Por Irma Guadalupe Vela Meza.
SEGUNDA PARTE.
II
Sergio hizo traer a Concha para que Sara estuviera más
cómoda. La casa del conde permaneció cerrada durante la ausencia de su
propietaria. El pequeño huerto,
las aves del gallinero, una vaca lechera y su ternero,
quedaron bajo la atención de uno de los mozos de mayor confianza de Sergio.
El médico dio de alta a su paciente en menos de ocho días,
pero sugirió que no viajara por el momento. Entonces, Sergio alquiló una
pequeña vivienda para
que su restablecimiento fuera total. El aire de la montaña,
mezclado con el aroma del bosque, fortalecería su salud y cuando retornaran a
casa, Sara estaría
mas resignada para aceptar la muerte de su esposo. Sergio se
hospedó en una posada para evitar murmuraciones, Sara todavía no aceptaba
casarse con él,
por respeto al conde, deseaba esperar un año más.
—Para toda la gente, hace años que enviudé, pero tú y yo
sabemos que no es así.
—Estoy seguro de que desde donde esté, mi tío desea vernos
juntos. ¿Para que darle largas al asunto?. Nos amamos, debemos casarnos lo
antes posible. ¿Es
que a caso dudas de mis sentimientos?.
—No Sergio, nunca volveré a dudar de ti. Pase lo que pase,
siempre estaremos juntos, nada ni nadie nos volverá a separar. Empezaremos a
efectuar los trámites
de nuestra boda en cuanto volvamos a casa, y que la gente
diga lo que quiera, a fin de cuentas, siempre han murmurado de mí. Les daremos
otro motivo para
comentar: ¡la viuda misteriosa se casa con el sobrino de su
difunto esposo!.
—Veo que recobras tu buen humor, eso quiere decir que pronto
retornaremos a casa.
—¿Qué pasará con Don Jonás?. Tengo miedo que intente algo en
nuestra contra.
—No temas, es un cobarde, no volverá a importunarnos.
—Y tu madre… ¿qué dirá de nuestro matrimonio?. ¿Me llegará a
aceptar?.
—Si lo hace ganará una buena hija y muchos nietos. Si no lo
hace, perderá a su único hijo y no disfrutará de su descendencia.
—No Sergio, tienes que ver por ella, por su bienestar, es tu
madre y haga lo que haga, merece tu respeto y cariño.
—Tienes un corazón de oro, soy un hombre muy afortunado.
—Ambos lo somos, porque pudimos sortear los obstáculos que
las envidias e intrigas de tu padrastro pusieron en nuestro camino.
Sergio le tomó la cara entre las manos y se inclinó para
depositar un beso en sus labios. Como se encontraban paseando por un sendero
poco transitado, se
atrevió a prolongar el beso y acompañarlo por un estrecho
abrazo. Sara María no opuso resistencia, por lo contrario, rodeó el cuello de
Sergio con sus
brazos y se alzó sobre las puntas de los pies. Sergio
deslizó sus manos lentamente por el talle de ella, sintiendo su reducida
cintura y mas abajo, la
redondez de sus caderas. Antes de que se detuvieran a
pensar, se encontraron tumbados sobre el prado tocándose mutuamente a través de
la ropa. El trino
de un pájaro campana los volvió a la realidad:
—Me resulta difícil explicarte, pero jamás nadie me ha
tocado ni besado como tú lo haces. Entre Don Miguel y yo sólo hubo una relación
fraternal, en realidad
fuimos como padre e hija.
—Lo sé, no necesitas darme más explicaciones.
—Sergio, esto no puede ser aquí y ahora, debemos volver a
casa.
—Mmmmmmmmmmmm, tienes razón. Esto
sucederá hasta que estemos casados y te prometo que será maravilloso.
Muchos días antes, cuando abandonaron a los raptores en la
cabaña de Jonás, Mario había informado al alguacil que podía arrestarlos porque
se encontraban
atados en el establo. Cuando los policías llegaron al lugar,
no encontraron a nadie. Se presentaron en la hacienda de Don Jonás, pero él
negó todos los
cargos. Sin sospechosos y sin pruebas, la denuncia no
procedió.
Lo cierto fue que los tres hombres se hallaban ocultos en la
misma hacienda. Para librarse de la ira de Jonás, los hombres que entraron en
la casa de la
viuda, le dijeron que algo extraño había tenido lugar aquel
día.
—Figúrese usted patrón, entre los criados y Don Sergio
enterraron al muerto en el huerto de la casa.
—¿Están seguros de que se trataba de un hombre?.
—Quien sabe si era hombre o mujer. De lo que estamos seguros
es de que no era un animal.
—¿Podrían identificar el lugar exacto en donde ocultaron el
cadáver?.
—Claro que sí, lo pusieron al pie de un almendro.
—Creo que haremos una visita a la casa de la viuda
misteriosa para averiguar qué es lo que esconde en su huerto. Tal vez la
policía se interese por descubrir
la identidad del muerto.
El retorno de Sergio y Sara María al pueblo se vio empañado
por un sobresalto que recordarían toda su vida.
Sara quiso ver el sitio en donde descansaban los restos de
Don Miguel. Acompañada por Sergio y sus fieles sirvientes, se arrodilló para
rezar por él. La
oración se vio interrumpida por los gritos de una turba
enfurecida que amenazaba entrar violentamente en la casa. El alguacil y sus
hombres lograron contenerlos
frente al portón de la entrada principal. Don Jonás,
encabezando una decena de hombres, penetró en la casa. Mientras el alguacil se
dirigía respetuosamente
con sombrero en mano a informarles el asunto que les había
traído, Jonás animaba a la plebe.
—¡Es una bruja!... ¡Ay que quemarla!.
—¡Que se marche!... ¡No queremos brujas en nuestro pueblo!.
—¡Que la ahorquen!.
—¡Mejor que la apedreen!. ¡Hay que lincharla!.
—¿Qué pasa?... ¿por qué esa gente me grita así?.
—Me temo que mi padrastro está detrás de todo esto. No
temas, veamos qué pretende.
—Señor, señora, unos hombres afirman que ustedes asesinaron
a una persona y que enterraron su cadáver en este huerto.
Las dos parejas palidecieron, sabían que era verdad que el
cuerpo del conde yacía allí. Estaban perdidos, no podían evitar que excavaran y
encontraran el
cuerpo. Nadie les creería que el mismo conde había planeado
todo.
Mario y Concha se tomaron de la mano, mientras que Sergio
envolvía entre sus brazos a Sara María y apoyaba el mentón en su cabeza. Ella
se dejó envolver
entre aquellos fuertes brazos y descansó la cabeza en el
fornido pecho de su futuro esposo.
—Señores, hagan lo que tengan que hacer. Nosotros
permaneceremos en espera de los resultados.
—Señor, Don Sergio... ¿no piensa oponerse?.
—Señor alguacil... ¿serviría de algo?.
—Retrasaría un poco la investigación, pero en breve
volveríamos con una orden para revisar toda la propiedad.
—Cumpla con su deber, si llegara a encontrar lo que busca,
entablaré una demanda en contra de nuestro acusador. Poseo pruebas irrefutables
de que Don Jonás
mediante negocios y trámites fraudulentos, ha despojado a la
señora Sara de los bienes que heredó de su difunto esposo.
—Sea pues, pongamos manos a la obra y a ver qué encontramos.
Sara contempló entristecida, cómo el hermoso huerto que con
tanto esmero cuidaron Concha y ella, era destrozado en menos de tres días. Para
asombro de los
habitantes de la casa, el cuerpo del conde nunca fue
hallado. Nunca supieron en donde fue a parar. Lo cierto es que, Don Jonás, fue
encontrado muerto pocos
días después de este suceso. Mientras Sara María y Sergio
celebraban el baile de su compromiso matrimonial, Jonás se emborrachaba en la
soledad de la biblioteca
de su casa del pueblo. Los criados que le acompañaban,
solamente escucharon los gritos de terror.
—¡Auxilio!... ¡Socorro!... ¡El espectro infernal ha venido
por mí!.
Cuando los sirvientes acudieron, lo encontraron muerto.
Tenía los ojos abiertos y el rostro contraído de miedo. El médico dijo que
murió a causa de la bebida,
también aludió a que seguramente sufría de alucinaciones por
la misma causa.
La madre de Sergio se arrepintió de haber tratado mal a Sara
y de haber colaborado con Jonás para separar a los jóvenes. La señora poseía un
carácter débil
y se dejaba manipular por su esposo. Sabía que él le era
infiel, que bebía mucho, que no era honrado, pero le importaba mucho guardar
las apariencias y
soportaba heroicamente la maldad de su cónyuge.
Cuando Sara y Sergio se casaron, abandonaron el pueblo y
establecieron su hogar en un pueblo enclavado en la montaña. Con el tiempo, la
suegra y la nuera
llegaron a sentir verdadero afecto la una por la otra y los
cinco hijos que el matrimonio tuvo, consolidó el lazo familiar.
FIN DE
SECCIONES DE AYUDA