<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> Por ti y para ti

 

   Por ti y para ti.

 

ESCRITO POR: IRMA GUADALUPE VELA MEZA.

 

TERCERA PARTE.

 

 

TODO EL AMOR ES PARA TI.

 

Como estaba previsto, Roberto retornó en tres días, cargado de regalos para Marita y las niñas. Había cambiado de opinión, no deseaba escuchar la respuesta

de élla, temía que lo rechazara. Con la excusa de estar ocupado en los trámites de la compra del terreno colindante, los deslindes, las niñas, la cosecha,

etc, etc; Roberto fue postergando su encuentro con Marita. Cuando élla intentaba abordar el tema, él salía con otros asuntos y así transcurrieron dos meses.

Un día, mientras comían en compañía de Monchi y las niñas, Marita preguntó:

 

-Roberto, me acabo de enterar de que Garrido abandonó el país. ¿Es verdad?.

 

-Es cierto, su estancia en la capital de la República provocó muchos conflictos. Los rojinegros no hicieron de las suyas porque los estudiantes se lo impidieron,

aún así, sembraron muerte entre algunas comunidades cristianas de la ciudad de México. Garrido en su nuevo cargo de Ministro de Agricultura, los solapó,

pero esta vez las cosas no quedaron a su favor. La gente de la ciudad de México prácticamente lo echó, retornó a Villahermosa como perro apaleado, con

el rabo entre las piernas. Eso no fue todo, se le acusa  de haber utilizado recursos económicos de la Nación en su beneficio, ahora es un prófugo de la

ley. Sus rojinegros han desaparecido como ejército, muchos están encarcelados. Hizo una pausa, miró a Marita a los ojos y cambiando el tono de la voz murmuró

con tristeza:

 

-Supongo que ya puedes volver a tus tierras, ya no hay peligro para ti. Don Fidel y todos los achichincles del “matacuras” se han marchado del país. Una

verdadera calma reina en la zona, los templos están reabiertos, ya no hay temor.

 

-Tienes razón, ya me puedo ir, iré a conseguir unos baúles después de comer. Manuela y Elba querrán llevarse todo lo que les has regalado. Respondió élla

llena de tristeza. Ambos bajaron la cabeza y siguieron comiento en silencio abrumados por sus pensamientos:

 

-No me ama, estoy seguro de ello. Se marchará, llevándose con élla a las niñas. Se irá con élla la alegría de esta casa, mis deseos de vivir y amar. Soy

un hombre muerto.

 

-No preguntó mi respuesta, desde que volvió me esquiva, piensa que no lo amo, cree que lo desprecio porque fue mi capataz. ¡Qué poco me conoce!. No puedo

ir corriendo y echarme en sus brazos para decirle que es un idiota y que lo amo. Tengo escrúpulos, dignidad, no soy una rogona.

 

-¡Qué estúpido!. ¿Por qué no me pregunta?.

 

El resto de la tarde no se vieron, por la noche se hizo costumbre de que Roberto acudiera al cuarto de Manuela y Elba para desearles felices sueños y leerles

un cuento. Esa noche, Marita decidió quedarse a dormir con sus hijitas, no quiso retornar a su recámara, la tentación de abrir la puerta que comunicaba

a la habitación del vecino, era muy grande.

 

Un día más llegó, desde las cinco de la mañana los pasos apresurados de Marita sonaban en la cocina. Como un sargento mal pagado, atolondraba a las sirvientas

con múltiples órdenes. Monchi era la única que se atrevía a rezongarle, Marita la toleraba porque sabía que tenía razón. Recapacitó y reunió a la servidumbre

en torno a la mesa de la cocina, con humildad les pidió perdón por todos los atropellos que cometió en contra de éllos durante su permanencia en la casa.

Les anunció que pronto se marcharía y que no deseaba dejarles una mala impresión. Fue escuchada y perdonada, cuando vieron que élla cambió de inmediato

su trato hacia ellos. Roberto desayunó y se despidió enseguida, tenía que bajar al pueblo por asuntos de negocios, Marita se sorprendió porque él no quiso

esperar a las niñas para despedirse de éllas.

 

El mozo le comunicó que los baúles que había encargado estarían listos en una semana. Marita se alegró, estaría ocho días al lado de Roberto, luego se entristeció

al pensar que después tendría que irse. A media mañana, el mismo mozo la interrumpió en el despacho para comunicarle que el caballo de Roberto había vuelto

sin el jinete. Marita dejó lo que estaba realizando y corrió a la caballeriza para ver al animal. Juvencio ya lo estaba inspeccionando, ambos observaron

que una de las patas delanteras del animal traía sangre. Viendo bien, concluyeron que fue mordido por un reptil y que seguramente tiró al jinete. Sin esperar

a que le ensillaran un caballo, montó en el primero que encontró a mano y salió a todo galope por el sendero que conducía al pueblo esperando encontrarse

con Roberto. Quizás se hubiera fracturado una pierna, un brazo, tal vez se golpeó la cabeza. Su preocupación crecía al avanzar por el camino y no ver indicios

de Roberto. Los hombres del rancho la seguían de cerca, escudriñando al paso los barrancos. Marita se detuvo presa de pánico al ver el sombrero de Roberto

enganchado en unos matorrales que estaban al borde de una cañada de más de quince metros de profundidad. Cuando los hombres le dieron alcance, élla estaba

mirando hacia el fondo y gritando el nombre de Roberto con la esperanza de obtener una respuesta.

 

Mientras que unos hombres bajaron al barranco, otros siguieron el camino hasta el pueblo, era posible que no hubiera caído y anduviera por allá. Nadie encontró

nada, la tarde llegó y una fuerte lluvia impidió que los hombres continuaran buscando por los entornos del barranco. Marita intentó que no abandonaran

la exploración, les suplicó, les ofreció dinero, éllos ofendidos lo rechazaron. Roberto era querido por los empleados porque su generosidad se había demostrado

en múltiples ocasiones. Con el ánimo por los suelos, todos retornaron a casa. Marita no quiso ver a sus hijas, se darían cuenta de que algo andaba mal

y empezarían con sus preguntas. ¿Qué les diría?... Para éllas Roberto se había convertido en su nuevo papá, no era lo mismo volver a “Los Tulipanes” y

verse de vez en cuando, que saberlo muerto y no volver a verlo jamás.

 

Pasaba de la media noche, no dejaba de llover, encerrada en la recámara Marita seguía llorando y tratando de ver a través del vidrio de la ventana, si divisaba

a Roberto por el camino que llevaba a la casa. Pensando que él jamás volvería, no pudo más, abrió la puerta que comunicaba a la recámara de él, se arrojó

sobre el lecho, abrazándose a una de las almohadas y hundiendo el rostro en otra, lloró desconsolada exteriorizando sin darse cuenta, sus sentimientos

en voz alta:

 

-¡Ay!... ¡Que estúpida fui!... ¡Lo amo, lo amo y nó se lo dije!... Si está muerto no podré decirle lo mucho que le amo. Por favor Señor, no permitas que

se muera sin saber que en mi corazón hay un lugar muy importante para él, las niñas y él son mi vida. Félix ahora es un dulce recuerdo, nunca lo olvidaré

porque también lo amé, pero el amor real, el que vive en mí, es el de Roberto.

 

Él es mi hombre, siempre lo fue, estábamos destinados desde un principio. Como dijo él, la vida nos dio otra oportunidad, si lo hubiera aceptado, ahora

estuviéramos casados, mis pobrecitas hijitas tendrían un hogar, un padre verdadero y no uno prestado. Todos viviríamos bajo el mismo techo, nunca volvería

a “Los Tulipanes”, ahí fui muy desgraciada. No sé porque me he empeñado en seguir conservando ese lugar, es solo un pedazo de tierra, no vale nada comparado

con el amor de un hombre como Roberto. Marita acariciaba la almohada y el lecho, besaba las sábanas, aspiraba su olor. Se sobrecogió al sentir que una

mano firme y áspera le oprimía suavemente el desnudo hombro:

 

-¿Por qué lloras?... Estoy aquí, he vuelto. No podía dejar a Mariana y Elba nuevamente sin padre. Tampoco podía abandonar a la mujer que pronto será mi

esposa.

 

Marita dejó de llorar, se limpió los ojos con el dorso de las manos, sentándose sobre sus talones en la cama, permaneció unos instantes muda, inmóvil, sin

saber que hacer o decir. La luz de un quinqué iluminaba tenuemente la habitación.

 

Cuando Roberto iba de camino al pueblo, una serpiente mordió al caballo, herido en su orgullo, porque el animal lo había tirado y además huyó antes de que

él pudiera hacer nada, intentó retornar a la casa. Una ventisca repentina, le voló el sombrero. No hizo nada por recuperarlo porque se dio cuenta de que

tenía la pierna lastimada. Anduvo unos cincuenta metros y la llovizna lo sorprendió. Previendo que arreciaría, se salió del camino para refugiarse y reponerse

del golpe bajo unas piedras que se hallaban cerca del lugar, pero fuera del sendero que llevaba al pueblo. Se quedó dormido y al despertar, se percató

de que ya era de noche. Se preocupó por su gente, seguramente al ver llegar al caballo sin él, pensarían lo peor. Por eso dejó su escondrijo y caminó bajo

la lluvia con el fin de tranquilizar a todos. Roberto escurría agua por todas partes, élla reaccionó y a toda prisa lo ayudó a quitarse la ropa mojada.

Lo secó y le frotó el cuerpo con alcohol, le sirvió un poco en un vaso, sacó del ropero una bata de terciopelo y se la puso. A él le hizo gracia que élla

supiera en dónde guardaba cada cosa, era evidente que había entrado en su habitación en otras ocasiones sin que él lo supiera. Como élla no le hablaba,

decidió tomar la iniciativa:

 

-¿No dices nada?... Entré en la recámara desde que te metiste en mi lecho, estabas tan alterada que no te diste cuenta. Te ví y te oí… ¿No me dirás nada?.

 

Marita se dio cuenta de lo que acababa de hacer, trató a Roberto de la misma forma en que hubiera tratado a Félix, con la misma familiaridad, con el mismo

amor. Oprimió entre sus manos la falda de su camisón, cohibida y avergonzada bajó la cabeza y balbuceó:

 

-Debes tener hambre, iré a la cocina y te traeré algo de cenar.

 

Roberto la retuvo tomándole ambas manos entre las suyas y le dijo con ojos suplicantes:

 

-Nó, no te marches, tengo hambre de ti, estoy sediento de tus besos, tus caricias, quiero saborear tu piel, respirar tu aroma, hartarme de ti. Te escuché,

sé que me amas. ¿Por qué retrazar más este momento?. ¿Por qué prolongar nuestro sufrimiento?.

 

Marita liberó sus manos y de un salto se colgó del cuello de Roberto, colmándolo de besos y mimos, él la sostuvo por la cadera y la dejó que lo acariciara

mientras la llevaba a la cama. Ahí la recostó y la fue despojando de sus prendas como aquel que está desenvolviendo un regalo y no desea romper la envoltura.

Cuando terminó, se quitó la bata y usando únicamente los labios, recorrió lentamente cada sitio de aquel cuerpo que por tantos años había deseado. No dejó

de saborear ninguna parte, por muy oculta que estuviera. Luego, lo volvió a recorrer, esta vez besó, mordisqueó y aspiró profundamente el aroma de la mujer

que amaba entrañablemente. Por tercera vez, recorrió la anatomía de su amada. En esta ocasión, las ásperas  manos de él la palparon con tanta lentitud,

como si estuvieran acariciando una delicada y tierna flor. La mujer se agitaba excitada con una pasión cada vez más desbordante, imposible de contener.

Desesperada le pidió que entrara en élla. Roberto se acomodó lentamente y sosteniéndose con los antebrazos, temiendo aplastar el menudo cuerpo que tenía

debajo, comenzó a penetrarla. La estaba tratando como una primeriza, esto la fascinaba. Marita lo aferró con mayor fuerza, lo envolvió con piernas y brazos,

curvó la espalda y juntó su sexo al de él, entregándoselo sin reservas. Su masculinidad fue entrando lentamente, satisfaciendo tantos años de un deseo

reprimido. Aquel cuerpo duro, cálido, húmedo y enorme, la cubría, dándole una sensación de protección, de dicha, de paz. Siempre se sintió pequeña ante

él, siempre deseó el amparo, el abrigo de esos brazos, de el hombre que desde que tenía memoria, permaneció a su lado. Quería fundirse en él, penetrar

al igual que él lo hacía en sus venas, pensamientos y corazón. Ambos desbordaron sus fluidos al mismo tiempo consumando la unión de sus cuerpos y almas.

Roberto se hizo a un lado y la envolvió entre sus brazos y piernas hasta que retomaron aliento para seguirse besando, tocando, saboreando y para, fundirse

otra vez. Perdieron la cuenta de las veces que se amaron y la noción del tiempo. Monchi que se percató de lo que estaba ocurriendo en la Recámara de Roberto,

dejó algo de comida y bebida en la habitación de Marita con la esperanza de que hicieran un alto para comer.

 

Así pasaron cuatro días, Monchi se vió en la necesidad de mentir, le dijo a los que preguntaron por el patrón y María Luisa, que Roberto no sufrió ninguna

lesión grave por la caída del caballo, pero que estaba sumamente resfriado a causa de haberse mojado con la fuerte lluvia. Marita lo atendía y como no

deseaba contagiar a sus pequeñas, permanecía al lado del enfermo, mientras se restablecía. Durante su encierro voluntario, los amantes hicieron muchos

planes para el futuro próximo. Vendería “Los Tulipanes”, con el dinero de la venta, compraría dos sementales de caballos árabes y varias yeguas. Las tierras

recientemente adquiridas por Roberto, servirían para su rancho equino. La casa del pueblo, sería restaurada y la conservaría para entregársela a sus hijas

como un recuerdo de su padre, el aserradero lo dejaría en manos de Daniel por el momento, más adelante pensaría qué hacer con él. Antes de ofrecer su rancho

en venta, fue con Roberto y exhumó los restos del panteón familiar, para trasladarlos a su nuevo rancho equino.

 

La vista de sus dos propiedades quemadas la deprimieron profundamente, en el rancho recordó a sus padres y hermano, en la casa del pueblo recordó a Félix

y Chonita. Ciertamente había sido feliz al lado de su esposo, los recuerdos de gratos momentos acudieron a su memoria. Roberto la comprendió y rodeándola

entre sus brazos la consoló:

 

-Sé lo que piensas, eso ya es pasado, ahora nos espera un futuro juntos. Nos amamos, siempre me encontrarás dispuesto para socorrerte en tus pesares. Jamás

volverás a estar sola, ya no temas, ya no sufras.

 

Marita alzó la cabeza para verle a la cara, esos ojos negros la veían con un amor infinito, esos labios gruesos guardaban un sin fin de apasionados besos.

Si tenía alguna duda o remordimiento por haberlo aceptado antes de cumplir un año de viuda, esas dudas desaparecieron, no podía resistirse al amor abnegado

y tierno, que por tantos años Roberto le profesó en silencio. El amor que en su momento sintió por Féliz, daba paso a un amor maduro, pleno, cálido, lleno

de paz.

 

Pasados dos meses y terminados los trámites, anunciaron su decisión de contraer matrimonio a la mayor brevedad. Esta vez si hubo una sencilla ceremonia

religiosa en la pequeña iglesia de Huatusco. Marita portaba un vestido de encaje de color lila y Elba, Manuela y el futuro Roberto Antonio que ya se encontraba

en el vientre de su madre,  asistieron a la Misa. El banquete de bodas se prolongó por tres días, durantes los cuales, varias orquestas se alternaron para

mantener un maratón de baile y jolgorio. Hubo cohetes y fuegos artificiales. De los ranchos colindantes llegaban los barriles de vino y cerveza como regalo

de boda, además de barbacoa, guajolotes en mole poblano, chiles rellenos, pollos en pipián, mondongo a la veracruzana, etc, etc. Para sorpresa de Marita,

Alfonso, Tadeo  y Venustiano llegaron a la fiesta con el “Turco” y “Luna”, además de diez caballos que lograron salvar de caer en manos de los rojinegros.

Élla entregó los animales a sus hijas en recuerdo de su verdadero padre. Los novios se retiraron a sus aposentos después del primer día, eso no evitó que

el guateque siguiera. Desde la recámara de Marita o desde la de él, escuchaban la música mientras gozaban de la mutua adhesión que se profesaban. Roberto

se preocupaba siempre que hacían el amor porque temía aplastarla, en su afán por resguardarla, le enseñó que no siempre la tenía que cubrir con su cuerpo

para hacer el amor y élla disfrutó mucho galopándolo. Ahora tenía un nuevo corcel que la transportaba al paraíso del amor y del gozo.

 

FIN.

 

BREVE PANORAMA HISTÓRICO.

 

ES QUE ASÍ ERAN AQUELLOS TIEMPOS.

 

Enero 7 1926. Todas las iglesias del estado de Tabasco fueron ocupadas por el gobierno. La catedral fue convertida en escuela y todos los objetos sagrados

fueron robados.

 

En 1930 se firmó un acuerdo para que las iglesias fueran reabiertas. Algunos gobernadores -Tejeda en Vera Cruz y Garrido en Tabasco- se opusieron al acuerdo

del gobierno federal y ninguna iglesia fue abierta en esos estados. No hubo nada que el gobierno federal pudiera hacer al respecto.

 

En Tabasco, una nueva ley había sido aprobada en 1926. Bajo las órdenes del fantástico Garrido Canabal, la legislatura decretó que a ningún sacerdote se

le permitía estar en el estado, a menos que estuviera casado.

 

Hubo catorce estados en 1935 que finalmente prohibieron, con sanciones penales, a todos los sacerdotes decir misa o dar los sacramentos.

 

En diciembre de 1934, la capital atestiguó la incursión más extraña que haya experimentado esta vieja ciudad en sus cientos de años de existencia. Desde

el estado de Tabasco llegó su gobernador, Tomás Garrido Canabal, para ser Ministro de Agricultura en el gabinete del presidente Cárdenas.

 

Este tal Garrido era bien conocido por ser un líder muy original: mezcla de socialismo, fanatismo antirreligioso y experiencia en ser protagonista. Había

organizado tan minuciosamente a su estado durante cuatro años que presumía de que el nombre de Dios había sido olvidado y ningún sacerdote podía vivir

ahí. Prácticamente ningún joven conoció nada en su adolescencia sino lo que él les enseñó. Había organizado quema de libros religiosos, destrucción de

todas las obras de arte que representaran objetos o personas religiosas y desfiles contra Dios. Hasta publicó un folleto bien impreso acera de todo esto

con fotografías de cómo se había hecho. Se distribuyó ampliamente en la Ciudad de México como anuncio de su llegada.

 

Garrido predicaba un violento socialismo. Cómo lo practicaba es una parte interesante de esta historia. Obligó a los productores de plátano a ingresar y

concentrarse en cooperativas. Pero también incorporó una compañía de la cual era dueño; por medio de ella las cooperativas tenían que comercializar sus

productos. De esta manera mató dos pájaros de un tiro: poseía un avanzado sistema de cooperativa que era admirado por los pensadores socialistas visitantes

y se hacía

 

millonario. Era, en pocas palabras, como su maestro Calles: un fascista. De paso, como parte de la demostración, llamaba a uno de sus hijos Lenin y a otroLucifer.

 

Ante los ojos asustados de la población de la Ciudad de México, marchó a la Capital encabezando a su tropa personal de choque, los “Rojinegros”, o “camisas

rojas”, llamados así porque el pantalón de los muchachos y la falda de las muchachas eran negros, y las camisas de unos y blusas de otras eran rojas. Era

una organización bien entrenada y disciplinada casi militarmente. Garrido pronto empezó a mostrarle al país cómo lo había hecho.

 

Cada semana, al igual que lo hizo en Villahermosa,  se celebraba un Sábado Rojo en el patio del Departamento de Agricultura. Era un auto de fe con libros

y artículos religiosos que eran quemados para acompañar el baile y las canciones. Las casas e iglesias de la ciudad y de los alrededores eran obligadas

a anotarse para el material del fuego semanal.

 

El gran premio iba a ser la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Guadalupe, pero era cuidada día y noche por jóvenes católicos voluntarios y nunca fue

atrapada.

 

Garrido también ingresó en el negocio de la publicidad. Con la imprenta del gobierno imprimió una revista llamada en burla, Cristo Rey, llena de caricaturas

violentas de Dios, el Papa, los obispos y el clero. Era hecha con gran habilidad por el tipo de tema que trataba. Su inspiración era la escuela de Diego

 

Rivera. En el encabezado aparecían las palabras: “Aparece todos los sábados, quiera Dios o no.” Desde la misma imprenta salían montones de tarjetas postales,

folletos, panfletos, etc. todos llenos de odio venenoso contra la religión.

 

En Coyoacán, en el Distrito Federal, sesenta rojinegros tuvieron un mitin el 30 de diciembre de 1934 en una tribuna fuera de la iglesia de la Inmaculada

Concepción, mientras los fieles se encontraban dentro escuchando misa de diez. Cuando salían de la iglesia, las Camisas Rojas repentinamente abrieron fuego

con pistolas, mataron a cinco e hirieron a muchos otros.

 

Después de los disparos hubo un momento de titubeo; luego, al grito de ¡”Viva Cristo Rey”, la multitud desarmada saltó sobre los asesinos, quienes huyeron

así armados y se refugiaron en la estación de policía. Uno de ellos, que no fue suficientemente rápido, fue atrapado y puesto en el suelo para morir bajo

los pies de la multitud. Los demás fueron puestos en prisión, pero Garrido les envió una caja de champaña para alegrarlos. Poco después, fueron liberados

 

y nada se hizo contra ellos.

 

Así animadas, las Camisas Rojas anunciaron que harían otra manifestación el 6 de enero en Xochimilco, también un poblado de los alrededores, famoso por

sus jardines flotantes. Los xochimilcas, sin embargo, respondieron en los periódicos que estarían “esperándolos;” las Camisas Rojas decidieron no ir. Otros

poblados imitaron a Xochimilco y con este tipo de respuestas las cosas se calmaron por un momento. Mientras tanto, después de Coyoacán, los estudiantes

universitarios echaron una mano y las Camisas Rojas encontraron oposición donde quiera que iban.

 

El 7 de enero, los estudiantes tuvieron un mitin para pedir la cabeza de Garrido; comenzaron por los cuarteles de las Camisas Rojas. Se encontraron con

una lluvia de balas de una pistola Thompson y muchos cayeron. Desde esta ocasión, sin embargo, cada vez que las Camisas Rojas aparecían en público se encontraban

con amenazas de los estudiantes; al parecer, estaban limitados a tener sus reuniones tras las puertas.

 

Garrido, sin embargo, continuó con sus fanáticas actividades hasta junio de 1935 cuando fue obligado a salir del gobierno en la purga anti-callista de ese

mes dirigida por el presidente. Con sus tropas de las Camisas Rojas, regresó a Tabasco despreciado por el pueblo de la capital. Fue sucedido como Secretario

de Agricultura por el general Saturnino Cedillo, quien rápidamente descubrió y anunció en los periódicos que Garrido se había llevado con él 100,000 pesos

pertenecientes a su Secretaría. Bajo la amenazas del Presidente Cárdenas, Garrido abandonó el País.

 

Y ASÍ FUERON LAS COSAS.

 

Frente a una situación que empeoraba siempre más, el Episcopado Mexicano, previa consulta a la Santa Sede, envió el 25 de Julio una carta colectiva a los

fieles de la República, ordenando el cierre de todos los templos a partir del 31 de julio de 1926 y suspendiendo todo culto religioso en protesta de la

“Ley Calles”. La cual establece una política de intolerancia religiosa y privó a la Iglesia de toda personalidad jurídica, entre sus puntos están: la prohibición

de los

 

votos religiosos, la prohibición a la Iglesia para poseer bienes raíces. Pero la nueva Constitución fue más lejos, se prohibió el culto público fuera de

las dependencias eclesiásticas, a la vez que el Estado decidiría el número de iglesias y de sacerdotes que habría; se negó al clero el derecho de votar,

a la prensa religiosa se le prohibió tocar temas relacionados con asuntos públicos, se señaló la educación primaria como laica y secular, y las corporaciones

religiosas y los ministros de cultos estarían impedidos para establecer o dirigir escuelas primarias. Los católicos no ofrecieron una respuesta violenta

cuando esta ley entró en vigor, se optó por iniciar una lucha pacífica para modificar aquellas partes que les afectaban directamente.

 

En los primeros días de enero de 1927 el pueblo se subleva al grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

 

Los levantados en armas fueron llamados Cristeros por su grito de guerra: ¡Viva Cristo Rey! El grito que había nacido oficialmente el domingo 11 de enero

de 1914, en la catedral de la Ciudad de México, con ocasión de la proclamación solemne del Reinado Temporal de Cristo en México. Aquí resonó, por primera

vez en el mundo este grito, que fue un antecedente histórico de la Fiesta de Cristo Rey, establecida por el Papa Pío XI en 1925.

 

El veintiocho de septiembre de 1929 ocurrió uno de los acontecimientos más polémicos, que dejó profunda huella en el estado y aumentó fuera de él la leyenda

negra del garridismo. Ocurrió en el poblado Epigmenio Antonio, conocido anteriormente como San Carlos, del municipio de Macuspana.

 

Todo comenzó con el anuncio de la Gran Feria de la Yuca, organizada por la Liga Central de Resistencia y que se realizaría del 27 al 30 de agosto de 1929.

 

Garrido Canabal había difundido la idea de que las fiestas religiosas fuesen cambiadas por ferias destinadas a mostrar los productos de los diferentes lugares

del estado. Trataba de suplantar las festividades religiosas por las civiles, pero en San Carlos, como los enemigos de Garrido llamaron siempre a la población

de Epigmenio Antonio, no hubo consenso en torno a ese cambio, según puede desprenderse de los hechos.

 

Un parte oficial informó que, al grito de "Viva Cristo Rey", un grupo había atacado al jefe de la escolta federal, resultando tres heridos de la fuerza

pública. De acuerdo con los agredidos, 30 gendarmes llegaron y dispararon a mansalva sobre la multitud, aun dentro de su templo, adonde corrieron para

refugiarse; murieron 22 personas, nueve fueron fusiladas en el acto, doce más fueron hechas prisioneras y llevadas al puerto de Alvaro Obregón.

 

El gobernador respondió con la versión de que se trató de un complot organizado por los "fanáticos", que habían acumulado armas e incluso dos cañoncitos,

 

y de que la fuerza pública actuó al llamado del profesor Ferrer, organizador de "la fiesta cultural consistente en actos deportivos y conferencias educacionales,

 

antialcohólicas y de agricultura".

 

Del lado de los agredidos apareció recurrente la figura de Gabriel García, quien se reconocía como indio, y de Macario Fernández, el único sacerdote que

iba y venía por Tabasco, escondido y huyendo de la persecución permanente de Garrido.

 

Un año después, el 5 de septiembre de 1930, el presidente Pascual Ortiz Rubio recibió una carta de cinco vecinos de Epigmenio Antonio donde le relataban

con temor la existencia de grupos en el pueblo que atropellaban a sus habitantes, "violando hasta nuestras familias" a un año de que "fueron quemadas vivas

en el interior de sus casas  innumerables familias y fusilados muchos de nuestros compañeros, al prohibirnos celebráramos el cumpleaños del Patrón de este

pueblo, señor San Carlos, que fue quemado en aquel entonces por las autoridades del estado y hoy nos siguen quemando las imágenes". La carta terminaba

con un sincero grito de auxilio, y le pedían al presidente que el derecho y la razón se impusieran para sacar al estado del caos.

 

Las misas clandestinas transcurrieron con sobresaltos que hacían cambiar a última hora los lugares y las fechas de los oficios.

 

Varios años se mantuvo el sacerdote Macario Fernández escondido en el inhóspito territorio tabasqueño, apoyado seguramente por los partidarios del restablecimiento

de los cultos. Finalmente, el 8 de septiembre de 1935 fue aprehendido y remitido en avión a Tapachula, y de ahí fue llevado en automóvil a Guatemala por

órdenes del gobernador provisional, Aurelio L. Calles.

 

En 1937 llegó a Tabasco Salvador Abascal, dispuesto a reanudar los cultos en el único estado donde predominaba la persecución al culto Católico, pero no

tuvo mucho éxito. Un año después comenzó a hacer proselitismo entre los indios de la Chontalpa y de las riberas del río Mezcalapa, con lo que logró reunir

a varios campesinos que lo acompañaron en la aventura que concluyó el 11 de mayo en Villahermosa.

 

Enarbolando la bandera nacional y un estandarte de la virgen de Guadalupe, llegaron ante las ruinas de lo que fuera el templo de la Inmaculada Concepción,

en pleno centro de la capital. Allí se apostaron durante varios días mientras arreglaban una campana destartalada que poco tiempo después estaría lista

para llamar a los fieles a los oficios del cura Pilar Hidalgo, aliado de Abascal.

 

Por cierto, hubo apariciones efímeras, en medio de vítores, del padre Macario, que durante tantos años burló la persecución de los garridistas.

 

Tomás Garrido Canabal abandonó el territorio tabasqueño con destino a Costa Rica en 1935.

 

Una fuente personal, me comentó que en la década de los ochenta, durante una Misa de Sanación celebrada en una comunidad católica del estado de Veracruz,

un anciano decrépito, que portaba entre sus manos un crucifijo, fue colocado frente al altar en su silla de ruedas. Un sacerdote le impuso las manos, mientras

él lloraba y pedía perdón a Dios por sus pecados. ¡Era Tomás Garrido Canabal!

 

FIN.

 

 

 

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