Leyenda catalana de ttradición oral

 

La dona d'aigua (La dama del agua)

 

 

Tres elementos sagrados forman parte de las mitologías de todos los países

montañosos: las propias montañas, los árboles y las aguas. Estas últimas aún

son morada de espíritus de la Naturaleza que se resisten a huir en estos

tiempos. Antaño, empero, la relación de los montañeses con sus fadas del

agua

fue constante e, incluso, en ocasiones, llegó a nacer entre algunos elegidos

historias de amor y desencuentro, amables y trágicas, leyendas que durante

siglos se contaron en voz baja a la luz de la lumbre en invierno y en las

anochecidas de la primavera, bajo la fresca protección de una encina...

 

            -Señor, anochece, los perros ya están cansados y nerviosos por

regresar, ¿da su permiso para volver a Can Blanch?

 

            Un joven de tez oscura, sujetando a duras penas las traíllas de

media docena de mastines, se acercó hasta una enorme encina que se

enseñoreaba

del paisaje montañoso del Montseny. Con la espalda apoyada en el rugoso

tronco, el Señor de Can Blanch contemplaba complacido el rojo poniente.

 

            -Sí, Marcial, volved todos, dejad mi caballo, y no estropeéis

más con gritos y ladridos la quietud con que nos regala la Santa Madre.

 

            El Señor de Can Blanch era un montañés recio y curtido. Había

participado en su juventud en mil batallas contra el enemigo moro, y en el

otoño

de su vida se entregaba casi diariamente a la caza, quizá para acallar las

quejas de un ya viejo corazón que clamaba por hallar compañía de mujer y

acomodo

en la próxima senectud. Sin embargo, la rigidez de su semblante ocultaba una

sensibilidad inconfesable para un guerrero y cazador. Dado al silencio, don

Arial, era una de aquellas pocas almas que en los duros tiempos del Medioevo

habían cultivado el amor al saber y el placer por la belleza. Por eso, la

visión de aquellas moles cárdenas recortadas contra fulgentes puestas de

sol, le conmovían en lo más profundo de su ser, y aprovechaba sus correrías

para

reposar la mirada y la mente en sus queridas montañas. Cuando todos sus

amigos y siervos le hubieron dejado sólo, el silencio duró poco. Ahora bien,

la

voz que se atrevió a romperlo lo hizo con todo el derecho propio de los

ángeles. El sonido de aquella canción se deslizó a la par que la brisa, se

acunó

en el rumor de las hojas de la encina, enhebró en un baile de armonía todas

las ramas, y volvió a perderse en un eco de cristal, hacia el arroyo

cercano.

Como si un golpe le hubiera sacudido el corazón, don Arial se levantó y

caminó hipnotizado por la colina, en busca del agua y del sonido.

 

            Y la vió. A pocos mortales les es concedida la dicha de

contemplarlas, y el Señor de Can Blanch fue uno de ellos. Sobre una piedra,

con los

pies bajo el agua, cubierta la espalda con el cabello húmedo de reflejos

plateados, una dona d'aigua cantaba al arrullo de la corriente risueña del

río.

Enseguida supo el caballero que aquella no era mujer humana, que tanta

belleza no cabía sino en una hija de las aguas, y que su voluntad quedaba

doblegada

en ese momento. Tanto amor surgió de repente en el interior del rudo humano

que algo hizo que el espíritu del río cesara su canto, le mirara y le

sonriera.

Toda la noche estuvieron juntos a la vera del riachuelo. Al amanecer, él la

había convencido para que fuera su huésped en Can Blanch. Antes de que todos

despertaran, caballero y dona d'aigua entraron en la torre, donde la dama

fue agasajada por todos los criados, colmada de dádivas, caprichos, fiestas

y,

sobre todo, de música. Tanta alegría, tanta poesía y tanto amor supo darle

el señor de Can Blanch que la dona d'aigua terminó por acceder a las

pretensiones

de su anfitrión.

 

            -Mira este mundo, hermosa mía, donde has vivido. El sol juega

cada mañana con los cristales de las vidrieras, mis pájaros acolchan el aire

con

sus cantos desde la mañana hasta la noche, cuando las luces de miles de

velas son incapaces de dar más brillo que tus ojos. Es entonces cuando

instrumentos

traídos de todos los lugares acompañan tu voz. Somos felices, y así podemos

seguir siéndolo, lejos del frío de las aguas y el rocío de las madrugadas.

Podemos seguir siéndolo... si accedes a casarte conmigo. Te prometo que los

hijos que me des heredarán Can Blanch, y perdurará esta dicha para siempre.

 

Aunque la dona d'aigua conocía todas y cada una de las palabras del viento,

de las aguas, de los pájaros y del bosque, nunca antes había escuchado el

poderoso

verbo humano, y sucumbió ante su irresistible influjo. Sólo puso una

condición, llevada por el orgullo de su ser, por su altivez de fada:

 

            -La entonación de tu voz habla de un corazón apasionado y me

arrastra como la corriente de deshielo. No quiero resistirme. Es mi deseo

unirme

a como se unen los de tu especie, y renuncio a la mía. Pero exijo de

lo mismo que me dió el río, quiero que siempre estés en mi derredor, quiero

que no se estanque nunca el brioso curso de tu amor por mí. Y si una sóla

vez, atiende bien, mi amado, si una sóla vez confiesas en voz alta mi

naturaleza,

el recuerdo del agua me arrancará de aquí como un remolino, como la cascada,

como el rápido de las gorgas, y me perderás para siempre.

 

            No dió tanto valor a las palabras de la dona d'aigua el Señor de

Blanch, acostumbrado quizá a conversar con congéneres y suponer metáforas,

y prometió lo que le pedía ella. Las bodas se celebraron en una semana, y

duraron otro tanto. Durante unos años, don Arial rejuveneció al compás del

amor

que le ofrecía a borbotones la dona d'aigua. El poder sagrado de la

fertilidad de la Naturaleza estaba con ella, y enseguida concibió y dió a

luz dos hijos,

un niño y una niña. Los tuvo en la alberca, ella sóla, y nunca nadie lo

supo, pues la comadrona del lugar enmudeció por aquellas fechas debido a una

extraña

enfermedad. Los niños se convirtieron entonces en el único pozo de su amor,

pues los corazones de las hadas son cambiantes, acordes con el caprichoso

mundo

de donde proceden. No supo, o no pudo, comprenderlo así el bueno de don

Arial que se vió relegado y, siguiendo su costumbre, volvió a refugiar sus

penas

entre ladridos de jaurías y carreras desenfrenadas en pos de sarrios y

bucardos. La caza fue la excusa para dar pábulo a viejas amistades y ocasión

a juergas

y cenas en la torre, al regreso de largas y habituales ausencias. Duró

algunos años tal situación, el ahorro de la casa se dilapidaba, los criados

se alejaban

malpagados y el peso de Can Blanch era demasiado para los hombros de la dona

d'aigua. Una noche la cena se prolongó de madrugada. Los hijos del señor

habíanse

convertido en criados de su padre y sus amigos. Las bromas a costa de los

críos sobrepasaron los límites y una voz otrora suave se elevó desde el

fondo

de la sala. Era la voz de una madre indignada:

 

            -Maldito seas, señor de Can Blanch, pues ni los lobos lanzan

dentelladas contra sus cachorros, ni los quebrantahuesos se alejan tanto del

nido

como lo haces tú.

 

            Un frío silencio cayó como una losa sobre las piedras de la

torre de Can Blanch. La mirada de don Arial se dirigió lentamente hacia una

mujer

en la que no pudo reconocer aquella visión que tuvo en el río junto a la

encina. Sólo halló unos ojos altivos, como los del ciervo cuando le miraba

desde

los riscos, lejos del alcance de sus flechas. Dolido por aquellas palabras,

temeroso de la burla de sus compañeros de correrías, decidió optar por la

ironía,

pues no encontró en su garganta la voz suficiente para el arrepentimiento,

ni para la humildad, ni siquiera para la ira:

 

            -¿Qué sabrás tú, medio mujer, qué sabrás de animales ni de

aves?¿Acaso las donas d'aigua como tú conocen algo más que la vida de los

peces?¿Acaso

podrías tú haber poseído algo más que los charcos de no haberte aceptado yo

como mi esposa?

 

            En ese momento, pareció que un flujo de puro hielo invisible se

extendiera entre la mirada del hombre y la de la dona d'aigua. A su

alrededor,

los comensales, nerviosos y asombrados, fueron levántandose entre murmullos

y marchándose susurrando torpes excusas sin sentido. Durante varios minutos,

como paralizados, ninguno de los dos esposos pudo mover uno sólo de los

músculos de sus rostros. Siguieron con los ojos fijos unos en los del otro,

manteniendo

una impresionante tensión que, de estallar, resquebrajaría los mismísimos

cimientos de la torre. Sin embargo, poco a poco, la tez de señor de Can

Blanch

fué tornándose blanquecina, y gruesas gotas de sudor comenzaron a rodar por

su frente. La dona d'aigua entonces, de repente, sin proferir una sóla

palabra,

con una rapidez inusitada, como un viento que arremolinara la hierba, como

una revuelta en el río, salió de Can Blanch. Sus hijos la siguieron a duras

penas unos tramos, y la vieron desaparecer en el bosque, camino de la sima

del Gorc Negre. Nunca más regresó. Al menos, el Señor de Can Blanch, ya

anciano

de apariencia, nunca jamás volvió a verla ni -y eso sí que le destrozaba el

alma- nunca pudo volver a escuchar su voz.

 

            Una mañana, desde la cama donde se pasaba la mayor parte del

tiempo, le pareció distinguir entre el cabello de su hija un brillo

plateado. Su

débil corazón enfermo a punto estuvo de paralizarse por la sorpresa y la

emoción. Ese reflejo le trajo a la memoria el de una melena mojada por las

aguas

de un lejano arroyuelo. La hizo acercarse junto a él. Con manos temblorosas

le acarició el pelo, tan parecido al de su madre, y se encontró entonces

entre

los dedos con una pequeña perla. La muchacha no supo -o no quiso- explicarle

el origen de aquello, pero durante los pocos años de vida que le quedaron,

día sí, día no, acariciando el cabello de su hija, aparecían esas

misteriosas perlas con las que pudo rehacer el señorío de Blanch y cumplir,

al menos,

con parte de la promesa que había hecho a su fugaz esposa, dar una heredad a

los hijos de la fada del río.

 

            La dona d'aigua nunca abandonó a sus hijos. En la madrugada,

deslizándose sobre el rocío, acudía a sus habitaciones. Cantaba para ellos

con

el profundo silencio de las aguas, para no despertar a nadie, y los

muchachos podían oírla, pues les unía su misma naturaleza. Derramaba sobre

ellos una

lluvia de amor en forma de caricias, pero cuando el sol comenzaba a

arrebatar los cristales del rocío, las lágrimas de la dona d'aigua caían

copiosas sobre

las cabezas de sus hijos, y allí se quedaban, enredadas entre el cabello,

perlas nacidas de la tristeza de un hada.

 

 

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