<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> OTRO CANTAR

 

 

      OTRO CANTAR.

 

    RELATOS Y CUENTOS MEXICANOS.

 

    IRMA GUADALUPE VELA MEZA.

 

Abril 14 del 2006-04-14

 

 

CAPÍTULO IX.

 

DESESPERADOS.

 

Diego escuchó la explosión del disparo, sintió que un fuego abrasador le quemaba el hombro, maquinalmente se arrojó al suelo y giró sobre su cuerpo ocultándose

entre los matorrales. La experiencia de supervivencia adquirida en los campos de batalla le salvó la vida. Esteban no perdió el tiempo buscándolo para

rematarlo, seguro de haberlo herido y temeroso de que pudiera tomar represalias en su contra, montó en el caballo y, cogiendo las riendas del de Diego

lo abandonó a su suerte. Ahora lo único que le importaba era alejarse rápidamente de ahí, llegar a la caleta y abordar una de sus goletas llevándose a

Angela con él.

 

Diego se maldijo en silencio, Esteban lo engañó, el muy desgraciado había estado fingiendo y si no fuera porque intentó matarlo por la espalda, jamás lo

creería. Con esfuerzo se incorporó para quitarse la chaqueta y camisa, de uno de sus bolsillos sacó una botella de wisky; empapando su pañuelo con el líquido

se limpió la herida. Afortunadamente se trataba de una rozadura. Dio gracias a Dios de que Esteban tuviera mala puntería. Improvisó un vendaje y, dispuesto

a recuperar el tiempo perdido, se internó en la selva buscando el atajo que lo haría llegar antes que Esteban a la caleta. Se dio por afortunado, aún conservaba

las armas y un poco de pólvora en un saquito colgado a la cintura. Un relámpago iluminó la noche, el trueno retumbó y por último la lluvia comenzó a caer.

 

Una vez que consideraron que estaban lejos de Pepe y Llello, las mujeres decidieron desmontar y proseguir andando, sería más seguro, los animales se encabritaban

con los truenos y rayos. Despreciando las talegas de oro, soltaron a los caballos libres de arreos y cargas. Formando un grupo compacto, las tres avanzaron

entre la vegetación guiadas por su instinto y resueltas a salir indemnes del mal trance.

 

-Madre, no conozco bien esta parte de la isla, sólo he venido en dos o tres ocasiones al pantano y siempre lo hice en canoa.

 

-Angela, estoy igual que tú, tampoco he frecuentado esta parte de la isla, de lo único que estoy segura es de que tenemos que salir de aquí lo más rápido

que podamos, si logramos llegar a la costa me ubicaré y podré guiarlas hacia la casa.

 

-Abuela, tengo empapada la ropa, me pesa demasiado y empiezo a tener frío por causa de la humedad.

 

-Doménica, hijita, en estos casos el recato deja de ser importante, prescindiremos de algunas enaguas y buscaremos refugio, en alguna parte hallaremos algo

que nos permita guarecernos de la lluvia y del viento. Mientras tanto, caminaremos abrazadas prodigándonos unas a otras el calor de nuestros cuerpos…

 

Cuando la tormenta se abatió sobre la isla, Agustín supo que serían inútiles los esfuerzos de los perros para continuar la persecución. Por la dirección

de las huellas todos dedujeron que los raptores se habían encaminado hacia el pantano. Agustín y el nativo sabían que al otro lado de la ciénaga se ubicaba

una caleta poco frecuentada. Resultaba peligroso adentrarse en ella viniendo por mar debido a que un arrecife franqueaba su entrada; el que lo hiciera

debía de conocer muy bien las corrientes, la marea y el estrecho canal por donde tenía que dirigir su embarcación; yendo por tierra había que cruzar la

zona pantanosa o bordear los elevados acantilados. Agustín concluyó que los hombres que se habían atrevido a robar el oro y a sus mujeres lo hicieron con

la intención de abandonar la isla tan rápido como les fuera posible y el único lugar adecuado para huir clandestinamente era sin duda la caleta de “el

pelícano”. Consiguieron una canoa y navegaron por las turbias aguas, sin amedrentarse por la tormenta, los caimanes, las serpientes; lo único que le importaba

a “el Demonio Español” era recuperar a su esposa, hija y nieta; luego, en segundo lugar, estaba la venganza. El oro significaba poco o nada ante el valor

de la vida de sus seres amados.

 

Pepe y Llello fueron abriéndose paso entre la vegetación, resultaba imposible ver más allá de un palmo, la cortina de agua impedía la visibilidad. La satisfacción

de los tunantes era que el mismo problema enfrentaban las mujeres y en caso de que los hubiera, sus perseguidores. Para alivio de todos, la tormenta pasó

por encima de sus cabezas y en menos de una hora se convirtió en una leve llovizna insignificante.

 

-Abuela, tengo miedo, ¿cree usted que mi padre vendrá a buscarnos?...

 

-Sí Doménica, estoy segura, como también sé que pronto llegaremos a la costa. Desde ahí el retorno a casa será menos peligroso y más rápido. Pequeña, has

de sentirte hambrienta y cansada, mantén el ánimo, saldremos de ésta.

 

-¡Madre!... ¡Doménica!... ¡Cuidado, se han parado sobre un lagarto!...

 

El grito de Angela alertó a Pilar y Doménica. Ambas saltaron y se apartaron velozmente del caimán que por un instante confundieron con un tronco.

 

-¡Por Dios, hija mía qué susto nos hemos llevado! No quiero imaginar lo que nos hubiera pasado, ¡qué bueno que seas tan observadora!...

 

-¿Sólo eso?...

 

-¡Angela, Angela, está bien, qué bueno que tu padre te enseñó a disparar y a usar la espada!, aunque haya sido en contra de mi voluntad.

 

Doménica miró a Angela con admiración y prudentemente preguntó:

 

-Abuela… ¿Podría aprender?... Si Angela me quiere enseñar lo que sabe… ¿Usted lo permitiría?...

 

-M m m m m m m… ¡Ay hijas mías, esos menesteres son cosas de hombres, una dama…!

 

Pilar se interrumpió cuando vio los rostros incrédulos de Angela y Doménica, acababa de reconocer lo atinado que había sido que Angela supiera utilizar

las armas y ahora se contradecía. Suspiró, se encogió de hombros y con una sonrisa concluyó:

 

-¿Estaré demasiado vieja para que me enseñes a usar esas cosas?...

 

Con paso lento pero constante, las mujeres continuaron la marcha, sin quejarse por la fatiga de haber pasado una noche en vela,, por el hambre y la sed,

por los mosquitos que se ensañaban con sus cuerpos; ni siquiera se preocuparon por su desaliñado aspecto; lo único que importaba era alejarse de los hombres

que las habían raptado y encontrar el camino al hogar.

 

Casi habían logrado salir del pantano y subían una pendiente lodosa cuando nuevamente fueron interceptadas por Pepe, Llello y otros tres hombres desconocidos.

Angela logró disparar contra uno de los rudos marinos que, confiado, intentó atraparla; el hombre cayó herido en la pierna y otros dos ocuparon su lugar.

Mientras Llello sujetaba a Doménica y Pepe se encargaba de someter a Pilar, Angela mantuvo una breve escaramuza con los otros. Dándose cuenta de que solo

era cuestión de tiempo para que la sometieran, les lanzó la pistola descargada a la cabeza de uno en tanto lograba herir a un segundo en el brazo. Sin

perder tiempo giró sobre sus pies y emprendió una veloz retirada ocultándose en la fronda.

 

-¡Muchacha tonta!... ¡No podrás escapar!... ¡Detente, o de lo contrario le cortaré el cuello a tu madre!...

 

Los gritos de Pepe hicieron dudar a la joven, presa de pánico se detuvo y, tendida cual larga era, sobre el húmedo suelo de la ciénaga, meditó en lo que

debía de hacer.

 

-“¡No, ese desgraciado no le cortará el cuello a mi madre, tampoco se atreverá a cumplir su amenaza en Doménica. Las tres representamos una buena ganancia

para él, si lo hubieran contratado para matarnos ya estaríamos muertas.”

 

El rugido de un jaguar cortó la voz de Pepe cuando se disponía a lanzar una segunda advertencia. Los dos hombres heridos manifestaron su desazón, aludiendo

a que el olor de la sangre atraería a la fiera suplicaron que se les permitiera retornar a la caleta. Escupiendo sandeces, Pepe permitió que los dos heridos

y Llello volvieran a la guarida llevándose a las mujeres, en tanto que él y el otro rudo marinero seguían buscando a la esquiva Angela.

 

La joven pudo escuchar los forcejeos de Pilar y Doménica, las cuales, una vez más, volvían a hallarse maniatadas y amordazadas. Se arrastró pecho a tierra

y en busca de un mejor escondite halló entre la hojarasca un tronco hueco que se ajustaba a su tamaño. Armándose de valor se introdujo en él. Sospechosas

criaturas se apresuraron a salir del tronco por el extremo opuesto del que ella utilizaba. El fuerte aroma a humedad le revolvió el estómago, sintió cómo

las telarañas se le adherían a los brazos y cabeza, mordiéndose los labios para ahogar cualquier sonido que se le pudiera escapar introdujo todo el cuerpo

en aquel hueco infernal. Permaneció en el incómodo refugio atenta a todos los rumores por imperceptibles que parecieran y paulatinamente su dolorido cuerpo

fatigado clamó por el descanso ambicionado. Angela cerró los ojos y se sumió en un profundo sueño regenerador. El sonido de unos pasos mortecinos la volvió

a la realidad, alguien se aproximaba al tronco, pareciera que se tratase de una sola persona, el ritmo acompasado del andar alteró el pulso de Angela.

Una voz humana sonó claramente, provocando en la joven un sobrecogimiento que rompió su silencio.

 

-¡Maldición!... ¡Otra vez me está sangrando esta herida!...

 

-¿Diego?...

 

Las palabras salieron de la boca de Angela sin que lo pudiera evitar. En el mismo instante que las pronunció se arrepintió, podría estar equivocada y acababa

de delatarse.

 

-¡Angela!... ¿Dónde estás?... ¡Mujer!... ¿Qué haces ahí adentro?...

 

Diego había ubicado la voz desde el primer momento y arrodillado escudriñó el interior del tronco. Angela sintió alivio cuando constató que no estaba equivocada

y más relajada le replicó con ironía:

 

-Estaba aguardando a que pasaras por aquí para asustarte haciéndote creer que los árboles podían hablar. ¡Vamos!... ¡Ayúdame a salir, creo que estoy atorada!...

 

Diego metió el brazo sano por el hueco del tronco y cuando su mano asió un delgado tobillo tiró de él lentamente con la intención de no causarle daño. Angela

intentó protestar, ella pretendía que la sacara por el otro extremo, se sonrojó al imaginar que lo primero que Diego vería iban a ser sus piernas semidesnudas

y su redondeado trasero. Una exclamación desesperada brotó de la garganta de Angela, antes de poder evitarlo su cuerpo estaba saliendo del tronco del modo

más indecoroso que las circunstancias pudieran permitir. Diego se detuvo por unos instantes apreciando esas formas femeninas, luego dio un último tirón

y Angela quedó liberada. Dispuesta a emprender una acalorada discusión con su salvador, Angela se puso rápidamente de pie; acomodándose la maltrecha ropa

enfrentó a Diego pero se detuvo al ver la mancha de sangre que se advertía en su hombro.

 

-¡Estás herido!...

 

-Nada de cuidado, ha sido un corte superficial que me hizo… -Diego interrumpió deliberadamente la frase, se sentó sobre el tronco invitando a Angela para

que ocupara un lugar junto a él y prosiguió- Esteban me disparó por la espalda, su acción me lleva a pensar que él está detrás del rapto.

 

Tal y como lo supuso, la noticia sobresaltó a Angela. Contrariada se llevó ambas manos al rostro y sin dar crédito a las palabras de Diego murmuró:

 

-No puede ser, no lo creo, me resulta increíble pensar que Esteban sea capaz de tanta maldad.

 

Diego le apartó las manos del rostro, al verle los ojos humedecidos la envolvió entre sus brazos y le hizo recostar la cabeza en su pecho. La fragilidad

de Angela lo conmovió, su femenina vulnerabilidad le llegó hasta el fondo del ser despertando al hombre protector, cariñoso, capaz de cualquier hazaña

por la mujer amada. La retuvo abrazada por unos instantes hasta que ella estuvo tranquila y luego se apartaron lentamente. Ambos supieron que entre ellos

algo había cambiado, un fuego interior se había encendido, ahora existía un sentimiento que no era precisamente fraternal. Turbados, se miraron a los ojos;

en mudo acuerdo reconocieron tácitamente la atracción que se profesaban.

 

Angela lo ayudó a contener el sangrado y después de intercambiar sus versiones de lo acontecido, decidieron continuar el camino en dirección a la caleta.

Poco o nada podrían hacer para rescatar a las cautivas, los dos coincidían en que ir a localizarlas era mejor que permanecer cruzados de brazos o perder

tiempo en ir en busca de ayuda.

 

Pepe determinó volver a la caleta, resignado con haber atrapado a doña Pilar y Doménica, se repetía una y otra vez que había hecho todo lo posible por cumplir

con lo acordado. Temía la ira del hombre que lo había contratado cuando se enterara de que Angela se les escapó, esperaba que él también se conformara

y que los sacara pronto de aquella isla que se convertiría en un infierno si don Agustín lograba encontrarlos. Divisó las dos goletas de don Esteban y

sobre el alcázar de una de ellas, impecablemente vestido, su Némesis se paseaba inquieto de un lado a otro. Llello lo aguardaba en la playa, dispuesto

a trasladarlo en una barca hacia las goletas. Frunció el ceño cuando vio llegar a Pepe y al otro hombre que lo acompañaba con las manos vacías.

 

-¿Qué pasó?... ¿Dónde está la muchacha?...

 

-Se la tragó el pantano, no pudimos librarla de su terrible destino.

 

Pepe se regocijó por su ingenio, pensó que la mentira le daría resultado y el hombre que había ido con él no cuestionó lo que dijo porque al igual que Pepe,

creyó que esa versión de los hechos apaciguaría a don Esteban. Con esa mentira subieron a bordo y conforme le relataban los acontecimientos a don Esteban

agrandaron y adornaron su fábula. Pepe se sentía infinitamente contento hasta que don Esteban empañó el cielo de su felicidad.

 

-¡Grandísimos idiotas!... ¡Ineptos patanes!... ¿Cómo es posible que dos mujeres y una mocosa los hayan burlado?... ¡Estúpidos, por culpa de ustedes tendré

que abandonar la isla y ni siquiera tengo el beneficio de llevarme conmigo el trofeo ansiado!... Puesto que las cosas están así, olvídate de apoderarte

de la chamaca Doménica, tú me fallaste al permitir que Angela pereciera en el pantano, no mereces que te premie. ¡Anguila, Tiburón, Cangrejo, Piraña, Camarón;

echen a Pepe y a Llello por la borda, nos marcharemos sin ellos, no quiero fracasados en mi goleta!...

 

Al oír la orden Llello y Pepe palidecieron, no podían creer que después de haber arriesgado el pellejo y de perder el oro robado por intentar cumplir con

el encargo, el hombre se negara a pagarles lo acordado y los abandonase, dejándolos a merced de los familiares ultrajados que clamarían venganza. Desesperado,

Pepe tomó una rápida decisión. Apeló a la codicia de don Esteban, hurgó en su mente y fraguó una nueva infamia con la finalidad de que accediera a sacarlos

de la isla en su navío. Suplicándole que le permitiera unas palabras a solas, le expuso un nuevo proyecto:

 

-Don Esteban, permítanos ir con usted, Llello y yo sabemos de buena tinta que don Agustín ocultó una fortuna de doblones españoles en la cueva de los cayos

que se hallan al sur. Lo guiaremos hacia la isla, doña Pilar le dirá cual es la cueva en donde su marido escondió el tesoro, pues ahí hay muchas y la señora

junto con el señor y sus hijos fueron los únicos que se adentraron en tierra, toda la tripulación permanecimos en la embarcación mientras que la familia

encubrió el sitio donde abandonarían esa formidable riqueza.

 

-¡Jajajaja!... Si doña Pilar conoce el lugar, no necesitaré que Llello y tú me guíen.

 

-La señora lo podrá guiar hacia el tesoro estando en tierra, pero en el mar no sabrá dónde está el norte o el sur. Nosotros nos conformaremos con que nos

saque de aquí, no reclamaremos nada, se puede quedar con todo, piénselo, el oro vale más que todas las mujeres, siendo rico podrá gozar de todas las Ángelas

del mundo.

 

Esteban se acarició la barba, para corroborar las palabras de Pepe mandó que trasladaran a doña Pilar ante su presencia. El hombre llamado Piraña se hizo

cargo de sacar a la mujer del oscuro y diminuto gabinete en donde la encerraron junto con Doménica. La niña quedó llorosa cuando las apartaron. Sin imaginar

lo que le sucedería se armó de valor y apartando suavemente a la niña le murmuró palabras de aliento. Libre de todas las ataduras, Pilar subió con paso

firme a la cubierta dispuesta a enfrentarse con su captor, repentinamente tuvo que hacer sombra con una mano sobre sus ojos para evitar el resplandor del

sol que la cegó y, decidida a no demostrar ninguna debilidad ante aquel grupo de desalmados, caminó dignamente con la cabeza en alto, desdeñando altivamente

a los rudos hombres que no dejaron de mirarla y admirarla mientras se dirigía hacia donde se hallaba don Esteban. Con un gesto adusto se detuvo a unos

cuantos pasos de Esteban y le exigió que las liberara:

 

-No sé qué es lo que le ha impulsado a cometer semejante atrocidad, si valora su existencia, será mejor que nos libere en este preciso momento.

 

-Estimada señora, permítame recordarle que usted es mi prisionera, no está en condiciones de exigir nada. Mientras se encuentre a mi merced, deberá cumplir

con todo lo que yo le mande, en esta embarcación soy el amo, el juez, y, en caso de que sea necesario, el verdugo. Olvídese de su esposo, de sus hijos,

de sus parientes; nadie podrá rescatarlas porque en unos minutos abandonaremos la caleta y en el ancho mar jamás las encontrarán. Si posee un poquito de

inteligencia cooperará y me dirá si es verdad que don Agustín ocultó un tesoro en uno de los cayos que se encuentran al sur de esta isla. Antes de que

me responda, piense muy bien sus palabras, no toleraré ninguna mentira y Doménica será el blanco perfecto del castigo que le impondré si se atreve a mentirme.

 

Un brillo inusual centelleó en los ojos de Pilar; cerrando fuertemente las manos avanzó unos pasos y machacando las palabras le respondió con rabia:

 

-¡Poco hombre!... ¡Si se atreve a tocar uno solo de los cabellos de esa pequeña, el fuego del infierno será nada comparado con lo que le harán los Sánchez!...

¿Quiere el tesoro?... ¡Vaya a buscarlo y que le aproveche!... ¡No cuente conmigo para que lo guíe, que esas basuras humanas de Llello y Pepe lo lleven!...

 

-¡Jajajajajaja!... Ver para creer, mi dulce suegra tiene un carácter de los mil demonios, quién lo hubiera imaginado. Siempre tan prudente, tan calladita,

muy modosita en público y toda una diabla cuando se le provoca.

 

La mano de Pilar se estampó con fuerza en la mejilla de Esteban, el hombre, encolerizado, porque lo humilló delante de sus hombres, le devolvió la bofetada

con tanta fuerza que Pilar cayó sobre unas cuerdas y estuvo a punto de resbalar desde el alcázar. Esteban la alzó cogiéndola con una mano por el cabello

y sujetándole las manos con la otra le escupió a la cara:

 

-Tu adorada hija se ahogó en el pantano, Doménica no tendrá tanta suerte, si te niegas a conducirme hacia la cueva del tesoro desearás que la niña muera

porque lo que mis hombres le harán será peor que la muerte y cuando terminen con ella, seguirás tú. Piraña te devolverá a al tabuco, tendrás todo el tiempo

que tardemos en llegar al cayo del tesoro para pensar en lo que harás.

 

Piraña intentó tomarla por el brazo para socorrerla, Pilar rechazó la ayuda, las palabras de Esteban le habían herido, Angela, su niña amada ¡estaba muerta!...

Deseaba llorar, gritar, sacarle los ojos y las entrañas al desgraciado de Esteban. Presa de un dolor indecible y cegada por la ira, caminó lentamente erguida

como un junco entre los hombres que esperaban que en cualquier momento se derrumbara. Piraña se limitó a irle abriendo paso y en un silencio sepulcral

Pilar abandonó la cubierta para reunirse con Doménica.

 

Cuando Agustín y sus hombres lograron llegar a la caleta, las dos goletas de Esteban salían de la zona arrecifal con rumbo al mar abierto. Angela lloraba

en brazos de Diego y sus sollozos conmovieron a todos debido a que jamás la habían visto llorar. Diego y ella habían llegado instantes antes de que las

goletas zarparan, ocultos entre el follaje observaron toda la maniobra y vieron a Esteban, Pepe y Llello entre la tripulación. Por consiguiente dedujeron

que Doménica y Pilar debían de estar a bordo. Agustín juró que removería cielo, mar y tierra, hasta dar con el paradero de su esposa y nieta. Cuando los

barcos fueron dos diminutos puntos en el horizonte, una goleta conocida irrumpió en el campo visual, “El Libertad” venía costeando la isla. Todos comenzaron

a bogar en tanto que Angela se mantenía de pie sobre la canoa, haciendo señales para que los vieran, si los de “El Libertad” los recogían podrían seguir

la persecución. Raimundo y Clemente iban en aquella embarcación, se dirigían hacia las colonias para traficar con la mercancía que recientemente habían

embarcado. Clemente no requirió del catalejo para reconocer que en la canoa venían su padre, hermana, Daniel, Diego y otros miembros de la tripulación

de “La Guerrera”.

 

 

 

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