<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> MIRA EL NUEVO DÍA

 

MIRA EL NUEVO DÍA.

 

RELATOS Y CUENTOS DEL ESTADO DE VERACRUZ.

 

Irma Gpe. Vela Meza.

 

Enero 24 del 2005-01-23

 

 

IV

 

LA TÍA Y EL MAR.

 

Aguardaron durante dos meses a que los revolucionarios abandonaran el poblado de Maltrata y liberaran el asedio al ferrocarril.

 

Durante la espera, se dedicaron a recorrer los entornos ejerciendo de curanderos.

 

Higinio no se atrevió a volver a la cabaña de Tomás, aún así, el hierbero no quiso correr ningún riesgo y se mantuvo oculto hasta cerciorarse de que el

coronel se marchaba hacia México.

 

Alguien agradeció los servicios de Tomás con un acordeón y Martín que tenía buen oído musical empezó a sacarle tonadas desde el primer día que le echó mano.

 

Tomás se lo regaló, al principio Martín no quería aceptarlo, pero Tomás lo persuadió diciendo:

 

-Si aprendes a tocarlo bien, nos puede servir para ganarnos el sustento por el camino. Cuando subamos al tren, Trini puede cantar mientras tú tocas, a la

gente le gusta la música, estoy seguro de que les darán buenas propinas.

 

-Eso es como pedir limosna, me avergonzaría hacerlo.

 

-Trini tiene razón, no hay necesidad de eso, tenemos el dinero que nos dieron por las ovejas y si hiciera falta más, preferimos trabajar.

 

-El cantar y tocar un instrumento musical es un trabajo tan honrado como cualquier otro. Si no fuera así: ¿de qué vivirían los artistas?. Considérense músicos,

deleiten a los viajeros con su arte y disfruten la aventura. Así tendrán unos cuantos centavos de más, que a lo mejor les sean necesarios para concluir

la búsqueda de su tía.

 

-Es que… Me daría vergüenza… Creo que no podría hacerlo.

 

-Trini, tienes una voz agradable, eres entonada, además; Martín toca muy bien esa canción de “la rielera”. ¿Por qué no lo intentan?. Los dos forman un buen

equipo. El dinero que han reunido no es suficiente para pagar todos los gastos de viaje y comidas. Yo tengo algo guardado, pero aún así, no nos alcanzará.

 

-Está bien Tomás, seguiremos tu consejo, intentaré cantar, espero que no me gane el miedo.

 

-Trini, si quieres, tocaré el acordeón solo, no es necesario que tengas que cantar.

 

-Martín, déjala que haga el intento, estoy seguro de que obtendrán mejores propinas si Trini canta.

 

En un andén de madera, junto con un numeroso grupo de viajeros, esperaron pacientemente el paso del ferrocarril.

 

Con un par de horas de retrazo, el tren llegó a la cumbre. La gente subió desordenadamente, entre empujones y refriegas, Tomás, Martín y Trini; lograron

encontrar un haciento en el vagón de segunda clase. Los menos afortunados, viajarían en plataformas o en vagones para el ganado y productos agrícolas.

 

Atravesando túneles escavados en la montaña, bordeando precipicios, el tren continuó el descenso de las cumbres hacia la costa.

 

Aguardaron unas horas durante las cuales, Trini permaneció sentada al lado de una robusta mujer que iba a pasar unos días con su familia de Orizaba. Durante

un año había andado de soldadera, siguiendo a la tropa del coronel Higinio, porque su hombre formaba parte de ese pelotón. Ahora que él había muerto en

combate, retornaba a casa de sus padres para parir su primer hijo, el cuál ya era huérfano de padre desde antes de nacer.

 

Trini se sorprendió al enterarse que el coronel Higinio le había dado a la mujer algunos centavos para ayudarla. Pensaba que aquel hombre era incapaz de

sentir compasión, pero se había equivocado. Por lo que supo, el hombre era fiel a los suyos y a su causa. ¿Cuál era esa causa?... ¿Tierra y Libertad?...

¿Provocando muerte, dolor y llanto?.

 

Tomás y Martín, lograron que el garrotero los dejara viajar en el exterior del vagón, en donde se unían los carros. Cuando Tomás lo consideró oportuno,

hizo arreglos para que el mayordomo de primera clase, permitiera que los chicos entraran en los vagones a ganarse unos centavos con su música.

 

Después de la primera interpretación, Trini fue perdiendo el miedo y soltando más la voz. Reunieron más de un peso, eso sirvió para reponer el gasto del

pasaje.

 

Contentos por los centavos reunidos, retornaron al vagón de segunda, en donde Juliana la soldadera les había apartado dos asientos.

 

Tomás, Martín y Trini, se acomodaron como pudieron, y sacaron de una canasta unos chiles rellenos, tortillas, aguacates matatlecos, tamales de masa, manzanas,

pulque y atole. Como muestra de gratitud por los asientos, compartieron su comida con Juliana.

 

Para Trini y Martín, resultó fascinante subirse en el tren. Jamás habían viajado, mucho menos en ferrocarril. Desde que dejaron su casa y conocieron a Tomás,

habían subido en una camioneta, en una yegua y ahora en el “caballo de hierro”.

 

Por la ventanilla del vagón, contemplaron con cierto temor, cómo el ferrocarril se deslizaba lentamente por un puente. Sin apartar la vista de la ventana,

se santiguaron en silencio y permanecieron inmóviles.

 

Cruzar el puente de Metlac, con 135 metros de largo, con 28 metros de alto sobre el lecho de la barranca y tendido curvadamente para ajustarse a las necesidades

del terreno, fue una experiencia emocionante que los hermanos jamás olvidarían. Interrumpieron su almuerzo, mientras el tren lo pasaba.

 

Después de cruzar el puente de Metlac, el tren continuó su vertiginoso descenso y pronto se hallaron en Orizaba. Ahí, Juliana se despidió de ellos y Tomás

ocupó su asiento.

 

-Llegaremos al puerto en unas cuatro o cinco horas, será de noche. Mañana, después de desayunar iremos a la dirección que viene en esa carta, para ver si

su tía sigue viviendo ahí.

 

Los muchachos asintieron y ocultaron el temor que sentían, al pensar que tal vez la tía Glafira se hubiera cambiado de domicilio, o quizás de ciudad. También

pensaban en que si los aceptaría en su casa o los rechazaría.

 

La novedad de todo lo que les rodeaba, logró disipar un poco estos temores y cuando abandonaron el tren en la terminal de el puerto de Veracruz, cargando

sus canastas y morrales, quedaron anonadados ante la belleza y esplendor de los edificios y calles.

 

El tranvía eléctrico, los monumentos, plazuelas, las luces de las farolas, las casas particulares; todo era motivo de asombro. Se preguntaban si la tía

Glafira viviría en alguna de aquellas hermosas casonas.

 

Tomás no se dejaba impresionar por las ciudades, él conocía varias, incluso había llegado hasta México. Para el hierbero, su cumbre de Maltrata no tenía

comparación. Jamás cambiaría los bosques y arroyos, por las ciudades. Lo único que le gustaba del puerto, era el mar. Por eso fue directamente hacia el

malecón, para que los chicos lo vieran.

 

-¡Dios mío!... ¡Es inmenso!.

 

-Trini tiene razón, yo me lo imaginé muchas veces, pero me quedé corto.

 

-Mañana, antes del amanecer, los llevaré a la playa para que vean salir el sol. Es algo que deben ver, pareciera que brotara de las profundidades del mar.

 

Pasaron la noche en una modesta hostería, hubicada sobre una cantina. Por medio de una manta, el lecho de Trini quedó separado del de Martín y Tomás.

 

Con el rítmico murmullo de la música de la marimba, se quedaron dormidos imaginando cómo sería el nuevo día.

 

Unas horas más tarde, caminaban sobre la morena arena de la playa, permanecían en comunión con la naturaleza, asidos de las manos. No necesitaban de palabras

para manifestar sus inquietudes y plegarias.

 

Cuando la inmensa esfera de fuego brotó del mar, cada cual, desde el fondo de su corazón, elevó su agradecimiento al creador por el nuevo día. Cada uno,

agregó una súplica por el mañana y confió en que el Señor escucharía su ruego.

 

Llenos de paz, se encaminaron al mercado para ingerir los primeros alimentos del día.

 

Unas gruesas tortillas, pellizcadas por el borde, bañadas en una salsa picante, espolvoreadas con queso fresco y adornadas con aros de cebolla; formaron

parte del banquete. Además de las gorditas de masa rellenas de frijoles, el lechero y las chilindrinas que la cocinera les sirvió en una rústica mesa de

madera, colocada en la banqueta de la calle.

 

Tomás leyó la dirección de la tía Glafira y le preguntó a la mujer si sabía como llegar ahí.

 

-El “barrio de minas” está bien cerquita, la casa se encuentra frente a un parque que tiene una escuela. Pueden caminar, son cinco cuadras.

 

La mujer les señaló el camino y les deseó suerte.

 

Caminaron las cuadras que la mujer les indicó, verificando la numeración y los nombres de las calles, hasta detenerse en el número de la casa que coincidía

con el de la carta.

 

La construcción se encontraba en medio de otras, era de tabique recubierto con repello pintado de blanco, la fachada tenía una puerta de madera tallada

con molduras en forma de flores, del lado izquierdo dos balcones de mampostería albergaban infinidad de macetas con flores.

 

-Muchachos, esta es la casa, he cumplido mi palabra, será mejor que nos despidamos ahora.

 

-Tomás, gracias por todo, mi hermana y yo hubiéramos tardado mucho tiempo en encontrarla , de no haber sido por ti, aún estaríamos tratando de llegar.

 

-Tomás: ¿por qué te vas?... Espera a ver si la tía vive aquí, por favor, no te marches.

 

-Está bien Trini, me iré a sentar en una banca del parque, seguramente tu tía los hará entrar en la casa, tendrán muchas cosas de que hablar, aguardaré

hasta el medio día para que me cuenten lo que harán.

 

-Gracias Tomás, antes del medio día te iré a buscar al parque y te presentaré a nuestra tía.

 

Con el corazón oprimido por la separación, el curandero se alejó de los chicos, Martín subió los dos peldaños que precedían a la puerta y llamó dos veces

con el aldabón de bronse.

 

En instantes, se entornó uno de los postigos y apareció un rostro mal encarado de una joven, que les preguntó con enfado:

 

-¿Qué quieren?... La patrona no da limosnas por la mañana. Vengan por la tarde y les dará las sobras de la comida.

 

Con mano temblorosa, Trinidad le entregó el sobre amarillento a la mujer y tímidamente murmuró:

 

-Disculpe, no somos limosneros, estamos buscando a la señora Glafira Pérez, es nuestra tía. ¿Vive en esta casa?.

 

La sirvienta no sabía leer, escuchó atentamente a Trini y se sorprendió al ver que su patrona tenía dos sobrinos tan humildes, como para haberlos confundido

con limosneros. Preocupada por lo que le pudiera pasar, cogió el papel de la mano de Trini y entró corriendo para entregárselo a su patrona.

 

Cuando la empleada se lo entregó a Glafira, esta arqueó ambas cejas, permaneció pensativa recordando el contenido de aquella carta y el día que había vuelto

a las cumbres para intentar traer a sus sobrinos con ella.

 

En aquel entonces ella tenía 25 años y la fortuna le acababa de sonreír al casarse con un médico. Pensó que podía ayudar a los hijos de su hermana trayéndolos

a vivir con ella y dándoles una buena educación.

 

Ahora, habían pasado muchos años, ella tenía sus propios hijos, estos chicos ya estaban grandes, seguramente Camilo no los había educado debidamente. Posiblemente

ni siquiera hablarían bien el castellano. ¿Cómo mezclarlos con sus hijos?. ¿Qué diría su esposo?. ¿Sus amistades?. Era imposible hacerse cargo de ellos,

pero tampoco podía echarlos sin darles por lo menos unos centavos.

 

Cogió su monedero y salió al encuentro de ellos.

 

Trini y Martín aguardaban en la calle, llenos de dudas e incertidumbre, a que les dijeran si la tía Glafira vivía ahí. Cuando la puerta se abrió, vieron

a una mujer morena, de mediana estatura, portando un elegante vestido de seda, un semanario de oro en el brazo derecho, grandes aretes del mismo material

y dos sortijas en cada mano. Trinidad recordó en los ojos de la mujer a su madre, pero después de observarla mejor, se dio cuenta de que la mirada era

muy distinta.

 

Su madre miraba con ternura, calidez; esta mujer era fría, dura.

 

La tía Glafira se detuvo en lo alto del quicio de entrada, examinó a sus sobrinos de pies a cabeza, sin pensar en besarlos o abrazarlos. Cuando después

del prolongado escudriño tomó la barbilla de Martín en su mano, solo dijo:

 

-Eres igual a tu padre. Que pena, supongo que también heredaste su carácter.

 

-Señora… ¿Usted es la tía Glafira?.

 

-Sí muchacho, soy tu tía, hermana de tu madre. ¿A qué han venido?.

 

Trinidad retorció nerviosamente los flecos de su reboso, mientras que Martín cerraba sus manos a los lados del cuerpo, estrujando la tela de sus pantalones.

Finalmente, Trinidad habló:

 

-Tía Glafira, padre murió en el verano del año pasado. Nosotros hemos venido con la esperanza de quedarnos contigo.

 

La mujer se mantuvo erguida en lo alto del pórtico, su rostro se mantuvo inexpresivo, guardó silencio por largos segundos, meditando la respuesta.

 

Martín y Trini, decepcionados advirtieron que la tía los mantenía en la calle, que ni siquiera les había dado la menor muestra de afecto. De antemano, percibieron

que a la mujer no le hacía ninguna gracia tenerlos ahí, pidiéndole que se hiciera cargo de ellos.

 

-Lo siento muchachos, no los puedo recibir en casa. Si Camilo me hubiera permitido hace diez años criarlos, todo sería distinto. Trinidad, tú serías una

damita y Martín un caballerito. Los hubiera enviado a la escuela, sabrían leer y escribir, serían como mis propios hijos. Ahora ya están bastante creciditos,

quién sabe que mañas tendrán, no los puedo meter así nadamás porque si a mi casa. Tengo hijos, debo velar por su bien estar, mi esposo jamás permitiría

que se mezclaran con chicos como ustedes. No se apuren, puedo buscarles acilo en el hospicio, tal vez Trini podría trabajar en casa de mi comadre haciendo

la limpieza; pero deben entender que por ningún motivo deberán mencionar que yo soy su tía.

 

-¿Te avergüenzas de nosotros?.

 

-No niña, lo hago únicamente por el “que dirán”, debo proteger a mi familia de las murmuraciones.

 

-Creí que nosotros también éramos tu familia, que te daría gusto vernos aquí, recorrimos una gran distancia para venirte a ver, con la esperanza de que

nos ayudaras.

 

-Niña, te estoy diciendo que los voy a ayudar, no los dejaré desamparados.

 

-Disculpa tía, pero no hemos venido para que envíes a Martín a un hospicio, ni para que me consigas un trabajo de sirvienta. Si es todo lo que nos puedes

ofrecer, será mejor que retornemos a nuestra montaña. Por cierto, mi hermano y yo sabemos leer y escribir, padre nos enseñó muchas cosas, entre ellas estaba

el amor y la caridad.

 

-¡Trinidad!... ¡Eres una muchacha insolente y malcriada!... ¡Cómo te atreves a rechazar lo que les estoy ofreciendo!.

 

Martín tomó a Trini de la mano, recogieron sus pertenencias y se alejaron de aquella casa escuchando el parloteo de la indignada tía.

 

-¡Indios!... ¡Indios patas rajadas!... ¡Son iguales que Camilo!... ¡Tercos como las mulas!... ¡Lo que les estoy ofreciendo es lo mejor para ustedes!...

¡Jamás podrán tener otra oportunidad mejor!.

 

Apretó con fuerza el monedero recordando los sentavos que había pensado darles. Corrió hacia ellos y sacando las monedas se las tendió.

 

-Tengan esto, por lo menos no podrán decir que se han marchado de mi casa con las manos bacías.

 

-Gracias tía, no podemos aceptar tu dinero, pero no te preocupes, porque nos vamos en paz. Llevamos la esperanza en nuestro corazón y no estamos arrepentidos

de haber hecho este viaje tan largo para venirte a ver, porque por el camino conocimos gente que se preocupó verdaderamente por nosotros, además aprendimos

muchas cosas que seguramente no nos quitarán lo indio, pero serán de utilidad para afrontar el nuevo día.

 

Trini le dio la espalda y tiró de la mano de su hermano apurando el paso para alejarse de la tía y acercarse al parque en donde se encontraba el hierbero.

 

-¡Muchachos!... ¡Que rápido han hablado con su tía!... ¡No esperaba verlos tan pronto!... ¿Qué sucede?. ¿Por qué tienen esa cara?.

 

-Nuestra tía no nos quiere.

 

-Martín: ¿Qué has dicho?. ¿Cómo no los va ha querer?.

 

-Martín dice la verdad. La tía no se alegró al vernos, ni siquiera nos invitó a entrar en su casa. Eso nos ha sorprendido, también lastimado, pero a fin

de cuentas, Dios sabe porque pasan las cosas, tal vez nuestro lugar no es estar aquí, quizás nuestro sitio esté en la montaña.

 

-Estoy seguro de que el tuyo sí. Trini, tu lugar es estar a mi lado, ser la mujer del curandero, la madre de mis chilpallates. Regresaremos a la montaña

y buscaremos al padre Bartolomé para que nos heche la bendición. ¿Te parece bien?.

 

-Tomás, muchas veces se me cruzó esa idea por la cabeza, creí que jamás me pedirías que fuera tu mujer. Siempre he amado la sierra, el frío de la montaña,

el aroma de los bosques, decidí venir hasta aquí por el bien de Martín, pensé que era la única oportunidad que tendría para estudiar la carrera de maestro.

 

-Hermanita, yo creía que tú deseabas vivir en la ciudad al lado de la tía, por eso no te dije que el padre Bartolomé se ofreció a conseguirme una beca para

estudiar en Jalapa.

 

-Vaya, todo está resuelto. Trini y yo nos casaremos, tú te irás a estudiar y nos vendrás a visitar cada vez que tengas vacaciones y cuando seas todo un

profesor regresarás a las cumbres ha enseñar lo que aprendas.

 

-Tomás, Martín, miren el nuevo día, en él siempre hay esperanzas.

 

-Si Trini, el nuevo día será para los tres radiante, porque estará lleno de anhelos. Tú y yo juntos prodigándonos nuestro amor, superando los obstáculos

del camino, disfrutando o llorando pero unidos en la salud o en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso. Veremos transcurrir nuestras vidas paso

a paso, unidos por el amor.

 

FIN DE LA NOVELA.

 

 

 

 

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