<BGSOUND SRC="musica.mid" LOOP="INFINITE"> Por ti y para ti

 

   Por ti y para ti.

 

ESCRITO POR: IRMA GUADALUPE VELA MEZA.

 

SEGUNDA PARTE.

 

 

TRÁGICOS ACONTECIMIENTOS.

 

Los días seguían pasando, Félix estaba preocupado, temía por la seguridad de María Luisa. El padre Chucho no escribía, ni había tratado de comunicarse.

Para colmo de males Chencho estaba en cama, víctima de una repentina embolia cerebral.

 

Las cosas se complicaron, cuando una mañana, Chonita salió de su habitación dando gritos entre sollozos:

 

-¡Ay!. ¡Ay!. ¡Mi Chencho!. ¡Mi Chenchito amado ha muerto!. ¡Niño Félix, venga a verlo!.

 

Con tristeza, el médico constató que la mujer decía la verdad. Entre él y Marita, trataron de consolar a la pobre mujer. Prepararon lo necesario para el

velorio, tendrían que velarlo en la casa porque la iglesia estaba cerrada por decreto gubernamental. Además no podría recibir las exequias  fúnebres, debido

a que todos los curas habían sido expulsados del estado. Marita permaneció encerrada en su cuarto para que no la vieran ninguno de los asistentes al velorio.

 

Un día después, Chencho fue conducido al campo santo, acompañado por todos los que le querían bien, que por cierto, fueron muchos.

 

Después de este trágico acontecimiento, las cosas fueron volviendo poco a poco a la normalidad.

 

Chonita se resignaba, decía que su esposo sufría mucho estando postrado en una cama, que el Señor se había apiadado de él y por eso su agonía no había sido

larga. La compañía de la muchacha la consolaba, ya la quería como una hija. María Luisa siempre estaba al pendiente de élla y la atendía con solicitud

y ternura.

 

Por las mañanas, la joven iba al establo para ordeñar a la única vaca y de paso, aprovechaba para mimar al “Turco” y a la “Lunita”. Esta vez, Marita soltó

de golpe el cubo y lanzó un grito mientras se cubría el rostro con ambas manos. Chonita y Félix acudieron de inmediato.

 

-¿Por eso has gritado?. ¡Bravo “Turco”!. ¡Así se hace!. Dijo Félix entusiasmado.

 

-Ay niña, -agregó Chonita sonriendo - ¿no me digas que, viviendo en la hacienda nunca habías visto esto?.

 

Marita negó con la cabeza, cerró los ojos y permaneció con las manos cubriéndose el rostro. La anciana la tomó por los hombros, la sacó del establo y la

condujo a la cocina. Marita le hizo muchas preguntas a Chonita mientras estaban solas.

 

Después de ver que la monta había terminado, Félix salió también del establo, fue por un libro y se lo dio a la muchacha diciéndole:

 

-Será mejor que te pongas a leerlo, una hacendada tiene la obligación de saber todo acerca del ganado y la procreación del mismo. ¡Jajajajaja!. ¡Ahora resulta

que seremos consuegros!. Ese día Félix estuvo de buen humor.

 

Ya eran cuatro meses de trato íntimo y cotidiano, el médico había cambiado de actitud y le pidió a María Luisa que hiciera el favor de sentarse con ellos

a la mesa.

 

Cierta mañana en que Chonita hubo salido para efectuar las compras del mercado, dos hombres acompañados por dos muchachas, más o menos de la misma edad

de Marita, se presentaron en la casa del doctor y le dijeron que iban de parte del padre Chucho, que los enviaba por la señorita María Luisa.

 

Félix fue en busca de la muchacha y con semblante  inexpresivo, le comunicó que el cura había enviado por élla y que se diera prisa porque los emisarios

no podían aguardarla por mucho tiempo.

 

-¿Me iré sin despedirme de Chonita?. Félix se encogió de hombros y meneando la cabeza de un lado a otro le dijo:

 

-Dicen que no pueden perder tiempo. Yo le explicaré a Chonita, no tengas cuidado.

 

-¿Qué hará con “Lunita”?. ¿Se puede hacer cargo de élla hasta que yo esté en condiciones de llevarla conmigo?.

 

-No me queda mas remedio, será más fácil encargarme de la yegua que de ti.

 

-Sí, ya veo, le da mucho gusto que me vaya. Fíjese que a mí también me llena de alegría poderme

 

marchar de aquí, de todos modos, gracias por su hospitalidad. Marita se dio media vuelta y se encaminó hacia la camioneta en donde la aguardaban los cuatro

desconocidos.

 

Estaba tan triste que no se percató de nada extraño, uno de los hombres abrió la puerta de la camioneta y se instaló en la batea de la misma, al lado de

las otras muchachas. Marita le agradeció que la dejara viajar en la cabina, de este modo, el viaje sería más cómodo para élla. No preguntó hacia dónde

se dirigían, no le importaba. Estaba demasiado decepcionada por la frialdad del médico, élla esperaba que se mostrara aunque fuera un poquito mortificado

por su partida.

 

Féliz colocó una mano en la bolsa del pantalón, mientras que con la otra se acariciaba el bigote. Se quedó de pie en el enrejado del jardín que daba a la

calle, hasta que la camioneta se perdió de vista. Hubiera deseado que Marita volteara para despedirlo, la joven no lo hizo y él entró en la casa cabizbajo

y meditabundo. Chonita regresó del mercado y él le dio la noticia, la mujer se desplomó en un sillón y entre histéricos lloriqueos le dijo:

 

-¡Que has hecho!... ¡Te han engañado!... ¡Esos tipos no pueden venir de parte del padre Chucho!.

 

-No puede ser, ellos llegaron aquí afirmando que él los enviaba y además, preguntaron por María Luisa con tanta seguridad, que yo pensé que eran de fiar.

¿En qué te basas para afirmar lo contrario?.

 

-Acabo de ver a Roque en el mercado, era el sacristán de la iglesia, me informó que el cura está en la prisión de Villahermosa, vino para avisarte  que

retuvieras a Marita a tu lado, que por ningún motivo la desampararas. ¿Qué haremos ahora?. ¿Tienes alguna idea de dónde buscarla?.

 

-Dios mío, Chonita, qué metida de pata. Te he de confesar que esa gente no me gustó nadita, tenían facha como de militares. Félix se detuvo, dejó de hablar,

puso en orden sus ideas y luego exclamó con un extraño brillo en los ojos:

 

-¡Claro que sí!... ¡Qué estúpido soy!... ¡Esa gente son “camisas rojas”!. Con toda seguridad la han llevado nuevamente al lado del tío.

 

-Hijo, espero que sea así, deseo que la devuelvan viva al viejo, que no se la vayan a echar por el camino.

 

-¿Echar?. ¿En que sentido?. Preguntó el médico seriamente preocupado. Chona lo miró fijamente y enojada le gritó:

 

-¡En todos los sentidos!... ¿Que no entiendes?.

 

-Ahora mismo salgo, ni siquiera le pondré la silla al “Turco” para no perder tiempo. Cortaré camino por el monte, ruega al Señor para que hayan cogido el

sendero hacia “Los Tulipanes”, te doy mi palabra de hacer todo lo posible por traerla sana y salva.

 

Félix conocía bien toda la región, sus recuerdos de la infancia no lo habían abandonado, las frecuentes salidas para ejercitar a los caballos le hicieron

reencontrarse con todos esos lugares que tanto disfrutó de niño. Muchos de esos parajes pertenecían a la hacienda de Marita, los podía recorrer con los

ojos cerrados.

 

El “Turco” corría a todo lo que daban sus patas, pronto se ubicaron en un punto que dominaba la carretera. Se encomendó al Creador y a la Virgen, antes

de emprender la arriesgada empresa. Su plan era disparar al conductor, de ese modo la camioneta se detendría y luego dispararía contra los ocupantes de

la batea. Se escondió y cuando el vehículo estuvo próximo, consternado advirtió que Marita ya no venía en la cabina. Pensó que habían dado cuenta de élla

y los ojos se le nublaron por las lágrimas. Se quedó inmóvil, sin saber que hacer.

 

Mas, cuando el vehículo se desplazó frente a él, pudo ver que había tres mujeres en la parte posterior y que una de éllas era Marita. Estaba viva, de lo

contrario no la llevarían maniatada y amordazada,  alguna misteriosa razón motivaba a don Enrique a mantenerla con vida.

 

Félix siguió la pista de la camioneta, hasta que llegó a la casona de los López. Ahí vió como Marita era bajada del vehículo y la perdió de vista cuando

la introdujeron a la casa. Aguardó la noche para intentar rescatarla.

 

Mientras tanto, la joven había sido entregada al tío y éste le soltó un sermón acompañado por una reverenda golpiza, antes de informarle lo que haría con

élla. Después mandó a que la encerraran en su habitación. Marita no se resignó, durante el resto del día, se mantuvo ocupada fraguando diversas maneras

de evadirse. Seguía mortificada por la indiferencia del médico, eso  era lo que más le dolía, mientras hacía jirones la sábana de su cama para fabricar

una cuerda, pensaba:

 

-Cretino, chocante, estuve en su casa poco más de cuatro meses, lo atendí como una criada, le aguanté todas sus majaderías y ni las gracias me dio. Es un

miserable, un patán, pelado sin educación. Ahora ha de estar muy contento, ya no soy su responsabilidad. Cuando se entere de que le vieron la cara, se

va a poner como un endemoniado, porque habrá faltado a la promesa que le hizo al padre Chucho. ¿Será que haga algo para encontrarme?. ¿Vendrá por mí?.

No lo creo, lo más seguro es que se mantenga al margen, yo no le intereso, ni siquiera un poquito, él solo piensa en su CECI, las cicatrices que esa mujer

le dejó en el corazón, son más profundas que las que tiene en la piel. Marita suspiró y prosiguió cavilando:

 

-Mi tío dice que un médico certificará que no estoy bien de mis facultades mentales. ¿Cuánto le irá a costar ese fraude?. Si no me escapo pronto estaré

encerrada en un hospital para locos, hasta ya me tiene reservado el alojamiento, dice que se llama la “Castañeda”. Oh Dios, de solo pensarlo se me enchina

la piel, ha de ser horrible estar en ese lugar. No permitas que sus planes se cumplan. Me siento tan desamparada, qué distinto sería si mis padres vivieran,

si por lo menos mi hermano estuviera a mi lado. ¿Por qué me has dejado tan sola?. La muchacha empezó a llorar, pero se contuvo de inmediato y se dio valor

diciéndose:

 

-Nó, perdóname, Tú sigues estando cerca de mí. En el momento que termine de hacer esta cuerda, te ofreceré una hora de oración. No sé todavía para qué estoy

anudando estas tiras de sábana rasgada, confío en que iluminarás mi entendimiento para saber que debo hacer.

 

En el momento en que le llevaron la comida del medio día, Marita supo lo que haría.

 

Por la tarde una fuerte tormenta provocó que el suministro de luz se interrumpiera, esto ayudaría a que el plan de Marita tuviera mayores posibilidades

de éxito. Diez minutos antes de las siete de la noche, se encontraba preparada al lado de la puerta, con un candelabro de bronce entre las manos dispuesta

a romperle la cabeza al criado que abriera la puerta para traerle la cena. Dieron las ocho, las nueve, las diez, las once; quedó convencida de que no habría

cena para élla. Desconsolada, sintiéndose sola y sin afecto, se recostó en un sillón frente a la puerta, con el candelabro sobre las piernas. La obscuridad

le deprimía y pronto se quedó dormida. Un leve ruido la sobresaltó, alguien había metido la llave en la cerradura y estaba abriendo la puerta. Se puso

de pie en un salto a tiempo de arrojar el objeto contra la persona que intentaba entrar. El hombre portaba una lámpara y vió el proyectil a tiempo de atraparlo

en el aire con la mano libre.

 

-Vaya, vaya, qué afectuosa bienvenida, vengo a rescatarte y tú me tratas de matar. ¿Cuándo se te quitará la manía de romper cabezas?.

 

-¡Dios mío!... ¡Eres tú!... ¿Qué haces aquí?. Marita lo tuteaba por primera vez, sin darse cuenta de ello.

 

-Creo que es obvio, deseo que me prepares la cena y vine por ti. ¿Ya descansaste?. ¿Nos podemos ir?. Félix miró a la muchacha fijamente, se percató de los

golpes en los brazos y disgustado preguntó:

 

-¿Quién te hizo esto?.

 

-No tiene importancia, ya me acostumbré, afortunadamente mi tío jamás me golpea en la cara. Tiene buen cuidado de pegarme en donde no se note.

 

Félix hizo una mueca, sus hermanastros le hacían lo mismo. Sintió un profundo respeto y admiración por Marita, solo se le ocurrió decirle:

 

-Perdóname, jamás volveré a levantarte la mano, de ahora en adelante cambiaré mi forma de ser, te doy mi palabra.

 

Marita tenía ganas de arrojarse en sus brazos y besarlo. Él estaba ahí, disculpándose, fue por élla, eso quería decir que después de todo, sí le importaba.

Félix depositó el candelabro en el piso y afectuosamente le tendió una mano, la tomó gustosa y se encaminaron al exterior de la casona.

 

No pudieron ir muy lejos, porque uno de los criados descubrió que la joven había escapado y dio enseguida la alarma.

 

Varios jóvenes armados, [hombres y mujeres], iban y venían por todas partes. Llovía a cántaros y los relámpagos iluminaban por breves instantes los jardines

que rodeaban la construcción. Félix y Marita se escondieron entre el follaje, bajo una terraza, esperando el momento propicio para continuar la fuga. Un

hombre con sombrero de ala ancha y resguardado de la lluvia por una manga de hule, se detuvo frente a la pareja, alzó el rifle para dispararles. ¡Los había

descubierto!. ¡Estaban perdidos!.

 

 El médico colocó a Marita detrás de él y desenfundó su pistola. Un relámpago rasgó el cielo, el hombre cayó al suelo gimiendo. Un puñal lanzado por una

mano desconocida, se le había clavado entre el cuello y la espalda. El autor del asesinato arrastró el cuerpo de prisa, para esconderlo entre unos matorrales

y luego corrió hacia donde la pareja se encontraba oculta.

 

-¡De prisa!. ¡Síganme!. ¡Los amigos de éste, no tardan en venir para acá!.

 

El hombre los condujo por una zanja hacia un bosque de maderas preciosas, ahí se quitó la manga de hule, un morral con provisiones  y el sombrero para dárselo

todo a Marita.

 

-Chamaca, soy buen perdedor, pélate, espero que el médico sepa cuidarte. Sabe Dios que yo hubiera querido hacerlo, pero tú preferiste echarte al río que

huir conmigo. Ni hablar, eso me dio una lección de dignidad, me arrepentí en el acto de lo que intenté hacerte. Por mi parte no hay fijón. ¿Tú que?. ¿Me

perdonas?.

 

-Sí Roberto, te perdono y gracias por ayudarnos, Dios te lo ha de tener en cuenta.

 

-Bueno así lo espero, porque si tu tío se entera de que yo los he encaminado fuera de aquí, se me va a armar la gorda. Doctor, gracias por salvarme la vida,

estamos a mano.

 

Los hombres se dieron un fuerte estrechón de manos y el grupo se apartó.

 

Cuando Félix entró en la casona para buscar a la joven, envió al “Turco” de regreso a su casa con un recado para Chonita, colocado en el arnés. Ahora tendrían

que hacer el recorrido a pie, bajo el incesante aguacero.

 

Compartieron la manga y se internaron en el bosquecillo, a sabiendas de lo peligroso que era caminar entre los árboles durante una tormenta. Félix le explicó

a Marita que no irían hacia el pueblo, que en lugar de ello, caminarían en sentido contrario, se trataba de una estrategia para despistar a sus perseguidores.

Élla a su vez, le contó los planes que el tío tenía, declarándola fuera de sus cabales. Félix reía mientras la escuchaba. Casi eran las tres de la madrugada

cuando el médico avistó el refugio al que deseaba llegar.

 

-Por fin, aquí está, pensé que había equivocado el camino.

 

-¿Qué es eso?. Preguntó Marita, refiriéndose a la roca hacia donde la conducía Félix.

 

-Es una cueva excavada en una roca, no sé quien lo hizo, ni cuando. Desde que era un chiquillo la descubrí y venía a menudo. Nunca encontré animales en

élla, espero que hoy no sea la excepción. ¿Entramos de una vez?.

 

-¿Por qué no enciendes tu lámpara?.

 

-Lo haré cuando estemos dentro, alguien podría ver la luz y descubrirnos.

 

Félix colocó la manga cubriendo la abertura de la cueva, luego prendió su lámpara y la colgó del techo. Examinó cuidadosamente el sitio, quitando algunas

piedras, maleza e inmundicias, abriendo espacio  para que Marita y él pudieran descansar. El techo del refugio era bajo, tenía que andar agachado para

no golpearse la cabeza. Marita no corría ningún riesgo, élla podía moverse con libertad. Poseían un espacio seco de metro y medio de ancho por tres de

fondo. El médico le indicó:

 

-Será mejor que te quites esa ropa, está húmeda. No quiero que te suceda lo mismo que la otra vez, cuando te dejaste el vestido mojado. Hoy no traigo mi

maletín.

 

-¿Qué me voy a poner?. No me quedaré en ropa interior.

 

-Mi camisa está seca, el saco está forrado y me protegió. Si quieres, te la presto.

 

La muchacha dudó un poco antes de aceptar la propuesta.

 

-Está bien, dámela y ponte de espaldas, no quiero que veas. Félix se dio vuelta, sonriendo, porque él ya la había visto. ¿A caso no recordaba que le tuvo

que quitar el vestido mojado cuando le dio la fiebre?.

 

La camisa le llegaba hasta las rodillas y las mangas le cubrían las manos, olía a él, una mezcla de jabón inglés con aroma a lima y sudor. Dentro de aquella

camisa, sentía como si la estuviera abrazando. Tomó asiento a espaldas de él, dobló las piernas y las metió bajo la prenda, rodeándolas con sus brazos,

antes de decirle:

 

-Ya puedes voltear.

 

Félix también estaba sentado, giró la cabeza para responder:

 

-Está bien, ahora haz el favor de preparar mi cena, según dijo ese tal Roberto, en el morral hay provisiones. Recuerda que por eso te vine a buscar.

 

Mientras le decía esto no dejaba de sonreír, élla le devolvió la sonrisa y puso manos a la obra. Comieron en silencio, él permaneció dándole la espalda.

Al mismo tiempo que Marita masticaba la empanada de pollo, examinaba las cicatrices de su acompañante. El bocado se le atragantó, al ver una marca para

el ganado. Su tos hizo que él volteara a verla.

 

-¿Qué te pasa?. ¿Estás bien?.

 

-Sí, sí, no me pasa nada, tragué mal, eso es todo.

 

-¿Ya te diste cuenta de que me estás tuteando?.

 

-Oh, yo, no me dí cuenta, perdón, dejaré de hacerlo.

 

-No por favor, sigue haciéndolo, eso quiere decir que ya me tienes confianza.

 

-¿Puedo preguntarte una cosa y no te enojas?.

 

-Puedes preguntar todo lo que desees, prometo no disgustarme.

 

-Esa marca de la espalda, la más grande, la M envuelta en una C. ¿Cuántos años tenías cuando te la pusieron?.

 

-Fue un regalo de cumpleaños, me la obsequiaron Adolfo y Víctor cuando cumplí los trece.

 

A la muchacha se le humedecieron los ojos y palideció. Bajó la cabeza y los labios le temblaron, antes de que se diera cuenta, Félix estaba tan cerca, que

podía sentir su aliento.

 

-No te aflijas, esto ya pasó, en estos últimos meses todas las marcas han ido desapareciendo de mi corazón. Tú también has sufrido mucho, me gustaría cuidar

siempre de tí, protegerte como una tierna y delicada flor. He sido muy injusto contigo.

 

Marita levantó la cara y se encontró con la mirada de Félix. Ahora era diferente, esos ojos mostraban amor. El médico se acercó aún más, le colocó la mano

en la nuca y la besó en los labios. Fue un beso lento, profundo, delicado. Besándola del mismo modo, le recorrió con sus labios los párpados, las mejillas,

la nariz, las orejas. Marita no intentó detenerlo, jamás se había sentido acariciada y amada de aquella manera. Los labios del médico iban bajando lentamente

por el cuello y la mano buscaba los botones de la camisa. La recostó delicadamente y siguió descendiendo por los hombros, hasta que su boca encontró los

pechos y luego los pezones. Élla se estremeció y sus manos tímidamente comenzaron  a recorrer el cuerpo de él.

 

Con el dedo índice, el médico se atrevió a ir más abajo, llegó al ombligo y la mano se abrió despojando a la muchacha de sus calzones. Esa misma mano, llenó

de caricias los glúteos y el vientre, yendo posteriormente a los muslos y subió lentamente al sitio más íntimo de élla. Se detuvo a la entrada sin dejar

de mimar, como pidiendo permiso para pasar. El índice fue entrando sin prisas, con mucho cuidado, avanzaba y retrocedía, hasta que llegó a un punto en

el cuál el camino estaba obstruido. Marita gimió y dio un respingo, intentó cerrar las piernas, un beso apasionado en los labios le hizo aflojar nuevamente

el cuerpo. El vientre ardiente de él se colocó sobre el de ella y las piernas de él entre las suyas. No supo en que momento se quitó los pantalones, solo

sabía que ahora ambos estaban desnudos y que los cuerpos se rozaban, combinando sus fluidos. Estaba entrando en élla, era doloroso y a la vez, maravilloso.

Era como si se fundiesen en un solo ser, a pesar del dolor, deseaba que siguiera empujando para entrar por completo en élla. Eso era una forma de amor,

en su mayor expresión. Llegó al clímax del gozo, se sintió inundada. Dos seres unidos, fundidos en uno solo, volcando sus sentimientos, sus ansias por

encontrar la plenitud. Jamás volverían a sentirse solos, ahora se tenían uno y otra. Marita ahogó un grito de satisfacción  en el hombro de él y una paz

nunca antes sentida se apoderó de los dos. Salió de élla y quedaron extasiados, recostados de lado y aún abrazados.

 

Cuando la joven volvió a ser dueña de sí, notó que Félix se encontraba aparte, dándole otra vez la espalda, sentado con las piernas recogidas y la cabeza

sobre las rodillas. Él estaba murmurando:

 

-¡Qué hice!. ¡Yo debía respetarte!. ¡Me he aprovechado de tí!. ¡Soy un maldito!. Se notaba terriblemente disgustado.

 

Marita se aferró a él, trató de tranquilizarlo:

 

-Yo no hice nada por detenerte, no te culpes tú solo por lo que ha pasado. Pensé que llegaría al altar pura, no sabía que sucumbiría a la tentación de este

modo. Que vergüenza. ¿Qué vas a pensar de mí?. Soy una mujer sin honra, ni recato. Si me desprecias tendrás toda la razón, una mujer decente no se entrega

antes del matrimonio. Élla decía esto terriblemente preocupada y avergonzada, pero sin lágrimas.

 

-No te preocupes, no defraudaré la confianza que el padre Chucho tuvo en mí, al encargarme que te cuidara. Me casaré contigo en cuanto lleguemos al pueblo,

después buscaremos un cura para que nos eche la bendición.

 

-¿Te casarás por cumplir tu compromiso con el padre Chucho?. ¿Tú no me amas?.

 

Félix volteó la cara para que no lo pudiera ver a los ojos y respondió con voz ronca:

 

-Me casaré, eso es lo que importa, no serás una mujer deshonrada. ¿Qué más dá si te amo o nó?.

 

Marita sintió como si un puñal se le clavara en el pecho, hizo acopio de todas sus fuerzas y se mantuvo serena, sin mostrar la pena que le embargaba por

las palabras que el médico acababa de pronunciar.

 

-Tienes razón, me harás tu esposa, todo está resuelto, no tengo de que preocuparme. Se apartó de él y fingió una calma que no sentía.

 

Se vistieron a toda prisa y sin hablarse. Marita se percató que la camisa del médico llevaba la huella de su virginidad, Félix la alzó y se la puso, dando

a entender que la mancha no importaba. Abandonaron la cueva antes del amanecer. No llevaban mucho tiempo de andar, cuando Marita tropezó cayendo de rodillas.

Antes de que él la pudiera ayudar, élla se puso de pie, evitando tomar la mano que le ofrecía. Hubo una segunda caída y Félix exasperado le dijo:

 

-¿Qué te pasa?. Si te apoyaras en mi brazo no te estarías cayendo.

 

Marita bió al suelo y le mostró su calzado. Félix comprendió enseguida lo que le ocurría. La muchacha traía zapatillas de punta y con tacón de aguja.

 

-Quítatelas, les arrancaré el tacón. ¿Por qué no te pusiste otros zapatos?.

 

-Tenías mucha prisa por que dejara tu casa, no me diste tiempo a nada. Aquí en la finca tampoco tengo nada, apuradamente encontré algunas prendas íntimas

olvidadas en un cajón. Decía esto sentándose en una roca para descalzarse. Félix miró con preocupación los pies de la muchacha, estaban ampollados y sus

dedos se pusieron morados. Marita se percató de ello y a modo de disculpa dijo:

 

-Tenía los pies hinchados al salir de la cueva, no quería que perdiéramos tiempo y me puse los zapatos a la fuerza. Me estaban matando, no me imaginé que

traería los dedos así. No siento los pies. ¿Eso es malo?.

 

Félix se inclinó para examinarlos, los tomó entre sus manos y empezó a masajearlos para reactivar la circulación sanguínea.

 

-Qué bárbara eres, esto te pudo ocasionar una gangrena. ¿Sabes lo que significa eso?.

 

-Sí, lo sé. Creo que no podré seguir caminando, ya no me entrarán los zapatos. Si quieres, adelántate, déjame aquí, me ocultaré mientras vas por ayuda.

 

-No lo haré. ¿Qué tal que te encuentran?. No me gustaría tenerte que ir a buscar a la “Castañeda”.

 

-Tu broma no me hace gracia.

 

-Bueno, si no te quieres reír, no lo hagas. Hay un escondite perfecto cerca de aquí, iremos hacia él, allí esperaremos hasta que te restablezcas y enviaremos

un mensaje a Chonita para tranquilizarla. Sin dar oportunidad a que se negara, la alzó en brazos y continuaron la marcha.

 

 

 

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