¡EL ENCUENTRO
IRMA GPE. VELA MEZA.
Noviembre 2003.
CAPITULO II.
GATO POR LIEBRE.
Como ya hemos dicho, los tres secuaces salieron por distintos caminos para despistar a sus perseguidores, en caso de que los hubiera, y para cumplir diversos
encargos del patrón.
Al cabo de un rato el astro rey empezó a despertar tímidamente, sus dorados rayos resplandecían entre el verdor de los árboles y los pastos como de color
esmeralda emitían los reflejos de las lágrimas del rocío.
Poco a poco, el jinete fue disminuyendo la carrera de su fiel bestia hasta convertirla en un trote acompasado y lento y de igual manera fue aflojando su
brazo que, como un lazo, oprimía el frágil cuerpo de su víctima. Al recuperar el sosiego se dio cuenta de que lo que llevaba en su regazo era un cuerpo
pequeño como el de una niña y se desmontó de un salto y al depositarla en el suelo se fijó que efectivamente era una mocosa flacucha que no medía más de
1.25 de estatura.
-¡¿Quién demonios eres tú?! ¡Tú no eres la persona que yo busco! ¡Habla, dime! ¿Quién eres?
La voz del raptor era ronca y su volumen alto denotaba gran indignación.
Con un hilo de voz la interpelada dijo:
-Señor, yo me llamo Guadalupe Fernández Loredo y mi hermano es don Ramón Fernández Campos.
El sorprendido hombre dijo:
-Pero yo creí que tú eras mayor. ¡Me lleva pifas! ¿Qué se supone que debo hacer contigo ahora?
La niña habló nuevamente.
-Yo creí que usted me llevaría con mi hermano.
Alfredo dijo rojo de la ira:
-Qué más quisiera que verme con ese cabrón.
Ella preguntó:
-¿Acaso ustedes no son amigos?
Él le respondió:
-¡Por supuesto que no! Yo no tengo a infames por amigos.
La chiquilla bajó la cabeza y quedó un momento pensativa, si no era amigo de Ramón ¿para qué la quería?
-Oye tú, mocosa, ¿por qué llevan distinto apellido materno? ¿No tienes otra hermana?
-No, señor, sólo somos don Ramón y yo. Cuando papá quedó viudo se casó por segunda vez con mi mamá, pero ella murió cuando yo nací y mi papá murió cuando
tenía 7 años. Entonces, mi tío Manuel, que es sacerdote, me llevó, con la autorización de mi hermano don Ramón, al convento. Desde ese día no he vuelto
a verme con él.
-¿Cuántos años tienes ahora? -Preguntó Alfredo.
-Cumpliré 11 la semana próxima, el 28 de Febrero.
Retirando el velo de la cabeza de la niña él prosiguió:
-¿Por qué tienes el pelo recortado como chico? ¿Acaso te lo cortaron por piojos?
No tienes marcas de viruela o tisis.
-Me lo cortaron en el convento como ofrenda, pues debemos despojarnos de nuestras vanidades para prepararnos a ser esposas del Señor.
-¡Pamplinas! -Replicó Alfredo reprimiendo la risa ya que a él, por lo general, los niños le despertaban gran ternura y no podía imaginarse infundir terror
en ningún pequeño.
Así, con la cabeza descubierta y el pelo corto, se veía más infantil. Sus facciones eran muy afiladas, una nariz pequeña y respingada, unos ojos verdes,
unas pestañas abundantes y chinas, unos diminutos labios bien delineados hacían los adornos de su blanca cara.
Su piel era demasiado blanca y pálida por falta de sol. Además de que sus negros cabellos acentuaban su palidez.
Pero si su hermano se había deshecho de ella mandándola a una cárcel, ¿cómo podía él esperar que se preocupara por rescatarla? Estaba visto que su plan
no daría resultado para atraer a Ramón y cruzarle la cara para retarlo a duelo. Sí, un duelo, eso era lo que Alfredo pretendía.
Estuvo un rato pensativo ordenando sus ideas. Tal vez, por no quedar mal ante la sociedad, Ramón finalmente tendría que buscarlo pues ahora el ofendido
sería él.
Levantándole la cara por la barbilla miró fijamente a la niña y le dijo:
-No temas, escuincla, la cosa no es contigo. Te prometo que nada malo te ha de pasar.
Ella asintió con la cabeza y se calmó pues, aunque no había llorado, estaba asustada.
Guadalupe se inclinó lentamente y recogió su velo, se lo volvió a colocar sobre la cabeza y cruzó sus brazos sobre el pecho frotándoselos con las palmas
de las manos, era evidente que tenía frío.
Alfredo tomó una manta que llevaba atada a la silla de su caballo, la extendió y la envolvió de pies a cabeza haciéndola prácticamente un taco. Luego la
subió nuevamente a la bestia y dijo:
-Por ahora tenemos que seguir nuestro camino.
Mientras tanto, Miguel hacía llegar la misiva por medio de un muchacho al Fernández. Pudo ver a distancia la sorprendida cara del hombre y después vio también
que daba una respuesta verbal al muchacho. Cuando Miguel se pudo acercar al muchacho le preguntó:
-¿Qué te dijo?
-Me ha dicho que el día primero de Marzo sus padrinos irían
al rancho
-¿Nada más te dijo eso?
- Sí, señor, nada más eso.
-Está bien, aquí tienes la moneda que te prometí.
Y dicho esto, Miguel montó nuevamente en su caballo para ir en busca de su padre y darle la respuesta del Fernández para que a su vez Pedro se la llevara
a don Alfredo.
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