Los tres tesoros

 

 

Esta es la historia de los tres hijos de un campesino, el mayor de los cuales, buena persona, sencillo y tranquilo, era injustamente considerado un pobre

ingenuo.

 

Un día, el padre decidió retirarse y elegir entre sus hijos al que sería su sucesor.

 

- Los quiero a todos por igual y no quiero ofender a ninguno- les dijo -. Así que haré lo siguiente: les daré una cantidad de dinero a cada uno de ustedes

y aquel que dentro de tres años vuelva con las mejores mercaderías, demostrará que merece ocupar mi puesto.

 

Dicho y hecho: Repartió el dinero y los dejó marchar.

 

Los hijos menores se rieron del mayor y cuchichearon: - ¡Qué desperdicio, haberle dado dinero a ese simplón! -. Salieron juntos de la casa pero se separaron

al llegar a un cruce de caminos. Los hermanos menores fueron rumbo a la gran ciudad. El otro siguió caminando derecho, sin saber muy bien hacia dónde iba.

 

Llegó así a la horilla de un río muy caudaloso, imposible de atravesar porque el único puente que tenía se lo había llevado la corriente.

 

En las tierras del otro lado se veían prados fértiles y bosques espléndidos, por cierto inalcanzables pues no había manera de cruzar a la otra horilla.

 

"¡Qué pena, una tierra tan buena y nadie que la aproveche! - pensó el hermano mayor - ....aquí se precisa un puente y yo voy a construirlo".

 

Se puso a trabajar, compró madera, contrató gente....todo con una sola idea: hacer algo útil para los demás.

 

Así pasaron volando los tres años del plazo que les había dado su padre y también voló todo su dinero.

 

No tendría mas remedio que volver a su casa con las manos vacías. De antemano, le pareció oír las risas.

 

Se acostó a dormir una última siesta a la orilla del río y soñó que una voz le decía:

 

- Por servir a los hombres, te has olvidado de ti mismo, pero te prometo que tu trabajo no quedará sin recompensa. Aquí tienes un anzuelo. Debes ir hasta

el medio del puente y arrojarlo al río tres veces. La primera vez sacarás un monedero. No creas que es un objeto cualquiera. Si lo sacudes saldrá de él

monedas de oro.

 

La segunda vez pescarás una jarra maravillosa. Cuando la inclines, te regalará un chorro inagotable del mejor de los vinos.

 

- ¿ Y la tercera?- preguntó el hermano mayor, siempre en el sueño.

 

- La tercera, sacarás una escoba. Te parecerá como tantas, pero tendrá una cualidad extraordinaria. Está hecha con las ramas de un árbol que crece en la

Luna. A cada golpe de esta escoba los viejos rejuvenecen. Pero recuerda: puedes usarla unas pocas veces nada más.

 

Cuando el hombre despertó pensó "¡ Qué sueño tan loco!".

 

Entonces vio que a su lado había un anzuelo. ¿Sería el que le habían anunciado en el sueño? Ya lo vería .....

 

Fue hasta la mitad del puente y lo arrojo al río.

 

Como sintió que había enganchado algo, dio un tirón y sacó el monedero.

 

Lo abrió, lo sacudió y, apenas lo hizo, empezaron a salir unas monedas de oro que sonaron sobre las tablas del puente. Lanzó el anzuelo por segunda vez

y sacó una jarra.

 

No bien la inclinó, salió de ella el vino más delicioso que jamás había probado.

 

Iba a tirar el anzuelo por tercera vez pero no hubo necesidad: la escoba ya flotaba en las aguas, muy cerca de la orilla.

 

Entonces reunió sus tres tesoros y los envolvió en un gran pañuelo que ató bien y colgó en la punta de un palo.

 

Después, con el palo al hombro empezó a caminar de vuelta a su casa.

 

En el camino se cruzó con sus hermanos, cada uno con tres carretas cargadas de mercaderías.

 

- ¡ Mira a ese pobre tonto! - gritó uno de ellos al pasar - . Solo trae un bulto miserable, como habíamos imaginado....- ¿ qué hizo en tres años? - vociferó

el otro -.¡Malgastar el dinero de nuestro padre!

 

El hermano mayor sonrió y siguió caminando.

 

El padre los recibió con los brazos abiertos. Tenía preparados tres galpones, uno por hijo, como depósitos para sus mercancías.

 

Estaban presentes todos los parientes y vecinos, ansiosos por ver con qué se abrían llenado los galpones.

 

Cuando se abrieron las puertas del primero, la sorpresa fue grande. Estaba repleto de bolsas de arroz de la mejor calidad.

 

- Te felicito, querido hijo - se alegró el padre -. El arroz el lo más valioso para un campesino.

 

El segundo apareció colmado de madejas de seda.

 

- ¡ Espléndido!- exclamó el anciano-. Has adquirido una verdadera fortuna.

 

 Ni siquiera se dignó mirar dentro del tercer galpón y se dirigió a la casa.

 

- ¿ Qué pasa, padre?- preguntó el mayor - ¿no quieres ver lo que traje?

 

-¿ Para qué?- replicó el viejo- . Me deshonras delante de mis huéspedes, ¿ o crees que no vi que solo trajiste un bultito de nada?

 

- ¡ No hables así!. Soy tan hijo tuyo como los otros y merezco el mismo trato.

 

El viejo abrió de mala gana las puertas del galpón y tuvo que hacerse a un lado para no ser arrollado por un río de monedas de oro tan brillantes que todos

tuvieron que entornar los ojos.

 

Los huéspedes rodearon al hermano mayor, mudos de emoción. Por fin dijo - Sírvanse cada uno un puñado, vamos, no tengan vergüenza; esto que ven es solo

una parte de lo que tenemos.

 

Después los invitó a entrar en la casa, a celebrar.

 

Los invitados se sentaron y el hijo mayor les sirvió a todos el maravilloso vino.

 

- Todo está muy bien - dijo el padre - , aunque lamento una cosa: que ya soy viejo. Sino bailaría de alegría.

 

- También tengo un remedio para  eso- dijo el hijo-, y le dio dos golpes con la escoba en la espalda.

 

-¡ Que irrespetuoso!- se escandalizaron los invitados. Pero, de pronto, vieron que el anciano canoso se transformaba en un hombre de negra barba, de unos

treinta años, que se levantó como si tuviera un resorte y empezó a bailar contento.

 

Todos los viejos y viejas le pidieron por favor al hijo que los golpeara con la escoba.

 

Una de las rejuvenecidas fue una vieja achacosa que le dio las gracias de labios para afuera, porque en su interior refunfuñaba:

 

"¿ Por qué no me habrá dado mas golpes? Así me habría vuelto mas joven, de veinte de años o, mejor, de dieciséis".

 

Más tarde todos se pusieron a bailar.

 

Bueno, no todos, porque faltaba la rezongona que en descuido de los demás, agarró la escoba y escapó.

 

Cuando, más tarde, buscaron a esta mujer, vieron que de la escoba no quedaban mas que unas ramitas rotas.

 

Al lado, tirado en el suelo, estaba el vestido de una señora, y en una de sus mangas pataleaba y lloraba una bebita. A fuerza de golpes, había rejuvenecido

hasta ese punto.....

 

Los nietos no tuvieron mas remedio que acunar a su propia abuela.

 

Y como desapareció la escoba, ahora rejuvenecer resulta un poco más difícil.

 

                                                            Autor: Natalia Rosenboom

 

    ----------  

 

 Volver al índice de cuentos