EL PODER DE LA VERDAD.

 

Escrito por: Irma Guadalupe Vela Meza.

 

La abuela siempre decía: “para comer pescado y decir mentiras, hay que tener mucho cuidado”.

 

Han pasado tantos años desde que esto ocurrió, que pondré a prueba mi memoria y veré de que me puedo acordar.

 

Había una vez un reino llamado Tenoch, su rey era un anciano de nombre Yotú que gobernaba con sabiduría y bondad su vasto reino. Tenía una esposa llamada

Laélla y tres jóvenes nietos; Pinoch, Mentich y Verduch. Hijos de los tres únicos hijos nacidos de la pareja. Como sus respectivos padres habían partido

al viaje sin retorno, los abuelos se hicieron cargo de criarlos y educarlos adecuadamente para que uno de ellos fuera el sucesor de Yotú.

 

La decisión de elegir al próximo monarca no estaba en manos de Yotú ni de ninguno de sus consejeros. El futuro rey tenía que someterse al desafío de robar

la flor de la verdad del jardín del monstruo de fuego, que vivía en la lejana tierra al otro lado de las montañas y del mar.

 

Como el cuerpo de Yotú estaba cansado por el peso de los años, dispuso que sus nietos partieran en busca de la flor de la verdad  y fue así que el primero

en ir a buscarla fue Pinoch por ser el mayor de los tres.

 

El joven Pinoch en su alado corcel recorrió praderas, sobrepasó montañas, surcó mares, hasta llegar a los dominios del monstruo de fuego.

 

En una montaña de roca negra, se abría una hendidura que conducía al centro de la guarida del monstruo. Pinoch penetró en la montaña y con la espada en

mano, recorrió un oscuro laberinto de túneles, siguiendo la luz de la libélula mágica que el hechicero le había entregado para que lo guiara hacia el jardín

en donde encontraría la preciada flor. Pronto encontró la salida del laberinto, se halló en un hermoso jardín en donde crecían multicolores flores, gigantescos

árboles frutales, pasto verde esmeralda; las piedras preciosas se veían en el suelo, como guijarros a lo largo del cauce  de un saltarín riachuelo.

 

Tentado por las gemas, Pinoch llenó sus alforjas sobrepasando de carga a su fiel corcel. Luego caminó hasta el centro del jardín y por primera vez contempló

la flor que tenía que llevar al reino de Tenoch para ser el sucesor de Yotú.  Como le habían dicho, se encontraba sembrada en una pequeña vasija de oro,

circundada por un halo semejante a un arco iris. Comparada con las demás, carecía de belleza, su forma era simple, los colores de sus pétalos eran opacos,

entre un rosa pálido y un amarillo desteñido. Cerca de la sencilla flor de la verdad crecían otras muchas, cuya fragancia y preciosidad la hacían ver más

insignificante.

 

Pinoch se disponía a tomar la flor, un fuerte rugido lo detuvo. Giró sobre sus pies y retrocedió para ocultarse tras un árbol. ¡El monstruo de fuego venía

hacia él!.

 

Aterrado contempló a la enorme bestia que le doblaba la estatura. Sus afilados colmillos le sobresalían del hocico, dos hacia abajo y dos hacia arriba.

Un solo hueco formaba la nariz, cuatro pequeñas hendiduras eran sus saltones ojos, dos membranas colgantes a los lados de su cabeza eran las orejas, una

cresta puntiaguda remataba su coronilla y abundante vello dorado le cubría totalmente la cabeza, los hombros, la espalda y el cuello. El pecho, la cadera,

sus brazos y piernas estaban cubiertos por escamas rojas. En lugar de dedos poseía garras y en lugar de pies, tenía aletas.

 

El monstruo se colocó entre Pinoch y la flor de la verdad, lanzó por su naríz varias lenguas de fuego hacia el cielo, agitó los brazos en ademán agresivo

y se mantuvo en espera de la reacción de Pinoch. Como era de esperarse, el joven no intentó enfrentar al monstruo, se mantuvo quieto hasta que su contrincante

se calmó. Luego cuando vió que el monstruo se echaba a los pies de la flor de la verdad, decidió que sería imposible robarle la flor sin desafiarlo.  Considerando

su fuerza y fiereza, pensó pertinente no molestarlo. Nadie había visto la flor de la verdad. ¿Qué más daba si él cogía otra en su lugar?. Colocaría una

de las más bellas en un recipiente de oro y volvería al reino de Tenoch diciendo que se trataba de la que había venido a buscar. Llevó a cabo su idea,

colocó en un recipiente de oro una flor cuyo centro estaba conformado por diamantes que brillaban entre sus pétalos de color escarlata y retornó.

 

Un día después de la partida de Pinoch, Mentich siguió sus pasos y un día después de la partida de Mentich, Verduch lo siguió. Así que al día siguiente,

Mentich encontró el jardín del monstruo de fuego y se enfrentó al mismo dilema de su primo. Por consiguiente, optó sin saberlo, por hacer lo mismo que

Pinoch. Colocó una hermosa flor de brillantes pétalos azules en una vasija, convencido de que su admirable centro formado por perlas, esmeraldas y granates,

harían creer a todos que era la flor de la verdad.

 

Verduch llegó al tercer día de la llegada de Pinoch. En el camino de ida y vuelta ninguno de los tres se encontraron, pues el camino era extenso y todos

usaron diferentes rutas para llegar a su destino.

 

Verduch sintió el mismo temor que sus primos al ver al monstruo, también se ocultó, también tuvo la misma tentación de falsear la verdad, llevando otra

flor en lugar de la verdadera. Su amor al pueblo de Tenoch, a Yotú, a Laélla y sí mismo, le impidió fraguar una mentira y sobre ella cimentar su gobierno.

Pensando que sus primos habían fracasado por que la flor todavía estaba ahí, posiblemente el monstruo los había matado, consideró su deber luchar contra

él y apoderarse de la verdadera flor.

 

Levantó la espada y con un grito de guerra se lanzó al combate. El monstruo de fuego derritió la hoja de la espada como cera, dejándole la empuñadura. Verduch

se la arrojó a la cabeza al mismo tiempo que sacaba su daga y volvía al ataque. El monstruo esquivó con facilidad el proyectil y para asombro de Verduch

le preguntó con una voz burlona de ultratumba qué deseaba. Verduch bajó el arma y confundido se rascó la oreja. ¡El monstruo hablaba su idioma!.

 

El joven le dijo con sencillez lo que había ido a buscar y las razones que lo llevaron ahí. El monstruo le propuso que hiciera lo mismo que los primos,

Verduch, ofendido, le replicó que él no sería rey mediante una mentira. El monstruo de fuego asintió con la cabeza y le respondió con firmeza: la flor

es tuya, te la has ganado por tu valor y franqueza. Tenías miedo pero te enfrentaste a mí, pudiste mentir y preferiste la verdad a pesar de las consecuencias.

Esta flor representa la verdad, es única, sencilla, no necesita de adornos por que la verdad es bella y perdurable. Tómala, es ahora tuya, siempre estará

a tu lado, te dará fuerza y valor para afrontar las dificultades.

 

Verduch retornó a Tenoch, sus habitantes lo recibieron sin alegría, pues dos días antes Pinoch había llegado con lo que decía era la flor de la verdad y

el reino lo festejó con entusiasmo hasta que Mentich llegó con otra flor y afirmó que era la verdadera. Ahora Verduch traía una pequeñita y sencilla florcita,

tan simple como las que crecían en el campo, sin que nadie las cuidara. Sin embargo, nadie pudo decir que hubiera visto alguna de ese tipo por los entornos

del reino.

 

Yotú y Laélla, al igual que todos sus súbditos, estaban disgustados y decepcionados por que los jóvenes trataban de engañarlos. ¿Quién decía la verdad?...

¿Cómo saber cual de las tres era la flor de la verdad?.

 

Los tres se presentaron ante el rey y la reina portando los recipientes con las flores. Pinoch y Mentich defendieron su mentira contando más mentiras. Verduch

se limitó a guardar silencio y solo habló cuando Yotú se dirigió a él y lo incitó a que lo hiciera. Verduch refirió su historia y al terminar miró a Yotú

directamente a los ojos mientras decía: la verdad prevalece aunque la traten de destruir con el lodo de la mentira. Sus palabras tuvieron significado cuando

el monstruo de fuego penetró en la sala real por uno de los enormes huecos que servían de ventanas y lanzó una lengua de fuego azul sobre la flor de Verduch.

Todos los ministros junto con Pinoch y Mentich, corrieron a esconderse tras los muebles y cortinas. Verduch y sus abuelos permanecieron quietos, admirados

ante la transformación que se manifestaba en la flor de la verdad.

 

Yotú, Laélla y Verduch, vieron como de entre una columna de humo multicolor, brotaba una hermosa muchacha. Se trataba de la princesa Amaris, un mago la

convirtió en flor para castigar a su padre por ser un rey mentiroso y a su vez, para protegerla  de los enemigos que el monarca se había ganado a causa

de sus mentiras. Solo aquel que siempre fuera veraz podría romper el hechizo.

 

Ahora que la verdad refulgía luminosa ante todos, Pinoch y Mentich avergonzados, pidieron perdón y prometieron decir siempre la verdad. Yotú los perdonó

por que los amaba y el amor no se da o se quita a voluntad, el amor siempre dura a pesar de los errores que cometa el ser amado.

 

Verduch se casó con Amaris, fue amor a primera vista, Yotú lo coronó como rey y gobernó a sus súbditos tal y como su abuelo lo hizo; con honor, sabiduría

y bondad.

 

FIN.

 

 

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