TE VOY A CONTAR
LIBRO: PRIMERO.
Escrito por: IRMA GPE. VELA MEZA.
CAPÍTULO I
AURELIO Y FRANCISCO.
Te voy a contar algo acontecido hace muchos, pero muchos años; más de
una centena de años.
Todo dio inicio al otro lado del charco, es decir; para un mexicano, el
otro lado del charco es Europa, específicamente España.
Pues bien, nos ubicaremos en ese país y diremos que había una vez un
niño llamado Aurelio Castillo que nació
en Medellín, nunca conoció a sus padres, por eso creció como un solitario sin
apego a nada ni a nadie, se forjó a si mismo y a pesar de ser un expósito en el
convento Franciscano supo sacar partido al oficio de carpintero y abrirse paso
en la vida.
Con la finalidad de proporcionarles a los huérfanos un oficio, los
franciscanos aparte de enseñarles el corte y confección, la carpintería,
también los empleaban en la manufactura
de pita torchada, estopa, pabilos, cordel marino, cigarros; brindándoles de
esta manera la opción de varios oficios
dignos.
Su gran inteligencia y distinguida estampa lo hicieron destacar de entre
los demás huérfanos, pronto encontró patrocinadores caritativos que se hicieron
cargo de darle la oportunidad de obtener una educación más elevada. Uno de
ellos fue el Hidalgo don Froilán Torres.
Gracias a su protector, llegó a ser estudiante en
Pronto se convirtió en un gallardo mozo de cabellos negros, ojos
aceitunados, estampa regia y voluntad férrea para lograr sus objetivos.
A los 20 años se estableció en Valladolid desempeñando el oficio de
escribano, dos años mas tarde quiso probar fortuna, se embarcó con rumbo a
Santo Domingo con una carta de recomendación de su protector Froilán Torres
para desempeñar el mismo oficio en América.
Como ya hemos dicho, se dirigió a
Este trabajo, le remuneraba un sueldo respetable que le permitía vivir
si bien no con lujos, por lo menos cómodamente. Todas las tardes, al salir del trabajo pasaba
al cafetín de “El Chulo”, tomaba un café americano y paseaba por la alameda
para ir de regreso a su casa.
Una tarde mientras deambulaba por
una concurrida calle vió a una preciosa mujer, se atrevió a lanzarle un piropo,
la dama siguió su camino perdiéndose entre la multitud, mientras él la seguía
con la mirada. De pronto un caballero
se le aproximó y sonriendo le dijo:
-¿Verdad que es hermosa?
-¡Es un ángel!. Exclamó Aurelio emitiendo un suspiro.
-Permítame presentarme, soy Francisco Mesa Rodríguez, desde hace algún
tiempo lo veo trabajar en la casa Ministerial, acaso ¿es usted uno de los
escribanos del ministro?.
-Efectivamente, así es caballero.
¿Pero a que viene la pregunta?.
-Mire usted-dijo Don Francisco – un amigo en común llamado Froilán
Torres me pidió le hiciera el favor de localizarlo y entregar en propia mano
esta carta, ya que él ha salido de su Patria con rumbo hacia México. Don Froilán piensa establecerse ahí, me ha comunicado que
no quiere perder contacto con usted.
-Ah, mi querido amigo y protector Froilán. ¿Cómo fue que no me enteré
antes de su paso por esta Isla?. Me hubiera dado mucho gusto saludarle.
-No se aflija caballero, la estancia de don Froilán por estos parajes
fue muy breve, apenas unas cuantas horas.
Como yo venía con él en la embarcación nos hicimos amigos en el trayecto
del viaje y él se atrevió a pedirme el favor de que lo buscara y le entregara
en propia mano esta misiva. Pido
disculpas por no haberlo hecho antes, lo primero que me preocupó al desembarcar
fue procurarme un oficio, ahora que lo encontré le he buscado a usted para
cumplir con el encargo ya referido.
-Yo se lo agradezco grandemente caballero, a la vez si hay algo en lo
que le pueda servir estoy a su disposición.
Aurelio dijo estas palabras tendiendo una franca mano hacia Francisco y
agregó.
-Permita usted que le pregunte ¿En donde se aloja?.
-Por ahora me hospedo en
-Conozco esa posada. La hija del
dueño es una criolla de muy buen ver.
-Efectivamente es una muchachita encantadora pero también es un baluarte
de virtud. En múltiples ocasiones ha desdeñado mis halagos, no presta oídos a
nada, ni a nadie.
-Bueno eso está por verse, recuerde los muros de Jericó.
-Tengo varias semanas de vivir en la posada, la he observado. Le repito, Celia no presta oídos a ningún
tipo de halago.
-Yo también me hospedé en esa posada, pude percatarme de que el corazón
de la joven es difícil de conquistar.
Pero en lugar de abandonar mi propósito, de vez en cuando sigo rondando
la posada, a ver si logro enamorarla, estoy convencido de que será una digna
madre para mis hijos.
-Yo por lo contrario, quiero alejarme de ese lugar pues no quiero ser el
que se enamore de Celia.
-Si no le importa- dijo Aurelio – ando buscando a un caballero que
quiera compartir los gastos de arrendamiento de una pequeña vivienda ubicada no
lejos de aquí. Si gusta, le invito para que usted vea el lugar, si es de su
agrado nos podríamos arreglar para vivir juntos y repartir los gastos.
Francisco mostró gran interés por ver la vivienda, una vez que Aurelio
lo hubo conducido hacia el lugar mencionado, pudo ver una construcción modesta,
de agradable fachada y cuyo interior aunque reducido, era fresco y bien
iluminado. Aceptó gustoso la proposición
de Aurelio y al día siguiente dejó la posada para instalarse en su nuevo
domicilio.
Así fue como Aurelio conoció a Don Francisco Mesa quien se hizo su mejor
amigo y a menudo le proponía marchar
nuevamente en busca de la “Dama Fortuna” que seguramente los aguardaba en México.
El caballero Mesa, era un joven de agradable aspecto, poseía fuertes
brazos como si hubiera desempeñado un trabajo físico en alguna etapa de su
desarrollo. Su rostro estaba curtido
por el sol, sus labios carnosos delineaban una franca sonrisa, sus negros ojos
al igual que su cabello eran brillantes y coquetos. Medía un metro noventa, cinco centímetros más
que Aurelio. A pesar de sus amplias espaldas, era
delgado.
Mientras los días iban pasando los dos caballeros dedicaban sus horas de
esparcimiento a galantear a las damas, más de una sucumbía a sus embates pues
ambos mozos eran de buen ver y no pasaban desapercibidos a las jóvenes
casaderas que se los disputaban con gran ahinco. Más de un corazón fue roto por Aurelio y
Francisco en sus devaneos con las damas. Aurelio seguía afirmando que la mujer
que sería su esposa era Celia. Por dicha causa, ambos frecuentaban el merendero
de la posada
Cuando no hablaban de asuntos de faldas, Francisco se dirigía a su amigo
de la manera siguiente:
-Mira Aurelio, aquí no pasaremos de ser empleadillos de señorones que
nos pagan cualquier cosa como salario, sin embargo allá en las tierras
independientes tendremos mayores oportunidades de convertirnos en señoritos de
gran prosperidad. ¿Qué te parece si nos damos a la aventura, embarcamos hacia
el puerto de Veracruz, luego nos internamos en el territorio mexicano con la
idea de llegar a ser hhacendados de nuestras propias tierras?.
-Nada me gustaría más Francisco, aspiro tener mi propia hacienda, casarme
con Celia, tener muchos hijos que perpetúen mi nombre.
-Entonces mi amigo, juntaremos hasta el último céntimo para llegar con
capital y hhacer inversión en aquella tierra.
-¡Claro que sí Francisco!. ¡Mientras mas pronto partamos, mejor!.
Así fue como los dos amigos trabajaron más que nunca y en un cántaro
viejo guardaban cuantas monedas caían en sus manos.
Pasaron un par de años y todas las noches, en el cuarto que les servía
de cocina, después de cenar, antes de despedirse para ir a sus respectivas
habitaciones y entregarse al sueño, se ponían a contar las monedas reunidas y
hacían planes para su próximo viaje.
Un día Francisco comunicó a su amigo.
-Oye Aurelio, creo que ya tenemos suficiente capital, hay un navío
próximo a salir con rumbo a México. Nos podemos apalabrar con el capitán a ver
si nos da oficio en su embarcación y pagar el traslado con trabajo. Tengo experiencia
de marino porque cuando murieron mis padres me embarqué por algunos años y
anduve viajando de allá para acá.
-Me parece bien Francisco pero yo tengo mas labia que tú, así que déjalo
de mi cuenta, hablaré con ese capitán hoy mismo y en la noche te digo cuando
hemos de partir.
A la mañana siguiente: Aurelio puso manos a la obra, ese mismo día fue a
los muelles, buscó la embarcación, se arregló con el capitán para que lo
aceptara como parte de su tripulación.
Jamás mencionó a su amigo Francisco. Tuvo buen cuidado de no hacerlo
porque, efectivamente, Aurelio pretendía engañar a su amigo y robarle todo el capital
que con tantos esfuerzos habían reunido en el transcurso de dos años.
Celia nunca prestó atención a sus adulaciones, se dio cuenta de que la
joven jamás sería para él.
Al llegar la noche regresó al cuarto que compartía con Francisco, le
comunicó que todo estaba arreglado para partir en una semana como parte de la
tripulación del “San Miguel”.
Le hizo creer que estaba muy enamorado de Celia, que aunque élla no le
había correspondido, él volvería para rendirla a sus pies.
Esa noche ambos se durmieron compartiendo los planes de exitosas
empresas que realizarían en la tierra a la cual se irían.
Por la mañana, casi al amanecer, ambos salían para desempeñar sus
diversos oficios. Esta vez Aurelio retornó unos instantes más tarde a la
vivienda, para recoger sus pertenencias y todo el contenido del cántaro.
Posteriormente, corrió hacia los muelles y llegó a tiempo de embarcar segundos
antes de que el navío soltara amarras.
Desde la cubierta pudo mirar cómo
Pronto el segundo al mando lo sacó de su ensimismamiento para ponerlo a
trabajar limpiando cubiertas.
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