<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> Por ti y para ti

 

   Por ti y para ti.

 

ESCRITO POR: IRMA GUADALUPE VELA MEZA.

 

PRIMERA PARTE.

 

UN TÍO DESALMADO Y LA POBRE NIÑA HUÉRFANA.

 

RECORDANDO A LA FAMILIA.

 

“Pobrecita huerfanita, sin su padre y sin su madre, la echaremos a la calle a llorar su desventura. Cuando yo tenía a mis padres, me vestían de oro y plata.

Ahora que ya no los tengo, me visten de hoja de lata”.

 

A los nueve años, esta canción se convirtió en el sonsonete que me persiguió por mucho tiempo. Crecí en el campo, la casa era grande, constaba de dos plantas

y estaba rodeada por un hermoso jardín, en el que abundaban los tulipanes, de ahí el nombre de la hacienda.  Mamá fue una mujer hogareña y piadosa, que

insistía en que siguiera su ejemplo. Papá se dedicaba por completo a mantener la hacienda en los niveles más altos de producción. Sembrábamos cacao, plátano,

maíz, frijol, café, caña de azúcar, papa, cebolla, tabaco; se criaba ganado porcino y bovino.

 

El río Grijalva y el Usumacinta recorrían con sus afluentes todo el estado, llenándolo de  cascadas, lagunas, brazos de los mismos ríos y pantanos. La tierra

era pródiga y fértil, el clima húmedo tropical nos dotaba de un calorcito sabrosón durante todo el año. Las vastas llanuras provistas de coloridos  matices,

en los que predominaba el verde de su exuberante vegetación, se limitaban por ríos y selvas, en las que se explotaban maderas preciosas como los cedros

rojos y no maderables como el árbol de pimiento y el varbasco.

 

Mi hermano, era nueve años mayor que yo, pronto se marcharía a la capital de la República a efectuar estudios universitarios, deseaba ser ingeniero. Mi

vida era como un cuento de hadas, yo era la princesita del castillo y los peones los súbditos. Nací algunos años después de que don Francisco I Madero

diera inicio a una serie de acciones que cambiarían el rumbo del país y no puedo decir que para bien, porque he crecido en medio de los conflictos políticos

y sociales que marcarán el destino de nuestra Nación. Afortunadamente, la Revolución no llegó hasta el paraíso que mis padres forjaron para sus hijos.

En “Los Tulipanes” no hubo hambre, ni muerte. Las familias que trabajaban ahí, vivían en libertad, gozaban de un salario digno, de buen trato por parte

de sus patrones. Mis padres opinaban que un empleado feliz rendía el doble de uno que fuera infeliz, por eso en sus tierras siempre procuraban que la gente

estuviera dichosa.

 

En aquellos días, solo me preocupaba por jugar, no ponía mucha atención en lo que mis padres hacían o decían. Toño mi hermano, me consentía tanto como ellos

y a menudo, recorríamos los campos galopando en nuestros corceles. Fue algo que disfruté y que me valió más adelante la oportunidad de sobrevivir. Papá

y mamá nos reprendían, la verdad es que con Toño fueron más severos que conmigo, porque jamás lograron hacerme montar como una dama y mi hermano fue la

causa de ello. Hoy se lo agradezco más que en aquellos días. Solíamos alejarnos de los límites de la hacienda para visitar un lugar denominado “La Venta”,

Toño decía que esa ciudad había sido construida por unos hombres llamados “Olmecas”. Ahora estaba en ruinas, se veían algunas edificaciones hechas a base

de ladrillos cocidos, fabricados con barro, arena y concha de ostión.

 

El hijo del capataz iba en ocasiones con nosotros a cabalgar, él era poco más o menos de la edad de mi hermano, tal vez uno o dos años mayor que Toño. Roberto,

que así se llamaba aquel muchacho, tenía los ojos y el cabello de un negro profundo, por eso me llamaba la atención. Desde que lo recuerdo, fue alto y

fuerte, sus manos me gustaban por ásperas y rudas. Me colgaba de una de ellas y él me alzaba a pulso. Siempre me apodaba “la princesa pelos de elote”.

Yo me enojaba, lo amenazaba con decirle a papá para que le diera una tunda, Roberto se burlaba y un día me explicó:

 

-El elote, es el alimento que los dioses le entregaron al hombre, gracias a él, se forjó nuestra raza.

 

Tú eres como un regalo de los dioses, tu pelo es amarillo como el elote y tus ojos azules como el cielo y el mar. El solo verte causa alegría, deberías

enorgullecerte de que te llame así.

 

Toño, que también tenía el cabello oscuro y los ojos color miel,  lo secundaba, yo me enojaba aún más. Luego me decían cualquier cosa y los perdonaba, olvidando

pronto el disgusto.

 

Como todos los niños de mi edad, asistía a la escuelita del pueblo más cercano. Me levantaban a las cinco de la mañana para que llegara a tiempo. El maestro

se llamaba Manuel y me quería mucho. Todos los días me regalaba un pirulí, decía que era la más inteligente del grupo. Hacía competencias de sumar y restar

mentalmente cantidades hasta de tres dígitos y yo le ganaba a todos, incluso a los chamacos mayores. Don Manuel quería que fuera maestra y a menudo decía

que me heredaría su escuelita.

 

Todo este mundo cambió de la noche a la mañana una víspera de Navidad en que celebramos con gran algarabía la Noche Buena. Ese día, no se trabajó, se colocó

un tablado en el jardín frontal de la casa. Desde muy temprano mamá junto con otras señoras, se dedicó a realizar los platillos de la cena, aunque estaba

prohibido el consumo de licor en el estado, más de veinte barriles de cerveza fueron sacados de la bodega, hubo vino y otros licores. El cura del pueblo,

al cual llamábamos cariñosamente “padre Chucho” y don Manuelito, montaron un rústico escenario para la representación de una pastorela. ¡Yo fui el ángel!.

Casi todo el pueblo acudió a la hacienda para ver la actuación.

 

Entre todos los asistentes, se repartió la comida que mamá había preparado, pero primero que nada, se cantó la posada y después se rompieron las piñatas.

 

Un día antes, mis padres entregaron a sus trabajadores un sobre con dinero, le llamaban “aguinaldo”. Por eso, el día de la fiesta, todos ellos estaban estrenando

algo en su atuendo.

 

La fiesta de “Noche Buena” se prolongó hasta pasada la media noche. Mamá me llevó a la cama poco antes de las once, quería quedarme en el guateque otro

ratito y le insistí mucho, élla se mostró inflexible a mis súplicas. Me despedí de papá y me encaminé de la mano de élla a la planta alta, rumbo al ala

sur de la casa, ahí se encontraba mi recámara. Mamá me puso la pijama, desvaneció mis bucles, amorosamente me arropó en la cama cuando terminé de rezar

las oraciones de la noche. Esta vez, mamá se quedó acompañándome hasta que el sueño me venció, no supe en qué momento salió de la habitación. Esa noche

soñé con el nacimiento que Toño instaló en el salón principal de la casa. Era una maqueta enorme, con casitas, puentes, ríos, bosques en miniatura, los

pastorcitos de barro acudían con sus rebaños a una cueva que mi hermano excavó en una piedra. Toño iluminó el nacimiento colocando unos cuencos con sebo,

en sitios estratégicos para realzar más su obra de arte.

 

Jamás hubiéramos imaginado que algo tan hermoso, fuera a ser la causa de tanto dolor. Los gritos de Monchi la cocinera, me despertaron, aún no amanecía,

me sacó de la cama a jalones, había mucho humo y casi no podía respirar. Cuando salimos al corredor de la planta alta que comunicaba con las otras recámaras,

Roberto me envolvió de pies a cabeza en una manta mojada y corrió conmigo a cuestas, sacándome de la casa. Monchi venía pisándonos los talones, llorando

y gritando. Una vez a salvo, Roberto me entregó en los brazos de Monchi y trató de volver a entrar en la casa. Todos los peones corrían de un lado a otro

intentando sofocar las llamas que consumían la construcción. Al comprender lo que ocurría, procuré librarme de las manos de la sirvienta y meterme a la

casa en busca de mis padres y de Toño. Entre élla y otras dos mujeres me sujetaron, impidiendo que me moviera. Estaba aterrada, dejé de esforzarme por

soltarme de quienes me asían, alguien gritó con una voz ronca y desanimada:

 

-¡Llévense a la niña de aquí!. ¡Que vea!. No hay nada más que hacer, todo se ha perdido. ¡No la dejen ver!.

 

Grité, pataleé, lloré, supliqué, nadie me escuchó. Enfadada, traté de volcar mi ira contra todos aquellos que intentaban separarme de mis padres, de mi

hermano, de mi hogar. No quería entender que todo había  terminado. Papá, mamá y Toño, ya no existían, mi hogar, mi familia estaba muerta. Roberto me forzó

a retirarme del sitio del siniestro, fui transportada semiinconsciente rumbo a la casa del capataz. No sé por cuantos días mi mente se rehusó a enfrentar

la realidad y aceptar los hechos consumados.

 

El tío llegó una semana después del incendio para asistir al entierro. Los criados lograron recuperar los calcinados restos de sus patrones y los conservaron

en unos barriles con salmuera, en espera de que tío Enrique llegara. En el mismo momento que él arribó en el lugar, antes de dar cualquier otra orden,

me hizo presentarme ante él. Al verlo, el corazón me dio un vuelco. Se asemejaba tanto a papá, que por un momento creí que era él. Corrí a su encuentro

con los brazos tendidos gritando en mi desesperación:

 

-¡Papá!... ¡Papacito has regresado!. Me detuvo en seco antes de que lo pudiera abrazar. Colocó sus manos sobre mis pequeños hombros, con mirada fría y voz

dura me dijo:

 

-Vaya, tú eres la sobrina, mi hermano ya me había hablado de ti, espero que de ahora en adelante comprendas que tus padres ya no están aquí para mimarte,

yo seré tu tutor. ¿Entiendes lo que eso significa?.

 

Moví la cabeza negativamente y él sonrió siniestramente mientras informaba:

 

-Estarás bajo mi protección, velaré por tu bienestar, administraré este lugar porque así lo quiso mi hermano. No me tendió la mano para que se la besara,

ni me dio la bendición. Me hizo sentir su desamor desde el primer momento en que nos vimos. Por la tarde, el panteón familiar se abrió para dar paso al

cortejo fúnebre, no le permitió al padre Chucho orar por los difuntos, ni estar presente en el entierro. Aún no entendía bien el carácter del tío. Mandó

a traer para mí, dos mudas de ropa, tan sencillas y humildes como las que usaban las hijas de la peonada. Esas fueron mis únicas prendas de vestir por

mucho tiempo. Llegada la noche, después de varios días volví a entrar en la casa, o mejor dicho, en lo que quedaba de ella. Los muros estaban ennegrecidos

por el humo, algunas habitaciones de la planta alta fueron cerradas por inhabitables. Resultaba desolador ver en lo que se había convertido aquella magnífica

mansión.

 

En la mesa de la cocina, desprovista de mantel, la cena fue servida. Monchi nos atendió a los dos. El tío no me dirigió la palabra durante el tiempo que

tardamos en ingerir los alimentos. Casi no comí, pasé mucho rato jugando con la comida, hasta que él ordenó que retiraran el servicio. Levantándome de

la silla y aproximándome, pedí permiso para retirarme y que me diera la bendición. Me respondió que no creía en esas supercherías, que me fuera olvidando

de la religión y de todo lo que tuviera que ver con ella. Incrédula a las palabras de él, me atreví a cuestionarlo. Una fuerte bofetada sonó en mi mejilla,

asustada y llorosa, corrí a refugiarme en el regazo de Monchi. Tío Enrique salió de la cocina y le ordenó a Monchi que me llevara a dormir. La pobre mujer

me indicó que tendría que dormir sola en mi recámara, yo me opuse, no deseaba volver a entrar en ella, no quería subir a la planta alta, todo tenía hollín,

el olor a quemado permanecía en el ambiente. Hice una espectacular pataleta, Monchi intentó en vano calmarme, yo insistía en retornar a la casa del mayoral,

al lado de su esposa e hijos. Élla decía que era imposible, que ahora mi tío estaba aquí, que debía permanecer a su lado porque así lo dispuso papá. Yo

no entendía razones, por eso fue que tío Enrique volvió a la cocina con un cinturón en la mano. Le indicó a Monchi que saliera, dobló el cinturón por la

mitad y me arreó un cuerazo en las piernas. Grité más fuerte que antes, me dio otro, seguí gritando y me volvió a dar. Cada vez que me pegaba decía:

 

-¿Te vas a callar?. Si lo haces dejaré de pegarte.

 

Después del quinto cuerazo enmudecí. Esa noche aprendí que al tío se le obedecía sin chistar. Monchi me aplicó un remedio casero en los golpes y me acostó.

Le rogué que se quedara conmigo hasta que me durmiera, pero no le fue posible porque tenía la orden de abandonar la casa e ir al área de servicio antes

de las diez de la noche y faltaban cinco minutos para la hora. Le tenía tanto miedo al fuego, que no quise la palmatoria con la vela, preferí quedarme

a obscuras y aquella noche también aprendí que hay que dominar el miedo, sobre todo cuando se estaba sola.

 

 

 

     SECCIONES DE AYUDA      

 

 

    Capítulo siguiente!

 

    Volver al índice!