El alma al Diablo
Por: Justo Navarro
No sabía cuánto tiempo llevaba sin jugar un partido. No sabía cuántos
meses, cuántos años. Dos años, porque ya tenía veintiséis años. Había sido
una estrella, la esperanza de ser una estrella. Lo había fichado el Real
Madrid a sus veinticuatro años, después de una temporada en la que jugó
treinta y cinco partidos y marcó veintinueve goles. Jugando en un equipo del
montón, se había quedado a un gol de ser el máximo realizador del
campeonato. Y llegó al Madrid y jugó seis partidos, cinco partidos y medio,
y no marcó ni un solo gol. Y lo habían quitado del equipo. Ni siquiera le
habían dado la camiseta número nueve, el nueve de Di Stéfano, como una vez
le había dicho su padre. Le dieron el número once. Lo quitaron después de
seis partidos, porque le pesaba la responsabilidad y le faltaba espíritu de
campeón.
Se había ido desesperando. El desánimo se le había metido dentro como una
enfermedad. Era un envenenamiento pasar domingo y domingo sin jugar, sin
entrar en la lista de convocados. Ni siquiera lo sentaban en el banquillo de
los suplentes, porque la cara de desánimo desanimaba a jugadores y
suplentes: si él estaba en el banquillo, el equipo perdía. O empataba, como
con el Valencia, en el últímo minuto, por un gol desde una distancia de
cuarenta metros. Y, siendo él suplente, perdieron en el Santiago Bernabéu
contra el Espanyol, que no ganaba nunca en el Bernabéu. Y el entrenador le
dijo, a él, que sólo había jugado trece minutos en sustitución de un
centrocampista:
-Tú has perdido en ataque ese balón, el balón del gol.
Ya no era ni suplente. Ni siquiera jugaba los humillantes partidos
amistosos: jugaba un tiempo y era sustituido, porque un equipo grande
también debe ser grande en los partidos amistosos. Era un vagabundo entre
los defensas, el príncipe de la apatía contagiosa: recibía un balón, se
dejaba el balón atrás, resbalaba, era sustituido.
Entonces llegó la noche del viernes 12 de noviembre. Al día siguiente
había partido: televisaban el partido y, como de costumbre, él no había sido
convocado. Esperó a que dieran las dos de la madrugada, porque a esa hora
ningún chivato del club telefonearía para comprobar si el futbolista estaba
durmiendo. Lo vigilaban: lo habían examinado médicos y psicólogos. A las dos
de la madrugada salió a la calle. Cogió el Volkswagen que había alquilado
esa tarde, un coche que no llamaba la atención, para irse a beber cerveza a
un bar de carretera donde fuera difícil ser reconocido, si aún alguien
recordaba su cara.
Porque a la mala suerte se había sumado la mala vida, las noches de
cerveza y los días que pesaban como sacos de arena. Lo habían expulsado de
varios entrenamientos, lo habían apartado del equipo durante un mes. Le
quedaban pocos meses en el Real Madrid, aunque le quedaran dos años de
contrato. Y la cerveza le quitaba la angustia, a la segunda cerveza se
encontraba mejor. Y ahora miraba las luces rojas del bar de carretera, las
luces de los grifos de cerveza. Miraba a la mujer de la barra, una de esas
mujeres que son tan guapas que están siempre solas porque nadie se atreve a
acercárseles. Y se bebió la tercera cerveza, y no podía dejar de mirar a la
mujer. Pidió la cuarta cerveza, fue a coger el vaso, y alguien lo agarró por
la muñeca.
-La cerveza me la bebo yo.
El futbolista miró a quien hablaba y le agarraba la muñeca, a quien le
impedía llevarse la cerveza a los labios. Miró la mano fuerte, un poco
áspera, de mecánico, de motorista, una mano rozada por destornilladores y
llaves inglesas. Aquel hombre no tenía el pelo muy limpio, el pelo aplastado
con fijador, y una cicatriz le dividía la ceja derecha, como si tuviera dos
cejas. Llevaba una camiseta del Real Madrid bajo un esmoquin verde de
crupier de casino: algo había en el hombre, algo helado y amenazante, como
si aguardara una sola palabra para soltar un puñetazo. El hombre lo miraba
fijamente, y el futbolista sintió miedo.
-La cerveza me la bebo yo, y tú juegas mañana al fútbol -dijo el hombre.
El hombre le había arrancado la copa de la mano: se estaba bebiendo la
cerveza del futbolista. Y el futbolista sintió vergüenza, y no sabía si era
la vergüenza de permitir que le quitaran la cerveza y se la bebieran, o si
era la vergüenza de haber sido reconocido en un bar repugnante,
escondiéndose, fracasado, arrumbado en un local de gente tan indeseable como
el hombre que le había quitado la cerveza. Pidió otra cerveza a la camarera.
-No.
Al hombre no se le oyó, pero la camarera pareció oírlo porque dejó de
manejar el grifo de cerveza y echó el vaso al fregadero, el vaso en el que
había caído un dedo de espuma. Entonces el futbolista dijo:
-Cóbreme, me voy.
-No.
Al hombre ni se le oía, pero la camarera, que se había acercado para
cobrarle al futbolista, se quedó a medio camino, como si hubiera olvidado lo
que iba a hacer. El futbolista sintió más miedo, aunque ahora el hombre no
lo miraba: el futbolista podría haber salido del local, pero miraba al
hombre que miraba el mostrador y bebía cerveza, la cerveza del futbolista.
Podría haberse ido del bar repugnante, pero allí estaba, temblando de miedo
aunque nunca había sido tan cobarde, como si el hombre lo infectara de
miedo. Y el hombre dijo:
-Yo podría matarte con esta navaja. Y sacó una navaja cerrada y la puso
encima del mostrador, muy cerca de donde el futbolista apoyaba la mano, y el
futbolista notó cómo los dedos le sudaban sobre el mostrador. Y el hombre
continuó hablando:
-Yo podría matarte, cortarte el cuello, arrancarte el corazón, y casi no
te enterarías, pero mañana tienes que jugar al fútbol y no sé de nadie que
haya jugado al fútbol con el cuello cortado y sin corazón.
-Mañana no tengo que jugar.
El futbolista se arrepintió de lo que acababa de decir: ahora el hombre lo
mataría mientras la camarera servía una copa y los pocos clientes del local
miraban a otro sitio o lanzaban los dardos, pero lo dijo porque le pareció
que al hombre aquel había que decirle la verdad, toda la verdad. Había que
entregarle el corazón.
-Mañana tienes que jugar, y vas a marcar un gol.
-Sí, por eso me tengo que ir ya, son las tres o las cuatro de la mañana.
-Si ahora te fueras, mañana no jugarías al fútbol -dijo el hombre mientras
abría la navaja-, pero, si te quedas un poco más, si te quedas un poco y me
vendes tu alma, mañana jugarás y marcarás un gol y jugarás muchos partidos y
marcarás muchos goles y ganarás la Liga.
Entonces el futbolista sintió que se disolvía el miedo. Podía respirar.
Separó la mano del mostrador y vio la huella de los dedos sudorosos, y casi
rompió a reír. Se le escapó un ruido gutural. Tenía la boca seca, pero
murmuró:
-Sí, yo te vendo el alma y tú me invitas a otra cerveza.
-No, yo sólo haré que juegues mañana y todo el campeonato: jugarás muchos
partidos y marcarás muchos goles y ganarás la Liga.
-Vale, pero antes te invito yo a otra cerveza. Ya no tenía miedo, no tenía
tanto miedo: no le haría daño aquel hombre que salmodiaba con ojos
enrojecidos y aguanosos, fijos en un vaso vacío, el vaso que había sido del
futbolista. El futbolista ahora se atrevía a pedir dos cervezas más, y la
muchacha pareció oírlo, porque llenó las copas. El futbolista y el hombre de
la ceja partida levantaron las cervezas, y el hombre de los ojos rojos se
volvió hacia el futbolista y le ofreció la copa, como para un brindis.
-Por Satanás -dijo el hombre.
Y los dos bebieron la cerveza hasta el último trago. Y entonces el hombre
lo agarró por la muñeca, otra vez, con la mano fría, y le dijo:
-Paga.
Le daba miedo sacar el dinero, porque el hombre no quitaba los ojos de la
billetera, aunque quizá sólo esperaba que la guardara otra vez en el
bolsillo: en cuanto la guardó, volvió a agarrarlo por la muñeca. Lo
arrastraba a la calle. El futbolista quiso pedir ayuda a la mujer del bar,
pero no le salieron las palabras. Sentía que estaba dando pasos definitivos:
iban hacia la calle, y cada paso que daba era irreversible. No podía hablar,
no podía volver atrás, era como si estuviera cayendo desde un séptimo piso.
Tenía frío, estaba mareado. Un momento, dijo, un momento, pero las piernas
se movían solas, y el futbolista seguía dócilmente al hombre. Había una luna
llena pequeña, de medianoche, y había farolas azules, y el futbolista veía
la espalda del hombre, el mugriento esmoquin verde, el pelo con fijador, y
el hombre era más bajo que el futbolista, y era vulnerable: el futbolista
podía derribarlo de una patada en la espalda. Pero el hombre lo llevaba
hasta el Volkswagen alquilado, como si conociera el coche del futbolista,
como si hubiera seguido al futbolista hasta aquel descampado y aquel local
repugnante. Y, cuando llegaron al coche, el hombre se volvió, y tenía en la
mano izquierda la navaja abierta. Y dijo:
-Tienes que firmar que me vendes el alma.
Rebuscó en el bolsillo interior del esmoquin y sacó un papelucho, una
factura vieja o un recibo emborronado y manchado de grasa. Quería que el
futbolista firmara en el dorso en blanco, muy sucio.
-No tengo bolígrafo -dijo el futbolista.
-No te hace falta -dijo el hombre.
Y le cortó en la yema del pulgar izquierdo con la navaja. Era tan afilada
la navaja que al futbolista no le dolió la herida: sólo vio la gota de
sangre en el dedo, una hinchada gota de sangre donde el hombre mojó la
navaja antes de ponerla en la mano derecha del futbolista. Y el futbolista
firmó, obligado tres veces a mojar la punta de la navaja en la gota de
sangre: firmó apoyándose sobre el techo del coche alquilado, como cuando
firmaba autógrafos a las puertas de los estadios. Y el hombre se fue, y se
reía a carcajadas mientras se alejaba en la noche de luna llena.
Lo despertó el teléfono a la mañana siguiente. Le dolía la cabeza, se
sentía mal. Descolgó el teléfono a tientas. Era el ayudante del entrenador:
el delantero centro se había resbalado en la ducha y, aunque no era nada
importante, no podía jugar. Lo esperaban a él en la concentración. El
futbolista dudó: le parecía una broma, le dolía la cabeza mucho, le costaba
trabajo entender y le costaba hablar.
-¿Estás bien? -le preguntó el ayudante del entrenador.
-Estoy perfectamente -mintió el futbolista, y temió que la voz revelara la
mala noche.
Pero cuando salió de la ducha se encontró mejor. Y se encontró mucho mejor
cuando llegó al hotel, y mucho mejor cuando el entrenador le dijo que iba a
ponerlo en el equipo, y mucho mejor cuando el utillero le dio la camiseta
con el nueve, el mismo nueve que llevó Alfredo Di Stéfano, como le había
dicho su padre cuando lo fichó el Real Madrid.
Metió un gol, dio otro, participó en una jugada monumental. Jugó los
treinta y un partidos que quedaban de Liga, marcó veintinueve goles, quedó
entre los tres primeros goleadores, y al año siguiente fue titular
indiscutible, vivió la gran temporada después de los años malos, porque
tenía talento y había superado la angustia y la responsabilidad. Tenía
veintisiete años, la mejor edad para un futbolista. Lo empuja el ánimo de
venganza por el tiempo perdido, le sobra instinto de gol, instinto de animal
de área, es decir, la facultad de elegir espontáneamente sin recurrir a la
reflexión, declaró el entrenador en una emisora de radio.
Así llegó a Londres, a la final de la Copa de Europa, la Liga de
Campeones. Había marcado dieciséis goles en el torneo europeo, era el máximo
realizador del campeonato. Había recuperado el placer de jugar al fútbol.
Valía 10 millones de dólares. Participaba en cada minuto de cada partido con
insistencia y convicción y goles. Provocaba el optimismo de los periodistas
y lós hinchas: vamos a ganar la Copa de Europa. Todo parecía fácil: quien lo
veía jugar sacaba la conclusión de que jugar al fútbol es muy fácil. Y llegó
a Londres en un buen mayo, y allí esperaba un buen rival, porque el Milán,
el viejo rival, había renacido de las cenizas, como él, y otra vez jugaba la
final de la Liga de Campeones de Europa.
Estaban concentrados en un hotel al norte de Paddington Recreation Ground.
Y, cuando el entrenador terminó de comentarles el vídeo del último
Milán-Ajax, el futbolista vio por la ventana a dos camareras que paseaban
dos mastines por el jardín: entonces el futbolista supo que iban a ganar, a
pesar de la fortaleza del Milán renacido, y supo que él marcaría un gol,
aunque fuera de penalty.
Pero, el día del partido, cuando el equipo salía del hotel camino del
estadio de Wembley, el recepcionista lo llamó. No lo llamó: sólo le hizo una
señal, o al futbolista le pareció que le hacía una señal. Y, en tensión, a
través del hall lleno de seguidores de lujo, los directivos y los amigos de
los directivos y los amigos de los amigos, se acercó al recepcionista
sabiendo que no debía acercarse. Aquel recepcionista no era el recepcionista
de todos los días: tenía el pelo más largo, y fijador en el pelo, y una
cicatriz en la ceja, y la cara muy pálida, como si acabara de afeitarse
después de mucho tiempo escondido bajo tierra, sin afeitarse. El
recepcionista le dio un papel y una orden en español:
-Lee, lee. Lee y cumple tu parte en el pacto. Y, mientras sus compañeros
salían hacia Wembley entre gritos de ánimo, algo sólo suyo, algo de muy
adentro, lo obligaba a abrir el aviso de recepción, lo obligaba a obedecer
la orden del recepcionista. Y leyó. Estaba loco aquel hombre, le pasaba un
mensaje disparatado, una orden de fallar el penalty que debería tirar en el
minuto noventa de la gran final: le ordenaba fallar un penalty que ni
siquiera existía aún, y el futbolista estaba condenado a obedecer porque su
alma no era suya. Le había vendido el alma a Satanás una noche de noviembre.
El futbolista iba a protestar indignado, iba a encararse con el
recepcionista, pero, cuando lo miró, el recepcionista era una mujer, una
recepcionista. Y no había nadie que se pareciera al recepcionista de la ceja
dividida en dos. Y el futbolista fue a leer de nuevo el papel que acababan
de darle, y el papel era sólo un folleto publicitario de la isla de Man.
Nunca hubiera creído que los nervios pudieran pesarle tanto. Nunca hubiera
imaginado así el ruido del mundo sobre el césped del estadio de Wembley:
cómo resonaba el mundo en el centro del estadio de Wembley. Nunca podría
olvidarlo: lo tenía dentro del corazón. Pensaba que eran los nervios, pero,
mientras el árbitro arrojaba la moneda al aire, el futbolista recordó una
noche en un descampado, un hombre con una navaja y una ceja dividida en dos,
un hombre que brindó por Satanás y obligó al futbolista a firmar con sangre
en una hoja sucia y en blanco. Y empezó la final de la Copa de Europa. El
futbolista no andaba centrado: le faltaba desborde, sentido del desmarque,
improvisación. Los balones no le llegaban o llegaba tarde a los balones. El
Madrid controlaba al Milán, un Milán que no terminaba de recuperar la gloria
de otros tiempos, un Milán que, conforme avanzaba el partido, parecía
confiar en la prórroga. Y fue entonces cuando el número 10 del Madrid mandó
aquel balón
imposible al interior del área, y él le ganó por una vez la espalda al
defensa, por primera vez en noventa minutos, y, cuando ya se colaba con el
balón en la portería, el portero lo derribó.
El árbitro señaló el punto de penalty. Se abrazaban los jugadores del Real
Madrid como si ya hubiera sido gol. Era el último minuto del partido, y él
tenía que tirar el penalty. Los compañeros lo abrazaban, le animaban, a él,
que le había vendido el alma al diablo. Le pareció de risa, y se ríó, y los
compañeros pensaron que era euforia y le pidieron tranquilidad. Se quedó muy
serio, porque de pronto supo que le había vendido el alma al diablo, y por
eso estaba en Wembley jugando la final de la Liga de Campeones de Europa, y
por eso había sido capaz de llegar al balón del número 10, había driblado al
portero y le habían hecho penalty en el último minuto. Y, porque le había
vendido el alma al diablo, tenía la confianza del entrenador y la confianza
de sus compañeros. Y, porque le había vendido el alma al diablo, debía
fallar el penalty.
Se dirigió al punto de penalty. Levantó el balón, lo palpó, lo colocó
sobre el césped. Sintió el silencio de Wembley abarrotado, una soledad de
muchedumbres, la inmensa muchedumbre concentrada en su corazón. Miró al
portero y le pareció batible, empequeñecido. Oyó el silbato del árbitro.
Lanzó. El portero se tiró a la derecha y el balón entró raso, no muy fuerte,
por la izquierda de la portería. Entonces estalló el estadio:
-Gol.
Corrió hacia la grada donde se amontonaban enloquecidos miles de hinchas
del Real Madrid. Sus compañeros lo abrazaban ya, lo derribaban sobre el
césped, lo ahogaban, lo ahogaba el griterío de los hinchas. Nunca había
sentido tanto júbilo en la sangre, el júbilo le latía en las venas, lo
traspasaba, vibraba de júbilo: era un júbilo que se oía, se respiraba, se
tocaba, pesaba sobre su espalda. Con la cara aplastada contra la hierba de
Wembley, mordía y olía la hierba de Wembley. Entonces le faltó el aire,
boqueó, se oscureció el mundo silenciosamente, se levantaban los compañeros,
lo dejaban solo, mordía la hierba, y la hierba se volvía tierra sucia. Le
dolía el pecho. No había cumplido su pacto con el diablo. Se tocó el pecho,
se miró la mano vio la sangre. Todo se oscurecía. Estaba en un descampado,
en la noche de un viernes de noviembre miserable, veía neumáticos de coches
viejos. Trató de ponerse de pie apoyándose en el coche, un Volkswagen
alquilado. Resbaló, manchó con
sangre la carrocería. Pidió auxilio. Vio las piernas del hombre que se
alejaba, vio la navaja que brillaba en la mano del hombre. El hombre volvió
la cabeza: llevaba una camiseta del Real Madrid bajo un esmoquin verde,
tenía una ceja dividida en dos, sonreía. El hombre dijo algo, pero el
futbolista no lo oyó, porque se estaba muriendo.
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