Las legiones de la tumba
Autor: Howard Phillips
Lovecraft.
Las legiones de la tumba
Cuando desapareció el doctor Herbert
West, hace un año, la policía de Boston me sometió a
un minucioso interrogatorio. Sospechaban que me callaba
cosas,
o algo peor; pero no podía decirles
la verdad porque no me habrían creído. Sabían, efectivamente, que West había estado complicado en actividades que iban
más allá de la capacidad de crédito
de los hombres ordinarios; pues sus espantosos experimentos sobre la
reanimación de cadáveres habían sido demasiado
numerosas para poder mantener un
perfecto secreto en torno a ellos; pero la escalofriante catástrofe final
adquirió caracteres de demoníaca fantasía que
me hacen dudar incluso de la
realidad de lo que vi.
Yo era el amigo más allegado de West,
y su único ayudante confidencial. Nos habíamos conocido años antes en la
Facultad de Medicina, y desde el principio
había participado yo en sus
terribles investigaciones. Había intentado perfeccionar lentamente una solución
que, inyectaba en las venas de un recién fallecido,
podía devolverle la vida.. Este
trabajo requería abundancia de cadáveres frescos, y comportaba,
consiguientemente, las actividades más espantosas. Más
horribles aun eran los resultados
de alguno de sus experimentos: masas horrendas de carne que había estado
muertas, pero que West despertaba, dotándola
de una ciega, insensata y
nauseabunda animación. Estos eran los resultados usuales; ya que para que
volviera a despertar la mente era necesario que los
ejemplares fuesen absolutamente
frescos, y que las delicadas células cerebrales no hubiesen sufrido la más
mínima descomposición.
Esta necesidad de cadáveres muy frescos supuso la ruina
moral de West. Eran difíciles de conseguir; y un día
espantoso llegó a apoderarse de un ejemplar
cuando aun estaba vivo y en todo su
vigor. Un forcejeo, una aguja, y un poderoso alcaloide lo convirtieron en
cadáver fresquísimo, y el experimento fue
positivo durante un instante breve
y memorable; pero West salió de él con un alma seca y
endurecida, y una mirada fría que observaba con una especie de
calculadora y horrenda apreciación
de los hombres de cerebro especialmente sensible y un físico vigoroso. Hacia el
final, cobré a West un intenso terror,
ya que empezaba a mirarme de esa
misma manera. La gente no parecía darse cuenta de sus miradas, aunque me notaba
asustado; y tras su desaparición, se valieron
de eso para propalar unas sospechas
absurdas.
En realidad West tenia más miedo que yo; sus abominables trabajos le hacían
llevar una vida furtiva y llena de sobresaltos. En parte era la policía quien
le daba miedo; pero a veces su
nerviosismo era más hondo y brumoso, y estaba relacionado con abominaciones
indescriptibles a las que había inyectado una
vida morbosa, y en las que no había
visto extinguirse dicha vida. Por lo general, terminaba sus experimentos con el
revólver; pero a veces no era bastante
rápido. Es lo que ocurrió con aquel
primer ejemplar en cuya saqueada sepultura se descubrieron más tarde huellas de
arañazos. Y lo que sucedió también
con el cadáver de aquel profesor de
Arkham que cometió actos de canibalismo antes de ser
capturado y encerrado sin identificar en una celda del manicomio
de Sefton
donde estuvo seis años golpeándose la cabeza contra las paredes. Casi todos los
demás resultados que posiblemente subsistían eran productos de
lo que resulta más difícil hablar,
dado que en los últimos años, el celo científico de West
había degenerado en una manía insana y fantástica, y había
consagrado su prodigiosa habilidad
a vitalizar cuerpos enteramente humanos, sino trozos aislados de cadáveres, o
partes unidas a una materia orgánica no
humana. En la época en que
desapareció. Se había convertido en algo diabólicamente repugnante; muchos de
los experimentos no podrían ser referidos en la
letra impresa. La Gran Guerra, en
la que servimos los dos como cirujanos, había intensificado este aspecto de West.
Al decir que el miedo de West a
sus ejemplares era brumoso pensaba sobre todo en el carácter complejo de ese
sentimiento. En parte se debía sólo al hecho
de saber que aún seguían existiendo
esos monstruos abominables, y en parte a su miedo al daño corporal que podían
infringirle en determinadas circunstancias.
La desaparición de estos seres aumentaban el horror de la
situación: West sólo conocía el paradero de uno de
ellos, la lastimosa criatura del Manicomio.
Pero, además, había un miedo más sutil: una sensación
verdaderamente fantástica, consecuencia de un extraño experimento que llevó a
cabo en el ejército
canadiense, en 1915. En medio de
una enconada batalla, West había reanimado al
comandante Eric Moreland Clapman-Lee,
D.S.O., colega nuestro que estaba
al tanto de sus experimentos, y el
cual podía haberlos duplicado. Le había seccionado la cabeza a fin de poder
estudiar las posibilidades de vida cuasi-inteligente
del tronco. El experimento dio
resultado en el mismo instante en que el edificio era barrido por una granada
alemana. El tronco se movió de forma inteligente;
y, por increíble que parezca,
tuvimos la seguridad de que brotaron sonidos articulados de la cabeza
seccionada que estaba en el fondo oscuro del laboratorio.
En cierto modo, la granada fue misericordiosa. Pero West jamás estuvo seguro, como habría sido su deseo, de que
fuéramos el y yo los únicos supervivientes.
Después, solía hacer estremecedoras conjeturas sobre lo que
sería capaz de hacer un médico decapitado con capacidad para reanimar a los
muertos.
La ultima residencia de West fue una venerable casa, muy elegante, que dominaba uno
de los más antiguos cementerios de Boston. Había escogido el lugar por
razones puramente simbólicas y
fantásticas, ya que la mayoría de los enterramientos databan del periodo
colonial, y por tanto era muy poca utilidad para
un científico que necesitaba
cadáveres frescos. Había instalado el laboratorio en un subsótano
secretamente construido por obreros traídos de otra región,
y en él tenía un gran incinerador
para la total y discreta eliminación de los cadáveres, fragmentos y remedos
sintéticos de cuerpos que quedaban de los
morbosos experimentos e impías
diversiones del dueño. Durante la excavación de este sótano, los obreros habían
dado con cierta albañilería extraordinariamente
antigua; sin duda comunicaba con el
viejo cementerio, aunque era demasiado profunda para que desembocara en ningún
sepulcro conocido. Después de muchos
cálculos, West
concluyó que debía de haber alguna cámara secreta bajo la tumba de los Averill, en la que el último enterramiento se había
efectuado en
1768. Yo estaba con él cuando estudió las paredes goteantes
y nitrosas que habían dejado al descubierto las palas y los picos de los
obreros, y estaba
preparado para el espantoso escalofrío
que nos aguardaba en el instante de descubrir los secretos sepulcrales y
seculares; pero por primera vez, la nueva
timidez de West
se impuso a su natural curiosidad, y traiciono su degenerada fibra imponiéndole
que dejase intacta la albañilería y la tapase con yeso.
Y así permaneció, hasta la noche infernal, como parte de las
paredes del laboratorio secreto. He hablado del debilitamiento de West, pero debo añadir que
era puramente mental e intangible.
Exteriormente, fue el mismo hasta el final: tranquilo, frío, delgado, con el
pelo amarillo, ojos azules y con gafas,
y un aspecto general de joven que
los años y los terrores no llegaron a cambiar. Parecía sereno incluso cuando
pensaba en aquella sepultura arañada y miraba
por encima del hombro, o cuando
pensaba en aquel ser carnívoro que mordía y manoteaba los barrotes de Sefton.
El final de Herbert West comenzó una tarde, en nuestro despacho común, cuando
alternaba su extraña mirada entre el periódico y yo. Un curioso titular había
atraído su atención desde las
arrugadas páginas, y una zarpa titánica pareció atraparle desde dieciséis años
atrás. En el manicomio de Sefton,
a cincuenta
millas de distancia había sucedido
algo espantoso e increíble que había dejado estupefactos al vecindario y
perpleja a la policía. A primeras horas de
la madrugada; un grupo de hombres
silenciosos había penetrado en el parque de la institución y su jefe había
despertado a los celadores. Era una amenazadora
figura militar que hablaba sin
mover los labios; cuya voz parecía conectada casi ventrilocuamente
a un gran estuche negro que, transportaba. Su inexpresivo
rostro tenía las facciones bien
parecidas, hasta a punto de dar la impresión de una belleza radiante, aunque el
director se había llevado un sobresalto
cuando la luz del vestíbulo cayó
sobre él, ya que era un rostro de cera, y los ojos de cristal pintado. Debió de
sucederle algún accidente atroz a este
hombre. Otro, más alto, guiaba sus
pasos: un sujeto repugnante cuya cara azulenca aparecía medio devorada por
alguna enfermedad desconocida. El que hablaba
pidió que le cediesen la custodia
del monstruo caníbal traído de Arkham hacia dieciséis
años; y al serle negada, dio una señal que provocó un espantoso
alboroto. Los demonios aquellos
golpearon, patearon y mordieron a todos los celadores que no lograron huir;
mataron a cuatro, y finalmente consiguieron
liberar al monstruo. Estas
víctimas, que podían recordar el suceso sin histerismos, juraban que las
criaturas se habían comportado menos como hombres que
como puros autómatas guiados por el
jefe de cabeza de cera. Cuando les llegó ayuda, aquellos hombres y la criatura
caníbal habían desaparecido sin dejar
rastro.
Desde el momento en que leyó el artículo, hasta la
medianoche, West permaneció casi paralizado. A las
doce sonó el timbre de la puerta y se sobresaltó terriblemente.
Todos los criados se encontraban durmiendo en el ático, de
modo que fui yo a abrir. Como he contado a la policía, no había ningún vehículo
en la calle;
sólo vi
un grupo de figuras de aspecto extraño, con un gran estuche cuadrado que
depositaron en la entrada, después de gruñir uno de ellos con voz
asombrosamente
inhumana: "Correo urgente;
pagado". Salieron de la casa con paso desigual, y al verles alejarse, tuve
el extraño convencimiento de que se dirigían al antiguo
cementerio con el que lindaba la
parte de atrás de la casa. Al oírme cerrar la puerta de golpe, bajó West y miró la caja. Tenía unos dos pies cuadrados,
y llevaba el nombre correcto de West, con su actual dirección. También traía remitente:
"Eric Moreland Clapman-Lee,
St. Clare. Eloi, Flandes". Seis años
antes, en Flandes, el hospital se
había derrumbado, a causa de una granada, sobre el tronco decapitado y reanimado
del doctor Clapman-Lee, y sobre su cabeza
separada, la cual quizá había
llegado a proferir sonidos articulados. Ahora West ni
siquiera se emocionó. Su estado era más espantoso. Dijo rápidamente:
"Es el fin... pero incineremos... esto".
Transportamos la caja al laboratorio, con el oído atento. No recuerdo muchos de
los detalles ya pueden imaginar
mi estado psíquico, pero es una
mentira maliciosa decir que fue el cuerpo de Hebert West lo que metí en el incinerador. Entre los dos,
introdujimos la
caja sin abrir, cerramos la puerta,
y conectamos la corriente. Y no brotó sonido alguno la caja.
Fue West quien observó primero que
se caía el yeso de una parte de la pared, donde había sido cubierta la antigua
albañilería de la tumba. Iba yo a echar
a correr, pero él me retuvo.
Entonces vi una pequeña abertura negra, sentí una
bocanada de viento frío y hediondo, y percibí el olor de las entrañas
abominables
de una tierra putrescente. No oímos
ningún ruido; pero en ese preciso instante se apagaron las luces, y vi recortarse contra cierta fosforescencia del
mundo inferior una horda de seres
silenciosos que avanzaban penosamente, producto de la locura... o de algo peor.
Sus siluetas eran humanas, semihumanas;
se trataba de una horda
grotescamente heterogénea. Retiraban las piedras en silencio, una a una, del
muro secular. Luego, cuando la brecha fue bastante
ancha, entraron al laboratorio en
fila de a uno, guiados por el ser de paso solemne y cabeza de cera. Una especie
de monstruosidad con ojos desorbitados
que marchaba detrás del jefe agarró
a Herbert West. West no se resistió ni profirió grito alguno. Luego se
abalanzaron todos sobre él y lo despedazaron
ante mis ojos, llevándose sus
trozos a la cripta subterránea de fabulosas abominaciones. El jefe de cabeza de
cera, que iba vestido con uniforme de oficial
canadiense, se llevó la cabeza de West. Al desaparecer, vi que sus
ojos azules; detrás de las gafas, centelleaban espantosamente, revelando por
primera
vez una frenética y visible
emoción.
Los criados me encontraron inconsciente por la mañana. West había desaparecido. El incinerador contenía sólo
ceniza inidentificable. Los detectives me han
interrogado; pero, ¿qué puedo
decir?. No relacionarán a West, con la tragedia de Sefton; ni con eso, ni con los hombres de la caja, cuya
existencia niegan.
Les he hablado de la cripta; pero ellos me han, enseñado el
yeso intacto de la pared, y se han reído. Así que no les he contado nada más.
Quieren dar a
entender que estoy loco, o que soy
un asesino... probablemente es que estoy loco. Pero podría no ser así, si esas
condenadas legiones de las tumbas no
estuviesen tan calladas.
----------------