El cielo era tan oscuro como el carbón y en él titilaban las estrellas con
guiños incomprensibles. No había luna. La brisa fría y cargada de humedad
azotaba
las mejillas de Valeria, desordenaba sus largos cabellos castaños y le producía
ligeros estremecimientos. Caminaba por el bosque cercano a su casa, con
el camisón ondeando alrededor de sus tobillos desnudos. Iba descalza y las
piedrecillas del suelo le causaban cortes y magulladuras en las plantas de los
pies.
Había despertado en mitad del bosque, estirada bajo un árbol viejo y nudoso que
movía sus ramas al compás de la brisa. No sabía cómo había llegado allí,
ni qué hacía allí. Incluso, sabiendo que se hallaba cerca de casa, había perdido
toda noción de lugar y era incapaz de orientarse.
Y entonces escuchó el cántico, como un murmullo de agua, arrastrado por la
brisa. Y se había dejado guiar por él, sin saber a dónde iba o por qué, ni qué
le esperaba más allá de los árboles.
En lo más profundo de la espesa arboleda se abría un claro. Un claro iluminado
débilmente por la luz rojiza de antorchas. Temerosa, aunque atraída hacia
el lugar, Valeria se parapetó tras unos arbustos y contempló la escena que se
presentaba frente a ella. Doce mujeres de edades muy dispares, desnudas y
con el cabello suelto, ejecutaban una extraña y curiosa danza, acompañada de un
cántico, el que ella había oído y seguido. Un cántico que no estaba formado
de palabras, sólo sonidos, sílabas sin significado para Valeria. En el centro
del círculo de mujeres había un ídolo de piedra, cuyos ojos refulgían con
el brillo de los rubíes.
Alguien, en el grupo de mujeres, sintió la presencia de Valeria. La danza y el
cántico cesaron y las mujeres se apiñaron en conciliábulo durante unos
instantes.
Luego se separaron y las dos más mayores se acercaron directamente a los
arbustos que escondían a Valeria. No le hablaron, simplemente tendieron las
manos
hacia la chica. Parecían darle la bienvenida. Y aunque no hubo palabras, Valeria
percibió lo que querían de ella, como si existiera entre ellas un lazo
telepático.
Estremeciéndose, Valeria aceptó las manos que se le tendían y siguió a las
mujeres. Caminaron las tres lentamente, cogidas de las manos, Valeria temiendo
y deseando aquel contacto. Las dos mujeres la condujeron hasta el ídolo de
piedra y, suave pero firmemente, la hicieron arrodillarse frente a él. Los ojos
de Valeria quedaron a la altura de aquellos fríos y fieros ojos de rubí,
encastrados en la piedra del ídolo. Y se perdió en ellos. Viajó, sin moverse del
sitio, a otros lugares y otros tiempos. Se vio a sí misma, vestida con ropas
anacrónicas, frente a un hombre corpulento, alto y enjuto, vestido de negro
de cabeza a pies, que la miraba con ojos severos pero llenos de lujuria. Luego
sintió las ataduras que rasgaban la piel de sus muñecas y tobillos, y el
humo acre de una hoguera. Y el calor del fuego que ya lamía su piel, codicioso.
Y supo qué le había llevado al claro del bosque, quién era y cuál era su
destino. Sus ojos, cuya mirada había permanecido vidriosa durante un rato,
volvieron a la vida. Miró a su alrededor, contemplando los rostros inexpresivos
de las mujeres congregadas. Volvió a posar sus ojos sobre el ídolo pero este ya
no era tal. Una oscura figura humana, alta y de complexión delgada, había
sustituido al ídolo de piedra. En aquella oscura silueta refulgían dos
brillantes ojos. Valeria cerró los suyos y sintió un tacto suave y frío en su
piel.
El camisón resbaló de sus hombros y cayó al suelo, alrededor de sus tobillos. El
cántico volvió a escucharse en la quietud de la noche mientras Valeria
se hundía en la negrura más profunda, llevada por mil sensaciones nuevas y
extrañas.
Cuando Valeria despertó, la luz del sol entraba a raudales por la ventana de su
dormitorio. Despertó sintiéndose incómoda, mareada, con el cuerpo bañado
en sudor. Había tenido unos extraños sueños en los que el miedo y el placer
estaban confusamente mezclados. Recordaba algunos detalles con extraordinaria
nitidez y otros apenas eran destellos fugaces de la memoria. Algo que sí
recordaba con claridad era el brillo ígneo de unos ojos.
Se levantó, dispuesta a darse una buena ducha, y al retirar los cobertores
descubrió que las sábanas estaban manchadas de tierra húmeda. Y observando su
entorno con mayor detenimiento, descubrió pisadas manchadas de tierra, sus
pisadas, y ramitas y hojas secas esparcidas por el suelo de la habitación. ¿No
había sido todo un sueño? ¿Quizá había vagado sonámbula por el bosque? No
conocía la respuesta.
Entró en el baño y se desnudó, haciendo ademán de tirar el camisón en el cubo de
la ropa sucia. Pero le pareció observar que estaba desgarrado y lo miró
más atentamente para asegurarse de que era así. Lo era. Con el camisón en las
manos se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la pared. Este le
devolvió la imagen aterradora de una mujer demacrada, con enormes ojeras bajo
los ojos oscuros y el cabello totalmente blanco. Y sobre el seno izquierdo,
como marcada a fuego, descubrió una señal extraña de color rojizo. La tocó con
las yemas de los dedos. Estaba caliente y parecía palpitar. El contacto
de sus dedos con el extraño símbolo le trajo imágenes a la mente que le
aseguraron que nada había sido un sueño. Aquella había sido la primera noche de
muchas más, muchas más noches sin luna en el claro del bosque. Ahora ella era
una más, la que esperaban, la que faltaba para completar el círculo de trece.