñez de un mundo cerrado y
pulido, según percibíalo su tacto.

Núñez se dio cuenta de que continuar las discusiones lo exponía a chocar con
ellos, y renunció a explicarles la utilidad abstracta y estética de la
vista,
limitándose de vez en cuando a insistir acerca de las ventajas prácticas.
Una mañana vio a Pedro venir hacia el poblado por el sendero número XVII, y
antes
de que estuviera lo bastante cerca para que el oído y el olfato de los demás
pudieran percibirlo, profetizó:

-Dentro de algunos minutos Pedro estará aquí.

Uno de los viejos le reconvino asegurando que nada tenía que hacer Pedro a
aquella hora en el término de la vereda número XVII, y en efecto, como si
Pedro
quisiera desconcertar su vista y dar la razón al anciano, torció por una de
las sendas laterales y, alejándose por la vereda número X, dirigióse al muro
de la ciudadela.

Fatigados de esperar la realización del vaticinio, los ciegos se burlaron de
Núñez, quien para justificarse trató de interrogar a Pedro después,
públicamente.
Pero éste lo desmintió enfurruñado, y desde ese día le fue hostil. Tras
muchas súplicas obtuvo de los ciegos el ser sometido a otra prueba: partió
en compañía
de uno de ellos a situarse sobre una eminencia del prado no lejos de la
muralla, desde donde prometió descubrir lo que ocurriera en el caserío. Sin
trabajo
alguno pudo detallar cuántas evoluciones realizaron a la intemperie; mas
como los hechos de trascendencia para ellos ocurrían en el obscuro interior
de
sus casas, obstináronse en que Núñez describiera gestos y hechos para él
invisibles, y hubo de callar decepcionado, despechado, colérico...

Sólo después de esta abortada tentativa y de recibir los sarcasmos de todos,
tomó Núñez el partido de la violencia y decidió armarse de una estaca y
derribar
en un dos por tres a los más discutidores, para convencerles de la ventaja
de tener ojos. Pero en el momento de coger el palo descubrió en el fondo de
su ser un sentimiento nuevo de hidalga ternura: le era imposible maltratar a
un ciego a mansalva. Tuvo entonces un instante de duda, y con espanto
advirtió
que todos los ciegos estaban prevenidos, como si hubiesen visto su ademán:
con las cabezas inclinadas y los puños crispados parecían esperarle, y uno
de
ellos le ordenó brevemente:

-¡Deje ese leño! Núñez sintió un horror indecible debilitarle hasta la
medula, y casi fascinado estuvo a punto de obedecer; mas, reaccionando de
súbito,
empujó violentamente al ciego más cercano y salió corriendo enloquecido
hasta trasponer la muralla... Corrió, corrió a través de las afelpadas
praderas,
y al fin lo detuvo la fatiga y se desplomó al borde de un camino presa de
esa excitación que se apodera de los hombres al principio de todo combate.
Con
lucidez instantánea comprendió que para no ser en lo futuro un esclavo, le
era forzoso pelear, demostrar su fuerza; mas aumentando su perplejidad
ocurríasele
que ni siquiera era posible reír con gentes cuya base mental era tan
diferente a la suya... En la lejanía aparecieron varios ciegos armados de
garrotes,
y bien pronto dejaron atrás las últimas casas, desplegándose en una fila
envolvente por todos los senderos que llevaban a donde estaba el fugitivo.
Avanzaban
despacio, interpelándose con frecuencia y haciendo a cada rato simultáneas
paradas para olfatear, como si rastreasen una pista. Al ver sus gestos,
Núñez
no pudo contener la risa; pero poco a poco la carcajada fue trocándose en
preocupación. Uno de los ciegos descubrió su rastro en la hierba,
agachándose
para olerla mejor, marchó hacia él. Núñez observó durante cinco minutos el
lento despliegue de aquel cordón humano que iba a poco a poco sitiándole, y
su vago deseo de intentar la prueba decisiva convirtióse en frenesí
perentorio.

Se puso pie y fue a pasos felinos hasta el muro; después anduvo cauteloso el
camino y halló a todos los ciegos inmóviles, en acecho. Entonces, se detuvo,
y durante un largo minuto de ansiedad, apretó con fuerza el leño homicida.
¿Iba a acometer? La sangre golpeaba rítmicamente sus sienes parecía
acomodarse
al tono de estas palabras que acudían de nuevo a su imaginación: "En tierra
de ciegos, el tuerto es rey... Lanzó una mirada detrás de sí, convenciéndose
de que era imposible rehuir el acoso y un surco vertical ahondó su frente.
¿Iba a acometer? Una nueva fila de ciegos más lejana y vasta cubría a la
primera
saliendo del caserío.¡No habla o remedio! ... Y recogiendo el cuerpo para
tomar pulso, replegada la cabeza y crispadas las manos, apercibió al ataque.
Una voz detuvo su ímpetu: .

-Bogotá -llamó uno de los ciegos-. ¿Qué hace usted? ... Entréguese. Núñez
oprimió con más fuerza su arma y avanzó algunos pasos. Inmediatamente todos
los
ciegos convergieron hacia él. -¡Al que me toque -juró- lo desnuco! ... ¡Loco
sin piedad!

Sin embargo, pasado un instante, juzgó útil parlamentar y dijo:

-Oíd... ¡Es necesario que me dejéis hacer lo que me venga en gana! ...
¿Sabéis? Quiero proceder a mi antojo y pasearme por donde quiera sin que
nadie se
meta conmigo. Al oír su voz, los ciegos, sin responderle, adelantaron con
los brazos tendidos, a pasos rápidos, como si se tratara de un juego a la
vez
terrible y paradójico en el que los faltos de vista cazaran al dotado de
ella.

-¡Cogedle! -mandó uno. Núñez se encontró cercado del todo y gritó con voz
que en vano quería mostrar imperio:

-¿Pero no comprendéis que vosotros sois ciegos y, yo veo y puedo trituraros?
... ¡Dejadme en paz!

-Bogotá, suelta ese leño y no andes sobre el césped -le respondió uno de los
viejos, imperturbable. Esta orden a la que el tono familiar añadía algo
burlesco,
desencadenó en Núñez la ira:

-¡Voy a descrismaros! -dijo, sollozando de emoción-. ¡No me obliguéis a
romperos el alma!

No sabiendo en qué sentido huir, echó a correr al acaso, sin lograr
sobreponerse a la repugnancia de golpear a los ciegos. Decidido no obstante,
a escapar,
bajó la cabeza y en carrera brusca dirigióse hacia el espacio más ancho
entre dos de sus perseguidores; pero instantáneamente la fila de ciegos
estrechóse
para cerrarle el paso; y viendo que iba a ser cogido, alzó el arma y
dejándola caer sobre uno, que recibiendo el golpe en los brazos dio de
bruces en tierra,
siguió su carrera... ¡Había escapado! Pero había escapado sólo a la primera
fila de enemigos: otra hilera de ciegos armados de cayadas y aperos de
labranza
desplegábase ya con metódica rapidez para cortarle la retirada, y por si
esto fuera poco sintió que uno de los más ágiles y fornidos le iba al
alcance.
Entonces, perdió todo escrúpulo, y de un colérico mandoble derribó al nuevo
antagonista, y huyó otra vez, exasperado, loco, sin rumbo, esforzándose en
ver a la vez todos los peligros, hasta que en una de esas vueltas tropezó y
cayó sobre la hierba. Los ciegos oyeron su caída.

Una de las puertas del muro ofreciósele a lo lejos como entrada de un cielo
de salvación y, levantándose, enderezó hacia ella su carrera. Escaló un
puente,
gateó por las escarpadas rocas espantando a una llama que se alejó a saltos
fantásticos, y al fin, sin aliento, pero libre, se dejó caer en tierra. Así
terminó su tentativa de golpe de Estado. Durante dos días y dos noches
estuvo sin aliento y sin abrigo fuera del murado recinto; y en la inquieta
soledad
meditó mucho sobre las sorpresas de su aventura. Durante el curso de estos
soliloquios repetíase con frecuencia y cada vez en un tono de burla más
amargo,
el proverbio ilusorio cuyo recuerdo le hiciera sonreír el primer día
orgullosamente: "En tierra de ciegos, el tuerto es rey". Reflexionaba sobre
todo en
la dificultad de hallar medios para combatir y someter a sus opresores, y
poco a poco iba viendo que no disponía de ninguno practicable, pues carecía
de
armas y estaba en la imposibilidad de fabricárselas por sí mismo. Además,
los escrúpulos morales volvían poco a poco, cual pájaros asustados, al nido
de
su mente: ¡No, no podía resolverse a asesinar a seres marcados por el
infortunio! La plaga de la civilización le habla contaminado...A no ser por
esto
-pensaba- y por la falta de armas, acaso el problema no fuera irresoluble:
bastaba asesinar a tres o cuatro para dictar condiciones a los otros, bajo
la
amenaza de una carnicería sistemática e impune; pero como también de matar
se fatiga el hombre, y al cabo sería vencido por el sueño ... Exploró el
bosque
de abetos en busca de algún fruto y de abrigo contra las heladas nocturnas;
trató, sin lograrlo, de atrapar una llama para matarla contra algún saliente
de roca y comerla, pero dijérase que también las llamas desconfiaban de él,
pues parecían espiarlo desde lejos con sus ojos femeniles, prontas a huir
lanzando
estornudos, en cuanto intentaba acercarse.

Al fin, tomó el partido de regresar al valle para discutir los términos de
su capitulación. Bordeó el canal con muchas precauciones, y a sus llamadas
dos
ciegos acudieron a una de las puertas del muro.

-¡Estaba loco! -les dijo Núñez humildemente-. Como hace tan poco que he
llegado...

Los ciegos declararon que aquel tono de mansedumbre era el mejor para
reanudar las amistades, y Núñez aseguró que la cordura había vuelto a su
espíritu
y que estaba arrepentido de las anteriores violencias. Una súbita crisis de
lágrimas, que lo debilitó aun más, redujo los últimos recelos de los dos
emisarios,
quienes le preguntaron si volvía ya curado de aquella pretensión monomaniaca
de ver.

-Sí -dijo él-. Era una insensatez... La palabra ver no significa nada...
¡Menos que nada!

-¿Qué hay sobre nuestras cabezas? -preguntó uno de los ciegos para probarle.

Y Núñez dijo:

-Próximamente a la altura de cien hombres hay un techo: el techo del
mundo... hecho de rocas muy pálidas y muy suaves... ¡tan suaves! ...

Nuevos sollozos convulsivos lo sacudieron, y en un susurro suplicó:

-Antes de seguir preguntándome, dadme algo de comer... ¡Estoy desfallecido!
... ¡No puedo más!

Sin duda su mísero estado movió a los ciegos a clemencia; en vez de los
castigos crueles que temía, sólo le dieron algunos latigazos, considerando
la rebelión
como otra prueba de su idiotez y su inferioridad general. En cambio, le
distribuyeron los trabajos más sencillos y rudos, de tal modo que al
terminar cada
jornada apenas tenía tiempo de acariciar la esperanza de salir algún día de
su resignada servidumbre. Poco después cayó enfermo, y lo cuidaron con
solicitud;
a pesar de ello, la forzosa permanencia en el lecho, sin luz alguna, hízole
más triste la enfermedad. Un filósofo ciego vino a sermonear junto a su
cabecera,
recriminándole la pasada locura y reprochándole, sobre todo, con acento tan
conmovido las dudas acerca de la tapa que protegía la gigantesca marmita,
imagen
total para ellos de su mundo, que Núñez concluyó por preguntarse si su claro
recuerdo del cielo era realidad o producto de una alucinación.

Fue así como Núñez convirtióse en un ciudadano más del país de los ciegos.
Poco a poco los habitantes del valle dejaron de constituir un grupo
impersonal
y adquirieron caracteres individuales, con los cuales se fue familiarizando,
mientras esfumábanse las remembranzas del mundo que se expandía del otro
lado
de los montes. Distinguió entre todos a Jacob, su dueño, viejo bondadoso
cuando no se le contrariaba; a Pedro, sobrino de éste y su más antiguo
conocido,
y a la más joven de sus hijas, Medina, una muchacha poco apreciada por los
demás ciegos a causa de que su rostro, vigorosamente delineado, no tenía
aquel
aire achatado y fofo considerado por los habitantes del valle como el ideal
de la belleza femenina. Desde el comienzo, Núñez la juzgó simpática y no
tardó
en considerarla el ser más perfecto de la creación. Medina se diferenciaba
de los otros en que sus párpados no eran cóncavos ni rojizos, consintiendo a
Núñez la ilusión de verlos abrirse alguna vez; además, tenia largas
pestañas, detalle reputado por todos como grave deformidad, y su voz -tan
acariciadora
para él- no satisfacía, sin duda, la exigencia auditiva de los ciegos, por
lo cual ninguno la cortejaba... Llegó un momento en que el desterrado se
dijo
a sí mismo que si lograba hacerse amar de la muchacha se resignaría a
concluir su vida en el valle.

Durante muchos días espió las ocasiones de serle útil en menudos menesteres,
y pronto tuvo la convicción de que notaba su preferencia. Una tarde, sentado
junto a ella en una de las asambleas con que celebraban las fiestas, bajo la
penumbra estelar, impelido por la insinuante dulzura de la música, su mano
se atrevió a estrechar una mano que respondió con suave ternura a su
presión; y otra, estando comiendo en la obscuridad, Medina rozó también su
mano, y
como el fuego del hornillo alzase por casualidad en aquel instante una
llama, Núñez pudo ver retratada la pasión en la fisonomía dulce de la ciega.
Esto
lo decidió a confesarle su amor una noche en que, sentada junto a la puerta,
hilaba un copo con tal lentitud meditativa, que parecía a la luz de la luna
misteriosa una estatua de plata. Él se sentó a sus pies y le declaró su amor
en palabras sencillas, exaltadas y sinceras, con voz acariciadora, en un
tono
a la vez apasionado y respetuoso que ella nunca había oído y que, turbándola
deliciosamente, le impidió dar una respuesta inmediata.

Pero Núñez comprendió que sus palabras habían llegado al fondo de su alma y
despertado ecos. A partir de ese día hablaban siempre al encontrarse y eran
felices; y el valle convirtióse para él por virtud del amor en su Universo;
y el mundo del otro lado de los montes, en donde vivían los hombres una vida
de luz, llegó a parecerle una fábula cada vez más borrosa.

Tímidamente, después de muchos titubeos, se atrevió a hablar de la vista a
su novia. La muchacha creyó sus palabras una nueva quimera del amor: sin
rebatar
ni intentar resolver el enigma, las aceptó como otra fantasía poética; y con
indulgencia de enamorada cómplice, escuchó, por ser el amado quien las
decía,
las descripciones de los astros, de las montañas y la de su misma serena y
pálida belleza.

Y Núñez imaginábase, ante el arrobado silencio, que Medina animaba y
alumbraba en las negruras de su mente, las esplendorosas maravillas
descritas por él.
Poco a poco el enamorado adquirió confianza y su amor tornóse menos tímido,
hasta el punto del proponerle pedirla en matrimonio a Jacob y al tribunal de
ancianos que regía el valle; pero ella mostró gran sobresalto y le rogó
aplazara la demanda. La primera en notar sus amores fue una de las hermanas
de
Medina, quien los delató a su padre. El proyecto de matrimonio encontró en
principio una oposición general, no porque los ciegos tuviesen en gran
estima
a la muchacha, sino porque juzgaban a Núñez inferior al nivel mínimo de
lucidez necesario a todo hombre. Las demás hermanas protestaron, arguyendo
que
el descrédito de semejante unión las alcanzaría; y el viejo Jacob, a pesar
del afecto que había llegado a cobrar a su siervo a causa de su humildad y
aun
de su misma torpeza, movió la cabeza denegando.

Los mozos se irritaron ante la idea de aquel matrimonio como ante una
presunta aberración; y uno de ellos excitóse tanto, que llegó a injuriar y a
golpear
a Núñez, quien le devolvió con creces los golpes, demostrando por primera
vez que, aun en la penumbra, el don de la vista entrañaba una seria ventaja.
Después de esta pelea, nadie volvió a levantarle la mano; pero todos se
obstinaron en considerar imposible la boda.

El viejo Jacob, que la adoraba, enterneciese cuantas veces Medina venia a
apoyar sobre su pecho la cabeza con callado pesar, y la consolaba
diciéndole:

-Compréndelo bien, hija mía... Es un idiota...Padece alucinaciones y no sabe
hacer nada a derechas.

-Lo sé, lo sé -murmuraba ella... -Pero ya no es como al principio; se nota
que mejora y llegará a ponerse bien del todo; es fuerte, padre mío, y es
también
muy bueno... Más fuerte y más bueno que ninguno de aquí... Y me adora,
papá... ¡Y yo también! ... El pobre viejo, hondamente afligido por la
desolación
de su hija y por su creciente afecto hacia Núñez, fue al fin a interceder
cerca del tribunal de ancianos; y sin atreverse abiertamente a defender la
causa,
halló medio de insinuar esta frase:

-Sin duda mejora, y es muy posible que un día llegue a estar tan sano como
cualesquiera de nosotros. Poco tiempo después, uno de los ancianos más
doctos
halló la solución anhelada. Era el gran doctor, el que curaba los males del
cuerpo y del alma a su pueblo; y en su espíritu inventiva y filosófico, la
idea de anular en Núñez el influjo de aquellas protuberancias extrañas que
lo impelían al extravió, debió germinar y medrar como un halago. En una de
las
siguientes reuniones acercóse a Jacob y le dijo:

-He examinado a Núñez y me parece que su curación no es difícil.

-Es lo que yo digo -exclamó jubiloso el padre de Medina.

-Su cerebro está dañado -aseguró el doctor. Los ancianos acogieron con un
murmullo admirativo el diagnostico; y el sabio, preguntándose a sí mismo
para
dar más valor a su respuesta, añadió:

-¿Pero de qué mal está dañado?

-No lo sé -dijo Jacob, de nuevo melancólico.

Y el otro concluyó triunfalmente:

-Yo sí. Esas protuberancias nocivas que él llama ojos y que en los seres
perfectos sólo existen para ahondar una bella depresión en la cara, las
tiene Núñez
tan enfermas, que la dolencia le ha penetrado hasta los sesos. Reparad en
que están enormemente distendidas, tienen una doble fila de pelos y además
se
abren y se mueven. No es preciso añadir más para demostraros cómo su cerebro
ha de estar en un estado fluctuante entre la irritación y el idiotismo, sin
parar nunca en el fiel de la sensatez.

-Claro -respondió Jacob. -Para curarlo es preciso intentar una operación a
la vez sencilla y radical; hay que extirparle esos dos cuerpos excitantes.

-¿Y sanará?

-Seguramente; y haremos de él un modelo de ciudadano.

-¡Dios te bendiga por tu generosidad y tu sabiduría! sollozó el viejo.

Y partió sin demora a anunciar a Núñez la esperanzada nueva; pero el modo
con que fue acogido por éste debió parecerle frío e injusto, pues murmuró
decepcionado:

-¡Bien se conoce que no quieres a mi pobre hija como ella a ti! Fue Medina
quien, armada del amor, decidió a su novio a aceptar la intervención de los
cirujanos
ciegos:

-¿Y eres tú -protestaba él- la que me propone renunciar al don de la vista?

Ella insistía con lánguida tenacidad; y cada vez que estaba a punto de
rendirse, Núñez encontraba en el fondo de su ser esta frase de rebelión:

-¡Pero si mi universo es la vista... si porque te he visto te he querido! Y
como ella bajara la cabeza sin responder, confiando ya más en la elocuencia
de su gesto que en la de sus frases, Núñez continuó:

-¡Existen tantas cosas bellas en el mundo! La más menuda de las flores es
una inmensa maravilla; y los colores y las formas acarician la vista como
las
cosas sedosas acarician la piel... Los líquenes que brotan en las rocas, los
reflejos aterciopelados, el cielo hondo con sus nubes, muelles como
almohadas
de pluma, las puestas del sol, las astros, todo, entra por la vista hasta el
alma. ¿Por qué me pides ese sacrificio, cuando sólo por dejar de verte como
ahora, con las dos manos juntas, debe ser una desgracia horrible ser ciego?
¡No, Medina, si es verdad que me quieres no me exijas eso! ... ¿Verdad que
ya no me lo exiges?

Se detuvo; el dejo interrogativo de sus últimas palabras acababa de suscitar
en su propia alma una duda lancinante. Ella insinuó:

-¡No te exaltes así! A veces desearía...

Dejó en suspenso la frase; él la instó:

-Dilo, dilo...

-... desearía dejar de oírte hablar de este modo.

-¿De qué modo?

-De ese que hablas cuando me cuentas tus sueños de la vista. Tienes una gran
fantasía, que me hechiza, que me embriaga, pero...

-¿Pero qué? -dijo Núñez con voz ronca, mientras un escalofrío le recorría la
medula.

Medina permaneció inmóvil, sin responder; él, para convencerse, aclaró:

-Quieres decir que debo decidirme a que me saquen los ojos, ¿no es así?

Y al descubrir por completo el pensamiento de la muchacha sobrevino en su
alma un huracán de cólera; de cólera contra el destino, no contra la
enamorada
infeliz que no le pedía comprender, y que en su desventurado mutismo le
inspiraba una simpatía profunda, tierna, hecha casi toda de piedad.

-¡Alma mía, no sufras! -susurró apasionadamente. La lividez de Medina
decíale claramente cuán oportuno era este consuelo; y atrayéndola contra su
pecho,
jadeante, la besó en las mejillas, prolongando durante un minuto de
angustiada emoción aquel brazo casto y silencioso.

-¿Y si yo hiciera por ti ese sacrificio? -le dijo después -con voz
dulcísima, para saber toda la verdad.

Medina entonces lo apretó contra su corazón y suspiró convulsivamente, entre
sollozos:

-¡Ah, si tú fueras tan bueno, tan bueno que hicieras eso por mí! ... Durante
la semana anterior a la operación que debía redimirlo de su inferioridad y
elevarlo al rango de verdadero ciudadano del país de los ciegos, Núñez no
pudo reposar ni dormir. En las horas vibrantes de sol, mientras todos
dormían,
permanecía sentado o errabundo, sin lograr distraer el pensamiento del
sacrificio cada momento menos lejano. Lo había aceptado ya, había creído más
de
una vez estar resignado, resuelto, y sin embargo... Al fin la postrera noche
de labor transcurrió, y el sol volvió a dorar las nevadas crestas más
fastuosamente
que nunca, como si quisiera decirle con su magnificencia: "Esta es la última
vez que podrás contemplarme". Antes de ir a dormir, a fingir dormir, tuvo
una breve conversación con su novia:

-Mañana -le dijo- no veré ya.

Y ella, oprimiéndole ambas manos con toda la fuerza de su gratitud y de su
amor: -¡Elegido de mi corazón, no te harán sufrir..,! ¡Y si sufres un poco
será
por mí, por mí que te lo pagaré toda la vida con mi cariño!

Lleno de compasión por si mismo y por ella, Núñez la abrazó, la besó en la
boca; y luego, sin dejar de estrecharla, separó la cabeza para contemplar
también
por ultima vez su dulce rostro dolorido. Sin poder contenerse, murmuró,
despidiéndose de la visión amada:

-¡Adiós... adiós! Después, en silencio, se fue. Y Medina sintió repercutir
en su corazón el ruido de los pasos que se alejaban con un ritmo tan
penetrante
de angustia, que sin poderse contener rompió en sollozos.

Núñez marchó en línea recta para llegar lo antes posible a un sitio apartado
desde donde se dominaban las praderas salpicadas de blancos narcisos, y
esperar
allí la hora suprema de su abnegación. Pero mientras andaba alzó la vista, y
al contemplar la mañana que descendía del Oriente como un ángel en armadura
de oro, le pareció que el mundo ciego del valle, y él mismo, y la inmolación
proyectada, no eran sino una infernal pesadilla. Sin detenerse en la colina
elegida continuó avanzando, traspuso el muro y se aventuró por las
pendientes, fija la vista en los picachos rosados por la aurora. Y la
belleza infinita
del paisaje, como un imán, lo atrajo; y sintió como si cada una de las
flores, cada uno de los reflejos, cada una de las cosas bellas y vivas, le
reprochara
el haberse resignado, aunque solo fuera durante unas horas, a vivir sin
ellas. Pensó en el mundo vasto y libre, en su verdadero mundo, y sintió la
visión
y el aguijón de los países lejanos.

En la distancia creyó entrever a Bogotá con sus calles anchas serpeadas de
luces, animadas bajo la claridad gloriosa del día y vivas aún, sin tinieblas
absolutas, bajo el luminoso misterio de las noches. Y pensó en los palacios,
en las fuentes, en las estatuas, en las casas blancas, y se dijo que nada
significaban tres o cuatro días de ascensiones cruentas por montañas casi
inaccesibles, con tal de aproximarse siquiera algo a la ciudad querida.
Siguiendo
el hilo de su ensueño se puso a imaginar un viaje fluvial de muchos días
desde Bogotá al mundo múltiple lleno de ciudades inmensas, de desiertos, de
bosques,
de mares por donde los buques trazaban una espumosa estela, pasando entre la
bruma dorada ante islas más pequeñas aún que el valle de donde se alejaba,
pero desde las cuales veíase no la tapa rocosa imaginada por la fantasía
execrable de los ciegos, sino la expansión azul en la cual los astros
marchan
hacia el infinito. Sus ojos escrutaron el circulo de montañas, y sin
atreverse a formular del todo su secreto designio, se dijo: -Entrando por
ese barranco
hasta aquella brecha, iré a salir a los pinos achaparrados que contienen la
nieve y podré trepar hasta el borde de las primeras cimas. ¿Y una vez allí?
... ¡Quién sabe! Los otros obstáculos podrán también ser vencidos y llegaré
a donde empiezan los ventisqueros... ¿Y después? Después serán precisas
nuevas
y penosas ascensiones hacia las crestas magníficamente desoladas y casi
invisibles... ¡Y si tengo suerte... ! Antes de seguir volvióse a mirar el
vallecillo
y lo contempló largamente, cruzado de brazos, tratando de aislar en su
recuerdo la dulce imagen de Medina, que era ya algo menudo e irreal en la
esperanza
y la distancia.

Con decisión súbita encaminóse hacia la cordillera, envuelta en el esplendor
diurno, y comenzó la ascensión sin detenerse... Al caer el sol ya habla
traspuesto
tres picachos y estaba muy lejos del valle terrible. Las pieles de su traje
aparecían rotas en más de un sitio por las rocas ingentes, y al través de
las
desgarraduras velase la carne también desgarrada. Pero cuando cayó por
completo el día y se vio seguro sobre una abrigada meseta, una sonrisa feliz
alumbró
su rostro. Desde el sitio donde reposaba apenas adivinábase el valle,
perdido en el fondo de un lejano y gigantesco barranco. Las brumas primero y
la sombra
enseguida fueron haciéndolo desaparecer, y cuando aun los altos picachos
tenían un postrer oro de sol, ya el país de los ciegos donde había querido
ser
rey, era en la lejanía una sombra sin límites.

Sombra sin limites allá abajo, en las cimas oro de sol, y en torno de él una
semiclaridad límpida, incomparable. Vetas verdes jaspeaban la masa gris de
la roca, y refulgentes cristales de hielo contrastaban con los tonos
anaranjados de unos líquenes a la vez minúsculos magníficos. Lentamente,
profundas
y misteriosas tinieblas penetraban en el desfiladero. Masas de obscuridad
violácea iban ensombreciéndose hasta tornarse purpúreas y transformarse
luego
en lechosas opacidades. Sobre su cabeza extendíase la infinita bóveda
azul... Cesó de admirar el espectáculo y se tendió tranquilo, sonriente,
como si
la sola dicha de haber escapado del país de los ciegos bastase para llenar
su vida. Un rato después los últimos fulgores de luz fueron vencidos por la
noche; y Núñez reposó dulcemente, bajo el rutilar innumerable de las
estrellas.

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