Escrito por: IRMA GUADALUPE VELA MESA.
Agosto 2004
CAPÍTULO VII.
EL SUEÑO HECHO REALIDAD.
En tanto que navegaban hacia su destino, Diego manifestó un
gran interés por efectuar estudios superiores. Agustín y Pilar estuvieron de
acuerdo, buscarían
un tutor que se hiciera cargo de su instrucción elemental
para que posteriormente ingresara en alguna universidad. Pronto descubrieron
que don Martín sería
la persona idónea, el hombre aceptó con agrado, en la
colonia española le esperaba la inquisición, en el “Paraíso” tenía la esperanza
de seguir difundiendo
la palabra del Señor con alegría y amor.
La embarcación puso proa hacia el norte, en alta mar se
encontraron con la corbeta de Jean Lafitte, quien los saludó con una salva de
cañón y les hizo señales
para que le permitieran aproximarse. Una vez a bordo de la
corbeta de Agustín, saludó a Pilar con grandes muestras de cortesía, luego miró
afectuosamente
al “Demonio Español”, diciendo:
-Tengo buenas noticias para ustedes, hace tres meses que
España y sus colonias tienen un nuevo regente. Desde el catorce de diciembre,
Carlos IV es el Rey
Borbón. Espero sinceramente que cambie la situación tanto en
las colonias como en la vida de ambos. Tal vez este monarca dé mayores
oportunidades a los
súbditos criollos.
-Lo dudo, de todos modos, agradecemos tus buenos deseos.
-¿Piensas seguirte dedicando al comercio ilícito?.
Ante la pregunta de Jean, Pilar miró expectante a Agustín.
Él la rodeó con su firme brazo por los hombros, sin dejar de mirarla respondió
a la pregunta
de su amigo:
-Mis barcos y sus tripulantes lo seguirán haciendo sin mí,
porque no quiero apartarme ni por un momento del tesoro que encontré. Lo
esconderé en “El Paraíso”
y estaré a su lado para cuidarlo.
Jean rió enérgicamente, dio una fuerte palmada en el hombro
de Agustín, le besó la mano a Pilar y se retiró a su embarcación.
Esa noche, al compartir el angosto lecho del camarote, por
primera vez Pilar exploró tímidamente el cuerpo de Agustín. La pequeña mano
jugó con el vello
del pecho, se atrevió a poner sus labios sobre las tetillas,
se las acarició con la lengua. Agustín emitió un ronco gemido, asustada
preguntó con rostro
ingenuo y compungido:
-¿Te hago daño?... Perdona mi osadía, deseaba tocarte como
tú lo haces conmigo.
-Por favor no te detengas, es maravilloso sentir tus manos,
tus labios en mi piel.
Cogió la pequeña mano de Pilar, se la colocó en sus
genitales para que élla los explorara a su antojo. Sintió como la masculinidad
se erguía en su mano
mientras que él se excitaba por el contacto. Antes de que se
diera cuenta, la instaló encima de él y la fue guiando para que le hiciera el
amor
Pocos meses después, devuelta en “El Paraíso”, Agustín llegó
a casa trayendo varios arcónes que contenían entre otras cosas, un hermoso
vestido para Pilar:
-¿Te gusta?... Envié uno de tus vestidos a Canarias para que
los mejores costureros te hicieran este, será para una ocasión muy especial.
-¿Qué tipo de ceremonia?. ¿Será un baile?. ¿Por qué no me
habías dicho nada?.
-Pienso que en un mes la ermita que estamos construyendo
esté terminada, le faltarán los detalles, pero por lo menos sus muros y techo
estarán listos para
que don Martín nos dé la bendición. ¿Aceptas casarte
conmigo?.
-¡Oh Agustín!... ¡Claro que sí!... Pensé que lo habíaz
olvidado, estaba a punto de pedírtelo.
-¡Jajajajajaja!... Creo que te has vuelto muy liberal.
¿Dónde está la pequeña mujercita sumisa y adnegada?.
-Sigue aquí, dispuesta a ser la fiel esposa de don Agustín
Sánchez de
nos separe.
Pilar se le aproximó coquetamente tratando de seducirlo.
Agustín la contempló embobado mientras avanzaba, la recibió entre sus brazos
con un beso apasionado.
Contuvieron el mutuo deseo de hacerse el amor, limitándose
al beso. Se apartaron riendo y empezaron a abrir los demás arcones, Agustín
sabía perfectamente
lo que venía en cada uno, se limittó a contemplar el rostro
de Pilar cuando admirada y entusiasmada como una chiquilla decía:
-¡Sábanas de bramante florentino!... ¡Manteles y servilletas
de alemanisco!... ¡Toallas francesas!. Oh Agustín, gracias, todo esto es de
primera.
-Mira, aquí hay más cosas, espero que también te gusten, son
telas.
-¡Caniquí de
¡No puede ser!... ¡Brocados, tafetanes!... ¡Velludos y
camocanes!... Haré unas hermosas capas para el invierno.
-Ahora mira este pequeño cofre, este siempre ha estado aquí,
también es para ti.
-¡Dios mío!... ¡Agustín, esto es demaciado!.
-Nada es suficiente para halagar a la musa de mis sueños.
El pequeño cofre que Agustín le mostraba a Pilar contenía
zarcillos y sortijas de oro con piedras preciosas, collares de perlas,
cintillos de seda. En fin,
era toda una colección
de joyeles y broches con
incrustaciones de variadas piedras.
Pilar sonrojada lo miró fijamente a los ojos, sin atreverse
a tocar las alhajas tímidamente le preguntó:
-¿Cómo las obtuviste?... Perdóname no quiero ofenderte, pero
si son el producto de tus correrías como corsario, no las puedo aceptar.
-Que escrupulosa eres, ten en cuenta que los bienes que
poseía en
Esto es tuyo porque he pagado con creces lo que valen. Por
favor, recíbe las joyas, úsalas sin remordimientos. Te repito, mis lágrimas y
sangre las han
pagado. Si te sirve de consuelo, te diré que se las quité a
Lázaro la noche en que te aparté de él. Dolores y tú fueron despojadas de su
patrimonio, malgastó
el dote de las dos. Considera que es una forma de resarcirte
el tiempo que pasaste a su lado.
Pilar bajó la cabeza, las aceptó sin gusto. Agustín se
molestó por su actitud, disimuló el enfado y agregó:
-Están por traernos un mobiliario y accesorios para irle
dando a la casa el ambiente de vivienda familiar que le hace falta.
-Eres muy generoso y paciente conmigo, soy una tonta, no era
mi intención molestarte por lo de las joyas. Las usaré para darte gusto, te
amo, deseo que
jamás lo olvides.
-¿Cómo olvidarlo?... Dejemos este asunto por la paz, úsalas cuando quieras y como quieras.
Agustín le dio otro prolongado beso, élla le correspondió y
esta vez no pudieron esperar a que llegara la noche. Subieron apresuradamente
las escaleras
y se encerraron en su alcoba.
La isla “El Vergel” se regía prácticamente por un gobierno
autónomo, podría decirse que por haber sido Jack el descubridor, la corona le
otorgó el privilegio
de administrarla y heredar este derecho a sus descendientes.
Richard se consideraba un libre pensador, permitía el ecumenismo, le daba lo
mismo que los
habitantes practicaran cualquier devoción. Lo único que
exigía, era que hubiera respeto entre todos, que nadie se agrediera por el
hecho de profesar diversos
credos.
Pilar visitaba todos los días a Dolores, el embarazo estaba
avanzado, en un par de meses su hermana daría a luz. Por lo menos, estuvo
presente en la ceremonia
de matrimonio, contempló a Pilar y Agustín, ambos parecían
tórtolos, temblaban de pies a cabeza y se miraban trémulos de emoción. Pocos
días después Dolores
parió un hermoso niño, Agustín y Pilar permanecieron
acompañándolos varias horas antes y después del parto.
La vida seguía su curso, las sesiones en el estudio de
pintura seguían efectuándose con regularidad, Agustín había terminado muchos
retratos de Pilar, en
todos llevaba ropa, solamente hizo uno en el cuál plasmaba
en el lienzo a su pequeña desnuda como una Venus. Siempre que Pilar le
reprochaba que la hubiera
forzado en todas las sesiones a despojarse de la ropa, él
respondía:
-Te conocí sin ropa y me prendé de ti. No quiero que nadie
más te vea así, este deleite es solo mío.
-Entonces… ¿Por qué siempre me haces posar desnuda?.
-Para vestirte y desvestirte a mi antojo. Este cuadro, es el
único que voy a guardar así, lo esconderé bajo siete cerrojos. Será el tesoro
del pirata “Demonio
Español”.
Le dijo tomando entre sus manos el retrato en donde estaba
desnuda. Curiosa por saber que haría con los demás insistió:
-¿Qué harás con los demás?. Agustín se encogió de hombros:
-Los colgaré por toda la casa, en los establos, en el barco,
para que a donde yo voltee, siempre te vea a ti. Si quieres, le puedes regalar
uno a tu hermana.
-Oh Agustín, cuánto me amas. Te correspondo con la misma
intensidad, no tendré cuadros para mirarte a cada instante, pero te llevo en la
mente y en el corazón.
Después del breve diálogo, se besaron y acariciaron
frenéticamente durante el resto de la tarde. Los ojos de la mujer de los
cuadros, ahora lucían diferentes,
ya no se advertía aquella mirada de tristeza y angustia. La
musa era ahora una mujer que reflejaba dulzura, alegría y pación.
Pilar seguía yendo a bañarse en la poza, siempre tenía la
precaución de mirar hacia las montañas antes de hacerlo para comprobar que no
estuviera lloviendo.
Agustín la acompañaba casi siempre, le enseñó a tirarse
desde una roca, efectuando un molinete antes de entrar al agua. Pronto Pilar
dominó el clavado
y superó a su maestro.
Fue uno de esos días, en que estaban solos en la posa,
cuando élla sufrió un repentino mareo, estuvo a punto de ahogarse. Agustín la
sostuvo y mortificado
le preguntó:
-¿Te ha ocurrido esto otras veces?.
-Como cuatro, esta semana he tenido el estómago revuelto, en
ocasiones no retengo los alimentos.
Agustín sonrió complacido, puso la mano sobre el vientre de
su esposa, lo frotó en círculos, le dio unas palmaditas, por último la besó en
la frente antes
de comunicarle:
-Estás preñada. ¿No te has dado cuenta de que tu cuerpo está
cambiando?.
-Pensé que solo eran malestares pasajeros. ¿Oh Agustín!...
¿Qué felicidad!... ¡Si estás en lo cierto, en unos meses seremos padres!.
Ambos se alborozaron ante la perspectiva, su felicidad sería
completa con la llegada de un hijo.
La preñez de su pequeña, inspiró al pintor para aunar otros
retratos en la colección particular, la volvió a retratar cuando el embarazo
estaba avanzado,
al principio Pilar se negó a posar, en realidad no
necesitaba verla para retratarla, lo que le hacía falta, era la presencia de su
musa cerca de él. Pilar
terminó por acceder a sus ruegos, con la condición de que
ese cuadro sólo sería visto por ellos dos:
-Agustín, soy una musa muy redonda, me temo que voy a parir
un becerro en lugar de un crío. Pronto sabremos quién está aquí adentro, si es
una niña o un
niño.
-Lo que Dios nos mande será bienvenido, amo a mi hijo desde
el día que lo engendré, porque lo hice con mucho amor.
-Me consta, estuve
presente.
Agustín se rió de las palabras de su pequeña, que con
dificultad se levantó risueña del diván para ponerse sus ropas, la ayudó a
vestir y cuando se disponían
a dejar el estudio Pilar rompió aguas, signo eminente de la
próxima llegada del primogénito.
Llamaron a Noa, enviaron un mensajero al “Ensueño” y
aguardaron impacientes el primer fruto de su amor.
Dolores y Noa sacaron a Agustín de la habitación, Richard
intentaba calmar al futuro padre.
Los gritos de Pilar se hicieron tan intensos que Agustín
tiró a patadas la puerta del estudio y penetró a la recámara en el momento que
su pequeña daba
a luz. Noa y Dolores animaban a Pilar:
-Tranquila hermanita, aquí están tus hijos… ¡Son dos!...
¡Dos!.
-¡Amita es un machito y una hembra!.
La fortuna les sonrió por partida doble, porque a seis meses
de haber descubierto que Pilar estaba preñada, dos críos llegaron para
acrecentar la dicha
en el “Paraíso”. Raymundo y Ángela fueron los primogénitos
de una estirpe de los tres vástagos que conformaron la familia Sánchez de
Agustín, antes de ver a sus hijos, se arrodilló al lado del
lecho y desándole la mano a su esposa, al mismo tiempo que reía y lloraba, le
dijo:
-Gracias pequeña, cada día me haces más feliz que el
anterior.
-Tú también, nuestro amor es tan grande que el Señor lo ha
bendecido por partida doble. Muéstrame a nuestros hijos, quiero que los cuatro
estemos juntos
aquí en el lecho, fortaleciendo los lazos del hogar que
hemos formado.
Agustín le dio gusto, la rodeó de sus hijos y sentándose a
la cabecera de la cama le sostuvo la mano hasta que se quedó dormida.
Siguiendo el ejemplo de Dolores, Pilar amamantó a sus
mellizos, su hermana la ayudó porque aún tenía leche y su pequeño Richard ya
contaba con once meses,
por consiguiente podía ingerir otros alimentos. Dolores y
Richar tuvieron otros cuatro hijos que crecieron al lado de los de Pilar y
Agustín. Diego retornó
a
narrada en otro libro.
Fin de la novela.
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