<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> ¡EL ENCUENTRO

 

¡EL ENCUENTRO

 

IRMA GPE. VELA MEZA.

 

Noviembre 2003.

 

 

CAPÍTULO I.

 

¡QUÉ SORPRESA!

 

Eran las primeras horas antes del amanecer. Tres jinetes cabalgaban entre los cerros, no tenían prisa alguna, su objetivo se encontraba a la vista. La húmeda

y fría madrugada les obligaba a llevar gruesos gabanes y las caras cubiertas por paleacates. Uno de los tres hombres montaba un espléndido alazán de gran

alzada. Al parecer, se trataba del jefe.

 

Se podría decir que todavía era de noche y algunas estrellas brillaban en la lontananza como despidiéndose para dar paso al amanecer.

 

Allá abajo, en el valle, se levantaban los altos muros del convento de las Carmelitas Descalzas. Era una gran mole amurallada al estilo de las construcciones

coloniales propias de la época y del lugar, grandes muros que ocultaban una construcción austera y sobria sostenida por columnas cuadradas según las secciones

de la fachada, un atrio al frente, puertas rematadas por un arco de medio punto, pocas ventanas rectangulares daban al patio exterior y se advertían algunas

troneras en los muros que rodeaban la construcción.

 

Nos encontramos en el valle de México por el Anahua.

 

Pedro, el mayor de los tres, se dirigió al hombre de su derecha.

 

-Mire usted, don Alfredo, ahí está el convento, ¿estará la paloma tras esos muros?

 

-No lo sabremos hasta que entremos, pero tengo entendido que ya hace varios años que su hermano la depositó al cuidado de esa congregación. ¡Ese perro de

Ramón Fernández me ha de pagar todas las que me ha hecho una vez que tenga a su hermanita en mis manos!

 

Don Alfredo era un hombre como de 25 años, 1.80 de estatura, complexión atlética, cabellos rubios, ojos azules, en fin, bastante buen mozo. Hijo de francés

y mexicana. Su educación se había concluido en Europa. Tenía apenas 6 meses de haber desembarcado en Veracruz, su intención era cobrar una deuda de honor,

pero el agraviante se había negado a darle la cara y siempre se hacía acompañar de esbirros que le impedían al caballero cumplir su cometido.

 

A la muerte de su padre, don Alfredo, con 20 años de edad, su hermana Irene de 16 y su madre, se fueron a radicar a Francia dejando en manos de un amigo

de la familia la administración de sus bienes. Ahora, de regreso, él no tenía ningún problema en tomar posesión de su herencia que, por cierto, era bastante

abundante.

 

Junto con Pedro y el hijo de este, Miguel, había emprendido la persecución de su agresor, pero los días pasaban y él no veía modo alguno de cumplir con

su cometido.

 

Pedro hizo algunas observaciones.

 

-Mire patrón, por aquel lado podemos lanzar el grampín envuelto en unos trapos, de ese modo no se escuchará cuando atore en lo alto del muro, después mi

hijo Miguel trepará y nos abrirá las puertas.

 

Alfredo respondió:

 

-Quiero que estemos dentro antes de que salga el sol, escucha bien, Miguel, cuando tu padre y yo estemos en el patio frontal, tú y él recorrerán todo el

convento y obligarán a cuanta persona encuentren a colocarse de espaldas al muro más cercano a la puerta de salida. Los caballos están descansados y podemos

tener buena ventaja antes que las monjitas den aviso a las autoridades.

 

-¡Sea pues! -respondieron padre e hijo.

 

Todo se hizo según lo planeado y, una vez dentro de los muros conventuales, no tuvieron necesidad de buscar a las religiosas, todas estaban reunidas en

la capilla. La capilla no era muy grande y se ubicaba a un lado del edificio central, sólo tenía una puerta principal y otra detrás del altar que comunicaba

a una pequeña sacristía. Una bóveda de cañón corrido se prolongaba por casi 50 metros para desembocar en otra bóveda de sillería; a los lados de esta última

se proyectaban dos naves pequeñas con su techo de cañón y, por supuesto, a la cabecera también se continuaba el cañón. De esta manera, la arquitectura

respetaba la forma de la cruz tanto en el piso como en el techo.

 

La decoración de la capilla era modesta, su piso era de lajas cuadradas bien pulidas, tenía a los lados dos hileras de bancas con sus respectivos reclinatorios

de cedro, todo esto colocado de manera simétrica, dejando un solo pasillo al centro. Empotrados en los muros, se encontraban los portaantorchas de bronce

con alegorías labradas en forma de ángeles.

 

El presbiterio estaba rodeado por un enrejado de hierro que formaba caprichosas figuras geométricas y rematado por un barandal de madera a unos 75 centímetros

del suelo.

 

Había un púlpito a la derecha del altar, ambos eran de madera de caoba tallada finamente y con incrustaciones de ónix y chapa de oro.

 

Tras el altar se levantaba un ciprés de madera que dejaba ver en el centro la imagen de Nuestra Señora del Carmen.

 

En las paredes laterales sólo había dos ventanas, una de cada lado, con enrejados de hierro y postigos de madera sin vidrio.

 

Alrededor de la bóveda de sillería se repartían 4 tragaluces que permitían la entrada de la luz.

 

El coro estaba sobre la puerta principal y el frente estaba cerrado por celosías igualmente todo hecho de madera. En fin, la construcción era al estilo

colonial mexicano.

 

Las religiosas se encontraban en los maitines. Era como escuchar a un coro de ángeles y, por un momento, Pedro y su hijo se detuvieron a deleitarse, pero

pronto recordaron sus intenciones y, con gran estrépito, turbaron la paz del lugar.

 

Fue grande el terror para las sorprendidas mujeres cuando se les ordenó a punta de pistola salir del recinto y colocarse en línea de espaldas a la pared.

Algunas lloraban pero se les amenazó para que guardaran silencio.

 

La voz de Alfredo retumbó como un trueno.

 

-¿Quién es Guadalupe Fernández?

 

-Señor, ¿qué pretende usted? Esos no son modos de irrumpir en este lugar –imprecó la superiora.

 

-Yo tengo mis motivos y usted, señora, no tiene que inmiscuirse. Limítese a decirme quién es la mujer por la cual pregunto; de lo contrario, tendré que

tomar otras medidas.

 

-Se equivoca usted, señor, yo soy responsable por cada una de estas chicas, son como mis hijas y no puedo permitir que usted... -no terminó de hablar la

priora cuando Alfredo amenazó nuevamente con su pistola y volvió a preguntar.

 

-Pronto. ¿Quién es la hermana de Ramón Fernández? Será mejor que me lo digan o, de lo contrario, tomaré otras medidas para enterarme y les aseguro que no

les van a gustar.

 

Con la cabeza baja, mirando al suelo y las manos entrelazadas al frente, Guadalupe se decía para sus adentros:

 

-¿Qué puede ser esto? ¿Por qué este hombre pregunta por mí? ¿Me llevará de nuevo donde mi hermano? ¡No quiero ir! Pero si me niego, quién sabe qué le puedan

hacer a mis hermanitas y a mi querida madre espiritual. ¡Dios mío, ayúdame, dame fuerzas!

 

Por fin abrió la boca y dijo:

 

-Yo soy Guadalupe Fernández.

 

Decir esto en un sollozo y ser tomada por un corpulento brazo para ponerla a la grupa de un caballo fue todo lo que en un parpadear de ojos sucedió ante

las atónitas miradas de las presentes.

 

-¡Hombre de Dios, ¿qué hace usted? ¡Es sólo una niña! ¡Deténgase por caridad, usted no puede llevarla!

 

Pero en su furor, Alfredo Bonod no escuchó ni vio, ni sintió nada y, a carrera tendida, salió del convento para perderse entre los montes y collados llevando

en sus brazos a la aterrada Guadalupe.

 

Pedro y Miguel obligaron a las religiosas a entrar nuevamente en la capilla y las encerraron.

 

Luego Miguel salió del convento con rumbo hacia Chapultepec para dejar una carta dirigida al señor Ramón Fernández en la cual se le comunicaba el rapto

de su hermana.

 

Pedro se ocultaría en los alrededores para llevar la respuesta a su patrón.

 

 

 

    SECCIONES DE AYUDA     

 

 

    Capítulo siguiente!

 

    Volver al índice!