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CAPÍTULO I

OTRO CANTAR.

RELATOS Y CUENTOS MEXICANOS.

IRMA GUADALUPE VELA MEZA.

Abril 14 del 2006-04-14

CAPÍTULO I.

EL MÉDICO DIEGO TORRIANI.

-Don Diego, en un par de horas desembarcaremos en su terruño. ¿Posee usted amigos que lo esperen?.

-En la Vera Cruz vive un viejo amigo de mi tío y tengo una propiedad en los entornos de la Villa.

-¿Ha visitado recientemente a su familia de la isla “El Vergel”?.

-No, tampoco he vuelto a esta villa desde hace veinte años cuando me fui con el tío Agustín y mi madrastra. Viví con ellos cinco años, posteriormente viajé por Europa, asistí a las mejores universidades, ahora vuelvo como médico. Deseo establecerme nuevamente en “Los Cocos”, cuando lo haya hecho viajaré para presentarles mis respetos.

-Eso le puede llevar más tiempo del planeado, recuerde que doña Pilar le quiere mucho. Debe estar preocupada, en múltiples ocasiones fui testigo de la zozobra que la embargaba al saber que usted se encontraba en medio de las invasiones napoleónicas.

Diego recordó con nostalgia a sus parientes: se apartó de ellos siendo un muchacho apocado, tímido, inexperto. El sueño de hacerse médico lo impulsó hacia tierras lejanas, con la ilusión de alcanzarlo apartó de sí las dudas y, apoyado por su tío Agustín, encontró el valor para viajar hacia un lugar extraño en donde estaría solo. Si de niño mostró tendencias afeminadas producidas por el maltrato al que lo sometía su padre, de adolescente recobró la masculinidad bajo la firme y afectuosa mano del tío que se convirtió en el padre que su progenitor nunca fue. Volvió de sus recuerdos, y mientras miraba desde el alcázar la costa, sin quitar la vista de la franja verde de tierra, le respondió con cierta añoranza al hombre que tenía a su lado: -Les escribí periódicamente contándoles los progresos que obtuve como médico voluntario entre los ejércitos inglés, francés y español. Atendiendo heridos de guerra, aprendí más de lo que se aprende en las escuelas.

-Oh, mire usted, ya se vislumbra la costa, esa fortaleza es la de San Juan.

-Sí, la veo, la última vez que la ví no lucía tan bien. ¿Lo recuerdas?.

-¡Jajajajaja!... Claro que lo recuerdo, desde “El Libertad” vimos cómo era tomada por los corsarios que se unieron a su tío para venir a rescatarlo. ¡Menuda friega le pusieron a la guardia y a los habitantes aristócratas de la Villa!.

-Han pasado veinte años… ¿Crees que alguien nos identifique?.

-Por el nombre, quizás haya quien le recuerde a usted y a su tío Agustín. De Daniel Santos, el mulato contramaestre del “Libertad”, no hay recuerdos, prueba de ello es que ahora que he vuelto varias veces como capitán de la goleta “Guerrera”, nadie me ha identificado.

-Tienes suerte, puedes llevar tu nombre sin temor, en cambio yo, tendré que usar el apellido de mi madre, a ella sí que no la recuerdan. Mi madrastra intentó darme el suyo, no lo acepté. Aunque doña Pilar siempre se comportó conmigo como una verdadera madre, de algún modo debo respetar la breve existencia de mi progenitora aunque sea a través del nombre. Por eso es que ahora soy Diego torriani: ¿sabes? Mi madre era de Génova, tenía un hermano, pensé que lo encontraría y por varios meses estuve buscando mis raíces maternas.

-¿Encontró a su tío?.

-Desgraciadamente encontré su lápida en un cementerio. No tuvo descendencia, murió a los diecisiete años de edad. Por la línea materna, soy el último de los Torriani.

-Es su deber dejar huella, espero que tenga mucha prole. ¿Tiene alguna dama en mente para formar una familia?.

-No he tenido tiempo de cortejar a ninguna.

-¡Jajajajajaja!... ¡No me diga que es célibe!.

-¡Claro que nó!... Me refiero a la mujer honrada, la que será la madre de mis futuros hijos.

-Oh sí, pero, mientras la consigue... ¿No ha dejado alguna semilla abandonada?.

La plática se tornó íntima, Daniel y Diego hicieron a un lado la distancia. Como antaño, la familiaridad con que se trataban cuando Diego era un niño de nueve años y Daniel el segundo contramaestre del “Libertad” surgió:

-¿Te refieres a hijos bastardos?

-Tiene treinta años, ha andado por casi todo el mundo, seguramente por los lugares que recorrió estuvo con mujeres. ¿Qué le pudo impedir no procrear uno?.

-Tienes razón, tuve una concubina mozárabe que me dio un hijo varón.

-¿Qué fue de ella y de su hijo?.

-El cólera, la mitad de la gente de la Villa murió a causa de esa maldita enfermedad. Entre los muertos estaba Pergentino que iba a cumplir un año de edad.

-Perdone, no fue mi intención hacerle recordar tan dolorosa pena.

-Olvídalo, el pasado está enterrado en la misma tierra que me causó tanto sufrimiento. Ahora, como dices, debo forjarme un porvenir, aunque no estoy seguro de poder tener más hijos.

-¿Por qué?... ¿Qué fue de la mujer?.

-Me abandonó, se marchó con otro hombre mientras yo atendía a nuestro hijo, a otros heridos y enfermos que requerían de mis servicios, como médico me vi imposibilitado para abandonarlos a su suerte si corría en persecución de ella y de su amante. La fuga de Mohabet no me afectó tanto como la muerte de Pergentino. Nuestra unión fue una relación muy tortuosa; me retuvo a su lado por el niño, pensé que cuando estuviera más grande lo apartaría de ella. Mohabet lo maltrataba, bebía, usó la brujería en mi contra… ¡Intentó hacerme una ligadura!.

-¿Por qué no la entregó a la Inquisición?.

-Estoy en contra, detesto los métodos que utilizan, además: era la madre de mi hijo… Cuando creciera… ¿Qué pensaría él de mí?.

-¿Don Agustín y doña Pilar están enterados?.

-¡Claro que no!... ¿Por quién me tomas?. Esas cosas no se platican en una carta,

deseaba traer a mi hijo, pedirle a ellos perdón por mi libertinaje. Sabía que lo acogerían con afecto y me perdonarían cuando lo vieran. ¿Ves?... El destino me jugó una mala pasada: el niño no fue ni para Mohabet, ni para mí.

-¡Vamos hombre, no sufra!, olvide esos años, puede volver a empezar, solo que ahora ponga mucha atención en la mujer que escoja por compañera.

-Hay un pequeño inconveniente.

-¿Cuál es?... ¿Se refiere a la ligadura?.

-Precisamente es algo relacionado con eso. Tengo un año de no poder estar con mujer, estoy seguro de que esa bruja no tiene la culpa, porque seguí teniendo mujeres después de que descubrí que me había hecho la brujería.

-Entonces… ¿A qué se debe su impotencia?.

-Puede ser producida por diversas causas, por ejemplo: la muerte de mi hijo, la angustia de los campos de batalla, la incertidumbre de no saber si podré recuperar mi patrimonio, o, tal vez, que me he hecho viejo de repente.

-¡Jajajajajajaja!... ¡Lo llevaré al mejor lupanar del puerto!... ¡Verá como una furcia le cura inmediatamente!.

La goleta “Guerrera” era un regalo que su tío Agustín le envió con la esperanza de que se siguiera dedicando al negocio marítimo. El tío sabía que Diego no poseía recursos suficientes para establecerse con decoro, no deseaba que pasara necesidades, lo quería como a un hijo. “La Guerrera”, capitaneada por Daniel, se dedicaba al comercio entre las colonias. Eso estaba prohibido; la tripulación se las arreglaba al igual que en los viejos tiempos, cuando eran considerados corsarios, embarcando y desembarcando el contrabando en playas desiertas, cercanas a las Villas. En esta ocasión, la tripulación bajó a tierra en “Boquilla de Piedras”, una playa situada a cincuenta kilómetros al norte de la Villa Rica de la Vera Cruz. Horas más tarde, Diego se encontraba hablando con don Guillermo Torres en la Villa:

-Señor, recibí su carta, en ella me dice que Mohabet se encuentra aquí. ¿Aún lo está?.

-Desgraciadamente has llegado tarde, hace unos días fue aprehendida por los guardias del inquisidor y hasta hoy su paradero no es claro. Creo que dejó una niña al cuidado del hombre con el que te traicionó. El destino le ha hecho pagar muy cara su felonía a esa mujer, el mismo amante fue el que la denunció ante las autoridades por bruja.

-Eso no me causa alegría. A veces me siento culpable de la resolución que tomó Mohabet. Tal vez si yo le hubiese prestado más atención aún estaría conmigo. La descuidé a ella y a mi hijito, me mantuve muy ocupado en los campos de batalla y reconozco que no le hice mucho caso a sus necesidades de mujer. Sí, mi desapego provocó que se refugiara en la ginebra, en los brazos de otro hombre.

¿Dice que tuvo una hija con ese fulano?

-En realidad no puedo afirmarlo. La niña existe, él niega que sea Suya y la chamaquita tampoco lo reconoce como padre. Solo Dios sabe cuál será el futuro de esa desafortunada criatura, al lado de ese tipo no le puede aguardar nada bueno.

-Veré si puedo hacer algo por ella. Ahora pasemos a otro asunto: mi tío Agustín me informó que usted hizo todo lo posible por recuperar la hacienda que fuese de mis progenitores, “Los Cocos”. En su misiva afirma que intentó adquirir las tierras ofreciendo más de su valor a los nuevos propietarios. ¿Cuál ha sido el resultado de la oferta?.

-Tres cuartas partes de las tierras están en poder de Prelados Dominicos, son los terrenos que pertenecieron a don Agustín, recuerda que el Santo Oficio confiscó sus bienes. La otra cuarta parte, la que fue de tu padre, es todo lo que nos queda porque está en manos de la intendencia del Comendador. Como ahora eres Diego Torriani no la puedes reclamar, tu madrastra como viuda tampoco lo puede hacer, acuérdate que se le acusa de ser la concubina del “Demonio Español”, incluso doña Pilar y doña Dolores, han perdido el derecho a reclamar la hacienda que fuera de su padre, la de la Laguna de Términos.

-¿Quiere decirme que ni siquiera podré recuperar la casa de la hacienda?.

-Así es. No te aflijas, en realidad, tal vez sea mejor que emprendas una vida nueva, al margen de todo lo que haya tenido que ver con don Lázaro. Discúlpame, esa casa está maldita, tú bien sabes porqué.

-Originalmente, esa propiedad pertenecía a los Torriani; la quería porque los restos de mi madre descansan ahí, yo nací ahí, deseaba recuperar algo de mis antepasados.

-Cuando doña Pilar y tú se marcharon con don Agustín, don Lázaro se quedó solo, los instintos más bajos se apoderaron de él. La inquisición nunca hizo nada en su contra, era íntimo amigo del Visitador Provincial. Los abusos que cometió en contra de la gente de la Villa, le acarrearon el desprecio de muchos, hasta sus más allegados se apartaron de él temiendo que los calumniara al igual que lo hizo con el pobre de don Agustín. La relación que mantenía con el corsario Williánd era bien sabida por las autoridades, sin embargo, nadie se atrevía a ir en contra suya, porque como te digo, las autoridades supremas lo amparaban. Créeme: no será bueno para ti establecerte en dicho lugar. Hay otro aspecto que debes tener en cuenta: se avecinan tiempos difíciles, están soplando vientos de cambio. La insurrección está cerca, me temo que esta vez no la podrán sofocar, puedo asegurarte que lograremos nuestros objetivos de independencia. ¿Por qué no retornas a “El Vergel”?. Ahí está tu verdadera familia, busca la felicidad en ese lugar. Además, tengo entendido que les hace falta un médico, no hay ninguno en la isla.

-Puede ser que tenga usted razón, pasaré unos días en la Villa, cuando “La Guerrera” termine sus maniobras de carga y descarga, le pediré a Daniel que me lleve a “El Vergel”, aunque no lo demuestre, extraño mucho a mis primos, al tío, especialmente a mi madrastra doña Pilar. Después de todo, es la madre que tengo.

-Me da gusto que pienses así. Mira hijo, te puedes alojar en una pequeña propiedad que poseo en las afueras de la Villa, ahí por la playa de la Iguana, uno de mis criados se ha encargado de ponerla en orden por si aceptabas mi hospitalidad. ¿Qué dices?... ¿Accedes a mi propuesta?.

-Gracias don Guillermo, es usted muy amable. Estaré bien en ese lugar, es un sitio apartado, la tripulación de la goleta no tendrá inconveniente de estarme visitando en dicha casa. Ellos me deben mantener informado de las actividades concernientes a la carga del navío. Con respecto a sus vientos de cambio, recuerde que mi tío y un servidor estamos a sus órdenes, seguiremos aportándoles armas y municiones. Boquilla de Piedra sigue siendo un lugar seguro para nuestras maniobras, contamos con buenos amigos que encubren nuestras actividades.

Don Guillermo se despidió de Diego, junto con la casa y el mozo el caballero le prestó dos caballos para que el médico se pudiera trasladar cómodamente de la Villa a la casa.

Diego le comunicó a Daniel que se hospedaría en una finca de la playa de la Iguana, el marinero sonrió con picardía respondiéndole que cuando oscureciera iría para allá.

Daniel era un hombre rudo, carente de moral, sin embargo demostraba tener una lealtad impresionante por el tío de Diego. Agustín Sánchez de la Peña era conocido como el “Demonio Español”, muchos hombres le temían y odiaban, tanto como otros le admiraban y respetaban. Daniel era uno de aquellos a quien don Agustín le había salvado la vida cuando lo transportaban en una inmunda bodega de un galeón con rumbo al mercado americano de esclavos. Por ese motivo Demostraba su agradecimiento brindándole su lealtad incondicional, pues don Agustín no se concretó a liberarlo, también le proporcionó un medio de vida al permitirle incorporarse como uno de los hombres que trabajaban para él, gente intrépida que arriesgaba la vida en el mar, llevando y trayendo entre las colonias mercancías prohibidas. Corsarios, contrabandistas, ladrones, traidores, los calificativos que les adjudicaran poco le importaban; gracias a su patrón vivía con dignidad y en su bolsillo nunca faltaban monedas. Sí, Daniel Santos haría cualquier cosa por don Agustín y eso abarcaba a todos los allegados de su benefactor.

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