¡EL ENCUENTRO
IRMA GPE. VELA MEZA.
Noviembre 2003.
CAPÍTULO IX.
EL TÍO Y EL PADRINO.
La carreta se detuvo un momento frente a un gran portón que no tardó en abrirse para darle paso. Se desplazó por un camino a cuyos lados se podían apreciar
frondosos árboles y una línea de variadas flores bordeaban el mismo. Frente a la casa principal había una fuente de piedra que bifurcaba el camino en dos;
de este modo, el vehículo podía dejar a sus pasajeros y proseguir su marcha rodeando dicha fuente.
Cuando la puerta del carruaje se abrió, el cochero ayudó a bajar al caballero. Guadalupe iba a bajar de un salto, pero se detuvo y aceptó la mano de su
padrino para salir del carro como una dama.
Alfredo entregó los corceles a un caballerango para que los llevaran al establo. Pedro también se dirigió con su carreta hacia los establos.
Subieron los tres las escalinatas de mármol de la entrada principal y, antes de llegar a la puerta, una doncella uniformada ya la había abierto.
-Señor, madam lo espera en la biblioteca. ¿Se le ofrece algo más?
-Gracias petra, lleva, por favor, naranjada y cuando esté listo el desayuno, avísanos.
-Sí, señor.
Don Jesús recorrió el vestíbulo y abrió unas puertas de abatir que eran las de la biblioteca. La niña y el joven lo siguieron colocados uno y otra a cada
lado del caballero.
-¿Eres tú, querido?
-Sí, mi reina, aquí nos tienes.
La dama dejó un libro que estaba leyendo, se levantó del diván y dio un beso en la mejilla a su esposo. Luego extendió la mano para saludar al joven y,
por último, posó sus dulces ojos color miel sobre la pequeña.
-Así que tú eres Lupita, tu padrino me habla tanto de ti que ya te quiero mucho -le acarició la barbilla con una mano mientras le ponía la otra sobre la
cabeza y prosiguió-:
Hay alguien que también te quiere mucho y se encuentra tras aquella puerta, ábrela.
La niña fue hacia la puerta trémula de emoción, las manos le temblaban, primero pensó que podía tratarse de su hermano, pero luego se dijo: “es mami”.
Dejó de reflexionar y dio vuelta a la perilla de la puerta. Entonces apareció una mujer de tez negra, casi tan alta como don Alfredo, era bastante gruesa
y tenía amplias caderas, los grandes y redondos ojos negros de la mujer se llenaron de lágrimas mientras envolvía a la niña entre sus brazos apretándola
contra su pecho y colmándola de besos.
-¡Mami Toña! ¡Eres tú! ¡Eres tú!
-¡Sí, mi chiquita, aquí está tu mami Toña! Déjame verte bien, te has estirado un poco, pero estás muy delgada. ¿Qué, esas monjas no te daban de comer?
-No, mami, lo que pasa es que yo te extrañaba mucho y a veces no comía.
-A hora vas a comer muy bien, porque ya estamos nuevamente juntas. ¿Verdad, mi niña?
-Sí, yo voy a obedecerte en todo, me voy a portar muy bien, ya no quiero que nos separen.
-¿Esperabas esta sorpresa? -le preguntó la dama, que no era otra más que Carlota, la mujer que había cuidado con tanta abnegación a la infortunada Irene.
-No, señora, muchas gracias.
-Llámame madrina, ya sé que no lo soy, pero me gustaría mucho serlo, porque a través de las cartas que le escribiste a mami, te he ido conociendo y quiero
ganarme también tu afecto.
-Ya lo tiene, porque me ha reunido con mami y porque ama a mi padrino.
–Bueno, bueno, señoras y señorita, creo que en esta habitación hay dos personas que necesitan un baño y ropa limpia.
-Tienes razón, cariño. Le diré a Soledad que le muestre su habitación a Alfredo y mami y yo nos haremos cargo de Lupita.
-¿Le compraste algo de ropa? -dijo don Jesús dirigiéndose a su sobrino.
-Claro que sí, en la carreta viene un baúl con ropa de ella, yo mismo la traeré. ¿En dónde la instalará usted?
-En la recámara que se encuentra junto a la de nosotros -se adelantó a responder Carlota y agregó-: ya la tengo dispuesta, desde que llegó su tío, hice
los preparativos.
-Bueno, no es necesario que le hablen a Soledad, yo ya conozco mi recámara. Por cierto, tío, ¿cómo supo usted que vendría?
-Ay muchacho, cuando tú vas, yo ya fui y vine varias veces. Ahora ponte presentable, arréglate esas barbas de vagabundo, córtatelas, en fin, a ver qué puedes
hacer para verte más presentable.
-Con permiso, voy a darte gusto, querido tío.
Alfredo salió de la biblioteca para hacer todo lo dicho. También mami y Carlota salieron llevándose a la niña con ellas.
Cuando el licenciado quedó solo se sentó en un mullido sillón y empezó a cavilar.
-Qué hacer, pude apartar a la chiquilla de su hermano, pero él no me quiere dar la custodia. Si voy a pleito con él, no tengo bases para fundamentar mi
acusación, lo más seguro es que pierda y, además, el delito ya prescribió. Ahora que este mentecato la sacó del convento, lo más seguro es que Ramón la
reclame y se la quiera llevar. ¡Eso no lo voy a permitir!
Tal vez la podamos ocultar en el rancho del mismo Alfredo, Ramón no se atreverá a poner un pie ahí.
Mientras tanto, en otra estancia de la casa, mami había llenado una enorme tina de baño. ¡Los baños tenían agua entubada! Carlota ayudaba a la niña a desvestirse,
pero la pequeña estaba inquieta y miró a mami con ojos de súplica.
-No te preocupes, mi niña, la señora Carlota está al tanto de todo.
-Sí, querida, no te inquietes, yo conozco tu desdicha y te aseguro que ese maldito no volverá a tocarte.
El cuerpo de la niña presentaba varias cicatrices en la espalda y las nalgas, Toña ya le había contado a Carlota, la dama no esperaba que después de tantos
años fueran tan evidentes. Volteándose hacia Toña le dijo:
-Tal vez si le ponemos concha nacar con limón puesto a serenar, se le vayan desvaneciendo y desaparezcan.
Luego la ayudó a introducirse a la tina.
Guadalupe disfrutó mucho del baño, debido a que desde que se la llevaron al convento, no se había vuelto a bañar en una tina y esa era una de las cosas
que más le gustaban, Carlota hubiera querido agregar jabón de burbujas a la tina, se contuvo, ya que no quería hacer esperar a su marido. Entre ambas la
secaron y le pusieron un precioso vestido de organdí color verde que hacía juego con el color de sus ojos, luego Carlota fue corriendo a su recámara y
volvió trayendo con ella unos pequeños aretes de esmeraldas y se los puso a la niña.
-¡Ahora sí, vámonos al comedor!
Mami las acompañó, los Salas no la trataban como sirvienta, por el contrario, era parte de la familia.
Cuando todos estuvieron reunidos, mami dispuso que sirvieran los alimentos. Don Jesús se instaló en su lugar de costumbre, que era la cabecera de la mesa,
a su derecha sentóse Carlota, a su izquierda Guadalupe, mami junto a la niña y Alfredo en la cabecera opuesta.
-Hijo, cuando terminemos deseo hablar contigo en mi despacho.
-Claro que sí, tío, creo saber de qué se trata.
-Carlotita, también quiero que ustedes le muestren la casa a la niña.
-Sí, querido, será un placer.
-Ay señores, a mí me van a disculpar, yo pienso estar toda la mañana ocupada en la cocina haciendo para mi niña todos los guisos que más le gustan -dijo
Toña y el licenciado agregó:
-Espero le guste ese pollo en mole que te queda tan rico.
-Es uno de mis favoritos -exclamó Lupita.
Entre bocados y plática terminó el desayuno y cada quien se dirigió a continuar sus asuntos.
Alfredo y su tío se encerraron en el despacho, don Jesús tomó asiento tras su escritorio de caoba y empezó a hablar.
-¿Qué has pensado hacer? Parece que Ramón esta vez sí te dará la cara.
-Pedro me informó que el primero de marzo me visitarán sus padrinos.
-¿Comprendes mi situación? Yo no puedo hacer nada contra él, y no porque sea el hijo de un amigo al cual quise tanto como a tus padres, sino también porque
Lupita está de por medio.
-¿Qué tiene que ver ella en esto?
-Si tú no la hubieras sacado del convento tal vez estaría a salvo. Pero quién sabe, a veces yo mismo creía que ni ahí estaba segura. Incluso estuve a punto
de hacerle caso a Toña y a Carlota, figúrate, querían que la sacáramos de ahí y nos fuéramos los cuatro del país.
-No entiendo, tío. ¿A salvo de qué?
-Ay, hijo, por favor, no seas incauto.
-¿Acaso ese cabrón la llegó a golpear?
El caballero miró por un momento a su sobrino y se contuvo para no soltarle toda la sopa.
-Bueno, la maltrataba y por eso su tío materno y yo hablamos con él para persuadirlo que nos diera la tutela a cualquiera de los dos, pero él se negó. Entonces
me propuso que yo renunciara a ser el albacea de la niña y le cediera a él ese derecho. No lo pensé dos veces, la seguridad de ella me importaba más que
la administración de sus bienes y cuando le ofrecí las propiedades que ella heredaría en su mayoría de edad o en caso que se casara sería la dote que llevaría
al matrimonio, él cambió su postura y aceptó ingresarla en un convento si yo le cedía mi rancho de Piedras Negras. No teniendo alternativa, le di todo
lo que pedía, aún así, todavía agregó que, si por algún motivo, ella no profesaba como religiosa antes de los 15 años, regresaría a vivir con él. No tengo
que agregar que escogió para ella la orden más humilde que encontró. Afortunadamente, Manuel su tío, le hizo saber a la priora la situación de mi ahijada
y ella misma trataba de hacerle la vida más llevadera en su encierro. Yo no quisiera que tú llevaras a cabo ese duelo, entiendo tu sufrimiento por lo de
tu hermana, pero eso ya no tiene remedio. Recuerda que soy abogado y ando buscando la forma de que la justicia de los hombres lo alcance y, si no es así,
sé que la de Dios no lo perdonará. Yo ya soy un viejo, ya no quiero más conflictos, ten en cuenta que tú y ella son como los hijos que nunca tuve. Estoy
cansado, así que le haré caso a las mujeres, esconderé a la pequeña en tu rancho y después me la llevaré junto con Carlota y Toña al extranjero.
Si tú y Ramón se matan o no, es cosa que no me importa. Aunque te sigo rogando que desistas, créeme hijo, la venganza nunca es buena, mancha el alma y la
envenena.
Mientras los caballeros platicaban, Carlota llevó a la niña a recorrer la casa. Aunque se tratara de la vivienda más humilde, Guadalupe estaba feliz, después
de tantos años de encierro lejos de su padrino y de Toña, todo le parecía hermoso. Aún cuando en el convento siempre la habían tratado bien, no era lo
mismo ir y venir a su antojo echando carreras y riendo por toda la casa, que estar sujeta a las severas normas conventuales. Debido a su encierro era demasiado
incauta en algunos aspectos, pero gracias a la educación de las monjas se había fortalecido interiormente y a veces sus comentarios asombraban a los adultos.
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