CUENTO DE NAVIDAD.

 

EL MISTERIO DE LA CUEVA DE BELÉN.

 

Irma Guadalupe Vela Meza.

 

Noviembre del 2000.

 

 

Sucedió que hace mucho tiempo en un pequeño pueblo vivía un pastorcillo de diez años llamado Pablo.

Pablo tenía una pequeña hermanita de siete años llamada Aned

Todos los días llevaban a sus ovejitas a pastar. Sus padres eran muy  pobres y mientras su mamá tejía cestas para vender en el mercado de la ciudad su papá trabajaba como cargador de piedras para la construcción de casas.

No tenían mas que tres ovejas pero estas les daban la suficiente lana para hacer algunos tejidos y protegerse del frío.Además de cuidar de sus ovejitas Pablo y Aned  también cuidaban otro rebaño de un vecino mas afortunado que ellos pues éste contaba con unas veinte.

Pablo tocaba su flauta para apaciguar el rebaño y su hermanita cantaba y jugaba entre las ovejas. Así trnascurrían los días.

Cierto día el Emperador de aquellas tierras decidió contar cuanta gente vivía bajo su imperio.   Entonces quiso que cada jefe de familia regresara a su lugar de origen y dijera quien era y cuanta gente pertenecía a su familia.

Nuestros amigos no tuvieron problema alguno pues su padre había nacido ahí.

Pronto mucha gente empezó a llegar de todas partes a este lugar, unos venían en grandes elefantes, otros en camellos, otros en caballos, mulas, burros; pero la mayoría venía caminando.

Empezaba el tiempo de frío y el pueblo cada día se encontraba mas lleno, en todas las casas ya habían peregrinos que venían de diversas partes del gran imperio.

La casa de Pablo Y Aned  pronto se vio visitada por unos parientes que habían tenido que caminar por muchos días, porque eran igual de pobres y no contaron con otro medio de transporte que no fueran sus pies.

 

 

La familia acogió con gusto a sus parientes peregrinos, pero les preocupaba un poco  no poder darles mayor comodidad, ya que su casa era muy modesta, la comida  no era suficiente a veces para cuatro y ahora serían nueve.

El matrimonio visitante tenía tres hijos pequeños Raúl de la edad de Pablo, Mónica de la edad de Aned y Carlos el más pequeño, apenas de  cuatro años.

Pronto se hicieron buenos amigos y salían todos juntos a cuidar de las ovejitas.

Entre juegos y canciones pasaban los días de los cinco pequeños, pero, también tenían que cumplir con sus

labores domésticas, tales como: lavar los platos de la comida, barrer la casa, tender las camas, etcétera.

Mientras tanto ambos matrimonios salían muy temprano a buscar el sustento de cada día.

Una mañana  fría se levantaron todos muy temprano, dieron gracias a Dios, tomaron sus alimentos y al terminar el desayuno, sus padres se despidieron para ir a trabajar pidiéndoles que no bajaran muy tarde de la montaña, ya que esa sería la noche  más larga del año y haría mucho frío.

Su papá pidió a Pablo en especial, que volvieran a casa antes de que el sol se ocultara.  

Cuando se quedaron solos, se apresuraron para terminar con sus tareas y las hicieron con mucho gusto; después se abrigaron  muy bien y fueron hacia los corrales para sacar a las ovejas de su vecino y luego a las suyas y así se dirigieron hacia la montaña para llevarlas a pastar.

A su paso por las laderas del monte los cinco pequeños se dieron cuenta de que los animales silvestres estaban inquietos en espera de algo grandioso. Pues todos ellos incluso su propio rebaño estaban alegres y cariñosos.

Cuando llegaron por fin al lugar donde  pastaban sus ovejas como siempre Pablo sacó una  flauta de la bolsa de pastor y sentándose en una piedra se puso a tocar una dulce melodía. Aned, Mónica, Raúl y Carlos, se tomaron de las manos y entonaron una canción.

Al atardecer, colocaron los alimentos que llevaban en sus bolsas de pastores sobre una piedra plana que parecía una mesa y sentándose a su alrededor dieron gracias a Dios antes de comerlos.

Después de comer Carlitos se quedó dormido, pero los demás niños notaron que algo raro pasaba en la montaña,   allá a lo lejos se podía ver una gran cueva, ésta servía de establo a todos aquellos que se encontraban en la montaña y cuando había una tormenta o ventisca, los pastores protegían a sus rebaños ahí.

Los niños se sintieron atraídos por el lugar, pues ese día parecía especial, observaron que muchos animalitos que los habían acompañado por el camino, se dirigían hacia allá.   De la entrada de la cueva salía un raro resplandor.

Raúl dijo a los demás: - vayamos a ver de que se trata.   Pero Aned le replicó -  si vamos se nos hará tarde para volver a casa.  

Mónica sugirió. - Porque no vamos dos mientras los otros tres se dirigen a casa con las ovejas y luego nos reuniremos todos.  

- ¡ Claro!   Si vamos dos caminaremos más rápido y nos dará tiempo de alcanzarlos antes de que lleguen a casa con el rebaño.   Dijo nuevamente Raúl.

 

Pablo que era un niño muy responsable dijo.   - De ninguna manera; ante todo, nosotros debemos obedecer, tenemos que regresar temprano a casa porque así nos lo pidió papá.Y sin dar tiempo a que nadie dijera una palabra mas agregó - es mas, despertemos a Carlos guardemos nuestras cosas y pongámonos en marcha para bajar de la montaña.

Raúl, Aned y Mónica replicaron un poco pero terminaron por obedecer pues en el fondo de sus corazones sabían que Pablo tenía razón.

Todos iban muy callados, todos tenían curiosidad por ir hasta la cueva y ver que pasaba en ese lugar, hasta el mismo Pablo pero antes que nada eran niños obedientes y harían lo que sus papás mandaron.

Apenas llevaban poco tiempo caminando cuando Aned se percató de que el pequeño Carlos no venía con ellos y entonces muy alarmada le dijo a los demás.   - ¡ falta Carlitos,! se ha de haber quedado donde estábamos tendremos que regresar por el. 

 Raúl dijo.   -No debemos separarnos pues pronto oscurecerá.

-  Regresaremos por el pero llevaremos el rebaño con nosotros,  agregó Pablo.

Mientras tanto Carlitos al darse cuenta de que se encontraba solo sintió mucho miedo y se puso a llorar, cuando se calmó un poco pudo ver que un conejito moviendo sus orejas lo miraba como si quisiera decirle algo; el conejo dio media vuelta y empezó a caminar, el niño sintió un impulso, como si alguien con voz muy dulce le dijera : - síguelo.  

 Sin saberlo Carlitos se dirigía hacia la misteriosa cueva.

 

Cuando sus hermanos y primos regresaron al sitio dónde pensaban encontrar a Carlos, se entristecieron mucho, pues el, ya no estaba.

No sabían que hacer, ni en dónde buscarlo, pero el rebaño empezó a caminar hacia la misteriosa cueva y los niños al no poderlo detener  tuvieron que seguirlo.

Conforme Carlitos se aproximaba a la cueva, su temor iba desapareciendo y una gran calma interior mezclada con una rara alegría lo inundaba.

Por fin se vio ante la entrada de la cueva y entonces un muchacho muy apuesto y alto le dijo…- No temas siéntate un momento y descansa pronto llegarán tus primos y hermanos.

La voz de aquel muchacho era muy hermosa y además había otros; ellos tenían grandes alas y todos cantaban …

- Gloria a Dios.

Pablo y los demás tuvieron la misma sensación que Carlos mientras se dirigían hacia la cueva.

Cuando estuvieron todos reunidos no entendían lo que pasaba a su alrededor.   Había un coro de Ángeles cantando y Glorificando a Dios, hasta el cielo estaba mas bello que nunca y una enorme estrella destacaba de entre las demás  parecía estar suspendida para iluminar aquél lugar.

Ya era de noche, no podrían ir a casa y decidieron quedarse, así que encendieron una fogata para calentarse un poco y poder pasar la noche.

De pronto del interior de la cueva se escuchó el llanto de un recién nacido y los coros angelicales proclamaron…

¡Ya nació, nació Jesús!.

 

Los niños quedaron atónitos y se preguntaban quién sería ese tal Jesús.  

De la cueva salió un hombre muy sencillo y les dijo…

- Ha  nacido el Emmanuel, vengan niños, entren, vengan a conocerlo.

Cuando entraron pudieron ver a un niñito muy pequeñito envuelto en pobres pañales y puesto sobre las pajas de un pesebre, a su lado una bella mujer, seguramente la mamá. Una mulita y un buey le daban calor y un Ángel enorme protejía a todos.  Había mucha luz pero no se veían antorchas ni fogatas.

Nuestros cinco amiguitos se sintieron immensamente atraídos por aquel pequeño, sentían que lo amaban aun cuando no sabían nada de el, se sentían muy a gusto con aquella humilde familia, tenían gran dicha  y paz en sus corazones.

 

Los niños desearon con todo su corazón que sus padres estuvieran  ahí para compartir con ellos aquél extraordinario encuentro.

Pero los papás y mamás de nuestros amiquitos ya se encontraban en camino porque al llegar a casa y darse cuenta de que sus hijos no habían regresado se preocuparon y salieron en su búsqueda  juntos con otros vecinos y pastores.

Poco a poco, todos fueron llegando hasta los papás de nuestros pastorcillos.  Al contemplar al pequeñito del pesebre sentían variadas emosiones, como alegría, paz, amor.

Por los coros angélicos, por la luz de la estrella, por la fascinación inexplicable de lo acontecido muchas personas fueron llegando y se postraron ante aquel niño Jesús para alabarlo y bendecirlo.

Después poco a poco todos fueron regresando a sus casas llenos de la dulce paz y dicha que el encuentro con el pequeño de la cueva les había otorgado.

Todos aquellos que en esa  noche fueron testigos de la llegada del Emanuel jamás lo olvidaron.   Recordar su nacimiento, vivirlo, encontrarnos con El, siempre nos ha de llenar de dicha, amor y paz.

 

Los padres de Pablo, Aned, Raúl, Mónica y Carlos, envejecieron sus hijos tuvieron hijos y  nietos,sus nietos tuvieron hijos y nietos, y todos hasta hoy en nuestros días han tenido su encuentro con Jesús, el pequeño niño del pesebre.

Esto es tan cierto como que yo soy yo y tu eres tu. 

 

FIN .

 

 

 

       SECCIONES DE AYUDA      

 

 

     Regresar a la sala de los Relatos!

 

    Regresar a la Biblioteca!