IMÁGENES Y RECUERDOS.
RELATOS Y CUENTOS MEXICANOS.
Irma Guadalupe Vela Mesa.
20 de Noviembre 2005-11-19
NOTA DE
En primer lugar, deseo dar las gracias a mi querida amiga María de Jesús quien me ayudó con sus aportes literarios y gramaticales. También agradezco infinitamente
a todos mis leales amigos, los cuales se han tomado el tiempo para leer estos sencillos escritos que con todo cariño vengo dedicando mes a mes para ustedes.
Dicho ésto, en breves palabras les describiré el panorama histórico en el cual ubico este relato.
Durante la época de
se le acusaba de haber traicionado los ideales revolucionarios. Por si fuera poco, los Estados Unidos habían invadido el territorio por el Puerto de Veracruz,
exigiendo el pago de una deuda. Huerta hizo un llamado nacional en un intento por formar una alianza en torno a su régimen. Como Huerta había usurpado
el poder mediante una traición, los alzados le volvieron la espalda y en un mitin se manifestaron en su contra. Lo primero era quitar a Huerta las riendas
del Gobierno y después hacer frente a la invasión. Destacaron dos frentes revolucionarios: uno dirigido por Venustiano Carranza y otro por Emiliano Zapata.
Carranza convocó mediante el Plan de Guadalupe a tomar las armas para restablecer la legalidad en el país. Los carrancistas obtuvieron un triunfo rotundo
y Huerta fue depuesto. Sin embargo, al ocupar la silla presidencial, Carranza desconoció la convención que hizo con las tropas que lucharon a su lado y
las disputas entre las fuerzas revolucionarias continuaron. Las tropas constitucionales se enfrentaban a las de Villa y Zapata. Se dice que “a río revuelto,
ganancia de pescadores.”
Estas constantes luchas por el poder, dieron paso a que algunos hombres sin escrúpulos, escudándose en su rango militar, cometieran toda clase de abusos
en contra del pueblo. La guerra, en todas partes del mundo, se manifiesta como la expresión de los peores instintos del ser humano: Mutilaciones, violaciones,
despojos, hambre, entre otras muchas cosas, vienen con las guerras. Es cierto que también se dan los casos heroicos y las demostraciones generosas, pero
son los menos. En este relato me concretaré a narrar algo de las historias que escuché de boca de las personas que vivieron en aquella época.
PRÓLOGO.
Había sido un hermoso y soleado día de Marzo, los habitantes de la ciudad de Guadalajara aprovechando la tregua que recientemente había surgido, salieron
de casa y en un intento por reanudar las actividades cotidianas llenaron las calles y parques en placentera cháchara.
El kiosco del parque que se extendía frente al palacio Municipal estaba abarrotado por la banda de música que interpretaba la popular melodía de “Las Bicicletas”,
la gente caminaba lentamente escuchando y platicando. Se formaban varios anillos de grupos que iban y venían, el anillo central lo conformaban las jóvenes
solteras que lucían sus mejores galas dominicales, los pretendientes de algunas caminaban a su lado y los que aún no pretendían a ninguna de las damas
permanecían de pie o caminando en el segundo anillo. Las parejas casadas y los mayores, daban vueltas con sus esposos e hijos en el tercer anillo y el
último anillo estaba destinado a todos los que prefirieran estar sentados.
Esa noche, un lobo con piel de oveja se infiltró entre los grupos de personas honradas que compartían una placentera tarde.
-Compadrito mira bien las hembras que hay aquí, es una lástima que me haya encaprichado con las dos que ya tienen dueño. M m m , eso las hace más apetitosas.
-¡Ay mi General, usted siempre tan encandilado con las viejas!. Si ya tiene una en casa… ¿Pa qué le anda buscando tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro?.
La vieja del Manzanares y la del Álvarez estarán muy buenotas, pero, pos, yo opino que no vale la pena perder el tiempo en intentar llegar hasta ellas.
Ambas viejas son muy estiradas y tienen la fama de ser fieles a sus esposos.
-¡Bah!... Ocampo: ¿crees que eso me detendrá?... Cuando quiero una hembra o una cosa la tomo por las buenas o por las malas. Con respecto a la arpía que
vive en mi casa y que se encarga de criar a mis hijos, ni me la recuerdes… ¡Ya me tiene harto!... ¡Cuando la vuelva a ver la echaré de mi casa!.
El General Vera siguió mirando con deseo y codicia a las dos jóvenes señoras que despreocupadamente paseaban y sonreían del brazo de sus esposos y al lado
de sus hijos.
-Escucha bien esto que te digo: tarde o temprano, esas dos viejas orgullosas van a tener un revolcón conmigo. Cualquier día de éstos los bandidos que andan
asolando la región les harán una visita en sus ranchos. ¡Vamos Ocampo, qué cara pones!, tú y los muchachos podrán jinetearlas, claro que será después de
que yo lo haya hecho.
Al teniente le brillaron los ojos, desde que él y su General se habían dedicado clandestinamente junto con un grupo de forajidos a sembrar el terror por
la comarca dedicándose al robo de ganado, al atraco de viajeros, a la rapiña en las haciendas que asaltaban por sorpresa; su compadre le venía diciendo
lo mismo y nunca le había cumplido, pues después de poseer a una dama siempre la asesinaba. En cambio, cuando se trataba de una muchacha del pueblo la
entregaba a los demás como si fuera un hueso lanzado a los perros. Ocampo al igual que Vera, fueron peones nacidos bajo el yugo de un hacendado prepotente
y explotador que se enriqueció mediante el sacrificio de las humildes familias que vivían en su tierra. Cuando escucharon hablar de un tal Madero que llamaba
a luchar por la justicia y libertad se unieron a los primeros brotes revolucionarios que surgieron en el país y se identificaron plenamente con los ideales
de su caudillo. Por su valor e inteligencia, Enrique Vera alcanzó el grado de General y su amigo de la infancia que le seguía como un perro fiel, logró
el cargo de teniente en las brigadas carrancistas. Vera, que siempre soñó con llegar a ser un hombre rico y poderoso no se conformó con este cargo, él
aspiraba a más. Para obtener de un modo rápido sus metas, se convirtió secretamente en el cabecilla de una banda de ladrones y asesinos. Gracias a sus
correrías logró reunir abundantes riquezas, pero la llave del dinero no le abrió todas las puertas. La sociedad aristocrática de Guadalajara todavía lo
veía como un advenedizo y el desdén con el que lo trataban era notorio. En algunas reuniones lo toleraban mostrándose educados pero sin cordialidad. Dispuesto
a vengarse de todos aquellos, oculto en el anonimato, les robaba sus bienes materiales y de paso ultrajaba a sus mujeres.
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