La cocodrila Agripina
Erase una vez, en un lejano país africano, una laguna de aguas transparentes. Dicha laguna era refugio de un sinfín de animales que en ella vivían. Todas
las mañanas la laguna recibía visitantes que acudían a saciar su sed mientras que grandes hipopótamos se bañaban indiferentes, imponentes rinocerontes
se revolcaban en el barro de las orillas y terroríficos cocodrilos tomaban plácidamente el sol a la vez que cuidaban con delicadeza los huevos que las
mamás cocodrilo habían puesto unos días antes. Todos eran felices, el invierno había sido muy benigno y pronto llegarían nuevas lluvias que rellenarían
la laguna de nuevas aguas que serían fuente de nuevas vidas. Así era siempre y así seguiría estación tras estación.
Todos los animales parecían felices. ¿Todos? ...No, en un rincón de la laguna una gran cocodrila estaba triste. Triste y sola. Agripina, que así se llamaba
la cocodrila, tenía poco más de 30 años y ya tendría que haber sido mamá muchas veces pero hasta el momento nunca, nunca había puesto ni un solo huevo.
Muchas veces acudía a los nidos de las demás cocodrilas que estaban alejados de la orilla para ayudar a las felices mamás que llevaban con delicadeza al
agua a sus hijitos recién nacidos. A las mamás cocodrilas esto les fastidiaba un poco porque Agripina se ponía un algo pesada con ellas pero como en el
fondo les daba pena la dejaban llevar alguno de los pequeños al agua y nada más llegar se lo quitaban porque estaban un poco celosas del cariño que todos
los cocodrilitos sentían por la pobre cocodrila.
Aquella mañana era igual que las demás. Agripina se había despertado con los primeros rayos de sol. Miró el nido que cuidadosamente preparaba todas las
mañanas y dio un gran suspiro de pena al verlo vacío. Esa mañana visitaría el nido de su vecina. Tenía puestos un montón de huevos que posiblemente eclosionasen
esa mismo día. Con un poco de suerte podría cuidar a los recién nacidos mientras su mamá se iba a cazar. Después de arreglar su vacío nido y de pegarse
un corto baño, Agripina se encaminó lentamente al gran montón de huevos. De pronto algo llamó su atención. A unos pocos metros una pequeña piedra especialmente
blanca y lisa. Agripina se fijó en la piedra, demasiado redonda, pensó. Pero... aquello... no, no, no era una piedra. Era... ¡Un huevo!. ¡Un huevo solo
y abandonado!. Pero... ¿de quién sería? .Era algo raro. pero... por todos los cocodrilos del Nilo, un huevo es un huevo y dentro de los huevos hay bebés
cocodrilo a quien querer y cuidar. Agripina abrió su gran boca, con delicadeza sujetó el huevo entre los dientes y la lengua y con todo el cuidado del
mundo se llevó el pequeño tesoro hasta su nido. Una vez allí lo cubrió de arena blanca, la más fina que encontró. Entornó los ojos y soltó un gran rugido
de satisfacción que hizo que todos los habitantes de la laguna volvieran sus miradas. Pronto la noticia se extendió. ! Agripina ha puesto un huevo!, !
Agripina va a ser mamá!. El nido de Agripina recibió un sinfín de visitas, unas le felicitaban por su maternidad, otras observaban al huevo con curiosidad,
pero en cuanto intentaban tocarlo, aunque fuera lo mas mínimo, recibían un soberano coletazo de la futura mamá que enseñaba sus dientes con fiereza y enfadar
a una cocodrila de mas de 5 metros de largo era poco aconsejable. De pronto una hipopótama realizó la pregunta fatal: "Agripina, es un huevo muy bonito
y te felicito, pero... ¿Cuándo lo pusiste? , ¿cuándo nacerá el pequeño?". Agripina se quedó callada unos instantes sin saber que decir. Había confiado
en que a nadie se le ocurriría hacer esa pregunta. Esa gorda fofa, pensó. Iba ya a contestar cuando un ruido de cascarón roto llamó su atención. Todos
se callaron. el huevo se estaba rompiendo y un nuevo cocodrilo iba a nacer. Agripina se acercó al nido, amorosamente acarició el huevo y retiró con sus
dientes un pequeño trozo de cáscara rota. Su hijito estaba a punto de salir. El corazón se le detuvo cuando una pequeña cabecita asomó por el agujero de
la cáscara. El silenció se rompió de repente y una sonora carcajada se extendió por la laguna. ¡Un pato!, ! Agripina ha puesto un pato!. Agripina no podía
creer lo que veía, efectivamente entre los trozos de cáscara rota asomaba una pequeña cabeza de color amarillo y grandes ojos azules. Agripina no sabía
dónde mirar. ¡Ese pequeño pato le había ridiculizado delante de toda la gran familia de cocodrilos que no paraba de reír y cuchichear!. Miró con rencor
al patito, abrió la boca y ya lo iba a devorar de un solo bocado cuando el pobre patito exclamó: " ¡Hola mamá!. A Agripina se le ablandó el corazón y sus
ojos se llenaron de lágrimas. Acercó la poderosa boca al inofensivo animal y acarició el suave plumón. Después giró la cabeza, dio un fenomenal rugido
y con una voz amenazadora que no dejaba lugar a dudas dijo: "Poned mucha atención, este pequeño es mi hijo y jay de aquel al que se le ocurra tocarle una
sola de sus plumas!, se las verá conmigo y juro por todos los cocodrilos del Nilo que no tendré piedad con él". Después enseñó sus poderosos dientes y
cerró la boca de golpe. Todos los animales entendieron el mensaje, lentamente se alejaron y mientras se marchaban no paraban de hablar: "Es ridículo, ¡mira
que adoptar a un pato!". "Yo creo que la pobre se ha vuelto loca". "Pues yo no pienso volver a mirarla, esa estúpida nos ha ridiculizado al querer incluir
en la manada a un pato estúpido. No será un cocodrilo jamás". Dijo un joven cocodrilo mientras se alejaba lentamente. "Ni tampoco será un pato", dijo otro.
Será, será... ¡un cocopato!. Todos se rieron de la ocurrencia y todos le llamaron así desde aquel día. Cocopato crecía rápidamente y aunque era muy amable
con toda la comunidad nunca consiguió que el resto de sus hermanos cocodrilos le dejaran jugar con él. Nadie le hablaba y Cocopato tuvo que acostumbrarse
a jugar solo. Cocopato tampoco se preocupó de aprender a volar porque después de todo el era un cocodrilo y todo el mundo sabe que los cocodrilos no vuelan.
El verano pasó pero las lluvias no llegaron. Después un otoño cálido y un invierno especialmente seco dejaron la laguna convertida en poco más que una charca.
Llegó la primavera pero las deseadas nubes tampoco aparecieron. Un nuevo verano y el suelo empezó a resquebrajarse, Los animales que pudieron se marcharon
volando o corriendo a zonas más húmedas pero los pobres cocodrilos estaban cada vez más secos y más hambrientos. Algunos jóvenes miraban a Cocopato y se
relamían pensando en su sabor pero su mamá Agripina siempre estaba cerca y nunca le dejaba solo ni un solo momento. Un día, cuando la charca ya estaba
totalmente seca, Agripina se acercó a su hijito y le dijo:
Cocopato, tengo que decirte una cosa. .. Dime mamá.
Verás, la laguna se ha secado y posiblemente todos moriremos de
hambre y sed, pero tú puedes volar y salvarte. Has de aprender a volar y marcharte a otro sitio mejor ahora que todavía puedes. Pero... yo soy un cocodrilo
y seguiré siempre a tu lado.
No, no lo harás. Cocopato soy tu madre y me tienes que obedecer. Ahora mismo vas a estirar tus alas y las vas a mover con fuerza.
Cocopato obedeció como siempre a su mamá. No quería marcharse pero las órdenes de mamá estaban claras. Extendió las alas y las empezó a agitar cada vez
con más fuerza hasta que empezó a levantarse sobre el suelo primero, después se elevó sobre los secos matorrales. Enseguida hizo ademán de bajar pero Agripina
rugió con fuerza:
¡Márchate Cocopato, vete lejos de aquí y salva tu vida!.
Cocopato empezó a alejarse con lágrimas en los ojos. ¿Es que acaso su mamá ya no le quería? .De pronto algo llamó su atención. Una mancha brillante sobre
el suelo no muy distante de allí. Cocopato se dirigió hacia aquel brillo extraño. Mientras se alejaba, Agripina lloraba. Todos los cocodrilos lloran con
los ojos pero esta vez Agripina lloraba con el corazón mientras veía a Cocopato perderse en el horizonte. De pronto se extrañó, Cocopato pareció dar la
vuelta. Si, efectivamente eso era. Cocopato volvía a la seca charca. " jEse desobediente!, pensó Agripina, se va a llevar una buena zurra en cuanto aparezca.
Cocopato parecía muy contento. Iba chillando de alegría: " ¡Venid todos, seguidme que os voy a dar una sorpresa!". ¿Una sorpresa?, dijeron los demás con
curiosidad. ¿De qué sorpresa se trata? Vosotros seguidme, he visto algo desde el aire que creo que os gustará. Todos se miraron, después de todo, nada
tenían que perder. Cuando Cocopato se posó sobre el lomo de su madre todos se hallaban dispuestos a seguirle. La comitiva inició su camino sobre la tierra
ardiente. Cocopato no paraba de animar a los que se rezagaban en el camino. " j Venga cocodrilos valientes, que os tengo una sorpresa!". ¿Falta mucho?
preguntó un cocodrilo pequeño, estoy cansado de andar y tengo hambre y sed. No, no falta demasiado, es justo allí, detrás de aquellos montes. La caminata
será larga pero la sorpresa merecerá la pena". "Ese Cocopato está loco, comentó una vieja cocodrila, como se trate de una tontería me lo comeré de un bocado".
Pero Cocopato no hizo caso a este comentario, todos estaban sedientos y cansados, él también lo estaba pero continuaba arengando a la comitiva. " ¡Cocodrilos
holgazanes, moved vuestras escamosas patas que ya queda poco!". Los cocodrilos seguían caminando formando una fila perfecta. Delante iba Agripina con Cocopato
siempre a su lado. El camino de ascenso se hacía lento y fatigoso, y todos los animales se encontraban agotados por el cansancio y con las patas llenas
de heridas por la larga caminata. Algunos cocodrilos intentaron quedarse parados pero enseguida Cocopato se acercaba a ellos y les picaba en las patas
de atrás aún a riesgo de recibir un coletazo. De esta manera la caravana alcanzó la parte más alta del monte. Una vez coronada la cima todos se maravillaron.
A sus pies, a unos cientos de metros había un impresionante lago de aguas azules llenas de vida. Un gran río lo llenaba constantemente de agua por lo que
en ese lago nunca volverían a pasar necesidades. Todos bajaron corriendo la corta distancia que les separaba del agua. Solamente Agripina se quedó atrás
mientras miraba orgullosa a Cocopato. "Nos has salvado a todos y ahora todos te están agradecidos y te quieren por ello. Ya nunca se reirán de ti". " A
mi lo que me importa es que me quieras tú y nunca dejaré de ser un cocodrilo", dijo el pequeño. Si, le respondió Agripina mientras le acariciaba con cariño,
un cocodrilo amarillo con pico y plumas". Y los dos se echaron a reír felices mientras se tiraban al agua y colorín colorado este cuento se ha acabado.
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