LA PEREGRINACIÓN.

Irma Guadalupe
Vela Meza.

No recuerdo desde cuándo mantengo la devoción hacia la Virgen morena,
Reina de México y Emperatriz de las Américas, la Virgen de Guadalupe.
La verdad es que creo que mis padres me la transmitieron junto con
los genes desde el momento de mi concepción.

Es de madrugada, un gélido sábado del mes de Diciembre, el año no es
importante, porque en éstos momentos estoy tan fatigada que pareciera
que hubiera vivido desde 1961 hasta el 2061, sin embargo el anhelo de
llegar al Santuario Guadalupano en el cerro del Tepeyac junto con mis
compañeros de marcha me mantiene el espíritu presto y el ánimo en
alto.

Caminamos de dos en dos, unas veces por el monte, otras por la orilla
del terraplén carretero. Un bordón en mano, un machete al cinto, la
mochila a la espalda, una plegaria en el corazón. Todos vamos a
honrar a la Morenita en su día, unos le daremos gracias por sus
intercesiones, otros rogarán que interceda por ellos para que el
Señor les conceda un milagro, algunos desean lavar sus culpas, la
mayoría viene como cada doce de Diciembre ha presentarle su respeto y
cantarle las mañanitas.

El Pico de Orizaba con su nevada cima va quedando atrás, pronto
sacaremos el itacate que las amorosas manos de nuestros parientes nos
prepararon para el arduo camino. Isaac  le cuenta a doña Rosario que
él viene en cumplimiento de una manda, unos médicos le habían
diagnosticado leucemia y su madre le rogó a la Virgencita con la
promesa de que cada año iría caminando desde su pueblo hasta la Villa
de Guadalupe, así que curado de su mal, Isaac cumplía en lugar de su
anciana progenitora el ofrecimiento. Lo seguiría haciendo hasta que
sus pies cansados por el peso de la edad se lo permitieran y,
seguramente sus hijos continuarían la tradición familiar.

Treinta peregrinos nos detenemos cuando el sol ilumina un caserío de
humildes viviendas, construidas con todo género de materiales, entre
los que destaca la madera, el cartón y la palma. Sus moradores nos
acogen con alegría, han identificado el estandarte Guadalupano que
portamos. Nos invitan a compartir su mesa y nos repartimos entre los
hogares para ingerir el primer alimento del día.

Recorrer secenta kilómetros por jornada no resulta fácil, viajamos
ligeros, el equipaje personal llega a pesar nueve o diez kilos, entre
otras cosas porto una manga de hule para cubrirme y tenderla sobre el
húmedo suelo antes de echarme para permitir que mi agotada osamenta
recupere fuerzas. Durantetodo el trayecto  visto la misma ropa,
camiseta y calzones térmicos, camisa roja de franela, pantalones
azulmarinos también aislantes del frío, un gabán de lana, sombrero de
ala ancha, botas de suela antiderrapante, calcetas de acrilán,
guantes. En la mochila guardo una muda de ropa limpia para lucirla
ante la Virgen cuando lleguemos a la Basílica.

En alguna parte del camino, cuando todavía andábamos por el estado
Veracruzano, desde los camiones que se dirigían cargados hacia los
ingenios, los cañeros nos lanzaron varias cañas cuando pasaron al
lado de la peregrinación y nos alentaron con sus entusiastas
exclamaciones a que siguiéramos en nuestro empeño. Por varias horas
la peregrinación disfrutó el jugoso y dulce sabor de las cañas. Han
pasado muchos días desde entonces, los espíritus débiles alicaídos
han sucumbido por el camino pero otros peregrinos se nos unen y en
lugar de que las filas se reduzcan, van creciendo.

La novena que vamos rezando terminará el día que lleguemos a nuestro
destino. Por la madrugada, antes del amanecer se reza el rosario y
por la noche, antes de dormir bajo el cielo raso, también lo hacemos.
La recompensa a nuestra fatiga está pronta, entrevemos la ciudad de
México, las amplias avenidas pobladas de vehículos y peatones nos
esperan. Recorremos jubilosos la calzada de los Misterios entonando
cantos Marianos. La avenida desemboca en el atrio de la Basílica, ahí
están los danzantes que desde tiempos inmemoriales ofrendan a la
Santa Madre
su baile. Las flautas, caracoles, sonajas de semillas,
cueros y maderas suenan con precisión y los hombres, enfundados en
sus coloridos trajes, con penachos emplumados se mueven
simultáneamente con el ritmo. Los peregrinos aguardamos
pacientemente, las campanas al vuelo dan la tercera llamada a misa,
lentamente vamos entrando en la Iglesia, entonando el canto que
describe la aparición de la Virgen a Juan Diego…

"Desde el cielo una hermosa mañana,
desde el cielo una hermosa mañana,
la Guadalupana, la Guadalupana,
la Guadalupana bajó al Tepeyac…"

   FIN

 

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