QUE DIOS SE LO PAGUE.

 

Irma Guadalupe Vela Meza.

 

Va caminando sin rumbo fijo, lentos son sus pasos y pesado el andar. No recuerda el tiempo transcurrido desde que se convirtió en un paria, un desposeído que en un crepúsculo perdió el hálito humano que lo hacía desear, querer, amar.

 

Buscando lo que se desea encontrar, Encontrando lo que no se sabe que se hallará, Hallando lo que jamás hemos buscado, vivimos con metas definidas y con sentimientos indefinidos, Mezclando en la olla multitud de experiencias, Que Algunas veces nos son útiles y otras tantas resultan una carga adicional que nos hace pesado el andar cotidiano. Y sin embargo aquí estamos, luchando cada cual por lo que pensamos que será la mejor opción. Defendiendo a capa y espada nuestro credo personal, levantando el rostro y la voz para decir: ¡aquí estoy!...

 

Día tras día, cuando pasaba frente a él de camino hacia mi trabajo, lo veía sentado en el quicio que se encuentra al lado de la panadería. Su rostro,  surcado de profundas arrugas, los ojos opacos, los labios apretados, el ceño ausente en los recuerdos de un pasado que quizás, tal vez, quien sabe; fue mejor que el presente. Las manos sucias, llenas de hongos, las úlceras de sus piernas desnudas, el pelo ralo no había sentido la caricia de un peine en años. Su mirada se cruzaba con la mía, yo sabía que al pasar al lado de sus ajadas ropas y marchitado cuerpo saldría un olor nauseabundo, recalcitrante, intensificado por el calor veraniego. La caridad me imponía seguir adelante, dejar una moneda en su palma, poniendo mucho cuidado para no rozarle. Decir buen día sin detenerme, acompañar la acción con una sonrisa que no era devuelta y seguir de largo conteniendo la respiración. A mi espalda llegaba flotando su voz carente de énfasis y matiz, penetraba por mis oídos y se alojaba en el cerebro. “Que Dios se lo pague…”

Una de las tantas respuestas que daba para agradecer la caridad indiferente de tantos que al igual que yo, se obligaban a concretar como una obligación dejar el sobrante de su monedero en manos de indigentes como él.

 

¿Cuál era su nombre?... ¿Qué causó su miseria?... ¿Estaba solo o tenía parientes?... Esas preguntas se agolparon en mi mente, cuando un día volví a pasar frente al quicio en donde se suponía que debía estar aquel desgraciado ser y me percaté de que ya no estaba. Se había convertido en parte del paisaje urbano y como si fuese un poste de luz, un semáforo, un portón, qué se yo; lo extrañé. Por curiosidad, por costumbre o pudiera ser que por algo más, algo que algunos llaman remordimiento; fue que pregunté al policía de la esquina por la suerte del mendigo. Informada de que había un miembro menos en la población de desventurados, continué mi camino por la calle de la vida indiferente a una vocecita interior llamada conciencia que me decía: “pudiste hacer más…”

 

¿Hubiera sido  viable que me detuviera un instante para escucharle, para por lo menos preguntarle su nombre?... ¿Estaba enfermo?... Ahora nada de eso importaba, tarde o temprano otro espectro como él ocuparía el mismo espacio y yo continuaría pasando frente su imagen tan indiferente como siempre. Pero un día cambiaron las cosas y me ví sentada en ese mismo quicio en las mismas condiciones de aquel desconocido y murmurando las mismas palabras: “que Dios se lo pague…”

 

Fin.

 

 

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