Noches de estío :
cuentos para niños y niñas
Pascual de Sanjuán, Pilar
Índice
Introducción
Velada primera
Conversión
Velada segunda
Clemencia
Velada tercera
La cartera perdida
Velada cuarta
Un corazón generoso
Velada quinta
El niño y el perro
Velada sexta
El salto del castigo
Velada séptima
Paquita la perezosa
Velada octava
El buen empleo
Velada novena
La justicia de la tierra
Velada décima
Risas y lágrimas
Velada undécima
Las flores vengativas
Noches de estío
Cuentos para niños y niñas
Pilar Pascual de Sanjuán
Introducción
Marchaba el tren a todo vapor en una tarde
serena y calurosa, por una de las líneas de la vía férrea del norte.
Ocupaba un departamento de primera un
matrimonio con dos hijos de corta edad, uno de los cuales, el mayor, que era
varón, daba muestras visibles de descontento; la niña dormía acurrucada en un
ángulo del asiento, pero el ceño que conservaba su bello semblante también daba
indicios de haberla sorprendido el sueño llorando, o por lo menos, malhumorada.
-No sé, Pepito, por
qué habéis de estar tan disgustados, cuando a otros niños les gusta tanto el
salir de Madrid, ver el mar, ver otros pueblos y nuevos objetos. En María, se
comprende mejor porque es más chiquita, pero en ti que ya tienes once años no
me lo explico -decía la madre.
-Es que yo no he llorado como María -contestó
el que habían llamado Pepito.
-No faltaba más -replicó la señora.- ¿Y por
qué habías de llorar? Harto mal hecho está el mostrarte tan apesadumbrado.
-Es que en Madrid nos divertíamos mucho y
allí en el balneario nos fastidiaremos. Allí teníamos nuestros amigos,
jugábamos todas las tardes en la plaza de Oriente, y si no salíamos, nos
contaba cuentos la abuelita. Me gusta viajar pero echaré de menos todo eso que
te he dicho.
-Los buenos niños -dijo el padre,
interviniendo- nada echan de menos cuando están al lado de sus padres. Ya sabes
que la dolencia que de algún tiempo a esta parte se ha apoderado de mí, sin ser
grave, exige que tome baños de mar y así lo ha dispuesto el médico que me
visita, hubiéramos podido dejaros con vuestra abuelita, que también os quiere
mucho, pero no hemos querido privarnos de vuestra compañía. En el mundo, hijo
mío, no estamos solamente para divertirnos, además que allí tampoco faltan
diversiones.
-Ya me contó mi prima que las personas
mayores tocan el piano, cantan y bailan, pero nosotros los pequeños...
-También es fácil que haya niños con quien
jugar, y por sí no los hay, llevo yo cierto libro en mi maleta...
-¿Un libro de cuentos?
-Ciertamente.
-¡Cuán bueno es V., papá, no se olvida de
nada!
En cuanto despertó María, le dijo Pepe:
-Mira, hermanita, papá tiene un libro de
cuentos para que los leamos en la casa de baños.
-¿Serán tan bonitos como los de la abuelita?
-preguntó la niña.
-Mucho más.
Más o menos bonitos -dijo el padre- debo
advertir que no son de hadas, palacios encantados, gigantes, ni ninguna de esas
tonterías que tanto os divierten. Escritos por una profesora de primera enseñanza,
tienen más de históricos que de novelescos, de manera que en algunos solamente
se ha cambiado o se ha omitido el nombre de las personas que en ellos
intervinieron, o de las localidades en que acaecieron.
-De todos modos, si son cuentos, nos gustarán
-repuso Pepe.
-Sí, sí, nos gustarán -repitió la niña.
Y disipado su mal humor, charlaron y rieron
durante lo que restaba del trayecto.
Velada primera
A los dos días de permanecer en el balneario Pepito recordó a su padre lo del libro de cuentos, o por
mejor decir, los cuentos del libro.
-A la noche los leerás -contestó el bañista.
-¡Ah! por supuesto -replicó el niño- de día
paseamos y corremos. Ya me va gustando esto.
Llegada la noche, el elemento joven y
bullicioso se reunió en el salón del piano, acompañado de las mamás de las
señoritas, e improvisó un baile; la mayor parte de los hombres pasó a otra
salita, donde estuvieron durante la velada jugando al tresillo.
Pepe y María se sentaron en el terrado que
estaba espléndidamente iluminado, y el primero se apoderó del librito de
cuentos.
-¿Y yo qué leeré, papá? ¡Si tuviese V. otro
libro! -dijo María.
-No tengo más que ese -contestó el padre-
pero, puede leer tu hermano en voz alta y lo oiremos todos.
-Como V. guste, papá -dijo el aludido.
-¿Ya tendrás suficiente luz?
-Sí, señor, sí.
El niño, sin esperar nueva orden o aviso,
empezó a leer correctamente y con buena entonación lo que sigue:
Conversión
En una pintoresca villa, de cuyo nombre no
quiero acordarme, vivía un matrimonio que no se distinguía de las infinitas
familias de la población por su talento, por su belleza, por su fortuna ni por
ninguna otra circunstancia que los hiciese notables.
Vivían en paz a ratos, pues su diferente modo
de apreciar las cosas producía frecuentes altercados, (que cual nubes de verano
se desvanecían en breve) consistiendo su dicha en la contemplación y admiración
de dos robustos hijos; y sus bienes de fortuna en la casita que habitaban y un
pequeño campo en el que cosechaban trigo, aceite y vino, algo más, no mucho, de
lo que se necesitaba para el consumo de la familia.
En el tiempo que medió entre el nacimiento de
Alfonso y el de Jacinto, que así se llamaban los muchachos, habían venido al
mundo y muerto en muy tierna edad dos hermanitas, mediando ocho años de
diferencia en la edad de ambos. El padre era tan condescendiente con los dos
hijos como duro e intransigente con su mujer, y como siempre los defendía y
jamás daba la razón a su madre cuando con justicia los reprendía, increpándola
con palabras groseras, de aquí nacía una falta de respeto de parte de aquellos
para con la autora de su existencia.
Alfonso estaba matriculado en la escuela
pública y asistía a las clases cuando lo tenía por conveniente, yendo unas
veces al campo con su padre, donde no tenía nada que hacer, y otras a jugar con
otros niños desaplicados como él, persiguiendo a las gallinas, apedreando a los
perros o cogiendo y comiendo la fruta ajena a medio madurar.
Cuando tales fechorías se averiguaban, el
padre solía reprenderle suavemente, pero en cuanto su madre mezclaba su
filípica un poco más severa a los blandos consejos del jefe de familia, este le
mandaba callar, y solía añadir que para ser tan instruido como ella y para
convertirse en un trozo de alcornoque siempre llegaría a tiempo, aunque
perdiera muchos días de clase. La mujer unas veces prorrumpía en llanto, otras
dominaba con trabajo su justo enojo, y otras, en fin, denostaba a su esposo
promoviéndose una de las conyugales reyertas de que llevo hecha mención. En
cualquiera de estos casos, el chico se quedaba tan satisfecho, mirando a su
madre con aire de triunfo, y pensando en sus adentros qué nueva diablura
llevaría a cabo.
Al empezar esta verdadera historia, Alfonso
tenía 12 años y 4 por consiguiente su hermanito. Este se hallaba más encariñado
con su madre, pero tampoco la respetaba y se rebelaba contra los pequeños
castigos que se veía precisada a imponerle.
Había habido en el pueblo algunos casos de
sarampión; propuso el padre que se retirase a Alfonso de la escuela, y su
esposa replicó con dulzura que ya había hablado con el profesor acerca del
particular, y éste le había asegurado que ningún peligro corría en su
establecimiento, antes bien, como les sería imposible retenerle en casa, por
las calles podría tener roce con algún niño que se hallase en estado de
convalecencia, (que es el más peligroso para el contagio) al paso que en la
escuela no eran admitidos hasta transcurrir cuarenta días desde la invasión.
Contra su costumbre se dio el hombre por
convencido y el chico siguió yendo a clase durante tres días; al cuarto, se les
antojó a él y a otro compañero saltar la tapia de un huerto vecino y darse un
atracón de higos, pero fueron vistos por otros condiscípulos y delatados al
maestro, el cual envió a su pasante que los condujo a su destino cogidos de la
oreja. Fueron reprendidos en presencia de todos los compañeros, y condenados a
una hora de arresto. Alfonso sentía, un poco el escozor de la oreja, en cuanto
a la reprensión no le impresionó gran cosa, y menos aun el temor del arresto,
pues esperaba confiadamente que su padre iría a exigir que se levantase, mas
esperó en vano, pues aquel estaba trillando, comió en la era, y no se enteró
del castigo de su hijo, el cual llegó a su casa una hora más tarde vomitando
improperios contra el maestro, el pasante y el niño delator, y preguntando a la
madre por qué no había ido a buscarle. Ésta le mandó callar, y como el muchacho
insistiese
en sus quejas y desvergüenzas le aplicó una bofetada.
El berrinche de Alfonso fue mayúsculo,
piramidal, no comió ni hubo medio de hacerle ir a la escuela.
Al retirarse su padre por la noche le dio la
razón y le suplicó que cenase, pero él dijo que se sentía enfermo -y que no
tenía apetito. El labrador reprendió a su mujer y aseguró que al día siguiente
pondría las peras a cuarto al profesor y su pasante; pero tuvo otra cosa más
perentoria en que pensar; pues el chico amaneció con calentura, llamose al médico y declaró que tenía el sarampión: contagiose también Jacinto, el cual se salvó, pero Alfonso,
indócil y rebelde, ni quiso permanecer quieto y abrigado en la cama ni tomar
los sudoríferos y otros medicamentos y se arrancaba los sinapismos, de modo que
no pudiendo verificarse la erupción, falleció a los ocho días.
Llorole la madre
con verdadero dolor, pero se consoló con resignación cristiana; y en cuanto al
padre, ni el médico, ni el cura ni el maestro ni aunque le hubieron predicado
frailes descalzos, nadie ni nada fue suficiente para convencerle de que la
coincidencia del disgusto del niño y su enfermedad fue completamente fortuita,
que ni un tirón de orejas, ni un arresto, ni una bofetada dan por resultado la
invasión del sarampión y que otros muchos chiquillos, entre ellos Jacinto, la
habían sufrido sin que en ellos hubieran mediado tales circunstancias. Se
obstinó, pues, en que le habían muerto a su hijo, y se hubiera separado de su
mujer de no haber temido el escándalo, pero si la separación no se efectuó,
quedó la madre privada de intervenir poco ni mucho en la educación de Jacinto,
y el padre se vengó del profesor colocando al niño en una escuela laica, que
poco tiempo antes se había establecido en el pueblo; cuyo director, sólo atento
al lucro, odiaba al maestro titular y
halagaba
las pasiones de los padres de familia, adulando a los discípulos y tolerando
sus defectos.
Inútil nos parece decir que si Alfonso crecía
holgazán, procaz y caprichoso, Jacinto lo fue mucho
más, no pudiendo tolerar su padre que nadie le corrigiese. Pasaré, pues, por
alto sus primeros años, que fueron muy semejantes a los de su hermano mayor,
para asegurar que llegó a ser un joven sin temor de Dios, sin amor filial y sin
respeto ni consideración a persona alguna.
El padre hubiera deseado que no se moviese de
la población y quedase al cuidado de la hacienda, pero él miraba como una
deshonra el ser labrador, habló con insultante desprecio de la agricultura y
cuantos a ella se dedican, y declaró que quería seguir una carrera en que
pudiese lucir su talento; y su voluntad fue respetada como lo había sido
siempre.
En la escuela laica se enseñaban bien o mal
las asignaturas de la 2.ª enseñanza, él las cursó
allí, y el maestro le acompañó a la capital de la provincia, le recomendó a los
catedráticos y se graduó de bachiller.
Quiso después seguir la carrera de médico,
los padres se desprendieron de gran parte de sus ahorros, le llevaron a la
capital del distrito universitario, pagaron la matrícula, y le dejaron
instalado en una buena casa de huéspedes.
Era su compañero, entre varios jóvenes que
allí moraban, Enrique, muchacho juicioso y prudente, simpático y candoroso, que
acaso por la ley de los contrastes trabó con Jacinto amistosas relaciones.
El primero, sin embargo, era puntual en su
asistencia a las clases, mientras su amigo hacía faltas frecuentes, como habían
hecho su hermano y él en la escuela de 1.ª enseñanza;
su amigo le aconsejaba que estudiase y aprovechase el tiempo para no exponerse
a perder el año, y dar un cruel disgusto a sus padres; pero él se encogía de
hombros y solía contestar:
Déjame en paz, que yo no soy ningún chiquillo
y ya sé lo que me hago.
Otras veces preguntaba el mal estudiante al
bueno:
-¿Dónde vas?
-Toma, a cátedra.
-Pues yo me voy a jugar al billar, que es más
divertido.
-Al fin del curso lo encontrarás.
-Bueno, repetiré el examen en septiembre, y
si no, el año que viene.
-¿Pero, y tus padres? no los amas, por lo
visto.
-¿Qué quieres que te diga? Mi madre es una
ignorante, y padre un majadero, que me ha criado a mis anchas, haciendo siempre
lo que me ha dado la gana; con que ahora, que soy un hombre, mira si por
complacer a los vejetes iría a privarme de jugar y divertirme.
-Pues yo por mis padres daría mi vida entera.
-Y yo, por los míos, ni una llora.
Frecuentes eran entre los jóvenes estos
altercados, pero siempre volvían a quedar amigos.
Jacinto perdió el año.
Fue a su pueblo, no obstante, y dijo a sus
padres y a cuantos quisieron oírlo que había sacado la nota de sobresaliente en
todas las asignaturas. La mentira se descubrió cuando al empezar el curso
siguiente, el buen padre, que contra la voluntad del joven, se obstinó en
acompañarle, se disponía a entrar en la secretaría para matricularle de las
asignaturas correspondientes al 2.º año, pues entonces hubo de confesar que no
tenía aprobadas las del primero. Reprendiole con la
suavidad acostumbrada, le prometió callar el secreto, y le exhortó con lágrimas
en los ojos a que aprovechase el tiempo, manifestándole que había tomado dinero
a crecido interés sobre la casa y la tierra, y que si su carrera duraba muchos
años se arruinaría completamente. Jacinto quiso tener razón, trató a su padre
de interesado y egoísta, y aseguró que le sobraba talento para estudiar los dos
años en uno.
En efecto, no era tonto, pero no tenía el
hábito de estudiar ni trabajar, y cada día se aficionaba más al juego y a
francachelas. Enrique, por el contrario, era un modelo de estudiantes, pero
seguía profesando a su compañero un cariño casi fraternal, pagaba, algunas
veces sus pequeñas deudas y se abrogaba las funciones de mentor, lo cual le
costó algunos disgustos. Un día le increpó duramente tratándole de mal hijo y
de hombre desalmado y sin pundonor, y el calavera contestó que él no se dejaba
insultar por nadie, y que era necesario lavar con sangre aquella ofensa, para
lo cual, al día siguiente, le mandaría sus padrinos.
Enrique contestó sonriendo desdeñosamente:
-¿Y crees que por un mentecato como tú voy a
exponerme a perder la vida o a cometer un homicidio, causando en cualquiera de
los dos casos la desgracia de mis amantes padres?
-Pues yo tendré el derecho de llamarte
cobarde.
-Y yo de no hacerte caso.
-Lo diré a todos nuestros compañeros.
-Todos te conocen y me conocen.
Separáronse
enojados y estuvieron unos días sin hablarse, pero olvidaron con el tiempo el
incidente y volvieron a tratarse como amigos.
La desaplicación de Jacinto dio el fruto que
era de esperar, o mejor dicho de temer; aquel año no se atrevió a presentarse a
exámenes ni fue a su pueblo por las vacaciones.
Los compañeros fueron desfilando, Enrique se
separó de él con tristeza, y en el mismo día recibió Jacinto una carta de su
padre (la primera en que se permitía reconvenirle seriamente.) Acompañaba
dinero para el viaje, y añadía que infiriendo de su silencio que también había
perdido el curso, le ordenaba que en uno u otro caso se trasladase a la casa
paterna, que si le presentaba las pruebas de su aplicación le acompañaría
nuevamente el año inmediato, aun a costa de los mayores sacrificios, y si era
cierto lo que sospechaba, tendría que abandonar la carrera.
El pobre hombre no contaba con la huéspeda, que en esta ocasión era la patrona, a quien, como
el sastre, el zapatero y a algún otro debía bastante, de modo que con la
cantidad recibida no podía pagar ni siquiera la mitad.
¿Y cómo viviría en adelante?... Porque su
orgullo no le permitía volver a su casa y confesar la verdad.
Tomó por fin una resolución que él creyó
heroica. Me voy a la casa de juego, dijo, si la suerte me es favorable, otras
veces he empezado con menos y me he retirado con pingües
ganancias, y si lo pierdo todo, me suicido. Si los imbéciles de mis padres se
quedan sin hijo, peor para ellos, por qué no me educaban mejor.
No estaba allí su ángel bueno, que quizá se
hubiera enterado y hubiese tratado de disuadirle. Entró en la casa de juego
fuera de sí, jugó sin tino, loco, desesperado, y no acertó ni una sola carta,
no levantándose de la mesa hasta que perdió la última peseta.
Ahora el suicidio, dijo, y mientras se
dirigía a su casa iba reflexionando que no le había quedado dinero para comprar
un arma... Acordose entonces de una que conservaba
como prueba de amistad. Enrique, que tenía parientes en Navarra, había ido el
año anterior a visitarlos y había traído de la famosa fábrica de Éibar una daga cuyo precioso puño tenía incrustaciones de
oro. Jacinto se prendó de ella y el otro se la regaló.
Entrar en su cuarto, apoderarse del arma, y
salir dejando abierto el armario como también la puerta de la habitación fue
obra de un momento.
Una vez llegado al campo, buscó un lugar poco
frecuentado, y se clavó la daga en el pecho; se tambaleó y cayó bañado en
sangre.
No había transcurrido un minuto, cuando
acertaron a pasar dos hermanas de la Caridad, viéronle,
se acercaron solícitas, y mientras la una corría a dar parte al primer agente
de la autoridad que encontrara, la otra se arrodilló a su lado, levantó su
cabeza y le habló de Dios.
Yo tengo envidia a esos que creen en Dios, yo
no creo, dijo el herido con débil acento.
¿No? ¡pobre
desgraciado! ¿Quién si no Él nos ha traído a este sitio, por donde apenas
acostumbramos a pasar?
Probó la hermana a extraer el arma, vio que
estaba hondamente clavada, y dijo que sería preciso que esta operación la
llevase a cabo el facultativo, pero que antes se habrían de administrar al
paciente los Santos Sacramentos. No contestó éste, y tomando su silencio la
religiosa como signo de asentimiento, habló de Dios con palabras tan
persuasivas, con voz tan dulce, tan divina inspiración, que Jacinto confesó
después que, en el estado de postración en que se encontraba, le pareció que
había muerto, que en efecto había Dios, el cuál le había perdonado, y que eran
los ángeles los que le hablaban aquel hermoso lenguaje.
Al ponerle en la camilla, se desmayó y al
volver en sí se encontró en la casa de socorro.
Un sacerdote se había instalado a la cabecera
de su lecho. Las palabras que él le habló suaves, consoladoras, llenas de
misericordia y de amor, eran la continuación del discurso de la religiosa.
¿Por qué no me habrán hablado antes así?
decía él y desde entonces se creyó que era otro hombre y se consideró con
fuerzas para vivir. Recibió los Sacramentos y sufrió resignado la primera cura
que se llevó a cabo con felicidad.
Enterada la patrona, que era compasiva, pidió
que le llevasen a su casa y escribió a sus padres y a Enrique.
Los primeros se pusieron inmediatamente en
camino el segundo anticipó su regreso.
La curación fue rápida y lo que es mejor, el
alma de Jacinto también quedó curada, acabó su carrera con lucimiento, hoy día
es un famoso médico, buen hijo, excelente amigo, y como tiene sentimiento
religioso y conciencia de sus deberes, obra de suerte que se ha captado el
aprecio y simpatía de cuantos le tratan.
La familia se retiró complacida comentando el
cuento y prometiendo continuar la lectura de los restantes en las noches
siguientes.
Velada segunda
El auditorio de Pepito
se había aumentado con otros tres individuos, a saber: una señora viuda, un
hijo y una hija, los cuales no eran ya niños como él, sino jóvenes de dieciocho
y veinte años respectivamente; pero que, poco aficionados al baile y al
jolgorio, preferían tomar el fresco y escuchar al pequeño lector.
Algunos años atrás habían sido vecinas en
Madrid las dos familias, la mudanza de una de ellas había interrumpido su
trato, que nunca había sido muy íntimo, pero aquel día se habían encontrado
nuevamente, y sabido es que en los establecimientos de baños o aguas
medicinales las relaciones se adquieren, reanudan o estrechan con facilidad.
Aquella noche se leyó el cuento siguiente:
Clemencia
¿Por qué en la tarde de la repartición de
premios, ha abandonado el salón la bella colegiala española, y la vemos sentada
en la balaustrada del jardín, vagando su vista por el espacio, sin fijarse en
los objetos que la rodean, entregada al parecer a graves meditaciones?
Clemencia tiene 17 años, es alumna interna de
uno de los más acreditados colegios de París; y, terminado el curso, debe
regresar dentro de breve plazo al seno de su familia, que reside en una capital
de segundo orden de nuestra península.
Hija única de un banquero, si no opulento, a
lo menos acomodado; cifraron los padres su orgullo y ambición en dar a su
heredera una educación brillantísima, al modo que ellos la entendían, que es como
la entienden la mayor parte de las familias de nuestra actual sociedad.
A media pensión primero, y pensionista
después, estuvo desde los 6 años hasta los 12 en un establecimiento de su
ciudad natal, en el que aprendió varios idiomas y un poco de dibujo. Llegó a
tocar el piano con un poco de soltura y hacía alguna laborcita de adorno. Nada
de coser, cortar ni mucho menos remendar ni zurcir.
No faltaba más, decía su cándida madre, que
una mensualidad tan crecida como satisfacemos, amén de los regalos con que
obsequiamos a la directora, se emplease en adquirir los vulgares conocimientos
y en ejercitar a la niña en los trabajos manuales, que la doncella de la casa
lleva a cabo sin dificultad.
Lo que sí preocupaba hondamente al
matrimonio, era que, aunque en el colegio estaba prohibido hablar el español,
como la niña lo hablaba en su casa; y aun en el establecimiento mismo no se
pronunciaba el francés de un modo tan castizo como sería de desear, porque la
mayor parte de las niñas eran españolas, Clemencia distaba mucho de poseer el
idioma de Victor Hugo como los corresponsales de su
padre, naturales de Francia y principalmente de París, o que al menos llevasen
allí muchos años de residencia.
Convencidos, pues, de que para hablar con
pureza el francés y pronunciarlo correctamente era necesario vivir en París, no
dudaron en imponerse el sacrificio de separarse de su única hija, y la
colocaron en el colegio de que al principio hemos hecho mención.
Cuando la presento a mis jóvenes lectores, es
un modelo de aplicación, docilidad y prudencia; tiene la conciencia de sus
deberes y abriga sentimientos religiosos: por lo demás, habla admirablemente el
francés y medianamente el inglés, el alemán y el italiano; escribe en
castellano con letra inglesa y construcción francesa, toca el piano y el arpa y
dibuja un poco.
Acaba de obtener uno de los primeros premios
en los exámenes anuales, y está en esta parte satisfecha de sí misma; y
sumamente reconocida a sus profesores; ¡mas ay! es el
último año que asiste a tan solemne función.
¡El último año! Esto la entristece por varias
razones: en primer lugar, aunque vuelve a la casa paterna, y disfrutará de la
compañía de su querida madre, a quien apenas ha tratado, tiene que renunciar a
todas sus afecciones de adolescente, a todas sus amistades; tiene que
despedirse de la capilla del colegio, donde había elevado al cielo sus
oraciones, había confesado sus pequeñas faltas y había recibido el Pan
Eucarístico; de las salas de clase, testigos mudos de sus apuros unas veces, y otras
de sus triunfos; del jardín, donde tantas veces se había solazado con sus
compañeras; de todo, en fin, lo que durante un lustro la había rodeado.
Por otra parte, ella recordaba que, cuando
vivía en familia, veía a su mamá coser, repasar la ropa de la colada, alguna
vez aplanchar, ayudar a la limpieza de la casa y hasta confeccionar un postre
delicado, un dulce, una compota; ¡y ella no sabía hacer nada de esto! Las
señoras, amigas de la casa o madres de sus condiscípulas, también hablaban de
coser camisas, de cambiar de forma los vestidos y de dirigir y vigilar a los
criados, y además su madre, aquella madre que se había opuesto a que aprendiese
cosas de utilidad, le había indicado en sus últimas cartas que la fortuna de su
padre había sufrido en poco tiempo notable menoscabo, y que convenía que ella,
Clemencia, saliese cuanto antes del colegio, pues habiendo despedido la
doncella, tendría que ayudar a su madre en el gobierno de la casa y en las
domésticas ocupaciones.
La joven, con su natural talento, comprendió
que ella no era buena para ninguna de estas cosas, que estaba educada para
brillar en la sociedad, que cuando adquiriese despejo y don de gentes haría
perfectamente los honores de un salón, pero que en la vida doméstica muy poco
podría ayudar a su madre.
Al día siguiente de la brillante fiesta
escolar, la directora recibió un telegrama de la madre de Clemencia,
anunciándole que habiendo enfermado el padre de la pensionista, no podían
ponerse en camino él ni su esposa, y que no queriendo confiar a persona alguna
la delicada misión de acompañarla, se dilataría por algunas semanas la salida.
Mucho más graves fueron las noticias que
recibió dos días después; un telegrama primero y una carta algo más tarde,
participaban a la prudente señora la pérdida casi total de la fortuna del
banquero, por haber colocado sus fondos en una sociedad que acababa de quebrar;
y el fallecimiento de dicho señor, fatal término de la enfermedad, producida
por el cruel desengaño. Algo más añadía la carta que sabrán mis lectores al
enterarse del diálogo que tuvo lugar entre Clemencia y la directora. Ésta y el
capellán del colegio llamaron a la joven al despacho de la primera, y empezaron
por decirle, después de excitarla a la resignación cristiana, que su padre se
había agravado. Estas premisas y la presencia del sacerdote hicieron comprender
a Clemencia toda la extensión de su desgracia, sin que sus interlocutores se
viesen precisados a pronunciar la palabra fatal. Pusieron entonces en juego
todos los medios que les sugirió su caridad y su experiencia en tales casos,
para calmar el
justo
dolor de la huérfana, y retirándose el capellán, continuó la directora
prodigándole sus maternales consuelos.
Al día siguiente, Clemencia no salió del
dormitorio, aunque se hallaba levantada; la directora entró a verla y le dijo
que su madre la llamaba a su lado, con más necesidad que antes; pues no sólo le
hacía falta su compañía, sino que, en la situación a que se veía reducida,
esperaba recoger el fruto de la esmerada educación que le había dado, si es que
ella se proponía utilizar los conocimientos adquiridos.
Perpleja quedó la huérfana al oír tal
razonamiento, y repuso.
¿Y de qué modo utilizar mis conocimientos?
¿Qué espera mamá de mí cuando ni siquiera confío poderle ayudar en las faenas
domésticas?
-Eso menos que nada. Además de que con eso no
se gana dinero, observó la directora.
-Pero dicen que se ahorra porque no hay
necesidad de sirvientes.
-Bien; en todo caso, para tales trabajos se
basta la mamá.
-Y a mí ¿qué me aconseja V. que haga?
-Puede V. dar lecciones...
-Lecciones ¿de qué?...
-De música, de idiomas.
-En mi tierra hay poca afición a tocar el
arpa, profesoras de piano hay infinitas, y la mayor parte más aventajadas que
yo; en cuanto a los idiomas, he oído decir a V. misma que para enseñarlos bien
es menester poseer perfectamente la lengua que se trata de enseñar y la natural
o familiar del alumno; y yo (lo confieso con vergüenza) no soy muy fuerte en
gramática castellana. Si se tratase de enseñar el inglés o el alemán a
señoritas francesas sería otra cosa.
La señora reflexionó un rato y después habló
de esta manera:
Las órdenes de la mamá son terminantes. Los
marqueses de X., compatriotas de V., van a pasar algunas semanas en Madrid, y
parten dentro de tres días, pasarán por el país natal de Vds., donde tienen
parientes; y avisados por su mamá, querida Clemencia, vendrán a buscar a V.
para llevarla en su compañía. Si así no fuese, si hubiera V. de permanecer en
París, podría colocarse en esta casa, en lugar de Mis Alicia a la que pienso
despedir, porque su inflexible carácter se enajena las simpatías de las
educandas. Se lo he advertido algunas veces, y viendo que mis correcciones son
infructuosas, le he rogado que busque colocación. Como usted sabe, ella enseña
el inglés, alemán y principios de dibujo, y, pese a la modestia de V. hemos de
convenir en que la sustituiría con ventaja.
Clemencia se inclinó sonriendo e hizo una
ligera señal negativa.
Por lo demás, continuó la directora, los
profesores de este establecimiento están bien retribuidos, y así tendría V. un
medio de ayudar a su mamá.
La joven se apoderó de una mano de la señora
y la besó repetidas veces, en señal de gratitud.
Guárdeme V. la plaza, dijo, ya que tan buena
es para mí. Yo haré presente a mamá la generosidad de V., y mi ineptitud para
cualquiera otra cosa, pasaré unos días a su lado consolándola y animándola, y
si accede a ello, regresaré en compañía de los mismos Marqueses.
Convínose así, y
aunque costó bastante a la viuda decidirse a continuar viviendo alejada de su
única hija, cedió por fin a los deseos de ésta. Bueno es que la autora haga
constar aquí, sin embargo, una opinión suya, y es que si nunca la hija hubiera
estado separada del hogar paterno, hubiera agradecido las proposiciones de la
buena profesora, sin aceptarlas; y en cuanto a la madre, se hubiera impuesto
las mayores privaciones, antes que consentir en la separación. Clemencia y su
madre estaban acostumbradas a vivir la una sin la otra, y como fiel
historiadora, he de hacer constar que al cabo de un mes la primera abrazaba
llena de gozo a sus antiguas compañeras, y la segunda quedaba bastante
consolada entre sus parientes y amigos.
Clemencia, en su nueva posición, desplegó
dotes de profesora, que atendida su corta edad, sorprendieron a cuantos la
conocían; consiguió hacerse amar y respetar de sus alumnas, que es la mejor
cualidad que puede adornar al maestro, y se captó la simpatía de la directora y
comprofesores, que ya como educanda la apreciaban en lo mucho que valía.
Poco más de un año había transcurrido, cuando
ocurrió un suceso, que decidió de la suerte de nuestra amiga, y digo nuestra
porque supongo que ya mis lectores se habrán interesado por la simpática
institutriz y les inspirará un afecto muy semejante al que sienten por las
personas a quienes dispensan su amistad.
Un joven español, agregado a la Embajada de
nuestra nación, hombre de mucho talento y de gran porvenir, había tenido la
desgracia de perder a su esposa, de quien le quedó una preciosa niña de cuatro
años, y como no tenía en la capital de la vecina república parientes a quienes
confiar el cuidado de la pequeñuela, ni le parecía bien encomendar a los
sirvientes tan delicado cargo, se aconsejó de la señora de su jefe, quien le
inspiró la idea de colocarla en el colegio de Madame Nelly, donde estaba
Clemencia. Allí no solían admitirse pensionistas de tan corta edad, pero la
esposa del Embajador de España se proponía obtener esta excepción en favor
suyo, pues Madame Nelly le había educado una hija y se estimaban mutuamente por
este motivo.
Pidió y obtuvo este favor, y presentose don Arturo del Prado, que así se llamaba el
padre de la pequeña educanda, a recomendar a las profesoras la huerfanita,
rogándoles la tratasen sin exagerada y mimosa condescendencia, pero procurando
suplir el maternal cariño de que se hallaba privada.
Estaba presente Clemencia a la entrevista con
la directora, y después de retirarse el diplomático, declaró ésta que al ver
juntos a ella y Arturo le pareció que veía dos hermanos: jóvenes ambos, (el del
Prado tenía 26 años) los dos de luto y con cierto parecido en sus facciones,
gracias al marcado tipo español que se notaba en ellas.
La chiquitina se habituó pronto a la vida del
colegio, y se hallaba en él perfectamente; a pesar de ello, su padre pensó en
darle una nueva madre y llevarla otra vez a su lado, y como en las frecuentes
visitas que hacía a la niña le hubieran llamado la atención la modestia y
compostura de Clemencia, no menos que sus finos modales: pidió informes de sus
antecedentes, de su patria y familia a la directora, y habiéndolas recibido
excelentes, la autorizó para pedir su mano. Escribiose
a su madre en este sentido, y se acordó que terminado el luto, se celebraría el
matrimonio. Algunos meses antes pasó la señora a París y como el joven
diplomático tenía su cómodo hotel amueblado, madre e hija desistieron de poner
casa y se instalaron en la fonda provisionalmente, después de despedirse la
última de Madame Nelly y sus profesores y alumnas, quienes la colmaron de
obsequios, como muestra del cariño que les inspiraba.
Hubiera deseado Clemencia que su enlace se
celebrase sin ostentación, pero no opinaron lo mismo el Embajador y su señora,
protectores y amigos de Arturo, que solemnizaron el acto con un banquete y un
baile en la embajada, al que asistió el cuerpo diplomático y lo más notable de
la colonia española.
Clemencia es muy feliz en su nuevo estado,
pero frecuentemente se le oye decir que si Dios le da hijas hará que aprendan,
además de la hermosa lengua de Cervantes, (que es la de sus padres) a coser,
zurcir, remendar y hasta el arreglo de la casa y el arte culinario; porque si
sufren un golpe de fortuna, no es seguro que encuentren una Madame Nelly que
las proteja y un Arturo del Prado que les restituya su antiguo rango.
Bonito es ese cuento, que también podría
llamarse historia por lo verosímil, pero si a ustedes no les cansara mi insulso
relato, mañana les contaría un suceso de la vida real en el que yo he
intervenido, dijo la viuda.
-Lo oiremos con muchísimo gusto, respondieron
los esposos.
-Cuente V. cuente, decía Pepe.
-A ver, a ver, añadía su hermana.
Y ambos acercaron sus sillas a la de la
señora.
Mejor sería dejarlo para mañana, observó la
viuda porque es un poco tarde.
Y volviéndose a sus hijos continuó:
-¿Sabéis lo qué intento referir? La historia
de Félix. Creo que les interesará.
-¿Y quién es Félix? interrogó Pepe.
-Mi mayordomo.
-Oiremos, pues, con gusto la historia del
mayordomo.
Se prolongó algún tanto la conversación,
porque el sitio era agradable y la noche deliciosa, y saludándose
recíprocamente con cordialidad, se separaron.
Velada tercera
Al reunirse de nuevo las dos familias, María
recordó a la señora su promesa de contar la historia de su mayordomo, ésta dijo
que estaba pronta a complacerla, si es que el resto del auditorio no prefería
la lectura del librito que ex profeso habían llevado.
De ninguna manera, respondió Pepe con una
galantería superior a sus pocos años. El libro en toda ocasión lo tenemos a
nuestro alcance y a V. no siempre tendremos el gusto de tenerla a nuestro lado.
Agradeció la dama el cumplido, y el niño
preguntó:
-¿Cómo se llama el cuento con el cual piensa
V. recrearnos esta noche?
-No le he puesto nombre, como que no es cuento,
sino simplemente la narración de un suceso.
Pero bien, insistió Pepe, si quisiera V. que
formase parte de una colección de cuentos como los que leímos estas noches
pasadas, ¿qué título le pondría V.?
En ese caso, dijo la señora, lo podría
llamar:
La cartera perdida
Para decir algo de Félix y de la cartera, he
de empezar por hablar de mí misma, pero como los recuerdos de mi juventud son
dolorosos para mí y poco interesantes para los demás, sólo diré que, casada con
el propietario de una fábrica de tejidos, y establecida con él en una gran
ciudad vivía feliz en su compañía y en la de mis dos hijos, aquí presentes,
cuando plugo al Altísimo, cuyos decretos debemos siempre acatar, arrebatarnos a
su padre, joven aun, contando los huérfanos diez años el niño y ocho su
hermanita.
Mi esposo dispuso en su testamento que
traspasase la fábrica o realizase las existencias, y que un amigo, a quien
nombraba expresamente, se encargase de colocar el capital en el banco y me
entregase la renta para mis necesidades y las de mis hijos. Hízose
así, y generalmente, cuando mi fiel amigo tenía fondos recogidos me los llevaba
a mi casa.
Fuese casualidad, o disposición de la
Providencia, una tarde de invierno determiné ir a pasar un rato con la señora
de mi apoderado, a quien apreciaba mucho, y como tenía niñas, llevé a la mía
para que me acompañase y para que jugase con ellas en cuanto a su hermano, le
mandé al colegio como de costumbre.
Me alegro de que venga V., dijo el dueño de
la casa, porque me ahorra un viaje, y estos días estoy sumamente ocupado, digo
si V. no tiene inconveniente en llevarse 2.000 pesetas.
Supongo que no estarán en calderilla, observé
riendo.
No por cierto, me contestó; 500 en oro, y lo
demás en papel.
-Así no pesarán mucho, y me las llevaré.
-Si quiere V. irá el criado.
-¿Para qué?
-Para acompañar a Vds.
-La distancia de aquí a mi casa es corta y no
creo que me roben, cuanto más que me iré temprano porque veo que el cielo se va
nublando.
Si llueve, envía a buscar un coche, dijo a su
mujer, y contando las 2.000 pesetas, que me entregó y yo puse en mi pequeña y
bonita cartera, se excusó con sus ocupaciones, y se retiró a su despacho.
Mi amiga y yo conversamos un rato, mientras
nuestras hijas jugaban con las muñecas, y cuando empezaba a anochecer me
levanté para retirarme; insistió mi amiga en la idea de avisar que trajesen un
coche; pero yo me negué a ello, y únicamente acepté un paraguas, que me hizo
muy al caso, porque a la sazón no llovía, pero apenas puse los pies en la calle,
empezaron a descender menudos copos de nieve y al llegar a una plaza cerca de
la cual estaba situado mi domicilio nevaba copiosamente. El trayecto estaba
solitario, y casi nadie se cruzó con nosotras en el camino, únicamente nos
llamó la atención un pobre niño que sentado en las primeras gradas de un
edificio cuya puerta aparecía cerrada, estaba abrazado a un arpa, aterido de
frío y medio dormido. Como la niña habló al pasar, él despertó, empezó a
preludiar en el arpa el acompañamiento de una canción, y me pidió limosna; yo
le di una moneda de cobre, y continué mi camino; pero al llegar a casa tuve una
desagradable sorpresa,
pues
habiendo colocado en el bolsillo del vestido mi pequeña cartera de piel de
Rusia, me encontré sin ella. Mi primera idea fue que me la habían robado, pero
poco tardó en modificar mi opinión, porque la doncella al tiempo de limpiar el
vestido, me hizo observar que el bolsillo tenía un descosido por el cual podía
pasar perfectamente la cartera. Era pues indudable que al introducirla, el
descosido existía ya, aunque tenía menor tamaño y con el roce y el peso del oro
se había ido dilatando hasta abrirle paso. Calculé también que la había perdido
muy cerca de casa, pues en la plaza la saqué para dar limosna al pobre niño.
Entonces entreví la esperanza de encontrarla
y mandé que se pusiese el anuncio en todos los periódicos de la localidad, pero
transcurrieron los días y nadie se presentó a entregar la cartera, a pesar de
que se ofrecía una buena propina al que la devolviese; de lo que inferí que
había caído en manos de una persona de mala fe, que no se contentaba con menos
que con el total de su contenido.
Procuré olvidar este desagradable suceso,
puesto que no podía remediarlo, y únicamente me sirvió de experiencia para
siempre que me quito un vestido, investigar yo misma cuidadosamente si tiene
rasgón o descosido, si le falta botón, corchete o presilla, cosa que también he
enseñado a mi hija, sin fiar este cometido a las criadas, que por buenas que
sean son criadas.
Ya, pues, no me acordaba de la pérdida
sufrida, cuando en un hermoso día de sol, al pasar por la plaza en que di
limosna al niño del arpa, le vi sentado en el mismo
sitio si no que a la sazón la puerta estaba abierta.
Fijar en mi un
momento su inteligente mirada, y abandonar su asiento fue todo una cosa.
Signora, me dijo
con acento italiano, y con cierta entonación misteriosa.
Iba a sacar una moneda para dársela, cuando
él no reparando o fingiendo no reparar en mi acción, me preguntó en voz baja:
-¿Pasó V. por aquí la tarde del 5 de
diciembre último, cuando empezaba a nevar?
-Contestele
afirmativamente.
-¿Perdió V. alguna cosa?
-Sí, por cierto.
-¿Qué perdió V.?
-Una cartera de piel de Rusia.
-¿Qué contenía?
-Dos mil pesetas en oro y billetes de banco, y
una pequeña cantidad en plata y calderilla.
-Todo está en mi poder, dijo bajando todavía
más la voz, y pasará al de V. si se sirve indicarme su domicilio y la hora en
que podrá recibirme.
-Esta noche a las 9, le dije, indicándole las
señas de mi casa.
-¡Oh signora! de noche no puede ser.
-Pues mañana a estas horas.
-No faltaré.
-Tan absorta estaba que me separaba de él sin
darle limosna.
-Entonces me presentó su gorrita, diciendo en
alta voz:
-Una limosna por amor de Dios.
-Eché una peseta en la gorra, la besó y se
fue saltando de contento.
Yo, que había salido a compras, regresé a
casa sin hacerlas, deseosa de comunicar a mi familia cuanto acababa de
acontecerme con el pequeño y extraño mendigo.
Eran las once de la mañana.
Al día siguiente, a la misma hora, el
italiano llamaba a la puerta.
Recibido por una criada, le suplicó le
introdujese (1) a mi
presencia.
Entró bastante emocionado con el arpa colgada
a la espalda y la gorrita en la mano izquierda, mientras introducía la derecha
en su seno para sacar la cartera que me entregó.
-¿Es esto lo que V. perdió? me dijo. Hágame
el favor de contarlo.
Conté el oro y los billetes, lo demás no,
porque no recordaba lo que había.
Está bien, le contesté. Y añadí en seguida:
Si ahora te despidiese sin darte nada,
confiando en que la satisfacción de haber obrado bien es la mejor recompensa
para los corazones honrados, ¿qué dirías tú?
-Nada.
¿Pero qué pensarías?
-Me haría cuenta de que no había encontrado
nada.
-Siéntate y hablaremos.
-Llamé a la muchacha y le mandé que recogiese
el arpa y la gorra del chico, y éste obedeciendo a una segunda invitación mía,
se sentó.
-¿Has almorzado? le dije.
-He comido un poco de pan.
-Le manifesté que se le iba a servir un buen
almuerzo, pero se negó obstinadamente a tomar cosa alguna, diciendo que tenía
prisa.
-¿A dónde has de ir?
-A cantar y a pedir limosna.
-Antes es preciso que me cuentes tu historia.
-Usted me indemnizará del tiempo que me haga
perder. ¿Verdad?
-Sí, hombre, sí.
-Recuerdo muy bien la historia del niño
porque la he referido repetidas veces para ejemplo de mis hijos y de otros
jovencitos, y así la contaré con sus mismas o semejantes palabras. Es sencilla
y breve.
Nací en un pueblecillo del reino de Nápoles,
no he conocido a mi padre; y mi madre, que era una santa, vivía en la
indigencia, pues por no abandonarme no se ponía a servir y sólo algunos días se
le proporcionaba ocasión de ganar alguna peseta lavando ropa o haciendo otros
análogos trabajos. Yo pedía limosna, y como no podía ir a la escuela, no
aprendí a leer ni a escribir.
Únicamente iba a la doctrina los domingos y
allí el Sr. cura me enseñó los Mandamientos inculcándome, entre otras cosas, el
respeto a la propiedad, diciendo que nunca, ni por ningún concepto, debemos
tomar ni retener lo que no nos pertenece.
En cuanto a mi buena madre, me decía:
«Ya que no puedes ser sabio, o a lo menos
instruido, sé hombre de bien.»
Cuando tenía 10 años, perdí a mi madre, ahora
tengo 13. Pocos días después de su fallecimiento, vino un saboyano con tres
hijos suyos, que tocaban el arpa y cantaban, y aquel buen hombre me invitó a
viajar en su compañía.
Yo le contesté, dejando a un lado la
modestia, que tenía buena voz y sabía cantar, pero, que no sabía tocar
instrumento alguno, ni tenía ninguno de mi propiedad.
Todo se arreglará, si eres buen muchacho, me
replicó. Y me agregué a la comitiva.
Le caí en gracia al cantante, y como algunos
meses después tuvimos el gran disgusto de perder a uno de sus hijos, yo heredé
su arpa, y hasta me atrevo a decir la parte de cariño que su padre le otorgaba.
Habíamos recorrido muchas poblaciones de
Italia, Francia y España, y a mediados de noviembre llegamos aquí. Habíamos
hecho el camino a pie menos cuando los carreteros compasivos nos dejaban ocupar
algún lugar en su vehículo; todos juntos, si había espacio para ello, o bien un
rato cada uno, si no podía hacerse de otra manera.
Al llegar a un pueblo buscábamos una posada
barata, y salíamos a diferentes puntos a ejercer nuestra habilidad, y a la hora
de comer y por la noche acudíamos a nuestro domicilio, y el amo nos pedía
cuenta de la respectiva ganancia. Si por desgracia no llevábamos nada, nos
llamaba holgazanes, y no nos pegaba jamás, eso no, pero nos dejaba sin comida o
sin cena. Tal vez hubiéramos preferido una tanda de mojicones,
pero no nos la daba ni tampoco un bocado.
Llegó la tarde del cinco de diciembre, yo no
había recogido nada, y apenas pasaba un alma; tenía hambre, frío y sueño.
En poco tiempo, además de V., pasaron dos
señores, (cuyas fisonomías tengo tan presentes como la de V.) y algunas mujeres
del pueblo. A todos pedí limosna y nadie más que V. se compadeció de mí.
La nieve iba ya cubriendo el suelo, y las
tinieblas me rodeaban, di algunos pasos por la plaza no bien decidido todavía a
retirarme, cuando pisé un objeto más duro que la alfombra de nieve y más blando
que un guijarro. Me bajé a recogerlo y con admiración y alegría vi que era una preciosa cartera con dinero y billetes de
banco. Estos los conozco porque los he visto alguna vez aunque nunca he tenido
ninguno pero como no conozco los números, no sé el valor que tienen. El oro, la
plata y la calderilla sí que lo conté: hay 100 duros, 12 pesetas y 40 céntimos.
Para mí estaba fuera de toda duda que V. o
uno de los dos señores que he citado había perdido la cartera, pero ¿cómo
buscarlos para averiguar la verdad y devolverles lo suyo?
Escondí en mi seno el precioso hallazgo y,
resuelto a explorar las intenciones de mi amo, antes de darle cuenta del
suceso, pedí unas tijeras a la posadera y descosí mi colchoncito de paja,
escondiendo cuidadosamente la cartera entre la misma y volviéndola a coser,
pues siempre llevo hilo y agujas para arreglar los desperfectos de mi único
vestido.
Llegaron sucesivamente mis compañeros, yo
cené gracias a V., mas no así el chico menor que no traía un céntimo. Como la
alegría me hacía generoso, quise partir mi ración con el compañero, pero su
padre no lo consintió: en esta parte era inexorable.
Concluida la cena, hablé de nuestra pobreza y
dije: si alguna vez nos encontrásemos una cartera con oro y papel moneda, ¡qué
suerte! ¿eh?
-Ya lo creo, dijo el amo, pero no la
encontraremos.
-Es verdad, añadí yo, que tendríamos que
devolverla.
-Si la echaban de menos y nos preguntaban,
si.
-Y si no, de todos modos tendríamos que hacer
diligencias para entregarla a su dueño. ¿Verdad?
¡Quia, hombre, quia!
Pero cuando fuéramos a cambiar tanto dinero,
no querrían creer que lo habíamos encontrado, y nos prenderían por ladrones.
-No se cambia todo de una vez, tonto, sino
poco a poco, y en distintas poblaciones. Pero no te apures que no la
encontraremos.
¡Si Supiera éste que ya la tengo! pensé yo, y
como vi que en este punto opinábamos de distinta
manera, resolví callarme y acudir a la misma plaza, y si allí o en otra parte
encontraba alguna de las tres personas, a una de las cuales suponía yo dueña de
la cartera, preguntarle, como he hecho con V.
Era el uno de los señores, alto, enjuto de
carnes, llevaba un abrigo de ricas pieles y tenía un aire muy distinguido. No
le he visto más.
Al otro, rechoncho, de fisonomía vulgar, que
llevaba uh abrigo blanquecino, le encontré pocos días
ha en otra calle, me acerqué a él y le dirigí las mismas preguntas que a V. Me
miró de arriba abajo y me contestó que no había perdido nada, pero al rogarle
yo que me dispensase y que me diese una limosna por amor de Dios, me llamó
tunante, y me despidió duramente, diciendo que había inventado un pretexto para
pedirle.
-Lo demás ya lo sabe V.
-Terminado el relato del honradísimo
muchacho, le pregunté qué hubiera hecho en el caso de no haber encontrado la
persona perdidosa, y me contestó que antes de salir de la población la hubiese
entregado al cura de cualquier parroquia, encargándole lo repartiese entre los
pobres, y suplicándole le contase en el número de ellos.
Sorprendida de tan exagerada integridad, le
interrogué qué hubiera hecho de la parte que el sacerdote le hubiese cedido, y
me satisfizo diciendo que la hubiera ido entregando en diferentes ocasiones al
italiano, diciendo que era producto de limosna, como en efecto lo era.
-Preguntele también
cómo teniendo tanto dinero en su poder se alegró notablemente el día anterior
porque le di una peseta.
-Porque lo de la cartera no me pertenecía, y
la peseta, desde que V. me la dio, sí.
-¿Te gustaría, le dije, abandonar esa vida
errante y miserable?
-Contestome que sí,
pero que no veía el medio de conseguirlo.
Entonces le propuse la conveniencia de entrar
a mi servicio, mandé llamar a su amo, al cual hablé en este sentido, no
manifestándole el motivo de haber conocido a Félix, le di algún dinero en
indemnización de la joya que le quitaba, y que él nunca hubiera sabido
apreciar, y puse el chico en un colegio donde aprendió a leer, escribir,
teneduría de libros, etc.
Hoy es mi fiel y agradecido mayordomo, y si
yo faltase y mi hijo no quisiera conservarle a su lado, o él deseara separarse
de nuestro servicio, tiene aptitud para colocarse ventajosamente en cualquier
oficina o casa de banca.
Pepe y María, y sus padres con mayor motivo,
aplaudieron la integridad de Félix y la caridad de su protectora.
Velada cuarta
Un corazón generoso
Tal era el título del cuento que en la cuarta
noche leyó Pepito con gran satisfacción, pues, como
se ha visto, daba mucha importancia al epígrafe de un escrito. El de que nos
vamos a enterar decía así:
Don Genaro del Billar era un caballero noble
y rico, pero de carácter adusto y atrabiliario, irascible alguna vez, que quizá
contribuían a agriar las especiales circunstancias en que se hallaba.
Había casado muy joven con una hermosa
señorita, que murió a los pocos años, dejando dos niños de corta edad; un varón
muy rabiosillo y exigente, llamado Eusebio, que no hay que decir a quien se
parecía, y una niña cuyo hermoso nombre, pues se llamaba Ángeles, correspondía
perfectamente al natural dulce y pacífico que había heredado de su madre.
Como el señor del Billar no era lo que
vulgarmente se llamaba un criaturero amaba a sus
hijos como todo padre, pero ni le complacían sus gracias ni tenía paciencia
para sufrir sus impertinencias, ni constancia para corregir sus vicios y
defectos. Aguardando a que estuvieran en edad competente para entrar a pensión
en un colegio, buscó una institutriz hábil e ilustrada, pero que no logró
complacerle, porque al tratar de corregir a Eusebio, éste se convirtió en su
enemigo, se quejó con frecuencia a su padre, el cual la despidió diciendo que
era poco sufrida, y que no sabía contemporizar con las faltillas de la infancia.
La sucesora de ésta, sobrado débil o atenta
solamente a conservar la colocación, que no era despreciable, accedía a todas
las exigencias del tiranuelo, que iban creciendo hasta lo inverosímil. El padre
dijo entonces, y acaso tenía razón, que nadie es capaz de sustituir a una madre
y en la imposibilidad de sustituirla buscó una segunda esposa, señora de
talento y adornada de las mejores cualidades pero que era viuda también y tenía
un hijo de la misma edad que Eusebio, llamado Justo.
El comportamiento de la nueva esposa fue tal,
que era imposible conocer en el trato con los niños cuál era su hijo y cuál el
entenado; en cuanto a la niña la amó desde luego con ternura y en verdad que lo
merecía por su docilidad y por su carácter afable y cariñoso.
El padre hablaba poco en el seno de la
familia, dejaba el cuidado de los hijos a su esposa, no los reprendía casi
nunca, besaba y acariciaba rarísimas veces a Eusebio y su hermanita: a Justo,
jamás. Era éste más alto y más desarrollado que aquél, pero lejos de abusar de
su fuerza, miraba al otro como a un hermano menor y nunca empezaba las
reyertas, pero cuando Eusebio (cuyo carácter era cada día mas
insoportable) le agredía injustamente, se defendía a puñetazo limpio.
Su madre los reprendía con imparcialidad,
pero muchas veces, conociendo que la razón estaba de parte de su hijo, y no
queriendo dársela por no exasperar al irascible Eusebio, se contentaba con
enviar a la niña diciéndole: «Ve, hija mía, ponlos en paz.»
Grandísima era la influencia (2) que Ángeles
ejercía en el ánimo de los dos chicos, hasta el punto de conseguir
frecuentemente con sus ruegos lo que no hubieran alcanzado los demás con
amenazas ni aun con castigos. Ángeles era el iris de paz, y cuando había
logrado su propósito de que se confundiesen los contrincantes (3) en fraternal
abrazo, ella los besaba y acariciaba alternativamente, exhortándolos a
perseverar en tan laudable actitud.
Llegó la época de ingresar en un pensionado,
y fueron colocados ambos en el mismo colegio, pero por más que el director,
(avisado por los padres y convencido de su propia observación de su mutua
hostilidad) los separó en la mesa y en el dormitorio, siempre encontraba
ocasión, Eusebio de buscar a Justo para provocarle con los más groseros
insultos.
Exhortados por los profesores, solía el
último escuchar con paciencia unas veces, otras con indiferencia, que rayaba en
desprecio, sus denuestos, mientras se dirigían solamente a él; pero cuando el
otro, viendo que no conseguía irritarle, se permitía tomar en boca a su
virtuosa madre, montaba en cólera y dábale un bofetón
que frecuentemente le hinchaba la cara o le hacía sangrar encías y narices.
Como estas escenas se producían con
frecuencia, con gran escándalo de los compañeros, el director del colegio dio
parte a D. Genaro, y éste, que de día en día se iba volviendo más feroz e
intratable, anunció que cuando le participase que había tenido lugar una nueva
reyerta tomaría una trascendental resolución.
Los chicos, aunque no sabían a qué atenerse,
temieron vagamente esta amenaza, y estuvieron en paz algunos días, ventaja que
no se disfrutaba en casa de D. Genaro, pues con fútiles pretextos reprendía a
sus criados, a su excelente esposa, y hasta a su propia hija, la inofensiva y
candorosa Ángeles. Ésta asistía a un colegio en clase de alumna externa, y
fuera de las horas de asistencia, acompañaba a su madre política y compartía
sus penas.
No tardó, sin embargo, Eusebio en cansarse de
ver tranquilo a su hermanastro, y calculando que si algo malo resultaba de una pendencia,
sería para el otro y no para él, empezó un día a decirle en presencia de otros
compañeros que era un intruso en su casa y que cuando él fuera mayor le echaría
a puntapiés.
No será necesario, contestó él, me iré yo
antes que me eches.
-Echaré también a tu madre.
-Eso ya lo veremos, porque es la esposa de tu
padre. Y a mí mamá no la nombres, porque ella no se acuerda de ti.
-Tu madre es una ignorante y una pobre que se
casó con mi padre porque no tenía que comer.
-Apenas hubo terminado la frase, un fuerte
puñetazo de Justo, aplicado a la boca, se la cerró violentamente.
-¡Ea! Ya están
enzarzados, dijeron los muchachos, formando corro para presenciar la riña, pero
ésta terminó pronto, porque Eusebio cogiendo una silla descargó un terrible
golpe sobre la cabeza de su antagonista, que le produjo una herida de la que
brotaba bastante sangre.
Como esto ocurrió a la hora de recreo, los
colegiales estaban solos, pero asustados al ver la sangre, corrieron a avisar
al director quien a su vez lo puso en conocimiento de su padre político.
El pobre Justo fue trasladado a su casa en un
carruaje después que el director le vendó la herida, su madre se afligió mucho
al verle en tal estado, y después de presenciar la cura que le hizo el médico
de la casa, y prodigar sus cuidados al paciente, se trasladó al colegio donde
se enteró de lo acaecido, y supo con tristeza, mezclada de cierta satisfacción,
que los insultos y la agresión mas grave habían partido del otro.
El padrastro, ni en el colegio ni en su casa
quiso ver al herido que guardó cama dos días, mientras la madre pasaba a su
lado todas las horas que le permitían sus ocupaciones, y por esto, y por haber
ido a adquirir noticias al lugar del suceso, recibió de su marido fuertísima repulsa.
Terminó la filípica con las siguientes
palabras:
Y ya que tu hijo se ha atrevido a poner su
mano en el heredero de mi casa y de mi nombre, he resuelto que hoy mismo salga
de aquí, pero no volverá al colegio, donde se repetirían los escándalos de que
el director me ha dicho que está cansado.
-¿A dónde irá, pues? dijo la señora
consternada.
-Mi previsión y mi bondad alcanzan aun a
quien no lo merece. Le he buscado colocación de aprendiz en un comercio de
ropas, allí aprenderá a ser humilde y a trabajar para ganarse la subsistencia.
Allí tienes la dirección.
La pobre madre tomó el papel llorando y
acompañó a su hijo aun convaleciente a la casa que indicaba. Justo estaba
contento de verse libre de la presencia de Eusebio, y consoló a su madre,
diciendo que podrían verse los dos algunas veces, y que si en sus visitas la
acompañaba Ángeles, tan diferente de su padre y hermano, tendría en ello doble
placer. Y añadió en un tono reflexivo y casi profético, ni propio de sus trece
años: Yo trabajaré, mamá, aprenderé mucho y ¿quién sabe lo que a cada uno
reserva el porvenir?
La madre habló en secreto con el principal;
éste le manifestó sin rodeos que su esposo le había encargado tratase con sumo
rigor al nuevo dependiente, el cual era díscolo, pendenciero y orgulloso.
Siento que esté V. prevenido en contra suya,
dijo la señora, pero abrigo la esperanza de que una imparcial observación
convencerá a V. de lo contrario.
Pidiole que
permitiese al muchacho asistir por la noche a una academia, para aprender
dibujo e idiomas extranjeros, y accedió el principal galantemente.
El tiempo y la conducta intachable de Justo
se encargaron de desmentir los informes de don Genaro. La inteligente actividad
del joven, su amor al trabajo y el respeto a sus superiores le captaron en breve
la simpatía de cuantos le trataban, y como en sus estudios hizo también rápidos
progresos, pronto se retiró de la academia después de unos brillantísimos
exámenes.
Su madre, entre tanto, pasaba un verdadero
martirio. Primero, su tirano (que más bien merecía este nombre que el de
esposo) prohibió que en sus visitas a Justo llevase a Ángeles, que solía
acompañarla los domingos al salir de misa; después, le retiró el permiso de ir
ella misma, haciéndola seguir cuando lo efectuaba y dirigiéndole las palabras
más injuriosas delante de los criados, llegando a veces hasta a maltratarla de
hecho. Asimismo le cercenó primero, y le retiró totalmente después, la cantidad
que le daba mensualmente para vestirse ella y Ángeles; cuidando él mismo de
tratar con las modistas para los trajes de la última, todo con el objeto de que
no pudiese la madre subvenir a las necesidades de su hijo.
Afortunadamente, éste ya ganaba para
vestirse, pero las humillaciones que la desgraciada madre sufría continuamente,
aumentadas con las insolencias y desprecios de Eusebio, que había salido ya del
colegio, minaron en poco tiempo su salud y sucumbió pocos meses después.
Justo acompañó el cadáver a la última morada,
y al despedirse de su padrastro le dijo: A menos que V. o Ángeles me necesiten,
no pondré más los pies en casa del verdugo de mi madre.
El viudo, rojo de ira, replicó:
-¿Yo necesitar de ti? ¡miserable!
-El joven se encogió de hombros y se retiró
sin añadir una palabra:
Nadie se apercibió de este corto diálogo que
había tenido lugar en voz baja.
Cinco años después los acontecimientos se
habían desarrollado rápidamente: Eusebio, calavera y provocativo, al paso que
pródigo cual ninguno estuvo arruinando a su padre y hermana, al paso que los
tenía en continua alarma, pues a dos por tres llegaba a sus oídos que tenía
pendientes lances de honor, que solían terminar en la fonda, hasta que uno se
llevó a efecto y sucumbió en él.
Al ver el padre el sangriento cadáver había
sufrido un ataque apoplético, que hizo temer seriamente
por su vida, pero del cual había salido, quedando imposibilitado de piernas y
brazos y en un estado intelectual semejante al idiotismo, pues no se daba
cuenta de nada de cuanto pasaba en su rededor.
Los criados reducidos ya a dos, uno de cada
sexo, decían que Dios le castigaba por la vil conducta observada con su mujer y
el hijo de ésta... Ángeles, desconsolada, asistía al paralítico con extremada
solicitud, resuelta a recoger su último suspiro y retirarse después a un
convento. Sus intereses habían también disminuido notablemente: mermados ya por
las prodigalidades del difunto heredero, estaban a la sazón en manos
mercenarias, y poco íntegras, pues Ángeles no sabía ni podía ocuparse de
asuntos financieros.
En cambio, la fortuna de Justo subía al paso
que bajaba la de su padrastro, cual si fuesen los platillos de una balanza. El
principal era riquísimo, habiendo depositado en él toda su confianza,
señalándole un pingüe sueldo; y últimamente le había ofrecido la mano de su
hija única y celebrado el matrimonio había él quedado al frente del
establecimiento de la ciudad, creando otro para los jóvenes en una pintoresca
población llamada Villafeliz.
Ángeles sabía estas cosas por referencia,
pues no había visto a Justo desde el día del entierro de la madre de éste, y se
alegraba de todo corazón de la felicidad del que ella miraba como un hermano.
Los médicos aconsejaron a D. Genaro que
saliese de la ciudad, o mejor dicho, a su hija que le sacase; ésta se enteró de
que no lejos de Villafeliz había una casita aislada,
que aunque vieja y de aspecto poco agradable, estaba en una pequeña eminencia,
bañada por el sol, y tenía suficiente habitación para albergarse padre e hija
con sus dos criados. La cocina y el comedor estaban en la planta baja y los
dormitorios en el único piso.
La alquiló a principios del verano, y como
observase que su padre experimentaba gran mejoría, hasta el punto de poder
salir alguna vez apoyado en su brazo y en el del criado, a dar algunos pasos
por la campiña, no tenía prisa por dejar aquel tranquilo albergue, aunque ya
avanzaba el invierno.
Cierta noche se hallaba al lado de su padre,
que dormitaba en un sillón, cuando sintió un fuerte olor de humo, llamó a los
criados pero nadie le contestó, esperó un rato y llamó de nuevo obteniendo
igual resultado, y entre tanto la estancia se iba llenando de humo. Abrió la
puerta y vio que una inmensa columna de humo, negro al principio y rojizo pocos
segundos después, se elevaba del piso bajo. No le cupo duda de que la planta
baja del edificio estaba ardiendo.
La escalera estaba libre todavía, (aunque
invadida por la rojiza humareda) y fácil le hubiera sido a una persona ágil
como ella bajar y llegar a la puerta de salida, pero ¿cómo salvar al anciano
que no podía dar un paso sino apoyado en dos personas robustas?
¡Socorro! empezó a gritar Ángeles con toda la
fuerza de sus pulmones, Daniel, Rita ¿dónde estáis?
Un silencio aterrador reinaba en la casa,
sólo interrumpido por el crujir de los muebles y las vigas que ardían. Era
evidente que los criados habían huido, habían muerto o estaban medio asfixiados
por el humo.
¿Qué hacer? ¡Dios mío! fácil era salir de
aquella estancia donde no había abertura alguna para asomarse a pedir socorro,
podía también bajar a reconocer el estado del incendio, pero el temor de que le
fuese imposible volver a entrar y quedase su padre abandonado, la tenía clavada
junto al sillón que él ocupaba, y continuaba gritando maquinalmente:
¡Socorro, socorro, para mi desgraciado padre!
Éste abrió los ojos y le dijo:
-¿Qué tienes? ¿por
qué gritas?
-Ángeles no contestó y su padre volvió a caer
en su amodorramiento.
Desde la puerta se veía ya una inmensa
hoguera y el calor era insoportable. Perdida toda esperanza de salvación, se
encomendaba a Dios de lo íntimo de su alma, esperando resignada una muerte
horrorosa, cuando oyó fuertes y repetidos golpes, dados por la parte de afuera
en la pared opuesta a la puerta de entrada.
¡Socorro! gritó otra vez con voz ahogada.
Algo le contestaron, pero como los golpes no
cesaban, no pudo conocer la voz del que hablaba ni entender sus palabras.
La pared empezó a desmoronarse, y pronto
presentó una abertura por la que asomó la cabeza y el busto de un hombre pálido
y sudoroso.
-Era Justo.
-Vengo a salvarte, dijo.
-Estaba subido en una escalera de mano y
manejaba con brío una piqueta de albañil.
-No quiero salvarme sola, respondió.
-Os salvaré a los dos.
-Primero a él.
-Justo no contestó, y cuando pudo pasar todo
su cuerpo por la abertura, saltó a la estancia y levantó en sus robustos brazos
al paralítico.
-Despertado éste por el brusco movimiento,
abrió los ojos, y fijando la vaga mirada en el rostro de su salvador, articuló
torpemente:
-¡Tú! ¿No dijiste que fui el verdugo de tu
madre?
-Es V. mi prójimo, respondió el joven,
mientras con gran fatiga descendía hasta depositar su carga en los brazos de
sus dos dependientes que aguardaban al pie de la escalera.
-Ligero y animoso, trepó de nuevo, y con
mucha más facilidad llevó a cabo con Ángeles igual operación.
-¿Tenías aquí valores? preguntole.
-Pocos, y algunas joyas.
-¿Dónde?
-En una cajita de ébano, dentro de un mueble,
en el gabinete inmediato al que acabamos de abandonar, pero no vuelvas a subir.
-Dame la llave si la tienes, repuso
imperiosamente Justo.
-Está en la cerradura, pero te suplico de
nuevo que no subas.
-Id andando, que ya
os alcanzaré.
-Los dos dependientes, llevando al enfermo en
una camilla que habían improvisado con ramas de árboles y Ángeles marchando a
su lado abandonaron aquel edificio, presa de las llamas.
-Poco tardó Justo en reunirse con ellos,
llevando el cofrecito bajo el brazo izquierdo... Cogió la mano de la joven
enlazándola al derecho que le quedaba libre, y así caminaron a través de las
tinieblas, que parecían más densas después de haberse visto alumbrados por la
siniestra luz del incendio.
Algo después, encontraron un gran pelotón de
gente del pueblo que llevaba cubos y cántaros con agua para apagarlo, porque en
Villafeliz no había bombas ni bomberos. Cuando consiguieron
su intento, ya poco o nada pudo salvarse de ropas ni mobiliario.
He aquí como había ocurrido el desgraciado
suceso: Daniel pasó la velada en la taberna y se entretuvo en ella más de lo
que permitía la sobriedad por una parte y por otra los deberes de sirviente: y
allí, a las once de la noche, le sorprendió la fatal noticia, uniéndose al
grupo, de los que corrían a apagar el incendio.
Rita se había dormido en un rincón de la
cocina, en la que ardía un buen fuego. Una astillita encendida saltó sobre un
viejo banco de pino que ardió rápidamente y propagó el incendio, avivado por
una corriente de aire, que entraba por la mal cerrada ventana. Cuando despertó,
vio la cocina convertida en un brasero, y loca de terror obedeciendo solamente
al instinto de salvación corrió a refugiarse a casa de D. Justo. Éste y sus dos
dependientes habían cerrado la tienda pero nadie se había recogido. Tenía
además un muchacho aprendiz; mandó a éste al instante a dar aviso a casa del
alcalde y al cuartelillo de la guardia civil, él paso con sus dependientes a
una casa en construcción que estaba inmediata a la suya, hicieron saltar a
puntapiés la puerta del cercado, y se apoderaron de la escalera y la piqueta;
lo demás ya lo saben mis lectores.
Don Genaro y su hija fueron recibidos con
amabilidad, y asistidos con esmero por la esposa de Justo, en cuya casa
permanecieron durante algunos días.
Dos años después, un nuevo ataque de
apoplejía privó al primero de la vida, y la segunda realizó su propósito
retirándose a un convento de religiosas de S. Bernardo, donde profesó y acabó
tranquilamente su vida.
Velada quinta
El tiempo lluvioso impidió durante dos noches
continuar las lecturas en el terrado; doña Germana, que así se llamaba la
señora viuda que había contado la historia de su mayordomo, agradablemente
impresionada por el recuerdo de la última velada, en que tuvieron ocasión de
admirar la grandeza de alma del magnánimo Justo, deseaba reunirse de nuevo con
sus antiguos vecinos, amigos a la sazón, para continuar escuchando la lectura
de los cuentos, buenos en sí y leídos con corrección y despejo por el simpático
Pepito. A la tercera velada la viuda y su hija
pasaron a la habitación que éste con sus papás y hermanita ocupaba y les
dijeron que si no tenían intención de recogerse muy temprano, pasarían el rato
en su compañía.
No teníamos esa intención, contestó
cortésmente el padre de Pepe y María, pero aunque la hubiésemos tenido,
diferiríamos el irnos a la cama, pudiendo disfrutar de la conversación de tan
amables personas.
Y la lectura ¿se ha suspendido, o han
continuado Vds. enterándose de los bonitos cuentos de su libro?
No hemos continuado, respondió la señora,
porque esperábamos para ello a tener el gusto de reunirnos con Vds.
El gusto es nuestro, ¿pero en qué pensaban
ustedes pasar el tiempo?
-Ya lo ve V., mi esposo lee periódicos, la
niña y yo hacemos crochet, y Pepe resuelve unos problemas de aritmética que su
papá le ha dictado.
-Pues nosotras no traemos labor.
-También nosotras suspenderemos la nuestra.
-Por mi parte, dijo el caballero, estoy
cansado de política y prefiero esas amenas e interesantes lecturas.
-Pues si quieren Vds. que lea, añadió Pepe,
dejaré mis problemas para mañana por la mañana.
-Sí sí, dijeron todos.
-Pues elegiré un cuento que no sea muy largo.
El niño y el perro
En cierta gran ciudad, cuyo nombre no hace al
caso, vivía en un barrio de gitanos una familia de esta raza que se dedicaba a
comprar (yo no sé si alguna vez los robaba) perros pequeños que alimentaba en
su casa y después revendía a buen precio, exhibiéndolos con este objeto en los
sitios públicos. Por supuesto que comerciaban también los hombres en
caballerías y las mujeres en géneros de algodón (que frecuentemente hacían
pasar por hilo) y otras clases de tejidos.
Residía en la vecindad una mujer viuda y
pobre, que tenía un sólo hijo de pocos años, muy humilde, muy buen chico, pero
el pobrecito era jorobado. Esta familia no era
gitana, pero la escasez de recursos la obligaba a vivir en aquellos barrios
donde las habitaciones eran más baratas que en el resto de la población.
Los vendedores de perros tenían un chiquillo
de la misma edad del jorobado, y aunque el primero se
burlaba de la desgracia del segundo, se apoderaba mañosamente de los céntimos
que su madre le daba para comprar castañas en el invierno y fruta en el verano,
él le perdonaba siempre y volvían a quedar amigos. Toñuelo
se llamaba el gitanillo y el otro Juan.
Juntos asistían a la escuela y juntos se
encontraban después en la calle cuando los padres y hermanos mayores del uno
salían a ejercer su industria y la madre del otro iba a lavar ropa o a fregar
ladrillos, (que era lo único que sabía hacer,) y dejaban cerradas las puertas
de las habitaciones respectivas.
Un día, el padre de Toñuelo
trajo un cachorro de Terranova que él aseguraba ser de muy buena clase y con el
tiempo sería un magnífico perro. Ahora ya no podremos llevarnos la llave; dijo,
cuando salgas de la escuela, la encontrarás en la próxima tienda de
ultramarinos, y entrarás a cuidar del perro.
-¿Qué haré con él para cuidarle? preguntó el
chiquillo guiñando el ojo a Juanito que estaba
presente.
-¿No lo sabes de otras veces? En la misma
tienda te entregarán un jarrito de leche, que tu madre habrá dejado a
prevención, la vacías en una cazuela y se la das a beber.
-Ah, bien, ya lo haré.
-Pero cuidado con beberte la leche o pegarle
al perrito.
-No, padre, no, ¿yo había de hacer eso?
-A pesar de tan buenas palabras, al día
siguiente, en cuanto salieron de la escuela los dos chicos, Toñuelo
cogió la llave y el jarrito de la leche e invitó a Juanito
a entrar en su casa: por primera providencia, arrimó un puntapié al cachorro,
que salió a recibirle meneando la colita y andando trabajosamente, y le hizo
rodar por el suelo; después vació la leche en la cazuela, y sacando del armario
un mendrugo de pan, empezó a mojarlo y a tomarse la leche. Convidó a Juanito, pero éste que había aceptado la primera
invitación, o sea la de entrar en la casuca de los
gitanos, rechazó el convite de la leche, y dijo en tono de reproche:
-¿Así cumples la palabra que le diste a tu
padre? ¡Pobre perro!
-El animalito aullaba de hambre.
-¿Cómo se llama el perro? preguntó Juan.
-Ha dicho mi padre que se llama Marqués.
-¡Vaya un Marqués muerto de hambre!
-Juanito empezó a
acariciarle, pero no podía hacerle callar.
Toñuelo le decía:
calla, tunante, que nos comprometes.
-Y para que callase mejor, le tiraba de las
orejas. El animal aullaba dolorosamente.
-Juanito, movido a
compasión, sacó un pedazo de pan que llevaba en el bolsillo, y se lo acercó al
hocico, pero como el cachorro no tenía dientes, no podía comer. Introdújolo el niño en su boca, lo mascó, y se lo puso en
la mano, el perro entonces se lo comió y repitieron la operación hasta concluir
el pan, mientras el otro se zampaba la leche y decía con sorna:
-¡Qué tonto eres! Ni mis padres ni él te lo
han de agradecer.
-Y el jorobadito,
que tenía tan bella el alma como deforme el cuerpo, contestó:
-No importa, me gusta hacer bien aunque no me
lo agradezcan.
-Marqués, entre tanto, como si quisiera dar
un prentís al gitanillo, mostraba su reconocimiento
lamiendo a su bienhechor las manos y la cara.
Diariamente se repetía esta escena, Juanito no se atrevía a delatar a su vecino, parte porque
preveía que sus padres le darían una grandísima y merecida paliza, de lo cual
se dolía anticipadamente, y parte por temor a la venganza; pero procuraba
suavizar la suerte de la victima, ya defendiéndole de los golpes y tirones de
orejas, ya guardándole pan, sopas, caldo o leche (que introducía por la noche
sigilosamente en casa de los gitanos) y como éstos a las horas que estaban en
casa lo cuidaban bien, llegó a convertirse en un magnífico animal que el gitano
sacaba todos los días a la plaza.
Hasta los animales tienen manías, decía la
gitana a la madre de Juanito. ¿No repara usted,
vecina, que mi perro se encoge y pone la cola entre las piernas cuando ve a Toñuelo; y en cambio al chiquillo de V. se lo come a
caricias?
-Eso consiste en que mi hijo es simpático
hasta para los animales, respondió la otra satisfecha.
El perro se vendió a buen precio y Toñuelo, quedó esperando que adquiriesen otro cachorro,
para satisfacer a un tiempo su golosina, bebiéndose la leche para él destinada,
y sus instintos malévolos atormentándole cruelmente.
La madre del jorobadito
enfermó y fue llevada al Hospital, donde falleció poco después; y el niño,
durante su dolencia y después de su muerte no tuvo más recurso que la caridad
pública, que imploraba de puerta en puerta, recogiéndose por las noches en casa
de unos parientes de su difunto padre, pobres también, que lo admitían por
compasión.
Cierto día pasaba por una de las calles más
céntricas de la ciudad, deteniéndose a pedir limosna en las tiendas y
porterías, cuando vio acercarse un caballero seguido de un hermoso perro.
Reconocer el can al joven mendigo, y arrojarse sobre él con tal ímpetu que a
poco más lo hace caer al suelo, fue obra de un instante. Juanito
sorprendido al principio, se alegró infinito reconociendo a Marqués, el cual
ladraba de gozo y con las patas delanteras apoyadas en su pecho le lamía la
cara; echábase otra vez al suelo, daba vueltas
alrededor del muchacho, gritando y moviendo la cola y tornaba al asalto y a las
caricias.
El dueño, que se había detenido a contemplar
aquella explosión de cariño y de alegría, preguntó al niño si conocía al perro.
Contestó el interrogado refiriendo lo que ya saben mis lectores, y el caballero
aplaudió la generosidad del niño, a quien dio algunos céntimos y se alejó
silbando y llamando al perro por su nombre, costándole no poco trabajo el
lograr que le siguiese.
Pocos días después, a las tres de la tarde,
hora en que Juanito aún no se había desayunado,
encontró nuevamente a Marqués, pero esta vez iba solo y llevaba una olla de
comida, cogida por el asa con los dientes. La dejó en el suelo y empezó a
acariciar a su antiguo amigo; éste le pasó la mano por el lomo, y se dejó lamer
cara y manos, después, como tenía un hambre insoportable, se permitió coger un trozo
de carne de la olla y la engulló en un momento diciendo: Vaya por cuando tú no
tenías que comer, y yo te daba.
El animal, como si lo entendiera, se sentó en
el suelo y tardó en recoger su comida como esperando a que tomase más.
Entretanto, un granuja que lo presenciaba, creyéndose
sin duda con igual derecho, pasó mirando de reojo, y alargó también la mano,
pero la hubo de retirar más que de prisa, porque el perro le dio tan fuerte
mordisco que le obligó a alejarse dando gritos de rabia y de dolor.
Juan, después de tomar otro trocito de carne,
despidió al can dándole cariñosas palmaditas en el cuello, y él cogió su olla y
se alejó meneando la cola en señal de afectuosa despedida.
Al día siguiente, a la misma hora, el chico
salió al encuentro del perro, el cual al llegar al sitio en que se habían
encontrado veinticuatro horas antes, parecía que le buscaba con la vista,
alegrándose mucho con su presencia. El mendigo fue llamando a Marqués y le
condujo a un callejón inmediato, donde se sentó en el suelo. El perro le puso
la olla delante, como invitándole a comer, y a su vez se sentó sobre sus patas
traseras, dejándole tomar cuanto quiso.
Esto se repitió muchos días, el pobre
muchacho guardaba un pedazo de pan, que recogía de limosna o le daban sus parientes,
y con él acompañaba la parte de comida que le dejaba tomar su paciente amigo. Tomábala en mayor o menor cantidad según la necesidad que
experimentaba, pero siempre producía un hueco en la olla que hubo de llamar la
atención del criado.
Es de advertir que el dueño del perro estaba
abonado a una fonda, donde, mediante cierta cantidad mensual, llenaban la olla
consabida con las sobras de la comida, incluso huesos y piltrafas. En las
grandes poblaciones se encuentra muy extendida esta costumbre.
Dirigiose el criado
a la fonda y preguntó por qué le habían cercenado su ración al pobre Marqués,
el marmitón negó este aserto, asegurando que le llenaba la vasija hasta los
bordes; y el otro, resuelto a descubrir si el can se dejaba robar por el
camino, le siguió de lejos. Repitiose la operación
cotidiana, y el criado, al ver que el chico se preparaba a comer corrió hasta
ponerse a su lado, y le dijo: ¡Ah ladrón! ¿Con que eres tú el que le quitas la
comida al pobre perro?
Yo no se la quito, que él me la da. Así se la
dejaría él robar sin más ni más si no fuésemos amigos, replicó el muchacho.
-Amigos, para comerte lo suyo, ¿eh?
-Primero le he dado yo de lo mío.
-¿Cuándo?
-Cuando yo tenía y él no.
-Calla, embustero, y el criado levantó la
mano sobre su interlocutor. Éste no se movió, pero el can enseñó los dientes
gruñendo de un modo amenazador.
-¿Verdad, Marqués, dijo Juanito,
que somos antiguos amigos? ¿verdad que me quieres
mucho? Y esto diciendo empezó a acariciarle.
El perro correspondió a sus halagos del modo
que solía. Hoy no quiero comer nada tuyo, porque este hombre no me cree y tú no
sabes hablar. Toma tu comida.
-El animal obedeció.
-Su amo de V. ya me conoce y sabe mi
historia, añadió. Y poniéndose al lado del criado echó a andar seguido del
perro.
-El caballero reconoció al muchacho y recordó
su historia; pero, comprendiendo que tenía derecho a la gratitud de Marqués, se
opuso a que continuase partiendo con él su ración, Ofreciéndole, en cambio,
veinticinco céntimos de peseta diarios, y dándole una mensualidad adelantada,
para que pudiese comer carne sin cercenar la del animal.
Desde entonces se vieron diariamente los dos
amigos, pero o no tomó nada el jorobado o si tomaba
una friolera, le daba al perro en cambio pan, queso o embutidos de ínfima
clase.
Como ya podía vivir sin mendigar todo el día,
entró de aprendiz en casa de un zapatero de viejo, y cuando supo remendar y
remontar el calzado, sabiendo que estaba vacante la portería de la casa en que
se hallaba Marqués, pidió y obtuvo este destino.
Allí trabajaba alegremente, apreciado de amos
y criados, recibiendo buenas propinas de los vecinos, a quienes prestaba
cuantos servicios estaban a su alcance, y teniendo largas horas echado a sus
pies a su fiel amigo.
El jorobadito, como
generalmente se le llamaba, murió muy joven, y su pérdida fue muy sentida de
cuantos le conocían. Marqués, que ya era muy viejo, siguió el entierro,
presenció de lejos el sepelio, aullando tristemente y cuando la tierra cubrió
el ataúd, se tendió sobre la fosa, sin que se moviese de allí, hasta que,
llegada la noche, los empleados le arrojaron a viva fuerza para cerrar el
fúnebre recinto.
Velada sexta
-Hoy no tenemos lector -dijo la madre de Pepito y María, al reunirse en el terrado con sus contertulios.
-¿Cómo? ¿está
enfermo Pepito? -preguntó con interés la señora.
-Nada de eso. Si así fuese no estaríamos tan
tranquilos; pero está castigado por haber sido desobediente y orgulloso, y la
pena que le ha impuesto su padre consiste en permanecer en casa estudiando, en
tanto que los demás disfrutamos del fresco de la noche, que por cierto está
deliciosa, con este cielo sereno y esta resplandeciente y clara luna.
-Si tiene el libro de cuentos, no podrá
resistir a la tentación de leerlos, y en vez de estudiar se recreará con su
amena lectura.
-No, que lo guardo yo en el bolsillo -repuso
el padre.
-Pero ¿tan grave es el delito? -insistió la
viuda.
-En esa edad no suele haber delitos graves
-respondió el caballero- todo es inconsideración y falta de juicio.
-Es evidente; por eso extraño tanto rigor.
-Es que si no se corrigen las primeras
faltas, después que el vicio ha echado raíces en el corazón es muy difícil
extirparlo. El símil del roble viejo y el tierno arbolillo, por más que sea muy
vulgar y muy sabido encierra una elocuente lección para los padres y maestros.
-Yo sufro cuando nos vemos precisados a
castigarlos -añadió su esposa interviniendo- pero comprendo que es conveniente
y hasta indispensable.
-Va V. a saber el disgusto que nos ha dado
esta tarde: Hemos salido a dar un largo paseo y al regresar hemos pasado por la
estación, a la que acababa de llegar el tren, y entre los viajeros recién
venidos ha reconocido a un condiscípulo, hijo del portero del colegio, que
asiste gratuitamente a las clases. Parece que su madre tiene necesidad de tomar
baños y ha traído al chico para que le acompañe. Madre e hijo visten muy
modestamente cual corresponde a su clase y como lo permiten sus escasos
recursos.
Al momento que ha reconocido a mi hijo, le ha
abrazado, manifestando grande alegría de haber encontrado un condiscípulo donde
menos lo esperaba, y Pepito ha correspondido con
frialdad a sus muestras de cariño.
La mujer nos ha saludado afectuosamente,
diciendo que si íbamos al balneario y no teníamos inconveniente en ello,
vendría con nosotros. Le hemos respondido que tendríamos gusto en acompañarla y
hemos ajustado nuestro paso al suyo, pues la pobre mujer no puede ir de prisa.
El chico iba delante solo, volviendo la vista
atrás porque no sabía el camino, y mi esposo le ha
dicho a Pepito: Ve delante con tu amigo.
Entonces, en lugar de obedecer, ha hecho un
gesto de disgusto, y se ha colocado a mi lado, pues la niña daba la mano a su
papá.
Yo con la mirada y el ademán, para que no se
apercibiese la mujer, he reiterado la orden de su padre, pero me ha contestado
con un mohín y no se ha movido.
Al llegar a casa le he preguntado:
-¿Es muy malo ese niño?
-No, señora, es un buen muchacho -ha
respondido.
-Pues ¿por qué no has querido ir con él?
-Porque me ha dado vergüenza. ¿No ve V. que
va tan mal vestido? ¡Qué hubieran dicho los que nos conocen!
-Su padre le ha reprendido y le hemos
castigado del modo que he indicado al principio.
-Pues bien, perdónenle Vdes.
parte de la pena. ¿Qué hará allí en el cuarto con tanto calor? -dijo la viuda.-
Que venga pero que no lea.
Emilio, que así se llamaba el hijo, unió sus
ruegos a los de la señora, añadiendo:
-sí, sí, ya iré yo a buscarle, hablaremos de
cualquier cosa, y se le castigará con no leer sus queridos cuentos. ¿Lo permite
V. don Ignacio? porque su señora bien comprendo que no se opondrá.
Los esposos dieron su asentimiento, y la
viuda prometió contar un suceso que tenía bastante analogía con la falta
cometida por Pepito, y cuyo recuerdo sería más eficaz
y provechoso que la encerrona.
Al llegar el niño con su intercesor, la madre
del último habló en estos términos:
-Ya sabemos que esta noche no hay lectura, no
quiero preguntar por qué, pero como el hablar de que el día ha sido caluroso y
la noche está serena, y de que la Marquesa llevaba esta tarde un traje muy
elegante, llegaría a causarnos, voy a permitirme referir algunos acaecimientos,
que no por ser antiguos carecen de oportunidad; y porque Pepito
desea que yo ponga título a mis cuentos, como lo tienen los del libro,
llamaremos al de esta noche El salto del...
El salto del castigo
El Barón de la Estrella era hijo único,
mimado de sus padres, adulado de los criados y dependientes, y tan orgulloso de
su título y fortuna, que era imposible tratarle sin reírse de su fatuidad o
irritarse contra su desmedida soberbia.
Tenía el tal joven una nodriza a quien amaba
un poco a su manera, y que a su vez experimentaba por él un cariño profundo,
mezcla de respeto, que era lo que el orgulloso noble quería inspirar a los
demás.
El Barón, que había perdido ya a sus padres y
era dueño de su fortuna, recibía alguna vez en su opulenta casa de la ciudad a
la que le había alimentado con su sangre; no le tendía la mano, contestaba con
una desdeñosa sonrisa a sus cariñosas y apasionadas frases, y le permitía comer
con los criados. Esto bastaba a la tierna abnegación de la pobre viuda.
Alguna vez el Baroncito mandaba a su
mayordomo que entregase algunas monedas a la nodriza.
Un día Ramón, hijo de la viuda, fue a llevar
la noticia a su hermano de leche de que aquélla estaba enferma de gravedad: el
noble, sin recibirle, contestó por conducto de un criado que ya iría a verla
cuando pudiese.
Dos días después montó a caballo y se dirigió
a la choza en que su nodriza habitaba: cerca de la puerta, sentado al pie de un
árbol se encontraba Ramón, que se levantó regocijado.
-Gracias a Dios, señor Barón. ¡Cuánto deseaba
mi madre ver a V. S.! -exclamó- y en su efusión tendió la mano al noble, que le
dijo rechazándole con ademán de indescriptible orgullo.
-¡Quita, necio! ¿te
atreverías a tocarme?
-Dispense V. S., -replicó el labriego-
devorando aquel ultraje y tomando la brida del caballo que su hermano de leche
le arrojaba, mientras él entraba a visitar a la nodriza, admirándose a sí mismo
por aquella acción tan humilde.
La mujer le tendió los brazos, él hizo como
que no lo veía y le dijo algunas palabras de consuelo, retirándose poco
después.
Al día siguiente falleció la viuda; el Barón
mandó algún dinero para su entierro, y Ramón se lo devolvió diciendo que los
pobres no necesitan oro para sus honras fúnebres, pues les basta que sean
modestas si van acompañadas de las oraciones de sus hijos.
Algún tiempo después el de la Estrella salió
a dar un largo paseo y se extravió en una vasta llanura; corría por ella un
riachuelo, el joven sabía que tenía puente, pero no le encontraba; así se
determinó a vadear el río con su caballo, porque la noche avanzaba y temía que
le sorprendiese en aquella soledad.
Entró, pues; pero con gran sorpresa vio que
tenía mucha profundidad y tan violenta corriente que jinete y caballo fueron
arrastrados por ella. El Barón gritaba desesperado pidiendo socorro, cuando
acertó a pasar Ramón por la solitaria orilla.
El labriego comprendió que, arrojándose al
río, que en aquel lugar precipitaba su corriente para llegar al salto que movía
la rueda de un molino, era casi imposible salvar al noble al paso que su propia
vida corría peligro; no quiso, pues, exponerla por quien tan poco lo merecía,
pero vengativo y mal educado, tuvo la crueldad de recordarle su falta en aquel
supremo instante.
-¡Ah! ¿es V. S.,
señor Barón? lo siento, pero no me atrevo a tocarle.
-Ramón, ¡perdóname!
-Señor Barón, aguarde V. S., voy a buscar un
noble que sea digno de tocar su cuerpo; y se alejó.
El Barón pidió en vano misericordia.
Al llegar a la espumosa cascada alzó los
brazos al cielo exclamando:
-¡Maldita sea mi soberbia!...
Más de cien años han pasado, y todavía las
madres que quieren preservar a sus hijos del orgullo les cuentan el trágico
suceso, a la vista de la bramadora corriente, que ha recibido el nombre de
Salto del castigo.
Todos aplaudieron a la narradora por su buena
memoria y por la concisión y exactitud con que había referido el suceso, la
madre de Pepito dijo además que la lección no podía
ser más oportuna; y dirigía la vista a su hijo, que con los ojos bajos, triste
y confuso guardaba profundo silencio.
-¡Pobre Barón!-dijo María suspirando.
-La terrible desgracia que experimentó la
tenía bien merecida -observó su padre- sin embargo, hija mía, haces bien en
compadecerle; pero quien no tiene disculpa, quien obró de un modo execrable,
fue el vengativo Ramón. Si hubiese olvidado su injuria, si le hubiera salvado, tal
vez su hermano de leche con este buen ejemplo y con la experiencia que entrando
en años habría adquirido, hubiera llegado a corregirse de su indómito orgullo.
Velada séptima
El día se había pasado tranquila y
alegremente; el paseo de la tarde, después del baño, se había prolongado un
poco más de lo que tenían por costumbre nuestros amigos; cenaron, pues, más
tarde y al salir al terrado encontraron ya en él a sus contertulios.
-Ya empezábamos a sospechar que no vendrían Vdes. -dijo Emilio- y que no tendríamos lectura.
-Mientras haya narradoras tan amables y
elocuentes como la mamá - respondió la madre de Pepito-
y sucesos tan interesantes para referir como el que ella escogió anoche, poco
perderíamos en no leer.
-Sin embargo, que lea Pepito,
que parece está contento esta noche, -contestó la aludida.
-Estoy contento porque papá me ha dicho que
he sido bueno, -respondió el niño.- He visto de lejos al hijo del portero, le
he llamado, al llegar le he estrechado la mano y le he invitado a jugar conmigo,
aunque no ha querido aceptar porque dice que ha de acompañar a su madre; he
partido con él mi merienda y se ha marchado satisfecho.
No quiero parecerme al Baroncito de la
Estrella, no por cierto.
-Ea, pues, aquí
tienes el libro -dijo el padre alargándoselo- escoge un cuento cortito, porque
es un poco tarde.
Paquita la perezosa
Paquita era una niña de buen corazón y
bastante bien educada, pero dotada de un temperamento
linfático, y tan dominada por la pereza, que muchas veces se dejaba vencer por
ella aún a riesgo de desagradar a sus padres, a quienes, por otra parte, amaba
tiernamente.
El levantarse de la cama, el vestirse para ir
al colegio, el estudiar sus lecciones, todo eran cosas que se le habían de
mandar una y otra vez para que al fin las ejecutase.
Sentada en un rincón, jugando con su muñeca,
se le pasaban las horas sin sentir, y cuando su mamá le recordaba que debía
estudiar sus lecciones o resolver sus problemas de aritmética, respondía
perezosamente.
-Ya lo haré más tarde.
Llegaba la noche y los ojos de Paquita se
cerraban a pesar suyo, apoyaba el bracito en la mesa y la cabeza sobre él, sin
que fuera posible, humanamente, hacerle abandonar aquella postura.
-¿Ves como no has estudiado? -le decían sus
padres.
Ya estudiaré mañana -contestaba con
soñolienta voz la perezosa.
Al día siguiente, empero, se despertaba a la
hora precisa de ir al colegio, no sabía la lección y recibía reprensiones y
castigos.
Eran los padres de nuestra amiga labradores
acomodados de un pueblecito poco distante de Zaragoza, y como no tenían
criadas, sucedía muchas veces que varias cosas quedaban sin hacer por no poder
ejecutarlas la madre por sí misma.
Al llegar la niña de paseo se quitaba el
vestido y le colgaba sin limpiarle, sin ver si le había saltado un corchete o
se había descosido alguna costura; su madre limpiaba el suyo y le mandaba que
la imitase, pero ella daba su acostumbrada respuesta:
-Ya lo haré mañana.
Sucedía, no obstante, muchas veces que al día
siguiente no se acordaba o no podía hacerse superior a su pereza, llegando el
momento de volverse a poner su traje encontrándolo roto, sucio o descosido.
Tenía la niña un precioso canario, al que
quería tanto, que llegaba alguna vez su pasión por él a hacerle abandonar sus
juegos, vencer su pereza y ponerle alpiste, agua clara y hasta limpiarle la
jaula.
Una noche el pajarito revoloteaba inquieto en
lugar de dormir sobre su caña, y la madre preguntó a la niña, que dormitaba
como de costumbre:
-¿Cuánto tiempo hace que no has arreglado el
pajarito? Porque yo he estado muy ocupada estos días y no he cuidado de él.
-No sé, tres o cuatro días.
-¿Pues por qué no le arreglas en seguida?
-¡Ya lo haré mañana! De noche tampoco
comería.
Al día siguiente el lindo canario estaba
muerto. Paquita lloró, pero no aprendió a vencer su desidia.
Tenían en un huerto, dentro de la casa, una
parra joven, que había producido pocas uvas, pero de excelente calidad, cual no
la había en todo el pueblo, y habían resuelto dejarlas sazonar en la planta y
guardarlas después colgadas para el invierno.
Una tarde, dijo su padre a la joven perezosa.
-Las uvas ya pueden cogerse.
La niña consultó con su madre la conveniencia
de aplazarlo para el siguiente día.
Ésta fue de parecer de que se cumpliese sin
demora la orden del jefe de la familia, pero añadió que no podía ayudar a su
hija en esta operación porque se hallaba indispuesta.
-¡Pues bien, ya lo haremos mañana! -contestó
resueltamente la niña.
Aquella noche una densa nube descargó en agua
y piedra sobre el pueblo, y las excelentes uvas quedaron unas tronchadas,
enteramente inservibles, otras mojadas, próximas a pudrirse, todas inútiles
para el objeto que se las destinaba.
El padre reprendió severamente a la perezosa,
pero otra durísima lección le reservaba la Providencia.
Algunos meses después, fue a la capital a
pasar una temporada con ciertos parientes, que querían mucho a la familia, y
cuando estaba más a gusto entregada a una vida de descanso y de diversiones,
recibió carta de su padre en que le participaba que su madre se hallaba enferma
de alguna gravedad y deseaba verla.
El laconismo de la carta hizo comprender al
pariente en cuya casa se hallaba Paquita que la cosa era más seria de lo que el
esposo de la enferma dejaba comprender, y le dijo:
-Aún faltan dos horas para la salida del
tren; si quieres marchar hoy mismo, yo te acompañaré.
-¿Para qué tanta precipitación? Ya
marcharemos mañana -replicó Paquita.
No insistieron los de la casa, temerosos de
que ella creyera que deseaban su partida, y salieron veinticuatro horas más
tarde de lo que debieran y pudieran haberlo efectuado.
Cuando Paquita entró en la casa paterna,
hacía pocas horas que su madre había expirado, sin bendecirla,
sin darle el postrer adiós, tal vez maldiciendo su abominable pereza...
Desde entonces, si bien no se distinguió por
su actividad, la joven recordó con dolor y remordimiento este suceso, y lo que
podía hacer hoy procuraba no dejarlo para mañana.
Un suceso que podía haber tenido terribles
consecuencias acabó de borrar en ella los últimos vestigios de la pereza.
Paquita contrajo matrimonio con un rico
propietario y el cielo la hizo madre de un precioso niño. Rafael se llamaba y
era un verdadero arcángel por lo bello, robusto, dócil y cariñoso; únicamente
causaba disgusto a sus padres porque sus continuas travesuras le ponían con
frecuencia en peligro.
La madre le amaba con ternura, pero el padre
sentía por él una verdadera idolatría, diciendo repetidas veces a su esposa:
-Paquita, no pierdas de vista al niño, mira
que es muy travieso. No lo entregues ni por un momento a las criadas, que nunca
pueden tener el interés que nosotros, ve a paseo, a casa de tus amigas donde
quieras, pero que te acompañe siempre la criada con Rafaelito.
-Tampoco podré coser ni bordar, decía ella
riendo.
-No, porque he reparado que emprendes la
labor con demasiada afición y tienes pereza de dejarla. Da toda la ropa a la
modista o a la costurera, y en cuanto a esos bordados que te retienen delante
del bastidor horas enteras, déjalos estar; primero es el niño.
Era cierto lo que decía el marido. Paquita
estaba bordando una preciosa alfombra de tapicería, y como para esta labor no
se necesita discurrir mucho ni desplegar gran actividad, Paquita le había
tomado extraordinaria afición, y pasaba hora tras hora encariñada con su
bordado; sin vestir, sin peinar y sintiendo tener que dejarlo para comer.
-A la sazón tenía Rafael tres años.
La casa era grande, con jardín, en medio del
cual había una balsa, que por tener la barandilla de poca elevación era la
pesadilla del amo de casa.
-Señora, ¿saldremos esta tarde V., el niño y
yo? -preguntaba la criada.
-No, quiero bordar un rato con tranquilidad,
contestó la interrogada.
-El niño tiene ganas de ir a paseo.
-Quien las tiene es V., ya iremos otro día.
Entretenga V. a Rafael en el jardín pero cuidado con la balsa.
El jardín tenía bastante extensión, y la
muchacha por evitar el peligro se fue todo lo lejos que pudo de la terrible y
amenazadora balsa, tomando su labor de croxet, en la
que, por ser poco práctica, ponía como suele decirse los cinco sentidos. El
chiquitín correteaba alrededor de ella.
Haría cosa de una hora que Paquita bordaba,
cuando de pronto le ocurrió esta idea tan propia de una madre:
Hace rato que mi hijo no ha venido a darme un
beso, ni a dirigirme preguntas, ni a inquietarme. ¿Qué estará haciendo? ¡Alguna
diablura! En acabando este clavel, continuó diciendo en su interior, voy a
buscarlos, porque Rosa tampoco se ve ni se oye.
A pesar de su propósito, antes de concluir la
flor, una inquietud desusada e impropia de su carácter flemático, se apoderó de
ella, y empezó a llamar al niño y a la muchacha.
Ésta contestó.
-¿Dónde está el niño?
-No lo sé, señora, ahora mismo estaba aquí,
pensaba que había ido con V.
Al concluir estas palabras ya la señora había
salido gritando:
-¿Cómo que no lo sabe V.?...
Y enloquecida de terror, voló más bien que
corrió al jardín.
Rafael había caído de cabeza en la balsa y
sin poder gritar se revolvía dentro del agua.
Sacáronle
inmediatamente, y como hacía pocos segundos que había caído, y se llamó
inmediatamente un médico que le prestó los auxilios necesarios, el accidente no
tuvo fatales consecuencias.
Cuando el padre del niño llegó a su casa,
increpó duramente a su esposa y despidió a la criada.
-Un ángel me avisó sin duda, pensaba Paquita,
si yo aguardo a concluir la flor que bordaba, mi hijo muere ahogado.
Este suceso acabó de corregirla, y desde
entonces, cuando cree necesario hacer alguna cosa no la deja para el día
siguiente ni la demora un solo instante.
-¿Cuándo concluye V. la alfombra? le
preguntaba una amiga.
-Cuando mi hijo no necesite mi constante
vigilancia.
Velada octava
Reunidos D. Ignacio y su familia con sus
amigos y otros bañistas, se habló de varios asuntos hasta muy entrada la noche.
Retiráronse por fin los demás, excepto, un señor
abuelo de una hermosa niña que había simpatizado con María, y solía acompañarse
con ella, el cual manifestó que tenía noticia de la costumbre establecida por
aquéllos de amenizar la velada con la lectura de algún cuento o historia,
rogando no se interrumpiese por él, pues de suceder así se retiraría.
-Es que molestaremos a Vds., contestó Pepito con despejo.
Al contrario, a mi Conchita le gustan en
extremo los cuentos.
-Pero V...
-Yo, estoy muy a gusto cuando me encuentro
entre niños, mayormente si los veo contentos.
-Entonces me permitiré leer un rato.
El buen empleo
La bella Carlota era una jovencita de buen
corazón y claro talento, pero tenía la desgracia de no abrigar en su alma el
sentimiento religioso. No había conocido a su madre, había salido del colegio
en edad temprana; y su padre, que era un desgraciado filósofo materialista,
hablaba en su presencia de las creencias religiosas de los demás con irónico
desprecio.
La sociedad que cultivaban no era la más a
propósito para inspirarle la piedad y la devoción de que carecía, pues
alternaba con jóvenes frívolas que no tenían otra idea que la de lucir y
divertirse, ni otra deidad que la moda, ni más culto que el de su propia
belleza.
Carlota iba a misa como a paseo o al teatro,
porque iban las demás; pero sin devoción, sin piedad, sin sentimiento. Por lo
demás estaba medianamente instruida en las ciencias humanas, hablaba tres idiomas,
cantaba con buena voz y pintaba regularmente.
Contrajo íntima amistad con una viuda joven
que también cultivaba las bellas artes, y ésta le enseñó sus cuadros, que eran
todos de asuntos religiosos.
Carlota vio una Dolorosa de Gabriela y se
quedó pensativa porque veía que en sus cuadros faltaba algo, y aunque no era
envidiosa sentía la emulación del artista. Su amiga le permitió copiarla, lo
hizo con corrección y elegancia, con bellísimo colorido, con acierto en la
combinación de la luz y las sombras; pero no quedó satisfecha.
-Mis cuadros no valen lo que los tuyos, dijo
con despecho.
-Y sin embargo, repuso la viuda, la cara de
tu Virgen es más hermosa que la de la mía.
-Pero dime la verdad, amiga mía, ¿no es
cierto que a la mía le falta alguna cosa?
-Lo que le falta a la rosa de tu sombrero,
comparada con la que se mece en ese rosal, que sin embargo no es tan bonita.
-¡Luego le falta vida y perfume! dijo Carlota
con tristeza.
-Cuándo has pintado esa Virgen, ¿pensabas en
su imponderable amargura, en su inmenso amor a los pecadores, y en la sublime
misión que desempeñó sobre la tierra? Cuando pintabas el Cristo, ¿estabas
conmovida al recordar que aquel varón de dolores era Dios?
Carlota se sonrió.
Mientras no desaparezca de tus labios esa
escéptica sonrisa, no pintarás con sentimiento, porque nadie puede dar lo que
no tiene, y a tus cuadros les falta el perfume de la ternura, de que carece tu
alma.
-Dichosa tú, Gabriela.
-Sí, dichosa en medio de las amarguras de la
vida, porque no voy por la errada senda que a ti te conduce al abismo de la
impiedad.
-Pues dirígeme, enséñame.
-Sí, lo haré, te serviré de madre, y
aprenderás a llorar, a rezar y a sentir; entonces seréis tú y tus obras la rosa
del jardín, llena de vida y de perfume.
En
efecto, la viuda cumplió su palabra.
¡Con cuánto entusiasmo, con cuánta ternura se
consagró a desterrar de aquel alma virgen las ideas
materialistas en que se había educado, y los errores en que había crecido!
¡Con cuanto placer observó que los sentimientos
de su amiga se suavizaban y embellecían a impulsos del nuevo giro de sus
pensamientos!
El padre de Carlota, a pesar de su avanzada
edad, vivía entregado a los vicios; era jugador incorregible, gustaba también
de los convites y francachelas, que celebraba con los amigos, y se cuidaba muy
poco de sí Carlota estaba sola o mal acompañada, que es cien veces peor.
La nueva amiga había conquistado de tal
suerte a su educanda, que ésta iba abandonando poco a poco sus antiguas
relaciones.
-¿Por qué no vienes a casa? -le decían una
tarde dos jóvenes casquivanas, que tenían una madre
aún más frívola que ellas.
-Estos días estoy muy ocupada.
-¿Qué, te haces tú los trajes?
-No por cierto.
-Pues no comprendo en qué puedes estar
ocupada.
-Ya sabes que soy aficionada a la pintura.
-Sí, en el colegio recuerdo que hacíamos
pequeños cuadros a la aguada.
-Pues bien, después alcé más el vuelo, tomé
un maestro y me he dedicado a pintar al óleo. Yo sola copié una Virgen de los
Dolores.
-Sí, ya nos la enseñaste -dijo la menor de
las hermanas- era muy bonita aquella Virgen, pero tenía una cara que parecía
una chiquilla que llora porque le han dado unos azotitos.
Carlota se sonrojó. Era la misma observación
de la viuda, pero hecha en tono zumbón.
-Tú tampoco pintarías bien una Dolorosa,
-respondió -porque no hemos sufrido y no sabemos sentir.
-Ni ganas. Pero sepamos ¿qué haces ahora?
-Copio una Purísima.
-¿Con culebra y todo?
-Con culebra y todo.
-¡Qué cosa tan vista!
-Pero es un pensamiento delicado. ¡Si yo
supiera espiritualizarla!
-Vamos, chica, te vuelves muy mística.
-Lo que se vuelve es muy tonta -dijo la
madre, interviniendo con tono de autoridad.
-¡Vaya, vaya,
nosotras que nos pensábamos que estabas enferma, y te estás ahí pintando
monadas -añadió la otra hermana.
Semejantes conversaciones sostuvo con otras
de las que hasta entonces había tenido por amigas, y comparando su carácter con
el de Gabriela, crecía más su estimación por esta última.
Carlota concluyó su cuadro, y Gabriela lo
examinó -detenidamente, como también algunos artistas y aficionados,
conviniendo todos en que valía más que la Dolorosa, pero que dejaba bastante
que desear.
-¿Por qué no pintas un cuadrito de menos
pretensiones? -Le dijo su amiga.
Entonces, sin modelo, trazó un cuadro de
asunto sencillo, que representaba una merienda en el campo. Era de una
naturalidad encantadora; una madre sentada en un ribazo amamantaba a su hijo
menor, mientras, los demás alegres y sonrientes daban cuenta de su ración; el
cielo, dorado por el sol poniente, era magnífico, y la atmósfera que rodeaba a
los personajes diáfana y sutil.
Aquel cuadro mereció el aplauso de los
inteligentes; mas pronto la novel artista tuvo que suspender sus agradables
tareas, al mismo tiempo que el autor de sus días daba también de mano a sus
convites y diversiones. Ambos efectos obedecían a una misma causa: el viejo
calavera había sufrido enormes pérdidas en el juego, lo cual le afectó
dolorosamente, y como quiera que su naturaleza se hallaba gastada por su mala
conducta, contrajo una enfermedad que los médicos declararon mortal, atendidas
las antedichas circunstancias y la avanzada edad del paciente.
Carlota se instaló a la cabecera del lecho
del enfermo, y prodigole como buena hija todos los
cuidados que la gravedad de su estado requería. Gabriela la ayudó
constantemente y en cuanto a los compañeros de fonda y de café del padre, y las
amigas que habían acompañado a la hija al paseo y al teatro, se limitaron a
enviar un recado o a dejar su nombre en la lista que estaba sobre la mesita del
recibidor.
La enfermedad no fue larga, y al fallecer el
mal aconsejado anciano quedó la huérfana sin recursos, pero encontró en
Gabriela una amiga cariñosa, mejor dicho, una tierna hermana, que le suplicó se
trasladase a su domicilio, esforzándose en demostrarle que no había en ello
ningún género de sacrificio de parte de la viuda, antes bien sería para ella
una dicha, (ya que había renunciado a contraer segundas nupcias, y que no tenía
parientes cercanos) el hallarse en compañía de una persona tan amable y tan
querida, y a quien había inspirado sentimientos semejantes a los suyos.
Los días de las dos amigas se deslizaban
tranquilos y felices, recibían visitas un día a la semana, salían poco de casa
y empleaban el tiempo en lecturas útiles y agradables, en las labores propias
de señoras, y muy principalmente en la pintura, su arte favorito.
Gabriela daba la última mano a un cuadro de
la Anunciación, mientras Carlota había empezado otro, al paso que místico,
tierno y risueño. Era el interior de la casa de Nazaret,
pero tan original, tan bello en el conjunto y los detalles, que su amiga le
aconsejaba que en cuanto estuviese terminado lo llevase a una exposición que
debía celebrarse en París, algunos meses más tarde.
¡Mas ay! ¡que la felicidad humana es transitoria, y pronto las negras
nubes del infortunio vienen a ennegrecer el sereno horizonte del que disfruta
un corto plazo de relativo bienestar! Un fuerte constipado al que no se
concedió importancia al principio, retuvo a Gabriela en el lecho, y a pesar de
las instancias de su amiga, no llamó al médico hasta que se convenció de que
los remedios domésticos no eran bastante eficaces para combatir el mal.
Desgraciadamente ya era tarde, pues había degenerado en una afección pulmonar,
que con el tiempo produjo la tisis, y era tristísimo oír a las dos fieles
amigas, la una, convencida de su próximo fin, deplorando la soledad en que
quedaba su compañera; la otra animándola y queriendo persuadirla de que su
estado no era tan grave como suponía.
En cierta ocasión dijo la enferma a Carlota:
Ni siquiera tendré el consuelo de dejarte lo que yo poseo...
Su interlocutora le tapó la boca con la mano
y no la dejó continuar, iniciando una conversación diferente.
Era cierto lo que Gabriela decía: había
estado casada con un propietario que poseía varias casas en la ciudad, entre
ellas la que la viuda ocupaba, y algunas fincas urbanas; pero todo debía pasar
a un sobrino carnal cuando ésta falleciese. Un apoderado, instituido por el
difunto, lo administraba todo, entregando a la viuda el usufructo, que
constituía una regular renta vitalicia.
En la primavera, salieron al campo y la
enferma se reanimó algún tanto, pasó el verano, y los primeros vientos del
otoño que hicieron desprenderse de los árboles las hojas amarillas, arrebataron
también aquella preciosa existencia.
Cuando con resignación cristiana recibió los
últimos sacramentos, se avisó a los parientes, vinieron algunos y entre ellos
el heredero que era un gallardo joven, el cual concluido el funeral dijo a
Carlota (que ya estaba enterada del testamento y próxima a abandonar la casa)
que había un medio de que continuase en aquella mansión y fuese dueña absoluta
de ella, que consistía en unirse con él en matrimonio; a lo que contestó la
joven cortésmente, que agradecía el honor que le dispensaba, pero que no tenía
inclinación a tal estado, y mucho menos a enlazarse con una persona a quien
hasta entonces no había tratado, y que estaba segura obedecía solamente al
hacer tal proposición, a un impulso de generosidad.
Instada para que aceptase algún recuerdo de
su amiga, quiso admitir tan sólo dos cuadros: uno de ellos el de la Dolorosa,
que ella decía era el origen de su conversión, y algunas joyas de poco valor.
Sola y sin recursos, determinó vender sus
cuadros, y para probar fortuna se valió de un amigo de los pocos que le
quedaban, y llevó a una tienda donde concurrían los aficionados a las bellas
artes, su cuadro «Interior de la casa de Nazaret» que
había concluido al principio de la enfermedad de su amiga. Allí lo presentó
como de autor anónimo, y añadió que estaba en venta; fue muy elogiado y se
vendió a un precio mayor de lo que ella esperaba.
Entre tanto, había mandado a París «La
merienda en el campo» y obtuvo un premio, de manera que animada por un éxito
tan feliz, tomó a su lado una viuda de edad avanzada, más como compañera que
como sirvienta, y con ella se trasladó a Roma, patria de los artistas, donde
pudo admirar buenos modelos.
Allí, sin familia y sin obligaciones, Se
consagra únicamente al arte, viviendo del producto de sus cuadros.
En cuanto a los de su malograda amiga, no se
ha desprendido de ellos ni se desprenderá jamás. Los contempla diariamente con
lágrimas en los ojos, y ha dispuesto que, después de su muerte, se restituyan a
la familia de la autora.
El nuevo contertulio
quedó sumamente complacido y aplaudió al tierno lector por la gracia y
naturalidad con que había interpretado la bonita historia de Carlota,
retirándose todos con deseo de reanudar tan agradable y útil entretenimiento.
Velada novena
-¿Estorbamos mi Conchita y yo esta noche, o
podemos quedarnos a oír leer?
-Las personas tan corteses
como V. no estorban nunca en ninguna parte, y las niñas buenas como Conchita
tampoco, don Antonio.
Con este corto diálogo, comenzó la velada; la
niña se sentó junto a María, y después de cambiarse algunas caricias entre los
pequeños, y breves frases de atención entre los mayores, empezó la lectura de
la siguiente manera:
La justicia de la tierra
Si los que habitaban en nuestro país un siglo
atrás pudieran salir de sus sepulcros, sin duda quedarían altamente
sorprendidos al ver las conquistas de la civilización, los descubrimientos de
las ciencias y los progresos de las artes y la industria.
La cuestión tan debatida de si la humanidad
se va pervirtiendo de día en día, como aseguran algunos; o si se van por el
contrario suavizando las costumbres; y los individuos y las colectividades
caminan (aunque lentamente) hacia su perfeccionamiento, como pretenden otros;
no la hemos de dilucidar en este pequeño libro, ni les interesa gran cosa a
nuestros jóvenes lectores; pero en lo que no cabe ningún género de duda es en
que en el siglo pasado, nuestra nación era refractaria a todo progreso, a toda
mejora material, en términos que en el reinado de Carlos III las calles de
todas las poblaciones de España, incluso las de la Corte misma, carecían de
alumbrado, y al intentar disipar su obscuridad con
algunos faroles alimentados con aceite, el pueblo de Madrid se amotinó contra Esquilache, primer ministro a la sazón y autor de tal idea,
y a palos y pedradas rompió los faroles, pidiendo a voces la destitución del
ministro.
Pocos años antes de esta tentativa, y debido
a la obscuridad con la que tan a gusto se hallaban
los madrileños, ocurrió el lamentable suceso que vamos a referir.
Mariano Montes se llamaba el protagonista, y
era un pobre albañil; pero tan bueno, tan honrado, tan caritativo... ¡Pobre
Mariano!
Habitaba en compañía de su madre, una buhardilla
en los barrios bajos, y ambos eran apreciados del vecindario, a pesar del poco
tiempo que llevaban de permanencia, entre ellos, pues hacía apenas dos meses
que se hallaban allí establecidos.
Sería la media noche, cuando el vecino del
cuarto inmediato sufrió un grave accidente, y llamaron a su puerta pidiendo
auxilio. Madre e hijo, que ya se habían entregado al descanso, se vistieron
apresuradamente y trasladáronse a la casa vecina.
La mujer y los pequeños hijos del paciente
lloraban, pero no acertaba la primera a tomar ninguna resolución.
-¿Saben Vdes. el
domicilio de algún médico? -preguntó Mariano.
-Sí por cierto -respondió la mujer- y le
indicó la residencia, no muy lejana, de uno que alguna vez los había visitado.
-Pues bien, yo iré a buscarle, y V., madre,
le hará entre tanto alguna de aquellas medicinas domésticas que V. sabe. -Y
salió ligero, deseoso de proporcionar algún alivio al que sufría.
Avanzó por la desierta calle, que era larga y
estrecha. No había salido la luna todavía; y así, aunque la noche estaba
serena, reinaba la obscuridad en torno del joven;
millares de puntos luminosos se divisaban en el cielo, en la tierra, uno solo y
lejano: un farolillo que la piedad de los fieles encendía todas las noches,
delante de una capillita que contenía una imagen de San Roque.
De pronto, interrumpió el silencio un gemido
prolongado, el ruido sordo de un cuerpo que cae al suelo, y los pasos
precipitados de alguno que se aleja. A esto sigue el estertor de la agonía, y
Mariano, en vez de alejarse como hubiera hecho alguno más precavido o menos
valiente, corre hasta el lugar en que se percibe aquel siniestro rumor, y
tropieza con un bulto atravesado en el arroyo.
Tampoco existían entonces las cerillas
fosfóricas, pero el albañil llevaba consigo eslabón y piedra de chispa, que así
llamaban a un trocito de pedernal cortado al efecto, formando pequeñas aristas;
sacó lumbre, encendió una pajuela que también tenía en el bolsillo, y vio con
horror un caballero joven y bien vestido, con faz cadavérica y un puñal clavado
en el corazón.
El compasivo Mariano dejó la pajuela en el
suelo, puso una rodilla en tierra, y asiendo por el puño el arma homicida trató
de extraerla, pero estaba profundamente clavada, cogiola
con ambas manos, hizo un esfuerzo...
-¡Ave María Purísima! Las doce y media...
-cantaba el sereno que entraba en la calle a la sazón- pero se interrumpió al
ver la débil luz que brillaba en el suelo y descubrir vagamente el informe
grupo. En aquel momento Mariano arrancaba el puñal, la víctima arrojaba un
suspiro y expiraba.
Sintiose
fuertemente cogido el compasivo joven por el brazo derecho, cuando todavía
empuñaba el arma ensangrentada, que acababa de extraer de la herida. Volviose y reconoció al sereno.
-Yo quería salvarle -dijo tranquilamente-
pero creo que hemos llegado tarde.
-¿Querías salvarle, eh? -repuso el sereno
apoderándose del puñal, que el otro entregó sin resistencia.
Pidió socorro, acudió una patrulla y el
infeliz se vio rodeado de gente armada, sin darse cuenta de lo que pasaba;
algunas puertas se abrieron y en breve se formó un grupo bastante numeroso.
Algunos llevaban faroles y Mariano pudo observar que todas las miradas se
fijaban en sus manos y en su pantalón. Sólo entonces observó con horror que
tenía manchas de sangre.
Intentó huir, pero los mismos vecinos le
cerraron el paso. Creyose entonces presa de una
atormentadora pesadilla, y empezó a exclamar:
-Señores, soy inocente. ¿Se sospecha de mí
por ventura? He visto un herido a quien no conozco, y he tratado de prestarle
auxilio.
-Con la punta del puñal -dijo el sereno con
sorna.
Se había ido a buscar un alguacil que ató
codo con codo al presunto reo, y escoltado por la patrulla fue llevado a la
cárcel, mientras el sereno y los curiosos rodeaban el cadáver, esperando que
llegase el Juez a quien también se había avisado.
El vecino enfermo no tuvo asistencia
facultativa hasta muy entrado el día, y la madre del caritativo joven esperó
con mortal inquietud la vuelta de su hijo, inquietud que se aumentó con la
noticia que empezó a circular por el barrio, mayormente cuando las señas del
supuesto asesino, que corrían de boca en boca, coincidían perfectamente con las
del hijo que buscaba. No sospechó la pobre mujer que su Mariano fuese capaz de
cometer un crimen, pero su instinto de madre le decía que había sido victima de
una equivocación.
Corrió a la cárcel, pidió permiso para ver al
preso, y le dijeron que estaba incomunicado.
Se tomó declaración al presunto reo, que
estaba más muerto que vivo, nada ocultó; y al presentarle el cuerpo del delito
manifestó que le parecía era la misma arma que él había extraído del pecho del
moribundo, creyendo mitigar sus sufrimientos.
Por fatal coincidencia el puñal tenía
grabadas en la hoja dos emes, esto es, las iniciales del nombre y apellido del
desgraciado preso, de manera que todo inducía a creer que por robar al
caballero, en cuyo cadáver se hallaron alhajas y dinero, le había asestado una
puñalada con un arma de su pertenencia, y se preparaba a repetir el golpe cuando
fue sorprendido.
Al levantarse la incomunicación, le visitó su
madre y los vecinos; pero quien le prestó mayores consuelos, en aquella triste
situación, fue el confesor de su madre, que era un sacerdote joven, simpático,
de acrisolada virtud y caritativos sentimientos, el cual le hablaba siempre de
Dios y le exhortaba a poner su esperanza en el cielo. Prometiole
también hacer cuanto humanamente pudiese por suavizar el castigo ya que no
fuese posible evitarlo.
En efecto, el fiscal pidió la pena de muerte
(que entonces se aplicaba con más frecuencia y menos escrúpulo que en el día)
pero el abogado defensor, asesorado del buen sacerdote, supo sacar gran partido
de las circunstancias de no haber visto nadie descargar el golpe mortal y de
haberse hallado la pajuela ardiendo en el suelo, siendo así que ninguno sino él
podía haberla encendido, y que no se busca luz para cometer un crimen. Era
joven también, deseoso de fama y dotado de nobles sentimientos, de modo que
puso empeño especial en librar de la pena capital a su patrocinado, a quien
defendió con elocuencia, ayudándole a conseguir su noble intento las
declaraciones de los vecinos y compañeros de trabajo de Mariano, y sus honrados
antecedentes.
Fue condenado a veinte años de presidio y
conducido a Ceuta con otros penados. Con inmenso dolor, aunque con resignación
cristiana, se conformó con su triste suerte, aconsejado y fortalecido por el
ilustrado capellán, que no le abandonó hasta el momento de su partida.
La madre no pudo soportar golpe tan cruel, y
falleció pocos días después de la marcha de su buen hijo; él sobrevivió algunos
años, pero murió sin extinguir su condena.
Como quien escribe estas líneas y los
lectores de las mismas estamos bien convencidos de su inocencia, suponemos que
la justicia divina, que nunca yerra, habrá compensado con creces los
sufrimientos y perjuicios que le causó la imperfecta justicia de la tierra.
Triste impresión produjo la historia que
acababa de leerse y María y Conchita dijeron casi a la vez:
-¡Pobre Mariano!
-¡Pero que bárbaros eran nuestros
antepasados, papá! -dijo Pepito.
-Niño, trátalos con más respeto -repuso su
padre.
-Lo digo porque si hubiera habido en Madrid
un buen alumbrado, como ahora, ni el verdadero culpable del crimen que he
leído, (movido tal vez por un miserable deseo de venganza) se hubiese atrevido
a cometerle, ni, una vez consumado, se hubiera podido escapar tan fácilmente,
dando lugar al lamentable error de que el honrado albañil fue triste víctima.
-¿Has inventado tú el gas y la luz eléctrica?
-No, señor, no soy tan sabio.
-Pues compadece a los que no disfrutaban
tales ventajas, y da gracias a los que han estudiado y trabajado para
alcanzarlas.
-Vamos, que tiene algo de razón Pepito, dijo Emilio interviniendo -porque eso de romper a
pedradas los faroles es un acto de salvajismo altamente reprobable.
La ignorancia era la causa de muchas cosas
que hoy no podemos explicarnos, y otras que nos parecen más reprensibles de lo
que eran en realidad -contestó don Ignacio.- Bendecid al Señor, hijos míos,
porque habéis tenido la suerte de nacer en una época en que la instrucción
difunde su luz bienhechora por todos los ámbitos de nuestro país, y está al
alcance de todas las fortunas.
Velada décima
Don Antonio y Conchita habían partido y
volvieron a quedar solos los antiguos amigos.
Después de una breve conversación, Pepito dio principio a su lectura en los siguientes
términos:
Risas y lágrimas
Clotilde y Amparo eran dos jóvenes bien
educadas, huérfanas de madre, hijas de un oficial retirado, que tenía además
dos niños de corta edad. La mayor era hermosa, y estaba tan persuadida de ello,
que se preocupaba poco de la estrechez en que vivía la familia, gastando horas
enteras en arreglar su peinado, en cambiar de forma un traje, o en hacerse un
lazo o una corbata; la menor, que era Amparo, tenía el rostro menos bello, pero
el alma mucho más hermosa; por eso cuidaba poco del ornato de su persona,
presentándose con aseo, pero muy modestamente vestida, y consagrando todo su
tiempo a las faenas domésticas para ahorrar a su padre una criada, cuidando
además de la ropa de sus hermanitos, y de que nada faltase a la comodidad de
todos.
Si alguna amiga invitaba a las jóvenes a dar
un paseo, asistir con ella al teatro u otra diversión, siempre era Clotilde la
que se aprovechaba de las invitaciones, quedando Amparo para tener cuidado de
la casa, poner en la cama a los hermanitos, y trabajar hasta muy entrada la
noche.
Su padre extrañaba a veces ver en su joven
hija esta afición al retiro y la abnegación con que cedía siempre a su hermana
las proporciones de disfrutar un poco de la sociedad, mas Amparo contestaba que
el carácter de Clotilde, y hasta sus gracias físicas, la hacían más a propósito
para brillar en las reuniones y paseos.
En esta situación continuaban las cosas,
cuando quiso la suerte que un comerciante acaudalado se prendase de los
atractivos de Clotilde y pidiese su mano; mas como no hay felicidad completa en
este mundo, coincidió con la demanda que tan dichosa hubiera hecho a la
familia, una enfermedad del jefe de ella, que aunque parecía leve al principio,
se agravó en términos que frecuentemente le obligaba a guardar cama y era raro
el día que sus dolencias le permitían salir de casa.
El enlace de Clotilde se celebró sin regocijo
y ella salió a viajar en compañía de su esposo, estableciéndose a su regreso en
una lujosa habitación, en la que disfrutaba toda clase de comodidades, y
asistiendo a las fiestas y espectáculos, casi por completo olvidada de la
triste situación de la familia.
Los años pasaban sin restituir la salud al
pobre enfermo; la triste Amparo se consagraba por completo al cuidado del
anciano, no había conocido las flores de la vida ni las risas de la juventud, y
el llanto corría con frecuencia por su pálido semblante.
Alfredo, el mayor de los hermanos, había
entrado en el colegio de artillería, donde alcanzó una plaza gratuita, como
hijo de un oficial benemérito y desgraciado; y el menor, Gonzalo, cursaba al
lado de su padre y hermana los estudios de segunda enseñanza.
Si notable contraste ofrecían el carácter de
Clotilde y Amparo, no era menos curioso el de los hermanos varones, pues,
Alfredo era juicioso, aplicado y de ejemplar conducta; mientras, Gonzalo,
perezoso, irreflexivo y de carácter indómito, daba no pocos disgustos a su
familia, contribuyendo a la desgracia de la resignada y paciente doncella.
El primer pesar que, en medio de su egoísta
satisfacción, experimentó Clotilde, fue la pérdida de una hermosísima niña con
que el cielo la había favorecido, y a quien ella amaba con idolatría, desgracia
que tuvo lugar en los mismos días en que el hermano había salido del colegio,
terminada su carrera.
Fuese a verla, y le dirigió algunas frases de
consuelo: luego, como ella siguiera derramando lágrimas que la presencia del
hermano había provocado, y se excusase por ello, contestó:
-Llora en buen hora,
Clotilde no te había visto nunca llorar y lo sentía.
-¿Lo sentías? ¿Por qué? -replicó sorprendida
la joven.
-Porque había llegado a sospechar que no tenías
corazón.
-¿Acaso hay alguien que no le tenga?
-No hablo yo de ese órgano impulsor del
aparato circulatorio como dicen los médicos, que eso es claro que lo tenemos
todos; sino de la sensibilidad, esa que algunos llaman facultad funesta, porque
como en este pícaro mundo son más los sinsabores que las satisfacciones, el que
está dotado de una sensibilidad exquisita siente con mayor vehemencia las
frecuentes amarguras y dolores, que no bastan a compensar los escasos goces,
por más que también los sienta con mayor intensidad.
-Pues en ese sentido vale más no tener
corazón.
-No digas eso, hermana mía. ¿Sabes la leyenda
de los corazones de piedra?
-No.
-¿Quieres que te la cuente, y te distraerás?
-Cuenta.
Luis era un joven sensible que había perdido
en poco tiempo a su madre y a su amada, había sufrido algunos reveses de
fortuna y no pocas decepciones; de modo que en lo más florido de la edad había
llorado y sufrido mucho.
Los médicos y los amigos (fingidos o
verdaderos) le aconsejaban que diera largos paseos. Una tarde montó a caballo y
dejó al noble animal que siguiese el camino que mejor le pareciera.
El mes de Mayo tocaba a su término, de modo
que la vegetación se ostentaba fresca y lozana; el camino que seguía estaba
cubierto de florido césped, y algunos arbustos, también en flor, prestaban al
aire suavísimas emanaciones; en los verdes copudos árboles cantaban el alegre
jilguero y el melifluo ruiseñor; y blancas mariposas y otros insectos de
colores revoloteaban alrededor del viajero, que sentía su espíritu embargado
por una dulce melancolía.
-¡Amelia de mi alma! ¡Madre querida! -decía,
entre sí -¿por qué no podéis participar de esta deliciosa emoción, por qué no
puedo comunicaros mis gratas impresiones?...
Un canto popular entonado por una voz varonil
y otra fresca y argentina, interrumpieron el curso de sus ideas. Eran un ciego
y su mujer que imploraban la caridad de los transeúntes, él acompañaba el canto
con una guitarra, y ella sostenía en sus brazos una niña de pechos, que tendía
sus tiernas palmas al conmovido joven, el cual hizo seña a la mujer para que se
acercase y entregó algunas monedas a la parvulilla. Los mendigos le colmaron de
bendiciones, y mientras una lágrima surcaba su mejilla exclamó:
-Quisiera tener un corazón de piedra.
No bien hubo pronunciado estas palabras,
surgió ante sus ojos un gran edificio, cuyas puertas estaban de par en par
abiertas. Hola -pensó- esto no estaba antes aquí, o yo no había reparado en
ello; de todos modos, me siento un poco fatigado, y voy a ver si me permiten
descansar; y apeándose, ató su caballo a un árbol y cruzó el ancho vestíbulo. Saliole al encuentro una hermosa dama y le dijo: He oído tu
exclamación y estoy pronta a satisfacer tu deseo. Y tomándole de la mano le
introdujo en una habitación, mostrándole un armario en uno de cuyos
departamentos había alineados varios corazones de piedra: y en otro, sendas
vasijas de cristal que contenían corazones humanos.
-Mira -le dijo la dama- yo soy una hada,
dueña de este palacio, y para complacer a los que lo desean, tengo estos
corazones que sin dolor físico ni operación de ninguna clase, gracias al gran
poder de que estoy dotada, pueden cambiar los humanos por el que tantos
disgustos les ocasiona. ¿Ves todos estos? -añadió señalando a los frascos- son
cambios que he efectuado y los guardo aquí por si se arrepienten y vuelven a
buscar el suyo, porque has de saber que se puede deshacer lo hecho, lo cual es
una ventaja.
-No volverán -respondió el visitante.
-¡Quién sabe, los mortales sois tan caprichosos!...
¿Con que quieres cambiar?
-Sí, sí.
El hada tocó con una varita al joven y le
hizo sentar en un canapé, sobre el cual se quedó dormido.
Poco duró su sueño y al despertar le dijo la
dama:
-He aquí tu corazón -y le mostraba un frasco
igual a los otros.- Tú tienes uno como éstos.
Sin sentir alegría ni gratitud, ni enojo ni
arrepentimiento, se despidió de la dueña del palacio.
A su regreso, los pájaros cantaban en las
ramas, el aura producía los mismos suaves murmullos, las flores exhalaban igual
fragancia; mas para nuestro joven todo aquello pasaba inadvertido, sin
producirle la menor emoción.
Llegó a su casa, cenó sin apetito,
encontrando los manjares desabridos, y se retiró a su dormitorio. Por
costumbre, antes de recogerse sacó de su secreter un rizo de cabellos de su
amada, una flor marchita, la última que ella había llevado prendida en el
pecho, y un rosario de azabache con el cual había rezado su anciana madre.
Aquellos objetos, recuerdos sagrados que
otras veces había besado y bañado con sus lágrimas, le parecieron ridículos y
casi asquerosos, y estuvo tentado de arrojarlos por el balcón, pero por fin
volvió a guardarlos resuelto a no tocarlos más.
Al día siguiente quiso distraerse, o mejor
dicho emocionarse, y asistió a una corrida de toros: Un banderillero fue
cogido, volteado por el toro y arrojado al suelo casi exánime; mientras los
demás espectadores lanzaban gritos de terror, él no sentía la menor compasión.
Por la noche asistió al teatro para oír por
primera vez una famosa tiple, que era la delicia de
los aficionados; y su voz dulce y armoniosa, que arrancaba aplausos a cada
momento, fue para el joven un ruido cualquiera, como los aullidos de un perro.
Al rayar el alba, se dirigió al palacio del
hada, y presentándose a ella le dijo:
-Devuélveme mi corazón, porque quiero
experimentar las penas y las dulzuras de este mundo, en una palabra «quiero
vivir».
-¿No te he dicho yo que algunos vuelven?
-respondió ella sonriendo. Y de nuevo ejecutó el cambio.
-¡Qué leyenda tan inverosímil! -observó
Clotilde.
-¿No te ha gustado?
-No.
-Pues al menos, te habrá distraído.
-Mira, yo en esta ocasión me alegraría de
tener el corazón de piedra, para no sentir tanto la muerte de mi hija.
-Ese sentimiento, hoy tan vivo, se irá
cambiando con el tiempo en una vaga melancolía y conservarás un grato recuerdo
de la niña como de un ángel que ha visitado tu hogar y se ha remontado otra vez
al cielo.
Por lo demás, yo me alegro de tener compasión
y sensibilidad, y de que la tengan mis hermanas. Si Amparo no la tuviese, ¿qué
hubiera sido de nosotros en nuestros primeros años? ¿Qué sería hoy de nuestro
anciano padre? Si todos los corazones fuesen duros e insensibles, qué sería de
la humanidad triste y desvalida?...
-Chico, para militar eres demasiado poeta,
-dijo Clotilde, algo picada.
El artillero cambió de conversación.
Algunos años después, murió el padre.
Alfredo, que había casado con una señorita discreta y virtuosa, y era padre de
dos hermosos niños, llevó a su lado a su querida Amparo, viviendo los tres en
íntima unión.
Hoy, el jefe de la familia ocupa un elevado
empleo en la milicia, y la hermana que se ha negado a contraer matrimonio, por
no separarse de sus amados hermanos y angelicales sobrinitos, vive adorada de
todos, estimada de cuantos la tratan, y bendecida de las muchas familias a
quienes prodiga sus beneficios.
Gonzalo se ha corregido un poco, pero sigue
siendo bastante calavera. Desempeña una notaría, que le rinde pingües ganancias, aunque no tantas como necesitaría para
sus prodigalidades.
Terminada la lectura, los amigos se separaron
deseándose un tranquilo sueño.
Velada undécima
Estaba para partir la familia de nuestros
amiguitos, mis jóvenes lectores, se aproximaba el día de separarse de sus compañeros,
y una deliciosa noche de verano convidaba a disfrutar del placido ambiente del
terrado.
Antes de cenar, Pepito
y María en compañía de sus padres habían dado un largo paseo por la playa,
recogiendo entre la arena conchitas y caracoles, luego dieron cuenta de su
parte de cena con excelente apetito, y sentados después en el lugar de
costumbre, dijo el joven lector:
-Leo otro cuento por despedida?
-Lee, si estos señores no tienen
inconveniente, contestó el padre aludiendo a la viuda y sus hijos.
-Al contrario, oiremos con muchísimo gusto,
repuso ésta en nombre de los tres.
-Y Pepito empezó la
lectura del cuento en los siguientes términos:
Las flores vengativas
Alberto y Luisa, padres de un precioso niño
de tres años, vivían en paz y unión, gracias al carácter tolerante y sufrido de
la esposa, pero no podían ser más opuestos sus gustos e inclinaciones.
Educada ella por unos padres celosísimos de
su bien y en el colegio por una ilustrada profesional era instruida, económica,
laboriosa y amiga de la tranquilidad y el reposo; amaba, pues, las reuniones
familiares o de amigos íntimos, mientras él, sin ser un libertino ni siquiera
un calavera, prefería los bailes de sociedad, las funciones de teatro, las
carreras de caballos, etc.
Ha de consignarse, para hacerle justicia, que
pocas veces asistía solo a estas diversiones, pues al iniciar la idea de una de
ellas y poner alguna objeción la esposa, contestaba él: «Ea,
pues, solo no voy: nos quedaremos en casa.»
Y se quedaba en casa en efecto, pero de un
humor tan pésimo, que los criados y hasta su amantísima esposa, hubieran
preferido que se hubiese marchado.
Para complacerle, pues, consentía Luisa que
todos los años al principio de la temporada se abonasen a uno de los mejores
teatros, exceptuando el primer año de la lactancia de su chiquitín, a quien
amamantaba ella misma. El marido se abonó solo, pero asistió muy pocas noches.
Menos condescendiente por su parte, cuando su
esposa le anunciaba que en su casa pensaba recibir algunas amigas de confianza,
o asistir a una reunión a la propia índole, le contestaba:
Haz lo que quieras, pero yo no asistiré.
Efectivamente, si hacía buen tiempo, se iba a
paseo y si no, a la cama, o permanecía encerrado en su gabinete.
Tenía fincas, que administraba él mismo, y en
cuanto a contabilidad era sumamente entendido, sin que en los demás ramos del
saber humano brillase por sus conocimientos.
Vivían en la hermosa ciudad de Barcelona y
poseían a corta distancia una linda casa de campo, (que vulgarmente llaman
torre) dotada de un extenso jardín, en cuya bella mansión solían pasar el
verano.
Alberto se aburría soberanamente en el campo,
al paso que Luisa gozaba cultivando sus plantas, se entretenía con la lectura o
las labores, para las cuales era muy primorosa, y salía por las noches a pasear
con algunas vecinas, o bien se reunían unas cuantas amigas, y pasaban
agradablemente las veladas.
El punto de reunión, para solazarse con
juegos inocentes, o grata y amena conversación, era una casa inmediata a la de
Alberto y Luisa, en la que había jóvenes de uno y otro sexo, todos hermanos, y
cuya madre ya muy anciana, apetecía sin embargo el trato y la sociedad, y por
tanto agradecía mucho que fuesen a hacerle compañía.
Llegó el 8 de septiembre, día de la fiesta
onomástica de la hija mayor de la casa, y se organizó una velada para
obsequiarla, velada cuyo programa era sencillo y variado: se elevaría un globo,
se dispararía un pequeño ramillete de fuegos artificiales, habría un concierto
en que tomaría parte Luisa, que tocaba admirablemente el piano; y los jóvenes,
y hasta los niños, bailarían un rato.
No era Luisa partidaria de que las criaturas
de corta edad asistan a tertulias y teatros y se recojan tarde, pero esta vez,
por estar de campo, no tener allí más que una criada y ésta reciente en la
casa; (por lo cual no le inspiraba completa confianza determinó llevar consigo
a su hijo, resuelta a retirarse cuando a él le rindiese el sueño.
Alberto consintió en acompañarla y tomó parte
en la función pirotécnica, pero pronto se cansó, determinando marcharse a su
casa; y llamó a parte a su mujer y sostuvo con ella el siguiente diálogo:
-Mira, hija, yo aquí me fastidio, pretextaré
un dolor de cabeza y me retiraré.
¿Te irás a la cama tan pronto?
-No, te esperaré levantado, por si la
muchacha se duerme.
-¿Quieres que me vaya contigo?
-No, puedes quedarte.
-¿Qué harás entretanto?
-Leer en mi gabinete.
-En ese caso, manda a la muchacha que saque
al jardín el jarro de flores que hay sobre la chimenea del recibidor inmediato
al gabinete, o sacalo tú mismo.
-¿Y si no lo sacase, qué sucedería?
-Te daría dolor de cabeza, y acaso algo peor.
-Eso son aprensiones de mujeres.
-No, hombre, no. En cualquier tratado
elemental de física, que por cierto no suelen escribirlos las mujeres,
encontrarás que los vegetales respiran a su manera, sirviéndoles de pulmones
las hojas y demás partes verdes: durante el día, absorben una gran cantidad de
gas carbónico, dejando libre el oxígeno pero en la oscuridad se desprenden del
gas carbónico que han absorbido de día, envenenando la atmósfera, y como el
ramo es muy grande y la estancia pequeña...
-Eres una marisabidilla fastidiosa.
Muchas gracias.
-Anda, anda, que te esperan para empezar el
concierto.
-Y después de despedirse de los contertulios,
dijo a su chiquitín, que jugaba con otros niños:
-¿Quieres venir, Albertín?
-No, papá, respondió éste, prefiero quedarme
con mamá.
La casa de Alberto era bonita pero reducida.
En los bajos tenía, a un lado y otro de una artística escalinata, la cocina, el
comedor y el cuarto de la criada; y detrás de estas habitaciones, un jardín. La
escalinata conducía a una antesala, tras de la cual estaba la salita de
recibir; y a un lado de ésta, otra sala a la inglesa, en que dormía el
matrimonio, y un cuarto que ocupaba la camita del niño. Al otro lado estaba el
gabinete y el recibidor de que habían hablado los esposos; una gran puerta se
abría enfrente de la escalinata, y otra pequeña comunicaba por el campo con el
jardín.
Alberto subió por la última; después de abrir
y volver a cerrar la puerta pequeña, se cercioró de que la otra estaba cerrada,
la sirvienta dormitaba en la cocina y sólo una luz alumbraba en lo alto de la
escalinata.
El joven entró en su gabinete, apagó el fósforo
que llevaba en la mano, sentose en un mullido sillón
que había detrás de la mesa, apoyó los brazos en ésta, dejando caer la cabeza
sobre ellos y empezó a discurrir de la siguiente manera:
Pues señor, mi Luisa es muy buena, mucho,
demasiado tal vez, pero a mí me gustaría que fuese como otras, un verdadero
mueble de lujo, que hiciese en el Liceo y en el paseo de Gracia, que no tocase
tan bien el piano, y así no tendría que alternar, como hoy, con una cuadrilla
de cursilones, vestida ella misma con un trajecito sencillo; y que no se
metiese en esas bachillerías de la física y el oxígeno... Y el caso es que me
duele la cabeza... Bah, será aprensión, y aunque no
lo fuera, no quiero darle gusto sacando el jarro del recibidor. ¡No se pondría
ella poco hueca de ver que la había obedecido!
El dolor de cabeza fue aumentando y las
sienes le latían con fuerza, un malestar general se apoderó de él, levantó la
cabeza pero volvió a dejarla caer pesadamente sobre la mesa, y se quedó
dormido.
Algún tiempo permaneció así, y al despertar
sintió un mareo y una angustia insoportables, llamó pero no le contestaron, dio
algunos pasos vacilantes y al llegar al recibidor cayó sin sentido.
Entretanto, Luisa invitada a tomar parte en
una y otra pieza, acompañando con su amabilidad acostumbrada, ya a una señorita
que tocaba el violín, ya a otra que cantaba, ya tocando un nocturno a cuatro
manos con el hijo de la casa, pasó la velada agradablemente en medio de los
aplausos de la concurrencia, y como mirase de cuando en cuando a Albertín, y le viese entretenido con otros niños, sin
manifestar sueño ni cansancio, acostumbrada por otra parte a las
excentricidades de su marido y a sus evasivas en las reuniones, estuvo
tranquila hasta la una de la mañana. A esta hora se sirvieron algunos dulces y
refrescos, y muchas señoras, especialmente las que tenían hijos de corta edad,
se retiraron.
El pequeño Alberto dijo entonces que tenía
sueño, su madre se despidió afablemente de sus contertulios, y con él en los
brazos se retiró acompañada del hijo mayor de la casa. Al llegar a la suya,
llamó a la puerta principal, abriole la criada y se retiró el acompañante.
-¿Dónde está el señorito?
preguntó Luisa.
-No lo sé, respondió la muchacha, ha entrado
por la puerta del jardín, y después no sé si se ha acostado o está en su
gabinete, pero no tiene luz.
-Encienda V. la de la sala y la del gabinete,
y retírese, ordenó la señora.
La sirvienta obedeció.
Penetró Luisa con su hijo en brazos en la
sala donde no suponía encontrar a nadie, y en efecto fue así; entró en el
dormitorio y tampoco estaba allí su esposo, desde allí pasó al gabinete
iluminado por la lámpara que acababa de encender la criada. Se respiraba allí
una atmósfera asfixiante cargada del fuerte perfume de las flores del recibidor,
salió a esta pieza y su pie tropezó con el cuerpo de Alberto, que estaba
tendido en el suelo sin voz y sin movimiento.
Un grito de terror se escapó a un tiempo de
la garganta de Luisa y de la de su hijo, la criada sorprendida volvió a subir,
y se lanzó a la calle a pedir auxilio; los vecinos que habían celebrado la
fiesta, y que aun estaban levantados, como la mayor parte de los convidados,
acudieron inmediatamente.
-Unos sacaron al jardín al desmayado joven,
le quitaron la corbata, la levita y el chaleco, le echaron agua fría en el
rostro, y a falta de sal de amoniaco, que es lo mejor en tales casos, le
hicieron aspirar agua de colonia; otros rodearon a la señora y al niño tratando
de calmar la ansiedad de la primera.
Alberto volvió en sí y poco después subió a
su habitación apoyado en el brazo de uno de sus amigos, le echaron en su cama
dejando el balcón abierto y le hicieron tomar algunas tazas de café; y los más
íntimos no le abandonaron en toda la noche, acompañando a su esposa. Por la
mañana, cuando llegó el médico, que se envió a buscar a Barcelona, lo encontró
restablecido.
Pocas noches después tomando el fresco en el
jardín, decía Alberto a su esposa:
Como estoy escarmentado, temo que nos
perjudique el aroma de las flores que aspiramos con tanta delicia.
Más bien el relente de la noche, amigo mío,
contestó Luisa, por cuya razón nos retiraremos cuando gustes; por lo demás, el
grato perfume que se desprende de los jazmines y heliotropos que nos rodean no
puede causarnos ningún daño, estando al aire libre; solamente hay peligro
cuando se tienen plantas vivas o recién cortadas, de noche, en una habitación
cerrada, como sucedió no ha mucho, con grave perjuicio tuyo.
Es que gato escaldado hasta del agua fría
huye.
Luisa contestó riendo:
Pues no huyas, porque esto es verdaderamente
agua fría.
-¿Sabes que las flores se parecen a las
mujeres?
-Nuestros aduladores dicen que en lo
hermosas.
-Y yo digo que en lo vengativas.
-Las mujeres cristianas no somos vengativas,
y las pobres flores tampoco. ¿Qué saben ellas?
-Pues mira, yo digo que son vengativas,
porque mientras están tranquilas en su tallo no son nocivas, y si se las separa
del tronco y se las encierra se convierten en crueles enemigos, más venenosas
que las víboras y las culebras.
-¡Pobres flores! repito ¡tan bellas y casi
todas tan olorosas!
La Naturaleza, o mejor dicho su autor divino,
les ha dado las propiedades de que te hablaba la otra
noche cuando me llamaste marisabidilla, y ya que con un refrán has empezado
esta conversación, te suplico que retengas en la memoria dos muy vulgares pero
muy verdaderos.
-A ver los refranes.
-El primero es: «El saber no ocupa lugar»
esto es que los conocimientos adquiridos en cualquier materia nunca estorban, y
en ocasiones dadas nos son o pueden sernos sumamente útiles; y es el segundo:
«El consejo de la mujer es poco y el que no le toma un loco.»
El niño cerró el libro.
¿Se ha acabado el cuento? preguntó Emilio.
-Si señor, contestó Pepito.
-¿Saben Vds., que oyendo leer ese libro me he
acordado de la fábula del león? añadió él.
-No la sabemos, cuéntela V., dijeron Pepito y María.
-Pues es muy sencilla y muy sabida, repuso el
otro, atended:
-Un artista pintó un hermoso cuadro, en que
un hombre luchando con un león le había postrado vencido a sus pies. Pasó otro
león y mirando la pintura dijo filosóficamente ¡Cómo se conoce que el autor de
ese cuadro es un hombre y no un león! de otro modo, hubiera hecho más justicia
a nuestra fuerza y nuestro poder.
-¿Hablan por ventura los leones, observó
María?
-No por cierto, niña mía, repuso Emilio pero
de los escritos narrativos entre otras clasificaciones suele hacerse la
siguiente: Históricos, en los cuales debe resplandecer la verdad absoluta, no
ocultando ni desfigurando los hechos. Cuentos o novelas, en los que la verdad
es relativa; esto es, que los acontecimientos que nos refieren, si no son
ciertos pudieran muy bien serlo, porque no hay en ellos nada sobrenatural, ni
superior a las facultades humanas; y por último, fábulas o apólogos, que todo
el mundo sabe que no son ciertos, pero que atribuyendo a los animales, plantas,
etc., la facultad de hablar, hace que sus discursos contengan lecciones
provechosas o máximas y preceptos morales.
La leyenda que Alfredo refirió a su hermana
también es inverosímil pero tiene un fin moral. La fábula que yo he resumido,
pone en boca del león la expresión del pensamiento que le ha sugerido la vista
del cuadro; esto es, que generalmente relatamos, escribimos o pintamos no lo
que es en realidad, sino lo que quisiéramos que fuese, lo que halaga nuestra
pasión o nuestro deseo.
-¿Y qué relación tiene eso con el libro que
mi hijo ha leído? dijo D. Ignacio.
-¿No han dicho Vds. que lo ha escrito una
señora?
-Sí tal, una profesora.
-Pues ha puesto de relieve las virtudes del
bello sexo.
-Y las del fuerte también, Emilio, respondió
su madre. ¿Quieres mayor nobleza y magnanimidad que la de Justo, en el cuento
que lleva por epígrafe «Un corazón generoso?» ¿alma
más tierna y compasiva que la de Juanito en el de «El
Niño y el perro?» Convengamos en que la niñez de uno y otro sexo tiene en él
bellísimos ejemplos que imitar.
La conversación se prolongó, girando después
sobre otros asuntos y terminó agradablemente la velada, que debía ser la última
que pasaban juntos en el balneario; pues D. Ignacio, muy mejorado debía
regresar el día siguiente a Madrid con su familia.
Al rayar el alba, salieron acompañados de
varios amigos, que no los dejaron hasta llegar a la estación y verlos
instalados en el tren.
Silbó la máquina y comenzó a lanzar bocanadas
de humo, que los rayos del sol naciente tornasolaban y convertían en doradas
nubecillas.
Los viajeros, mientras pudieron ver a sus
compañeros agitaron los pañuelos en señal de despedida, pero pronto el tren,
con su vertiginosa carrera, les hizo perder de vista la estación y las personas
que la poblaban.
Iban solos en un departamento de primera, D.
Ignacio y su esposa satisfechos del éxito de su expedición, callaban y se
complacían en admirar las galas de la naturaleza, que empezaba a perder algo de
su encanto con los ardores del sol de estío. Entre las hojas verdes como
esmeraldas, se veían algunas pálidas o que ostentaban un ligero tinte dorado.
Aquí, una bandada de pajaritos volaba espantada por el ruido del tren; allá un
ruiseñor interrumpía su poético canto matutino, para emprenderlo de nuevo en
cuanto reinase el silencio; solamente las cigarras que tenían sus nidos en los
árboles vecinos a la vía férrea, acostumbradas al ruido, continuaban su monótono
canto que anunciaba un día caluroso.
Los niños, asomados a las ventanillas,
charlaban alegremente; gozando con anticipación con el relato que preparaban de
su excursión veraniega, para sus amiguitos y compañeros de colegio.
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