¿QUIEN SABE?
Guy de Maupassant
¡Dios mío! ¡Dios mío! Quisiera ser capaz de descubrir lo que me ha sucedido.
Pero..., ¿me atreveré? ¿Podré hacerlo?... Es una
locura, tan fantástico, tan inexplicable e incomprensible..,
Si no estuviera seguro de lo que vi, completamente convencido de que en mi
razonamiento no hubo ningún eslabón suelto, ni error alguno en mis
investigaciones,
ni lagunas en la inflexible secuencia de mis pensamientos, me hubiera creído
víctima de una alucinación, juguete de una visión extraña. Después de todo...,
¿quién sabe?
Me hallo ahora en un sanatorio particular, aunque entré en él voluntariamente y
empujado, además, por la prudencia y el temor. Sólo un ser viviente conoce
mi historia: el médico de este lugar. A duras penas sé yo mismo por qué voy a
escribirla. Quizá por ver si de esta forma me libro de ella, o porque llena
mi mente como una pesadilla insoportable.
He aquí lo que tengo que decir:
He sido siempre un introvertido, un soñador, una especie de filósofo
desarraigado, lleno de sentimientos afables, satisfecho con poco, y sin
resentimiento
particular alguno contra los hombres o contra el destino. Toda mi vida viví solo
porque la presencia de otras personas me producía un agudo estado
de incomodidad. ¿Cómo podría explicarlo? No es que rehuyera ver a la gente,
hablar con ella, o cenar con los amigos. Pero cuando llevaba un tiempo
haciéndolo,
incluso con aquellos con los que me sentía más compenetrado, me aburrían, me
fatigaban en extremo y me ponían nervioso, invadiéndome unos deseos enormes
de perderlos de vista, o de irme yo y quedar solo por completo.
Esta tendencia al alejamiento es más que un deseo; representa, en mí, una
irresistible necesidad. Si hubiera persistido en frecuentar la compañía de las
gentes, y no ya escucharlas durante un lapso de tiempo, sino tan sólo oírlas, me
hubiera sucedido algo grave. ¿El qué? ¿Quién sabe? Quizá sólo me hubiera
desmayado. Probablemente hubiera sido así.
Siento tal pasión por la soledad que no puedo soportar la idea de que otros
duerman bajo mi mismo techo. Me es imposible vivir en París a causa de la
indefinible
angustia que en esta ciudad se apodera de mí. Siento que mi espíritu muere, y
notar la vasta muchedumbre de vidas a mi alrededor, aunque duerman, me produce
dolores en el cuerpo y me daña los nervios. ¡Me es más insoportable la gente
cuando duerme que cuando habla! No he podido nunca descansar sabiendo que
al otro lado de la pared hay vidas en suspenso, sumidas en esos períodos
regulares de falta de conciencia.
¿Por qué estoy hecho así? ¿Quién sabe? El motivo quizá es muy simple.
Sencillamente me aburre todo lo que existe más allá de mí mismo. Y hay muchos a
quienes
les ocurre lo mismo.
En el mundo viven dos especies de personas: los que necesitan a los demás, que
se sienten entretenidos, ocupados y vivificados por ellos, y que se encuentran
aburridos, exhaustos y enervados por la soledad como si se tratara de subir un
glaciar terrible o de atravesar el desierto; y aquéllos a quienes su prójimo
les resulta fastidioso y agotador, y que hallan paz en el aislamiento y son
tranquilizados por la soledad y actividad imaginativa de sus cerebros.
Este es un fenómeno físico normal. Los unos están hechos para vivir de forma
extrovertida y los otros introvertida. Yo mismo tengo una cierta capacidad
de atención para con los demás, pero en cuanto he llegado al limite de la misma,
mi cuerpo y mi mente sufren una angustia intolerable.
El resultado fue que me replegué en mí mismo para dedicar mi atención a las
criaturas inanimadas, que adquirieron para mí la misma importancia que las
vivientes.
Mi casa se ha convertido, mejor dicho se convirtió, en un mundo donde yo vivía
una vida solitaria y activa rodeado de objetos, muebles y chucherías, a
los que me unía el mismo afecto que si se tratasen de rostros de amigos. Los
había ido reuniendo poco a poco y esparcido por doquier, sintiéndome en mi
hogar tan contento y feliz como si me hubiera encontrado en los brazos de una
amorosa mujer, cuyas caricias familiares se convirtieran en una necesidad
agradable.
La casa se alzaba en medio de un hermoso jardín aislado de los caminos y de la
ciudad por una verja, que sólo abría en las raras ocasiones en que me dejaba
atraer por la vida de sociedad. Todos mis criados dormían en un edificio
apartado, al extremo del huerto, rodeado por una valla alta. La melancólica
llegada
de la noche entre el silencio de mi escondida vivienda, perdida bajo las hojas
de los grandes árboles, me era tan tranquilizante y agradable que cada noche
retrasaba varias horas el momento de acostarme, para disfrutar más tiempo de
aquella sensación.
Un día, en un teatro cercano representaron Sigurd. Fue la primera vez que tuve
la ocasión de oír aquel maravilloso drama musical y me procuró la más grande
de las delicias.
Me encaminé a pie a mi casa, con la cabeza llena de melodías y los ojos de
visiones encantadoras. La noche era tan oscura, las tinieblas tan fantasmales,
que más de una vez estuve a punto de desorientarme y caer en la cuneta. Desde la
puerta de la verja hasta la casa habrá medio kilómetro, quizá un poco
más, o sea unos veinte minutos de paseo. Era la una de la madrugada o la una y
media, el cielo empezaba a mostrar una ligerísima luz y delante mío apareció
la desvaída forma de la luna menguante. Cuando sale la luna creciente, a las
cuatro o las cinco de la tarde, presenta una luz brillante y alegre como de
plata; en cambio, después de media noche es apagada, triste y siniestra. Es una
verdadera luna de noche de brujas. Esta es una impresión, la que habrán
experimentado todos los paseantes nocturnos.
La luna creciente envía un rayo de luz penetrante que alegra el corazón y
disuelve las sombras que envuelven la tierra, pero la menguante extiende una
claridad
moribunda, que apenas atraviesa la oscuridad.
Al percibir la sombría masa del jardín sentí, no sé cómo, una cierta prevención
a entrar en él. Aflojé muy levemente el paso. La imponente masa de los árboles
parecía formar una tumba en la que mi casa se hallaba sepultada.
Abrí la verja y me encaminé por la larga avenida de sicomoros, cuyas copas se
juntaban y convertían el camino en un túnel que cruzaba los campos en sombras,
donde se amontonaban las flores, cuyos colores apenas visibles lucían al pálido
resplandor.
Mientras me acercaba a la casa, una extraña sensación de desasosiego se apoderó
de mí. Hice alto, pero no se oyó ningún ruido y las hojas de los árboles
permanecieron inmóviles. «¿Qué es lo que me pasa?», me pregunté. Durante diez
años había recorrido en infinidad de ocasiones aquel camino y jamás experimenté
el menor asomo de inquietud. No tenía miedo a la noche, ni nunca lo he tenido.
La menor señal de presencia humana, de un ladrón o un merodeador no me hubiera
atemorizado sino todo lo contrario, y le habría hecho frente sin dudar un
instante. Además iba armado, tenia un revólver, pero no lo toqué porque
pretendía
vencer aquel temor irracional que se estaba apoderando de mí.
¿Qué era aquello? ¿Un presentimiento? ¿El misterioso presentimiento que se
adueña de uno cuando está a punto de ocurrir algo que roza los límites de lo
inexplicable? Quizá. ¿Quién sabe?
A cada paso notaba que se me ponía la piel de gallina. Cuando llegué al pie del
muro de mi vasta casa, sentí la necesidad de esperar unos momentos antes
de abrir la puerta y entrar.
Me senté en un banco bajo de las ventanas del salón, temblando ligeramente, con
la cabeza apoyada en la pared mientras contemplaba las sombras de los árboles.
De repente noté algo desacostumbrado a mi alrededor: como un zumbido en los
oídos. En algunas ocasiones he creído oír trenes, o repicar campanas o pasos
de gente que se acercaba. Sin embargo, aquellos ruidos pronto se hicieron
indistintos, diferenciados y reconocibles. Me había equivocado, no eran los
sonidos
habituales en mí, y a cuyo rumor estaba ya acostumbrado, sino más peculiares y,
sin duda, procedían del interior de mi casa.
Escuché a través de la pared. Mas que ruido era un alboroto continuo, producido
por una multitud de cosas en movimiento, como si cambiaran de lugar todos
los muebles de mi casa, y los arrastraran por doquier.
Durante un buen rato estuve dudando de mis oídos, pero al acercar la oreja a la
juntura de una puerta, para comprobar el extraño tumulto, me convencí de
que algo muy extraño, anormal e incomprensible estaba sucediendo allí dentro. No
me asusté, pero estaba... Cómo dina..., aturdido por el asombro. No hice
uso del revólver, pues se apoderó de mí la extraña sospecha de que no lo
necesitaría. Aguardé.
Esperé largo rato, incapaz de tomar una decisión, con el espíritu bastante
lúcido, pero tremendamente dominado por la ansiedad. Mientras tanto el ruido
aumentaba de volumen hasta llegar a un tremendo diapasón, como un extraño
paroxismo tumultuoso de impaciente ira.
Entonces, repentinamente avergonzado de mi cobardía, saqué el manojo de llaves,
cogí la de la puerta, e introduciéndola en la cerradura, di dos vueltas
a la llave, abriendo con un brusco movimiento que hizo chocar la madera contra
la pared.
El golpe resonó en el interior de la casa como un disparo. Ante mi asombro, una
especie de rugido contestó desde la parte superior de la casa. Fue tan
repentino,
tan terrible y tan aterrador que retrocedí algunos pasos, pese a que no había
necesidad alguna. Como medida de precaución saqué el revólver de la funda.
Tras una pausa escuché de pronto un ruido singular, un golpeteo de pasos que
empezaba en lo alto de las escaleras, y seguía por las alfombras y el suelo
desnudo. Sin embargo, no se trataba de zapatos o zapatillas calzados por seres
humanos, sino el golpe seco de una muleta de madera o de hierro, que resonaba
como címbalos. Apareció entonces en el umbral de la puerta un sillón, mi sillón
de lectura, para adentrarse con paso arrogante en el jardín; tras él marcharon
las sillas del salón, las tumbonas que se bamboleaban sobre sus cortas patas
como cocodrilos fuera del agua, las sillas que saltaban como cabras y los
pequeños taburetes corriendo como liebres.
¡Imagínense el desconcierto de mi mente! Me deslicé entre un grupo de árboles y,
agazapado allí, contemplé el espectáculo de la huida de todos mis muebles,
uno detrás del otro, rápida o lentamente, según su peso y tamaño. El piano, mi
pieza más majestuosa, salió con trote equino produciendo un murmullo armonioso;
los objetos más pequeños se deslizaron sobre la arena como hormigas, cepillos,
vasos, platos, copas, todos centelleaban a la leve luz de la luna como pequeñas
lámparas. Las arañas pasaron en un remolino como medusas. Luego pasó mi mesa de
escritorio, un raro ejemplar del siglo pasado, que contenía todas las cartas
y fotografías relativas a la historia de un viejo amor, que tanto me hizo
sufrir.
De repente se desvaneció mi miedo. Me lancé contra los objetos para asirlos,
como se agarra a un ladrón o a una mujer que huye. Pero prosiguieron su carrera
irresistible y, a despecho de mis esfuerzos y de la ira que me embargaba, no
pudo detener su marcha. En medio de tirones desesperados di con mi cuerpo
en tierra al luchar con un mueble. Entonces se colocó sobre mí. aplastándome
contra el suelo, mientras los demás objetos pasaban por encima de mi cuerpo,
golpeándome las piernas. Al fin solté mi presa y se alejaron todos como una
carga de caballería sobre un desmontado jinete.
Desesperado y temeroso, me las arreglé para apartarme del camino y esconderme de
nuevo entre los árboles, observando desde allí la desaparición de todas
mis pertenencias, hasta la más pequeña, la más cuidada o estimada, que hasta
entonces había poseído.
Súbitamente, a lo lejos, en la casa vacía llena de ecos, se oyeron terribles
sonidos de puertas que se cerraban con gran estrépito. Empezaron por el piso
superior para terminar en la planta baja hasta, que la puerta principal se cerró
por fin ante mí.
Huí a todo correr hacia la ciudad, y no recuperé mi dominio hasta que estuve en
medio de las calles y me encontré con algunos paseantes trasnochados. Tras
sacudirme las ropas para quitarme el polvo que llevaba encima, me dirigí a un
hotel donde me conocían y expliqué que había perdido mis llaves, y con ellas
también la de la puerta del cercado del huerto, que permitía llegar al
alojamiento de mis criados, y a quienes protegía, junto con mis verduras y
fruta,
de posibles ladrones.
Me metí en cama tapándome hasta la cabeza, pero no pude dormir. Esperé a que
amaneciera oyendo los violentos latidos de mi corazón. La noche anterior había
dado ordenes de avisar a mis criados por la mañana, y a las siete en punto
apareció uno de ellos.
Su rostro aparecía demudado por la emoción.
-Esta noche pasada sucedió una cosa temblé, señor -exclamó.
-¿Que es ello?
-Han robado todos los muebles de la casa, señor. Todo, todo se lo han llevado.
No han dejado ni el objeto mas pequeño.
La noticia me alegró ¿Por qué? ¿Quien sabe? Me domine, y decidido a disimular,
no dije nada de lo que había visto Lo escondí, enterrándolo en mi conciencia
como un espantoso secreto Respondí:
-Habrán sido los mismos que me robaron las llaves Debemos avisar a la policía en
seguida Me levantare y me reuniré contigo inmediatamente.
Las investigaciones duraron cinco meses pero la policía no hallo nada ni la mas
pequeña de mis pertenencias, ni el mas leve rastro de los ladrones ¡Dios
mío! ¡Si les hubiera dicho lo que sabia! Si les hubiera contado Me habrían
encerrado a mi, al hombre que había visto tal cosa, en vez de a los rateros.
Sabia lo suficiente para mantener la boca cerrada, pero no amueble de nuevo mi
casa Hubiera sido inútil. Hubiera sucedido otra vez lo mismo Además no quería
entrar en la casa de nuevo, y así lo hice No volví a verla más.
Volví a París, a un hotel, y consulté a los médicos acerca del estado de mis
nervios que se agravaron intensamente desde aquella triste noche.
Me aconsejaron que viajara, y así lo hice.
Empecé por recorrer Italia, cuyo sol me sentó muy bien Durante seis meses, fui
de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia de Florencia a Roma v de Roma
a Nápoles. De allí pase a Sicilia, región notable por su clima y sus monumentos,
reliquias de la dominación griega y normanda. Salté a África, donde crucé
placenteramente el desierto amarillo, por el que andaban errantes camellos,
gacelas y árabes vagabundos, y donde nada alteraba la luz, el aire cristalino,
ni de día ni de noche.
Regresé a Francia por Marsella, y a despecho de los atractivos de la provincia,
la luminosidad menor del cielo me entristeció Una vez más, al volver al
continente, sentí la curiosa sensación de hallarme enfermo, como quien,
creyéndose curado, sufre un dolor agudo como advertencia de que la llama de su
dolencia no esta aun extinguida.
Llegue a París y un mes mas tarde ya estaba aburrido de la ciudad Antes de que
llegara el invierno, decidí hacer una excursión a Normandia, región desconocida
para mi.
Naturalmente empecé por Rúan y durante ocho días deambule con un entusiasmo
extasiado por la ciudad medieval, que constituye una extraordinaria colección
de monumentos góticos.
Una tarde, serian alrededor de las cuatro, me aventure por una calleja por donde
corría un arroyo negro como la tinta llamado por los naturales «agua de
Robec», cuando mi atención, presa en la hermosa conservación de las antiguas
casas, se vio distraída por una serie de tiendas una al lado de la otra, de
objetos de segunda mano ¡Que acertada era la elección de su emplazamiento hecha
por esos sucios traficantes en ruinas, en aquella fantástica calle, de
cara a un tenebroso curso de agua y en unas casas sobre cuyos tejados de tejas v
pizarra giraban aun las veletas de los tiempos pasados!
En el interior oscuro de aquellas tiendas podían verse confusamente maderas
talladas, restos arqueológicos de Rúan, Neder o Le Moustier, loza, estatuas
pintadas algunas en roble Cristos, Vírgenes, Santos, ornamentos de iglesia
casullas copones e incluso cálices sacados de los altares del Señor. ¡Que
curiosos
son los interiores de las casas de tales ciudades, que desde la bodega hasta la
buhardilla están llenas de artículos cuya existencia parecía acabada, pero
que sobrevivieron a sus antiguos dueños y a su época para que otras generaciones
posteriores los compraran como objetos raros!
Mi debilidad por las chucherías se despertó de nuevo y fui de tienda en tienda,
cruzando a un lado y otro de la calle, los frágiles puentes, formados por
unas cuantas planchas podridas sobre las nauseabundas aguas de Robec.
¡Cielos! ¿Qué veían mis ojos? Uno de mis mas preciados armarios se hallaba ante
mi vista, al fondo de una sala en forma de cripta llena de objetos diversos,
que parecía la entrada a un cementerio de muebles Me acerque con un temblor por
todo el cuerpo Temblaba tanto que apenas me atreví a tocarlo Aparté mi
mano y vacile Era verdad un armario Luis XIII, único en su genero e
inconfundible para quien lo hubiera visto una vez Forzando la vista para
atravesar
las sombras que envolvían el interior de la tienda, pude distinguir tres de mis
sillones cubiertos con unos tapetitos tejidos a mano, y mas allá mis dos
mesas Enrique II, tan raras, que la gente venia expresamente de París a
admirarlas.
¡Piénsenlo! ¡Piensen en mi estado de ánimo!
Si bien me sentí incapaz de salir, torturado por la emoción quise investigar,
porque soy valiente como un caballero de la Edad Media caído sin pensar en
un nido de brujas. Paso a paso, fui encontrando todas las cosas que me habían
pertenecido candelabros, libros pinturas, arañas, armaduras, todo excepto
la mesa con mis cartas, que no veía por parte alguna.
Recorrí la casa desde los bajos hasta los pisos superiores Estaba solo Grite y
nadie me contesto. Me hallaba completamente solo En aquella vasta casa, tortuosa
como un laberinto no había nadie.
Se hizo de noche. Decidí esperar y me senté en uno de mis propios sillones De
vez en cuando gritaba:
-¡Eh! ¡Eh! ¿Hay alguien ahí?
Llevaría alrededor de una hora allí, cuando escuché unas pisadas suaves y
lentas. No sabia de donde venían y estuve a punto de desmayarme, pero haciendo
de tripas, corazón lance un grito y vi una luz en la habitación adyacente.
-¿Quien está ahí? -preguntó una voz.
-Un comprador -repliqué.
-Es muy tarde para entrar en una tienda.
-Hace mas de una hora que espero -objeté.
-¿No podría venir mañana?
-Mañana me iré de Ruán.
No me atrevía a dejar mi refugio v él tampoco se acercaba. Con el reflejo de la
luz podía contemplar un tapiz en el que dos ángeles caían con los cuerpos
enlazados, luchando, y que también me pertenecía. Al fin exclame:
-¡Bien! ¿Viene o no?
-Le estoy esperando -respondieron.
Me levante y me dirigí hacia el desconocido.
Lo encontré en medio de una amplia habitación Se trataba de un hombre pequeño,
pequeño y muy gordo, pero con una gordura odiosamente monstruosa.
Tenia una extraña barba amarillenta de pelos escasos y ralos, y era
completamente calvo. ¡Ni un pelo!. Mientras mantenía la lámpara tan alto como se
lo
permitía su brazo, su cráneo me hacia el efecto de una luna llena en medio de la
habitación atestada de muebles antiguos En su cara llena y arrugada apenas
se distinguían los ojos.
Compré tres sillas, que eran mías, y pagando por ellas una crecida cantidad,
deje solo el numero de mi habitación del hotel Convino en mandármelas al día
siguiente a las nueve de la mañana.
Entonces salí y me acompaño a la puerta con grandes muestras de cortesía.
Me dirigí inmediatamente a la estación de policía más próxima y allí relate toda
la historia del robo de mis muebles y el descubrimiento que acababa de
hacer.
Enviaron en seguida un telegrama al departamento que se había encargado del robo
diciéndome que aguardara la respuesta. Al cabo de una hora llego un informe
satisfactorio.
-Detendremos inmediatamente al hombre y lo interrogaremos -me aseguro el jefe de
policía- Podría ser quien se apodero de sus pertenencias Vaya a cenar,
dentro de un par de horas, lo tendremos ya en nuestro poder y lo someteremos a
un detenido interrogatorio en su presencia.
-Volveré, desde luego, señor. Mis mas efusivas gracias.
Regresé al hotel y cene como no imaginaba que fuera capaz. Estaba muy
satisfecho. Al fin lo habían cogido. Dos horas mas tarde me dirigí al despacho
del
inspector jefe, que va me estaba esperando.
-Bien, señor -exclamo al verme-. Ya hemos descubierto al individuo. ¡Pero mis
hombres no han podido cogerle!
-¡OH! -exclame desfalleciendo-. Pero. ¿han encontrado la casa?
-Por supuesto. Mis hombres están al acecho y lo cogerán en cuanto vuelva. El
caso es que desapareció.
-¿Desapareció?
-Desapareció. Normalmente pasa todas las noches con su vecina, una extraña
vieja, también anticuaría como el pero afirma que esta noche no lo ha visto y
que no puede decirnos nada. Tendremos que esperar a mañana.
Salí. ¡Que siniestras, inquietantes y amenazadoras me parecieron las calles de
Rúan!
Dormí mal, con pesadillas continuas que me despertaban sin cesar Para no parecer
demasiado preocupado o anhelante, espere a que dieran las diez para presentarme
en la estación de policía.
El comerciante no había aparecido y la tienda permanecía cerrada.
El inspector me explico:
-He tomado las medidas necesarias. El departamento se encarga del caso. Iremos a
esa tienda y va a mostrarme todo lo que le pertenezca.
Montamos en un carruaje y nos dirigimos a la tienda, delante de cuya puerta
abierta se hallaban algunos policías y un cerrajero.
En cuanto entre no vi el armario, ni los sillones, ni las mesas, ni nada. Nada
de lo que había amueblado mi casa. Absolutamente nada, a pesar de que la
tarde anterior no podía dar un paso por el local sin tropezar con cosas mías.
El inspector se quedo sorprendido y me miró con expresión desconfiada.
-¡Dios mío! -exclamé-. La desaparición de los muebles coincide con la del
anticuario.
El hombre sonrió.
-Es verdad. Hizo mal en pagar por sus propias cosas ayer tarde. Esto lo previno.
Repliqué:
-Lo que me parece raro es que todo lo que ayer estaba ocupado con mis cosas,
esté ahora lleno con otras.
-¡OH! -respondió el inspector-. Tuvo toda la noche para hacerlo, no lo dude.
Esta casa comunica probablemente con la vecina. No se preocupe, señor Este
bribón no estará mucho tiempo fuera de nuestro alcance. ¡Le cortaremos la
retirada!
Pero mi corazón, mi pobre corazón, ¡como latía!
Permanecí en Ruán dos semanas, pero el hombre no volvió ¡Dios mío! ¡Dios mío!
¿Podía existir algún hombre que pudiera desaparecer de aquella forma? En la
mañana del día dieciséis recibí una carta de mi jardinero, que había quedado al
cuidado de mi saqueada y vacía casa. Extrañamente rezaba:
«Señor:
»Tengo que informarle que la noche pasada ocurrió un hecho muy raro, que ni
nosotros ni la policía acertamos a explicarnos. En la casa vuelven a estar todos
los muebles, sin faltar nada en absoluto, ni el objeto más pequeño. Todo esta
exactamente igual como la noche anterior al robo. Esto sucedió la noche del
viernes al sábado, y el camino muestra las mismas señales de que se han
arrastrado los muebles desde la verja a la puerta, como aquella noche.
»Le aguardamos, señor. En espera de su retorno.
»Su obediente servidor,
"Philippe Raudin"
-¡Ah! ¡No y no! ¡Nunca volveré allí!
Le tendí la carta al inspector de policía.
-Esta restitución ha sido hecha muy hábilmente -comentó éste-. Quizá crea que
ahora abandonaremos el asunto. Sin embargo, lo atraparemos uno de estos días.
Pero no lo encontraron, ni lo han hecho todavía. Y yo estoy aterrorizado, como
si una bestia salvaje acechase detrás de mí.
¡No lo descubrirán! No descubrirán al monstruo de cráneo de luna. No lo cogerán
nunca, porque no volverá a su casa. ¿Qué le importa? El único que le interesa
soy yo, el único que le ha visto y puede presentar testimonio contra él.
Sin embargo no lo haré.
¡No lo haré! ¡No lo haré y no lo haré!
Y si volviera a su tienda, ¿quién podría comprobar que mis bienes estaban allí?
La única evidencia contra el la tengo yo, y sé muy bien que se me mira con
sospecha.
¡OH, no! No podía soportar una vida así. Ni tampoco guardar el secreto de lo que
había visto, ni vivir como cualquier otra persona con la constante amenaza
de que volvería a suceder lo mismo.
Fui a ver al médico que dirige esta institución privada y le conté toda la
historia.
-¿Estaría usted dispuesto a pasar una temporada aquí? -me preguntó.
-Efectivamente.
-¿Tiene medios?
-Si.
-¿Le gustaría una habitación separada?
-Si.
-¿Desearía recibir visitas de amigos?
-Ni un alma. El hombre de Ruán sería capaz de venir a vengarse.
Desde entonces he estado solo, solo, completamente solo durante tres meses.
Casi he conseguido la paz. No tengo más que un temor... Supongamos que el
anticuario se vuelve loco..., y supongamos que lo traen aquí... Ni los mismos
prisioneros están a salvo...
Fin