El habitante del lago nahuel HUAPI.

 

Escrito por: Irma Gpe. Vela Meza.

 

La cabaña se encuentra a unos cuantos metros del lago, por primera vez estoy sola en esta aislada región del mundo. Bariloche, sitio de magia y ensueño,

 

custodiado por montañas de cumbres nevadas. ¿Cuantos secretos escondes?... El murmullo de las olas del Nahuel Huapi llega hasta mis oídos, intenta decirme

 

algo. El viento que mueve las copas de los árboles también me está advirtiendo que mi intuición fue correcta. Algo me hizo venir a ti.

 

Como paleontóloga conozco los valiosos hallazgos que mis colegas han hecho aquí, en tus entornos. Cuando me aparté de la expedición y decidí quedarme en

 

esta cabaña, estaba confundida. Ahora tengo la certeza de que el destino me depara algo grandioso que cambiará mi vida para siempre.

 

Lucero, unamujer soltera de veintiocho años, dedicada por completo a su profesión, no era la única persona que pensaba así. Lejos de las cabañas, de los

 

embarcaderos, del bullicio de los centros turísticos; en su rústico campamento, Mauro contemplaba el brillo de isondúes que volaban entre el follaje del

 

bosque y sobre el agua del Nahuel Huapi. La piragua lo aguardaba para remontarse sobre la superficie del lago en busca del “Nahuelito”. Los últimos quince

 

años de los treinta y cinco que tenía, los había dedicado a retornar a este lugar. No podía olvidar lo que vió aquel verano que vino con sus padres a esquiar,

 

aquella sombra grotesca que se deslizó entre las penumbras de la noche hacia el campamento y destruyó el automóvil, fue vista por Mauro.

 

Nadie hizo caso del muchacho quinceañero que afirmaba que un enorme monstruo de más de dos metros de alto había derribado el árbol que aplastó el auto de

 

sus padres.

 

Durante largo tiempo insistió en referir lo que había visto, que en realidad no fue mucho, pues debido a la oscuridad, no pudo definir con precisión las

 

características del ser de ultratumba que lo desconcertaba. En una de tantas idas y venidas por los diversos centros de recreo que albergan tantas leyendas,

 

como personas, escuchó hablar del “Nahuelito”. Para entonces contaba con veinte años y aún recordaba los sucesos ocurridos cinco años antes.

 

-¡Medía más de dos metros, sus cuatro extremidades eran gruesas como troncos, la cola era como un apéndice cónico, semejante al de los lagartos, la cabeza

 

cuadrada estaba pegada al cuerpo, carecía de cuello!. Sus padres no le hicieron caso, aludieron a que el chico era demasiado fantasioso a causa de su afición

 

por los programas y películas de ficción en que frecuentemente perdía el tiempo. Ahora Mauro había retornado para demostrarle al mundo que en los entornos

 

del lago Nahuel Huapi se escondía un misterio.

 

Se había divorciado tres años antes, después de seis años de intentar mantener una relación que desde el principio fue evidente que no funcionaría. Su mujer

 

disfrutaba de las grandes ciudades, de los lujos, de las fiestas y todas las comodidades de los hoteles de cinco estrellas en adelante, mientras que él

 

era retraído, estaba a gusto en contacto con la naturaleza, se complacía acampando, durmiendo en una carpa o bajo el cielo raso. Cada vez que dejaba su

 

empresa automotriz para salir de vacaciones, surgían problemas con su pareja. Por eso cada cual salía por su lado y en uno de esos viajes, su esposa se

 

enamoró de otro. Los dos se separaron sin rencores, afortunadamente no hubo hijos de por medio y todo resultó beneficioso para ambos. Mauro dedicaba mas

 

tiempo a su búsqueda, su empresa le redituaba lo suficiente, se podía decir que era un hombre rico con la extravagante afición de pasar cinco meses del

 

año viviendo como un eremita.

 

La niebla que se extendía sobre la superficie del lago ocultaba de la vista las embarcaciones que en ese momento lo navegaban. Lucero caminó por la orilla,

 

sin importarle que a cada paso se alejaba más de la cabaña y de los límites del complejo turístico en el que se alojaba.

 

La fría noche que empezaba le decía a su prudencia que diera media vuelta y retornara sobre sus huellas. Lucero ignoró esa vocecita interior que le gritaba

 

ser precavida. Sacó de la mochila una linterna y continuó andando hasta que dejó de escuchar los sonidos de la civilización y se halló rodeada por los

 

murmullos de la naturaleza. En ese momento, decidió regocijarse en aquella soledad. Subió a una roca y sentándose de espalda al bosque, escudriñó el lago

 

sin saber que era lo que esperaba ver.

 

Unos metros más adelante, se encontraba Mauro, al igual que élla, miraba la superficie del lago mientras meditaba.

 

Transcurrió más tiempo del que hubieran creído cuando ambos salieron bruscamente de sus reflexiones y fijaron la atención en una especie de roca que se

 

movía en el agua. La roca se fue aproximando hacia la orilla, exactamente al espacio que había entre ellos.

 

El aire se impregnó de un olor a carne podrida y humedad. Lucero emitió una exclamación ahogada por la incredulidad de lo que veía, deseaba encender la

 

linterna y comprobar si aquella figura en realidad existía o era una alucinación. Bajó de la roca y se ocultó tras otro montículo que estaba más cerca

 

de la playa en donde aquel animal estaba a punto de arribar. Mauro hizo lo mismo, todo su cuerpo temblaba cuando filmaba con su moderna cámara de rayos

 

infrarrojos lo que sería la noticia del siglo para los científicos.

 

Por el tamaño del ejemplar, Lucero pensó en un Gasparinisaura Cincosaltensis, pero cuando pudo verlo un poco mejor desechó la idea. Este animal era más

 

grande y difería del otro en su cabeza y extremidades superiores. Las escamas de su piel brillaban un poco, le hubiera gustado poder verlo a la luz del

 

día para apreciarlo en detalle.

 

El animal se dio cuenta de que lo observaban y emitió un siseo semejante al de los reptiles. Olfateó el entorno y abrió sus fauces amenazadoramente. Como

 

carecía de cuello, giró todo el cuerpo en dirección a Lucero y se dispuso a envestirla. La paleontóloga se irguió quedando al descubierto y gimió asustada

 

al comprender las intenciones del animal.

 

Por primera vez, Mauro advirtió la presencia de la mujer, ahora tenía un testigo con el que podía compartir lo que él había visto hacía veinte años. El

 

único inconveniente era que la testigo estaba a punto de morir. Gritó para atraer la atención del animal hacia él, Lucero y Mauro se dieron cuenta de que

 

era torpe en tierra, sus patas terminaban en membranas planas como orejas de elefante. Con la linterna de Lucero encendida a su máxima potencia lograron

 

encandilarlo y Mauro aprovechó la confusión del “Nahuelito”, había decidido llamarlo así, para hacerle más tomas. El animal retrocedió y retornando al

 

agua, se volvió a perder en la profundidad del lago.

 

Lucero y Mauro se presentaron y comentaron con entusiasmo lo que acababan de ver. Mauro reconoció que este animal o lo que fuera, difería un poco del que

 

él hubiera visto. La paleontóloga, excitada, le informó que posiblemente hubiera más de uno y que éllos serían los primeros testigos del relevante acontecimiento.

 

¡Podría tratarse de una especie desconocida o incluso de una mutación de dinosaurio!. Decidieron volver juntos a la cabaña de Lucero para ver en la pantalla

 

de su computadora lo que Mauro había filmado. Ninguno de los dos sospechó que una siniestra sombra los asechaba y los seguía.

 

Antes de que pudieran traspasar los límites del complejo turístico en el que se alojaba Lucero, fueron testigos de otra aparición. Una criatura infernal

 

dotada de enormes garras peludas y colmillos romos, los atacó. Sin previo aviso se abalanzó sobre Mauro. La rápida intervención de Lucero lo salvó de un

 

destino fatal.

 

En lugar de huir para ponerse a salvo, la mujer levantó un tronco y golpeó repetidamente al animal, logrando que liberara a Mauro.

 

Una vez restablecida la calma, Lucero gritó solicitando ayuda. Ninguno de los dos comentó ante los extraños la clase de criatura que los había atacado.

 

Ahora se trataba de un ser bípedo, cuyas extremidades superiores eran muy cortas en proporción a su cuerpo y culminaban en cuatro delgados dedos. Levantado

 

sobre las patas traseras, debía medir un metro con cincuenta centímetros. Carecía de cola, la cabeza pequeña tenía un prominente hocico, los ojos eran

 

saltones como los de los reptiles, pero a diferencia de estos, este animal los tenía dispuestos más juntos, como los de los primates.

 

Ahora ambos tenían la certeza de que eran diferentes animales y que todos rondaban por ahí. Sin embargo, concluyeron que el animal iba en pos de la cámara

 

de Mauro, pues fue obvio que evitó hacerle daño. ¿Tendrían cierto nivel de inteligencia?. Tuvieron que admitir que sí, en un momento los habían privado

 

de la única prueba palpable de su existencia.

 

Minutos más tarde, Mauro se hallaba restableciéndose de sus heridas en un hospital de la zona. Para todos fue evidente que el hombre había sido atacado

 

por un puma. Para él y Lucero una variante del “Nahuelito” fue el causante de las heridas de Mauro y de la destrucción de su cámara. Ahora solo tenían

 

su palabra para avalar lo que vieron, ambos sabían que eso no era suficiente, que su relato se convertiría en una de las tantas leyendas del lago Nahuel

 

Huapi.

 

De alguna manera el destino de ambos quedó unido por lo que vivieron esa noche y con el tiempo lo que empezó como una amistad, se convirtió en una relación

 

amorosa que los llevó a formar una familia.

 

Cada año siguieron viniendo al lugar en donde se conocieron. Vinieron con sus hijos, con sus nietos. Siempre tuvieron la esperanza de volver a ver al “Nahuelito”,

 

pero jamás se les volvió a aparecer.

 

   FIN.

 

 

   SECCIONES DE AYUDA   

 

  Volver a los relatos de Irma!

 

   Volver a la biblioteca de Irma!