ELLA.

 

Irma Guadalupe Vela Meza.

 

Es que así era ella, siempre guardaba en sus pensamientos aquellas palabras que nunca saldrían de su boca, aquellas palabras que nadie escucharía. Un día descubrió que el tiempo, esa infinita secuencia de acontecimientos que marca el paso de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, vidas; sufriría una transformación que la alejaría de todo lo que en el momento actual la rodiaba.

 

Una enfermedad, una cirugía, un tumor, un diagnóstico que desafiaba las probabilidades positivas, le hicieron meditar en todo lo hecho y en todo lo que le faltaba por hacer.

 

Nadie sabe el día ni la hora, un latido del corazón, una inhalación, un parpadeo nos separa de ésta vida y la otra. ¿Vale la pena aferrarse a la existencia desafiando el sufrimiento?, ¿no sería mejor emprender el viaje sin retorno y enfrentarse a lo ignoto?... Sin embargo es indispensable terminar un ciclo antes de comenzar otro. Ella lo sabía perfectamente y poco a poco hizo las maletas, volcando en ellas recuerdos y algunos proyectos. Planes bien trazados, metas a corto plazo. “Vive la vida y haz lo que quieras…”

 

Las palabras de San Agustín, aquel Santo que probó la miel y la hiel, que mamó del pecado y halló la redención en un lapso de su humano peregrinar llenaron su espíritu de fortaleza y la animaron a luchar sin descanso para encontrar la razón de estar en éste tiempo y lugar.

 

El premio a su tenacidad le fue otorgado. Forjada en el sufrimiento de una enfermedad Terminal, un espíritu maduro, fortalecido en el crisol de un cuerpo atormentado, brotó libre y emprendió la marcha hacia el origen y el fin. Me despedí de ella, convirtiéndola en un recuerdo gentil, retuve en mí aquellos momentos que compartimos, quizás la bruma del olvido los envuelva al paso del tiempo; más hoy, convertida en pensamiento subsiste junto a mí.

 

Fin.

 

 

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