<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> ¡EL ENCUENTRO

 

¡EL ENCUENTRO

 

IRMA GPE. VELA MEZA.

 

Noviembre 2003.

 

 

CAPÍTULO XXIV.

 

MUERTO EL PERRO SE ACABÓ LA RABIA.

 

Cuando los recién casados se despertaron, la mañana ya estaba avanzada y Alfredo recordó el compromiso de ir a comer al rancho de Ramón. Antes de hablar

se volvieron a besar y las manos del ingeniero recorrieron otra vez ese cuerpo que apenas empezaba a explorar; bajo la ropa de cama no había podido contemplar

las curvas de sus caderas, la pequeña cintura, las bien torneadas piernas. Su piel era tersa y suave, su aroma y sabor era dulce, todo esto le excitaban

los sentidos. Sus pechos tan receptivos se movían con el menor roce y podía sentir cómo todo su cuerpo se estremecía como un instrumento musical. Ahora,

a plena luz del día, podía admirar detalladamente la sinuosa anatomía de la mujer que se encontraba en la cama. Se empezaba a estremecer y decidió muy

a su pesar alejarse de ella pues, en la madrugada, le había costado mucho esfuerzo contenerse y no la quería forzar, así que la soltó y dijo:

 

-Ándale, flojita, ya es hora de levantarnos, hice compromiso para comer con tu hermano, tenemos que arreglarnos.

 

-Entonces... ¿Vamos a ir a su casa?

 

-Así es, dice que nos quiere agasajar para convencernos que ha cambiado.

 

-Y... ¿Vamos a ir solos?

 

-Claro que sí, nenita, él invitó a los esposos Bonod.

 

-A los “esposos”, tu esposa... -Repitió ella sonriendo.

 

-Sí, mi esposa, mi mujercita, mi vida, mi amor, la reina de mi corazón... -dijo él.

 

Alfredo se levantó y todavía ella permaneció amodorrada en la cama, la volvió a contemplar tan frágil y tierna, en fin, toda ella se veía tan femenina y

delicada y, a la vez, tan atrevida y desenvuelta a lomos de un caballo. Le gustó que no se mostrara perturbada ante él al encontrarse desnuda, élla no

lo hizo, estaba acostumbrada a que Carlota y mami la vieran así, además Carlota le había inculcado que no tenía por qué avergonzarse por mostrar un cuerpo

desnudo, incluso alguna vez se metió en el río con Ricardo estando los dos sin ropa, claro, estaban más chicos.

 

Alfredo se fue a su recámara para vestirse, ya que se encontraban en la de ella y todavía no había hecho el cambio de ropero.

 

Cuando se quedó sola, volvió a pensar en los besos y caricias nuevas de su esposo, ahora eran muy diferentes a los besos y caricias que antes le daba.

 

-¿Cómo será cuando por fin consumemos el matrimonio? Ya no lo llevaré solamente en mi piel, estará dentro de mí, en mi sangre, formando parte de mi ser.

Como dice la madrina, seremos un solo ser... -Dejó sus cavilaciones y

 

se decidió y abandonó la cama, escogió el vestido que llevaría y los accesorios, preparó el baño y puso manos a la obra.

 

Mami y Carlota esperaban impacientes ver a su niña aparecer para que les contara de su noche de boda, cuando Guadalupe apareció fue para despedirse, debido

a que ya iban de salida rumbo a la propiedad de su hermano. Cuando Toña se enteró de que era cierto que irían con Ramón, sus ojos se llenaron de ira y

una sombra hizo más negra su cara negra, no dijo nada. Don Jesús y Carlota se limitaron a aprobar la decisión del joven sin querer pensar mucho en la sinceridad

del Fernández.

 

Toña se atrevió a comentar frente a Carlota y don Jesús:

 

-Lo que ese maldito le hizo a mi niña no tiene perdón, ¡una cosa es que nos comportemos como gente civilizada y no le propinemos su merecido y otra muy

distinta, es que ustedes permitan la convivencia con ese demonio!.

 

Los Salas bajaron la cabeza y se limitaron a guardar silencio.

 

Toña muy disgustada salió de la estancia refunfuñando.

 

Alfredo mandó arreglar una pequeña volanta para dos tirada por un caballo y en ella se fueron hacia la casa de Ramón. Al cabo de un buen rato ya se encontraban

frente a la propiedad del “hermano pródigo”, él salió personalmente a darles la bienvenida y con gran entusiasmo los invitó a pasar. Durante la comida

Ramón se siguió mostrando exageradamente cordial, exaltando siempre la hermosura y el porte de su hermana. Guadalupe casi no probó bocado porque se sentía

incómoda en aquella casa.

 

Ramón los invitó a pasar al salón del piano, así llamaba él a una de las salas en donde había dicho instrumento para seguir platicando. Guadalupe, lo que

quería, era irse de ahí pero Alfredo, cortésmente, aceptó. Siguieron platicando de todo y de nada hasta que el joven Bonod hizo ademán de pasar a retirarse.

El Fernández tocó una campanilla y aparecieron tres de sus esbirros que amagaron a la pareja. Mientras Lupita, aterrada, se abrazaba a su esposo, los hombres

se abalanzaron sobre los dos para separarlos ensañándose especialmente con Alfredo; Guadalupe lloraba y gritaba pidiendo ayuda, Ramón, que reía diabólicamente,

ya la tenía sujeta. Por fin lograron noquear al ingeniero y lo maniataron. La muchacha dejó de gritar porque comprendió que nadie acudiría en su ayuda.

Ramón ordenó a sus hombres que llevaran al ingeniero a la habitación que estaba junto al salón del piano, ellos lo obedecieron y después salieron de la

casa para dejar que su patrón actuara a sus anchas. El mismo Ramón arrastró a Guadalupe que, aunque ya no gritaba, todavía forcejeaba. La habitación era

una recámara y al centro de la pared lucía una cama espléndidamente vestida.

 

-¿Qué te parece hermanita? ¿Te gusta para pasar tu segunda noche de boda?

 

¿Qué tal te fue? ¿Disfrutaste al ingeniero, él te gozó? ¿No lo decepcionaste?.

 

Ella empezó a sollozar y Alfredo recuperó el conocimiento, para encontrarse que estaba amordazado y atado de pies y manos, con un terrible dolor en las

costillas y otro aún peor en el corazón, provocado por la angustia de saber que Guadalupe estaba a merced de Ramón. Cuando contempló la escena su desesperación

se incrementó... Guadalupe se defendía histéricamente mientras Ramón le rasgaba la ropa. Por fin logró tirarla desnuda sobre la cama y, cuando se disponía

a ir sobre ella, una mano con un fusil se vio apuntar a la cabeza del Fernández, se escuchó una detonación y una bala penetró la perversa cabeza. Unos

instantes más tarde, Pedro y Miguel desataban al ingeniero mientras mami acunaba a su niña tratándola de calmar.

 

Toña no se dejó convencer del arrepentimiento de Ramón. Ella siempre estuvo segura que era falso. Así que le pidió a Miguel y a Pedro que la llevaran a

espiar y, como la parte posterior de la casa daba a una cañada, por ahí se aproximaron sin ser vistos. Ramón había despedido a todos sus criados para no

tener testigos de su crimen, sólo se había quedado con los tres que ya sabemos. Pensaba ultrajar a su hermana delante de su esposo para luego matarlos

y arrojar sus cuerpos a un barranco con coche y todo. Así podría decir que habían tenido un accidente.

 

No contó con la audacia de la mami Toña quien, personalmente, había apuñalado a uno de sus esbirros, mientras Miguel y Pedro se hacían cargo de los otros

dos.

 

Pedro revisó a su patrón y se dio cuenta de que tenía una costilla rota y también el antebrazo derecho, por lo que tuvieron que transportarlo con mucho

cuidado. Mami envolvió a su niña en una sábana y la instaló en la carreta en que había ido con Pedro y Miguel, junto a su esposo. Luego le ordenó a Pedro

y a Miguel que metieran todos los cadáveres a la casa y le prendieran fuego. Toña se subió atrás con ellos y Miguel se fue en la volanta más rápido para

dar aviso y buscar un doctor.

 

Cuando la carreta llegaba al rancho de Alfredo, todo ya estaba dispuesto para recibirlos. Los Salas se encontraban muy afligidos. Carlota y mami se hicieron

cargo de Guadalupe mientras los peones subían delicadamente al maltrecho ingeniero a sus habitaciones.

 

El doctor curó de inmediato las heridas de Alfredo. Mientras tanto, mami ayudada por Carlota, atendía a la muchacha. Las heridas de ella eran superficiales,

se trataba solamente de algunos golpes y raspones, se los curaron y Le pusieron una bata, luego la empezaron a peinar, mami se dio cuenta de que Guadalupe

no había vuelto a hablar ni a llorar desde que la subió a la carreta para traerla de regreso y tuvo miedo de que ocurriera como cuando era pequeña y su

hermano la ultrajó.

 

A Carlota también le empezó a parecer extraño que no respondiera a sus preguntas y que no diera muestras de preocupación, enfado o de alguna otra emoción.

 

-Hija, hijita, dime algo -le rogó Toña.

 

-Anda, nena. ¿Qué tienes? -También le decía su madrina.

 

Después de muchos ruegos, las vio y dijo volviendo a llorar:

 

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Era mi hermano... ¿Por qué tanto odio? Yo nunca le di motivos... Se oyó un disparo y luego él estaba muerto encima de mí

y su sangre, su sangre, su sangre, ¡Cayó sobre mí! ¡Era un monstruo! ¡Pensar en él me da repugnancia! ¡quiero bañarme! -dijo esto y se dirigió hacia el

cuarto de baño seguida por su madrina y por Toña.

 

Permaneció en la tina más de una hora y mami le hizo beber un té de tila para los nervios. Las dos mujeres intentaron en vano que se recostara, sin prestarles

atención, se echó una bata sobre el desnudo cuerpo y salió corriendo de la habitación en dirección a la de su esposo.

 

Cuando ella llegó, el doctor había terminado de atender al joven. Le inmovilizó el brazo derecho con una tablilla y vendas y también con chapa de madera

le inmovilizó el torso. En ese momento, el joven se encontraba dormido, a causa de las sales de cocaína que el médico le había hecho inhalar.

 

-¿Cómo está? -Guadalupe Le preguntó al médico mientras veía a su marido.

 

-Estará bien, solo debe tener mucho cuidado sobre todo con las costillas rotas, que no se levante de la cama por ningún motivo hasta que yo diga.

 

-No se preocupe doctor, yo me encargo de eso -le respondió ella.

 

Don Jesús se encontraba en la habitación y se le aproximó.

 

-Mi nenita, mira también cómo te ha puesto a ti ese canalla.

 

-Estoy bien, padrino, no se preocupe, en verdad estoy bien. Ramón jamás volverá hacer mal a nadie.

 

-Así es, mi niña. Desgraciadamente, tenía que acabar así.

 

El médico volvió a hablar y esta vez Carlota y Toña también se encontraban presentes.

 

-Señor, señoras, yo me tengo que retirar pero les repito... Reposo absoluto. ¿Entendido?

 

-Sí, señor -respondió don Jesús.

 

El doctor se retiró y Toña lo encaminó hacia la puerta de salida.

 

-Hijita... No puedes andar así por la casa -dijo don Jesús haciendo alusión a la bata translúcida de su ahijada.

 

-Sí, padrino, tienes razón, discúlpame, quería ver a don Alfredo.

 

-El doctor le dio un somnífero, no creo que despierte hasta mañana -volvió a decir don Jesús.

 

-Hija, tú también debes descansar, ven conmigo, yo te acompaño -le indicó su madrina tomándola por los hombros para conducirla hacia su recámara. Guadalupe

se liberó sutilmente y les dijo:

 

-Yo pienso descansar aquí junto a mi esposo. ¿Si fuera mi padrino el que estuviera herido usted lo dejaría solo?

 

-Claro que nó... Pero tú necesitas también reposo.

 

-Sí, madrina, la entiendo; por favor, usted entiéndame a mí, déjeme descansar aquí junto a él. ¿Sí?

 

-Vamos, cariño, déjalos a solas, ellos son marido y mujer, como quien dice tu niña ya es harina de otro costal. Vamos salgamos -dijo el licenciado tomando

a su esposa por el brazo y saliendo los dos del cuarto.

 

Alfredo dormía profundamente y Guadalupe se sentó en la mitad de la cama, levantó la sábana que lo cubría y estuvo contemplándolo hasta que cayó la noche.

 

Ahí estaba, era el hombre que ella amaba y que hacía unas cuantas horas había estado a punto de morir.

 

Unos golpecitos se oyeron en la puerta y la abrió, era mami que le traía algo para cenar. La dejó pasar y le dijo que dejara la comida en la mesita de noche.

Antes de retirarse, Toña le dijo:

 

-Ay, niña... Yo hice algo que debí haber hecho hace muchos años.

 

-Nó, mami, tú hiciste lo que debías en el momento que debías. De haberlo hecho antes, Alfredo no me hubiera encontrado en el convento y yo no hubiera hallado

la felicidad y el amor. Ramón encontró su fin en una muerte violenta, Alfredo y yo encontramos la paz a nuestros pesares. Gracias, mami.

 

Por último, mami Toña agregó:

 

-No me arrepiento y sé que me voy a condenar, pero... Muerto el perro, se acaba la rabia.

 

Y, dicho esto, la negra salió silenciosamente de la habitación.

 

La muchacha volvió nuevamente a contemplarlo, se quitó la bata y se metió a la cama acurrucándose junto a su esposo, el cual esta vez, al igual que ella,

se encontraba desnudo.

 

Cuando Alfredo despertó sintió en su costado izquierdo un pequeño cuerpo acurrucado estrechamente contra el suyo. Sonrió y trató de moverse, mas un fuerte

dolor se lo impidió haciéndole proferir un gemido. Guadalupe se despertó y le dijo:

 

-No se mueva usted, es mi prisionero... Lo voy a tener cautivo por muchos días, lo voy a torturar dándole de comer en la boca, bañándolo, peinándolo, rasurándolo,

leyéndole, besándolo, acariciándolo, amándolo día y noche hasta que esté usted bien don Alfredo. Y cuando ya se haya curado, quiero que entre en mi ser

y me llene toda de usted.

 

Alfredo sonrió y dijo:

 

-Adelante con la tortura... Señora Bonod, haga de mí lo que quiera...

 

EPÍLOGO.

 

El ingeniero recuperó la salud más pronto de lo que el médico y todos esperaban y se consagró en cuerpo y alma a dar gusto a su mujercita. Ella superó su

trauma y le dio gusto al gusto. Fueron siempre una pareja ejemplar, tuvieron 13 hijos, 5 mujeres y 8 varones, los cuales participaron activamente en la

política.

 

A la muerte de Ramón, Guadalupe heredó todos sus bienes y, como la riqueza nunca le importó, usó el capital económico para obras de caridad y únicamente

se quedó con la casona de su padre, ubicada cerca del bosque de Chapultepec y con las tierras colindantes con las de su esposo, en las cuales Alfredo y

ella construyeron viviendas para las familias de La Gloria y les otorgaron los títulos de propiedad.

 

El asesinato del Fernández quedó impune, las autoridades lo clasificaron como un accidente y nadie volvió a hablar del asunto.

 

Mami Toña vivió siempre con los Bonod y, junto con la señora Carlota, atendieron todos los partos de Guadalupe.

 

El licenciado Salas se retiró de la política y se consagró a disfrutar de sus nietos junto con su amada esposa.

 

Todos vivieron en el rancho, pero pasaban largas temporadas en Veracruz, Orizaba y México.

 

Ricardo se fue a Europa para estudiar música en el conservatorio de Viena y siempre mantuvo correspondencia con su amiga y, cuando regresó al país después

de diez años de ausencia, se instaló en Orizaba, fue padrino de ocho de los trece hijos de los Bonod y nunca se casó.

 

Alfredo lo llegó a estimar tanto como su esposa y los tres compartieron una gran amistad con el famoso compositor, pues Ricardo llegó a tener gran fama

nacional e internacional.

 

Por cierto, don Alfredo jamás volvió a buscar a Sofía ni a ninguna otra mujer, su mujercita no le daba tregua en la cama y a él no le quedaban ojos para

ninguna otra que no fuera su Guadalupe.

 

Don Porfirio Díaz gobernó durante treinta años y su primer periodo de gobierno abarcó de 1876 a 1880. Luego ocupó durante 4 años la silla presidencial don

Manuel González y en 1880 el General Porfirio Díaz fue electo nuevamente. Trató de imponer la paz a como diera lugar, así que lo hizo por la fuerza. Para

llevar a la práctica su lema de “Órden y progreso” se apoyó en la policía y en el ejército y así trató de acallar cualquier protesta que pusiera en peligro

sus planes. Además, cambió las leyes de acuerdo con sus intereses.

 

Durante su primer período de gobierno, Estados Unidos se negó a reconocer la regencia de Díaz si este no pagaba las deudas que nuestro país tenía con ese

país. Para eso enviaron al Ministro de Relaciones Exteriores, Ignacio L. Vallarta, quien logró acuerdos importantes y se apresuró a hacer los pagos pendientes.

 

Matías Romero se hizo cargo de la Secretaría de Hacienda para pagar las deudas. Trató de equilibrar los gastos de gobierno con los ingresos recaudados.

 

Vicente Rivas Palacios se hizo cargo del Fomento a los Ferrocarriles. En 1879 se empezó a tender las vías ferroviarias por todo el país incrementando en

casi un ochenta por ciento las ya existentes.

 

FIN DE LA NOVELA.

 

 

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