D. Manuel Ibo Alfaro

 

 

            Vivir es amar Parte tercera

 

 

        Obra en 20 volúmenes

 

             Volumen XX (Último)

 

 

 

           Capítulo primero El tío Pedro y la tía Juana

 

 

  Abandonemos las grandezas de Londres, de París, de Madrid, y volvamos a disfrutar la plácida calma que se respira en Pasajes. Releguemos al olvido por un momento las escenas que hemos visto desarrollarse en diferentes países del globo; fijémonos en el mes de setiembre de 1836, y examinemos los sucesos que desde aquella época han tenido lugar en casa del tío Pedro y de la tía Juana.

  Cuando Pedro, el joven Pedro, con el alma traspasada de dolor, huyó de su pueblo porque su corazón enamorado no podía soportar la vista de aquellos poéticos lugares, de aquellos lugares, que durante toda su vida había frecuentado con María; cuando arrancándose de los brazos de su abuelo, entró en la fragata que había de conducirlo lejos de su país natal, su abuelo, el anciano tío Pedro, con lágrimas en los ojos, se subió lentamente a la cumbre de Arando Chico, y desde allí con el pecho ahogado por la más honda pena, sin conciencia de su vivir, estuvo contemplando la fragata, hasta que la fragata desapareció de su vista, traspasando los límites de un horizonte azul.

  Cuando dejó de descubrir la fragata, exclamó aquel desgraciado:

  --!Adiós, nieto de mi vida... ya no te veré más! Y el infeliz anciano continuaba con los ojos fijos en el mar, como si entre las rizadas olas o entre la blanca espuma aún columbrara el buque que se llevaba al nieto de sus entrañas.

  Inmóvil el tío Pedro, magnetizado por la fuerza del dolor que sufría su alma, allí continuó, ya llorando, ya suspirando una hora y otra hora... y pasó la mañana y el sol dobló el meridiano, y comenzó la tarde, y el tío Pedro seguía fijo en la cumbre de aquella roca; y allí hubiera continuado no sabemos hasta cuándo, hasta que la pena hubiera consumido su existencia, si el tío Isidoro, que a su casa fué a buscarlo, y no lo halló en su casa; que fué a buscarlo en la plaza de Bonanza y no lo halló en la plaza, no hubiera subido monte arriba por indicación de algunos muchachos, y lo hubiera sacado del triste parasismo en que estaba sumergido.

  Cuando el tío Isidoro se acercó al tío Pedro, aún se encontraba el tío Pedro sentado en la misma piedra en que se sentó por la mañana; pero entonces no contemplaba el mar, ni el horizonte, ni el cielo; entonces tenía la cabeza inclinada al suelo, el rostro oculto entre las manos, y derramaba amargas lágrimas... !que lágrimas de los ancianos casi siempre van saturadas de amargura!, pensaba en que ya no volverían a ver ni a Pedro ni a María; pensaba en que ya había concluído la alegría en su casa; !pensaba en que él y su anciana esposa, terminarían sus días en la más negra soledad! Una calma apacible reinaba en el cumbre de aquel monte; desde allí no se escuchaba el ruido del pueblo; desde allí no se oía sino el leve murmurio del céfiro al besar con suavidad las hierbas, y el profundo, lejano, misterioso bramido del mar.

  Así que el tío Isidoro descubrió al tío Pedro, se dirigió hacia él con paso ligero, compadeciendo su situación; que también los campesinos sienten la desgracia y respetan y compadecen y consuelan, tal vez más que nadie, al infeliz que sufre.

  El tío Isidoro se aproximó al tío Pedro, se paró junto a el, y tocándole en el hombro, le dijo:

  --!Pedro! El tío Pedro despertó, asustado, de su enajenamiento, volvió la cabeza, y sorprendiéndose al verlo, exclamó:

  --!Dónde vas? --Por tí -contestó el tío Isidoro-. Vamos, que es tarde, y que la tía Juana te espera en casa.

  --!Es verdad! -exclamó el tío Pedro rompiendo en acerbos sollozos-.

Mi pobre mujer me esperará con anhelo, y me esperará sola, sola y afligida... !Cómo ha de ser!...

  Y observando el tío Isidoro que otra vez ocultaba el rostro entre las manos, le dijo con más energía:

  --!Vamos, Pedro! --Vamos -contestó el tío Pedro.

  Y se puso en pie.

  Pero quedándose inmóvil, con la vista fija en el mar, exclamó tomando una mano al tío Isidoro:

  --?Ves, amigo mío, ves aquel horizonte sin fin?... !Por allí se ha ida mi nieto... ya se ha separado para siempre de mí! --Vamos a casa, Pedro -replicó el tío Isidoro.

  Y el tío Pedro volvió a exclamar, agolpándose de nuevo las lágrimas a sus ojos:

  --!Pobre nieto de mi alma! !Qué será de tí sin recursos por esos mundos desconocidos! Y tomándolo el tío Isidoro de un brazo, los dos comenzaron a bajar la pendiente del monte.

  Cuando aquellos dos buenos amigos llegaron a casa del tío Pedro y entraron en la cocina, encontraron sentadas en torno del fogón, cabizbajas y silenciosas, a la tía Juana, la tía Josefa, la tía Petra y la tía Manuela. Así que la tía Juana vió entrar a su marido, rompió otra vez a llorar, y el tío Pedro, sentándose descorazonado en el escaño de costumbre, le dijo con tristeza:

  --Llora, Juana, llora; que ya hemos perdido las dos prendas queridas que hacían la alegría de nuestra casa, y que iban a ser el consuelo de nuestra vejez.

  Como aquellas buenas mujeres se esforzaran por consolar a la tía Juan, prosiguió el tío Pedro:

  --Déjenla ustedes que se desahogue, déjenla ustedes que llore, que ya tiene la infeliz por qué llorar.

  Y él se llevó también el pañuelo a los ojos.

  De esta manera se deslizó para aquella pobre familia el día 12 de setiembre de 1836.

  Las exclamaciones que más de una vez pronunciaron en su dolor el tío Pedro y la tía Juana fueron una verdad; la alegría había desaparecido de su casa... Desde aquel día todo fué en ella tristeza.

  Por la mañana y por la tarde el tío Pedro vagaba errante, ensimismado, por la orilla del canal, por la plaza de San Juan, por la plaza de Bonanza, con las manos a la espalda y la cabeza baja, siempre mirando al suelo, como si una idea fija, tenaz, atormentara su espíritu; sin hablar con nadie, sin fijarse en nadie, casi sin contestar a los que al pasar junto a él le decían adiós.

  Por la noche se reunía en su cocina la habitual tertulia; pero aquella tertulia sólo servía entonces para despertar en la mente del citado matrimonio el recuerdo de las horas de ventura, que habían concluído ya.

  Allí no se servía como en tiempos más felices sagardúa ni tortas de maíz; allí no se hacía, sino quejarse de las desdichas humanas, de los contratiempos de esta vida terrenal.

  La primera vez que se reunió la tertulia después de la desgracia ocurrida en casa del tío Pedro, es decir, la noche de que venimos hablando, la del día en que Pedro abandonó su pueblo, y el tío Isidoro tuvo que subir al monte en busca de su afligido amigo; aquella noche, al acomodarse en torno a la lumbre las personas de siempre, se sentó la tía Petra en el banco de roble que había en uno de los rincones del fogón; mas el tío Pedro, después de mirarla un rato, le habló así:

  --Petra, no te incomodes por lo que voy a decirte; pero no puedo menos de pedirte un favor.

  --Dime lo que quieras, Pedro -contestó la tía Petra en tono complaciente.

  --Mira -prosiguió el tío Pedro-, quítate de ese banco y siéntate donde te sentabas antes; en ese banco se han sentado toda la vida mis dos nietos, y no quiero que nadie lo ocupe no estando ellos.

  La tía Petra abandonó ligera aquel banco y se sentó en el suelo.

  --!Dios mío! !Si aún me parece que los veo a los dos ahí hablándose de amor! El tío Pedro ocultó conmovido el rostro entre las manos; la tía Juana se llevó el pañuelo a los ojos, y los circunstantes guardaron sepulcral silencio.

  De esta manera transcurrió el mes de setiembre y parte del de octubre.

  La tía Josefa, la tía Petra y la tía Manuela se conducían como buenas amigas con la tía Juana, haciéndole, además de la tertulia, algunos ratos de compañía, y el tío Isidoro sacaba a pasear, siempre que sus faenas se lo permitían, al tío Pedro.

  Como el tiempo es el bálsamo prodigioso, como es el gran remedio que Dios ha concedido al hombre para cicatrizar las heridas de su corazón, a medida que el tiempo pasaba, iba resignándose con su desgracia aquel anciano matrimonio.

  Por la época a que nos referimos, ardía en las Provincias Vascongadas la guerra civil con más fuerza que en parte alguna de España.

  No era ya esta guerra como hasta entonces había sido, una lucha desordenada de partidos, que se buscaban furiosos, que se encontraban, y sin orden se batían, no; la guerra obedecía ya a un pensamiento; la ciencia había sustituido la casualidad, y un plan determinado y fijo guiaba a los dos bandos políticos.

  Desde que el conde de Casa-Eguía sucedió en el mando del ejército carlista a Moreno, y don Bruno Villarreal al conde de Casa Eguía; desde que tomó el mando del ejército liberal el célebre don Luis Fernández de Córdoba; desde que a Córdoba siguió por algunos días Espartero, y a Espartero y a Córdoba sucedió interinamente Oráa; desde que caudillos tan ilustres se pusieron a la cabeza de las dos formidables huestes, la guerra tomó un carácter formal, estratégico, grande, digno de una nación civilizada.

  No pretendemos con esto decir que ensañamiento de las dos banderías se entibiara; más entusiasmado cada ejército, corría con más frenesí al combate, y torrentes de sangre española regaron durante aquella época los poéticos, los pintorescos campos de Guipúzcoa, Álava y Vizcaya.

  En el año 1836, que es el período por donde ahora tendemos nuestra mirada, hubo un empeño decidido por parte de los carlistas en tomar la ciudad de San Sebastián, contra la cual hicieron repetidas, pero infructuosas tentativas.

  Durante aquel año presenciaron los habitantes de las Provincias Vascas, entre otros hechos de armas, que evitamos citar, el sitio de Guetaria, las acciones de Arlabán, el sitio de Balmaseda, el de Mercadillo, el de Plenzú, la acción de Orduña, la de Vuya; el sitio de Lequeitio, el encuentro de Miñano Mayor, la acción de Orantia, las de los Puertos de Arlabán, las repetidas operaciones sobre Fuenterrabía, la acción de Medianas y Carrasquedo, la de Armoniz, y varios tiroteos en las márgenes del Urumea, de ese ameno río, que atravesando lento una vega cubierta de caseríos y esmaltada de flores, va a confundir sus aguas en el Zurriola, con los ondulantes rizos de las aguas del mar.

  Pasajes, ese humilde pueblo, dulce morada en otro tiempo de Pedro y María, escucha más de una vez el estampido del cañón, que se dispara en las cumbres de sus montes; y sus dos barrios, ora se encuentran en poder de las tropas liberales, ora en poder de los carlistas. !Qué desgracia tan colosal es para las naciones una guerra civil!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             Capítulo II La caridad del pobre

 

 

  El día 15 de octubre amaneció opaco y melancólico; densas nubes cubrían el cielo; algunas gotas de agua se desprendían por intervalos de las nubes, y un violento huracán silbaba con eco plañidero al agitarlos árboles de los bosques y los jarales de la montaña.

  Pasajes y sus alrededores disfrutaban entonces de tranquilidad, porque el nuevo sitio de Bilbao, para el que se andaba en preparativos, había arrastrado hacia Vizcaya casi todas las tropas, tanto carlistas como liberales.

  Son las once y media de la mañana; sentado en un escaño del fogón de su cocina se encuentra el tío Pedro en ademán triste y pensativo, mientras que la tía Juana pone junto a él la humilde mesa para comentan luego como en el reloj de alguna de las dos parroquias suenan las doce.

  !Qué aire de tristeza reina en esta cocina, modelo no hace mucho tiempo de alegría y felicidad domésticas! Terminado el arreglo de la mesa, tomó asiento la tía Juana en el fogón esperando la hora; y marido y mujer confirmaban con la cabeza baja, sin hablar palabra, cuando los sacó de aquel estado de abatimiento una voz dulce que gritó desde la escalera:

  --!Deo gracias! --!A Dios sean dadas! -contestó la tía Juana.

  Y antes de que el marido ni la mujer tuvieran tiempo para reponerse de su sorpresa, se presentó en la cocina Herminia:

  --!Doña Herminia! -exclamó la tía Juana levantándose de su asiento precipitadamente y loca de contento.

  --!Tanto de bueno por aquí! -exclamó él tío Pedro poniéndose también de pie.

  Herminia se llevó el pañuelo a los ojos.

  --?Llora usted? -exclamó el tío Pedro.

  --?Qué tiene usted, señora? -preguntó la tía Juana.

  --Qué he de tener, tía Juana -respondió Herminia con afligida voz-, qué he de tener sino trabajos sobre trabajos...

  Herminia se sentó en una silla que junto al fogón le puso la tía Juana.

  El tío Pedro volvió a sentarse donde antes estaba y la tía Juana, al tomar asiento de nuevo en el fogón, preguntó pasando la mirada por Herminia:

  --?Por quién lleva usted luto, señora? --Por mi sobrino Leopoldo -contestó Herminia enjugándose con un pañuelo las lágrimas.

  --?Ha muerto su sobrino de usted? -gritaron a la vez el tío Pedro y la tía Juana asombrados.

  --El día 8 de este mes.

  Herminia no había visto al tío Pedro ni a su mujer desde que, más alegre que hoy, fué a servir de paraninfo en las frustadas bodas de Pedro y de María; encontrándose, como sabemos, en todos los desastres que entonces sucedieron en aquella casa.

  Herminia, la pobre Herminia, aunque siempre de mirada dulce, de rostro majestuoso y atractivo, manifestaba diez años más que aquel día; su traje de luto era viejo y raído, y todo su porte revelaba el dolor, los trabajos y aun la miseria.

  --Diga usted, señora -preguntó el tío Pedro-; ?su sobrino de usted, aquel gallardo militar, ha muerto de muerte natural o en el campo del honor? --Ha muerto de un balazo que le atravesó el pecho.

  --Jesús, María y José -exclamó la tía Juana santiguándose.

  --En estos tiempos -repuso el tío Pedro-, tienen los militares vendida su vida. ?Ha muerto acaso en la acción de Alzá? --No, señor; a esa sangrienta acción asistió también, en ella se batió como un héroe, tanto, que premiaron su valor, dándole la efectividad de capitán.

  --Mire usted... -exclamó la tía Juana sin apartar la vista del rostro de Herminia.

  --Ha muerto en la pequeña escaramuza que su compañía sostuvo el día 8 en las casas de Alzá y Amlay; allá donde no hubo, sino unos cuantos heridos, donde no resultó ningún otro muerto, una bala fatal atravesó su pecho.

  --!Pobre joven! -murmuro el tío Pedro.

  Moribundo cayó en los brazos de un teniente, amigo suyo. !Su última palabra, su último suspiro, no fueron para su madre: fueron para mí! Herminia se llevó el pañuelo a los ojos; la tía Juana lloraba también; el tío Pedro escuchaba con religioso silencio.

  --"Diga usted a mi tía, encargó a su amigo, que mi último pensamiento es para ella, que pida por mí a Dios, y que llore por mí"; esto dijo, y exhaló el postrimer suspiro.

  Herminia y la tía Juana continuaban llorando.

  --!Qué diantre! -exclamó el tío Pedro-; no se apure usted por eso; estas desgracias son tan naturales en tiempo de guerra...

  --!No es esa sola la desgracia que me aflije, tío Pedro! --?Qué más le ocurre a usted, señora? -exclamó la tía Juana.

  --Doña Herminia -dijo el tío Pedro-, usted viene hoy muy afligida.

  --Me sobran motivos para ello -le interrumpió Herminia.

  --Pues bien; desahogue usted aquí su espíritu; aquí no hay más que pobreza; pero esa pobreza está toda a la disposición de usted.

  Herminia se echó a llorar abiertamente.

  --Toda -continuó el tío Pedro con noble ademán-. Usted es la persona a quien más amaban nuestros nietos, y ya que ellos no están... reciba usted por ellos nuestro cariño.

  El tío Pedro se sintió conmovido; Herminia vertía abundantes lágrimas; la tía Juana se limpió los ojos con el falso de la saya.

  --Diga usted con franqueza lo que le sucede, señora, y enjugue su llanto, que mientras en esta casa haya un pedazo de pan, la mitad de ese pedazo será para usted.

  --Muchas gracias, tío Pedro -exclamó entre sollozos Herminia-. !Ah, no comprenden ustedes cuánto sufre hace días mi alma! Y levantó los ojos al cielo.

  --?No podemos saber por qué sufre usted tanto, doña Herminia? -preguntó la tía Juana.

  --Pues no han de poder ustedes saberlo; !si vengo a pedir a ustedes piedad!...

  --Hable usted, señora, desahogue usted su corazón -dijo el tío Pedro.

  --Lo haré -prosiguió Herminia, mientras el tío Pedro y la tía Juana tenían la vista fija en su rostro.

  --Hable usted con franqueza.

  --Cuando conocí a Carolina, a la madre de María, habitaba yo una de las bonitas casas de Puertas Coloradas, porque mi pobre marido trabajaba bastante en su profesión, y con su producto vivíamos desahogados; cuando la madre de María se cerró en el convento, llegó a los alrededores de San Sebastián un joven cirujano, hijo de un tal tío Roque; este tío Roque, que debía muchos favores a mi marido, se los pagó quitándole con miserables intrigas casi toda la clientela que tenía.

  --Ese vil proceder es muy común en este mundo -exclamó el tío Pedro.

  --Entonces tuvimos que despedir a la criada, que dejar la casa de Puertas Coloradas y retirarnos al Caserío de la Amarilla.

  La tía Juana lanzó un suspiro.

  --Con los amos de ese caserío celebramos el contrato, de que nos habían de dar habitación y mesa para la asistencia facultativa, que mi marido se comprometió a prestar, no sólo a ellos, sino a todos los trabajadores de su hacienda, y por la entrega de lo que aquél recaudara en dos o tres caseríos donde aún lo llamaban a visitar. Así hemos tirado hasta ahora mal, muy mal, sufriendo privaciones y oyendo a todas horas indirectas que llegaban al alma... !Cuánta amargura he sepultado en mi corazón!... Por fin, no hace muchos días dijeron a mi esposo en los dos o tres caseríos que visitaba, que no volviera más, que se habían ajustado con el hijo del tío Roque.

  El tío Pedro hizo un gesto de pena.

  --Los amos del Caserío de la Amarilla, que sin duda sabían esto de antemano, se manifestaron muy displicentes con nosotros; cierto día, en que mi pobre esposo regresó de la visita afligido por tener que decirme que lo habían despedido de tres caseríos, única ganancia con que contábamos, entró el ama de la casa, y con palabras poco atentas nos despidió de la habitación. Mi pobre marido se afectó tanto, que aquella noche le acometió un amago de perlesía.

  --!Dios mío! -exclamó la tía Juana.

  --?Y cómo está? -preguntó el tío Pedro.

  --Está mejor -contestó Herminia-; pero ha quedado torpe del lado derecho.

  --?Y qué ha sucedido después? -preguntó con interés el tío Pedro.

                             --!Qué ha de suceder!... -contestó Herminia afligida-; que esta mañana misma, así que mi marido ha salido de la cama, me ha dicho el ama del caserío que si en el término de dos días no busco dónde vivir, nos arrojará los muebles por la ventana.

  --!Qué inhumanidad! -exclamó el tío Pedro.

  --Mi pobre marido se ha echado a llorar como un niño; porque en este mundo no hay nada que apoque más que la pobreza...

  --!Es verdad! -exclamó la tía Juana.

  --Y yo, afligida, desesperada, a pesar del huracán y de la lluvia, me he venido a ver si ustedes, únicas personas a quienes yo trato en el mundo, hacen el favor de recibirnos en su casa... al menos por ahora...

  --?Ha podido usted dudarlo un momento?... -exclamó el tío Pedro-:

!que por ahora!... Ya he dicho a usted antes, que el pedazo de pan que haya en esta casa se partirá de buena voluntad con ustedes.

  --!Dios se lo pague! -contestó Herminia llorando.

  --Vaya, vaya, no hay que afligirse -dijo la tía Juana-. Ustedes dos ocuparán el cuarto de mi Pedro.

  --Mi marido -prosiguió Herminia entre sollozos- encontrará alguna visita en el pueblo; yo coseré algo, y con lo que a uno y otro produzca nuestro trabajo, corresponderemos a ustedes, en parte, por el gran favor que nos dispensan.

  --No hay que pensar en eso, señora -respondió la tía Juana-; serénese usted, que Dios nunca abandona a los buenos cristianos.

  Herminia derramaba abundantes lágrimas de gratitud.

  En esto sonaron las doce, y en seguida tocaron a oraciones.

  El tío Pedro se quitó la boina, y con su semblante recogido rezó las avemarías, a las que contestaron con verdadero fervor Herminia y la tía Juana.

  --Vaya -dijo el tío Pedro-; no hay que hablar más del asunto. Comamos ahora, y en seguida me iré yo con una caballería a por don Policarpo.

                             --Yo quisiera antes -dijo Herminia- que conviniéramos en lo que hemos de abonar a ustedes mi marido y yo, si no ahora, cuando podamos.

  --Déjese usted de tonterías -dijo la tía Juana.

  --Si me parece que está en casa mi nieta desde que ha venido usted - exclamó el tío Pedro.

  --Hasta más alegre se halla esta cocina -dijo la tía Juana.

  --Vaya, vamos a comer -repuso el tío Pedro.

  Entonces mirando a Herminia la tía Juana, exclamó levantándose y dirigiéndose a ella:

  --!Jesús, señora! Perdóneme usted; aun no me había fijado en que tiene usted la mantilla puesta.

  Y ayudándole a quitarla prosiguió:

  --!Y está toda mojada!... Con las cosas que usted nos ha referido no he dado en esto.

  Después que la tía Juana colgó la mantilla en el cuarto de Pedro sobre una silla, volvió a la cocina, y los tres se sentaron a la mesa.

  El tío Pedro colocó el pan en medio; hizo sobre él y sobre la tartera de sopa la señal de la cruz, y aquellas tres personas comenzaron a comer.

  Cuando concluyeron dió gracias a Dios el tío Pedro, rezando un padrenuestro y una avemaría, y en seguida dijo:

  --Vaya, me voy por don Policarpo.

  --!Cuánta incomodidad causamos a ustedes!... -exclamó Herminia.

  El tío Pedro se dirigió a casa de un amigo, le pidió su mulo, y rompió la marcha hacia el Caserío de la Amarilla.

  La tarde continuaba opaca, el viento silbando con furia, y desprendiéndose por intervalos de las nubes grandes chubascos de agua mezclada con granizo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            Capítulo III  Dulce calma

 

 

  Grata, placentera calma, la calma de la resignación disfrutaron el tío Pedro, la tía Juana, Herminia y don Policarpo, desde que este desgraciado matrimonio fué a vivir en compañía de aquellos buenos ancianos.

  Don Policarpo, hombre burdo y hasta cierto punto ridículo, pero honradísimo y trabajador, había llegado a encontrarse sin una sola visita facultativa, y por lo tanto sin recurso alguno para mantenerse a él y mantener a su espesa. Los amos del Caserío de la Amarilla, en cuyo triste y solitario edificio vivían; aquellos amos, que en un principio se les manifestaron tan cariñosos y complacientes, principiaron muy luego a presentarse ante ellos serios y despreciativos, lo que traspasaba el corazón de la sensible Herminia.

  Herminia callaba por no atormentar a su marido; pero sola, encerrada en su miserable aposento, desde el cual no se veían sino elevadas montañas, se desahogaba vertiendo amarguísimo llanto.

  Después los amos del caserío, no sólo miraban ya con desprecio a Herminia y a don Policarpo, sino que ridiculizaban a uno y a otra, sin cuidarse mucho de ser o no vistos u oídos por éstos; y finalmente, entrando cierto día el ama del caserío en la sala de Herminia, en ocasión en que ésta se hallaba vertiendo copioso llanto, y don Policarpo que acababa de llegar de la visita, sentado a su lado con las manos cruzadas y la cabeza baja, tomó asiento junto a ellos y les habló de esta manera:

  --Señores, sé que don Policarpo no gana ya nada en su profesión, y de aquí se desprende que nada podrá entregarme por el pupilaje de ustedes; ustedes deben conocer que yo no puedo tenerlos de balde, tanto menos cuanto que ocupan la mejor habitación de la casa.

  Tales palabras fueron una espada de dos filos que atravesó el corazón de Herminia. Esta se hubiera marchado en el acto; pero tendió en torno suyo una mirada mental, y encontró que no tenía sobre la tierra ni un miserable rincón donde dirigirse.

  Violentándose en extremo, y conteniendo las ardientes lágrimas que brotaron a sus ojos, contestó a aquella mujer:

  --Tiene usted razón, señora. La desgracia nos persigue tanto, que de algún tiempo a esta parte mi pobre marido casi no gana nada; pero usted no debe olvidar que cuando ganaba algo pagábamos a usted religiosamente; y, sobre todo, que aún hoy visita a la familia de usted y a sus dependientes siempre que alguno de ellos se pone enfermo.

  --No digo lo contrario -respondió con aire despreciativo aquella mujer-.

Hasta ahora ha visitado su esposo de usted a mi familia y mis criados; pero de hoy en adelante tampoco eso hará, porque nos hemos ajustado con el hijo del tío Roque, que es un cirujano joven y de muchos conocimientos.

  Al oír estas palabras, Herminia sintió desvanecerse su cabeza; don Policarpo estuvo a pique de caer desmayado; ni uno ni otro pudieron articular palabra.

  --Sí... -continuó aquella insolente mujer, porque al fin, como dice el tío Roque, pagándolo nosotros de una u de otra manera, que todo es pagar, debemos tener un facultativo moderno, de esos que vienen de las grandes poblaciones, donde tanto se aprende.

  Don Policarpo, encendido como el bermellón, fué a contestar; pero lo contuvo una mirada de Herminia, quien dijo:

  --Bien, señora; mañana comenzaré a buscar casa para trasladarnos, y muy pronto dejaremos a usted desocupada su habitación.

  --Bueno -respondió el ama levantándose de la silla-; pero que las promesas de usted no se queden en palabras.

  Aquella mujer salió del aposento, y don Policarpo y Herminia permanecieron inmóviles, aplanados por el peso de la desgracia, apurando hasta las heces la amargura más negra que jamás ha afligido a matrimonio alguno.

  Pasados algunos momentos de terrible sufrir, durante los cuales lloró Herminia con desconsuelo, dos gruesas silenciosas lágrimas se desprendieron lentas de los ojos de D. Policarpo, y preguntó éste a su esposa:

  --Herminia, ?qué dinero tenemos en casa? Y Herminia contestó:

  --Doce reales.

  --?Y nadie nos debe nada? --Nadie.

  Don Policarpo calló y se llevó el pañuelo a los ojos.

  Herminia levantó los suyos al cielo.

  Largos instantes de silencio se deslizaron entre aquellos infortunadísimos esposos.

  Luego entró en la habitación la niña mayor de la casa, y presentando una carta a don Policarpo, le dijo:

  --Esto ha traído el correo para usted.

  Y se retiró.

                             Mientras don Policarpo la abría tembloroso, preguntó Herminia muy agitada:

  --?Es de nuestro hijo? --De nuestro hijo es -contestó don Policarpo.

  --?Es contestación a la última que le escribimos pintándole nuestra desgracia? --Debe ser -respondió don Policarpo.

  Y al comenzar a leerla, exclamó mirando al cielo:

  --!Bien vengas mal, si vienes solo! --Lee, lee... -exclamó Herminia engañada por el cariño maternal.

  Y don Policarpo leyó:

  "Habana 6 de setiembre de 1836.

  Mis queridos padres: Me escriben ustedes por el último correo manifestándome su desgracia, y suplicándome que los socorra en algo. Me extraña mucho que al trazar estos renglones no hayan pensado ustedes que este país no es ya Jauja, y que lo que gano yo, que es bien poco por cierto, lo necesito para cubrir las atenciones de mi casa, muy grandes desde que soy padre".

  Don Policarpo lanzó un profundo suspiro y dejó de leer; Herminia, pálida como un cadáver, no pudo articular una palabra, ni lanzar un quejido, ni exhalar un suspiro.

  Así se deslizaron algunos segundos, después de los cuales dijo Herminia a su marido con débil voz:

  --Acaba de leer esa carta.

  Y don Policarpo continuo muy abatido:

  "Ustedes necesitan poco para vivir; por lo tanto, con lo que padre trabaje podrán seguir adelante, sin obligarme a mí a cercenar mis recursos. Si algún día éstos crecieran y yo pudiera socorrer a ustedes sin perjudicar a mi mujer ni a mi hija, lo hará con gusto el que lo es de ustedes y les ama mucho - Arturo".

  Don Policarpo dejó caer la carta al suelo, y, descorazonado, inclinó la barbilla sobre el pecho.

  --No te apures -exclamó Herminia cogiendo la carta fatal y metiéndosela en el bolsillo-. Sí, todos, hasta nuestro hijo nos abandonan en la tierra. Dios nos socorrerá desde el cielo.

  Al oír don Policarpo a su mujer, levantó al cielo sus ojos arrasados en lágrimas.

  Llegó la noche; don Policarpo y Herminia bajaron, como de costumbre, a la cocina a cenar con los amos del caserío; pero bajaron temblando, temerosos de recibir durante la cena algún insulto de aquellas gentes. Nadie los insultó, pero nadie les dirigió la palabra; y si Herminia hizo alguna pregunta, le contestaron con dificultad y tan disciplicentes como lacónicos.

  !Qué cena tan amarga fué aquélla para los infelices esposos! Herminia comió muy poco; don Policarpo estaba encendido, con la mirada casi inmóvil, con las pupilas cristalinas.

  El matrimonio se levantó pronto, no de la mesa, sino del banco que hacía de mesa, y despidiéndose con humildad los dos, se retiraron a su cuarto, exclamando Herminia para sí:

  --!Qué desgracia es ser pobre! Se metieron en cama, y apagaran el único cabo de vela que tenían.

  Desde su negruzca alcoba se oía el constante silbar del viento y el profundo, lejano bramar del Océano, que en aquella comarca siempre revienta con bravura sus olas en las acantiladas rocas.

  A eso de las cuatro de la mañana, sintió Herminia que don Policarpo se quejaba de un modo extraño; lo llamó asustada; mas apenas respondió; saltó ligera de la cama, encendió el cabo de vela, y lo encontró con un amago de parálisis.

  Convertida Herminia en una loca, porque ya la desgracia no cabía en su alma, llamó a gritos a los amos del caserío, los que tardaron mucho, muchísimo en responder; les suplicó que fuera una persona a San Sebastián en busca de un sangrador, y todos andaban reacios para ello; nadie se negaba, pero nadie iba; como Herminia lo suplicara una y cien veces en nombre de Dios, llorando, casi frenética, se abrigó por fin bien uno de los criados, diciendo:

  --Yo iré.

                             Y salió de casa.

  Herminia voló a la cabecera de su esposo, acabó de vestirse sin que nadie subiera a acompañarla en tan apurados momentos, y sólo cuando llegó el sangrador entraron con él, muy serios, el amo y el ama del caserío.

  La sangría alivió considerablemente al enfermo, tanto, que al amanecer ya se encontraba fuera de peligro, si bien muy débil.

  En todo aquel día no se apartó Herminia del lado de su esposo: solos, completamente solos, pasaron el marido y la mujer tan triste día, tan peligrosa enfermedad.

  Cuando principió a caer la tarde, y la melancolía y la oscuridad y el pavor comenzaron a apoderarse de aquel lóbrego aposento, exclamó Herminia abrazando a su marido:

  --!Dios mío... Dios mío! !Cuánto he sufrido... cuánto sufro en este mundo! Cuatro días después se vistió don Policarpo a las diez de la mañana, y con el brazo derecho en cabestrillo, y ayudado por su esposa, se sentó en una silla junto a la ventana. En vano buscaba alegría el pobre don Policarpo; la mañana estaba opaca, lluviosa; y allí no llegaba otro ruido que el ruido lejano del Océano, el violento silbido del huracán y el constante cacarear de las gallinas, que escarbaban en los montones de estiércol que se levantaban a derecha e izquierda de la entrada del caserío.

  Muy pocos minutos habían transcurrido desde que salió de la cama don Policarpo, cuando se presentó en su aposento el ama de la casa, quien preguntó a éste de pie:

  --?Ya está usted bien? --Estoy mucho mejor, gracias a Dios -contestó don Policarpo.

  --Pues entonces... -prosiguió aquella mujer dirigiéndose a Herminia que se hallaba descubriendo la cama-, ya pueden ustedes buscar casa, porque ya hace cinco o seis días que se lo dije a usted, señora.

  Herminia, a quien por primera vez faltaron la paciencia y la resignación, respondió más pálida que la muerte:

                             --Esta tarde misma dejaremos a usted libre su casa, aunque mi marido, enfermo como está, y yo, tengamos que dormir en el monte.

  El ama del caserío salió del aposento, y Herminia, febril, convulsa, se puso la mantilla, y acercándose a su esposo le dijo:

  --Hasta luego, Policarpo.

  --?Adónde vas? -gritó asustado don Policarpo.

  --Es necesario tomar una resolución; dentro de hora y media o dos horas estaré aquí.

  Y salió del aposento.

  --!Dios guíe tus pasos... pobre esposa mía!... -exclamó don Policarpo fijando en ella sus ojos hasta que la perdió de vista.

  Herminia, sola, tomó una vereda, que por los montes conducía a Pasajes, y pensando en su desgracia, y con el espíritu elevado a Dios, continuó en marcha sin apercibirse del huracán, que la agitaba con violencia, ni de la lluvia, que caía por intervalos, casi helada.

  Ya sabemos lo que sucedió en casa del tío Pedro y de la tía Juana.

  El pobre don Policarpo, que, sentado en la silla de junto a la ventana, aguardaba con impaciencia a su esposa, pareciéndole años los instantes que transcurrían sin que llegara, se sorprendió de una manera suprema cuando entró en su cuarto el tío Pedro, y mucho más cuando le enteró del objeto de su ida.

  Loco de contento don Policarpo, llorando de gratitud, se levantó ligero, resuelto a comenzar su viaje a pie; mas al encontrarse en la puerta del caserío con un mulo enjaezado, le pareció que soñaba.

  Al observar todo esto los amos del caserío, salieron a la puerta tal cual avergonzados, y al verlos don Policarpo les dijo, mirándoles con intención:

  --Queden ustedes con Dios, señores; Dios aprieta, pero no ahoga.

  Los amos del caserío comprendieron la fuerza de aquellas palabras, volvieron la espalda y se metieron en casa; pero asomándose al portal el tío Pedro, gritó:

                             --Dentro de hora y media estaré aquí a llevarme los muebles de doña Herminia.

  --Venga usted cuando quiera -contestó con mal gesto el amo.

  Entonces don Policarpo, ayudado por el tío Pedro, montó a caballo; se empeñó en que el tío Pedro montara a la grupa; mas como éste se negara terminantemente a ello, cedió aquél, y muy satisfechos uno y otro rompieron la marcha por el sendero del monte hacia Pasajes.

  Cuando Herminia y don Policarpo se encontraron en casa del tío Pedro, se abrazaron, lloraron los dos de júbilo.

  La tía Juana los animó con palabras de cariño; el tío Pedro buscó en seguida al tío Isidoro, alquiló dos burros; y el tía Pedro, acompañado del tío Isidoro, fué al caserío de la Amarilla con los dos burros y el mulo, y en un solo viaje trasladaron a Pasajes todos los muebles de Herminia.

  Aquella noche reinaron en la tertulia del tío Pedro una alegría y un bienestar que no habían disfrutado desde que se ausentaron Pedro y María; y aunque la presencia de Herminia traía a la memoria de aquel anciano matrimonio sus nietos, las dulces palabras de esta señora vertían sobre sus almas consuelo, resignación y aun esperanza.

  Don Policarpo y Herminia durmieron muy tranquilos, muy felices en su nueva morada; la tía Juana y Herminia se levantaron al brillar la aurora, y con los muebles de ésta adecentaron la habitación de Pedro, que fué la destinada a tan buenos huéspedes.

  Veinte veces dijo aquella mañana la tía Juana a Herminia:

  --Jesús, señora; estando con usted, me parece que estoy con mi querida María.

  Y Herminia respondió:

  --Y yo experimento aquí una dulzura interior, que no ha sentido mi corazón desde que se separó de mi lado la madre de María; mi entrañable Carolina.

  !Ah!.... cada vez se encontraron más satisfechos Herminia y don Policarpo de vivir en casa del tío Pedro y la tía Juana, y el tío Pedro y la tía Juana de que en su casa se refugiaran don Policarpo y Herminia.

  Para Herminia fué una suprema felicidad aquel cambio de vida: alma sensible y en extremo delicada la suya, gozaba deliciosa calma al considerarse entre personas afables, que lejos de herirla con soeces indirectas, le llenaban de continuos elogios, y le daban muestras de consideración y de afecto.

  Don Policarpo encontró en el tío Pedro un verdadero amigo; con él siempre, y muchas veces con el tío Isidoro y con él, salía a pasear por las pintorescas orillas del golfo, y el pobre hombre regresaba a casa loco de contento al observar las pruebas de cariño que tanto el tío Pedro como el tío Isidoro, le daban de consuno.

  Habían sufrido tanto don Policarpo y Herminia en el Caserío de la Amarilla; tanto y de tantos modos, que a los dos parecía un edén la casa del tío Pedro y de la tía Juana.

  Don Policarpo y Herminia, cada uno por su parte, trataron desde el principio de no ser gravosos a aquellas buenas gentes, y se dedicaron a trabajar los dos conforme a su clase.

  Don Policarpo visitaba de balde a sus contertulios, y éstos, después de agradecérselo mucho, le hacían algún regalo, consistente en pescados, verduras, legumbres, etc.; visitaba por una módica retribución a algunas familias de pescadores; aquella módica retribución la entregaba a Herminia, y Herminia, tal como la recibía de su marido, la ponía en manos de la tía Juana.

  Ni la tía Juana ni el tío Pedro querían recibirla; pero exigió formalmente Herminia que había de ser así; la tía Juana cedió por fin a la tenaz insistencia de Herminia, y el tiempo vino a convertir este hecho en costumbre.

  Herminia, cuya educación descollaba por encima de la de todos los habitantes de Pasajes, se dedicó a hacer labores de aguja como bordados, festones, etc., y de tal modo encantó su trabajo, que todas las personas bien acomodadas, las cuales, como ya dijimos al principio de esta historia, habitan y han habitado siempre en el barrio de San Juan, la abrumaban, al menos al principio, con encargos, disputándose entre sí la vez de ser servidas.

  La pobre tía Juana se enloquecía de contento al ver la importancia que iba tomando Herminia; y Herminia intentó cederle íntegro el producto de su trabajo; mas entonces se cuadraron el tío Pedro y la tía Juana, y después de una larga, si bien dulce reyerta, convinieron en admitir la mitad.

  Herminia arregló su aposento, es decir, el aposento de Pedro, de una manera tal, que, según expresión de la tía Juana, daba gusto verlo. Herminia tomó a su cargo la dirección de la casa, y la pobre tía Juana, que había quedada reducida a simple ejecutora de las disposiciones de aquélla, le miraba de continuo al rostro para satisfacer casi antes de que lo manifestara el más leve de sus deseos.

  Tan simpática se hizo Herminia a los que formaban la tertulia, que adelantaron tácitamente la hora de comenzar ésta por disfrutar más tiempo el placer de estar en su compañía.

  Y no era extraño; la conversación de Herminia, agradable por su finura, gozaba de cierta amenidad encantadora; y como se había criado en las Islas Baleares, entretenía a sus compañeros con gratas descripciones de aquel bello país.

  En los días festivos les leía algún pasaje de la Biblia, alguno de esos pasajes, que tanto abundan en el libro sagrado, llenos de unción para todos, y de consuelo para las almas acosadas por el dolor. Herminia les daba explicaciones sobre el texto, y los tertulios regresaban a sus casas enajenados de lo que habían oído, y admirados del talento y sabiduría de Herminia, para elogiar a la cual, no encontraban palabras suficientes.

  Otras noches les leía "Pablo y Virginia", la "Atala", la "Corina", y aquellas buenas genios, después de verter lágrimas arrancadas de sus almas por el genio de Saint-Pierre, de Chateubriand y de Mad. Estael, hablaban de los personajes de estas novelas, una vez y otra vez, como si fueran reales, como si efectivamente vivieran, o hubieran vivido, y como si ellos los hubieran tratado con intimidad.

  Pedro y María formaban otras noches el objeto de la conversación en tan plácidas veladas; y si entonces aquella cándida reunión tomaba un aspecto más serio, más patético, más triste, Herminia sabía también quitarle el carácter de dureza, que siempre lleva en su esencia el recuerdo de una felicidad perdida, y convertida en adormidera melancolía.

  Así pasó el invierno y llegó la primavera. !La primavera!; !Dulce época de flores, de pájaros, de auras, de perfumes, d brisas y de vida!...

  Herminia, en sus ratos de descanso, entraba al pequeño jardín de María; algunas veces se sentaba con la labor en el banco de las mimbreras; y allí sola, mientras que la tía Juana despachaba los quehaceres de la casa, y el tío Pedro y don Policarpo se marchaban a dar un paseo, ella, bordando o cosiendo, repasaba asombrada con el pensamiento la singular, la misteriosa historia de Pedro y María, tomándola, pues la conocía muy a fondo, desde los amores en Murviedro de sir William Rutherford con Carolina; y se anonadaba al considerar la combinación de sucesos que en aquel hecho total habían venido a coincidir.

  Contemplaba con emoción el jardín en que se hallaba, sus flores, sus arbustos, las mimbreras que servían de frondoso, pintoresco dosel al poyo; el nido de las golondrinas... pensaba que allí se habían deslizado las escenas de amor de dos jóvenes, héroes de una novela realizada en la tierra; pensaba en que aquellos dos jóvenes habían desaparecido de su pueblo, obedeciendo la invisible fuerza del destino, no del destino ciego, sino del providencial destino; y pensaba también en que aquella novela no estaba concluída.

  Herminia no comunicaba tales pensamientos a nadie ni aun a su esposo, porque Herminia, contrariada desde sus primeros años en lo más grande que se puede contrariar el alma de una mujer sensible, en su profunda pasión, había adquirido el hábito de sepultar en sí misma su vida intelectual, de reservarse siempre para sí, no por egoísmo, sino por necesidad, una vida interna, en la que su espíritu vivía con más expansión, con más placer, con mucho más reposado descanso.

  Herminia tomó a su cargo el cuidado de aquel jardín; hizo que el tío Pedro y don Policarpo limpiaran los estrechos senderos, y hedraran los grupos de lirios, de adelfas, de claveles, de hortensias y de otras flores, que en tiempos idealizados ya, cubiertos por el misterio, sembraron y trasplantaron las manos de Pedro y de María, y todo lo mantuvo con el mismo esmero que los dos amantes jóvenes pudieran haber hecho, si no se hubieran separado de allí.

  Observando que desde que pasó el invierno, multitud de muchachos de ambos sexos habían tomado al salir de la escuela como objeto de sus destructores juegos la "Golondrina", la graciosa batela que María guió durante su plácida, feliz juventud, aquella batela azul y blanca, que desde la desaparición de los dos jóvenes flotaba, atada como un mueble inútil a la orilla del canal, se incomodó en extremo; y como los regaños que desde la ventana de la cocina daba a los chicos, que en ella entraban y salían y amenazaban destruirla pegando en ella con piedras, no sirvieran para otra cosa que para aumentar su diversión, huyendo presurosos cuando ella se asomaba y volviendo después con más ahínco, resolvió quitarla de allí, y meditando acerca del punto donde podrían colocarla, le ocurrió una idea acertada.

  Cierta mañana dijo sonriendo a su marido y al tío Pedro al acabar el almuerzo:

  --Hoy no van ustedes a pasear, que tienen que comenzar un trabajo penoso en el jardín.

  --Estamos dispuestos a obedecer sus órdenes. ?No es esto? -contestó mirando a don Policarpo el tío Pedro.

  --Siempre hemos de hacer los hombres lo que quieran las mujeres...

-repuso don Policarpo encogiéndose de hombros.

  --No tienen ustedes que hacer el remolón -dijo la tía Juana que andaba por allí colocando los platos en los basares-, que lo que mande doña Herminia no será nada que mal convenga a la casa.

  --?Vamos, qué es lo que tenemos que hacer en el jardín? -preguntó el tío Pedro.

  Y Herminia respondió:

  --Atada a la orilla del canal está la barca de María...

  El tío Pedro hizo un gesto dando a entender que adivinaba lo que iba a decir.

  --Mientras ha hecho frío, los muchachos del pueblo no han bajado por aquí; pero ahora la han tomado como objeto de entretenimiento, y la están haciendo pedazos a patadas y pedradas.

  --!Es una verdad! -exclamó la tía Juana. --El día menos pensado me comprometo con el padre de alguno de ellos - replicó el tío Pedro-; porque a dos o tres les he pegado ya tal puntapié, que han rodado por el suelo cuatro o cinco varas y se han ido llorando a su casa.

  --Todo es inútil -contestó Herminia-; yo les he regañado más de cien veces desde la ventana; se marchan en el momento; pero en la esquina de la torre se ponen en acecho, y cuando me retiro vuelven con más empeño.

  --Son estos muchachos más malos que Barrabás -exclamó don Policarpo.

  --?Y qué quiere usted que hagamos, doña Herminia? -preguntó el tío Pedro.

  --Quiero que conservemos esa barca, porque es uno de los objetos que con más fuerza recuerda a María.

  --!Tiene usted razón! -exclamó la tía Juana-. !Pobre nieta de mi alma! --En ella se ha deslizado su juventud...

  --!Es verdad! -exclamó el tío Pedro bajando la cabeza.

  --En ella ha surcado muchas veces el golfo con Pedro; en ella la conocí yo; porque en ella nos condujo a Lezo cierta tarde; !cierta tarde suprema, a su pobre madre, a mi desgraciado sobrino y a mí! !Qué tarde aquélla...

qué tarde tan feliz.. y tan llena de misterios!...

  Todos callaron un instante.

  --Es necesario -prosiguió Herminia-, quitar del canal la batela.

  --Muy bien pensado -contestó la tía Juana.

  --Cuanto antes -añadió el tío Pedro.

  --Pero como si la sacamos del agua acabará por abrirse y echarse a perder, he creído oportuno que ensanchen ustedes el pozo que hay en el jardín, convirtiéndolo en una pequeña balsa, y la trasladaremos a él.

  --Dice usted perfectamente -exclamó el tío Pedro-; vamos ahora mismo a trabajar en él.

  --Ya te decía yo que nada malo ocurriría a doña Herminia -repuso con cierto retintín la tía Juana.

  El tío Pedro y don Policarpo se dirigieron al jardín, principiaron con empeño a ensanchar el pozo en forma oblonga, y a los dos días estaba convertido en una balsa.

  Cierta mañana muy de madrugada tomaron en hombros la linda batela el tío Pedro, el tío Isidoro y dos jóvenes que buscó el tío Isidoro, la condujeron al jardín por detrás de la casa, la botaron al agua en la balsa, y aquella linda barca fué desde entonces el adorno más bello y escogido de tan pintoresco recinto.

  Al salir de la escuela, loa muchachos se dirigieron a la batela, como de costumbre, una turba de ellos, y no encontrándola, se quedaron atónitos.

  --Buscadla, buscadla, pícaros...

-les gritó desde la ventana la tía Juana.

  Y ellos comenzaron desde abajo a hacerle muecas; pero al ver al tío Pedro, que en ademán hostil salió del portal, echaron a correr veloces y no volvieron más.

  Cuando las golondrinas aparecieron en nido del jardín, tuvo Herminia un día e placer. Al oirlas piar sobre una mimbre, que al leve peso de sus ligeros cuerpos se mecía blandamente, les dijo:

  --!Pobres pajarillos!... !No llaméis a María, porque ya no está aquí! Y cual si las golondrinas comprendieran las palabras de Herminia, tendieron al aire sus azuladas alas y se perdieron en el espacio; pero no abandonaron su nido: a él tornaron por la noche, en él depositaron sus huevos, y, como todos los años, en él sacaron sus pequeñuelos hijos.

  Pasó la época de las flores, pasó la época de las ilusiones, pasó la primavera; y llegó la época de las mieses, la época codiciada por el pobre labrador, el caluroso estío.

  El estío es muy agradable en Pasajes; el perfume de las hierbas aromáticas embalsaman la atmósfera, y las brisas del mar templan el calor del sol.

  Desde que llegó esta estación los habitantes de Torre-Achia, se reunían por la noche en la puerta de casa, a la orilla del canal; como el verano da generalmente en los pueblos más franqueza, se les agregaba alguna que otra vecina, que durante el invierno no se permitía pasar a la tertulia, y allí disfrutaban horas de encartadas delicias, contemplando, a la vez que hablaban, los buques extranjeros que echaban sus anclas y prendían sus amarras en la boca del golfo.

  Muchas veces, cuando Herminia y la tía Juana se hallaban solas las dos, bien en la cocina, bien en el jardín, bien sentadas en el quicial de la puerta, había dicho la segunda a la primera:

  --Doña Herminia, usted que ve tan claro en todos los asuntos, ?cómo me explica este silencio que guardan con nosotros María y Pedro? En tales casta Herminia contestaba con ademán reflexivo, procurando consolar la inquietud de aquella buena mujer.

  --?Y quién puede adivinar -le dijo un día-, lo que pasa por ellos? --Señora -repuso entonces la tía Juana-, yo no quiero hablar de este asunto con mi marido por no entristecerlo más de lo que está.

  --Hace usted bien.

  --!Ah!... sí, señora; mi pobre Pedro ha perdido con estas cosas diez años de vida.

  --Se encuentra muy afectado.

  --?Pero no le parece a usted una cosa extraña que no nos haya enviado María dos letras?...

  --María... acaso no pueda.

  --Señora, aunque se lo impida su orgulloso padre, debía haber hecho un esfuerzo para escribir, aunque fuera a hurtadillas, a estos pobres ancianos, que la han criado con tanto cariño, que se hubieran quitado el pan de la boca por dárselo... y para mi pobre nieto; porque ella no sabe que ha huído de aquí, para mi pobre nieto, que la amaba como ningún hombre ha amado a una mujer en el mundo. !Ah... crea usted que esto me hace pedazos el corazón! Herminia guardó profundo silencio.

  --!Es posible que mi María se haya olvidado de los ratos que ha pasado con nosotros en esta cocina... en ese jardín!...

  --No, señora, no se ha olvidado -contestó Herminia-; no ha podido aquella joven tan pura, tan angelical, tan sensible, borrar de su corazón las dulces afecciones que experimentó entre ustedes.

  --?Pues entonces, cómo no envía noticias suyas con alguno de los buques que constantemente entran en este puerto?... Porque... sépalo usted, señora, muchas veces, muchas, he salido de casa a escondidas para que no se apercibiera de ello mi marido; he preguntado a los capitanes de los barcos el traían alguna carta para mí, y todos me han contestado que no.

  --No extrañe a usted ese silencio; lejos de aquí, en Londres, en París, en esas grandes capitales, en unas de las cuales se encontrará indudablemente María, se vive de muy distinta manera que en Pasajes...

  --Aunque ruda, ya comprendo eso; pero...

  --!Quién sabe si a la infeliz la tendrán rodeada de criados, que so pretexto de servirla, la espíen, y que le impidan escribir a ustedes y hasta hablar de su infancia!...

  La tía Juana se enjugó las lágrimas con un pañuelo.

  --Ya ve usted -prosiguió Herminia-, Pedro tampoco ha escrito...

  --Pobre -exclamó la tía Juana con sardónica sonrisa-, mi pobre nieto, que salió de aquí desesperado y sin recursos... ese ya habrá muerto.

  --No crea usted tal cosa -exclamó Herminia únicamente por consolarla.

  --Sí lo creo, sí, señora; y mi marido, aunque nunca habla de ello, también lo cree, y también extraña tanto como yo que María, nuestra querida nieta, no se haya acordado de nosotros.

  --Se le figurará a usted que lo cree así.

  --Me consta de una manera positiva, señora. Oiga usted: más de una vez, en esas noches de invierno en que nos acostamos temprano, suponiéndome a mí dormida, o tal vez soñando él, ha dicho por lo bajo: "Dios mío, si mi nieto ha muerto recibidlo en vuestro seno", y luego ha proseguido: "Pero tú, María, tú que vivirás entre grandeza, no te acuerdas ya de esta casa ni de este pueblo... no tienes un momento para dedicarlo a estos pobres ancianos, que aún te quieren tanto como te querían entonces, y que entonces se morían de cariño por tí..." Herminia procuraba consolar a la tía Juana con las palabras más oportunas que le dictaba su fecunda imaginación y su fino tacto.

  Esta escena se reprodujo muchas veces coa distintos giros entre aquellas dos personas.

  Como todo pasa en esta vida fugaz, pasó el otoño de 1837, cual habían pasado la primavera y el estío, y vino el invierno.

  Con el invierno comenzaron de nuevo las acostumbradas tertulias en casa del tío Pedro, cuyas tertulias seguían componiéndolas el anciano matrimonio, el tío Isidoro, su esposa la tía Manuela, la tía Josefa y la tía Petra.

  Bien pretendieron indirectamente algunas vecinas ser admitidas en dicha tertulia; pero tanto el tío Pedro como la tía Juana procuraron evadirse de semejante compromiso, porque no querían más gente que la que hacía años frecuentaba su casa.

  En aquellas dulces y tranquilas veladas, que a la luz del candil, colgado en el dintel de la chimenea, y al amor de un abundante fuego, ofrecían las delicias de una vida tranquila y candorosa, volvió la simpática Herminia a entretener a los concurrentes con la lectura de los fragmentos más poéticos del antiguo Testamento, y con los pasajes que más les habían agradado de la "Galatea", de la "Corina", de "Pablo y Virginia" y de la "Atala".

  Así continuaron todo el mes de noviembre.

  La noche del primero de diciembre encontrábanse reunidos todos los tertulios en la cocina del tío Pedro, todos menos la tía Josefa; y suponiendo que ésta no asistiría por lo mucho que tardaba, se disponía Herminia a comenzar la lectura, cuando se presento aquélla, y dando las buenas noches, tomó asiento en el fogón.

  --?Cómo has tardado tanto? -le preguntó con tono de reprensión el tío Isidoro.

  --Bien lo he sentido -repuso la tía Josefa- porque ya me figuraba yo que doña Herminia daría principio a su lectura, que tanto me gusta; pero he estado escuchando lo que ha pasado cerca de San Sebastián, en un caserío que llaman el Caserío de la Amarilla.

  Movimiento de sorpresa se observó en Herminia, don Policarpo, el tío Pedro, la tía Juana y aun el tío Isidoro y su mujer; la tía Petra y la tía Josefa ignoraban por completo que don Policarpo y Herminia se habían hospedado durante algún tiempo en aquel caserío.

  --?Pues qué ha sucedido? -preguntó Herminia con interés.

  --Otro poco más, señora; esta mañana según cuentan, se han presentado dieciséis carlistas en ese caserío, pidiendo todo el pan y todas las reses que tuvieran; casi al mismo tiempo ha aparecido en la cumbre de uno de los cerros inmediatos una compañía de la reina, que sin duda ha recibido noticia de que allí se albergaban los carlistas; ha comenzado entre ellos un fuerte tiroteo, disparando los unos desde el monte y los otros desde la casa; tiroteo que ha durado una hora; no pudiendo los de la reina hacer huir a tiros a los carlistas, han bajado algunos valientes hasta el mismo caserío, le han aplicado unas camisas embreadas, y el caserío ha comenzado a arder por los cuatro costados; como era de madera, como había en él paja, y como hoy ha soplado tan fuerte el viento, en cosa de media hora dicen que ha quedado todo él reducido a cenizas.

  --!Dios mío! -exclamaron varias personas.

  --?Y qué han hecho los carlistas? -preguntó el tío Isidoro.

  --Los carlistas -respondió la tía Petra-, así que el caserío comenzó a arder, han salido entre las llamas, batiéndose; han huído por el monte opuesto al en que estaba la tropa; la tropa les ha seguido, y han sostenido un pequeño combate, en el que han muerto casi todos los carlistas y bastantes soldados de la reina.

  --!Qué guerra tan desastrosa! -exclamó el tío Pedro-. !No se oye contar sino calamidades! --?Y es cierto que el caserío se ha convertido en cenizas? -preguntó la tía Manuela.

  --Aseguran que no han quedado en pie más que algunos pilares.

  --?Y sus habitantes se han salvado? -exclamó anhelosa Herminia.

  --Eso es lo más triste, señora -contestó la tía Josefa-. Como que desde que ha comenzado el tiroteo llovían balas sobre la puerta del caserío, no ha podido salir nadie; y como luego ha comenzado a arder de repente, ha cogido a todos dentro.

  --?Y han muerto? -exclamaron varios.

  --Diré a ustedes: el tía Anselmo, que es el amo, ha salido entre las llamas con un niño en brazos, los dos muy malparados; la tía Cipriana, que es la esposa del tío Anselmo, ha salido como Dios le ha ayudado, con un brazo roto.

  --!Qué pobre! -exclamó la tía Petra.

  --Pero la Martina, o sea la hija mayor, ha quedado entre los escombros, convertida en un carbón.

  --!Qué horror! -exclamó Herminia.

  --!Pobre criatura! -murmuraron varios.

  --En fin, señoras, las mulas, los bueyes, el rebaño de cabras, que todo estaba aún en los establos, porque apenas amanecía cuando ha comenzado el fuego, todo ha perecido; y los infelices amos han quedado reducidos a la miseria.

  Don Policarpo miró a Herminia; y Herminia y don Policarpo pensaron:

  --!Castigo de Dios! --?Y qué han hecho con esos pobres campesinos -preguntó la tía Manuela.

  --En el hospital de San Sebastián los tienen; y dicen que hoy trataban de salir los curas de Santa María y San Vicente con un individuo del Ayuntamiento a pedir limosna para ellos por las casas.

  --Y sacarán bastante -contesto el tío Isidoro-, porque en una desgracia de esta naturaleza nadie dejará de dar algo.

  --!Dios tenga piedad de ellos! -exclamó Herminia.

  --!Y Dios nos libre a nosotros de semejantes trabajos! -exclamó el tío Pedro con la vista fija en el suelo.

  Transcurridos algunos momentos, comenzó Herminia a leer la marcha que Virginia hizo de la isla de Francia, su regreso, el naufragio, y todos escuchaban con la mayor atención, terminando aquella tertulia a las diez.

  A pesar del desastre ocurrido en el caserío de la Amarilla, y de algunos otros parecidos que tuvieron lugar en las inmediaciones de San Sebastián, es lo cierto que en el invierno de 1837, al que nos referimos, no se manifestó la guerra tan encendida en Guipúzcoa como en el invierno de 1836.

  Encarnizándose aquélla por Cataluña, el Maestrazgo, Aragón, Valencia, Murcia y aun Castilla, se debilitó algo relativamente a años anteriores, en las Provincias Vascongadas, y esta circunstancia permitió vivir con más tranquilidad a los habitantes de Pasajes.

  La tertulia del tío Pedro, animada con la presencia de Herminia, disfrutó mucho durante una temporada con los proyectos que todos formaban por la noche de Navidad: pensaban oír leer en esa noche a Herminia el evangelio del día; después comer turrón y beber sagardúa, y por último, pasarse a la iglesia de San Juan a oír la misa del gallo. !Cuánto gozaron aquellas buenas gentes con tan cándidos proyectos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             Capítulo IV La Nochebuena

 

 

  Son las siete de la noche del día 24 de diciembre de 1837.

  Son las siete de esa dulce y misteriosa noche, que el pueblo cristiano celebra con regocijos más o menos religiosos; pero todos inocentes, gratos, tradicionales y llenos de emoción.

  En la cocina del tío Pedro arde abundante fuego, y el candil, colgado, como siempre, en el dintel de la chimenea, tiene más pábilo y más aceite que de costumbre, lo cual prueba que más tiempo que el de costumbre tiene que arder esta noche.

  La tertulia está ya reunida casi toda; y los tertulios, aquellas buenas gentes, con la alegría del candor pintada en sus pacíficas semblantes, se hallan acomodados en esta forma.

                             En el escaño de la izquierda el tío Pedro y don Policarpo; junto a éstos hay un hay un banco desocupado con destino al tío Isidoro; al banco del tío Isidoro sigue arrellenada en los ladrillos del fogón, la tía Juana; a la tía Juana siguen sentadas en banquillos de pino y formando círculo en torno de la lumbre, la tía Josefa, la tía Petra y la tía Manuela; por último, Herminia se encuentra sentada en el banco de Pedro y María, frente por frente al tío Pedro y don Policarpo, que desde que este matrimonio vino a vivir en aquella casa, alzóse la prohibición de tomar asiento en dicho banco.

  Herminia tiene a su lado el libro de los Evangelios; y todos esperan que se complete la tertulia para leer el que trata del nacimiento del Hijo de Dios, de la adoración de los pastores y de la de los tres Reyes o Magos del Oriente.

  Diversos asuntos, todos de poca importancia, vienen tocando en su conversación aquellos buenos amigos, hasta que entra en la cocina el tío Isidoro, que es el único que falta, quien dando las buenas noches, se colocó en su banco.

  --!Cuánto has tardado! -le dijo el tío Pedro.

  --?Dónde te has metido? -le preguntó su esposa.

  --Hace rato que venía aquí -contestó el tío Isidoro-; pero me he entretenido un poco en la torre, viendo entrar en el puerto un bergantín inglés.

  --?A estas horas se ha atrevido a tomar el puerto? -exclamó el tío Pedro.

  --Por eso mismo me he detenido; si vieras que bien ha maniobrado la tripulación.

  --Los ingleses se pintan solos para gobernar un buque -respondió el tío Pedro.

  --Vaya, comience untad, doña Herminia -dijo la tía Juana.

  --Sí, sí, comience usted -repitieron las demás mujeres que allí había.

  Herminia tomó el libro de los Evangelios que tenía al lado, y leyó el del nacimiento del Mesías, que fué escuchado con emoción por aquella tertulia.

  Concluída la lectura, cerró el libro, que la tía Juana entró al cuarto de Herminia; luego, ayudada la tía Juana por la tía Manuela, puso la mesa, cubierta con blanco, aunque burdo mantel de cáñamo, y colocó sobre él, en un plato, cuatro tartas de turrón de avellanas, y fuera del plato seis botellas de sagardúa de Lezo.

  --Vaya -dijo sentándose así que concluyó de poner la mesa-, vamos a celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, y de este modo daremos tiempo a que toquen a la misa del gallo.

  Entonces, nadando en alegría la tía Petra y la tía Josefa, sacaron, la primera una pandereta, y la segunda una zambomba, que hasta entonces habían tenido ocultas, y comenzaron de repente a tocarlas, cantando a dúo unos villancicos en vascuence.

  Aquella sorpresa fué muy celebrada por todos; pero la tía Juana prosiguió:

  --Vamos ahora a comernos este turrón, y luego seguiréis cantando esos villancicos tan bonitos que habéis comenzado.

  Y mientras ella cortaba con un cuchillo las tartas, dijo el tío Isidoro al tío Pedro, que silencioso continuaba hacía rato con la cabeza baja:

  --?Estás triste, Pedro? --Mucho -contestó el tío Pedro levantando la cabeza.

  Herminia fijó los ojos en él.

  --!Cómo no he de estar triste, Isidoro!... también mi mujer lo está; sino que las mujeres se distraen con cualquier cosa.

  --Aunque me río -contestó la tía Juana- conforme hacía pedazos las tartas, por dentro anda la procesión.

  --?Pues qué tenéis? -preguntó el tío Isidoro.

  --Qué hemos de tener, amigo; que esta noche, que es una noche a propósito para que se reúnan las familias, se echa más de menos que nunca cuando falta algún individuo de ellas. Yo esta noche no puedo borrar de mi memoria a mis dos nietos.

  El infeliz anciano sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta, y se lo llevó a los ojos.

  La tía Juana exhaló un profundo suspiro.

  El tío Isidoro guardó respetuoso silencio.

  En silencio contemplaba Herminia aquella escena y participaba del dolor del tío Pedro.

  Don Policarpo se encontraba muy entretenido, mirando, lo mismo que la tía Petra y la tía Josefa, cómo la tía Juana partía con un cuchillo las duras tartas de avellanas.

  --!Pobres! -exclamó el tío Pedro-.

!Qué será de ellos a estas horas por esos mundos! Ya han pasado con ésta dos Navidades, después que se fueron, y nada... nada sabemos de ninguno de los dos.

  --!Infelices! -exclamó la tía Juana, dejando sobre la mesa el cuchillo, sentándose en el suelo y enjugándose los ojos.

  La tristeza de aquel anciano matrimonio iba comunicándose lentamente a todos los de la cocina.

  Entonces dijo Herminia:

  --Nada más natural que el recuerdo que esta noche dedican ustedes a sus nietos; en todas las poblaciones del mundo cristiano, sean ciudades o aldeas, se reúnen esta noche las familias para celebrar en dulce consorcio el nacimiento de nuestro Redentor, y por lo tanto se echan de menos en esta noche más que en otra alguna del año la ausencia de personas queridas, como ha dicho muy bien el tío Pedro; yo también tengo que llorar la ausencia de algunas; pero se hace forzoso, tío Pedro, que nos resignemos con las disposiciones de Dios, y que no nos entreguemos a la tristeza; pongamos todo, todo cuanto nos atañe, en manos de la Virgen Santísima, que, como dice la letanía, es el consuelo de los afligidos, el auxilio de los cristianos, y vivamos tranquilos y confiados en ella.

  --Tiene usted mucha razón, señora -exclamó el tío Pedro-. !Ah! las palabras de usted dan resignación a mi alma; pero es tan amargo tener dos nietos queridos, dos nietos que hacían nuestras delicias, y haberlos visto salir de casa, y no saber dónde están, ni si son muertos o vivos... !Ay, señora, esta pena ahoga mi pecho! --Cabalmente cuando la pena ahoga nuestro pecho; cuando vemos nuestro porvenir oscuro y borrascoso, es cuando con más confianza debemos acudir a María; que María es la estrella de los mares, no sólo de los mares que rodean la tierra, sino de esos mares invisibles de amarga pena en que más de una vez se halla próximo a naufragar nuestro corazón.

  --!Virgen Santísima!... exclamó el tío Pedro levantando los ojos al cielo.

  En aquel momento sé sintió abrirse la puerta de la calle, y en seguida se oyó una voz, que gritó desde el portal:

  --?Deo gracias? Repentino movimiento de sorpresa se observó en todos los de la cocina.

  --A Dios sean dadas -contestó el tío Pedro mirando asombrado a los demás.

  --?Se puede subir? -gritó la misma voz desde la escalera.

  --Adelante -volvió a responder el tío Pedro.

  Todos los de la cocina tenían fija la vista en la puerta.

  En la puerta se presentó un anciano y digno sacerdote con traje extranjero.

  Todos se pusieron de pie al verlo, la tía Juana retiró a un lado la mesa, donde ya estaban hechas trozos las tartas, y el sacerdote dijo con majestuosa voz:

  --No hay que alterarse, señores; ocupad todos vuestros asientos, y que la paz de Dios sea con vosotros.

  Cada uno tornó a sentarse donde antes estaba; y el sacerdote lo verificó en una silla, que la tía Juana le puso frente al fogón, ensanchando con ella el círculo que formaba la tertulia.

  Los tertulios no apartaban su mirada del rostro del anciano sacerdote, esperando con avidez que comenzara a hablar para enterarse del objeto de tan extraña visita.

  Herminia -cuya imaginación volaba siempre por los espacios ideales-, se encontraba enajenada ante aquella singular aventura.

  Tan luego como tomó asiento el sacerdote dijo:

  --Siento mucho, señores, venir a interrumpir la piadosa fiesta que os halláis celebrando; pero antes que nada es el deber, y yo vengo a cumplir uno muy sagrado en esta casa.

  Profundo silencio guardaban todos, y en todos crecían por instantes la curiosidad y el interés.

  --Tío Pedro -dijo el sacerdote mirando a éste-; vos no me habéis conocido sin duda.

  --Señor... -respondió el tío Pedro-, no conozco a usted, sino para servirlo en todo lo que usted se digne mandarme y yo pueda.

  --Yo vengo a recordaros escenas, que seguramente ni vos ni vuestra esposa habréis olvidado.

  La más violenta ansiedad se reflejó en los rostros de los circunstantes.

  Ni aun respiraban éstos por no alterar el silencio que allí reinaba; y todos, todos se hallaban pendientes de las palabras del sacerdote.

  --Vos estáis celebrando la Nochebuena -prosiguió el sacerdote-; aquí se encuentran reunidos vuestros amigos; pero vos teníais dos nietos, que no veo aquí. ?Dónde están, buen anciano, vuestros nietos Pedro y María? --!Dios mío!... ?No es usted quizá aquel sacerdote?... -exclamó el tío Pedro fuera de sí...

  --El mismo -continuó el sacerdote sin dejarlo continuar; yo soy el que arrancó de vuestro regazo a María; yo soy el que cierta mañana la sacó de esta cocina con palabras seductoras y a esta cocina no ha vuelto más, desde entonces.

  --?Dónde está María?... -gritó el tío Pedro fuera de sí.

  --?Dónde está mi nieta? -exclamó la tía Juana.

  Y la más palpitante agitación, la mas viva inquietud, el más espantoso asombro se manifestaron en los semblantes, en los ademanes, en los movimientos de cuantas personas allí había.

  Herminia se hallaba extasiada.

  --Calma, señores -prosiguió el sacerdote con dulce voz-, que misión de paz es mi misión, y tal vez mis palabras viertan sobre vuestros corazones la alegría que hace tiempo perdieron.

  El tío Pedro se acercó un poco más al sacerdote.

  --Vosotros estáis aquí reunidos en santa calma, que yo bendigo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, para celebrar el nacimiento del Hijo de Dios; yo vengo también a celebrar con vosotros esta fiesta; y quiero poner algo por mi parte para solemnizarla. Reprimid un momento vuestra ansiedad, esa violenta ansiedad, que veo pintada en vuestros rostros, en los de todos, y prestadme vuestra atención.

  Todos callaban y todos continuaban con los ojos fijos en el semblante del sacerdote.

  El sacerdote prosiguió:

  --Vosotros, buenos ancianos, teníais un neto y una nieta, a quienes amábais con frenesí; días de ventura se deslizaron para vosotros en esta aldea, y próximos os hallábais a unir sus corazones con el santo vínculo del matrimonio. Pero como este mundo es un lugar de expiación y de prueba, quiso Dios probar vuestra paciencia, vuestra fe y hacer sufrir un momento vuestras almas. Cierta mañana se presentó en esta cocida un sacerdote de Cristo, y obligó a María a pasar a una corbeta, que se mecía anclada en el canal, ?lo recordáis, tío Pedro? --Ese recuerdo, que no me abandona ni de día ni de noche, hace pedazos mi alma...

  --María ya no volvió...

  --!Es verdad! -exclamó con amargura la tía Juana.

  --Pedro, desesperado de encontrarse sin su María, huyó de Pasajes, dejando solos a sus abuelos.

  Intentó hablar el tío Pedro; pero se lo impidió el sacerdote diciendo:

  --Todo lo sé.

  La tía Juana exhaló un profundo suspiro.

  --El sacerdote que de vuestro regazo arrancó a María, os juró en nombre de Dios trabajar por devolveros la joven, que, aunque sin culpa suya, él os había quitado.

                             --?Y cumplirá aquel sacerdote su juramento? -exclamó el tío Pedro con agitada voz.

  --Aquel sacerdote soy yo, y yo vengo a cumplir esta noche el juramento que entonces pronunciaron mis labios.

  --?Qué dice usted? -exclamó el tío Pedro.

  --?Trae usted a mi nieta? -gritó la tía Juana fuera de sí.

  Repentino murmurio se movió en la cocina.

  --Desde aquel momento todos los días, al levantar en el santo sacrificio de la misa la hostia entre mis manos... cuando el Dios de lo visible y de lo invisible baja a la hostia entre ángeles y arcángeles, entre querubines y serafines, yo le he pedido con fervor que protegiera aquellos dos inocentes jóvenes; y como Dios nunca desoye al que le pide con fe y con humildad, Dios escuchó mis plegarias, y hoy Pedro y María, sabedlo, buenos ancianos, sabedlo y regocíjense vuestras almas, Pedro y María son felices.

  --!Dios mío! -fué el grito unánime, intenso, fiel expresión de aquellos agitados corazones-. !Dios mío! -fué el grito que resonó en la cocina.

  --?Pero usted, señor sacerdote -exclamó el tío Pedro tembloroso-, usted tiene noticia del paradero de Pedro? --Pedro y María -contestó el sacerdote-, aquellos enamorados jóvenes que siempre vivieron el uno para el otro; aquellos dos jóvenes que Dios unió desde el cielo con pura pasión, y que el orgullo de un hombre separó en la tierra; Pedro y María, después de vagar largo tiempo separados por lejanos países, sufriendo cada cual con resignación la desgracia con que el mundo los afligía, se han encontrado por fin.

  --?Y dónde están? -gritó la tía Juana encarnada como la grana.

  --Si me prometéis, venerables ancianos, no alteraros demasiado y escucharme con calma, yo os haré revelaciones que de encanto llenarán vuestro espíritu.

  --!Oh!... hablad, hablad por piedad -exclamó el tío Pedro conmovido.

                             --Diga usted lo que sepa, señor cura -exclamó la tía Juana-. Se lo pido en nombre de Dios sacramentado.

  Herminia, anonadada, tenía su ánimo suspendido de las palabras del sacerdote; todos los demás se encontraban atónitos.

  El sacerdote prosiguió de esta manera:

  --María, hija de uno de los lores de Inglaterra, es hoy condesa de Kerry.

  Aquellas gentes se quedaron estupefactas, mirándose las unas a las otras.

  --Y por uno de esos prodigios, que Dios depara a las almas fuertes y buenas, Pedro, vuestro nieto Pedro, es hoy conde del Socorro.

  --!Señor! -exclamó el tío Pedro levantándose pálido y convulso de su asiento-. ?Usted viene por ventura a burlarse de estos infelices ancianos? --Sentaos, buen hombre -respondió con dignidad el sacerdote-. Mis palabras son palabras de verdad.

  El tío Pedro se sentó cabizbajo y silencioso.

  La tía Juana vertía abundantes lágrimas, que se enjugaba con un pañuelo.

  --Yo conozco -prosiguió el sacerdote- que son muchas y extraordinarias las nuevas que esta noche pongo en vuestro conocimiento; porque son tan notables estas nuevas, vengo de Londres exclusivamente a comunicároslas; y por eso no me extraña tampoco que vuestro espíritu se resista a creerlas; pero aún me falta alguna otra que daros, lo que haré gustoso si no os alarmáis demasiado.

  Todos se agitaron otra vez.

  --?Tío Pedro, qué es esto? -le preguntó don Policarpo.

  --No sé, don Policarpo -contestó el tío Pedro-, ni sé tampoco si estoy despierto o soñando.

  --Decidnos cuanto antes lo que sepáis, señor sacerdote -exclamó la tía Juana.

  --Os lo diré con mucho gusto -contestó el sacerdote-. María es condesa de Kerry; vuestro nieto Pedro es conde del Socorro, y vosotros, buenos ancianos, vosotros, que tanto los amáis, dad en lo íntimo de vuestros corazones gracias a Dios porque el conde del Socorro y la condesa de Kerry ya son esposos.

  Nuestra imaginación carece de energía, y de brío carece nuestra pluma para pintar al vivo lo que entonces sucedió en aquella cocina.

  Lloros, gritos, plegarias, desmayos; las más profundas emociones del alma, la alegría, el asombro, la sorpresa, todas tuvieron lugar allí.

  Después que la calma fué restableciéndose poco a poco, exclamó la tía Juana:

  --?Y dónde están mis nietos? --?Los veríais con gusto, no es verdad? -preguntó el sacerdote.

  --?Dónde están? -gritó el tío Pedro frenético.

  --Pronto vendrán a abrazaros; pero no los conoceréis cuando los veáis.

  --!Dios mío! -exclamó la tía Juana levantando los brazos y los ojos al cielo-, permitidme estrecharlos en mi pecho, aunque me muera en seguida.

  --Nunca profieran vuestros labios blasfemias, buena mujer -gritó el sacerdote levantándose de su asiento-, y ya que esta noche -prosiguió- se hallan vuestras almas dispuestas a la emoción, recibidlas todas de una vez.

Vuestros nietos se encuentran en el canal, en el bergantín que a mí me ha traído, y puesto que yo los arranqué de vuestro regazo, yo voy a devolverlos a él ahora mismo.

  Y dirigiéndose entonces a la ventana, la abrió de par en par, señal que, sin duda, para que subieran, tenía con ellos de antemano convenida.

  Por la ventana penetró un rayo claro le la luna que, grande y majestuosa, se mecía sublime en el diáfano azul del firmamento.

  Todos los de la cocina se alborotaron; todos se levantaron, derribando en aquel confuso tropel la mesa con los platos y las tartas de turrón; y en los semblantes de todos se pintó la más viva ansiedad, el más ardiente interés.

  María vestía un traje de terciopelo azul, un magnífico abrigo de pieles de armiño y una bonita capota azul con velo blanco; Pedro, pantalón de patencour claro, elegante gabán oscuro guarnecido de pieles de marta y sombrero alto con ancha y abarquillada ala, bajo el cual se deslizaba su larga cabellera.

  --!Abuelos!... -gritó María desde la escalera.

  Esta dulcísima voz, que tanto tiempo hacía no había resonado en aquella casa, enajenó al tío Pedro y la tía Juana, los cuales corrieron locos hacia la puerta de la cocina, en el momento en que, conmovidos por el placer, se presentaron en ella Pedro y María.

  Al ver de súbito tan esplendente lujo, el tío Pedro y la tía Juana se quedaron parados; mas lanzándose Pedro a los brazos de su abuelo y María a los de la tía Juana, los dos gritaron a una voz:

  --!Abuelos, de mi alma! Basta; el lector sensible comprenderá lo que pasó en aquella cocina.

  Abrazos, repetidos abrazos, exclamaciones, lágrimas, gracias a Dios, todas las afecciones más hondas del corazón humano, todas, brotaron férvidas de aquellos abrasados pechos.

  Y no se circunscribieron los abrazos al tío Pedro y la tía Juana, que lloraban como niños; se extendieron también a Herminia, al tío Isidoro, a don Policarpo y a las tres mujeres que componían la tertulia.

  Jamás en parte alguna se ha pasado tan buena noche como en casa del tío Pedro y la tía Juana se pasó aquella Nochebuena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             Capítulo V.  !Dulces recuerdos!

 

 

  A las doce de la noche ya se habían retirado los tertulios, y no se encontraban en casa del tío Pedro, sino éste, la tía Juana, Herminia, don Policarpo, el capellán, María y Pedro, habiéndose sentado por instinto Pedro y María en aquel banco de roble, donde lo verificaron la mayor parte de su vida.

  --!Dios mío! -exclamó más de una vez la tía Juana-. Quién pensaba veros esta noche...

  --Y en veros esposos... -respondía el tío Pedro vertiendo abundantes lágrimas.

  Herminia contemplaba fascinada a María, y María y Pedro tendían la vista por sus abuelos, por la cocina, y se sonreían involuntariamente de placer.

                             !Cuánto gozaban sus almas cándidas aquella noche!...

  --Herminia -dijo don Policarpo fijando los ojos a medida que hablaba en Pedro y María-, !qué consecuencias han traído las escenas de aquel buque!...

  --!Es verdad! -contestó Herminia, abismada en sus pensamientos.

  Entonces María dijo al venerable capellán:

  --?Usted recordará, Mr. Edward, lo que sucedió la noche en que nací? --Nunca se borrará aquel momento de mi memoria, condesa.

  --?Usted recuerda que un cirujano asistió a mi madre en tan supremos instantes? --Un cirujano todo amabilidad y bondad toda.

  --Pues aquel cirujano es ese caballero.

  Sorprendido hasta lo sumo, el anciano capellán se levantó y tendió cariñoso una mano a don Policarpo, que don Policarpo apretó, loco de contento, de gratitud y de noble orgullo, con las dos suyas.

  Mientras esta escena tenía lugar en la cocina del tío Pedro, repicaban las campanas de San Juan y de San Pedro.

  --?Oyes las campanas de nuestro pueblo? -preguntó a Pedro María.

  --!Cuántas veces las hemos oído desde aquí! Su sonido me llega al alma - contestó Pedro.

  Después de una pequeña agradable reyerta entre Herminia y la tía Juana acerca de la habitación en que había de dormir el sacerdote, cedió la tía Juana ante las razones de Herminia; y se le hizo la cama en la habitación de ésta, trasladándose ella y don Policarpo a un cuartecito pequeño, inmediato al de la tía Juana.

  A Pedro y María se destinó el cuarto, que siempre había sido de María, cuarto en el que nadie había habitado desde que ella lo abandonó.

  A las doce y media, después de afectuosísimas despedidas, cada uno se retiró a su dormitorio.

  No es posible describir la impresión que Pedro y María, especialmente la dulce, la sensible, la cándida María, recibieron al entrar en aquel aposento. Todo, todo estaba en él como antes de que María marchase: junto a la cama el baúl con sus humildes ropas de percal; encima de la cabecera, clavada en la pared, la bandera, que Pedro ganó en la célebre regata de San Sebastián; junto a la bandera, el sombrero de batelera de María; con su ancha cinta, con el manojo de siemprevivas, que Pedro arrancó para ella en el monte Jaizquibel...

  Este sombrero, que no era el que bajó a la corbeta cuando se la llevó su padre, se conservó algún tiempo en el cuarto de Pedro; pero al desaparecer de casa María, lo trasladó Pedro al dormitorio de aquélla en un brusco frenético arranque del amor contrariado.

  Y los tristes frenesís amorosos han concluído para ellos; ya para ellos todo es venturosa calma, inmensa felicidad.

  María se dirigió a la ventana, que, como recordarán nuestras lectoras, no estaba muy alta; la abrió, y desde ella contempló un cuadro de la naturaleza que arrebató su alma.

  En el oscuro fondo se dibujaba sombrío el canal; al otro lado del canal se levantaba el monte Jaizquibel; encima, muy encima del canal y del monte, se ofrecía el cielo azul, transparente, sembrado de millones de estrellas, y entre el canal y el cielo, posada en el verde follaje del monte, cual blanca paloma que parara su vuelo sobre una alfombra cuajada de esmeraldas, cual faro de consuelo que Dios ofreciera al afligido, alzábase blanca, tranquila, risueña, alumbrada por el fulgor de la luna y velada por el misterioso silencio de la noche, la ermita de Santa Ana.

  María, dominada por un sentimiento que fascinaba su ser; por un sentimiento de amor, de recuerdos y de religión, se arrodilló en una silla, cruzó las manos, inclinó la frente, elevó su espíritu a Dios, y ardientes lágrimas, enérgica expresión de su estado, brotaron de sus ojos.

  Pedro contemplaba inmóvil aquella escena, y contemplando aquella escena amaba con más amor que nunca, con más grato delirio a su María.

  María, al retirarse de la ventana, que cerró, dijo a Pedro:

  --!Cuántas veces he pedido a Santa Ana desde esta misma habitación que protegiera nuestros amores! --Y los ha protegido -contestó Pedro.

  --Y somos felices.

  --Mi felicidad no cabe en mi corazón.

  María reclinó su frente pálida en el pecho de Pedro, y un momento se perdieron aquellos dos jóvenes en los dulces deliquios de la pasión.

  Luego los dos esposos se metieron en cama; y aquel humilde, humildísimo aposento, les era más grato que el hotel de Richmond, más que los elegantes salones de casa de Otoniel Marco Fa, más que las fastuosas cámaras del palacio de Saint-James S'Quare, más, mucho más, que toda la grandeza del mundo; porque aquel humilde aposento les recordaba su infancia, sus amores, y, nada hay, más grato para el corazón humano que el recuerdo de sus amores y de su infancia.

  Como el tío Isidoro, la tía Manuela, la tía Petra y la tía Josefa se fueron desde la tertulia a la misa del gallo, alborotaron al pueblo, refiriendo los prodigios que aquella noche habían presenciado en casa del tío Pedro, porque prodigios eran para ellos, no sólo la repentina, inesperada llegada de Pedro y de María, sino la presentación de éstos tan lujosos; y no sólo la presentación de éstos tan lujosos, sino el saber que Pedro tenía el título de conde y María el de condesa.

  Semejantes voces circularon rápidas por el pueblo, y no poco contribuyeron con las muchas conversaciones que motivaron, a la poca devoción, que se guardó en la misa del gallo.

  Las mujeres que a la tía Manuela y sus compañeras oían aquellas noticias, hacían exagerados aspavientos; pero los hombres, que al tío Isidoro se las escuchaban, exclamaban sonriéndose con malicia:

  --!Este ha bebido esta noche una copa más de chacolí!...

  Y cuando más juraba y perjuraba el tío Isidoro la verdad de lo que aseguraba, y con más detalles enriquecía su narración, con más incredulidad se sonreían sus amigos.

  Brilló la mañana; una de esas mañanas opacas y tranquilas, tan comunes en las Provincias Vascongadas; todos los habitantes de casa del tío Pedro abandonaron temprano la cama, y saludándose unos a otros cariñosamente, todos desayunaron en la cocina, como lo hacían cuando Pedro y María libaban el dulce cáliz de la infancia.

  La tía Juana se hallaba loca de contento; el tío Pedro miraba a sus nietos sin hablar palabra; y de cuando en cuando se enjugaba el pobre una lágrima de gozo que silenciosa rodaba por sus arrugadas mejillas.

  El venerable sacerdote tenía en lo íntimo de su alma un goce celestial al ver cumplida con tanta ventura su misión sobre la tierra.

  Pronto se presentaron en la cocina, no sin pedir antes permiso para entrar, el tío Isidoro, la tía Manuela, la tía Petra y la tía Josefa, que iban a preguntar si habían descansado los viajeros.

  En medio del alboroto que se armó, alboroto que se arma siempre que hay reunidas algunas mujeres del pueblo, dijo por lo bajo el tío Isidoro al tío Pedro:

  --Pedro, los mismos son estos muchachos que antes; pero al verlos así, y desde que sé que son condes, no puedo tratarlos como antes los trataba.

  A lo que contestó el tío Pedro, también por lo bajo y encogiéndose de hombros:

  --Isidoro, mis nietos son, y sin embargo, lo mismo que a tí te sucede, me sucede a mí.

  Entonces María, bien de casualidad, bien porque algo oyera de lo que hablaron el tío Pedro y el tío Isidoro, se acercó agradable, simpática, cariñosa, al primero, y abrazándolo exclamó:

  --!Qué serio esta usted conmigo, abuelo! !Ya no me quiere usted como antes me quería!...

  El tío Isidoro miró aquella escena con noble envidia, y el tío Pedro no pudo contestar una palabra, porque la emoción apagó su voz, mientras que dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos.

  En tanto que las mujeres hablaban a porfía unas con otras, y un poco separados de ellas lo verificaban el tío Pedro, don Policarpo y el tío Isidoro, y reclinados en la ventana Pedro y Herminia, se deslizó de la cocina María y entró en su jardín.

  Aquella apacible morada, atraía con irresistible imán a nuestra joven.

  María, pálida, pálida por la fuerza de las emociones, con su traje de terciopelo azul, con su abrigo de blanco armiño, con su negra cabellera peinada en ondulantes bucles, se quedó un momento de pie entre los arbustos de aquel delicioso recinto.

  Luego los fué mirando uno a uno, uno a uno los fué tocando; cuando descubrió la batela en el pequeño estanque, comprendió en confuso todo o casi todo lo que con ella había sucedido; la contempló con efusión de cariño, no pudo menos de tocarla y se sintió impulsada a imprimir en ella un beso.

  Aquella barca no era para María un mueble inerte; era la compañera de su juventud; en ella había surcado cien veces el golfo con Pedro; en ella había desarrollado su pasión entre las brisas del mar; más de una vez había escuchado en ella sus sentidas, amorosas canciones, había recibido en ella sus abrasadoras lágrimas del dolor.

  Todo esto recordaba María de pie, junto a la barca; y mientras que tales recuerdos surcaban su mente, se enajenaba su alma de placer, y su creciente enajenamiento era quien la impelió a imprimir en ella un beso de cariño.

  Después se sentó aquella joven en el poyo de las mimbreras, y, reconcentrada en sí misma, miró el nido de las golondrinas, y el monte y el pedazo de cielo que desde allí se descubría... y nada exclamó y nada pensó, porque profunda emoción absorbía por completo su ánimo.

  Transcurridos algunos instantes, entraron allí Pedro y Herminia; Pedro, conmovido lo mismo que su esposa, se quedó de pie en la puerta algunos segundos contemplando aquel recinto, y Herminia se sentó junto a María en el poyo de las mimbreras.

  --?Qué le parece a usted? -le preguntó-. ?Conservo bien su jardín? --Ya he supuesto -contestó Maríaque se hallaba al cuidado de usted.

  --No se abren tan bellas las flores como cuando usted las regaba; pero al menos he impedido que se marchitaran.

  --Estoy segura que han ganado mucho en el cambio de jardinera.

  --No decían eso durante la primavera las golondrinas en su triste piar.

  --!Qué ocurrencia tan feliz! -dijo Pedro, que recorriendo el jardín había llegado a la orilla del pequeño estanque-, la de subir aquí la batela de María.

  --Se entretenían los chicos en destrozarla a pedradas y golpes en el canal, y yo dispuse que su abuelo de usted y mi esposo ensancharan el pozo que ahí había, y entre el abuelo de usted, mi esposo, el tío Isidoro y algunos más, la trasladaron ahí.

  --!Cuánto agradezco a usted -le dijo María tomándole la mano-, el interés que ha desplegado en mis cosas! --Esa batela, María -respondió Herminia-, la aprecio yo muchísimo, no sólo por ser de usted, sino también por otras varias razones.

  María dirigió a Herminia una mirada de agradecimiento.

  --En esa batela conocí a usted...

  --Ya lo recuerdo -contestó Maríauna tarde deliciosa en que, siendo yo pobre batelera, surqué el golfo conduciendo en ella a usted y a mi madre.

!Pobre madre mía! --!Pobre Carolina! -exclamó Herminia-. !Cuánto sufriste en este mundo! -exclamó María levantando los ojos al cielo.

  --!Y con qué paciencia... y con qué resignación soportó sus sufrimientos! María y Herminia se enjugaron las lágrimas.

  Luego dijo María:

  --?Qué fue de aquel sobrino militar que usted tenía? --Murió -respondió Herminia con tristeza.

  --?En la guerra? --Sí, señora; atravesado el pecho por un balazo; y a mí me dedicó el infeliz su último suspiro, su postrer recuerdo.

  Herminia volvió a enjugarse las lágrimas.

  --Del que no he sabido nada -prosiguió luego- es de un amigo suyo inglés, que también paseó con nosotras por el golfo aquella tarde, y que por cierto hizo a Carolina interesantísimas revelaciones.

  --?Sir Enrique North? --Justamente.

  --Está bueno.

  --?Lo conoce usted? --Lo he tratado mucho en Londres; es uno de los amigos de mi padre, y asistió a mi boda.

  En aquel momento, presentándose la tía Juana en la puerta del jardín con el mantillo puesto, dijo:

  --Vaya, señores, que tocan a misa y, es día de Pascua.

  María, Herminia y Pedro salieron del jardín.

  Cuando todos los de casa se presentaron en la calle, o, mejor dicho, en la orilla del canal, y rompieron la marcha hacia la Iglesia de San Pedro, ya había algunas personas, sobre todo bateleras, esperando para convencerse por sí mismas de lo que la tía Petra y demás habían referido en la misa del gallo.

  Marchaban los primeros el tío Isidoro y el tío Pedro; después don Policarpo y el anciano capellán, que de vez en cuando volvía la cabeza para dirigir algunas palabras en inglés a Pedro, que iba detrás.

  Cuatro pasos detrás de Pedro iban María y Herminia; detrás de María y Herminia caminaban en grupo, muy orgullosas, la tía Juana, la tía Manuela, la tía Josefa y la tía Petra.

  Los vecinos del barrio se asomaban a las ventanas para ver esta comitiva; y a medida que esta comitiva cruzaba las estrechas y ruinosas calles de Pasajes, se afectaba María porque recordaba muy al vivo cuando con el mismo objeto que hoy las atravesaba siendo humilde batelera.

  María llevaba un traje de terciopelo azul, su abrigo de pieles de armiño y un velo de encaje de París.

  Pedro llamaba a cada paso la atención del venerable capellán sobre la sombrías ruinas, que bajo frescos y corpulentos laureles, se levantan en la calle hacia la parte del monte; y el sacerdote se admiraba de encontrar restos de tanta y tan severa grandeza en un pueblo tan insignificante como Pasajes.

  Cuando llegaron a la plaza de San Pedro, produjeron un asombro general; la gente que aguardaba para entrar a misa se agrupó en torno de ellos, y en tornó de ellos penetró en tropel dentro de la iglesia.

  Al comenzar la misa se puso María de rodillas, y de rodillas y con fervorosa actitud continuó toda ella.

  Al ver aquel altar, al oír aquellas voces, aquel órgano, aquella campanilla que tantas veces había visto y oído en años anteriores, no pudo contener sus lágrimas, y se llevó a los ojos finísimo pañuelo de Nipis.

  !Ah... qué dulce... qué conmovente es para nuestra alma, después que hemos vagado por el mundo, orar en el mismo templo en que se elevaron al cielo nuestras sencillas plegarias en los cándidos días de nuestra infancia!...

  Terminada la misa, regresaron a casa del tío Pedro todos los que de su casa habían salido; cuando a ella llegaron, mandó llamar Pedro a los curas de las dos parroquias, y cerrándose con ellos en su cuarto, entregó a cada uno una respetable suma de dinero para que aquel día hicieran abundantes limosnas en el pueblo.

  Tan luego como Pedro volvió a la cocina, dijo:

  --Puesto que hoy está un día hermosísimo, quisiera que diéramos después de comer un paseo por el golfo.

  --Me alegro mucho que te hayas anticipado a mi deseo -contestó María mirándole con seductora sonrisa.

  --Buscaremos la mejor batela del pueblo y los mejores remeros -dijo la tía Juana.

  --No por cierto -contestó el tío Isidoro, ofendido como el soldado veterano a quien se quiere quitar la honra de hacer la última guardia a los restos mortales de su ilustre general que cien veces lo guió en la victoria-. Buscaremos una buena batela; pero los remeros seremos Pedro y yo.

?No te parece, Pedro, que a nadie cedemos este derecho? --Ni nadie cumplirá tampoco como nosotros su obligación -respondió el tío Pedro-. Aún tenemos pulso para guiar la barca de mis nietos, no en el golfo, que siempre está en calma chicha, sino en alta mar y en mar bravía.

  --Ustedes coman, señores -exclamó el tío Isidoro-, que para cuando acaben, yo tendré preparada en el embarcadero de Aldiarta una buena batela.

  Cuando la tía Manuela, la tía, Petra y la tía Josefa se despidieron y se dirigieron a la puerta de la cocina, las llamó María, que se hallaba en su cuarto con Herminia, y les dijo:

  --Nunca podré yo olvidar que en los días de soledad y de tristeza que han pasado mis pobres abuelos, ustedes los han acompañado y los han consolado; esos favores no se pagan sino con una eterna gratitud; sin embargo, háganme ustedes el obsequio de recibir este pequeñísimo recuerdo para que celebren el día de Pascua, toda vez que mi llegada les impidió anoche comer el turrón, que ya tenían hecho trozos.

  Y sonriendo dulcemente entregó a cada una un pequeño envoltorio de papel.

  Aquellas pobres mujeres lo recibieron, dándole con entrecortadas frases las más cordiales gracias, y se retiraron, despidiéndose cariñosas hasta la noche.

  Mas cuál sería la profunda sorpresa de las tres, cuando al dejar a su espalda, abrió cada una su envoltorio, y cada una encontró en él veinticinco monedas de dos duros.

  La tía Petra y la tía Josefa no pudieron contener durante largo rato una sonrisa de placer, y a la tía Manuela se le saltaron las lágrimas.

  La tarde estaba hermosa, como durante el invierno se ven pocas en las Provincias Vascongadas; el golfo en completa calma; la marea alta; el cielo puro, el sol esplendoroso y radiante. Algunos pájaros cantaban entre la espesura de los montes y las gaviotas volaban rizando sus plumas sobre las blancas olas del golfo y del mar.

                             A las dos y media atracó el tío Isidoro en el embarcadero de Aldiarta, próximo a la casa del tío Pedro.

  --Ya está ahí -dijo el tío Pedro asomándose a la ventana.

  Y todos se dirigieron al canal.

  En la batela entraron María y Herminia, el capellán y Pedro y la tía Juana.

  Altamente satisfechos el tío Pedro y el tío Isidoro, se colocaron cada uno en su puesto, y recordando los tiempos de vigor, empezaron a remar, poniendo proa al interior del golfo.

  Al pasar por debajo de los cables que amarran los buques a las argollas de la muralla; al escuchar el ruido de los remos; al ver desde aquel punto el pueblo, el golfo, los montes, aquel horizonte, aquel cielo... no es posible pintar las gratas emociones que experimentaron las sensibles almas de Pedro y de María.

  Los vecinos todos de Pasajes se asomaron a las ventanas, a las balcones y a las barbacanas de las plazas para contemplar aquella barca, y aquella barca se deslizaba blanda sobre la palpitante superficie de las aguas, distinguiéndose en ella a María por su traje azul, por su abrigo blanco, por su capota azul y por el ondulante velo blanco, que desde su capota se desprendía airoso.

  --?De qué te parece que me he acordado al zarpar la barca en el canal? preguntó el tío Isidoro, al tío Pedro.

  Y el tío Pedro se le quedó mirando como quien espera una contestación.

  --De la mañana en que se embarcó tu nieto y tú te dejaste caer sobre mi hombro, casi desmayado.

  --De la mismo me he acordado yo -respondió el tío Pedro-. !Qué mañana aquélla, Isidoro!...

  --Los disgustos de aquel día traen los placeres de hoy.

  --Es verdad; no hay mal que por bien no venga.

  --?Sabe usted en lo que involuntariamente voy pensando? -preguntó Herminia a María cuando la batela llegó al medio del golfo.

  --?En aquella tarde en que yo conduje a usted y a mi madre en mi batela? - preguntó María.

  --Justamente; y el haber conducido usted a su madre en aquella batela, y el haber conocido yo a usted en ella, han sido las principales causas de que yo hiciera subirla a la pequeña balsa del jardín.

  María miró a Herminia con ojos de gratitud y exhaló un suspiro.

  Entonces Pedro dijo fijando la vista en su abuela:

  --Aún no conocen ustedes los detalles que han producido mi cambio de fortuna.

  --Buenas ganas tenía yo de saberlos -contestó su abuela-; pero no me he atrevido a preguntártelos.

  --Pues voy a contar a ustedes mi historia.

  Y Pedro la refirió, sin omitir un incidente, mientras la batela avanzaba al monótono son de los remos, o se quedaba meciéndose sobre las aguas, porque el tío Pedro y el tío Isidoro, encantados con aquella relación, se olvidaban de remar. Un cuento de las mil y una noches no hubiera fascinado más la imaginación del tío Pedro, del tío Isidoro, de la tía Juana, de Herminia y de don Policarpo.

  Aquel paseo fué delicioso; recorrieron el golfo, admirando sus pintorescas orillas, en las que crecen árboles de diferentes clases y frondosa hierba y robustas hortensias; llegaron a Lezo y a Rentería; se fijaron con profunda tristeza Herminia y María en aquel sombrío follaje, que junto a una casa medio arruinada se extiende, en cuyo follaje arrojó Carolina una bocanada de sangre, la célebre tarde que conocemos. Pedro gastó diferentes bromas con su abuelo y el tío Isidoro, diciéndoles que, por fatigarse ellos, tendría él que coger un remo, a lo que el tío Isidoro contestó, mientras el tío Pedro se sonreía con cariñoso desdén:

  --Mal debe remarse con el traje que llevas...

  El anciano sacerdote contemplaba enajenado el delicioso paisaje que se ofrecía a su vista; y la pobre tía Juana no quitaba un ojo de su María, pareciéndole imposible que aquella joven, tan fina, tan elegante y tan hermosa fuera su nieta, y que fuera su nieto aquel tan apuesto caballero.

  Ya se había el sol hundido en el horizonte cuando la batela atracó en Aldiarta.

  Aquella noche estuvo la tertulia animadísima; Pedro y María se sentaron en su banco, en el banco de su infancia, luciendo María, por haberse quitado el abrigo de pieles, las esbeltas formas da su cuerpo, su lujosa cadena de oro y su reloj guarnecido de brillantes. Como la falda de terciopelo se arrastrara por el fogón, ensuciándose el borde con la ceniza, le dijo su abuela:

  --?Por qué estás allí con ese traje, hija mía? Vas a destrozarlo...

  A lo que María contestó sonriendo con angelical dulzura:

  --Porque es el peor que traigo.

  La abuela se encogió de hombros, y los demás se quedaron asombrados.

  Repetimos que aquella inocente, humilde tertulia se desplegó animadísima y duró hasta las once de la noche.

  Al bajar la escalera las tres mujeres acompañadas por el tío Isidoro, dijo la tía Petra:

  -!Jesús, nunca me iría de aquí...

!Qué bien se pasa el rato!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

             Capítulo VI Días de venturosa calma

 

 

  Cuando Pedro y María salieron de Londres con dirección a Pasajes, pensaron permanecer en este pueblo todo lo más un mes; pero se encontraban tan agradablemente en él, disfrutaban en él tanto sus corazones, que se deslizaban las horas, los días, las semanas, en un constante gozar, y aquellos dos jóvenes, lejos de disponer su vuelta a la orgullosa ciudad, escribieron a lord Glamorgan y mistris Arabela dándoles cuenta de su permanencia y manifestándoles que no sabían cuando comenzarían su viaje de regreso.

  Ya habían pasado diciembre y enero; ya había comenzado febrero, y los preludios de la primavera, haciendo más grata la permanencia en el campo; más atraían hacia Pasajes a Pedro y María, a aquellos dos jóvenes que allí se habían amado siempre.

  Nos hallamos a 8 de febrero; los primeros albores de la primavera vierten sus galas sobre la naturaleza, y salen a dar un paseo por la orilla del canal, Pedro, María, Herminia, don Policarpo, el capellán, el tío Pedro y la tía Juana.

  Después de andar muy despacio veinte minutos, se sientan en una de las ensenadas que se proyectan debajo de roca llamada Las Cruces.

  Desde aquel frondoso lugar, en el que la hierba y las flores silvestres crecen lozanas, no se descubre sino un monte a la espalda, el canal delante, mas allá del canal otro monte, dos montes a la derecha, que parecen unirse, absorbiendo en su seno al canal, y a la izquierda el Océano.

  En el reloj de San Juan suenan lejanas, muy lejanas, las tres de la tarde; los rayos del sol no penetran en aquel pintoresco recinto; pero en aquel pintoresco recinto se absorbe el suave perfume de las violetas; desde él se escucha la suave armonía que forman los céfiros en el monte y las olas en el mar.

  Sentados sobre la mullida hierba, aquellos buenos amigos y después de algunos momentos de conversación indiferente, habló Pedro de esta manera:

  --Señores: María y yo vinimos a Pasajes con intención de pasar un mes; y no sólo llevamos ya cerca de mes y medio, sino que todavía no hemos tomado determinación alguna de las que tenemos que tomar antes de marcharnos, y que por cierto exigen algún tiempo.

María y yo nos proponemos visitar estos queridos lugares todos los años; pero antes de marcharnos a Londres esta vez queremos dejar asegurada la subsistencia de nuestros amados abuelos y de nuestros buenos amigos Herminia y don Policarpo, que tan apreciable compañía les han hecho y les hacen.

  En los semblantes del tío Pedro, de don Policarpo, de la tía Juana y de Herminia se pintó la más grata esperanza, el más dulce placer.

  María sonreía con angelical sonrisa, y el venerable sacerdote gozaba sobremanera contemplando aquella escena de verdaderos goces familiares.

  Todos guardaban silencio, y Pedro continuó:

  --Yo quiero emplear en casas de San Sebastián y en buenas haciendas; bien inmediatas al mismo San Sebastián bien a Pasajes; cien mil duros próximamente.

  El asombro más extraordinario se pintó en los rostros de cuantos lo escuchaban, menos en el del capellán.

  --?Hijo mío -le preguntó la tía Juana-, y tú puedes disponer de esa cantidad? --?No se acuerda, usted, abuela, de mi historia, que referí a ustedes en el golfo? -dijo Pedro.

  --Sí, me acuerdo, hijo; te oí decir que aquel judío te había dejado heredero de grandes riquezas; pero no pensé que pudieras gastar con esa facilidad cien mil duros.

  --Pues sí, señora; podemos gastar eso y mucho más.

  La tía Juana hizo un gesto de admiración, y fijó los ojos en su marido.

  María y el capellán se sonrieron.

  Don Policarpo miró a Herminia con ojos de asombro.

  Pedro continuó:

  --Terminada la guerra que devasta la España, y que no puede durar mucho tiempo, esos cien mil duros, al cuatro por ciento, producirán sobre ochenta mil reales anuales: de esos ochenta reales habrá que descontar veinte mil para el administrador que nombremos, cuyo administrador entregará los sesenta mil restantes a mis queridos abuelos, a fin de que ellos vivan tranquilos y desahogadamente. ?Podrán ustedes vivir con sesenta mil reales al año? -le preguntó sonriendo.

  --?Pero, hijo, es cierto que tú puedes hacer lo que estás diciendo? exclamó el tío Pedro confundido.

  --Ya he dicho a ustedes antes que muy cómodamente.

  --?Y para qué queremos nosotros tanto dinero? -repitió el tío Pedro.

  --Para que al recibirlo ustedes todos los años -contestó María-, se acuerden ustedes de sus nietos; para que ejerzan la caridad con los pobres, y para que sean ustedes los más ricos de Pasajes.

  --Para que no tenga usted que buscar puntas de cigarro, como hacía usted cuando me llevaba a mí en brazos -respondió Pedro.

  El tío Pedro lanzó un suspiro, muda expresión de cien afecciones encontradas, que en tropel conmovieran de súbito su alma.

  Pedro continuó:

  --Y desde este momento nombramos María y yo administrador de los bienes, que desde mañana principiaremos a comprar, a nuestro amigo el señor don Policarpo.

  --!Señor mío!... -exclamó don Policarpo.

  La emoción no le dejó proseguir.

  Herminia apretó ambas manos a María, y con lágrimas en los ojos le dijo por lo bajo:

  --!Cuántos favores me hizo la Providencia con permitirme conocer a Carolina! María calló conmovida.

  --Con mil duros anuales -prosiguió Pedro dirigiéndose a don Policarpopueden ustedes vivir en este país muy holgadamente.

  --Mejor que un príncipe en medio de su corte -exclamó don Policarpo afectado-. ?Pero qué títulos tenemos nosotros, caballero, para que nos colme usted de tamaños beneficios? --No hablemos más de eso -respondió Pedro-. Ustedes y mis abuelos vivirán siempre juntos.

  --!Siempre! -exclamó don Policarpo.

  --En la casa que ustedes quieran elegir de las que compremos en San Sebastián.

  --Hijo mío, si a tí te parece bien -dijo la tía Juana-, continuaremos viviendo en nuestra humilde casa de Torre Achia.

  --Sí, abuela -respondió María-; vivan ustedes siempre en esa casa; no abandonen ustedes nunca ni mi habitación, ni mi cocina, ni mi jardín, que tan gratos recuerdos encierran para mí.

  --No lo abandonaremos, hija de mi alma- exclamó la tía Juana.

  --Todas los años -prosiguió María-, cuando volvamos aquí Pedro y yo, quiero encontrar a ustedes en ella.

  --En ella nos encontrarás siempre; y cuando Dios lo disponga, en ella exhalaremos el último suspiro.

  --Y Herminia -continuó María tomando a ésta la mano-, la íntima amiga de mi querida madre, cuidará las flores de mi jardín.

  Herminia no contestó, no pudo contestar, y con blanco pañuelo se enjugó las lágrimas, que abundantes se desprendían de sus ojos, lágrimas que nacían en lo íntimo de su emocionado corazón.

  Después de convenir en algunas medidas para realizar la compra de las fincas, se levantaron todos, y paseando despacio se dirigieron a casa, porque ya la noche, una noche de belleza, iba vertiendo sus melancólicas galas sobre la Naturaleza.

  Cuando llegaron a casa, entraron en la cocina algunos de los tertulios; luego acudieron los demás, y pasaron la velada tan felices como acostumbraban a serlo todos.

  El día 2 de marzo, dijo Pedro, que de acuerdo estaba con María, deseaba dar un largo paseo por la carretera de San Sebastián, toda vez que entonces se hallaba aquella comarca libre casi por completo de tropas, tanto de la reina como de don Carlos, y en cumplimiento de este deseo de Pedro salieron de casa a las dos el anciano capellán, el tío Pedro, la tía Juana, don Policarpo, Herminia, Pedro y María. En agradable conversación, porque agradable era siempre la que sostenían aquellas dos cariñosas familias, doblaron la vuelta de Echeverri, subieron la cuesta de La Herrera, y llegaron a aquel pintoresco alto, llamado Miracruz, el cual se levanta entre frondosísimas colinas, que determinan la costa, colinas cubiertas de castaños, de manzanos y de flores silvestres, que ya entonces comenzaban a abrir sus perfumadas corolas, y desde el cual se descubre por un lado San Sebastián con su majestuoso castillo, y por el otro Pasajes con su pintoresco golfo.

  Allí se sentaron junto a una quinta, ... (ilegible) oculta un bosque de laureles ... (ilegible) de hiedra y de jazmín, allí ... (ilegible) celebraron, especialmente el anciano capellán, las galas de ... (ilegible) paisaje; y luego continuaron su paseo.

  Cuando llegaron a Puertas Coloradas, muy cerca de San Sebastián, se paró Herminia, dando un suspiro, y con voz conmovida dijo a María señalando una bonita casa inmediata a un jardín:

  --En esa casa, que por cierto disfruta deliciosas vistas, viví yo con su madre de usted, !con Carolina! María contempló aquella casa conmovida y Pedro, echando a andar hacia ella, dijo:

  --Voy a pedir permiso para verla.

  --!Cuanto la nombra mi madre en su Diario! -exclamó María.

  Pedro entró en la casa, y saliendo en seguida a la puerta, les hizo señal con la mano de que fueran.

  Herminia no pedía ocultar su profunda emoción; a María, como vulgarmente se dice, no le cabía de placer el corazón en el pecho.

  Al pisar el portal, Herminia se afectó de una manera para todos inesperada.

  Cuando subieron al cuarto principal y entraron en un gabinete, dijo Herminia a su marido:

  --?Policarpo, conoces esta habitación? --Esta era la nuestra -contestó don Policarpo.

  Entrando en otra igual dijo Herminia a María:

  --Este era el gabinete de su mamá de usted.

  Y Herminia y María se enjugaron las lágrimas.

  Los demás contemplaban aquella escena en silencio.

  Luego salieron a la galería.

  Desde la galería se descubría el Urumea con sus pintorescas orillas; el Zurriola, siempre bramando; San Sebastián, el castillo, un cielo azul y transparente...

  --!Qué dulces momentos hemos pasado Carolina y yo en esta galería! - exclamó Herminia sobremanera afectada-.

En esta galería nos confiamos ambas nuestros amargos secretos... En esta galería, sentada en aquel rincón, leí yo el Diario de la desgraciada madre de usted...

  La sensible Herminia no pudo contener los sollozos.

  --!Quién diría -exclamó luego-, quién diría, cuando de aquí salió afligida Carolina para encerrarse en el convento, cuando destrozada mi alma abandoné yo esta casa para no volver a ella jamás!... !Quién diría, Dios mío, que a ella había de venir un día con la hija de mi querida amiga, de aquella desventurada, que tanto la amó, y que tanto sufrió en el mundo por ella!...

  --!Y quién diría -exclamó Pedro también conmovido- que al volver aquí por vez primera, había usted de ser traída por la hija de su amiga para hacer a usted un regalo, que apreciará seguramente! Todos se le quedaron mirando.

  Entonces, entregando María unos papeles a Herminia, le dijo con lágrimas en los ojos:

  --En nombre de mi querida madre, que nos ve desde el cielo, hago usted este obsequio.

  --?Qué es esto? -preguntó Herminia tomándolos asombrada.

  --Esto es -contestó Pedro- la escritura que acredita haber comprado yo esta casa, y la escritura de cesión que a favor de usted hace de ella mi esposa.

  --!Dios mío! -exclamó ahogada por los sollozos Herminia, y apretando entre sus brazos a María, que derramaba copiosas lágrimas.

  Los circunstantes contemplaban aquel cuadro con religioso silencio.

  Entonces, levantando el anciano capellán los brazos al cielo, exclamó con voz conmovida:

  --!Señor...! !Dios de los justos y de los sufridos, dad vuestra bendición en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo a esta bondadosa familia! Al hacer el capellán en el aire la señal de la cruz, todos inclinaron la frente al suelo.

  Y el sol, que se hundía en el ocaso, alumbró con su ultimo, plácido rayo aquella escena, y los pájaros cantaban en el jardín, y las flores exhalaban sus aromas, y las templadas brisas murmuraban en la espesura del follaje, y el mar bramaba al reventar en los peñascos sus olas... Sublime armonía toda con que la naturaleza solemnizó la bendición, que, invocada por el sacerdote, bajó del cielo.

  Llegó el día 17 de marzo, siendo el 18 el destinado para salir de Pasajes con dirección a Londres María, Pedro y el anciano capellán.

  Para este día ya había comprado un agente, en nombre de Pedro, fincas rústicas y urbanas por valor de cien mil duros, y ya Pedro había arreglado con su abuelo y don Policarpo este asunto.

  Aquella mañana entregó María a cada una de las tres mujeres que acompañaban con frecuencia a su abuela, la tía Manuela, la tía Josefa y la tía Petra, cuatro mil reales en oro, cuya cantidad labró su suerte; y estas pobres mujeres, que lloraban de contento, y pedían al cielo prosperidad sin fin para su joven bienhechora, no se apartaron en todo el día del lado de la tía Juana, que si bien nadaba en alegría, pareciéndole la vida un deliciosísimo sueño, se afectaba sobremanera al pensar que sus nietos se marchaban otra vez al día siguiente.

  Herminia pasó toda la mañana y toda la tarde en el jardín, bordando unas preciosas letras en finísimo pañuelo de batista, para entregarlo a María como recuerdo suyo.

  Lo concluyó cuando declinaba la tarde; se levantó presurosa, dejándose el cesto de la labor debajo de las mimbreras del jardín, y corriendo en busca de María le dijo:

  --Tome usted este humildísimo recuerdo hecho por mí; nada, absolutamente nada vale por lo que es; pero esta clase de bordado, en que he puesto las iniciales de usted, me lo enseñó Carolina.

  --!Mi madre! -exclamó María tomando el pañuelo.

  --!Su madre de usted! -exclamó Herminia-. No puedo pagar a usted de otra manera que con esta pequeñez y con un eterno reconocimiento los inmensos favores que a usted debemos mi esposo y yo.

  Y aquella señora y aquella joven, permaneciendo un instante abrazadas, confundieron en uno solo los tiernos afectos de su corazón.

  Como el bergantín que había de conducir a Pedro, a María y al capellán zarpaba al brillar la aurora, había, durante todo el día en que nos encontramos, gran movimiento en casa del tío Pedro.

  Este, el tío Isidoro y don Policarpo, andaban de acá para allá arreglando el equipaje, y la tía Manuela, la tía Josefa y la tía Petra, animando a la tía Juana, que a medida que llegaba la noche iba poniéndose triste y cayendo la infeliz en un amargo desconsuelo.

  Aprovechando aquella oportunidad, María entró sola a despedirse de su jardín.

  Con ademán melancólico se sentó en el poyo de las mimbreras, ... (ilegible) donde tantas veces se había ...

(ilegible) Pedro en los azorosos días ... (ilegible).

  María vestía ya su traje de viaje; la elegante falda de terciopelo azul y el abrigo de pieles de armiño. Allí continuaba sentada con las manos cruzadas, con la cabeza inclinada al suelo, repasando en su mente todos los instantes de su vida, todos, desde aquel en que con Pedro construyó el jardín, hasta el presente, en que disfrutaba una felicidad completa.

  A medida que en tales pensamientos se engolfaba, iba inflamándose su corazón, y cayendo su espíritu en un dulce parasismo.

  El sol ya se hundía en el ocaso, y el silencio se hacía majestuoso; las brisas se perfumaban con el aroma de las flores; los céfiros de la tarde oreaban con suavidad las fantásticas corolas de los lirios; más transparente se presentaba el cielo; el lejano ruido del mar llegaba cual majestuoso arrullo, y el alma adormecida de María iba identificándose con aquellas galas, como las aguas de los ríos se identifican en el Océano; como en el espacio se identifican los suspiros de dos enamorados.

                             Un leve piar despertó a María de su divino éxtasis; levantó su rostro descolorido y vió las dos golondrinas paradas en el borde de su nido: era que anunciaban la primavera; era que del otro lado de los mares venían a saludarla, antes de que marchara, aquellas cándidas compañeras de su infancia...

  María sintió henchirse su pecho, inflamarse su alma; y dominada por una emoción inexplicable, grande, misteriosa, sublime, se levantó pálida; contempló con anhelo más de cerca las golondrinas; miró después en torno suyo, y cual si su mente recibiera súbita inspiración, tomó un punzón que había en el cesto de la labor de Herminia; flotando por el suelo su falda de terciopelo, dobló una rodilla sobre el banco de madera, y con mano convulsa por su agitación nerviosa, grabó en el tronco de una de las seculares mimbreras estas palabras: "!Vivir es amar!"

 

 

 

 

 

 

 

Conclusión Último adiós a las personas que más hemos tratado en esta historia

 

 

1

 

  Pedro, María y el anciano capellán llegaron a Londres sin la menor novedad, siendo recibidos en el palacio de Saint-James S'Quare por lord Glamorgan y por el marqués de Egremont, la condesa de Nicolson, lady Arabela y M. Henri Adams, los cuales permanecieron en aquel palacio algunos días.

 

2

 

  El conde del Socorro y la condesa de Kerry abrieron sus salones los jueves a la elegante sociedad de Londres; en estas reuniones, en las que siempre reinó la más encantadora armonía, se rindió culto a la música y a la literatura, tocándose y cantándose piezas escogidas de compositores italianos y alemanes, y leyéndose selectas poesías de los primeros vates ingleses, franceses, italianos y españoles.

 

3

 

  El conde del Socorro, tan aficionado consagrar monumentos a sus amores, compró en Richmond el hotel donde vieron deslizarse la luna de miel de mister Henri Adams y lady Arabela, y donde él se casó con el objeto de su única y vehemente pasión; en cuyo hotel pasaba deliciosas temporadas con su esposa y íntimos amigos.

 

4

 

  Tanto la condesa de Kerry como el conde del Socorro, manifestaron más de una vez al conde de Glamorgan, que no contaba más que treinta y ocho años de edad, su deseo de que contrajera matrimonio; pero siempre que tal conversación tocaban, respondía el conde de Glamorgan conmovido "que le era imposible dar semejante paso, porque la imagen de Carolina llenaba aún y llenaría eternamente su corazón", cuya respuesta agradaba mucho a Pedro y engolfaba en delicias el alma de María.

 

5

 

  A los tres meses de regresar de Pasajes, falleció el anciano y venerable capellán Edward Walter Bonham, siendo su muerte la del justo, y dando su bendición momentos antes de espirar a lord Glamorgan, al conde del Socorro y a la condesa de Kerry, quienes, arrodillados, rodearon su lecho en sus tranquilos, postrimeros instantes. Un sacerdote joven ocupó aquel puesto en el palacio de Saint-James S'Quare.

 

6

 

  Sir Wollaston casó con la hija de un lord, lo que irritó de una manera inconcebible a mistris Angelina y a la duquesa de Malmesbury. Sea efecto del disgusto que esto les produjo, de los disgustos no menores que les causaron las bodas y fortuna de la condesa de Kerry, o sea tal vez un triste patrimonio de familia, el hecho es que, como su hermano el antiguo conde de Glamorgan, se sintió acometida la de Malmesbury de un fuerte ataque de perlesía, que le cogió todo el lado izquierdo, interesándole también la lengua. Desde entonces mistris Angelina tuvo que dedicarse al cuidado de su madre, renunciando, por lo tanto, mal de su grado, a los placeres del gran mundo; y ya fuera consecuencia de este forzado retraimiento o de su carácter repulsivo, llegó a una edad avanzada sin contraer matrimonio, desesperándose de ver a todas sus amigas y enemigas casadas.

 

7

 

  Sir Enrique North entregó su mano al pie de los altares a una joven elegante y bella, natural de París, que vivía en Londres; siendo su paraninfo lord Glamorgan, y asistiendo a sus bodas, entre otras muchas personas de la alta sociedad, el conde del Socorro, la condesa da Kerry, el marqués de Egremont, la condesa de Nicolson, mister Henri Adams y lady Arabela.

 

8

 

  El tío Pedro y la tía Juana, don Policarpo y Herminia disfrutaron muchos años de felicidad, viviendo siempre juntos en la misma casa de Torre Achia, y yendo a pasar temporadas muy largas a la bonita quinta de Puertas Coloradas. El tío Isidoro, su esposa la tía Manuela, la tía Josefa y la tía Petra, acudían puntuales todas las noches a la tertulia, o, como ellas decían, "a pasar el rato en casa el tío Pedro". Y aquellas pobres gentes no encontraban palabras bastantes para manifestar su agradecimiento a Pedro y a María por las donaciones que les habían hecho, con las cuales los sacaron de la miseria.

 

 

                            

 

9

 

  Cierta mañana recibieron Herminia y don Policarpo una carta de su hijo Arturo, entonces mucho más humilde que las anteriores, refiriéndoles una serie de calamidades. En ella les decía "que había muerto su niña, que su esposa estaba gravemente enferma, teniendo que gastar en la enfermedad todos les recursos con que contaba, y que, como complemento de su desgracia, puesto que con la enfermedad de su esposa se había visto obligado bastantes días a faltar al almacén, lo había despedido el principal, quedando muy próximo a caer en la miseria". Herminia preguntó llorando a don Policarpo qué pensaba hacer y don Policarpo contestó también llorando "que remitirle por el próximo correo los cuatro mil reales que tenían ahorrados", lo cual verificó por medio de una casa de San Sebastián. !Así pagan los padres la ingratitud de sus hijos!

 

 

 

 

10

 

  Digamos por conclusión que a los ocho meses de haber regresado de Pasajes el conde del Socorro y la condesa de Kerry, a los once de haberse casado, dió a luz ésta una hermosa niña, que fue el encanto de sus padres, de su abuelo lord Glamorgan, y después de sus bisabuelos el tío Pedro y la tía Juana. A aquella niña pusieron por nombre, para perpetuar en ella los de su madre y su desgraciada abuela, María, Concepción, Carolina; pero sólo la llamaban Carolina.

 

 

           Fin de la novela

 

 

 

 

 

 

 

 

                            

 

 

 

  Fin del Volumen XX y de la Obra

 

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Obra transcrita por:

  Fundosa T.B.S. S.L

 

  Octubre de 2004