EL RITUAL

   Susana Duré.

 

    Gastón caminaba de la mano de su mamá, que lo llevaba prácticamente arrastrando... Se hacía tarde, el timbre

del colegio ya habría sonado, y les faltaba una cuadra y media aún. -Mamáaaa... -se quejó, lloriqueando. -Me duele el brazoooo...¡ Vamos más despacio!

-¡ Llegamos tarde, hijo! ¡Tenemos que apurarnos, sino no te van a dejar entrar al Colegio!

Gastón pensaba, mientras arrastraba sus piecitos en el piso, que quedarse fuera de la escuela no era tan grave como aseguraba su mamá, pero le pareció mejor

no expresar ese comentario. En la esquina, mientras aguardaban la luz verde del viejo semáforo, Gastón se zafó de la

mano de su mamá, y recogió un muñequito de juguete, que guardó en el bolsillo de su guardapolvo. -¿ Qué levantaste del piso? ¡Dame la mano, que tenemos

que cruzar! -Un indiecito de juguete, mami... En el recreo voy al baño y lo lavo bien para poder jugar...¿

Me dejás que me lo quede para mí? Es lindo...¿ Eh? ¿Me dejás? ¿Puedo...? Ella no pudo resistirse a esos ojitos claros, a esa expresión de ansiedad infantil.

-A ver... mostrame el muñeco... El, sin soltarle la mano, aunque ya habían cruzado la avenida, pudo tomar el indiecito con la otra, y se lo extendió, no

del todo convencido. Su mamá lo examinó brevemente, un muñequito, un indio guerrero, pintado y todo. De plomo. Pesaba... y estaba un poco polvoriento.

Pero no lo consideró peligroso para su hijo, además, estaba casi nuevo, no tenía ni una marca... Sólo estaba un tanto sucio. Se lo devolvió a Gastón, quien

tras prometer solemnemente someter al cacique a un buen lavado bajo la canilla del baño, guardó su nuevo juguete en el bolsillo, y se despidió de su madre

en la puerta de la escuela. Habían llegado justo a tiempo, ese día el micro escolar se había retrasado, y Gastón entró

mezclado con los chicos del micro, dándose vuelta a cada paso y sonriéndole a su mamá. Se internó en los eternos pasillos, y comenzó su día de clases. El

timbre anunciando el primer recreo sonó más alegremente que nunca. Varios niños salieron corriendo del aula, empujándose unos a otros, con tal de salir

primero. Gastón corrió hacia el baño, y tras lavar cuidadosamente el muñeco de plomo, se dispuso a jugar, con un amiguito, junto a un cantero, para utilizar

al helecho como refugio para el cacique. El final del primer recreo interrumpió la danza de la lluvia que realizaba el indio, manejado con precisión

por las manitos de los niños, pero en el segundo pudo ser llevada a cabo en todo su esplendor, hasta les pareció que el cielo se nublaba un poco... Esa

tarde lo pasaría a buscar por la escuela su papá, para llevarlo hasta la oficina donde

trabajaba su madre. El nene trepó al asiento trasero del taxi de su padre, y mientras conversaba animadamente con él, jugaba con el indiecito de plomo.

Se lo enseñó a su padre, quien, mientras esperaba que el niño bajara del auto, lo examinó detenidamente. Se trataba de una figura plomada, de algo más

de doce centímetros de largo; un cacique

indio, ataviado con un pantalón rústico, y portando el característico adorno de plumas. Estaba pintado, con marcas de color rojo, verde, amarillo y negro.

En la mano derecha, el cacique empuñaba un tomahawk, en la izquierda, blandía una lanza de su misma estatura. Era proporcionalmente perfecto, como si fuera

un indio de verdad, pero de plomo y de miniatura. Su boca se estiraba en un grito demencial, en un alarido de guerra, en el aullido de un lobo salvaje.

El hombre alzó las cejas, sorprendido por el efecto que un simple muñeco le había causado.

Lo extendió a su hijo, que desde afuera del auto, se apoyaba en la portezuela y lo miraba divertido. -Papi, ¿nunca habías visto un indiecito de juguete?

-¿ Eh...? No... Si. Sí había visto, hijo, pero éste es... distinto. Parece un indio de verdad,

pero en miniatura. Debe ser un juguete caro, Gastoncito, seguro que el que lo perdió lo va a lamentar...- Dijo, meneando la cabeza. -Bueno, cuídalo, ¿sabés?

Es lindo... -Si, ¿viste qué lindo que es? Me gusta el arma, la lanza y los pantalones. ¡Ah! Y las

plumas, y la pintura. -Si, es un hermoso juguete... Bueno, mirá, allá está mamá- le dijo, señalando con la mano hacia la puerta del edificio de oficinas.

-Andá, hijito, nos vemos más tarde, ¿si? Dame un beso... El pequeño se estiró hasta alcanzar a su padre, le rodeó el cuello con los brazos, y le estampó

un sonoro beso, para después alejarse en dirección a su madre, que salía a su encuentro. Permaneció en la oficina de ella por casi dos horas, hasta las

18: 30, jugando tranquilo en un escritorio vacío, contiguo al de su madre. Comió algunas galletitas y se tomó una gaseosa. Cuando llegó la hora de irse,

la madre le puso un abrigo al chiquito; se veía por la ventana

que se había levantado un fuerte viento. Tras fichar su tarjeta, salieron tomados de la mano, caminando rápido, para llegar cuanto antes a tomar algo caliente.

Las doce cuadras casi ni se sintieron, porque el viento los empujaba, en lugar de dificultarles

el avance, e iban conversando animadamente. En la esquina del edificio donde vivían, Patricia y Gastón se detuvieron y entraron al supermercado. Gastón

empujaba un changuito más alto que él, y le ayudaba a su madre a poner allí los artículos que compraban. En la fila para las cajas, encontraron a Matías

con su mamá, que estaban delante de ellos, y mientras las madres conversaban, los chicos corrían por todo el supermercado, provocando más de una mirada

fulminante dirigida inequívocamente a las mamás, amén de los comentarios más variados. Unas viejitas que compraban verduras en el fondo del

comercio, al ver venir a los chicos corriendo, se hicieron a un lado aparatosamente, al tiempo que se miraban escandalizadas. Tanto Gastón como Matías,

tenían seis años, e iban juntos al colegio desde el Jardín de Infantes. Se llevaban muy bien entre ellos, lo mismo que sus madres, Patricia y Marcela.
Gastón llegó patinando sobre el piso encerado del local, hacia donde estaba su madre. -Mami, ¿puede venir Matías a dormir a casa?

¿Eh? -Si la mamá lo deja, no hay problema...- le respondió. Y luego, mirando a Marcela, dijo: -En realidad, Marcela, no habría ningún problema... Mañana

es feriado, y vamos a estar

en casa... Pasado mañana, el sábado, sí; nos vamos a San Andrés de Giles, a ver a mi hermana... Así que, ¿qué decís? Ricardo hoy vuelve como a las once

de la noche... Es más...¿ Porqué no se vienen a cenar con Matías? Después, cuando llega Ricardo, le pedimos que te alcance antes de guardar el taxi. Si

aceptás, cuando llegue a casa lo llamo a Ricardo y le aviso. Luego de pensar un instante, y como la propuesta era tentadora, Marcela respondió: -Bueno,

está bien... Pero -consultó su reloj. -Primero vamos para casa, le doy un baño

al mocosito éste, y después vamos...¿ Qué cenamos? ¿Te llevo algo? ¿Compramos algo hecho? Patricia negó con la cabeza. -Tengo canelones en el freezer, hay

suficientes para todos, y acá llevo una salsa... Así que no te hagas problema... -Pero...- protestó un momento. -Bueno, está bien, la comida la ponés vos,

entonces yo

colaboro con el postre... -¡ Postre! ¡Postre! -corearon los dos chicos al unísono. Rodearon a las mujeres con una ronda, mientras cantaban alegremente:

-¡ Que- re- mospos- tre! ¡Que- re- mospos- tre! ¡Que- re- mospos- tre! Ellas no pudieron contener la risa, en tanto que en el fondo del mercado, las viejecitas

seguían eligiendo vegetales y echando miradas de fuego al sector de las cajas. Gastón y Patricia merendaron algo ligero mirando la televisión. Luego siguió

un baño de inmersión para el nene, lo que significó un baño improvisado para su madre, ya que terminaron prácticamente jugando al carnaval en el baño.

Gastón, ya vestido, se fue a su cuarto a mirar una película mientras Patricia se daba una ducha rápida y se disponía a dejar todo listo para la cena. A

las 21: 00 llegaron las visitas, inmediatamente los niños subieron al cuarto de Gastón y las señoras dispusieron todo para cenar. Al rato, los cuatro cenaban

y charlaban alegremente.

El momento del postre (una apetitosa torta de chocolate) fue cálidamente recibido por los niños. A las 22: 45 llegó Ricardo, que tocó bocina desde la calle,

para avisar que Marcela saliera

para llevarla a su casa. Gastón y Matías la acompañaron, con el pretexto de buscar en la casa de Matías unos juguetes que pensaba llevar para devolverle

a Gastón, pero que se había olvidado. Volvieron los tres a los diez minutos, los chicos se prepararon para dormir, mientras Ricardo

cenaba junto a su mujer, que tomaba un café. Los niños, en el cuarto de Gastón, jugaban en la cama con el indio de plomo, que a éstas alturas se llamaba

"el cacique de la muerte". Cuando Patricia se enteró del nombre, se encogió mentalmente de hombros, y pensó que la violencia realmente había llegado a

todos lados. Un juguete 'de la muerte'. Le pareció difícil acostumbrarse a la idea. Habían improvisado una cama en el piso, para Matías, pero por ahora

no tenían intención

de usarla, ya habría tiempo cuando se cayeran de sueño. Patricia subió a verlos antes de irse a su cuarto. Jugaban tranquilamente, y no daban descanso a

sus pequeñas lenguas. ¿No se cansarían? Pasada la medianoche, todas las luces de la casa se apagaban. El matrimonio dormía en la planta baja, ella abrazada

a él, como de costumbre, con la radio encendida, pero a mínimo volúmen. El cuarto donde estaban los niños se hallaba inusitadamente iluminado; la luna llena
se estiraba tras los álamos de la vereda para espiar por la ventana. Gastón dormía

boca arriba, en su cama, con el indio de juguete descansando sobre su pecho. Matías descansaba boca abajo, era el que más cansado estaba, después de la

escuela

practicaba natación, y al final del día llegaba exhausto. El reloj de pared susurraba el paso de los minutos, la casa estaba en silencio, en penumbras,

en la deliciosa calma de una noche cálida de otoño. Era víspera del 1º de mayo, feriado por el día del trabajador, y la perspectiva de poder dormir un

rato más la mañana siguiente, sentaba muy bien. Y mucho mejor tras una buena cena y una copa de vino, pensaba Ricardo. La casa estaba inmóvil, y sus habitantes,

sumidos en un sueño profundo. La noche era

serena. Gastón no sintió nada. No pude ver cómo el indio de juguete cobraba vida y se movía en su pecho, hasta ponerse de pie y observar la habitación con

desconfianza. Siempre sobre el pecho del niño, echó una mirada a Matías, y luego clavó la mirada de plomo fundido en la luna. Hizo una mueca extraña, y

luego agudizó el oído. Un imperceptible fragor llegó desde la ventana. Una brisa suave comenzó a soplar. El indio caminó sobre Gastón desde la cabeza hasta

los pies, repetidas veces. El niño

dormía plácidamente. Trepó por el cuello y se sentó un momento sobre la frente del pequeño, con los ojos fijos en la luna. Serio. Impasible. Imperturbable.

La brisa le hacía flamear las plumas y los flecos de la ropa. Tomó un mechón de los hermosos cabellos castaños, y ayudándose con el tomahawk, lo cortó

de una sola vez, y lo sujetó fuertemente en su puño cerrado. Y se aproximó luego al pecho una vez más. Levantó el saco del pijama, para dejar la

piel al descubierto. Se paró sobre el esternón, y observó fascinado el movimiento danzante que producía el corazón . Siempre de cara a la luna, que impávida

flotaba sobre los álamos, el indio blandió su lanza, e hizo una serie de movimientos, algo así como una danza ritual. Luego se detuvo,

y depositó con gran cuidado la punta de su lanza sobre el corazón del niño. En ese momento, se oyó un ruido en la planta baja. Patricia se había despertado

con sed, y tras buscar un vaso de agua en la cocina, se detuvo frente a la escalera, con la intención de ver si los chicos dormían tranquilos. Matías solía

tener pesadillas. Pero era lógico, tal vez, sus padres acababan de divorciarse, y el chiquito sufría. Bebió el agua mientras se entretenía en éstos pensamientos.

Seguramente dormían como

angelitos... Mejor era volver a la cama, apagar la radio... Quizá Ricardo se despertara... No era mala idea que el hombre despertara... Solía ponerse romántico

a la madrugada. Y las ansias de ese romanticismo la hicieron dar media vuelta en la base de la escalera, para dejar el vaso de agua e irse a su cuarto

y cerrarlo con llave, por las dudas... El cacique, cuando escuchó el primer ruidito, se detuvo inmediatamente y se quedó tenso,

escuchando. Al estar completamente seguro de que el silencio era otra vez total, prosiguió su ritual. Se llevó el índice de la mano izquierda a la cara,

y se sacó un poco de pintura negra, con la que trazó un extraño símbolo justo en el corazón del niño. Un pentáculo, con la punta hacia abajo. Sus movimientos

eran tan leves y cuidadosos que la respiración de Gastón no sufrió ningún cambio, y él ni siquiera se movió. Eran las 03: 32 de la madrugada del 1º de

mayo. El cacique de la Muerte extendió sus

brazos hacia la luna, que había tomado un ligero tinte morado. Su boca se contrajo en una mueca diabólica. Haciendo extrañas señales con sus manos hacia

la luna, murmuraba en voz baja y en un lenguaje desconocido. Parecía estar invocando a alguien. Las palabras 'yog' y 'sothoth' fueron las únicas perceptibles.

Las demás eran un susurro demencial. A las 03: 38, el indiecito de juguete con el que Gastón se había encariñado tanto, hundía con un furioso golpe la
lanza en medio

del corazón del niño. El pequeño abrió los ojos velozmente, pero el indio, con un rápido movimiento, le asestó

otro lanzazo. Y otro, y otro. Y otro más. Tras el violento ataque, se dirigió a la ventana y soltó el ramillete de cabellos al viento. Una mano gigante

de niebla apenas visible los recogió al vuelo, e hizo un gesto al muñeco. Este, tras inclinarse en lo que pareció una reverencia, fue hasta el escritorio,

y escribió algo en una hoja de papel. La tomó y se deslizó hasta la mochila de Matías, y se quedó allí. Se envolvió en el papel. Y cerró los ojos, volviendo

a ser el juguete inofensivo de antes. La notita de papel decía, en letras infantiles: "No te pongas triste por lo de tus papás. Te regalo mi cacique. Hoy
cuando jugamos vi que te había gustado mucho...

    Fin

 

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