El mayordomo que no lo hizo
Craig Rice
En un mayordomo hay algo más que la capacidad de mantenerse erguido. Debe ser
capaz de mirar al suelo con los oídos bien abiertos y la boca bien cerrada.
Los mayordomos, indudablemente, son una raza en peligro de extinción.
-Por favor, Malone -suplicó apasionadamente la bella mo-renita-, ¡tiene que
ayudarme!
John J. Malone sacudió torpemente el puro en el cenicero que había en su mesa y
cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la mujer seguía allí, sentada
frente a él.
-¿Qué es lo que quiere que le ayude a hacer? -preguntó suspirando. "La elección
de palabras -pensó- era más bien incorrecta, pero la verdad es que no
importaba."
Sabía que aceptaría el trabajo fuera lo que fuera. Claro, siempre y cuando no se
tratara de algo claramente ilegal. Y tampoco estaba demasiado seguro de
que esto le frenara. El saldo de su cuenta corriente estaba rozando los números
rojos. Mentalmente fue contando la gente a la que debía dinero: a la telefónica,
a la compañía de electricidad, a Maggie, a Joe el Ángel, a Ken, al juez
Touralchuck (por una desgraciada partida de póquer)...
Una lista interminable.
-Se trata de mi marido ^explicó la mujer-. La Policía piensa que yo lo asesiné.
Malone volvió a suspirar y preguntó:
-¿Por qué? Y, por cierto, ¿quién es su marido? ¿Y quién es usted? -También pensó
añadir: "¿y por qué me ha elegido a mí, entre tanta gente como hay?", pero
decidió no hacerlo. Necesitaba el dinero, y además la mujer era hermosa.
Sintió cómo le renacía la galantería en el pecho. Se sacu-
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dio la ceniza caída sobre el chaleco y esperó tranquilamente. La mujer
respondió:
- ¡OH, sí! Soy Marjorie Dohr.
Malone parpadeó, pero no dijo nada. La mujer deletreó su apellido.
-Mi marido es James Dohr. Quiero decir..., que era James Dohr. Antes de...
Apretó los labios, luego apoyó la cabeza sobre la mesa de Malone y se echó a
llorar.
-Por favor -replicó éste, palmeándole la cabeza tontamente-. Por favor. Cálmese.
Yo...
Pasados unos segundos, levantó la vista, se secó los ojos con un pañuelo y
murmuró:
-Lo siento, pero ha sido todo tan rápido... James estaba..., muerto y vino la
Policía y yo...
-¡Ah! -pidió Malone-. Hábleme de la Policía.
Mrs. Dohr volvió a secarse los ojos.
-¿Me..., ayudará? -preguntó.
-Lo intentaré -se ofreció Malone-. ¿Mató usted a su marido?
Mrs. Dohr se le quedó mirando fijamente.
-Claro que no -contestó-. Ya le he dicho...
-Sólo quería estar seguro -se defendió Malone-. Pero la Policía cree que sí lo
hizo.
-Es verdad. Verá, James no se encontraba bien aquel día, así que se quedó en
casa. Yo me fui al cine. Cuando volví estaba..., estaba caído en la sala de
estar, con el puñal en la espalda. Y yo..., yo iba a llamar a la policía.
-Pero, ¿no lo hizo? -preguntó Malone con dulzura.
-No. Llegaron..., unos segundos después de que yo volviera a casa. Me acusaron
de asesinarle. Por su..., dinero.
-¿Por su dinero?-repitió Malone, esperanzado.
-Eso mismo. Cuando murió el viejo Gerald Deane, le dejó cinco mil dólares a
James. La Policía creyó que yo le maté por eso.
-Una tontería por parte de ellos -murmuró Malone-. ¿Era su marido pariente de
Gerald Deane? -Recordó al magnate de la aviación. Cinco mil dólares le
parecieron
muy poco para un pariente, aunque fuera lejano, si la fortuna era
del calibre de la de Deane, pero a veces la gente hace cosas raras.
- ¡OH, no! -protestó Mrs. Dohr-, no había el menor parentesco, en absoluto.
-¡Ah...! Sólo buenos amigos.
Mrs. Dohr negó con la cabeza y explicó:
-No eso precisamente. Verá... Quizá debí explicárselo antes. Mi marido es...,
era..., mayordomo. Trabajó para el viejo Mr. Deane, y después para su hijo
Ronald. Trabajó para Ronald hasta..., que murió.
-Un mayordomo -musitó Malone.
-Eso mismo. ¡Malone...!, me ayudará, ¿verdad? Usted no cree que yo matara a mi
marido, ¿verdad? Por favor, idiga que me ayudará!
-La ayudaré -suspiró Malone, obediente-. Y tampoco creo que matara a su marido.
La verdad es que estoy seguro de ello -añadió en un arranque de confianza.
-¿Quiere decir..., que podrá probar que no maté ajames? ¿Quién lo hizo, pues?
Malone tosió discretamente y dio una chupada a su puro.
-Antes de contestarle -dijo en un tono que pretendía inspirar confianza-
necesitaremos unos cuantos datos más.
Una hora más tarde, con un bagaje de datos sobre James Dhor, Gerald Deane, su
esposa Phyllis, su hijo y su nuera, Ronald y Wendy, Malone se dirigió al bar
de Joe el Ángel. Se dijo que sería un buen lugar para ordenar sus ideas y
preparar su menee para la primera jugada.
Pero la atmósfera no era tan amistosa como la que recordaba de otros tiempos.
Joe se preocupaba por la factura que Malone le debía, y dejaba que se notara.
Malone tomó unas copas en recuerdo de los tiempos pasados, pero sin poner en
ello el corazón. Y, después de decidir que su primer punto de investigación
sería la casa de los Deane, ya no pensó nada que valiera la pena.
Los Deane eran los primeros sospechosos, porque eran casi los únicos sospechosos
que tenía. James Dohr parecía haber sido un santo en la tierra. Malone
reflexionó. Según su llorosa viuda, nunca había tenido enemigos. Incluso gustaba
a sus amigos. Esto reducía considerablemente el campo de sospechosos.
Mrs. Dohr tenía un motivo para el asesinato y Malone lo sabía. Su historia de
haber ido al cine era muy endeble y un niño de pocos años podía echarla por
los suelos. Y no solamente eso, se dijo, sino que el único motivo existente era
el que ella tenía.
No obstante, creía en su historia. Estuvo desconsolada y hermosa, y parecía
hablar con sinceridad. Además era clien-ta suya.
Esto significaba que había que encontrar a alguien más que tuviera un motivo. ¿Y
quien más había?
"Bien -se dijo Malone-, un mayordomo está en situación de descubrir todo tipo de
cosas de una familia para la que trabaja." Esto era algo que valía la pena
considerar. La primera sospecha apuntaba directamente a un muerto, Ge-rald Deane,
pero quedaba su viuda y el resto de la familia. Posiblemente, habría
incluso otro mayordomo.
Malone apuró su vaso y se levantó. Con un ademán amistoso hacia Joe, un ademán
que quería indicar confianza en el pago de su factura en el bar, el abogado
se dirigió a la puerta, la abrió de un empujón, y empezó a buscar un taxi.
La finca de los Deane consistía en una gran casa levantada en medio de una
enorme extensión de jardines. Malone llegó hasta la entrada principal del
palacio
de mármol, bajó, pagó al taxista y subió los peldaños de la entrada.
La puerta era de caoba maciza. Malone agarró el llamador y lo utilizó. La puerta
se abrió. Un hombre alto y pelirrojo le sonrió.
-Bueno, ¿quién es usted? - preguntó-. No puede ser el nuevo mayordomo. No tiene
cara de mayordomo. Parece un..., un... -Se apoyó pensativo en la puerta
y al fin dijo-: vendedor de licores. Un anticuado y arruinado vendedor de
licores. -Dio un paso hacia dentro y llamó a la izquierda de la puerta-: ¿No
tengo razón, Wendy?
Una voz de mujer llegó hasta ellos:
-Por supuesto que tienes razón. Si tú lo dices, es que la tienes. ¿Hasta dónde
llegaría si discutiera contigo? Siempre tienes razón.
-Perdón -suspiró Malone.
-¡Ah! -dijo el pelirrojo. Malone pensó que parecía lo bastante viejo como para
acordarse del tiempo de la Ley Seca-. Me temo que viene fuera de época -insistió
el pelirrojo-. Hace años que en esta casa no se compra ni una botella de licor.
-Pero... -empezó Malone.
-Lo sé. Lo sé -le interrumpió el pelirrojo-. Acaba de llegar del barco. Así y
todo, me temo...
-Soy abogado -declaró Malone, desesperado-. Estoy aquí a causa de la muerte de
James Dohr.
-Bueno, naturalmente, si usted... ¿Qué ha dicho?
-James Dohr -repitió Malone.
Se hizo un profundo silencio. Al fin, el pelirrojo dijo:
-Naturalmente. -Su voz había cambiado, era sobria y, en opinión de Malone, diez
años más vieja. Ahora parecía tener cuarenta y cinco años o así-. Siento
las bromas. No puedo evitarlo; eso es lo malo. ¿Ha dicho que era abogado?
-Sí. John J. Malone. -Y buscó una tarjeta.
-Déjelo. Es puro formulismo..., pero entre. Le presentaré y así podrá ocuparse
de su asunto. Estamos a su disposición, claro. James trabajó en casa más
de cuarenta años, aunque esto ya lo sabrá...
-Sí -respondió Malone.
Entró y la enorme puerta se cerró tras él. El pelirrojo hizo un gesto y Malone
le siguió a través del arco de la entrada hasta una habitación grande y bien
iluminada. En la estancia había tres personas. Una de ellas, según distinguió
Malone, era una doncella perfectamente uniformada. Las otras dos eran una
mujer muy vieja sentada en una butaca de respaldo tieso, y otra más joven. "Mrs.
Deane y Mrs. Deane -pensó Malone-. El pelirrojo, por eliminación, era
Ro-nald. El bromista Ronald", corrigió amargado.
Ronald presentó:
-Madre... Wendy..., os presento a Mr. Malone. Ha venido a preguntarnos sobre la
muerte de James Dohr.
La joven Mrs. Deane parpadeó y preguntó:
-¿Interrogarnos? ¿Qué sabemos de eso nosotras, Ro-nald?
Ronald se encogió de hombros. Su madre se movió ligeramente, se inclinó hacia
delante y atravesó a Malone con la mirada.
-Joven -le dijo en un tono de voz más viejo que su aspecto-, ¿desea preguntarme
a mí}
Malone se dijo que no había nada que deseara más evitar. Pero asintió
lentamente, diciendo:
-En efecto.
-Muy bien -respondió la vieja más vieja. Miró a los demás y ordenó
sencillamente-: Dejadnos.
La habitación se quedó vacía. La vieja más vieja, indicó una butaca junto a la
que ocupaba ella.
-Venga aquí, joven, y hábleme.
Sintiéndose un poco como Blancanieves, Malone se acercó y se sentó en la butaca.
En el breve silencio que siguió, Malone se secó una diminuta gota de sudor.
-¡Bien! -insistió la anciana voz.
Malone se esforzó por pensar en una primera pregunta lógica:
-¿Conocía usted bien a James Dohr?
La vieja se rió.
-¿Bien? Muy bien, en verdad. Trabajó aquí durante mucho tiempo y no me cabe duda
de que también sabía mucho de nosotros. Quienquiera que le disparara,
probablemente
nos hizo un gran favor.
-¿Un qué? -preguntó Malone escandalizado.
La mujer le sonrió dulcemente.
-Soy lo bastante vieja para ser realista respecto a ciertas cosas. Puedo decirle
que James tenía secretos guardados en ese cerebro suyo..., secretos que
ahora jamás se descubrirán.
Malone respiró profundamente.
-¿Acaso trató de chantajearla?
-¿Chantaje? -La anciana rió y dijo al fin-: Joven, ha leído demasiadas novelas
de aventuras. Yo sólo he dicho que guardaba secretos..., como cualquiera
que hubiera trabajado muchos años aquí..., y ahora los secretos han sido
enterrados con él. Es mejor así. De modo que el dinero-del-si-lencio de Gerald
ha sido casi innecesario después de todo.
-¿Dinero-del-silencio? -repitió Malone con un parpadeo.
-Así decía el testamento. Ya estará enterado del legado que Gerald le dejó. Los
cinco mil dólares.
-¿Y ese dinero era dinero-del-silencio? -insistió Malone.
-Naturalmente -contestó la vieja como si aquello fuera lo más natural del
mundo-. Y ahora que su mujer le ha...
-No fue ella -cortó Malone al instante.
- ¡Ah! -dijo la vieja-. Vaya. Entonces sospecha de uno de nosotros.
-Yo...
La vieja levantó la mano.
-Por favor. No es necesario que se excuse. Si su mujer no mató ajames Dohr,
quizá lo hizo uno de nosotros. Tengo entendido que James tenía pocos amigos.
-En efecto -asintió débilmente Malone.
-Vamos a ver -dijo en tono triunfante la vieja-, no irá usted a sugerir que
James fue asesinado por un desconocido.
Malone respiró profundamente y dijo al fin:
-Cosas más raras han ocurrido.
-Sí que es verdad. Pero, puesto que sospecha de uno de nosotros, habrá pensado
en nacernos preguntas, Mr. Malone. Así que pregunte.
Malone trató de pensar en alguna pregunta. Pero sólo podía hacer una después de
todo, y la hizo:
-¿Le mató usted?
-Pues, no. La verdad es que yo no lo hice. Le tenía cariño a James. Tenía
secretos, ¿sabe usted?
Malone quiso convencerse de que todo era perfectamente normal. Transcurrieron
unos segundos, luego añadió.
-¿Le gustaba porque conocía unos secretos?
-En efecto. Quizá será mejor que se lo explique.
-Podría ser una buena idea -asintió, cauto, Malone.
-Gerald odiaba la idea de esos secretos. Siempre que pensaba en ellos se
disgustaba; sin embargo, no podía hacer nada excepto establecer el
dinero-del-silencio,
en una cláusula de su testamento. Mientras James Dohr estuvo en esta casa,
Gerald se sintió desgraciado. Y esto me encantaba.
Malone abrió la boca, volvió a cerrarla y al fin dijo:
-¡Oh!
-Así que ya ve usted -prosiguió la vieja- que yo tenía motivos, quizá, para
fastidiar a Gerald... Un motivo, lo admito alegremente, puesto que yo no le
maté. Pero, en cambio, no tenía ninguno para deshacerme de James Dohr.
-Bien -dijo Malone, aunque preguntándose qué otras palabras podían seguir a
ésta. Al no ocurrírsele nada, añadió-: Supongo que ahora debería hablar con
su hijo.
-Debería hablar con todo el mundo -insistió la vieja-. Debería recopilar todos
los datos, Mr. Malone, y satisfacer su curiosidad. -Dio una palmada y al
aparecer la doncella le ordenó-: Haga pasar a Ronald.
Pasados unos minutos entró Ronald. Su madre le sonrió y le habló con cierta
indiferencia:
-Mr. Malone quiere hacerte unas preguntas. Me quedaré mientras tanto... -Malone
abrió la boca para protestar, luego lo pensó mejor y guardó silencio, mientras
la vieja añadía-: Será de lo más interesante.
-Fascinante -afirmó Ronald-, no me cabe duda. ¿Se supone acaso que apuñalé a
James en una pelea callejera?
-No tengo la menor idea -dijo la vieja dulcemente-. Mr. Malone, ¿no tiene usted
que hacer unas preguntas?
Malone se secó el sudor de la frente:
-Así lo creo.
Descubrió que Ronald era de los que ayudaban. Admitió de buena gana que no sabía
nada, pero esto no quería decir que no tuviera toda clase de ideas, teorías
y sugerencias. Su madre observó aquella entrevista, durante un rato, con sus
ojos fijos y brillantes, pero al cabo de cierto tiempo pareció aburrirse y
se dedicó a lo que parecía, según Malone, una especie de duermevela. Estaba
sentada con los ojos cerrados, cambiando de postura de tanto en tanto, tan
alejada de la entrevista como si se encontrara en Kamchatka.
-¿Qué me dice de sus enemigos? -terminó diciendo Ma-lone, sintiéndose vagamente
desesperado.
-¿Enemigos? -repitió Ronald-. James no tenía enemigos. Excepto nosotros, claro.
-¿Ustedes?
-Bueno... Gerald. Pero esto ya lo sabe, ¿no es verdad?
Malone asintió.
-Cuando yo era pequeño solía molestar ajames. Ya sabe lo que son los niños.
Realmente, no creo que nunca le gustara yo.
-¿Y que me dice de Gerald Deane? -preguntó Malone.
-¿Quiere decir qué opinaba James de Gerald Deane? La verdad es que no lo sé. Fue
siempre un buen mayordomo. No parecía que hubiera motivos para preocuparse.
-Está bien. -Malone se iba acercando a la pregunta final y la temía. Pero no
podía hacer otra cosa, así que se decidió-: ¿Mató usted a James Dohr?
-¿Quién, yo? -exclamó Ronald con expresión sorprendida.
Malone experimentó la horrible sensación de que se adentraba en un absoluto
vacío, pero trató de ignorarla. Era obvio, se dijo severamente, que Mrs. Dohr
era inocente. Por lo que podía deducir, aquello significaba que uno de los Deane
era el culpable. Uno de ellos había asesinado ajames Dohr.
Lo único fastidioso era que no sabía cuál de ellos, y tampoco sabía cómo iba a
descubrirlo.
"De todos modos -pensó-, aún quedaba un Deane que interrogar." La mandó llamar.
Wendy, la mujer de Ronald, entró despacio en el salón, y parecía confusa. La
vieja Mrs. Deane estaba dormida en su sillón; Ronald se había ido a otra parte
de la casa. Malone respiró profundamente, pero Wendy habló antes de que él
pudiera hacerlo.
-No veo por qué tiene usted que interrogarnos sobre este terrible asunto -le
dijo de pronto-. Quienquiera que fuera el que asesinó ajames no tenía nada
que ver con nosotros. ¿Por qué iba a ser así?
Malone suspiró.
-Pensé que usted tal vez podría saber algo. Por ejemplo, suponga que James
conocía ciertas cosas de la familia. Eso podría ser importante. Si conocía algo
de lo que nadie quisiera hablar...
-Oh!, eso... -dijo Wendy en tono desanimado-. Cielos, sí. Sólo que es inútil que
me pregunte a mí sobre lo que él sabía. Yo lo desconozco y el testamento
se hizo mucho antes de que yo conociera a Ronald o a los demás.
-¡Ah! -observó Malone vivamente-. Pero, ¿sabe de qué se trata?
-Naturalmente -respondió Wendy-. La madre de Ronald se aseguró de que todo el
mundo se enterara; era algo que le encantaba, que disfrutaba comentándolo.
Y ponía de lo más incómodo a Mr. Deane.
-Deduzco que a usted le molestaba que se hablara todo el tiempo del
dinero-del-silencio.
Wendy se encogió de hombros.
-Me aburría. Especialmente cuando una no sabía lo que podían ser aquellos
secretos, ni nada.
"Aburrir -se dijo Malone- no era la palabra adecuada. Confundir quedaba mejor."
Tenía una pista..., o por lo menos creía tenerla. Sólo que era una pista
que no llevaba a ninguna parte, si es que eso tenía sentido. Ni a nada.
¿O sí?
De sopetón, Malone decidió que sí.
Sabía exactamente quién era el asesino.
Y Wendy Deane se lo había dicho.
-Pero lo que yo no comprendo -dijo Mrs. Dohr aquella misma tarde, pero mucho
después- es cómo logró averiguar cuál era el secreto. Me refiero al secreto
por el que Gerald pagaba el dinero-del-silencio.
-Muy sencillo -explicó Malone-. El secreto tenía que ver con Gerald, con su
esposa o con Ronald. No podía tener nada que ver con Wendy; ni siquiera
pertenecía
a la familia cuando se hizo el testamento. Ella misma lo dijo, y es fácil
comprobarlo.
-Pero sigue habiendo tres personas -objeto' Mrs. Dohr.
-Pero no por mucho tiempo. Si el secreto era algo que tuviera que ver con Gerald,
no había motivo para matar a James. Gerald ya había muerto.
-Eso nos deja a la vieja Mrs. Deane y a Ronald. ¿Por qué Ronald?
-Porque a Mrs. Deane le encantaba el secreto, y le encantaba que James lo
conociera. Asilo dijo..., y Wendy también. No le habría gustado tanto si ella
hubiera sido el objeto del secreto. ¿Qué le parece?
-Así lo creo.
-De modo que no pudo haber sido Mrs. Deane. Tuvo que ser Ronald. Simple
eliminación.
Mrs. Dohr frunció el ceño, y preguntó:
-Pero, Malone, ¿cuál era el secreto? ¿Qué es lo que James sabía?
Malone sacó un cigarrillo y lo encendió con cierta indiferencia.
-Francamente, no tengo la menor idea. Ronald lo sabe, claro, pero no quiere
decirlo. Y James Dohr, naturalmente, era un buen mayordomo. Mantuvo la boca
cerrada.
-Así que seguimos sin saber por qué fue asesinado mi marido -musitó Maggie.
-No sabemos por qué precisamente. Pero, en todo caso, no parece que importe
mucho ahora. Después de todo, el asesino está a buen recaudo, entre rejas.
Mrs. Dhor parecía impresionada. Dijo:
-Malone, es usted maravilloso.
Malone dio una chupada tranquila, relajada, a su cigarro.
-Eso -murmuró tímidamente- es mucho menos de lo que soy.
Fin