<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> ¡EL ENCUENTRO

 

¡EL ENCUENTRO

 

IRMA GPE. VELA MEZA.

 

Noviembre 2003.

 

 

CAPÍTULO XIX.

 

LOS HERMANOS FERNÁNDEZ.

 

Cuando don Ramón Fernández quedó viudo, tenía un hijo de su matrimonio llamado también Ramón, por eso en esta historia nos referiremos al primer Ramón como

“Ramón padre” y a su hijo como “Ramón”.

 

Ramón tenía 15 años cuando su madre murió y era un muchacho muy consentido, acostumbrado a que todos sus caprichos se le concedieran. Su madre lo había

educado como si fuera el centro del mundo y todos tuvieran que doblegarse a su voluntad. Cada vez que don Ramón padre quería corregir a su hijo para intervenir

en su educación, la señora Fernández defendía al muchacho y esto ocasionó desavenencias en el matrimonio.

 

Don Ramón padre era muy generoso y le disgustaba ver que su esposa maltrataba a la servidumbre. Para el pobre hombre, su matrimonio fue un infierno pero,

a pesar de todo, amaba a su hijo y sufría al ver que él seguía los pasos de su madre.

 

Cuando Ramón quedó sin el amparo de su madre se volvió receloso e inseguro, creía que su padre no le quería, así que constantemente fingía ante él una conducta

amable y bondadosa y a sus espaldas era cruel, orgulloso y codicioso.

 

Un día Ramón padre le informó a su hijo que se volvería a casar, Ramón fingió que le daba mucho gusto y lo felicitó, en su interior se revolvía del coraje.

Enseguida pensó en que tendría que compartir la herencia de su padre con una extraña y, si esa extraña tenía hijos, le mellarían aún más su herencia.

 

Si esos sentimientos codiciosos despertaron en el muchacho una aversión hacia su futura madrastra, cuando la conoció la odió aún más.

 

Se trataba nada menos que de Margarita Loredo, la joven más solicitada de la ciudad de México. Todos los muchachos y los no tan muchachos suspiraban por

ella, incluso él mismo alguna vez había pensado en ella.

 

Para entonces Ramón tenía 18 años y Margarita 20. ¿Qué había visto ella en don Ramón padre para dar semejante paso? Una delicada damita casada con un viejo,

seguramente sería por el interés del dinero. Esos fueron los pensamientos del joven.

 

La boda se realizó y, tras un mes de luna de miel, los nuevos esposos se instalaron en la casona familiar en donde Ramón también vivía, ahí nació, ahí creció

y ahí pensaba quedarse a toda costa.

 

Los primeros días se mostró condescendiente con su madrastra pero antes de un mes la empezó a asediar con proposiciones indecorosas, incluso llegó a intentar

algo más, la joven se defendió con ahínco y él salió magullado jurándole que se vengaría en lo que más le doliera.

 

Margarita nunca le mencionó nada a su marido, no quería causarle ninguna pena y además estaba segura de poder controlar la situación, porque ya se había

dado cuenta de que Ramón era un cobarde.

 

A los pocos meses de casados ella le comunicó a su marido que esperaban un hijo, él se llenó de felicidad y, después de grandes demostraciones de alegría

y amor hacia su mujer, corrió en busca de su hijo para comunicarle la noticia.

 

Como siempre, hipócritamente, Ramón abrazó a su padre y lo invitó a salir juntos para festejar.

 

Los días pasaban y el embarazo seguía su curso sin contratiempos. Margarita se veía aún más bella, era de las mujeres a las que el embarazo favorece y Ramón

seguía contemplando a Margarita con un deseo intenso convertido en una pasión insana.

 

Un día, cuando ya faltaba poco para el alumbramiento, Ramón, en ausencia de su padre, se introdujo en la habitación de élla y discutieron hasta llegar a

la violencia, él la golpeó en el rostro y ella cayó aparatosamente, golpeándose la cabeza y perdiendo el conocimiento. Asustado, la levantó y la depositó

en la cama y salió pidiendo ayuda. Al momento, los criados fueron en busca de un doctor y de don Ramón padre.

 

Cuando el doctor examinó a la joven, don Ramón padre ya se encontraba junto a su esposa. El doctor dijo que presentaba una fractura de cráneo y que sería

cuestión de horas su deceso. El pobre viejo se arrodilló a un lado de la cama y, tomando la mano de su esposa, lloró amargamente durante mucho rato. El

médico estuvo a su lado todo ese tiempo y por fin le dijo titubeando un poco:

 

-Su esposa está embarazada, si usted quiere... podemos tratar de salvar al niño.

 

-¿Cómo es eso? -preguntó incrédulo don Ramón padre.

 

-Puedo abrir el vientre de su mujer y sacar a la criatura.

 

-Élla todavía está con vida -volvió a decir don Ramón.

 

-Le repito, no por mucho tiempo. Tiene el cráneo deshecho, como si una carreta la hubiera atropellado.

 

Don Ramón se incorporó, titubeó unos instantes y dijo:

 

-Hágalo -y salió de la habitación.

 

Antes de una hora, Ramón padre se encontraba con una hermosa niña en brazos y una hermosa esposa muerta. Cuando don Ramón padre interrogó a su hijo con

respecto al accidente, Ramón le respondió que él sólo iba pasando frente a la recámara cuando escuchó un fuerte ruido, miró hacia adentro y vio a Margarita

en el suelo.

 

Ramón nunca quiso conocer a su hermana, aludiendo que le causaba gran pena verla, pues le recordaba a su madre. Así pues, se ausentó de la ciudad y hasta

del país, haciendo frecuentes viajes por el extranjero. Después de 6 años regresó y se volvió a establecer en la casa paterna, cada vez que miraba a la

hermana se acordaba de su crimen, además era tan parecida a su madre, que sentía como si la propia Margarita hubiera salido de la tumba para decirle: –mírame,

aquí estoy.

 

Don Ramón padre consagró todos los últimos días de su vida a disfrutar de su hija. Iban seguido a Orizaba a visitar a sus mejores amigos, don Jesús y doña

Anita que, además, eran padrinos de la niña, a quien pusieron por nombre Guadalupe, porque don Ramón padre se la había encomendado a la Virgen del mismo

nombre mientras el doctor la rescataba del vientre de su madre semimuerta.

 

Como Ramón padre no era tonto, nunca estuvo satisfecho con la explicación de su hijo en lo referente al accidente que le costara la vida a su amada Margarita

y sus recelos lo llevaron a sospechar del hijo, pero no tenía pruebas y decidió no remover el pasado. Sin embargo, tenía pruebas de la ambición desmedida

del joven, por lo cual decidió en su testamento nombrar albacea de la niña a su padrino el licenciado Salas, incluyendo una cláusula en donde aclaraba

que si la niña se casaba antes de la mayoría de edad recibiría automáticamente su herencia como dote.

 

Nunca se refirió a la custodia, tal vez pensó que no sería necesario porque se notaba que Ramón no quería a su hermana y lo más seguro era que si él llegaba

a faltar, los Salas se harían cargo de ella.

 

El hombre murió repentinamente una noche mientras dormía dejando a la niña a merced de su hermano. La venganza de Ramón no se hizo esperar, en lugar de

brindar consuelo a su hermana por la muerte del padre, la hizo participar en todas las pompas fúnebres. Ni siquiera la eximió de estar en el velorio, sino

que también la obligó a presenciar el entierro y ver como los restos de Don Ramón padre eran bajados a la fosa para luego ser cubiertos por la tierra.

En esos días, el licenciado Salas se había ausentado del País, por lo cual no pudo interceder por su ahijada.

 

Además, Ramón, no conforme con eso, esa misma noche, al regresar del funeral, había cometido con ella el acto más canalla que un hombre puede cometer. Aunque

mami vivía con ellos, no pudo hacer nada por su pequeña porque, si se oponía abiertamente a Ramón, él la echaría de la casa y entonces su pequeña quedaría

completamente sola y quién sabe lo que sería de ella.

 

La pobre Toña jamás se imaginó lo que el perverso hermano le haría a su niña.

 

Cuando mami le habló al licenciado Salas, el mal ya estaba hecho y como sabemos la única opción era ingresarla en un convento. No conforme con todas sus

fechorías, el último día que la tuvo a su alcance, la azotó tan fuerte con un fuete que Guadalupe todavía llevaba las marcas en las nalgas y en la espalda.

 

Ahora todo eso pertenecía al pasado y, como ella misma lo comprobó al enfrentarse con él, ya lo había perdonado.

 

Le esperaba una nueva vida junto a personas que la amaban y a quienes ella también amaba.

 

 

 

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