Escrito por: Irma Guadalupe Vela Meza.
Hace mucho tiempo, sucedió que los monjes dominicos
establecidos en
una campana más grande. Desestimando la calidad del trabajo de los forjadores de bronce de la zona, mandaron traer una enorme campana desde la mismísima
España.
Como era de suponer, en lo que el pedido fue solicitado y la campana se hizo, pasó poco más de un año. Un galeón fue el encargado de transportar la gran
campana hasta nuestra villa y cuando fondeó majestuoso frente a la costa, don Canuto Domínguez de Ávila, trepó en una barca junto con otros grandes señores
dominicos para ir a contemplar la campana.
Sabían que el objeto era de grandes dimensiones, puesto que ellos mismos lo habían querido así. Los franciscanos, agustinos, mercedarios y jesuitas, envidiarían
la magnífica campana que luciría en la torre de la capilla dominica.
Muchos hombres se allegaron para ayudar a trasladar la campana a tierra y luego al convento. Con muchos esfuerzos la campana llegó a tierra y fue colocada
en una carreta tirada por una yunta de bueyes.
A su paso por las angostas callejuelas de la villa, los hombres, mujeres y niños; proclamaban exclamaciones de admiración. Los presumidos frailes sonreían
satisfechos por su nueva posesión.
Don Canuto, que era el prior de la orden, deseaba que la campana estuviera colocada en su lugar permanente, lo más pronto posible. Para ello, reunió a una
gran mayoría de fieles y los puso a trabajar en la construcción del andamio con rampas. En dos días, se alzaba un gran andamio paralelo a la torre de la
capilla. Muchas cuerdas, poleas, bueyes y hombres; izaron el portentoso símbolo de la soberbia de algunos frailes.
Cuando la campana estuvo instalada y afianzada, don Canuto cogió la cuerda que pendía del badajo y la hizo tañir por vez primera.
Todo el gentío se congregó en torno al convento, esperaban que el tañir de la campana se escuchara a muchas leguas a la redonda, pero el metal estaba destemplado
y un sordo ruido fue lo que todos pudieron oír. Gemidos de indignación salieron de las gargantas de los frailes, risas de burlas de las de los mirones.
Aún así, don Canuto orgulloso y terco, decidió que la campana se quedaría en donde estaba.
Conforme el día llegaba a su fin, la gente se fue disgregando, la plazuela que se hallaba frente al convento quedó bacía. Los monjes se recogieron en el
interior del convento y cerraron las puertas a cal y canto.
Sin que nadie supiera cómo, ni por qué; a la mañana siguiente, cuando el campanillero se disponía a dar la primera llamada a misa de alba, se encontró con
la novedad de que no había campana.
Pronto la noticia corrió de boca en boca por todo el convento y traspasó los muros, llegando a oídos de los habitantes de la villa.
No fue necesario buscar mucho, la campana se halló en el centro de la plazuela ubicada frente al convento. Don Canuto ordenó que la volvieran a poner en
su lugar y después de que lo hicieron, mandó a quemar los andamios. Según él, los que habían hecho la fechoría, no la podrían repetir.
Su esfuerzo fue vano, porque al día siguiente ocurrió lo mismo.
Los monjes muy asustados le suplicaron que dejara la campana en la plazuela, pero don Canuto, convencido de que el diablo tenía metida la cola en aquel
asunto, decidió poner guardianes apostados en la torre.
Una pareja de monjes veló toda la noche custodiando el tesoro dominico. No vieron nada, no escucharon nada y bajaron de la torre un minuto antes de que
el hermano campanillero subiera para llamar a misa de alba.
Los gritos del campanillero pusieron frenéticos a todos los hermanos y alteraron la faz de don Canuto. Una vez más, la campana fue hallada en el centro
de la plazuela. Otra vez más, don Canuto la hizo colocar en lo alto de la torre. Esta vez tardaron más de tres días en subirla, pues muchos de los hombres
que habían participado las dos primeras veces, se negaron a hacerlo la tercera.
En esta ocasión don Canuto se quedó a cuidar la campana, el disgusto por lo acontecido le agrió el sueño y no cerró ojo en toda la noche. Cuando fue la
hora de llamar a misa de alba, el hermano campanillero acudió lleno de miedo a la torre. Don Canuto lo miró con desdén y entregándole la cuerda del badajo,
lo instó a que llamara a misa. Cuando el hermano tomó la cuerda de manos de su prior, esta se desplomó desde lo alto del campanario por que su extremo
no estaba sujeto a nada. Ambos hombres alzaron la cara y vieron aterrorizados que la campana no estaba en su sitio.
Pocos momentos después la pudieron contemplar en el centro de la plazuela.
Don Canuto se dio por vencido, no hizo mas intentos por volver la campana a la torre. Poco tiempo después pidió su cambio y se marchó de la villa para nunca
más volver. La campana permaneció sobre el suelo de piedra de la plazuela por muchos años, a veces se le escuchaba tañir. Los lugareños que recordaban
lo sucedido empezaron a referirse a la plazuela del convento como: “La plazuela de la campana”.
FIN.
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