EL NAHUELITO Y DON QUINTÍN.

 

Escrito por: IRMA GPE. VELA MEZA.

 

Era un niño de once años cuando por primera vez mis abuelos me trajeron de vacaciones de verano a San Carlos de Bariloche. En aquellos días, la inquietud

 

de los atractivos deportes invernales acaparaban casi toda mi atención. Eso no me impidió apreciar la magnificencia del paisaje y escuchar con paciencia

 

las leyendas que el abuelo me contaba durante la comida.

 

Uno de aquellos relatos mencionaba al “Nahuelito”, como un espíritu que merodeaba por estos entornos. Especie de duende, chaneque, fantasma, o de cualquier

 

criatura del inframundo; cometía sus fechorías sin causar ningún daño.

 

Algunos decían que protegía al cóndor, a la perca, al huillín, al guanaco, al ñandú, huemul, etc; para que vivieran en armonía y se reprodujeran, poblando

 

toda la región patagónica, junto con la exuberante vegetación. Por los bosques, ríos, cascadas, lagos, montañas, por todas partes el “Nahuelito” deambulaba

 

prodigando sus cuidados a la naturaleza y haciendo travesuras a los hombres que intentaban profanar su santuario.

 

Pero a pesar de todos sus cuidados, poco a poco, el hombre fue penetrando en la zona del Nahuel Huapi. Primero llegaron los Tehuelches, Puelches, y Pehuenches.

 

Después vinieron los Araucanos y hacia el año de 1550, los españoles incursionaron en el lugar.

 

Todos los intentos del “Nahuelito” por mantener a los hombres alejados de su santuario fueron vanos. En el siglo XIX, los hombres blancos vinieron desde

 

el Pacífico y el Atlántico e iniciaron sus primeras construcciones permanentes a orillas del Nahuel Huapi.

 

Cultivaron la tierra, criaron ganado, fomentaron el comercio, la población de imigrantes creció y originó un pueblo al cual llamaron San Carlos de Bariloche.

 

Frecuentemente los habitantes encontraban que en sus cabañas las cosas más comunes o utilizadas cambiaban de lugar sin una explicación lógica. Era habitual

 

que la ama de casa hallara escremento en el lecho, tierra en la comida, manteca en el agua de la colada. También el esposo solía encontrar sus utensilios

 

de trabajo en las copas de los árboles, en el tejado de la cabaña, en la letrina. En base a dichos sucesos, pronto se corrió la voz de que un ser sobrenatural

 

era el causante de las calamidades y no faltó quien quisiera ponerle un nombre al espíritu chocarrero. Se le adjudicó al “Nahuelito” los sucesos a los

 

que no se les pudiera dar una solución lógica. Todas las desgracias se le atribuían al pobre, muchas de las cuales eran provocadas por efectos naturales

 

o por la mano del hombre.

 

El “Nahuelito” se resignó a compartir su territorio, chilotes, alemanes, suizos e indígenas, conformaron la nueva población que por cientos de años él había

 

mantenido como el paraíso exclusivo de animales, minerales y vegetales.

 

Ahora que he vuelto a este lugar en compañía de mi esposa e hijos, recuerdo con nostalgia las narraciones que el abuelo me contó y sentado en el suelo,

 

al lado de mi esposa y de mis tres pequeños, mientras asamos bombones en el fuego de la chimenea, les cuento:

 

Hace muchos años, vivía en este pueblo un rico comerciante, que poseía la mejor casa de la zona. Su esposa era una buena mujer que siempre estaba al pendiente

 

de él y de sus dos hijos. Un niño de cinco años y una pequeña de dos, mantenían la alegría del hogar.

 

Su padre era un hombre trabajador, honrado, fiel esposo y amante de su familia. Sin embargo, un terrible defecto empañaba sus virtudes. Era sumamente cuidadoso

 

con su dinero, en pocas palabras, era un tacaño.

 

Procuraba que su esposa e hijos no carecieran de nada, vivían cómodamente y en su mesa se servían los mejores manjares, aunque con moderación.

 

Un día invernal, su sirvienta, una pobre mujer indígena, madre reciente de una pequeñita de ocho meses, se atrevió a solicitarle un préstamo para trasladar

 

a su hijita hacia el pueblo más cercano en donde según había escuchado, unos doctorcitos estaban poniendo unas inyecciones contra la viruela. La mujer

 

estaba dispuesta a pagarle con su trabajo, era sola, no tenía marido que la ayudara. Pasarían muchos meses antes de que pudiera saldar su deuda.

 

La esposa del comerciante intervino a favor de la mujer, después de una larga discusión con su esposo, el hombre optó por hacerle el préstamo a la sirvienta,

 

su esposa deseaba que le entregara el dinero sin ningún compromiso, pero don Quintín no estaba dispuesto a regalar su dinero. Hizo que la pobre sirvienta

 

firmara con una cruz un pagaré y se comprometiera a liquidar la deuda antes de un año.

 

Por una u otra causa, los meses fueron pasando y Chuncana, la sirvienta, por más que trabajaba no terminaba de pagar la deuda al patrón. La esposa de don

 

Quintín, doña Tina, le suplicó que le perdonara la deuda a la muchacha, le contó que era muy pobre y que no tenía a nadie que la ayudara. Don Quintín quería

 

recuperar su dinero y decidido, fue en busca de un alguacil para proceder al embargo de los pocos bienes de la sirvienta.

 

El consuelo de los pobres desamparados, es que la mano que quita, también da. Doña Tina poseía sus ahorros a pesar de que don Quintín cuidaba siempre de

 

darle estrictamente lo indispensable para el gasto doméstico. La señora le entregó a Chuncana el dinero para que le pagara a don Quintín y así el asunto

 

del préstamo quedó resuelto. Pero doña Tina siguió sufriendo a causa de la avaricia del esposo. Un día, el espíritu del Nahuel Huapi escuchó su llanto

 

y decidió ayudar a la joven señora.

 

Una noche, tomando la forma del “Nahuelito”, entró en la casa de don Quintín. El hombre se hallaba trabajando en su escritorio, todos dormían mientras él

 

seguía contabilizando sus riquezas. Un fuerte aroma a tierra húmeda le hizo alzar la cabeza y distraer su mirada de las cuentas.

 

A la luz de los candelabros, pudo ver detalladamente la pequeña figura del hombrecito regordete, que tenía la estatura de un niño de siete u ocho años.

 

Su pelo entrecano le caía por el desnudo torso hasta la cintura, cubría sus caderas con un taparrabo, calzaba sus pies con rústicos botines de piel, tenía

 

el rostro surcado de arrugas, la desdentada boca estaba enmarcada por unos labios delgados que le sonreían de oreja a oreja, sus ojos estaban fijos en

 

él, don Quintín se impresionó, esos ojos podían brillar como luceros y podían quedarse negros y opacos como un pozo sin fondo.

 

-¿Quién eres?... ¿Qué quieres de mí?. Preguntó don Quintín manifestando el temor en cada una de sus palabras.

 

-Soy el guardián de la armonía, de la belleza, de norte a sur, de este a oeste, cuido, procuro, protejo, todo lo que tiene vida en este valle. Soy el espíritu

 

protector de la paz, del amor. Tú estás a punto de destruir el amor de una de mis criaturas más queridas. Ella siempre me ha ayudado a cuidar de las flores,

 

de los árboles, protege al débil y socorre al necesitado; esa hermosa criatura es Tina, tu esposa. Tú, en cambio, solo piensas en ti, eres egoísta, el

 

único afán que te mueve es la riqueza material y la estás cambiando por la espiritual. El dinero no te servirá de nada cuando hayas perdido el amor de

 

tu familia, cuando la infancia de tus hijos y la juventud de tu esposa se desvanezcan al paso del tiempo. La riqueza no te consolará cuando llegue el invierno

 

a tu vida y te des cuenta de que te has quedado solo. Cuando la tierra reclame tu cuerpo, cuando tengas que compartir tu carne con los gusanos, los que

 

recuerden a don Quintín: ¿qué dirán de él?.

 

-Soy un buen esposo y padre, me preocupo por mi familia, somos los más ricos de la comarca. Aludió don Quintín removiéndose nerviosamente en el sillón,

 

haciendo a un lado sus cuadernos de contabilidad para apoyar los codos sobre el escritorio con el fin de sostenerse la cabeza entre las manos.

 

-¿Te gustaría pensar que tu esposa e hijos prefieren una buena casa, vestidos nuevos, zapatos, comida; en lugar de tu cariño, tu amor, tu compañía. Pasas

 

tanto tiempo ocupado en acumular riquezas que te olvidas de vivir y compartir. Tienes una esposa que te ama tal cual eres, pero recuerda que las relaciones

 

entre las personas se fomentan y engrandecen mutuamente al compartir las virtudes y al corregir día a día, los defectos.

 

Tina jamás ha pensado en apartarte de tus hijos, tú lo estás haciendo al ponerlos por debajo de tu avaricia. Si la muerte te sorprendiera esta misma noche

 

tu esposa e hijos serían ricos, no pasarían miserias. Pero… ¿Podrían recordar la última vez que disfrutaron de un paseo con su padre?. ¿Recordarían tu

 

risa, tus caricias, tus consejos?. Aprende a compartir, comparte todo lo bueno que hay en tu ser y no te limites nunca a los tuyos, pues en las buenas

 

obras se manifiesta la verdadera riqueza del hombre.

 

Doña Tina se sorprendió cuando se despertó y no encontró a don Quintín durmiendo a su lado. Envuelta en su bata lo buscó por la casa y lo encontró dormido

 

en el sillón con la cabeza recostada sobre la superficie del escritorio. Alarmada, lo zarandeó cogiéndolo por los hombros, don Quintín se desperezó y con

 

una sonrisa le comunicó a la asombrada mujer que deseaba llevarla a élla y a los niños a un día de campo. También le dijo que pusiera en la carreta algunos

 

víveres para llevarlos de pasada a Chuncana y a los vecinos de la misma porque era gente muy pobre y de ahora en adelante él los ayudaría.

 

Muchos años pasaron, pero a don Quintín todavía se le recuerda por estos entornos como un filántropo que dedicó su tiempo y esfuerzo para mejorar la vida

 

de los más necesitados. Sus hijos y todas las generaciones que provienen de Quintín y Tina, siguieron el ejemplo de sus predecesores.

 

Con estas palabras terminé el relato, mis tres pequeños dormían entorno a Clementina y yo. Entre ambos trasladamos a nuestros hijos a su lecho y después

 

de arroparlos, tomados de la mano, compartimos nuestro amor.

 

    FIN.

 

 

 

 

 

 

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