RAFAEL
Rafael tomó el tren de las diecinueve y veinte a Mitre. Su madre lo
esperaba a comer. Cuando entró al coche quedaba un asiento al lado de la
ventanilla, mirando al revés. Se acomodó para leer el libro que le habían
prestado. Delante de él, sentada, una mujer atractiva, con una boina negra
de la que se escapaba un mechón rubio. Sobre su falda, una cartera. a la
izquierda, otra, más grande, de la que sobresalía algo así como una
escultura alada. La mujer miraba por la ventanilla. Un perfil inquietante.
¿Esperaba a alguien?Se cerraron las puertas, el tren arrancó.
Rafael comenzó la lectura. El hombre a su izquierda leía un periódico.
Otra mujer, al lado de la rubia, sacó de su bolso un tejido al crochet. La
rubia levantó la solapa de lo que Rafael había supuesto cartera. Se puso un
auricular. ¿Un walk-man? Un poco grande. Rafael la observó. Ella seguía
mirando hacia afuera. Sus manos delicadas, sutiles, parecían tener vida
propia.
El recomenzó su lectura, no recordaba dónde la había dejado. Pero al cabo
de un rato, levantó nuevamente los ojos. La rubia continuaba mirando hacia
afuera. Estaban por Palermo.
Ella apretaba una serie de botones de la máquina, que no era un walk-man.
Tapó, pudorosamente, sus dedos con la solapa.
El no podía dejar de mirarla. Ella, nada. "Esta mina, ¿es o se hace?"
Rafael se irritó. Volvió a su libro. No podía creer que ella no sintiera
que la estaba perforando con la mirada. Estaba enchufada con el auricular.
Enojado, intentó concentrarse en la lectura. Tuvo que comenzar otra vez.
El tren paró en Carranza. La mujer giró la cabeza hacia la gente que
subía. Pasó los ojos sobre los de él sin el más mínimo interés. Y siguió
moviendo los dedos como si tocara el piano. "!Una verdadera psicótica!
¡Ausente total!".
En Colegiales bajaron y subieron muchísimos pasajeros. El vagón estaba
llenísimo. La rubia seguía tecleando, como si nada. "¿Qué mierda hace, que
no me da bola?".
Rafael estaba cada vez más indignado. No lograba distraerse con el libro.
Vió que la mujer guardaba el auricular y cerraba la solapa. Al acercarse el
tren a la estación de Belgrano R., la rubia se paró. Tiró de las alas que
sobresalían de la cartera grande.Las alas eran la empuñadura de un bastón
blanco, que se desplegó. La rubia dió dos pasos. Rafael estaba paralizado;
el hombre a su lado, no.
-¿La puedo ayudar?
-Sí, muchísimas gracias.
Ella tomó su brazo. Bajaron del tren juntos. Cuando el tren arrancó,
Rafael vió que se alejaban conversando animadamente!...,,,...
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