VIAJE EN TREN.
Irma Gpe. Vela Meza.
Eran las siete de la mañana
cuando abordamos el tren con destino a Orizaba.
Viajábamos en segunda clase,
esto nos otorgaba el placer de ocupar unos acientos de madera, rígidos , de
respaldos rectos, es decir a noventa grados; con baños comunitarios y con
aromatizante concentrado que emanaba del W C cuando alguien olvidaba cerrar la
puerta, o quizás, lo hacía deliberadamente para no asfixiarse.
Entre la estación de salida y
nuestro destino habían unas veinte paradas.
Apenas se empezó el tren a
mover cuando el checador ya estaba cobrando los boletos. El precio variaba de acuerdo al lugar de
destino. Costaba lo mismo si ibas de
pie o sentado, lo mismo si ibas dentro del vagón o fuera de el; sí, podías
viajar en el techo.
/¿Quiere café?... ¿Quiere café?... ¡Cerveza, refresco, cerveza, refresco!... ¡Atole, atole!...
¡Tome atole calientito!... ¡Pulque para
el camino!... ¡Lleve el pulque!... ¡Tome pulque!...
/¡Tamales de elote con carne
de puerco!... ¡Tortas de pollo!... ¡Tacos de canasta!... ¡Dulce de
jamoncillo!... ¡Lleve su jamoncillo de pepita o de cacahuate!...
Estos eran algunos de los
pregones que escucharíamos por el camino.
Pasando Fortín de las flores,
después de deleitarnos con el aroma de las gardenias, un hombre se quitó las
botas para que sus pies descanzaran.
Efectivamente, sus pies descanzaron, nosotros nó.
El pestilente aroma sofocó a
todos los pasajeros. Las cabezas salían
por las ventanillas a rriesgo de perderlas por el camino. El inspector junto con el mayordomo
encargado, tuvieron que sujerirle al cristiano que se pusiera las botas, de lo
contrario corría el riesgo de ser arrojado del tren en movimiento.
Ir al baño era toda una
aventura incluida por el mismo precio del boleto. Hacer de palomita, es decir; de pie sobre el
hinodoro con el tren en movimiento; era digno de los mejores acróbatas del
circo ruso.
Abrías la puerta, tomabas suficiente aire e impulso, y, dabas un salto
mortal para caer sobre el inodoro. De
lo contrario, si los pies llegaban a tocar el piso del baño, sucumbías al
contacto de las numerosas minas pestilentes o de los mares de ácido úrico que
corrían por el suelo hasta el pacillo del vagón.
En busca de comodidad, los más atrevidos alquilaban una almohada de
dudable limpieza, ya que podía ser portadora de multitud de huéspedes que
anidaban en su relleno; incluso como si las chinches y piojos no fueran
suficientes, algún ratón despistado asomaba su curiosa cabecita por un orificio
estratégicamente practicado en el forro.
Todo era parte de la diverción y lo mejor de esto, es que no pagabas
extra.
Valía la pena viajar dentro de aquel enorme elefante de hierro. El suave andar de sus ruedas sobre las vías,
el va y ven, el monótono ruido de todo su cuerpo en movimiento era
relajante. Contemplar el paisaje
atravez de las ventanillas nos entretenía y alegraba. Prados, puentes, túneles, cañadas, cascadas,
riachuelos, pintorescas casitas; todo formaba parte del entretenimiento y la
diverción.
Felices días los del Mexicano y los del Interoceánico que hacía su
recorrido de Veracruz a México y diceversa.
Tiempos pasados, tiempos no olvidados.
FIN.
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