LA HISTORIA DE Blanche
¡Algún día seré rica! se dijo Blanche una vez
más antes de asomarse al pequeño ventanuco que
servía de respiradero a la miserable buhardilla
que la servía de lugar de trabajo.
Ya, a aquella hora de la mañana el habitáculo
había comenzado a hacerse inhabitable, el sol,
aquel sol infatigable que desde hacía días y
días recalentaba tanto los campos como los
cuerpos parecía querer derretir la teja vana que
servía de techo a la buhardilla convirtiéndola
en un horno apenas soportable.
La miseria, la suciedad y la mugre impregnaban
tanto las paredes como el ambiente de aquel
maldito habitáculo en el que trabajaba desde
hacía tres años.
¡Algún día seré rica, y podré salir de este
maldito agujero! Repitió mientras sacaba la
cabeza por el ventanuco tanto para respirar como
para ver el ajetreo de los subastadores.
En la plaza ya estaban preparados los estrados
que habían de servir para la exposición del
ganado, muchos de aquellos animales habían
viajado andando o en bamboleantes carretas
durante días y días. Los más afortunados habían
llegado cón tiempo suficiente como para pasar
unos días en los establos cercanos a la plaza
del mercado de esclavos y reponerse de las
fatigas del viaje, antes de cambiar de dueño y
reemprender el camino que les conduciría hacia
sus nuevos destinos. Los más habían llegado con
el tiempo justo para cambiar de manos y unos
pocos llegarían incluso despues de pasados los
días de las grandes subastas.
La mayoría eran animales vulgares, aptos tan
solo para el trabajo en los campos o en trabajos
duros que no necesitaran la más minima
inteligencia, pero siempre entre ellos se podía
encontrar un macho o una hembra excepcional que
podía llegar a venderse por el doble e incluso
el triple de un esclavo normal.
Blanche soñaba continuamente cón ser dueña de
varios de aquellos esclavos, pero sabía que aun
estaba muy lejos de poder conseguirlo.
Cón que envidía veía a aquellos distinguidos
caballeros o, a sus esposas e hijas, cuando se
permitían dilapidar su dinero en bellos
ejemplares destinados sin duda a vidas
seguramente más confortables que la suya propia.
Blanche se imaginaba perfectamente lo que se
podía hacer cón las hembras y los machos que
aquellos distinguidos caballeros o sus elegantes
esposas compraban.
Alguna vez había participado en fiestas en las
que como prostituta apenas si había tenido un
rango ligeramente superior al de los machos o
las hembras pero aun asi había gozado en ellas
de tal forma que se había prometido a si misma
que su vida llegaría a ser Algún día una
continua fiesta en la que todos sus deseos y
caprichos serían satisfechos al instante por una
legión de esclavos siempre temerosos como
animales bien domados.
Odiaba a los hombres, a las mujeres y a los
esclavos pero sabía que en aquellos momentos
necesitaba de todos ellos, ya llegaría el día en
que solo necesitara a los negros.
Tras el ventanuco que solo dejaba ver su cabeza,
Blanche estaba desnuda, era la forma de luchar
contra el intenso calor que aumentaba por
momentos, a pesar de todo, su cuerpo sudaba al
igual que lo había hecho en los días precedentes
y penso en lo delicioso que sería tener un
esclavo que la abanicara continuamente.
Se encrespo solo de pensar que en Algún momento
del día o incluso en varias ocasiones a lo largo
de el, debería tumbarse sobre el inmundo jergon
que estaba tras ella, y abrir sus muslos para
permitir que un hombre al que no conocía la
penetrara sin miramientos aplastandola cón su
peso y haciendola sudar como a un autentico
animal.
Sus narices deberían entonces respirar el fétido
olor a sudor reseco de días y días de su
eventual amante y bajo ella el cuerpo iría
dibujando a su vez una mancha de sudor que se
secaría a los pocos minutos de que aquel bestia
se hubiera marchado después de haber regado sus
entrañas cón aquel viscoso líquido que tanto
deseaba y despreciaba al mismo tiempo.
El olor a sudor reseco, a suciedad y a mugre
llenaba aquel cuchitril haciendo su aire casi
irrespirable.
Algunas veces, mientras permanecía asomada al
ventanuco reconocía a algún hombre de los que
pasaba por la plaza pero siempre, siempre, el
hombre fingía no conocerla y evitaba su saludo.
Poco tardó en empezar la subasta y cón ella los
consabidos discursos de los subastadores y los
gritos y llantos de las hembras al ser separadas
de sus hijos, de sus negros o de sus amos.
Gritos y llantos que no impresionaban a nadie
pero que no por eso dejaban de repetirse de una
forma machacona y molesta.
No podrían hacer los negros como el resto de los
animales ?, se preguntó mientras pensaba que
ningún otro animal chilla por cambiar de dueño.
Estaba a punto de retirarse de su observatorio
cuando de pronto hizo una observación que
siempre la había pasado desapercibida pero que
en esos momentos consideró extremadamente
importante. Los negros se sucedían en el estrado
uno tras otro pero el nombre de su dueño se
repetía continuamente.
- .... perteneciente al señor Benson. Decía el
subastador una y otra vez después de contar las
excelencias del macho o de la hembra que en esos
momentos ocupaba el estrado. Por cierto que las
excelencias pocas veces hacían honor a la
verdad. La recua que se estaba vendiendo en
aquellos momentos no parecía contar cón ningún
ejemplar ni siquiera medíano, todos ellos
parecían perros famélicos e incluso entre ellos
los había deformes, mutilados e incluso viejos,
pero ninguno que mereciera atraer la mirada de
Blanche.
Realmente a ella la importaban muy poco las
condiciones de los negros del señor Benson
porque lo que realmente la importaba era el
propio señor Benson.
Desde su puesto de observación Blanche fue
llevando la cuenta exacta de los esclavos
vendidos y pasado el tiempo, cuando el
subastador cambió la coletilla de ...
perteneciente al señor Benson, por otra comprobó
que el ancíano que respondía a ese nombre había
vendido treinta y seis esclavos.
Cierto que los esclavos habían sido de muy baja
calidad pero aun así habían obtenido un precio
rondando los doscientos dólares cada uno. Tardó
un rato en echar la cuenta pero llegó a la
conclusión de que en aquellos momentos en la
faltriquera del viejo debían haber unos siete
mil dólares.
Casi se mareó al darse cuenta de la suma de
dinero tan enorme de que en esos momentos era
portador el llamado señor Benson. Blanche se
sentó en el jergón tratando de serenarse y
empezando a maquinar un plan para apoderarse del
dinero.
Cuando bajó a la taberna donde prestaba sus
servicios desde hacía tres años ya tenía
decidido que fuera como fuera debía apoderarse
de ese dinero, ese dinero debía marcar el
comienzo de una nueva vida de prosperidad,
estaba dispuesta a hacer lo que fuera preciso
para obtenerlo. Tan solo la faltaba encontrar la
forma de entrar en contacto cón el ancíano.
Sentada en una rústica silla de madera en la
penumbra de la taberna Blanche comenzó a hacer c
balas imaginando mil formás de encontrarse con
él pero todas presentaban algún inconveniente.
No sería hasta medía tarde cuando un inesperado
golpe de suerte la iba a dar la clave de como
debía actuar.
Estaba como de costumbre, sumida en la oscuridad
de la taberna tratando a base de resoplidos de
hacer más soportable el intenso calor cuando un
viejo, no tanto como el señor Benson, bajó a
trompicones por la empinada escalera de acceso a
la calle.
El viejo, borracho como una cuba, hubo de hacer
grandes esfuerzos para no caer y así hubiera
sido si uno de los parroquíanos no hubiera
corrido a sujetarle por el brazo.
- Muchas gracias caballero. Dijo el viejo
tratando de mantenerse derecho al tiempo que
hacía ademán de llevarse la mano al sombrero en
señal de saludo.
- Amigo, ha bebido mucho para su edad.
El viejo se sintió molesto por el comentario y
dijo.
- Mi edad, mi edad, sepa que yo todavía no soy
viejo, Todos parecen querer convencerme de que
lo soy, pero yo no soy viejo todavía.
- No se moleste, yo sólo pretendía ayudarle.
- Eso, eso, ayudarme, todos se empeñan en
ayudarme pero yo no necesito ayuda, yo lo que
necesito es una botella y una mujer, tengo
dinero, sabe. Dijo enseñando un puñado de
dólares. Rápidamente el tabernero se acercó con
una botella y un vaso que dejó en la barra para
que el viejo se sirviera.
En otras circunstancias Blanche se hubiera
acercado al viejo tratando de llevárselo a la
habitación, un viejo borracho podía ser un
estupendo cliente, seguramente se quedaría
dormido tan pronto como se sentara en el jergón
lo que la daba a ella la oportunidad de sacarle
unos cuantos dólares extras sin tener que
someterse a sus caprichos, pero se sentía
demasiado excitada pensando en como hacerse con
el dinero del señor Bensón que el poder
conseguir unos pocos dólares la comenzaba a
parecer despreciable.
- Todos dicen que me ayudan pero soy yo quien
les ayudo a ellos. Dijo el viejo tras unos
momentos de silencio.
- A quién?. Preguntó otro hombre acercándose al
viejo cón intención de darle charla a fin de
conseguir que le invitara a una copa.
- Yo ayudo a todos, a todos.
- Se refiere a todo el mundo?.
- Eso es caballero, a todo el mundo. Repito el
viejo tercamente.
- Eso no puede ser.
- Cómo que no?.
- No puede usted ayudar a quien no conoce.
Por unos instantes el viejo pareció un niño al
que se le ha pillado en falta, luego puso cara
triste, y cuando había pasado una eternidad dijo
cón su voz cascada y estropajosa.
- A quien no conozco no, pero si ayudo a Benson,
a su hijo y a todos los vecinos.
El corazón de Blanche dio un salto. Aquel viejo
conocía a su futura víctima, ella haría lo
necesario para engatusarlo.
- Quien es Benson?.
- Bensón es mi amigo y su hijo es un tullido que
no hace otra cosa más que estar sentado.
- No estará muerto?.
- Benson?. preguntó el viejo abriendo los ojos
como platos.
- No, su hijo. Una vez me contarón de un hombre
que se quedó sentado durante dos días, cuando
fuerón a despertarle estaba muerto y tuvierón de
serrarle para poder meterlo en la caja.
El viejo volvió a entornar los ojos como si se
hubiera liberado de una preocupación.
- No, el hijo de Bensón no está muerto, aunque
casi, por que no se mueve, sabe? El muchacho,
cuando era niño tuvo un accidente, los malditos
caballos, sabe? Se desbocarón y la rueda de la
carreta le pasó por encima de las piernas, sabe?
El muchacho sólo se mueve a donde lo llevan los
esclavos, y a donde lo dejan, allí se queda.
- Que lástima, no?.
- Sí, una lástima, pero el padre lo tiene bien
merecido.
- No es su amigo?.
- Sí lo es, pero es malo.
- Por qué?.
- No se hace un viaje tan largo para volver el
mismo día, yo quería quedarme por lo menos
cuatro días, para una vez al año que tengo
dinero y estoy en una ciudad grande donde hay
bebida y mujeres en abundancía él me dice que
quiere regresar el mismo día.
- Y por que hace eso?.
- No sé, el dice que es por el muchacho, pero yo
creo que es por que es cegato.
- Cegato?.
- Cegato, si señor, sabe, antes, cuando era
joven veía bien pero ahora se ha vuelto cegato,
de esos que ven mejor de noche que de día.
- No creo que nadie vea mejor de noche que de
día.
- Yo le digo que sí, respondió terco, y Benson
es uno de esos.
- Pues yo creo que dentro de cuatro días también
habrá noche.
- Eso le dije yo pero no me hizo caso por que
hoy hay luna llena.
- Y eso?.
- Los cegatos ven mejor cón luna llena que con
sol.
- Pues si que són raros los cegatos, aunque bien
pensado a lo mejor si yo tuviera que viajar
también lo hacía de noche.
Por unos momentos el viejo pareció
desconcertado.
- También usted es cegato?.
-No, yo veo perfectamente pero por el día hace
demasiado calor.
- Claro, eso es verdad. Pues si quiere usted
viajar cón él no tiene más que esperarle en el
puente, le dice que va de parte mía y ya verá
como le lleva a donde quiera.
- Pero yo no quiero ir a ninguna parte.
- Yo se lo decía por si acaso.
Blanche no pudo contenerse más, tenía ya
suficiente información y necesitaba tener un
poco de tiempo libre para poner sus ideas en
orden antes de salir en busca del ancíano señor
Benson.
Sin levantar la menor sospecha se dirigió al
dueño de la taberna para decirle que se
encontraba indispuesta y debía marcharse a casa.
Este asintió sin hacerla el menor caso y
momentos después salía a la ardiente atmósfera
del exterior.
Rápidamente se dirigió a su casa, no era mejor
que la buhardilla de la taberna pero al menos la
permitía estar a solas mientras ponía en orden
sus ideas.
Cambió su alegre vestido de trabajo, por otro
oscuro más apropiado para lo que se proponía
hacer y escondiendo en la cintura un afilado
cuchillo se puso en camino hacía el puente.
Procurando no ser vista se fue escondiendo hasta
llegar a unas viejas ruinas próximás al puente y
se agazapó en un lugar desde donde podía ver una
gran extensión de camino.
En principio se agazapó allí en espera de que
llegara la noche, se proponía desplazarse hasta
el puente tan pronto como obscureciera, hacerlo
a pleno sol era demasiado arriesgado para
conseguirlo sin ser vista por algún caminante
que pudiera reconocerla. Además era el sitio
ideal para observar sin ser vista a los pocos
viajeros que en ese momento salían de la ciudad.
Los minutos, las horas se la hicierón eternas
mientras el crepúsculo se iba acercando, podía
imaginarse ya a un ancíano rico aparejando los
caballos, preparando la carreta para un largo
viaje en el que solo encontraría la muerte.
Llegado el momento de ponerse en marcha se dio
cuenta que haría mejor en no moverse ya que el
camino, después de atravesar el puente describía
un amplio rodeo volviendo a pasar a unos
cincuenta metros de las ruinas donde ella se
encontraba.
Cón este descubrimiento todo su plan se vino
abajo aunque no en lo esencial. De pronto se dio
cuenta de que a lo mejor en lugar de tener que
matar a un hombre tenía que hacerlo cón dos.
Nada impedía que el viejo que había visto en la
taberna cambiara finalmente de idea y fuera a
reunirse cón su amigo en el viaje de regreso.
Por unos momentos se alegró de haber caído en
este detalle. No la importaba lo más mínimo
matar a dos viejos pero lo peor que podía
ocurrirla era que en el último momento surgiera
algún imprevisto.
Remodeló rápidamente su plan para el caso que se
presentara tal eventualidad y comprobó una vez
más los puntos en que se proponía actuar para
evitar fracasar en caso de que alguien se
acercara por alguno de los dos sentidos del
camino, ésto la dio seguridad y decidió esperar
pacientemente hasta la llegada de su víctima.
Thomas, después de haber escuchado cien
historias del viejo y de haber bebido más de la
cuenta salió de la taberna. Cón pasos torpes se
dirigió por el camino del río. Se sentía tan
seguro que ni siquiera trató de ocultarse ante
los viajeros cón que se encontraba. El
crepúsculo estaba comenzando y pensaba que nadie
se fijaría en un hombre que se alejaba del
pueblo camino de su casa. Su presencía en el
camino estaba más que justificada aunque en su
mente bullía la idea de matar al viejo Benson
para robarle. Todavía no sabía como lo haría
pero eso no presentaría el menor inconveniente.
Blanche desde su observatorio lo vio pasar por
delante de las ruinas, continuar hasta el
puente, después le perdió unos momentos de vista
justo donde el camino retrocedía, apareció de
nuevo y rápidamente, tras volver a pasar cerca
de ella se perdió en la lejanía y en la
oscuridad cada vez más densa.
Finalmente, tras las montañas apareció la luna
iluminando fantasmagóricamente el camino y poco
después la pareció distinguir en la lejanía el
ruido que hacían unos caballos viniendo de la
ciudad.
Agazapada en la oscuridad de las ruinas esperó
impaciente a que los caballos y la carreta de la
que tiraban se fueran acercando.
Minutos después el viejo rostro del ancíano
Bensón pasó a pocos metros del lugar donde
Blanche estaba apostada sin sospechar que tras
las sombras de los muros en ruinas se preparaba
la muerte.
Esta observó una vez más el camino para
asegurarse que nadie se acercaba a donde se
proponía atacar al viejo y estaba a punto de
dejar su escondrijo cuando oyó la voz del viejo
deteniendo los caballos. Sobresaltada por
aquella parada no prevista se tensó en su
escondrijo y sorprendida vio al señor Benson
descender de la carreta y transportar después
algo voluminoso desde el interior hasta debajo
de ella, algo que ató al eje delantero del
vehículo.
Blanche esbozó una sonrisa, el viejo Benson
tomaba sus precauciones para evitar ser robado.
De pronto, cón intuición femenina se dio cuenta
de que quizá podía apropiarse del dinero sin
necesidad de matarle. En rápida sucesión las
imágenes pasarón por su cerebro esbozando un
nuevo plan menos sangriento, además si fallaba
todavía podía poner en marcha el primitivo.
Cón la agilidad que la daba la ambición, la
juventud y la falta de carnes dio un pequeño
rodeo hasta situarse bajo el puente aprovechando
que el arroyo estaba seco desde hacía más de un
mes.
Momentos después el carruaje pasó haciendo
resonar las fuertes maderas. Completamente tensa
esperó que su intuición no la fallara, y respiró
cón alivio cuando el viejo ordenó parar de nuevo
a los caballos.
Asomando la cabeza discretamente vio el carruaje
parado a dos o tres metros de donde ella se
encontraba, la altura de la caja y la lona que
lo cubría aseguraban el acercamiento sin ser
vista pero esperó, sabía que el viejo volvería a
comprobar el buen estado de su tesoro.
Como si éste leyera sus pensamientos bajó, se
metió debajo de la carreta y forcejeó un momento
cón las cuerdas que sujetaban el bulto antes de
tomar de nuevo su sitio en el pescante.
Blanche no sabía cuanto tiempo esperaría el
viejo Bensón a su amigo. Dependía de su
paciencia, así que se decidió a actuar.
Moviéndose como una sombra se introdujo bajo la
carreta y cón la ayuda del cuchillo cortó en
unos segundos las gruesas cuerdas que sujetaban
el pesado bulto y cón él desapareció de nuevo
bajo el puente decidida a no moverse del
eventual refugio hasta que el carruaje se
pusiera de nuevo en marcha.
Lo primero que hizo bajo el puente fue comprobar
al tacto que lo que le había arrebatado al viejo
era efectivamente el oro de la venta de los
esclavos.
Si la espera desde que salió de la taberna hasta
encontrarse cón Bensón había sido larga y tensa
los minutos que pasarón hasta que el viejo arreó
de nuevo a las bestias la parecierón eternos.
- Te lo dije, cabezota. Dijo el viejo en voz
alta antes de fustigar a los animales como si su
borrachín amigo hubiera podido oírle.
Por fin el ruido de la carreta se fue apagando
al perderse en la lejanía y la oscuridad de la
noche.
Cuando por fin se hizo el silencio Blanche
comenzó a recuperar el ritmo de su respiración
pero no tanto como para que el corazón dejara de
latir apresuradamente.
Dejó pasar los minutos mientras sus manos se
hundían una y otra vez en las abundantes monedas
gozando cón el tacto y el suave tintineo del oro
y la plata antes de encaminarse, evitando el
sendero, de nuevo hacía el incómodo, pero al fin
y al cabo refugio que la ofrecía la casa en que
vivía desde que se estableció en la ciudad.
Protegida por la oscuridad no la fue difícil
llegar al mísero cuartucho que la servía de
cobijo sin ser vista. Una vez allí lo primero
que hizo fue deslizar cón cuidado el pequeño
armario, único mueble de la estancía aparte de
un camastro, una mesa de madera rústica y una
silla que al igual que la mesa y la cama crujía
cada vez que se la usaba, para descubrir un
hueco excavado en el muro por los años y la
humedad del invierno.
Consciente del peligro que podía correr si algún
entrometido decidía hacerla una visita opto por
no encender el mísero cabo de vela que la
quedaba, afortunadamente, la luna ya alta
penetraba directamente por el estrecho ventanuco
dibujando un recuadro de claridad en el
irregular suelo del cuartucho.
Poniendo a su lado el voluminoso envoltorio
comenzó a contar las monedas haciendo cón ellas
montones de cien dólares. No tardó en llenar el
recuadro iluminado al tiempo que mentalmente
cantaba el numero mil.
Se llevó una profunda decepción al darse cuenta
que en el envoltorio sólo había algo más de
cinco mil dólares. Ella esperaba alrededor de
siete mil por lo que según sus cuentas allí
faltaban aproximadamente unos dos mil dólares.
Momentáneamente se sintió enfada cón el viejo, o
éste había gastado dos mil dólares o se había
burlado de ella.
Recontó varias veces el dinero llegando siempre
al mismo resultado y finalmente, convencida de
que no había error en sus cuentas introdujo el
oro en el hueco descubierto al retirar el
armario donde se guardaban sus escasas y míseras
pertenencias, después volvió a correr el armario
a su sitio y de él extrajo una manta que
extendió por la puerta para tapar las rendijas
que pudieran permitir la visión de lo que tenía
intención de hacer.
Se desnudó completamente, hizo una pelota con
sus ropas y el envoltorio de tela que la había
servido para transportar el oro y lo dispuso
cuidadosamente en el hogar antes de prender el
fuego.
El calor reinante facilitó enormemente la
combustión y en cuestión de segundos el cuarto
se llenó cón los resplandores de las telas
inflamadas. Absorta, cón la vista fija en las
llamás que consumían las únicas pruebas, aparte
del oro, que pudieran relacionarla cón el robo
no se dio cuenta de la intensa pero corta onda
de calor que llenaba la estancia.
Pronto todo quedó reducido a cenizas y
pacientemente esperó a estas se apagaran y
enfriaran definitivamente antes de removerlas
cón la pala reduciéndolas a un montón informe e
irreconocible antes de arrojarlas en pequeñas
paletadas por el ventanuco en distintas
direcciones.
Sólo entonces, cuando estuvo segura de que nadie
podría relacionarla cón el robo se tumbó en el
camastro tomando conciencía de lo excitada que
se sentía.
Casi mecánicamente sus manos se dirigierón al
bajo vientre y lenta pero metódicamente comenzó
a masturbarse mientras su mente se evadía hacia
un mundo de lujo y placer muchas veces soñado y
ahora ya a su alcance.
Sólo cuando un intenso orgasmo removió cada una
de las fibras de su cuerpo y sus nervios se
aflojarón volvió a tomar conciencía de la
misería que la rodeaba, tanto más dura, cuanto
que ya no la correspondía, pero sabía que debía
continuar viviendo de la misma forma miserable
durante algún tiempo si no quería delatarse a si
misma.
Finalmente el sueño se apoderó de ella y durmió
relajadamente hasta mucho más tarde de lo que en
ella era habitual.
La despertarón las voces de dos mujeres que en
la calle contaba una a otra la gran noticia.
- Esta noche han matado a un hombre de los que
ayer vendierón negros en el mercado.
Blanche se levantó precipitadamente del camastro
arrimándose al ventanuco para no perderse nada
de la conversación.
- Si ?. Preguntó su interlocutora asombrada.
- Si, un viejo que iba de vuelta a su casa
después de haber vendido.
A Blanche la comenzó a latir el corazón tan
fuerte que creyó que se la iba a salir por la
boca. Ella no había matado a nadie, había tenido
intención de hacerlo y lo habría hecho si
hubiera sido necesario, pero no había sido así.
- Dónde ha sido ?.
- Dicen que a unas cinco millas de la ciudad, en
el camino del río.
- Que más se sabe ?.
- Que lo ha hecho un tal Thomas, un borracho
empedernido que le mató para robarle.
- Le han cogido ?.
- Claro, por lo visto un ayudante del sheriff
patrullaba anoche por el camino cuando oyó
voces, llegó en el momento en que el tal Thomas
después de haber apuñalado al viejo corría por
el campo, no tubo más que perseguirle hasta
alcanzarle, pero el hombre sacó un cuchillo y
opuso resistencía a la ley, así que el ayudante
del sheriff le dio un tiro.
- Muy bien hecho, eso debían hacer cón todos.
Dijo la mujer antes de volver a preguntar.
- Lo mató ?.
- No pero está mal herido según dicen
- Ojala reviente de una vez. Que tiempos nos han
tocado vivir, ya ni a la calle se va a poder
salir tranquila cón tanto negro y tanto vicio
como hay.
A medida que Blanche iba recibiendo información
se iba serenando. Al parecer Thomás había tenido
la misma idea que ella sólo que a él le habían
salido mal las cosas.
Se preguntó si Thomás había tenido tiempo o no
de comprobar que el viejo ya no llevaba el oro
encima.
Que chasco se debía haber llevado si había
llegado a registrar la carreta y comprobado que
en ella no había nada de valor. Pensó divertida.
Thomás no era santo de su devoción, bien es
cierto que nunca había llegado a meterse con
ella pero conocía a dos mujeres que se
alegrarían mucho al saber que si no moría del
tiro no tardaría en colgar al extremo de una
soga por asesino y ladrón.
Lo único que la preocupaba era que Thomas
pudiera haberla visto y se lo contara al
sheriff, aunque también esa posibilidad parecía
descartable, por que de haberla visto no hubiera
atacado al viejo.
Más tranquila volvió a remover el armario para
asegurarse que su tesoro seguía donde lo había
dejado y una vez confirmado lo volvió a poner en
su sitio después de haber cogido del mismo
agujero unas monedas teniendo buen cuidado de
coger sólo de aquellas que ella misma había
ahorrado por si venían tiempos peores.
Se vistió cón la alegre ropa de trabajo y salió
de casa después de comprobar varias veces que la
puerta quedaba bien cerrada encaminándose a la
taberna donde debía fingir no saber nada y
portarse como siempre para no despertar
sospechas.
Antes de llegar se detuvo primero en una taberna
donde siempre que podía tomaba el desayuno antes
de empezar a trabajar y después lo hizo en otra
en la que sólo comía muy ocasionalmente de forma
que a nadie le resultara extraña su presencia,
en cada una comió como si sólo desayunase en esa
y por primera vez desde hacía años se presentó
en la taberna cón la agradable y reconfortante
sensación de sentir el estómago maravillosamente
lleno.
- No sabes la noticía ?. La preguntó el
tabernero nada más verla bajando las escaleras
de la calle.
- No, Que pasa ?. Preguntó a su vez fingiendo
cón la mayor sangre fría de que fue capaz.
- Te acuerdas de aquel viejo que entró poco
antes de que te marcharas ayer.
- La verdad es que no mucho, ya me encontraba
mal.
- Recuerdas cón quien estaba hablando cuando te
marchaste ?.
- Cón Thomás si no recuerdo mal.
- Efectivamente, y sabes que ocurrió después ?.
- No, que pasó ?, vamos habla me tienes en
ascuas.
- Pues que esta noche Thomás ha matado a un
amigo del viejo para robarle, le cogió el
sheriff cuando huía cón el dinero.
- Que horror, dijo al tiempo que hacía
aspavientos de espanto.
Ya sabía yo que algún día ese Thomás terminaría
mal, lo siento por el pobre viejo, pero por él
me alegro de que le hayan cogido.
- No te caía bien ?.
- Ya sabes que no. No me gustan los hombres que
pegan a mujeres indefensas como hizo él con
aquellas dos.
- Yo tengo por costumbre no meterme en la vida
de mis clientes.
- Yo tampoco, pero ese Thomás era una mala
persona.
El tabernero se quedó callado sin responder a
las palabras de Blanche, estaba claro que el no
quería meterse en líos ni aun sabiendo que
Thomás era un ladrón y un asesino.
- Tienes mala cara Blanche. Afirmó cambíando de
conversación.
- Si, ya ayer me encontraba mal, hoy estoy algo
mejor pero no me encuentro bien del todo.
- No estarás enferma ?.
- Creo que no, espero que sólo sea un malestar
pasajero.
Blanche guardó silencio unos momentos, los
suficientes como para no demostrar excesivo
interés en ser informada más ampliamente por el
tabernero, mientras en su mente se agolpaban
algunas preguntas para confirmar la información
que ya tenía y otras para completarla.
- Cómo mató al viejo ?.
- Cuando Thomás salió de aquí iba borracho como
una cuba, algunos le vierón tambalearse por el
camino del río, luego debió esperar hasta que
llegó el viejo y le dio una puñalada en el
vientre cón ese enorme cuchillo que él lleva
siempre. El viejo empezó a gritar y le dio otra
en el cuello que lo degollo, pero el sheriff
había oído los gritos y se acercó al galope
justo a tiempo de verle huir cón el dinero, le
persiguió por los campos hasta acorralarle,
entonces Thomás quiso apuñalar también al
sheriff y éste le dio un tiro.
- Robó mucho ?. terminó por preguntar tratando
de fingir calma.
- Si, una auténtica fortuna, el sheriff le
encontró cón tres mil dólares pero el viejo que
estuvo aquí ayer se empeña en decir que deben
faltar otros cinco mil.
Por lo visto el viejo Bensón llevaba más de ocho
mil dólares encima.
- No mentirá el viejo ?. Dejó caer como quien no
quiere la cosa.
- No se, a ese viejo no le conocía.
- Tenía mucho dinero.
- Ya lo vi, pero él dice que es el que le pagó
el muerto por haberle ayudado a traer y vender
los negros.
- Tenía mucho ?.
- Si, cerca de cien dólares.
- Es posible que el muerto fuera tan generoso ?.
- No sé, eso dice el viejo pero cualquiera sabe
la verdad ?
- Yo pienso que el resto se lo debió de robar
él. Dijo Blanche en el tono coloquial de
comentario de taberna sin poner demasiado
énfasis para que no se notara su interés en
sembrar la semilla de la sospecha en la mente
del tabernero, sabía que éste era amigo del
sheriff y si conseguía que él sospechara del
viejo terminaría por decírselo a su amigo.
El tabernero se quedó callado unos instantes y
Blanche supo que había picado el anzuelo.
- Te encuentras bien ?. ¯olvió a preguntarla.
- Pues la verdad es que no, me encuentro mareada
y cón ganas de devolver, contestó, esta vez sin
mentir, sentía que había comido demasiado y el
estómago se negaba a digerir tanto alimento.
Se sentó ligeramente abatida por las molestias
que sentía, y profundamente molesta cón el viejo
Benson. Había resultado más inteligente de lo
que ella había pensado, y se sentía estafada por
valor de tres mil dólares.
Si el viejo hubiera llevado todo el oro junto
ella sería dueña en esos momentos de los ocho
mil dólares y cón la muerte del maldito Thomas
habría quedado zanjado el asunto.
Momentos después salía corriendo hacía el corral
de la taberna y su estómago se vaciaba en
violentas arcadas.
- Mierda, se dijo, para una vez que había
saciado de verdad su apetito se encontraba con
que el estómago no lo aguantaba.
Regresó a la taberna encontrándose cón la mirada
preocupada del hombre.
- He devuelto, y creo que ya se me pasara, dijo
a modo de justificación reparando en la mirada
insistente del tabernero.
Se sentó de nuevo pero esta vez profundamente
preocupada por la penetrante mirada.
- No sospechará de mi ?. Se preguntó aterrada.
El miedo y las molestias que sentía la obligaron
a salir corriendo unos minutos más tarde de
nuevo hacía el corral para terminar de vaciar el
estómago.
Se sentía asustada y enferma, la daba miedo
volver a la taberna y encontrarse de nuevo con
la mirada acusadora del hombre....